Traducción de Ana Belén Costas






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EL ZAHIR – PAULO COELHO

Editorial Planeta, S.A.

Título Original: O Zahir

Traducción de Ana Belén Costas

Primera Edición, Mayo 2005

Impreso en España

Dedicatoria
En el coche, le había comentado que había puesto el punto y fi­nal a la primera versión de mi libro. Al empezar a subir juntos una montaña en los Pirineos, que consideramos sagrada y en la que hemos vivido momentos extraordinarios, le pregunté si que­ría saber cuál era el tema central o el título. Ella respondió que le gustaría mucho preguntármelo, pero que, por respeto a mi trabajo, no había dicho nada, simplemente se había puesto con­tenta, muy contenta.

Le dije el título y el tema central. Seguimos caminando en si­lencio, y en la curva, oímos un ruido; era el viento que se acer­caba, pasando por encima de los árboles sin hojas, bajando has­ta nosotros, haciendo que la montaña mostrase de nuevo su magia, su poder.

Después llegó la nieve. Paré y me quedé contemplando aquel momento: los copos cayendo, el cielo gris ceniza, el bosque, ella a mi lado. Ella, que siempre ha estado a mi lado, todo el tiempo.

Quise decírselo en aquel momento, pero lo dejé para que se enterase cuando hojease por primera vez estas páginas. Este li­bro está dedicado a ti, Cristina, mi mujer.

El Autor

Según el escritor Jorge Luis Borges, la idea del Zahir procede de la tradición islámica, y se esti­ma que surgió en torno al siglo XVIII. En árabe, Zahir significa visible, presente, incapaz de pa­sar desapercibido. Algo o alguien con el que, una vez entramos en contacto, acaba ocupando poco a poco nuestro pensamiento, hasta que no somos capaces de concentrarnos en nada más. Eso se puede considerar santidad o locura.

Enciclopedia de lo Fantástico, 1953, Faubourg Saint–Peres

Soy un hombre libre
Ella, Esther, corresponsal de guerra recién llegada de Irak porque la invasión del país es inminente, treinta años, casada, sin hijos. Él, un hombre no identificado, aproximadamente veintitrés o veinticinco años, moreno, rasgos mongoles. Ambos fueron vistos por última vez en un café de la calle Faubourg Saint–Honoré.

La policía fue informada de que ya se habían visto antes, aunque nadie sabía cuántas veces: Esther siempre dijo que el hombre –cuya identidad ocultaba bajo el nombre de Mikhail– era alguien muy importante, aunque jamás explicó si era impor­tante para su carrera de periodista, o para ella, como mujer.

La policía inició una investigación formal. Se barajaron las posibilidades de secuestro, chantaje y secuestro seguido de muerte, lo cual no sería de extrañar en absoluto, ya que su tra­bajo la obligaba a estar frecuentemente en contacto con perso­nas ligadas a células terroristas, en busca de información. Des­cubrieron que en su cuenta bancaria se retiró regularmente dinero en las semanas anteriores a su desaparición: los investi­gadores consideraron que eso podía estar relacionado con el pago de información. No se había llevado ninguna prenda de ropa pero, curiosamente, su pasaporte no fue encontrado.

Él, un desconocido, muy joven, sin ficha en la policía, sin ninguna pista que permitiese su identificación.

Ella, Esther, dos premios internacionales de periodismo, treinta años, casada.

Mi mujer.

Inmediatamente me ponen bajo sospecha y soy detenido, ya que me he negado a decir cuál era mi paradero el día de su de­saparición. Pero el carcelero acaba de abrir la puerta y ha dicho que soy un hombre libre.

¿Por qué soy un hombre libre? Porque hoy en día todo el mundo lo sabe todo de todo el mundo, sólo con desear la infor­mación, ahí está: dónde se utilizó la tarjeta de crédito, sitios que frecuentamos, con quién dormimos. En mi caso, fue más fácil: una mujer, también periodista, amiga de mi mujer, pero divor­ciada –y, por tanto, sin problema en decir que estaba conmigo–, se ofreció para atestiguar a mi favor al saber que había sido de­tenido. Dio pruebas concretas de que estaba con ella el día y la noche de la desaparición de Esther.

Voy a hablar con el inspector jefe, que me devuelve mis cosas, me pide disculpas, afirma que mi rápida detención se llevó a cabo bajo el amparo de la ley y que no podré acusar ni procesar al Es­tado. Le explico que no tengo la menor intención de hacerlo, sé que cualquiera está siempre bajo sospecha y es vigilado veinticua­tro horas al día, aunque no haya cometido ningún crimen.

–Es usted libre –dice, repitiendo las palabras del carcelero. Le pregunto: ¿no es posible que realmente le haya ocurrido algo a mi mujer? Ella ya me había comentado que, por culpa de su enorme red de contactos en el submundo del terrorismo, al­guna que otra vez sentía que sus pasos eran seguidos de lejos. El inspector desvía la conversación. Yo insisto, pero no me dice nada.

