Traducción de Ana Belén Costas






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La pregunta de Hans
En Buenos Aires, el Zahir es una moneda común de veinte cen­tavos; marcas de navaja o de cortaplumas rayan las letras N T y el número dos; 1929 es la fecha grabada en el anverso. (En Gu–zerat, a fines del siglo XVIII, un tigre fue Zahir; en Java, un ciego de la mezquita de Surakarta a quien lapidaron los fieles; en Persia, un astrolabio que Nadir Shah hizo arrojar al fondo del mar; en las prisiones de Mahdí, en 1892, una pequeña brújula que Rudolf Cari von Slatin tocó...
Un año después me despierto pensando en la historia de Jor­ge Luis Borges: algo que, una vez tocado o visto, jamás se olvi­da, y va ocupando nuestro pensamiento hasta llevarnos a la lo­cura. Mi Zahir no son las románticas metáforas con ciegos, brújulas, tigre, ni la moneda.

Tiene un nombre, y su nombre es Esther.

Poco después de lo de la cárcel, salí en varias portadas de re­vistas sensacionalistas: empezaban sugiriendo un posible cri­men, pero para evitar un proceso judicial, terminaban siempre el asunto «afirmando» que yo había sido absuelto (¿absuelto? ¡Si ni siquiera había sido acusado!). Dejaban pasar una semana, comprobaban si la venta había sido buena: sí, lo había sido, yo era una especie de escritor que estaba por encima de cualquier sospecha, y todos querían saber cómo un hombre que escribe sobre espiritualidad tenía un lado tan tenebroso que esconder.

Entonces volvían a atacar, afirmaban que ella había huido de casa porque yo era conocido por mis aventuras extraconyugales: una revista alemana llegó a insinuar una posible relación con una cantante, veinte años más joven que yo, que decía que nos habíamos reunido en Oslo, Noruega (era verdad, pero la reu­nión había sido por el Banco de Favores; un amigo mío me lo había pedido, y estuvo con nosotros durante la única cena a la que asistimos juntos). La cantante decía que no había nada en­tre nosotros –si no había nada entre nosotros, ¿por qué habían puesto nuestra foto en la portada?– y aprovechaba para decir que estaba lanzando un nuevo disco. Tanto la revista como yo habíamos sido utilizados para promocionarla, y hasta hoy no sé si el fracaso de su trabajo fue consecuencia de este tipo de pro­moción barata (por cierto, su disco no era malo; lo que lo estro­peó todo fueron las notas de prensa).

Pero el escándalo con el famoso escritor no duró mucho: en Europa, y principalmente en Francia, la infidelidad no sólo es aceptada, sino que incluso es secretamente admirada. Y a nadie le gusta leer cosas sobre algo que puede sucederle a uno mismo.

El tema dejó las portadas, pero las hipótesis continuaban: se­cuestro, abandono del hogar por culpa de los malos tratos (foto de un camarero diciendo que discutíamos con mucha frecuen­cia: recuerdo que realmente un día discutí allí con Esther, furio­samente, sobre su opinión sobre un escritor sudamericano, que era completamente opuesta a la mía). Un tabloide inglés alegó –aunque sin grandes repercusiones– que mi mujer había entra­do en la clandestinidad, apoyando a una organización terrorista islámica.

Pero en este mundo repleto de traiciones, divorcios, asesi­natos y atentados, un mes después, el asunto había sido olvida­do por el gran público. Años de experiencia me han enseñado que este tipo de noticia jamás afectaría a mi lector fiel (ya había sucedido en el pasado, cuando un programa de televisión ar­gentino sacó a un periodista diciendo tener «pruebas» de que yo había tenido una cita secreta en Chile con la futura primera dama del país, y mis libros siguieron en la lista de los más ven­didos).
El sensacionalismo fue hecho para durar sólo quince minutos, como decía un artista americano. Mi gran preocupa­ción era otra: reorganizar mi vida, encontrar un nuevo amor, volver a escribir libros y guardar, en el pequeño cajón que se encuentra en la frontera entre el amor y el odio, cualquier re­cuerdo de mi mujer.

O mejor dicho (tenía que aceptar ya el término): de mi ex mujer.

Parte de lo que había previsto en aquella habitación de ho­tel acabó sucediendo. Me pasé un tiempo sin salir de casa; no sabía cómo enfrentarme a mis amigos, mirarlos a los ojos y de­cir simplemente: «Mi mujer me ha dejado por un hombre más joven.» Cuando salía, nadie me preguntaba nada, pero después de beber algunos vasos de vino yo me sentía obligado a sacar el tema, como si pudiese leer los pensamientos de todos, como si creyese que no tenían otra preocupación más que saber lo que estaba sucediendo en mi vida, pero fuesen lo suficientemente educados como para no decir nada. Dependiendo de mi humor ese día, Esther era realmente la santa que merecía un destino mejor o la mujer pérfida, traidora, que me había envuelto en una situación tan complicada, a punto de haber sido considera­do un criminal.

