Traducción de Ana Belén Costas






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El Retorno a Ithaca

–Hoy dormiremos aquí y mañana seguiremos a caballo. Mi co­che no puede rodar por la arena de la estepa.

Estábamos en una especie de bunker que parecía haber que­dado de la segunda guerra mundial. Un hombre, su mujer y su nieta nos dieron la bienvenida y nos mostraron un cuarto senci­llo, pero limpio.

Dos continuó:

–Y no te olvides: escoge un nombre.

–No creo que eso importe –dijo Mikhail.

–Claro que importa –insistió Dos–. He estado con su mujer recientemente. Sé cómo piensa, sé lo que ha descubierto, sé lo que espera.

La voz de Dos era gentil y aseverativa al mismo tiempo. Sí, iba a escoger un nombre, iba a hacer exactamente aquello que me sugería, iba a seguir dejando mi historia personal de lado y entrar en mi leyenda, aunque sólo fuese por puro cansancio.

Estaba exhausto, sólo había dormido dos horas la noche an­terior: mi cuerpo todavía no había conseguido adaptarse a la te­rrible diferencia horaria. Había llegado a Almaty a eso de las once de la noche –hora local– cuando en Francia eran las seis de la tarde. Mikhail me había dejado en el hotel, dormité un poco, me desperté de madrugada, vi las luces allá abajo, pensé que en París era hora de salir a cenar, tenía hambre, pregunté si el servicio de habitaciones del hotel podía servirme algo: «Claro, pero debe usted hacer un esfuerzo e intentar dormir, o su orga­nismo seguirá con los mismos horarios de Europa.»
Para mí, la mayor tortura que hay es intentar dormir; comí un sandwich y decidí caminar. Le hice la pregunta que siempre le hago al recepcionista del hotel: «¿Es peligroso salir a esta hora?» Él dijo que no, y yo comencé a pasear por aquellas calles vacías, los callejones estrechos, las avenidas largas, una ciudad como cualquier otra, con sus letreros luminosos, sus coches de policía pasando de vez en cuando, un mendigo aquí, una prosti­tuta allí. Necesitaba repetir constantemente en voz alta: «¡Estoy en Kazajstán!» O acabaría creyendo que era simplemente un ba­rrio de París que no conocía bien.

«¡Estoy en Kazajstán!», le decía a la ciudad desierta, hasta que una voz me respondió:

–Claro que está usted en Kazajstán.

Me llevé un susto. A mi lado, sentado en un banco a aquella hora de la noche, había un hombre con una mochila junto a él. Se levantó, se presentó como Jan, dijo que había nacido en Ho­landa y completó:

–Y sé lo que ha venido a hacer aquí.

¿Un amigo de Mikhail? ¿Alguien de la policía secreta que me estaba siguiendo?

–¿Qué he venido a hacer?

–Lo mismo que estoy haciendo yo desde Estambul, en Tur­quía: recorrer la Ruta de la Seda.

Suspiré aliviado. Y decidí continuar la conversación.

–¿A pie? Por lo que veo, está atravesando toda Asia.

–Lo necesitaba. No estaba contento con mi vida, tengo di­nero, mujer, hijos, soy dueño de una fábrica de medias en Rot­terdam. Durante un período, sabía por qué estaba luchando: la estabilidad de mi familia. Ahora ya no lo sé; todo lo que antes me alegraba hoy me produce tedio, aburrimiento. En nombre de mi matrimonio, del amor por mis hijos, de mi entusiasmo por el trabajo, he decidido dedicarme dos meses a mí mismo, a ver mi vida desde lejos. Está dando resultado.

–He estado haciendo lo mismo estos últimos meses. ¿Hay muchos peregrinos?

–Muchos. Muchísimos. También hay problemas de seguri­dad, ya que ciertos países están en una situación política muy complicada, y detestan a los occidentales. Pero todos se com­portan: en todas las épocas, creo que los peregrinos son respeta­dos, después de demostrar que no son espías. Pero, por lo que veo, no es ése su objetivo: ¿qué hace en Almaty?

–Lo mismo que usted: he venido a terminar un camino. ¿No ha conseguido dormir tampoco?

–Acabo de despertarme. Cuanto más temprano salga, más posibilidades tengo de llegar a la siguiente ciudad; en caso con­trario, tendré que pasar la noche siguiente en el frío de la estepa, con el viento que nunca cesa.

–Buen viaje, entonces.

–Quédese un poco más: necesito hablar, compartir mi expe­riencia. La mayoría de los peregrinos no hablan inglés.

Y empezó a contarme su vida, mientras yo intentaba recor­dar lo que sabía de la Ruta de la Seda, la antigua vía de comer­cio que unía Europa con los países de Oriente. El camino más tradicional partía de Beirut, pasaba por Antioquía y llegaba has­ta orillas del río Amarillo, en China, pero en Asia Central se convertía en una especie de red, con carreteras hacia muchas di­recciones, lo que permitió el establecimiento de puestos de co­mercio, que más tarde se convertirían en ciudades, que serían destruidas por luchas entre tribus rivales, reconstruidas por sus habitantes, nuevamente destruidas y, una vez más, resucitadas. Aunque por allí circulara prácticamente de todo –oro, animales exóticos, marfil, semillas, ideas políticas, grupos de refugiados de las guerras civiles, bandidos armados, ejércitos privados para proteger las caravanas–, la seda era el producto más escaso, y también el más deseado. El budismo viajó desde China hasta la India gracias a una de las ramificaciones de la ruta.

–Salí de Antioquía con sólo doscientos dólares –dijo el ho­landés, después de describir montañas, paisajes, tribus exóticas, constantes problemas con patrullas y policías de diversos paí­ses–. No sé si entiende lo que quiero decir, pero necesitaba sa­ber si era capaz de volver a ser quien soy.

–Lo entiendo más de lo que piensa.

–Me vi obligado a mendigar, a pedir: para mi sorpresa, la gente es mucho más generosa de lo que imaginaba.

¿Mendigar? Miré cuidadosamente su mochila y su ropa para ver si encontraba el símbolo de la «tribu», pero no vi nada.

–¿Ha estado alguna vez en un restaurante armenio en París?

–He estado en muchos restaurantes armenios, pero nunca en París.

–¿Conoce a alguien llamado Mikhail?

–Es un nombre muy común en esta región. Si lo conozco, no me acuerdo, y sintiéndolo mucho, no puedo ayudarlo.

–No se trata de eso. Simplemente me sorprenden ciertas coincidencias. Parece que mucha gente, en muchos lugares del mundo, está tomando conciencia de lo mismo y comportándose de manera muy semejante.