Le pregunto si ella puede viajar con su pasaporte, él dice que sí, ya que no ha cometido ningún crimen: ¿por qué no iba a po­der salir y entrar libremente del país?

–Entonces, ¿existe la posibilidad de que ya no esté en Fran­cia?

–¿Cree usted que lo ha abandonado por culpa de la mujer con la que se acuesta?

No es asunto suyo, respondo. El inspector deja un segundo lo que está haciendo, se pone serio, dice que me han detenido porque es el procedimiento de rutina, pero que siente mucho la desaparición de mi mujer. También él está casado y, aunque no le gusten mis libros (¡entonces sabe quién soy! ¡No es tan igno­rante como parece!), es capaz de ponerse en mi situación, sabe que es difícil el trance por el que estoy pasando.

Le pregunto qué debo hacer a partir de ahora. Me da su tar­jeta, me pide que lo informe si tengo alguna noticia; es una esce­na que veo en todas las películas, no me convence, los inspecto­res siempre saben más de lo que cuentan.

Me pregunta si había visto alguna vez a la persona que esta­ba con Esther la última vez que la vieron. Respondo que sabía su nombre en clave, pero que nunca lo había conocido perso­nalmente.

Me pregunta si tenemos problemas en casa. Le digo que es­tamos juntos desde hace más de diez años y que tenemos todos los problemas normales de una pareja, ni más ni menos.

Me pregunta, delicadamente, si habíamos hablado reciente­mente de divorcio o si mi mujer estaba considerando separarse. Respondo que esa hipótesis jamás existió, aunque –y repito, «como todas las parejas»– tuviésemos algunas discusiones de vez en cuando.

–¿Con frecuencia o de vez en cuando?

–De vez en cuando –insisto.

Me pregunta más delicadamente aún, si ella desconfiaba de mi aventura con su amiga. Le digo que fue la primera vez –y la última– que nos acostamos. No era una aventura, en realidad, era por la ausencia de obligaciones, el día era aburrido, no tenía nada que hacer después de la comida, el juego de la seducción es algo que siempre nos despierta a la vida, y por eso acabamos en la cama.

–¿Se acuesta usted con alguien sólo porque el día es abu­rrido?

Pienso en contestarle que ese tipo de preguntas no forman parte de la investigación, pero necesito su complicidad, tal vez me sirva más adelante; después de todo, hay una institución in­visible llamada Banco de Favores, que siempre me ha sido muy útil.

–A veces pasa. No hay nada interesante que hacer; ella bus­ca emociones, yo busco aventura, y ya está. Al día siguiente, am­bos fingimos que no ha pasado nada, y la vida sigue.

Él me lo agradece, me tiende la mano, dice que en su mundo no es del todo así. Hay aburrimiento, tedio e incluso ganas de irse a la cama con alguien, pero las cosas son mucho más con­troladas, y nadie hace lo que piensa o quiere.

–Tal vez con los artistas las cosas sean más libres –comenta.

Respondo que conozco su mundo, pero no quiero entrar ahora en comparaciones sobre nuestras diferentes opiniones de la sociedad y de los seres humanos. Permanezco en silencio, aguardando el siguiente paso.

–Hablando de libertad, puede usted marcharse –dice el ins­pector un poco decepcionado ante el hecho de que el escritor se niegue a hablar con la policía–. Ahora que lo conozco personal­mente, voy a leer sus libros; en verdad, he dicho que no me gus­taban, pero nunca he leído ninguno.

No es la primera ni la última vez que oigo esta frase. Por lo menos, el episodio ha servido para ganar otro lector. Me despi­do y me voy.
Soy libre. He salido de prisión, mi mujer ha desparecido en circunstancias misteriosas, no tengo un horario fijo para traba­jar, no tengo problemas para relacionarme, soy rico, famoso y, si de verdad Esther me ha abandonado, encontraré rápidamente a alguien para sustituirla. Soy libre e independiente.

¿Pero qué es la libertad?

He pasado gran parte de mi vida siendo esclavo de algo, así que debería entender el significado de esta palabra. Desde niño he luchado para que fuese mi tesoro más importante. Luché contra mis padres, que querían que fuese ingeniero en vez de es­critor. Luché contra mis amigos en el colegio, que ya desde el principio me escogieron para ser víctima de sus bromas perver­sas, y sólo después de mucha sangre brotada de mi nariz y de la de ellos, sólo después de muchas tardes en las que tenía que es­conderle a mi madre las cicatrices –porque era yo el que debía resolver mis problemas, y no ella–, conseguí demostrar que po­día sobrellevar una paliza sin llorar. Luché para conseguir un trabajo del que vivir, trabajé de repartidor en una ferretería, para librarme del famoso chantaje familiar, «nosotros te damos dine­ro, pero tienes que hacer esto y aquello».

Luché –aunque sin ningún resultado– por la chica que ama­ba en la adolescencia y que también me amaba; acabó dejándo­me porque sus padres la convencieron de que yo no tenía fu­turo.