Los amigos, los conocidos, los editores, los que se sentaban a mi mesa en las muchas cenas de gala que me veía obligado a frecuentar, me escuchaban con alguna curiosidad al principio. Pero, poco a poco, noté que intentaban cambiar de tema; el asunto les había interesado en algún momento, pero ya no for­maba parte de sus curiosidades cotidianas. Era más interesante hablar sobre la actriz asesinada por el cantante, o sobre la ado­lescente que había escrito un libro contando sus aventuras con políticos conocidos.
Un día, en Madrid, me di cuenta de que las invitaciones a eventos y a cenas habían empezado a escasear: aunque le sentase muy bien a mi alma desahogar mis sentimien­tos, culpar o bendecir a Esther, comencé a entender que era peor que un marido traicionado: era una persona aburrida que a nadie le gusta tener a su lado. A partir de ahí resolví sufrir en silencio, y las invitaciones volvieron a inundar mi buzón de correo.

Pero el Zahir, en el cual yo pensaba con cariño o irritación al principio, seguía creciendo en mi alma. Empecé a buscar a Esther en cada mujer que conocía. La veía en todos los bares, cines, paradas de autobús. Más de una vez mandé parar al con­ductor del taxi en el medio de la calle o que siguiese a alguien, hasta que me convencía de que no era la persona que estaba buscando.

Como el Zahir empezaba a ocupar todo mi pensamiento, ne­cesitaba un antídoto, algo que no me llevase a la desesperación.

Y sólo había una solución posible: buscarme una novia.
Conocí a tres o cuatro mujeres que me atraían, acabé intere­sándome por Marie, una actriz francesa de treinta y cinco años. Ella fue la única que no me dijo tonterías del tipo «me gustas como hombre, no como una persona a la que todos sienten curiosidad por conocer», o «preferiría que no fueses famoso», o –peor aún– «el dinero no me interesa». Fue la única que estaba sinceramente contenta con mi éxito, ya que ella también era fa­mosa, y sabía que la fama cuenta. La fama es un afrodisíaco. Estar con un hombre sabiendo que él la había escogido a ella –aunque podría haber escogido a muchas otras– era algo que le sentaba bien a su ego.

Nos veían con frecuencia en fiestas y recepciones. Se espe­culó sobre nuestra relación, ni ella ni yo confirmamos ni afirma­mos nada, el tema quedó en el aire, y todo lo que les quedaba a las revistas era esperar la foto del famoso beso (que nunca llegó, porque tanto ella como yo considerábamos vulgar ese tipo de espectáculo público). Ella se iba a sus rodajes, yo tenía mi traba­jo; cuando yo podía, viajaba hasta Milán, cuando ella podía, nos veíamos en París, nos sentíamos unidos, pero no dependíamos el uno del otro.

Marie fingía que no sabía lo que pasaba en mi alma, yo fingía que tampoco sabía lo que sucedía en la suya (un amor impo­sible por su vecino casado, aunque ella fuese una mujer que pu­diese conseguir a cualquier hombre que desease). Éramos ami­gos, compañeros, nos divertíamos con los mismos programas, me arriesgaría a decir que hasta había espacio para un determi­nado tipo de amor, aunque diferente del que yo sentía por Es­ther o ella por su vecino.

Volví a participar en mis tardes de autógrafos, volví a acep­tar invitaciones para conferencias, artículos, cenas benéficas, programas de televisión, proyectos con artistas que estaban em­pezando. Hacía de todo, menos aquello que debería haber esta­do haciendo: escribir un libro.

Pero eso no me importaba, en el fondo de mi corazón, creía que mi carrera de escritor se había acabado, ya que aquella que me había hecho comenzar ya no estaba conmigo. Había vivido intensamente mi sueño mientras duró, había llegado donde po­cos habían tenido la suerte de llegar; ahora podía pasar el resto de mi vida divirtiéndome.

Pensaba en eso todas las mañanas. Durante la tarde, me daba cuenta de que lo único que me gustaba hacer era escribir. Cuando llegaba la noche, allí estaba yo, intentando convencer­me otra vez de que ya había realizado mi sueño y de que debía probar algo nuevo.
El año siguiente fue un año santo compostelano; sucede siempre que el día de Santiago de Compostela, el 25 de julio, cae en do­mingo. Una puerta especial permanece abierta durante trescien­tos sesenta y cinco días; según la tradición, el que entra en la catedral de Santiago por esa puerta recibe una serie de bendi­ciones especiales.