–La primera sensación, cuando iniciamos este tipo de viaje, es creer que no vamos a llegar nunca. La segunda es sentirse in­seguro, abandonado, y pensar día y noche en desistir. Pero si aguanta una semana, llegará hasta el final.

–He peregrinado por las calles de una misma ciudad, pero hasta ayer no llegué a un sitio diferente. ¿Puedo bendecirlo?

Me miró de manera extraña.

–No viajo por motivos religiosos. ¿Es usted cura?

–No soy cura, pero he sentido que debía hacerlo. Como sabe, ciertas cosas no tienen mucha lógica.

El holandés llamado Jan, que yo nunca más volvería a ver en esta vida, bajó la cabeza y cerró los ojos. Yo puse mis manos so­bre sus hombros, y usando mi lengua natal –que él nunca po­dría entender–, pedí que llegase a su destino con seguridad, que dejase en la Ruta de la Seda la tristeza y la sensación de que la vida no tiene sentido, y que volviese a su familia con el alma limpia y los ojos brillantes.

Él me dio las gracias, cogió su mochila y volvió a caminar. Regresé al hotel pensando que jamás, en toda mi vida, había bendecido a nadie. Pero había seguido un impulso, y el impulso estaba bien, mi plegaria sería atendida.
Al día siguiente, Mikhail apareció con un amigo llamado Dos, que iba a acompañarnos. Dos tenía un coche, conocía a mi mujer, conocía las estepas y también quería estar cerca cuando llegase a la aldea en la que se encontraba Esther.

Pensé en quejarme: antes era Mikhail, ahora su amigo, y cuando por fin llegase al final, habría un grupo inmenso siguién­dome, aplaudiendo o llorando, dependiendo de lo que me espe­raba. Pero estaba demasiado cansado para decir nada; al día si­guiente cobraría la promesa que me habían hecho: no dejar que nadie fuese testigo de aquel momento.

Entramos en el coche y seguimos algún tiempo por la Ruta de la Seda. Me preguntaron si sabía lo que era, respondí que me había encontrado a un peregrino aquella noche, y ellos dijeron que ese tipo de viaje se estaba haciendo cada vez más común, pronto empezaría a beneficiar a la industria turística del país.
Dos horas después dejamos la carretera principal para seguir por una carretera secundaria, hasta parar en el bunker en el que estábamos ahora comiendo pescado, escuchando el viento suave que sopla de la estepa.

–Esther fue muy importante para mí –explicó Dos, enseñán­dome la foto de uno de sus cuadros, donde podía ver uno de los trozos de tela manchada de sangre–. Yo soñaba con salir de aquí, como Oleg...

–Mejor llámame Mikhail o se va a hacer un lío.

–Soñaba con salir de aquí, como mucha gente de mi edad. Un día, Oleg, o mejor dicho, Mikhail, me llamó por teléfono. Dijo que su benefactora había decidido pasar algún tiempo en la estepa y quería que yo la ayudase. Acepté, creyendo que allí es­taba mi oportunidad y que conseguiría los mismos favores: visado, pasaje y trabajo en Francia. Me pidió que la llevase a una al­dea muy aislada, que ella había conocido en una de sus visitas.

»No pregunté la razón, simplemente obedecí. En el camino, insistió en que pasásemos por la casa de un nómada al que ha­bía visitado años antes: para mi sorpresa, ¡quería ver a mi abue­lo! Fue recibida con la hospitalidad de aquellos que viven en este espacio infinito. Él le dijo que pensaba que estaba triste, pero en verdad su alma estaba alegre, libre, la energía del amor volvía a circular. Le aseguró que eso afectaría al mundo entero, incluso a su marido. Le enseñó muchas cosas sobre la cultura de la estepa y me pidió que le enseñase el resto. Finalmente, deci­dió que ella podía seguir teniendo el mismo nombre, al contra­rio de lo que manda la tradición.

»Y mientras ella aprendía con mi abuelo, yo aprendía con ella, y entendí que no tenía que viajar lejos, como Mikhail: mi misión es estar en este espacio vacío, en la estepa, comprender sus colores, convertirlos en cuadros.

–No entiendo muy bien esa historia de enseñarle cosas a mi mujer. Tu abuelo había dicho que debemos olvidarlo todo.

–Mañana te lo enseño –dijo Dos.
Y al día siguiente me lo enseñó, sin necesidad de decirme nada. Vi la estepa sin fin, que parecía un desierto, pero que estaba llena de vida escondida entre la baja vegetación. Vi el horizonte plano, el enorme espacio vacío, el ruido de los cascos de los caba­llos, el viento calmado, y nada, absolutamente nada, a nuestro al­rededor. Como si el mundo hubiese escogido aquel lugar para de­mostrar su inmensidad, su simplicidad y su complejidad al mismo tiempo. Como si pudiésemos –y debiésemos– ser como la estepa, vacíos, infinitos y llenos de vida al mismo tiempo.

Miré al cielo azul, me quité las gafas oscuras que llevaba, me dejé inundar por aquella luz, por aquella sensación de que esta­ba en ningún sitio y en todos los sitios al mismo tiempo. Cabal­gamos en silencio, parando sólo para dar de beber a los caballos en regatos que sólo el que conocía el lugar sabía cómo localizar. De vez en cuando, surgían otros jinetes en la distancia, pastores con sus rebaños, encajados entre la planicie y el cielo.

¿Hacia dónde iba? No tenía la menor idea, y no me impor­taba; la mujer que estaba buscando se encontraba en aquel es­pacio infinito, podía tocar su alma, escuchar la melodía que can­taba mientras hacía las alfombras. Ahora entendía por qué había escogido ese sitio: nada absolutamente nada que distrajese su atención, el vacío que tanto había buscado, el viento que barre­ría poco a poco su dolor. ¿Se imaginaría ella que un día yo es­taría aquí, a caballo, yendo a su encuentro?
La sensación del Paraíso desciende de los cielos. Y yo soy consciente de que estoy viviendo un momento inolvidable en mi vida, esa conciencia que muchas veces alcanzamos después de que el momento mágico ya haya pasado. Estoy allí, sin pasado, sin futuro, enteramente concentrado en aquella mañana, en la música de las patas de los caballos, en la dulzura con la que el viento acaricia mi cuerpo, en la gracia inesperada de contemplar el cielo, la Tierra y los hombres. Entro en una especie de adora­ción, de éxtasis, de gratitud por estar vivo. Rezo en voz baja, es­cuchando la voz de la naturaleza y entendiendo que el mundo invisible siempre se manifiesta en el mundo visible.