Luché contra el ambiente hostil del periodismo, mi siguiente empleo, donde el primer jefe me tuvo tres horas esperando, y no me prestó atención hasta que empecé a romper en pedazos el li­bro que estaba leyendo: me miró sorprendido, y vio que era una persona capaz de perseverar y de enfrentarse al enemigo, cuali­dades esenciales para un buen reportero. Luché por el ideal so­cialista, acabé en prisión, salí y seguí luchando, sintiéndome hé­roe de la clase obrera, hasta que escuché a los Beatles y decidí que era mucho más divertido disfrutar del rock que de Marx. Luché por el amor de mi primera, mi segunda, mi tercera mu­jer. Luché para tener el valor de separarme de la primera, de la segunda y de la tercera, porque el amor no había resistido, y yo necesitaba seguir adelante, hasta encontrar a la persona venida a este mundo para conocerme, y no era ninguna de las tres.

Luché para tener el valor de dejar el trabajo en el periódico y lanzarme a la aventura de escribir un libro, incluso sabiendo que en mi país no había nadie que pudiese vivir de la literatura. Desistí al cabo de un año, después de más de mil páginas escri­tas, que parecían absolutamente geniales porque ni yo mismo era capaz de comprenderlas.

Mientras luchaba, veía a personas hablando en nombre de la libertad, y cuanto más defendían este derecho único, más escla­vas se mostraban de los deseos de sus padres, de un matrimonio en el que prometían quedarse junto al otro «el resto de su vida», de la báscula, de los regímenes, de los proyectos interrumpidos a la mitad, de los amores a los que no se podía decir «no» o «bas­ta», de los fines de semana en que se veían obligadas a comer con quien no deseaban. Esclavas del lujo, de la apariencia del lujo, de la apariencia de la apariencia del lujo. Esclavas de una vida que no habían escogido, pero que habían decidido vivir porque alguien las había convencido de que era mejor para ellas. Y así seguían en sus días y noches iguales, donde la aventura era una palabra en un libro o una imagen en la televisión siempre en­cendida, y cuando una puerta cualquiera se abría, siempre decían: «No me interesa, no me apetece.»

¿Cómo podían saber si les apetecía o no si nunca lo habían intentado? Pero era inútil preguntar: en verdad, tenían miedo de cualquier cambio que viniese a sacudir el mundo al que esta­ban acostumbradas.

El inspector dice que soy libre. Libre soy ahora, y libre era dentro de prisión, porque la libertad aún sigue siendo lo que más aprecio en este mundo. Claro que eso me llevó a beber vi­nos que no me gustaron, a hacer cosas que no debería haber he­cho y que no volveré a repetir, a tener muchas cicatrices en mi cuerpo y en mi alma, a herir a alguna gente, a la cual acabé pi­diendo perdón, en una época en la que comprendí que podía hacer cualquier cosa, excepto forzar a otra persona a seguirme en mi locura, en mi sed de vivir. No me arrepiento de los mo­mentos en los que sufrí, llevo mis cicatrices como si fueran me­dallas, sé que la libertad tiene un precio alto, tan alto como el precio de la esclavitud; la única diferencia es que pagas con pla­cer y con una sonrisa, incluso cuando es una sonrisa manchada de lágrimas.
Salgo de la comisaría y hace un día bonito, un domingo de sol en el que nada encaja con mi estado de ánimo. Mi abogado me está esperando fuera con algunas palabras de consuelo y un ramo de flores. Dice que ha llamado a todos los hospitales, de­pósitos (ese tipo de cosas que siempre se hacen cuando alguien tarda en llegar a casa), pero que no ha localizado a Esther. Dice que ha conseguido evitar que los periodistas supieran dónde es­taba detenido. Dice que necesita hablar conmigo para trazar una estrategia jurídica que me permita defenderme de una acu­sación futura. Le agradezco su atención. Sé que no desea trazar ninguna estrategia jurídica; en verdad, no quiere dejarme solo porque no sabe cómo voy a reaccionar (¿me emborracharé y me detendrán otra vez? ¿Montaré un escándalo? ¿Intentaré suici­darme?). Respondo que tengo cosas importantes que hacer y que tanto él como yo sabemos que no tengo ningún problema con la ley. Él insiste, pero yo no le doy opción; después de todo, soy un hombre libre.
Libertad. Libertad para estar miserablemente solo.

Cojo un taxi hasta el centro de París, le pido que pare junto al Arco de Triunfo. Empiezo a caminar por los Campos Elíseos en dirección al hotel Bristol, donde acostumbraba a tomar cho­colate caliente con Esther siempre que uno de los dos volvía de una misión en el extranjero. Para nosotros era como el ritual de volver a casa, una inmersión en el amor que nos mantenía uni­dos, aunque la vida nos empujase cada vez más hacia caminos diferentes.