Había varias conmemoraciones en España, y como la pere­grinación había sido tremendamente gratificante, decidí partici­par por lo menos en un evento: una palestra, en el mes de ene­ro, en el País Vasco. Para salir de la rutina –intentar escribir libro / ir a fiesta / aeropuerto / visitar a Marie en Milán / ir a una cena / hotel / aeropuerto / internet / aeropuerto / entrevis­ta / aeropuerto–, escogí hacer los mil cuatrocientos kilómetros solo, en coche.

Cada lugar –incluso aquellos en los que jamás había estado antes– me recuerda mi Zahir particular. Pienso que a Esther le encantaría conocer esto, que sentiría un gran placer comiendo en este restaurante, caminando por esta orilla del río. Paro a dormir en Bayona, y antes de cerrar los ojos, pongo la tele y des­cubro que hay aproximadamente cinco mil camiones parados en la frontera entre Francia y España, debido a una violenta e ines­perada tempestad de nieve.

Me despierto pensando en volver a París: tengo una excelen­te disculpa para cancelar el compromiso, y los organizadores lo entenderán perfectamente (el tráfico está imposible, hay hielo en el asfalto, tanto el gobierno español como el francés aconse­jan que nadie salga de casa este fin de semana, pues el riesgo de accidentes es grande). La situación es más grave que anoche: el periódico de la mañana dice que hay diecisiete mil personas bloqueadas en otra parte, Protección Civil está movilizada para socorrerlos con alimentos y abrigos improvisados, ya que el combustible de muchos coches se ha acabado y ya no hay posi­bilidad de mantener la calefacción encendida.

En el hotel me explican que, si tengo que viajar, si es un caso de vida o muerte, puedo coger una pequeña carretera secunda­ria, hacer un camino que prolongará dos horas más el recorrido, aunque nadie pueda garantizar el estado del pavimento. Pero, por instinto, decido seguir adelante: algo me empuja hacia ade­lante, hacia el asfalto resbaladizo y las horas de paciencia en los embotellamientos.
Tal vez el nombre de la ciudad: Vitoria. Tal vez la idea de que estoy demasiado acostumbrado a la comodidad y he perdi­do mi capacidad de improvisar en situaciones de crisis. Tal vez el entusiasmo de la gente que en este momento intenta recupe­rar una catedral construida hace muchos siglos y, para llamar la atención sobre el esfuerzo que hacen, invitan a algunos escrito­res a conferencias. O tal vez aquello que decían los antiguos conquistadores de las Américas: «Navegar es preciso, vivir no es preciso.»

Y navego. Después de mucho tiempo y de mucha tensión, llego a Vitoria, donde gente más tensa todavía me está esperan­do. Comentan que hace más de treinta años que no hay una ne­vada como ésa, agradecen el esfuerzo, pero a partir de ahora es preciso cumplir el programa oficial, y eso incluye una visita a la catedral de Santa María.

Una joven, con un brillo especial en los ojos, empieza a con­tarme la historia. Al principio era la muralla. Después, la mura­lla siguió allí, pero una de las paredes se utilizó para la construc­ción de una capilla. Pasadas decenas de años, la capilla se transformó en una iglesia. Un siglo más, y la iglesia se convirtió en una catedral gótica. La catedral conoció sus momentos de gloria, surgieron algunos problemas de estructura, fue abando­nada por un tiempo, sufrió reformas que deformaron su estruc­tura, pero cada generación creía que había resuelto el problema, y rehacían los planos originales. Así, en los siglos que siguieron erguían una pared aquí, demolían una viga allá, aumentaban re­fuerzos de este lado, abrían y cerraban las vidrieras.

Y la catedral lo resistía todo.
Camino por su esqueleto, viendo las reformas actuales: esta vez, los arquitectos garantizan que han encontrado la mejor so­lución. Hay andamios y refuerzos de metal por todas partes, grandes teorías sobre los pasos futuros y algunas críticas a lo que se hizo en el pasado.

Y de repente, en medio de la nave central, me doy cuenta de algo muy importante: la catedral soy yo, es cada uno de noso­tros. Vamos creciendo, cambiando de forma, nos abordan algu­nas debilidades que deben ser corregidas, no siempre escogemos la mejor solución, pero a pesar de todo seguimos adelante, in­tentando mantenernos erguidos, correctos, de modo que honre­mos no a las paredes, ni a las puertas o las ventanas, sino al es­pacio vacío que está allí dentro, el espacio en el que adoramos y veneramos aquello que nos es querido e importante.

Sí, somos una catedral, sin ninguna duda. Pero ¿qué hay en el espacio vacío de mi catedral interior?