Le hago algunas preguntas al cielo, las mismas preguntas que le hacía a mi madre cuando era niño: «¿Por qué amamos a ciertas personas y detestamos a otras?» «¿Adonde vamos des­pués de la muerte?» «¿Por qué nacemos si al final morimos?» «¿Qué significa Dios?»

La estepa me responde con su murmullo constante del vien­to. Y eso basta: saber que las preguntas fundamentales de la vida jamás serán respondidas, pero que, aun así, podemos seguir adelante.
Cuando aparecieron algunas montañas en el horizonte, Dos nos pidió que parásemos. Vi que había un regato a su lado.

–Vamos a acampar aquí.

Descargamos las mochilas de los caballos y montamos la tienda. Mikhail se puso a cavar un agujero en el suelo:

–Así lo hacen los nómadas: cavan un agujero, llenan el fon­do con piedras, ponen más piedras en los bordes y un sitio para encender la hoguera sin que el viento los moleste.

Al sur, entre las montañas y nosotros, apareció una nube de polvo, que, entendí al momento, estaba causada por el galope de caballos. Llamé la atención hacia lo que estaba viendo; mis dos compañeros se levantaron bruscamente y noté que se ponían tensos. Pero al momento dijeron unas palabras entre sí en ruso, se relajaron, y Dos volvió a montar la tienda, mientras Mikhail encendía la hoguera.

–¿Me puedes explicar qué pasa?

–Aunque parezca que estamos rodeados de espacio vacío, ¿te has dado cuenta de que hemos pasado junto a varios pasto­res, ríos, tortugas, zorros y jinetes? Y aunque tengas la impre­sión de verlo todo a tu alrededor, ¿de dónde sale esta gente? ¿Dónde están sus casas? ¿Dónde guardan sus rebaños?

»Esta idea de vacío es una ilusión: estamos constantemente observando y siendo observados. Para un extranjero que no es capaz de leer las señales de la estepa, todo está bajo control, y todo lo que ve son los caballos y los jinetes.

»Para nosotros, que hemos sido educados aquí, sabemos ver las yurtas, las casas circulares que se mezclan con el paisaje. Sa­bemos leer lo que sucede, observando cómo se mueven y qué di­rección toman los jinetes; antiguamente, la supervivencia de la tribu dependía de esta capacidad, pues había enemigos, invaso­res y contrabandistas.

»Y ahora, la mala noticia: han descubierto que nos dirigimos hacia la aldea que hay cerca de aquellas montañas, y envían gente a matar al hechicero que ve apariciones de niñas y al hombre que viene a perturbar la paz de la mujer extranjera.

Soltó una carcajada.

–Espera, dentro de un poco lo entenderás.
Los jinetes se acercaban. Al poco tiempo ya podía distinguir lo que estaba sucediendo.

–No me parece normal. Es una mujer perseguida por un hombre.

–No es normal, pero forma parte de nuestras vidas.

La mujer pasó junto a nosotros empuñando un largo látigo, soltó un grito y le dirigió una sonrisa a Dos –como una especie de saludo de bienvenida–, y empezó a galopar en círculos alre­dedor del lugar en el que estábamos preparando el campamen­to. El hombre, sudando pero sonriente, también nos saludó rápi­damente, mientras intentaba acompañar a la mujer.

–Nina debería ser más grande –dijo Mikhail–. No le hace falta.

–Justamente por eso: como no le hace falta, no tiene que ser amable –respondió Dos–. Ser bella y tener un buen caballo es suficiente.

–Pero lo hace con todo el mundo.

–Yo la desmonté –dijo Dos, orgulloso.

–Si estáis hablando en inglés, será porque queréis que yo comprenda.

La mujer reía, cabalgaba cada vez más de prisa, y sus risas llenaban la estepa de alegría.

–Es simplemente una forma de seducción. Se llama Kyz Kuu o «derribar a la chica». Todos nosotros, en algún momento de nuestra infancia o juventud, hemos participado en el juego.

El hombre que la perseguía estaba cada vez más cerca, pero todos nosotros podíamos ver que su caballo ya no aguantaba.

–Más tarde, te hablaré un poco sobre el tengri, la cultura de la estepa –continuó Dos–. Pero como estás viendo esta escena, déjame explicarte algo muy importante: aquí, en esta tierra, quien manda es la mujer. Siempre la dejan pasar. Recibe la mi­tad de la dote, aunque la decisión del divorcio haya sido suya. Cada vez que un hombre ve a una mujer que lleva turbante blanco, eso significa que es madre, tenemos que poner nuestra mano en el corazón y bajar la cabeza en señal de respeto.

–¿Y qué tiene eso que ver con «desmontar a la chica»?

–En la aldea que está al pie de las montañas, un grupo de hombres se reunió con esta chica, que se llama Nina, la más de­seada de la región. Empezaron este juego, Kyz Kuu, creado en tiempos ancestrales, cuando las mujeres de la estepa, llamadas amazonas, también eran guerreras.

»En aquella época nadie pedía permiso a la familia para ca­sarse: los pretendientes y la chica se reunían en un lugar deter­minado, todos a caballo. Ella daba algunas vueltas alrededor de los hombres, riendo, provocando, hiriéndolos con el látigo. Has­ta que el más valiente de todos decidía perseguirla. Si conseguía escapar durante un tiempo determinado, ese chico debía pedir a la tierra que se lo tragase para siempre; sería considerado un mal jinete, la peor vergüenza para un guerrero.

»Si conseguía acercarse a ella, enfrentarse al látigo y tirarla al suelo, era un hombre de verdad, podía besarla y casarse con ella. Claro que, tanto en el pasado como en el presente, las chi­cas sabían de quién escapar y por quién dejarse capturar.

Por lo visto, Nina sólo quería divertirse. Volvió a ganarle dis­tancia al chico y regresaba a la aldea.

–Sólo ha venido para exhibirse. Sabe que estamos llegando y ahora va a dar la noticia.

–Tengo dos preguntas. La primera puede parecer una tonte­ría: ¿todavía escogen a sus novios así?

Dos dijo que hoy en día eso era sólo un juego. Igual que la gente en Occidente se viste de determinada manera y va a bares y a lugares de moda, en la estepa el juego de la seducción era el Kyz Kuu. Nina ya había humillado a un gran número de chicos, y ya se había dejado desmontar por algunos (como sucede en las mejores discotecas del mundo).

–La segunda pregunta os parecerá más idiota todavía: ¿es en la aldea que está al lado de las montañas donde está mi mujer? Dos asintió con la cabeza.