Sigo andando. La gente sonríe, los niños están alegres por estas pocas horas de primavera en pleno invierno, el tráfico flu­ye libremente, todo parece en orden, excepto que ninguna de es­tas personas sabe, o finge no saber, o simplemente no le interesa el hecho de que acabo de perder a mi mujer. ¿Acaso no entien­den cuánto estoy sufriendo? Deberían sentirse todos tristes, compadecidos, solidarios con un hombre que tiene el alma sangrando de amor; pero siguen riéndose, inmersos en sus peque­ñas y miserables vidas que sólo existen los fines de semana.

Qué pensamiento tan ridículo: muchas de las personas con las que se cruzan también llevan el alma hecha pedazos, y yo no sé por qué ni cómo sufren.

Entro en un bar a comprar tabaco, la persona me responde en inglés. Paso por una farmacia a buscar un tipo de caramelos de menta que me encanta, y el empleado me habla inglés (en ambas ocasiones pido los productos en francés). Antes de llegar al hotel, me interrumpen dos chicos recién llegados de Toulouse; quieren saber dónde está cierta tienda, han abordado a va­rias personas, nadie entiende lo que dicen. ¿Qué es esto? ¿Han cambiado la lengua de los Campos Elíseos durante estas veinti­cuatro horas en que he estado detenido?

El turismo y el dinero pueden hacer milagros: pero ¿cómo es que no me he dado cuenta de eso antes? Porque, por lo visto, Esther y yo ya no tomamos ese chocolate hace mucho tiempo, incluso aunque ambos hayamos viajado y vuelto varias veces durante este período. Siempre hay algo más importante. Siem­pre hay algún compromiso inaplazable. Sí, mi amor, tomaremos ese chocolate la próxima vez, vuelve pronto, sabes que hoy ten­go una entrevista realmente importante y no puedo ir a buscarte al aeropuerto, coge un taxi, mi teléfono móvil está encendido, puedes llamarme si tienes una urgencia, en caso contrario, nos vemos por la noche.

¡Teléfono móvil! Lo saco del bolsillo, lo enciendo inmediata­mente, suena varias veces, cada vez mi corazón da un salto, veo en la pequeña pantalla los nombres de personas que me están buscando, pero no atiendo a nadie. Ojalá apareciese un número «sin identificación»; sólo podría ser ella, ya que este número de teléfono está restringido a poco más de veinte personas, que han jurado no pasarlo jamás.

No aparece, todos son números de amigos o de profesionales muy allegados. Deben de querer saber qué ha pasado, quieren ayudar (¿ayudar cómo?), saber si nece­sito algo.
El teléfono sigue sonando. ¿Debo contestar? ¿Debo verme con algunas de estas personas?

Decido permanecer solo hasta entender bien qué está pa­sando.

Llego al Bristol, que Esther siempre describía como uno de los pocos hoteles de París donde los clientes son tratados como huéspedes y no como vagabundos en busca de cobijo. Me salu­dan como si fuese alguien de la casa, escojo una mesa delante del bello reloj, escucho el piano, miro el jardín allí fuera.

Tengo que ser práctico, estudiar las alternativas, la vida sigue adelante. No soy ni el primero, ni el último hombre que ha sido abandonado por su mujer; pero ¿por qué tenía que pasar un día de sol, con la gente en la calle sonriendo, los niños cantando, con las primeras señales de la primavera, el sol brillando y los conductores respetando los pasos de cebra?

Cojo una servilleta, voy a sacarme todas estas ideas de la ca­beza y a ponerlas sobre el papel. Vamos a dejar los sentimientos de lado y ver qué debo hacer:
A) Considerar la posibilidad de que realmente haya sido se­cuestrada, su vida está en peligro en este momento, soy su mari­do, su compañero de todos los momentos, tengo que mover cie­lo y tierra para encontrarla.

Respuesta a esta posibilidad: falta su pasaporte. La policía no lo sabe, pero también faltan algunos objetos de uso personal y una cartera con imágenes de santos protectores, que siempre lleva consigo cuando viaja a otro país. Ha sacado dinero del banco.

Conclusión: se estaba preparando para marcharse.

B) Considerar la posibilidad de que haya creído en una pro­mesa que ha terminado convirtiéndose en una trampa.

Respuesta: ha estado en situaciones peligrosas muchas ve­ces; forma parte de su trabajo. Pero siempre me prevenía, ya que yo era la única persona en quien podía confiar totalmente. Me decía dónde debía estar, con quién iba a entrar en contacto (aunque, para no ponerme en peligro, la mayoría de las veces usaba el nombre de guerra de la persona) y lo que debía hacer en el caso de que ella no volviese a una hora determinada.

Conclusión: no tenía en mente una reunión con sus fuentes de información.

C) Considerar la posibilidad de que haya encontrado a otro hombre.