Esther, el Zahir.

Ella lo llenó todo. Ella es la única razón por la cual estoy vivo. Miro a mi alrededor, me preparo para la conferencia y en­tiendo por qué me enfrenté a la nieve, a los embotellamientos, al hielo de la carretera: para recordar que todos los días necesito reconstruirme a mí mismo y para –por primera vez en toda mi existencia– aceptar que amo a un ser humano más que a mí mismo.
De regreso a París –ya con condiciones meteorológicas mu­cho mejores–, estoy en una especie de trance: no pienso, sólo presto atención al tráfico. Cuando llego a casa, le pido a la asistenta que no deje entrar a nadie, que duerma en el trabajo du­rante los próximos días, que haga el desayuno, la comida y la cena. Piso el pequeño aparato que me permite conectarme a in­ternet y lo destruyo por completo. Pongo mi teléfono móvil en un paquete y se lo envío a mi editor, pidiéndole que no me lo devuelva hasta que yo vaya a recogerlo personalmente.

Durante una semana, camino a orillas del Sena por la maña­na, y a la vuelta de las caminatas, me encierro en mi despacho. Como si estuviese escuchando la voz de un ángel, escribo un li­bro; mejor dicho, una carta, una larga carta a la mujer de mis sueños, a la mujer que amo, y que amaré siempre. Tal vez algún día este libro llegue a sus manos, pero aunque eso no suceda, yo ahora soy un hombre en paz con mi espíritu. Ya no lucho contra mi orgullo herido, ya no busco a Esther en todas las esquinas, bares, cines, cenas, Marie, noticias del periódico.

Al contrario, estoy satisfecho de que exista; me ha demostra­do que soy capaz de un amor que yo mismo desconocía, y eso me deja en estado de gracia.

Acepto el Zahir, dejaré que me lleve a la santidad o a la locura.
Tiempo de romper, tiempo de coser, título basado en un verso del Eclesiastés, se publicó a finales de abril. En la segunda sema­na de mayo estaba ya en el primer lugar de las listas de los más vendidos.

Los suplementos literarios, que nunca habían sido gentiles conmigo, esta vez redoblaron el ataque. Recorté algunas de las frases principales y las puse en el cuaderno en el que estaban las críticas de los años anteriores. Básicamente decían lo mismo; sólo cambiaban el título del libro:

«... una vez más, en los tiempos tumultuosos en que vivimos, el autor nos hace huir de la realidad a través de una historia de amor» (como si el hombre pudiese vivir sin eso)

«... frases cortas, estilo superficial» (como si las frases largas significasen estilo profundo).

«... el autor ha descubierto el secreto del éxito: marketing» (como si yo hubiese nacido en un país de gran tradición literaria y tuviese una fortuna para invertir en mi primer libro).

«... aunque va a vender como siempre ha vendido, eso prue­ba que el ser humano no está preparado para enfrentarse a la tragedia que nos rodea» (como si ellos supieran lo que significa estar preparado).
Algunos textos, sin embargo, eran diferentes: además de las frases de arriba, añadían que me estaba aprovechando del es­cándalo del año anterior para ganar todavía más dinero. Como siempre sucedía, la crítica negativa divulgó aún más mi trabajo: mis lectores fieles lo compraron, y aquellos que ya se habían ol­vidado del caso volvieron a acordarse y adquirieron sus ejem­plares, pues deseaban saber mi versión de la desaparición de Esther (como el libro no trataba de eso, sino que era un himno al amor, deben de haberse sentido decepcionados y habrán dado la razón a los críticos). Los derechos fueron inmediatamente vendidos a todos los países en los que se publicaban mis títulos. Marie, a quien le había entregado el texto antes de enviarlo a la editorial, resultó ser la mujer que yo esperaba que fuese: en vez de ponerse celosa o de decir que no debía exponer mi alma de aquella manera, me animó a seguir adelante y se alegró mu­chísimo del éxito. En aquel período de su vida, estaba leyendo las enseñanzas de un místico prácticamente desconocido, que citaba en todas nuestras conversaciones.
–Cuando la gente nos elogia, debemos tener cuidado con nues­tro comportamiento.

–La crítica nunca me ha elogiado.

–Hablo de los lectores: has recibido más cartas que nunca, acabarás creyendo que eres mejor de lo que piensas, te dejarás dominar por un falso sentimiento de seguridad, que puede ser muy peligroso.

–Pero, en verdad, después de la visita a aquella catedral, creo que soy mejor de lo que pensaba ser, y eso no tiene nada que ver con las cartas de los lectores. He descubierto el amor, por más absurdo que eso parezca.