–Y si estamos a tan sólo dos horas, ¿por qué no dormimos allí? Todavía falta mucho para que se haga de noche.

–Estamos a dos horas y hay dos motivos. El primero: aun­que Nina no hubiese venido hasta aquí, alguien ya nos habría visto y se encargaría de decirle a Esther que estamos llegando. Así, ella puede decidir si nos quiere ver o si desea marcharse du­rante algunos días a una aldea vecina; en ese caso, nosotros no la seguiremos.

Mi corazón se encogió.

–¿Después de todo lo que he hecho para llegar hasta aquí?

–No repitas eso o no habrás entendido nada. ¿Qué te hace pensar que tu esfuerzo debe ser recompensado con la sumisión, el agradecimiento y el reconocimiento de la persona que amas? Has llegado hasta aquí porque éste era tu camino, no para com­prar el amor de tu mujer.

Por más injusto que pudiera parecer, él tenía razón. Pregunté cuál era el segundo motivo.

–Todavía no has escogido tu nombre.

–Eso no es importante –insistió de nuevo Mikhail–. Él no entiende ni forma parte de nuestra cultura.

–Es importante para mí –dijo Dos–. Mi abuelo me dijo que yo debía proteger y ayudar a la mujer extranjera, de la misma manera que ella me protegía y me ayudaba. Le debo a Esther la paz de mis ojos, y quiero que sus ojos estén en paz.

»Tendrá que escoger un nombre. Tendrá que olvidar para siempre su historia de dolor y de sufrimiento, y aceptar que es una persona nueva, que acaba de renacer, y que renacerá todos los días de aquí en adelante. Si no es así, en caso de que vuelvan a vivir juntos, se cobrará todo lo que un día sufrió por culpa de ella.

–Ya escogí un nombre anoche –respondí.

–Pues espera al crepúsculo para decírmelo.
En cuanto el sol se acercó al horizonte, fuimos a un lugar de la estepa que era prácticamente un desierto, con gigantescas montañas de arena. Empecé a oír un murmullo diferente, una especie de eco, de vibración intensa. Mikhail dijo que aquél era uno de los pocos lugares del mundo en el que las dunas can­taban.

–Cuando estaba en París y lo conté, sólo me creyeron por­que un norteamericano dijo que él había visto lo mismo en el norte de África; sólo hay treinta lugares como éste en todo el mundo. Hoy en día, los técnicos lo explican todo: a causa de la formación única del lugar, el viento penetra en los granos de arena y crea este tipo de sonido. Sin embargo, para los ancianos, es uno de los lugares mágicos de la estepa, es un honor que Dos haya decidido hacer aquí tu cambio de nombre.

Empezamos a subir una de las dunas, y a medida que pro­gresábamos, el sonido se iba haciendo más intenso y el viento más fuerte. Cuando llegamos arriba, podíamos ver las montañas más nítidamente al sur y la gigantesca planicie a nuestro alre­dedor.

–Gírate hacia el poniente y quítate la ropa –me pidió Dos. Hice lo que me mandaba sin preguntar la razón. Empecé a sentir frío, pero ellos no parecían preocupados por mi bienestar. Mikhail se arrodilló, y creo que comenzó a rezar. Dos miró al cielo, hacia la tierra, hacia mí, poniendo las manos en mi hom­bro, de la misma manera que yo había hecho, sin saber, con el holandés.

–En nombre de la Señora, yo te consagro. Te consagro a la Tierra, que es la Señora. En nombre del caballo, yo te consagro. Te consagro al mundo, y le pido que te ayude a caminar. En nombre de la estepa, que es infinita, yo te consagro. Te consagro a la Sabiduría infinita, y le pido que tu horizonte sea más amplio que aquello que eres capaz de ver. Has escogido tu nombre, y ahora lo vas a pronunciar por primera vez.

–En nombre de la estepa infinita, escojo un nombre –res­pondí, sin preguntar si me estaba comportando como exigía el ritual, pero guiado por el sonido del viento de las dunas.
»Hace muchos siglos, un poeta describió la peregrinación de un hombre, Ulises, para volver hasta una isla llamada Ítaca, donde lo espera su amada. Ulises se enfrenta a muchos peligros, desde tempestades hasta tentaciones. En un determinado mo­mento, cuando está en una cueva, se encuentra un monstruo con un único ojo en la frente.

»El monstruo le pregunta su nombre: «Nadie», responde Ulises. Luchan, él consigue atravesar el único ojo del monstruo con la espada y cierra la cueva con una roca. Sus compañeros oyen gritos y van a socorrerlo. Al ver que hay una roca en la en­trada, le preguntan quien está con él. «¡Nadie! ¡Nadie!», contes­ta el monstruo. Los compañeros se van, ya que no hay ninguna amenaza para la comunidad, y Ulises puede seguir su camino hacia la mujer que lo espera.

–¿Tu nombre es Ulises?

–Mi nombre es Nadie.

Me temblaba el cuerpo, como si varias agujas estuviesen pe­netrando en mi piel.

–Concéntrate en el frío, hasta que pares de temblar. Deja que él ocupe todo tu pensamiento, hasta que no quede espacio para nada más, hasta que se transforme en tu compañero y ami­go. No intentes controlarlo. No pienses en el sol o será mucho peor, porque sabrás que hay otras cosas, como el calor, y de esta manera el frío sentirá que no es deseado ni querido.

Mis músculos se contraían y se distendían para producir energía, y de esta manera conseguir mantener mi organismo vivo. Pero hice lo que Dos me mandaba, porque confiaba en él, en su calma, en su ternura, en su autoridad. Dejé que las agujas penetrasen en mi piel, que mis músculos se debatiesen, que mis dientes castañeteasen, mientras repetía mentalmente: «No lu­chéis; el frío es nuestro amigo.» Los músculos no obedecieron, y así permanecimos durante quince minutos, hasta que perdieron fuerza, dejaron de sacudir mi cuerpo y noté una especie de le­targo; intenté sentarme, pero Mikhail me agarró y me mantuvo de pie mientras Dos hablaba conmigo. Sus palabras parecían venir de muy lejos, de algún lugar donde la estepa encuentra el cielo:

–Sé bienvenido, nómada que cruza la estepa. Sé bienvenido al lugar donde siempre decimos que el cielo es azul, aunque esté gris, porque sabemos el color que hay más allá de las nubes. Sé bienvenido a la región del tengri– Sé bienvenido a mí, que estoy aquí para recibirte y honrarte por tu búsqueda.