Respuesta: no hay respuesta. Es, de todas las hipótesis, la única que tiene sentido. Pero no puedo aceptarlo, no puedo aceptar que se vaya así de esta manera, sin decirme por lo me­nos la razón. Tanto Esther como yo siempre nos hemos enorgu­llecido de afrontar todas las dificultades de la vida en común. Hemos sufrido, pero nunca nos hemos mentido el uno al otro (aunque formaba parte de las reglas del juego omitir algunos ca­sos extraconyugales). Sé que ella empezó a cambiar mucho des­pués de conocer al tal Mikhail, pero ¿justifica eso la ruptura de un matrimonio de diez años?

Aunque se hubiera acostado con él y se hubiese enamorado, ¿acaso no iba a poner en la balanza todos nuestros momentos juntos, todo lo que habíamos logrado, antes de partir hacia una aventura sin vuelta? Era libre para viajar cuando quisiese, vivía rodeada de hombres, soldados que no veían una mujer desde hace mucho tiempo, yo jamás le pregunté nada, ella jamás me dijo cosa alguna. Ambos éramos libres y nos enorgullecíamos de ello.
Pero Esther había desaparecido. Había dejado pistas sólo para mí, como si fuese un mensaje secreto: me marcho.

¿Por qué?

¿Acaso merece la pena responder a esta pregunta?

No. Ya que en la respuesta está escondida mi propia incapa­cidad para mantener a mi lado a la mujer que amo. ¿Vale la pena buscarla para convencerla de que vuelva conmigo? ¿Im­plorar, mendigar otra oportunidad para nuestro matrimonio?

Parece ridículo: es mejor sufrir como ya he sufrido antes, cuando otras personas a las que amé acabaron dejándome. Es mejor lamer mis heridas, como también hice en el pasado. Pasaré algún tiempo pensando en ella, me convertiré en una persona amarga, irritaré a mis amigos porque no tengo otro tema de con­versación que no sea el abandono de mi mujer. Intentaré justi­ficar todo lo que pasó, pasaré días y noches reviviendo cada momento a su lado, acabaré por concluir que fue dura conmigo, que siempre he intentado ser y hacer lo mejor. Conoceré a otras mujeres. Al caminar por la calle, a cada momento me voy a cru­zar con una persona que puede ser ella. Sufrir día y noche, no­che y día. Esto puede durar semanas, meses, tal vez más de un año.

Hasta que cierta mañana me despierto, me doy cuenta de que estoy pensando en algo diferente y comprendo que lo peor ya ha pasado. El corazón está herido, pero se recupera, y consi­gue ver la belleza de la vida otra vez. Ya ha pasado antes, volve­rá a pasar, estoy seguro. Cuando alguien parte es porque otro al­guien va a llegar; encontraré otra vez el amor.
Por un momento, saboreo la idea de mi nueva condición: soltero y millonario. Puedo salir con quien quiera, a plena luz del día. Puedo comportarme en las fiestas como no me he com­portado durante todos estos años. La información correrá de prisa, y pronto muchas mujeres, jóvenes o no tan jóvenes, ricas o no tan ricas como pretenden ser, inteligentes o tal vez simple­mente educadas para decir lo que creen que a mí me gustaría oír, estarán llamando a mi puerta.

Quiero creer que es genial estar libre. Libre otra vez. Prepa­rado para encontrar al verdadero amor de mi vida, a aquella mujer que me está esperando y que jamás me dejará vivir otra vez esta situación humillante.
Acabo el chocolate, miro el reloj, sé que todavía es pronto para tener esa agradable sensación de que formo parte de la hu­manidad de nuevo. Durante algunos momentos sueño con la idea de que Esther entrará por aquella puerta, caminando por las bellas alfombras persas, se sentará a mi lado sin decir nada, encenderá un cigarrillo, mirará el jardín interior y me cogerá de la mano. Pasa media hora, durante ese tiempo me creo la histo­ria que acabo de inventar, hasta darme cuenta de que se trata simplemente de otro delirio.

Resuelvo no volver a casa. Voy a la recepción, pido una ha­bitación, un cepillo de dientes y un desodorante. El hotel está lleno, pero el gerente lo arregla: acabo en una bonita suite con vistas a la torre Eiffel, una terraza, los tejados de París, las luces que se encienden poco a poco, las familias que se reúnen para cenar este domingo. Y vuelve la misma sensación que tuve en los Campos Elíseos: cuanto más hermoso es todo lo que hay a mi alrededor, más miserable me siento.
Nada de televisión. Nada de cenar. Me siento en la terraza y hago una retrospectiva de mi vida, un joven que soñaba con ser un famoso escritor y, de repente, ve que la realidad es completa­mente diferente; escribe en una lengua que casi nadie lee, en un país en el que decían que no había lectores. Su familia lo fuerza a entrar en una universidad (cualquiera sirve, hijo mío, siempre que consigas un título, porque, en caso contrario, jamás podrás ser alguien en la vida). Él se rebela, recorre el mundo durante la época hippie, acaba conociendo a un cantante, compone algunas letras de canciones y de repente consigue ganar más dinero que su hermana, que había escuchado lo que sus padres decían y ha­bía decidido convertirse en ingeniera química.