–Genial. Lo que más me agrada del libro es que no cul­pas en ningún momento a tu ex mujer. Y tampoco te culpas a ti mismo.

–He aprendido a no perder mi tiempo con eso.

–Qué bien. El universo se encarga de corregir nuestros errores.

–¿Te estás refiriendo a la desaparición de Esther como una especie de «corrección»?

–No creo en el poder curativo del sufrimiento y de la trage­dia; suceden porque son parte de la vida, y no deben ser afron­tados como castigo. Generalmente, el universo nos indica que estamos equivocados cuando nos quita lo más importante: a nuestros amigos. Y eso te ha sucedido a ti, si no me equivoco,

–He descubierto una cosa recientemente: los verdaderos amigos son aquellos que están a nuestro lado cuando nos suce­den las cosas buenas. Nos apoyan, se alegran de nuestras victo­rias. Los falsos amigos son los que sólo aparecen en los momen­tos difíciles con esa cara triste, de «solidaridad», cuando en verdad nuestro sufrimiento les sirve para consolarse en sus vidas miserables. Durante la crisis del año pasado, aparecieron varias personas que no había visto nunca y que venían a «consolar­me». Detesto eso.

–A mí también me pasa.

–Agradezco que hayas aparecido en mi vida, Marie.

–No lo agradezcas tan de prisa, nuestra relación aún no es lo suficientemente fuerte. Sin embargo, ya empiezo a pensar en mudarme a París o pedirte que vayas a vivir a Milán: tanto en tu caso como en el mío, no supone una gran diferencia para nues­tro trabajo. Tú siempre trabajas en casa y yo siempre trabajo en otras ciudades. ¿Quieres cambiar de tema o seguimos discutien­do esa posibilidad?

–Quiero cambiar de tema.

–Entonces hablemos de otra cosa. Tu libro ha sido escrito con mucho coraje. Lo que me sorprende es que, en ningún mo­mento, citas al chico.

–Él no me interesa.

–Claro que te interesa. Claro que, alguna que otra vez, te preguntas: «¿Por qué lo habrá escogido?»

–No me lo pregunto.

–Mientes. A mí me gustaría saber por qué mi vecino no se divorció de su mujer nada interesante, siempre sonriente, siem­pre cuidando de la casa, de la alimentación, de los niños, de las cuentas que hay que pagar. Si yo me lo pregunto, tú también te lo preguntas.

–¿Quieres que diga que lo odio por haberme robado a mi mujer?

–No. Quiero oír que lo has perdonado.

–No soy capaz.

–Es muy difícil. Pero no hay elección: si no lo haces, pensaras siempre en el sufrimiento que te ha causado, y ese dolor no cesará nunca.

»No estoy diciendo que tenga que gustarte. No estoy dicien­do que tengas que buscarlo. No estoy sugiriendo que lo veas como un ángel. ¿Cómo se llama? Un nombre ruso, si no me equivoco.

–No importa su nombre.

–¿Ves? Ni su nombre quieres pronunciar. ¿Es alguna su­perstición?

–Mikhail. Ya está, ése es el nombre.

–La energía del odio no te va a llevar a ningún sitio; pero la energía del perdón, que se manifiesta a través del amor, conse­guirá transformar positivamente tu vida.

–Ahora pareces una maestra tibetana, diciendo cosas que son muy bonitas en la teoría, pero imposibles en la práctica. No olvides que ya me han herido muchas veces.

–Por eso todavía llevas dentro de ti al niño que lloró a es­condidas de sus padres, que era el más débil del colegio. Todavía tienes las marcas del chico esmirriado que no era capaz de con­seguir una novia, que nunca fue bueno en ningún deporte. No has conseguido alejar las cicatrices de algunas injusticias que han cometido contigo a lo largo de tu vida. Pero ¿de qué te vale?

–¿Quién te ha dicho que me ha pasado eso?

–Lo sé. Lo muestran tus ojos, y eso no te vale de nada, de nada en absoluto. Sólo un constante deseo de tener compasión de ti mismo porque fuiste víctima de los que eran más fuertes. O todo lo contrario: vestirte como un vengador preparado para hacer todavía más daño que el que te lastimó. ¿No crees que pierdes el tiempo?

–Creo que mi comportamiento es humano.

–Realmente es humano. Pero no es ni inteligente, ni razona­ble. Respeta tu tiempo en esta tierra, recuerda que Dios siempre te ha perdonado; perdona tú también.
Mirando a la multitud reunida para mi tarde de autógrafos en unos grandes almacenes de los Campos Elíseos, yo pensaba: ¿cuántas de estas personas habrán tenido la misma experiencia que yo con mi mujer?