Mikhail se sentó en el suelo y me pidió que bebiese algo que en seguida me calentó el cuerpo. Dos me ayudó a vestirme, baja­mos las dunas que hablaban entre sí, montamos y volvimos al campamento improvisado. Justo antes de que empezasen a coci­nar, caí en un sueño profundo.
–¿Qué es eso? ¿Todavía no ha amanecido?

–Ha amanecido hace rato: es simplemente una tempestad de arena, no te preocupes. Ponte las gafas oscuras, protégete los ojos.

–¿Dónde está Dos?

–Ha regresado a Almaty. Me conmovió la ceremonia de ayer: en verdad, no tenía que hacerlo. Para ti debió de ser una pérdida de tiempo y la posibilidad de coger una neumonía. Es­pero que entiendas que fue su manera de demostrarte que eres bienvenido. Coge el aceite.

–He dormido más de lo que debería.

–Sólo son dos horas a caballo. Llegaremos allí antes de que el sol esté en lo alto del cielo.

–Tengo que darme un baño. Tengo que cambiarme de ropa.

–Imposible: estás en medio de la estepa. Pon el aceite en la tartera, pero antes ofréceselo a la Señora; es el producto más va­lioso después de la sal.

–¿Qué es «tengri»?

–La palabra significa «el culto del cielo», una especie de re­ligión sin religión. Por aquí pasaron los budistas, los hinduistas, los católicos, los musulmanes, las sectas, las creencias, las su­persticiones. Los nómadas se convertían para evitar la repre­sión, pero seguían y siguen profesando sólo la idea de que la Divinidad está en todos los lugares, todo el tiempo. No se pue­de sacar de la naturaleza y ponerla en libros o entre cuatro paredes. Desde que pisé esta tierra, me siento mejor, como si realmente necesitase este alimento. Gracias por dejarme venir contigo.

–Gracias por haberme presentado a Dos. Ayer, mientras me consagraba, sentí que es una persona especial.

–Aprendió con su abuelo, que aprendió de su padre, y así sucesivamente. El estilo de vida de los nómadas y la ausencia de una lengua escrita hasta el final del siglo XIX desarrollaron la tradición del akyn, la persona que debía acordarse de todo y transmitir las historias. Dos es un akyn.

»Sin embargo, cuando digo «aprender», espero que no en­tiendas «acumular conocimiento». Las historias tampoco tienen que ver con fechas, nombres o hechos reales. Son leyendas de héroes y heroínas, animales y batallas, símbolos de la esencia del hombre, no sólo de sus hechos. No es la historia de vence­dores o vencidos, sino de gente que camina por el mundo, con­templa la estepa y se deja tocar por la energía del amor. Echa el aceite más despacio o salpicará por todos lados.

–Me sentí bendecido.

–Me gustaría sentirme de la misma manera. Ayer fui a visitar a mi madre a Almaty; me preguntó si estaba bien, si ganaba di­nero. Le mentí, le dije que estaba muy bien, que presentaba un espectáculo teatral de gran éxito en París. Hoy vuelvo a mi pue­blo, parece que me fui ayer y que durante todo el tiempo que he estado fuera no he hecho nada importante. Hablo con los men­digos, ando con las tribus, celebro las reuniones en el restauran­te, ¿y cuál es el resultado? Ninguno. No soy como Dos, que aprendió de su abuelo. Sólo tengo a la presencia para que me guíe, y a veces pienso que no son más que alucinaciones: tal vez lo que tenga sean realmente ataques epilépticos, y nada más.

–Hace un minuto me estabas agradeciendo que hubieras ve­nido conmigo, y ahora parece que eso te hace infeliz. Decide qué es lo que sientes.

–Siento las dos cosas, no tengo que decidir; puedo navegar entre mis paradojas, entre mis contradicciones.

–Quiero decirte algo, Mikhail. También he navegado entre muchas paradojas desde que te conocí. Empecé odiándote, pasé a aceptarte, y a medida que seguía tus pasos, esa aceptación se convirtió en respeto. Todavía eres joven, y lo que sientes es ab­solutamente normal: impotencia. No sé a cuántas personas ha­brá afectado tu trabajo hasta ahora, pero te puedo asegurar una cosa: has cambiado mi vida.

–Tu interés era sólo encontrar a tu mujer.

–Sigue siéndolo. Pero me ha hecho atravesar más que las es­tepas de Kazajstán: he caminado por mi pasado, he visto dónde me equivoqué, he visto dónde paré, he visto el momento en el que perdí a Esther, el momento que los indios mexicanos llaman «el acomodador». He vivido cosas que jamás imaginé que po­dría experimentar a mi edad. Todo porque tú estabas a mi lado y me guiabas, aun sin ser consciente de ello. ¿Sabes qué más? Creo que oyes voces. Creo que tuviste visiones cuando eras niño. Siempre he creído en muchas cosas, y ahora creo más todavía.

–No eres la misma persona que conocí.

–No. Espero que Esther se ponga contenta.

–¿Tú estás contento?

–Claro.

–Entonces eso es suficiente. Vamos a comer. Esperaremos a que la tempestad amaine y seguiremos adelante.

–Enfrentémonos a la tempestad.

–Está bien, como quieras. La tempestad no es una señal, es simplemente la consecuencia de la destrucción del mar de Aral.
La furia del viento está disminuyendo y los caballos parecen an­dar más rápido. Entramos por una especie de valle y el paisaje cambia completamente: el horizonte infinito ha sido sustituido por rocas altas y sin vegetación. Miro hacia la derecha y veo un arbusto lleno de cintas atadas.

–¡Fue aquí! Fue aquí donde viste...

–No. El mío fue destruido.

–¿Entonces eso qué es?

–Un sitio en el que debe de haber sucedido algo muy impor­tante.

Desmonta, abre la mochila, saca una navaja, corta un trozo de la manga de su camisa y la ata a una de las ramas. Sus ojos cambian, puede ser que la presencia esté a su lado, pero no quiero preguntar nada.

Hago lo mismo. Pido protección, ayuda, también siento una presencia a mi lado: mi sueño, mi largo viaje de vuelta hasta la mujer que amo.
Volvemos a montar. Él no me habla de su petición, y yo tam­poco le comento la mía. Cinco minutos después, aparece una pequeña aldea, con sus casas blancas. Un hombre nos espera. Se dirige a Mikhail y habla con él en ruso. Ambos discuten durante un momento y luego el hombre se va.

–¿Qué quería?

–Me pidió que fuese a su casa, a curar a su hija. Nina debió de decir que yo llegaba hoy, y la gente mayor todavía se acuerda de las visiones.