Escribo más letras, el cantante tiene cada vez más éxito, com­pro algunos apartamentos, me peleo con el cantante, pero tengo dinero suficiente para pasar los siguientes años sin trabajar. Me caso la primera vez con una mujer mayor que yo, aprendo mu­cho –a hacer el amor, a conducir, a hablar inglés, a acostarme tarde–, pero acabamos separándonos porque soy lo que ella con­sidera un tipo «emocionalmente inmaduro, que vive pendiente de cualquier chica con los pechos grandes». Me caso la segunda y la tercera vez con personas que pienso que me darán estabili­dad emocional: consigo lo que deseo, pero descubro que la soña­da estabilidad viene acompañada de un profundo tedio.

Otros dos divorcios. De nuevo, la libertad, pero es simple­mente una sensación; libertad no es la ausencia de compromi­sos, sino la capacidad de escoger –y comprometerme– con lo que es mejor para mí.

Continúo la búsqueda amorosa, continúo escribiendo letras. Cuando me preguntan qué hago, respondo que soy escritor. Cuan­do dicen que sólo conocen mis letras de canciones, digo que eso es simplemente una parte de mi trabajo. Cuando se disculpan y dicen que no han leído ningún libro mío, explico que estoy tra­bajando en un proyecto, lo cual es mentira. En verdad, tengo di­nero, tengo contactos, lo que no tengo es el coraje de escribir un libro: mi sueño se ha convertido en posible. Si lo intento y fallo, no sé cómo será el resto de mi vida; por eso, es mejor vivir pen­sando en un sueño que enfrentarse a la posibilidad de verlo irse al traste.

Un día, una periodista viene a entrevistarme: quiere saber lo que significa para mí que mi trabajo se conozca en todo el país, sin que nadie sepa quién soy, ya que normalmente sólo aparece el cantante en los medios de comunicación. Bonita, inteligente, callada. Volvemos a encontrarnos en una fiesta, ya no hay pre­sión del trabajo, consigo llevármela a la cama esa misma noche. Me enamoro, ella cree que fue algo sin importancia. La llamo, siempre dice que está ocupada. Cuanto más me rechaza, más in­terés siento, hasta que consigo convencerla para que pase un fin de semana en mi casa de campo (aunque fuese la oveja negra, ser rebelde muchas veces compensa, era el único de mis amigos que a esas alturas de la vida ya había conseguido comprar una casa de campo).

Durante tres días estamos aislados, contemplando el mar, cocino para ella, ella me cuenta historias de su trabajo y acaba enamorándose de mí. Volvemos a la ciudad, empieza a dormir regularmente en mi apartamento. Una mañana, sale más tem­prano y vuelve con su máquina de escribir: a partir de ahí, sin decir nada, mi casa se va convirtiendo en su casa.
Empiezan los mismos conflictos que tuve con mis mujeres anteriores: ellas siempre buscando estabilidad, fidelidad, yo bus­cando aventura y lo desconocido. Esta vez, sin embargo, la rela­ción dura más; aun así, dos años después, pienso que es el mo­mento de que Esther vuelva a llevarse para su casa la máquina de escribir y todo lo que vino con ella.

–Creo que no va a salir bien.

–Pero tú me amas y yo te amo, ¿no?

–No lo sé. Si me preguntas si me gusta tu compañía, la res­puesta es sí. Sin embargo, si quieres saber si puedo vivir sin ti, la respuesta también es sí.

–Yo no querría haber nacido hombre, estoy muy contenta con mi condición de mujer. Al fin y al cabo, todo lo que esperáis de nosotras es que cocinemos bien. Por otro lado, de los hom­bres se espera todo, absolutamente todo: que sean capaces de mantener la casa, de hacer el amor, de defender a la prole, de conseguir la comida, de tener éxito.

–No se trata de eso: estoy muy satisfecho conmigo mismo. Me gusta tu compañía, pero estoy convencido de que no saldrá bien.

–Te gusta mi compañía, pero detestas estar sólo contigo mis­mo. Siempre buscas la aventura para olvidar cosas importantes. Vives pendiente de la adrenalina en tus venas y olvidas que por ellas tiene que correr la sangre, y nada más.

–No huyo de cosas importantes. ¿Qué es importante, por ejemplo?

–Escribir un libro.

–Eso puedo hacerlo en cualquier momento.

–Entonces hazlo. Después, si quieres, nos separamos.
Pienso que su comentario es absurdo, puedo escribir un libro cuando lo desee; conozco a editores, periodistas, gente que me debe favores. Esther es simplemente una mujer con miedo a per­derme, se inventa cosas. Digo que basta, que nuestra relación ha llegado al final, no se trata de lo que ella crea que me haría feliz, se trata de amor.

«¿Qué es el amor?», pregunta ella. Me paso más de media hora explicándoselo, y acabo dándome cuenta de que no soy ca­paz de definirlo bien.

Ella dice que, mientras no sepa definir el amor, trate de es­cribir un libro.