Poquísimas. Tal vez una o dos. Aun así, la mayoría se identi­ficaban con el texto del nuevo libro.

Escribir es una de las actividades más solitarias del mundo. Una vez cada dos años, me pongo frente al ordenador, miro ha­cia el mar desconocido de mi alma y veo que hay algunas islas en él, ideas que se han desarrollado y están listas para ser explo­radas.

Entonces cojo mi barco –llamado Palabra– y decido nave­gar hacia la que está más próxima. En el camino me enfrento a corrientes, vientos, tempestades, pero sigo remando, exhausto, ahora ya consciente de que me he apartado de mi ruta, la isla a la que pretendía llegar ya no está en mi horizonte.

Aun así, ya no puedo volver atrás, tengo que seguir como sea o me perderé en medio del océano (en este momento me vienen a la cabeza una serie de escenas terroríficas, como pasar el resto de mi vida comentando los éxitos pasados o criticando amarga­mente a los nuevos escritores, simplemente porque ya no tengo valor para publicar libros nuevos). ¿Mi sueño no era ser escri­tor? Pues debo seguir creando frases, párrafos, capítulos, es­cribiendo hasta la muerte, sin dejarme paralizar por el éxito, por la derrota, por las trampas. En caso contrario, cuál es el sentido de mi vida: ¿poder comprarme un molino en el sur de Francia y dedicarme a cuidar el jardín? ¿Ponerme a dar conferencias, ya que es más fácil hablar que escribir? ¿Retirarme del mundo de manera estudiada, misteriosa, para crear una leyenda que me costará muchas alegrías?

Movido por estos pensamientos aterradores, descubro una fuerza y un coraje cuya existencia desconocía: me ayudan a aventurarme por el lado oscuro de mi alma, me dejo llevar por la corriente, y acabo anclando mi barco en la isla a la que he sido conducido. Me paso días y noches describiendo lo que veo, preguntándome por qué me comporto así, diciendo en todo mo­mento que no vale la pena el esfuerzo, que ya no tengo que de­mostrarle nada a nadie, que ya he conseguido lo que quería y mucho más de lo que soñaba.

Noto cómo el proceso del primer libro se repite cada vez: me despierto a las nueve de la mañana, dispuesto a sentarme frente al ordenador justo después del desayuno; leo los periódi­cos, salgo a caminar, voy hasta el bar más cercano a hablar con la gente; vuelvo a casa, miro hacia el ordenador, descubro que tengo que hacer varias llamadas, miro el ordenador, ya es la hora de comer; como pensando que debería estar escribiendo desde las once de la mañana, pero ahora necesito dormir un poco; me despierto a las cinco de la tarde, finalmente enciendo el ordenador, compruebo el correo electrónico y recuerdo que destrocé mi conexión a internet; no me queda más remedio que salir e ir hasta un sitio a diez minutos de casa donde puedo conectarme. Pero, antes, ¿no podría, sólo para liberar mi con­ciencia de este sentimiento de culpa, escribir por lo menos me­dia hora?

Empiezo por obligación, pero de repente «eso» me posee y ya no paro. La asistenta me llama para cenar, le pido que no me interrumpa; una hora después vuelve a llamarme. Tengo ham­bre, sólo una línea más, una frase, una página. Cuando me sien­to a la mesa, el plato está frío, ceno rápidamente y vuelvo al ordenador; ahora ya no controlo mis pasos, la isla se va descubriendo, soy empujado a través de sus senderos, y me encuentro con cosas que nunca había pensado ni soñado. Tomo café, tomo más café, y a las dos de la mañana, finalmente, dejo de escribir, porque mis ojos están cansados.

Me acuesto, paso una hora más tomando notas de cosas que voy a utilizar en el párrafo siguiente y que siempre resultan ser totalmente inútiles; sólo sirven para vaciar mi cabeza, hasta que viene el sueño. Me prometo a mí mismo que al día siguiente em­pezaré a las once sin falta. Y al otro, sucede lo mismo: paseo, conversaciones, comida, dormir, culpa, rabia por haber roto la conexión a internet, forzar la primera página, etc.

De repente, han pasado dos, tres, cuatro, once semanas, sé que estoy cerca del final, me posee un sentimiento de vacío, de alguien que ha acabado poniendo en palabras aquello que debe­ría haberse guardado para sí mismo. Pero ahora tengo que llegar hasta la última frase, y llego.
Antes, cuando leía biografías de escritores, creía que intenta­ban adornar la profesión al decir que «el libro se escribe, el es­critor no es más que el mecanógrafo». Hoy sé que eso es absolu­tamente cierto, nadie sabe por qué la corriente los llevó a determinada isla y no a aquella a la que soñaban llegar. Empie­zan las revisiones obsesivas, los cortes y, cuando ya no soporto seguir leyendo las mismas palabras, envío el manuscrito al edi­tor, que lo revisa una vez más, y lo publica.