Él parece inseguro. No hay nadie más a la vista, debe de ser hora de trabajo o de descanso. Cruzamos la calle principal, que parece conducir a una casa blanca, en medio de un jardín.

–Recuerda lo que te dije esta mañana, Mikhail. Puede ser que simplemente seas alguien con epilepsia, que se niega a aceptar la enfermedad y que ha dejado que su inconsciente creara toda una historia al respecto. Pero también puede ser que tengas una misión en la Tierra: enseñarle a la gente a olvi­dar su historia personal, a ser más abierta al amor como ener­gía pura, divina.

–No te entiendo. Durante todos estos meses, desde que nos conocimos, sólo has hablado de este momento, de encontrar a Esther. Y de repente, desde esta mañana, pareces más preocupa­do por mí que por cualquier otra cosa. ¿El ritual de Dos de ano­che no habrá tenido algún efecto en ti?

–Estoy seguro de que sí.

Quería decir: «Siento pavor.» Quiero pensar en todo, menos en lo que va a suceder dentro de unos minutos. Hoy soy la per­sona más generosa sobre la faz de la Tierra, porque estoy cerca de mi objetivo. Tengo miedo de lo que me espera, entonces, mi manera de reaccionar es procurar servir a los demás, demostrar­le a Dios que soy una buena persona, que merezco la bendición tan duramente perseguida.
Mikhail desmonta y me pide que haga lo mismo.

–Voy hasta la casa de ese hombre cuya hija está enferma; cuidaré de tu caballo mientras tú hablas con ella.

Señala la pequeña casa blanca en medio de los árboles.

–Allí.

Intento mantener el control a toda costa.

–¿Qué está haciendo ella?

–Como he dicho antes, aprende a hacer alfombras y a cambio da clases de francés. Por cierto, son alfombras muy compli­cadas, aunque de apariencia simple, como la propia estepa: los colorantes son de plantas que hay que cortar en el momento preciso, o pierden sus cualidades. Luego, se extiende lana de oveja en el suelo, se mezcla con agua caliente, se hacen hilos mientras la lana está mojada, y después de muchos días, cuando finalmente el sol lo seca todo, empieza el trabajo de tejer.

»Los adornos finales los hacen niños; la mano de los adultos es muy grande para los pequeños y delicados bordados.

Hace una pausa y luego prosigue:

–Y no me vengas con tonterías sobre el trabajo infantil: es una tradición que hay que respetar.

–¿Cómo está?

–No lo sé. No hablo con ella desde hace seis meses, más o menos.

–Mikhail, eso es otra señal: las alfombras.

–¿Alfombras?

–¿Recuerdas que ayer, cuando Dos me pidió un nombre, le conté la historia de un guerrero que vuelve a una isla en busca de su amada? La isla se llama Ítaca, la mujer se llama Penélope. Desde que Ulises se fue a la guerra, ¿a qué se dedica Penélope? ¡A tejer! Como él tarda más de lo que esperaba, todas la noches ella deshace su trabajo y vuelve a tejerlo a la mañana siguiente.

»Los hombres quieren casarse con ella, pero ella sueña con el regreso de aquel que ama. Finalmente, cuando se cansa de es­perar y decide que será la última vez que hará su vestido, Ulises llega.

–Lo que pasa es que el nombre de esta ciudad no es Ítaca. Y ella no se llama Penélope.

Mikhail no ha entendido la historia, no vale la pena expli­carle que yo simplemente estaba poniendo un ejemplo. Le doy mi caballo y camino a pie los cien metros que me separan de la que un día fue mi mujer, se convirtió en Zahir y ahora vuelve a ser la amada que todos los hombres sueñan con encontrar cuan­do vuelven de la guerra o del trabajo.
Estoy hecho un asco. Tengo la ropa y la cara llenas de arena, y el cuerpo cubierto de sudor, aunque la temperatura sea muy baja.

Pienso en mi aspecto, la cosa más superficial del mundo, como si hubiese hecho este largo camino hasta mi Ítaca perso­nal sólo para lucir ropa nueva. En estos cien metros que faltan, tengo que hacer un esfuerzo, pensar en todo lo importante que sucedió mientras ella –¿o yo?– estaba fuera.

¿Qué debo decir cuando nos veamos? He pensado muchas veces en eso, cosas del tipo «he esperado mucho tiempo este momento», o «he entendido que estaba equivocado», «he veni­do hasta aquí para decirte que te amo», o también «estás más guapa que nunca».

Me decido por «hola». Como si ella nunca se hubiese mar­chado. Como si sólo hubiera pasado un día, y no dos años, nue­ve meses, once días y once horas.

Ella tiene que entender que he cambiado, mientras caminaba por los mismos sitios en los que estuvo ella, y que yo nunca supe, o por los que nunca he sentido interés. Había visto el tro­zo de tela ensangrentada en la mano de un mendigo, de jóvenes y señores que acudían a un restaurante en París, de un pintor, de mi médico, de un chico que decía tener visiones y oír voces. Mientras seguía su pista, conocí a la mujer con la que me había casado, y redescubrí el sentido de mi vida, que había cambiado tanto, y ahora cambiaba otra vez.
Aunque casado desde hace tanto tiempo, nunca conocí bien a mi mujer: yo había creado una «historia de amor» igual que las que veía en las películas, leía en los libros, en las revistas o veía en los programas de televisión. En mi historia, el «amor» era algo que crecía, llegaba a un determinado tamaño, y a partir de ahí, era simplemente una cuestión de mantenerlo vivo como una planta, regándolo de vez en cuando, cortando las hojas secas. «Amor» era también sinónimo de ternura, de seguridad, de prestigio, de plenitud, de éxito. «Amor» se traducía en son­risas, en palabras como «te amo» o «me encanta cuando llegas a casa».

Pero las cosas eran más complicadas que lo que yo pensaba: a veces, amaba a Esther perdidamente antes de cruzar una calle, y cuando llegaba a la acera del otro lado, ya me sentía prisione­ro, triste por haberme comprometido con alguien, loco por mar­charme de nuevo en busca de aventura. Y pensaba «ya no la amo». Y cuando el amor volvía con la misma intensidad que an­tes, tenía dudas y me decía a mí mismo «creo que estoy acos­tumbrado».

Posiblemente, Esther tenía los mismos pensamientos, y po­dría decirse a sí misma: «Qué tontería, somos felices, podemos pasar el resto de la vida así.» Después de todo había leído las mismas historias, visto las mismas películas, seguido las mismas series de televisión, y aunque ninguno de ellos dijese que el amor era mucho más que un final feliz, ¿por qué no ser más to­lerante consigo misma? Si repitiese todas las mañanas que esta­ba contenta con su vida, con toda seguridad acabaría no sólo creyéndolo, sino haciendo que todo el mundo a nuestro alrede­dor también lo creyese.