Respondo que entre ambas cosas no hay la menor relación, que voy a marcharme de casa ese mismo día, que ella se quede el tiempo que quiera en el apartamento; me iré a un hotel hasta que haya conseguido un lugar en el que vivir. Ella dice que por su parte no hay ningún problema, que puedo marcharme ahora; antes de un mes, el apartamento estará libre, empezará a buscar un sitio al día siguiente. Hago mis maletas y ella se pone a leer un libro. Digo que ya es tarde, que me iré mañana. Ella sugiere que me vaya inmediatamente, porque mañana me sentiré más débil, menos decidido. Le pregunto si quiere librarse de mí. Ella se ríe, dice que he sido yo el que ha decidido acabar con todo. Vamos a dormir. Al día siguiente, las ganas de marcharme ya no son tantas, decido que necesito pensarlo mejor. Esther, sin em­bargo, dice que el asunto no está terminado: mientras no lo arriesgue todo por lo que creo que es la verdadera razón de mi vida, volverá a haber días como ése, acabará siendo infeliz, y será ella la que me dejará. Sólo que, en ese caso, la intención se convertirá inmediatamente en acción, y quemará cualquier puente que le permita volver. Le pregunto qué quiere decir con eso. Buscar otra pareja, enamorarme, responde ella.
Esther se va a trabajar al periódico, decido tomarme un día de descanso (además de las letras de canciones, por el momento trabajo en una discográfica). Me instalo delante de la máquina de escribir. Me levanto, leo los periódicos, contesto cartas impor­tantes, cuando se acaban empiezo a contestar cartas sin importan­cia, apunto cosas que tengo que hacer, escucho música, doy una vuelta por el barrio, charlo con el panadero, vuelvo a casa... Ha pa­sado todo el día y no he sido capaz de mecanografiar ni una simple frase. Concluyo que odio a Esther, porque me fuerza a hacer cosas que no me apetecen.

Cuando llega del periódico, no me pregunta nada; afirma que no he sido capaz de escribir. Dice que mi mirada de hoy es la misma mirada de ayer.

Voy a trabajar al día siguiente, pero por la noche vuelvo a acercarme a la mesa en la que está la máquina. Leo, veo la tele­visión, escucho música, vuelvo a la máquina, y así pasan dos meses, acumulando páginas y más páginas de «primera frase», sin conseguir terminar el párrafo nunca.

Doy todas las disculpas posibles: en este país nadie lee, toda­vía no tengo el argumento, o tengo un argumento genial, pero estoy buscando la manera correcta de desarrollarlo. Además, es­toy ocupadísimo con un artículo o con una letra que tengo que componer. Otros dos meses, y un día ella aparece en casa con un billete de avión.

–Basta –dice–. Deja de fingir que estás ocupado, que eres una persona consciente de tus responsabilidades, que el mundo necesita lo que estás haciendo, y viaja durante algún tiempo.

Siempre podré ser el director del periódico en el que publico algunos reportajes, siempre podré ser el presidente de la compañía de discos para la que compongo las letras y en la que estoy trabajando, simplemente, porque no quieren que componga le­tras para otras discográficas de la competencia. Siempre podré volver a hacer lo que hago ahora, pero mi sueño ya no puede es­perar. O lo acepto, o lo olvido.

–¿Para dónde es el billete?

–España.

Rompo algunos vasos, los billetes son caros, no puedo au­sentarme ahora, tengo una carrera por delante y tengo que cui­darla. Perderé muchas colaboraciones con otros músicos, el pro­blema no soy yo, el problema es nuestro matrimonio. Si quisiera escribir un libro, nadie me impediría hacerlo.

–Puedes, quieres, pero no lo haces –dice ella–. Como tu problema no es conmigo, sino contigo mismo, es mejor que pa­ses algún tiempo solo.

Me enseña un mapa. Debo ir hasta Madrid, donde cogeré un autobús hacia los Pirineos, en la frontera con Francia. Allí em­pieza una ruta medieval, el camino de Santiago: debo hacerlo a pie. Al final, ella estará esperándome, y entonces aceptará todo lo que digo: que ya no la amo, que todavía no he vivido lo sufi­ciente como para crear una obra literaria, que no quiero volver a pensar en ser escritor, que todo era un simple sueño de adoles­cencia, nada más.
¡Es un alucine! La mujer con la que estoy hace dos largos años –verdadera eternidad en una relación amorosa– decide mi vida, me hace dejar mi trabajo, ¡quiere que cruce a pie un país en­tero! Es tan delirante que decido tomarlo en serio. Me emborra­cho durante varias noches, con ella a mi lado emborrachándose también, aunque deteste la bebida. Me pongo agresivo, le digo que tiene envidia de mi independencia, que esta loca idea surgió simplemente porque le dije que quería dejarla. Ella dice que todo empezó cuando yo todavía estaba en el colegio y soñaba con ser escritor. Ahora, basta de retrasarlo, o me enfrento a mí mismo, o me pasaré el resto de mi vida casándome, divorciándome, contan­do bonitas historias sobre mi pasado y empeorando cada vez más.