Para mi constante sorpresa, otras personas iban en busca de aquella isla, y la encuentran en el libro. Unos se lo cuentan a otros, y la cadena misteriosa se expande, y aquello que el escri­tor creía ser un trabajo solitario se transforma en un puente, en un barco, en un medio por el que las almas caminan y se comu­nican.

A partir de ahí, ya no soy un hombre perdido en la tempes­tad: me encuentro conmigo mismo a través de mis lectores, en­tiendo lo que he escrito cuando otros también lo entienden. En algunos raros momentos, como el que está a punto de suceder dentro de poco, consigo mirar a algunas de esas personas a los ojos, comprender que tampoco mi alma está sola.
A la hora señalada, empecé a autografiar libros. Un rápido contacto visual, pero sensación de complicidad, alegría y respe­to mutuo. Manos que se aprietan, algunas cartas, regalos, co­mentarios. Noventa minutos después, pido diez minutos de des­canso, nadie se queja. Mi editor, como ya es tradicional en mis tardes de autógrafos, manda servir un vaso de champán a todos los que están en la fila (he intentado que esta tradición se adop­tase en otros países, pero siempre alegan que el champán fran­cés es muy caro y acaban dando agua mineral, lo que también demuestra respeto hacia el que está esperando).

Vuelvo a la mesa. Dos horas después, al contrario de lo que deben de estar pensando los que observan el evento, no estoy cansado, sino lleno de energía; podría seguir trabajando hasta bien entrada la noche, sin embargo, la tienda ya ha cerrado las puertas, la fila se va acabando, dentro quedan cuarenta perso­nas, que se convierten en treinta, veinte, once, cinco, cuatro, tres, dos... Y de repente, nuestros ojos se tocan.
–He esperado hasta el final. Quería ser el último porque ten­go un recado.

No sé qué decir. Miro hacia un lado, editores, representantes de venta y libreros están hablando entusiasmados, dentro de poco iremos a cenar, beber, compartir un poco la emoción de ese día, contar historias curiosas ocurridas mientras yo estaba firmando.

Nunca antes lo había visto, pero sé quién es. Cojo el libro de su mano y escribo: «Para Mikhail, con cariño.»

No digo nada. No puedo perderlo; cualquier palabra, cual­quier frase, cualquier movimiento súbito puede hacer que se vaya y no vuelva nunca. En una fracción de segundo, entiendo que él, y solamente él, me salvará de la bendición –o de la mal­dición– del Zahir porque es el único que sabe dónde se encuentra, y por fin podré contestar a las preguntas que durante tanto tiempo me he repetido a mí mismo.

–Quería que supiese que ella está bien. Y, posiblemente, haya leído su libro.

Editores, representantes de ventas y libreros se acercan. Me abrazan, dicen que ha sido una tarde especial. Ahora vamos a relajarnos, a beber, a hablar sobre la noche.

–Me gustaría invitar a este lector –digo–. Estaba al final de la fila, representará a todos los lectores que han estado aquí con nosotros.

–No puedo. Tengo otro compromiso. –Y girándose hacia mí, un poco asustado–: Sólo he venido a dar un recado.

–¿Qué recado? –pregunta uno de los vendedores.

–¡Él nunca invita a nadie! –dice mi editor–. ¡Venga, vamos a cenar juntos!

–Se lo agradezco, pero participo en una reunión todos los jueves.

–¿A qué hora?

–Dentro de dos horas.

–¿Dónde?

–En un restaurante armenio.

Mi chofer, que es armenio, pregunta exactamente en cuál, y dice que está a tan sólo quince minutos de distancia del lugar al que vamos a cenar. Todos quieren agradarme: piensan que, si in­vito a alguien, esa persona debe de sentirse contenta y alegre con el honor, cualquier otra cosa puede quedar para otro día.

–¿Cómo te llamas? –pregunta Marie.

–Mikhail.

–Mikhail –veo que Marie lo ha entendido todo–, vendrás con nosotros por lo menos durante una hora; el restaurante al que vamos a cenar está aquí cerca. Después, el chofer te llevará a donde quieras. Pero, si lo prefieres, cancelamos nuestra reser­va y vamos todos a cenar al restaurante armenio; así estarás más cómodo.
No me canso de mirarlo. No es especialmente guapo, ni especialmente feo. Ni alto, ni bajo. Va vestido de negro, simple y elegante; y por elegancia entiendo la total ausencia de marcas o de etiquetas.