Pero pensaba de diferente manera. Reaccionaba de diferente manera. Intentó enseñarme, pero yo no fui capaz de ver; tuve que perderla para entender que el sabor de las cosas recupera­das es la miel más dulce que podemos probar. Ahora yo estaba allí, caminando por la calle de una pequeña ciudad, dormida, fría, recorriendo otra vez un camino por ella. El primer hilo de la red y el más importante que me ataba –«todas las historias de amor son iguales»– se rompió cuando fui atropellado por una moto.
En el hospital, el amor habló conmigo: «Yo soy el todo y la nada. Soy como el viento, y no soy capaz de entrar donde las ventanas y las puertas están cerradas.»

Le respondí al amor: «¡Pero yo estoy abierto para ti!»

Y él me dijo: «El viento está hecho de aire. En tu casa hay aire, pero está todo cerrado. Los muebles se van a llenar de pol­vo, la humedad acabará destruyendo los cuadros y manchando las paredes. Tú seguirás respirando, conocerás una parte de mí, pero yo no soy una parte, yo soy el Todo, y eso tú no lo vas a co­nocer nunca.»

Vi los muebles llenos de polvo, los cuadros pudriéndose a causa de la humedad, no tenía otra alternativa más que abrir las ventanas y las puertas. Al hacerlo, el viento lo barrió todo. Yo quería guardar mis memorias, proteger lo que creía haber conse­guido con tanto esfuerzo, pero todo había desaparecido, yo esta­ba vacío como la estepa.

Una vez más entendía por qué Esther había decidido venirse aquí: vacío como la estepa.

Y como estaba vacío, el viento que entró trajo cosas nuevas, ruidos que no había oído, gente con la que jamás había hablado. Volví a sentir el mismo entusiasmo de antes porque me había li­berado de mi historia personal, había destruido al «acomoda­dor», había descubierto que era un hombre capaz de bendecir a los demás de la misma manera que los nómadas y los hechiceros de la estepa bendecían a sus semejantes. Descubrí que era mu­cho mejor y mucho más capaz de lo que yo mismo pensaba; la edad sólo disminuye el ritmo de aquellos que nunca han tenido el coraje de andar con sus propios pasos.
Un día, por culpa de una mujer, hice una larga peregrinación para encontrarme con mi sueño. Muchos años después, esa mis­ma mujer me obligaba a andar de nuevo, esta vez para encon­trarme con el hombre que se había perdido en el camino.

Ahora pienso en todo, menos en cosas importantes: canto mentalmente una canción, me pregunto a mí mismo por qué no hay coches aparcados, noto que el zapato me lastima y que el reloj de pulsera todavía marca la hora europea. Todo eso porque la mujer, mi mujer, mi guía y el amor de mi vida, ahora está tan sólo a unos pasos de distancia; cualquier asunto me ayuda a huir de la realidad que tanto he buscado pero a la que tengo miedo de enfrentarme.

Me siento en uno de los peldaños de la escalera de la casa, fumo un cigarrillo. Pienso en volver a Francia; ya he llegado a donde quería, ¿por qué seguir adelante?

Me levanto, las piernas me tiemblan. En vez de emprender el camino de vuelta, me sacudo lo mejor posible la arena de la ropa y de la cara, pongo la mano en el pomo de la puerta y entro.
Aunque sepa que tal vez haya perdido para siempre a la mujer que amo, tengo que esforzarme para vivir todas las gra­cias que Dios me ha concedido hoy. La gracia no puede ser eco­nomizada. No hay un banco donde pueda depositarla para uti­lizarla de nuevo cuando esté en paz conmigo mismo. Si no disfruto de estas bendiciones, las perderé irremediablemente.

Dios sabe que somos artistas de la vida. Un día nos da un martillo para esculpir, otro día pinceles y tinta para pintar un cuadro, o papel y lápiz para escribir. Pero nunca seré capaz de usar martillos en telas, ni pinceles en esculturas. Así que, a pe­sar de ser difícil, tengo que aceptar las pequeñas bendiciones de hoy, que me parecen maldiciones porque sufro y el día es boni­to, el sol brilla, los niños cantan en la calle. Sólo así conseguiré salir de mi dolor y reconstruir mi vida.
El sitio estaba inundado de luz. Ella levantó los ojos cuando entré, sonrió, y siguió leyendo Tiempo de romper, tiempo de coser para las mujeres y los niños que estaban sentados en el suelo, con telas de colores a su alrededor. Cada vez que Esther hacía una pausa, ellos repetían el texto sin levantar los ojos del trabajo.

Sentí un nudo en la garganta, me controlé para no llorar, y a partir de ahí ya no sentí nada más. Simplemente me quedé mi­rando aquella escena, escuchando mis palabras en sus labios, ro­deado de colores, de luz, de gente totalmente concentrada en lo que estaba haciendo.

Y, después de todo, como dice un sabio persa, el amor es una enfermedad de la cual nadie quiere librarse. El que ha sido atacado por ella no intenta restablecerse, y quien sufre no desea ser curado.

Esther cerró el libro. Ellos levantaron los ojos y me vieron.

–Voy a pasear con el amigo que acaba de llegar –le dijo al grupo–. La clase de hoy ha acabado.

Todos rieron y me saludaron. Ella vino hasta mí, me besó en la cara, me cogió por el brazo y salimos.

–Hola –dije.

–Te estaba esperando –me respondió ella. La abracé, apoyé la cabeza en su hombro y empecé a llorar. Ella acariciaba mi pelo y, por la manera de tocarme, yo iba com­prendiendo lo que no quería comprender, aceptando lo que no quería aceptar.

–He esperado de muchas maneras –dijo ella, al ver que las lágrimas iban disminuyendo–. Como la mujer desesperada que sabe que su marido jamás comprendió sus pasos y que nunca vendrá hasta aquí, por lo que tendrá que coger un avión y vol­ver, para marcharse otra vez en la próxima crisis, y volver, y marcharse, y volver...
El viento había disminuido de intensidad, los árboles escu­chaban lo que ella me decía.

–Esperé como Penélope esperaba a Ulises, como Romeo esperaba a Julieta, como Beatriz esperaba a Dante para que la rescatase. El vacío de la estepa estaba lleno de tus recuerdos, de los momentos que pasamos juntos, de los países que hemos visitado, de nuestras alegrías, de nuestras peleas. Entonces, miré hacia atrás, hacia el camino que mis pasos habían dejado, y no te vi.

»Sufrí mucho. Entendí que había hecho un camino sin retor­no, y cuando reaccionamos así, sólo podemos seguir adelante. Fui a ver al nómada que había conocido, le pedí que me enseña­se a olvidar mi historia personal, que me abriese al amor que está presente en todos los lugares. Empecé a aprender la tradi­ción tengri con él. Un día, miré hacia un lado y vi este amor re­flejado en un par de ojos: un pintor llamado Dos.

Yo no dije nada.

–Estaba muy dolida, no podía creer que fuese posible volver a amar otra vez. Él no me dijo mucho, sólo me enseñó a hablar ruso, y me contaba que en las estepas siempre usan la palabra «azul» para describir el cielo, aunque esté gris, porque saben que encima de las nubes sigue siendo azul. Me cogió de la mano y me ayudó a atravesar las nubes. Me enseñó a amar antes de amarlo. Me demostró que mi corazón estaba a mi servicio y al servicio de Dios, y no al servicio de los demás.

»Dijo que mi pasado me acompañaría siempre, pero que cuanto más me liberase de los hechos y me concentrase sólo en las emociones, entendería que en el presente hay siempre un es­pacio tan grande como la estepa para llenarlo con más amor y más alegría de vivir.

«Finalmente, me explicó que el sufrimiento nace cuando es­peramos que los demás nos amen de la manera que imaginamos y no de la manera con la que el amor debe manifestarse: libre, sin control, guiándonos con su fuerza, impidiéndonos parar.
Retiré la cabeza de su hombro y la miré.

–¿Y tú lo amas?

–Lo amé.

–¿Sigues amándolo?

–¿Crees que sería posible? ¿Crees que, si amara a otro hom­bre, al saber que ibas a llegar, todavía estaría aquí?

–Creo que no. Creo que has pasado la mañana esperando a que la puerta se abriese.

–Entonces, ¿por qué me haces esas preguntas tan tontas?

Por inseguridad, pensé. Pero era genial que hubiera intenta­do encontrar de nuevo el amor.

–Estoy embarazada.

Fue como si el mundo se desplomase sobre mi cabeza, pero duró sólo un segundo.

–¿Dos?

–No. Alguien que vino y se marchó.

Reí, aunque tuviese el corazón encogido.

–Al fin y al cabo, no hay mucho que hacer en este fin del mundo –comenté.

–No es el fin del mundo –respondió Esther, riendo también.

–Pero tal vez sea el momento de volver a París. Me han lla­mado de tu trabajo para preguntar si sabía dónde podían encon­trarte. Querían que hicieses un reportaje acompañando a una patrulla de la OTAN por Afganistán. Tienes que responder que no puedes.

–¿Por qué no puedo?

–¡Estás embarazada! ¿Quieres que el bebé empiece a recibir desde tan pronto las energías negativas de una guerra?

–¿El bebé? ¿Crees que me va a impedir trabajar? Y además, ¿por qué estás preocupado? ¡No es problema tuyo!

–¿No? ¿No fue gracias a mí que viniste a parar aquí? ¿O te parece poco?

Ella sacó del bolsillo de su vestido blanco un trozo de tela manchada de sangre y me lo dio con los ojos llenos de lágrimas.

–Es para ti. Echaba de menos nuestras peleas.

Y después de una pausa:

–Pídele a Mikhail que consiga otro caballo.

Me levanté, la agarré por los hombros y la bendije, de la mis­ma manera que había sido bendecido yo.

Nota del autor
Escribí El Zahir mientras hacía mi propia peregrinación por este mundo, entre enero y junio de 2004. Partes del libro fueron es­critas en París, St. Martin (Francia), Madrid, Barcelona, Ámsterdam (Holanda), en una carretera (Bélgica), Almaty y en la este­pa (Kazajstán).

Quiero agradecerles a mis editores franceses, Anne y Alain Carriére, que se hayan encargado de conseguir toda la informa­ción respecto a las leyes francesas citadas a lo largo del libro.

Leí por primera vez la mención al Banco de Favores en La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. El libro que Esther leyó, y que cuenta la historia de Fritz y Hans en Tokio, es Ish–mael, de Daniel Quinn. El místico que cita Marie, al referirse a la importancia de mantenernos atentos, es Kenan Rifai. La ma­yoría de los diálogos de la tribu en París me fueron relatados por jóvenes que forman parte de grupos semejantes. Algunos de ellos colgaron sus textos en internet, pero es imposible distinguir la autoría.

Los versos que el personaje principal aprendió en su infan­cia y vuelve a recordar cuando está en el hospital («Cuando la indeseada de las gentes llegue...») forman parte del poema Consoada, del brasileño Manuel Bandeira. Algunos de los comenta­rios de Marie, después de la escena en la que el personaje prin­cipal va a recibir a la estación de tren al actor, nacieron de una conversación con Agneta Sjodin, actriz sueca. El concepto de olvidar la historia personal, aunque forma parte de muchas tradiciones iniciáticas, está bien desarrollado en el libro Viaje a Ixtlán, de Carlos Castañeda. La Ley de Jante fue desarrollada por el escritor danés Aksel Sandemose en la novela Un refugiado sobre sus límites.

Dos personas que me honran mucho con su amistad, Dmitry Voskoboynikov y Evgenia Dotsuk, me facilitaron todos los pa­sos necesarios para visitar Kazajstán.

En Almaty pude conocer a Imangali Tasmagambetov, autor del libro The Centaurs of the Great Steppe y gran conocedor de la cultura local, que me dio una serie de datos importantes so­bre la situación política y cultural de Kazajstán, en el pasado y en la actualidad. También le estoy agradecido al presidente de la república, Nursultan Nazarbaev, por la excelente acogida, y aprovecho para felicitarlo por no haber dado continuidad a las pruebas nucleares en su país, aunque tuviese toda la tecnología necesaria para hacerlo, y haber optado por eliminar todo su ar­senal atómico.

Finalmente, les debo mucho de mi mágica experiencia en la estepa a tres personas que me acompañaron y que tuvieron mu­cha paciencia: Kaisar Alimkulov, Dos (Dosbol Kasymov), un pintor de gran talento en el cual me inspiré para el personaje del mismo nombre, que aparece al final del libro, y Marie Nimirovskaya, al principio sólo mi intérprete y poco tiempo después, mi amiga.
FIN DE "EL ZAHIR"



1 Tambor brasileño de origen africano. (N. de la t.)




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