Marie agarra a Mikhail por el brazo y camina hacia la salida. El librero dice que todavía tiene un montón de libros de lectores que no han podido venir y que yo debería firmar, pero prometo pasar al día siguiente. Mis piernas están temblando, mi corazón está disparado, y sin embargo intento fingir que todo va bien, que estoy contento con el éxito, que me interesa este o aquel co­mentario.
Cruzamos la avenida de los Campos Elíseos, el sol se está poniendo por detrás del Arco de Triunfo, y, sin explicación alguna, entiendo que aquello es una señal, una buena señal.

Siempre que yo sepa manejar la situación.

¿Por qué deseo hablar con él? El personal de la editorial si­gue hablando conmigo, respondo automáticamente, nadie se da cuenta de que estoy lejos, sin entender muy bien el hecho de in­vitar a la misma mesa a alguien a quien debería odiar. ¿Deseo descubrir dónde se encuentra Es­ther? ¿Deseo venganza contra ese chico, tan inseguro, tan perdido, y que aun así ha consegui­do apartar de mí a la persona que amo? ¿Deseo demostrarme a mí mismo que soy mejor, mucho mejor que él? ¿Deseo sobor­narlo, seducirlo, para que convenza a mi mujer de que vuelva?

No sé responder a ninguna de estas preguntas, pero eso no tiene la menor importancia. Hasta ahora la única frase que he dicho ha sido: «Me gustaría invitar a este lector.» Había imagi­nado muchas veces la escena: encontrarlos a los dos, agarrarlo por el cuello, darle un puñetazo, humillarlo delante de Esther, o llevarme una paliza, y hacerle ver que estaba luchando, sufrien­do por ella. Imaginé escenas de agresión, o de indiferencia fingi­da, de escándalo público, pero jamás se me pasó por la cabeza la frase: «Me gustaría invitar a este lector.»

Nada de preguntas sobre lo que haré a continuación, todo lo que tengo que hacer es vigilar a Marie, que camina algunos pa­sos por delante de mí agarrada al brazo de Mikhail, como si fue­se su novia. Ella no puede dejar que se marche y, al mismo tiempo, me pregunto por qué me ayuda de esta manera, sabiendo que el encuentro con este chico también puede significar descu­brir el paradero de mi mujer.
Llegamos. Mikhail procura sentarse lejos de mí; tal vez de­see evitar conversaciones paralelas. Alegría, champán, vodka y caviar. Veo el menú y descubro horrorizado que sólo en las en­tradas el librero se está gastando unos mil dólares. Conversacio­nes superficiales, le preguntan a Mikhail qué le ha parecido la tarde, él dice que le ha gustado; le preguntan por el libro, él dice que le ha gustado mucho. Después es olvidado, y las atenciones se dirigen a mí: si estoy contento, si la fila fue organizada como yo quería, si el equipo de seguridad funcionó bien. Mi corazón sigue disparado, pero logro mantener las apariencias, dar gracias por todo, por la perfección con la que fue concebido y realizado el evento.

Media hora de conversación, muchos vodkas después, y per­cibo que Mikhail está relajado. No es el centro de las atencio­nes, no tiene que decir nada, basta con que aguante un poco más y luego se puede ir. Sé que no mintió respecto al restauran­te armenio, y ahora tengo una pista. Entonces, ¡mi mujer sigue en París! Tengo que ser amable, intentar ganarme su confianza, las tensiones iniciales han desaparecido.

Pasa una hora. Mikhail mira el reloj y veo que va a marchar­se. Tengo que hacer algo inmediatamente. Cada vez que lo miro me siento más insignificante, y entiendo menos cómo Esther me cambió por alguien que parece tan fuera de la realidad (ella de­cía que él tenía poderes «mágicos»). Aunque sea muy difícil fin­gir que estoy cómodo, hablando con alguien que es mi enemigo, tengo que hacer algo.

–Sepamos algo más de nuestro lector –le digo a la mesa, que se queda inmediatamente en silencio–. Está aquí, tendrá que irse dentro de poco, casi no ha hablado de su vida. ¿Qué haces?

Mikhail, a pesar de los vodkas que se ha tomado, parece re­cuperar la sobriedad.

–Organizo reuniones en el restaurante armenio.

–¿Qué quiere decir eso?

–Que cuento historias en el escenario. Y dejo que la gente del público también cuente sus historias.

–Yo hago lo mismo en mis libros.

–Lo sé. Ha sido eso lo que ha hecho que me acercase...

¡Va a decir quién es! ;

–¿Has nacido aquí? –pregunta Marie, interrumpiendo; inmediatamente la frase («... que me acercase a su mujer»).

–Nací en las estepas de Kazajstán.

Kazajstán. ¿Quién será el valiente que pregunte dónde está
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