Evidentemente no puedo admitir que tenga razón, pero sé que está diciendo la verdad. Y cuanto más me doy cuenta de ello, más agresivo me pongo. Ella acepta las agresiones sin que­jarse; simplemente recuerda que la fecha del viaje se acerca.
Una noche, cerca del día señalado, ella se niega a hacer el amor. Me fumo un porro entero de hachís, bebo dos botellas de vino y me desmayo en medio de la sala. Al despertar me doy cuenta de que he tocado fondo y de que ahora lo que me queda es volver a la superficie. Entonces yo, que me enorgullezco tanto de mi coraje, veo lo cobarde que estoy siendo, resignado, mez­quino con mi propia vida. Esa mañana la despierto con un beso y le digo que voy a hacer lo que me sugiere.
Viajo, y durante treinta y ocho días recorro a pie el camino de Santiago. Al llegar a Compostela, entiendo que mi verdadera jornada empieza allí. Decido vivir en Madrid, vivir de mis dere­chos de autor, dejar que un océano me separe del cuerpo de Esther, aunque oficialmente sigamos juntos, hablando por teléfono con cierta frecuencia. Es muy cómodo seguir casado, sabiendo que siempre puedo volver a sus brazos, y al mismo tiempo dis­frutar de toda la independencia del mundo.

Me enamoro de una científica catalana, de una argentina que hace joyas, de una chica que canta en el metro. Los dere­chos de autor siguen entrando, y son suficientes para poder vivir cómodamente, sin tener que trabajar, con tiempo libre para todo, incluso... para escribir un libro.

El libro siempre puede esperar al día siguiente porque el al­calde de Madrid ha decidido que la ciudad debía ser una fiesta, ha creado un eslogan interesante («Madrid me mata»), estimula la visita de varios bares en la misma noche, inventa el romántico nombre de «movida madrileña», y eso no puedo dejarlo para mañana, todo es muy divertido, los días son cortos, las noches son largas.
Un bonito día, Esther telefonea y dice que vendrá a visitar­me: según ella, tenemos que resolver nuestra situación de una vez por todas. Separa su pasaje para una semana después, y así me da tiempo de organizar una serie de disculpas (me voy a Portugal, pero vuelvo dentro de un mes, le digo a la chica rubia que antes cantaba en el metro, que ahora duerme en el apartho–tel y sale conmigo todas las noches a la movida madrileña). Or­deno el apartamento, saco cualquier indicio de presencia feme­nina, les pido a mis amigos un silencio absoluto, mi mujer va a venir a pasar un mes.

Esther baja del avión con un irreconocible y horrible corte de pelo. Viajamos hacia el interior de España, visitamos peque­ñas ciudades que significan mucho durante una noche y a las que, si tuviera que volver hoy, no sabría dónde están. Vamos a corridas de toros, bailes flamencos, y soy el mejor marido del mundo porque quiero que ella vuelva con la impresión de que aún la amo. No sé por qué deseo dar esta impresión, tal vez para que crea que el sueño de Madrid se acabará algún día.

Me quejo de su corte de pelo, ella lo cambia, está guapa otra vez.

Ahora faltan solamente diez días para que sus vacaciones se acaben, quiero que ella se vaya contenta y me deje de nuevo solo con Madrid que me mata, discotecas que abren a las diez de la mañana, toros, conversaciones interminables sobre los mismos temas, alcohol, mujeres, más toros, más alcohol, más mujeres y ningún, absolutamente ningún horario.
Un domingo, caminando hacia una cafetería que está abierta toda la noche, ella me pregunta sobre el tema prohibido: el libro que yo decía estar escribiendo. Bebo una botella de jerez, golpeo las puertas de metal del camino, agredo verbalmente a la gente en la calle, le pregunto por qué ha viajado hasta tan lejos si su único objetivo es hacer de mi vida un infierno, destruir mi ale­gría. Ella no dice nada, pero ambos entendemos que nuestra re­lación ha llegado al límite.

Paso una noche sin sueños y al día siguiente, después de quejarme al gerente porque el teléfono no funciona bien, después de decirle a la camarera de habitaciones que no cambia la ropa de la cama desde hace una semana, des­pués de darme un baño interminable para curar la resaca de la noche anterior, me siento delante de la máquina simplemente para demostrarle a Esther que, honestamente, estoy intentando trabajar.

Y de repente ocurre el milagro: viendo a aquella mujer de­lante de mí, que acaba de preparar el café, que está leyendo el periódico, cuyos ojos demuestran cansancio y desesperación, que está allí con su gesto siempre silencioso, que no siempre de­muestra su cariño a través de gestos, aquella mujer que me hizo decir «sí» cuando quería decir «no», que me obligó a luchar por lo que ella creía –con razón– que era la razón de mi vida, que renunció a mi compañía porque su amor por mí era mayor in­cluso que su amor por sí misma, que me hizo viajar en busca de mi sueño; viendo a aquella mujer casi niña, callada, con ojos que decían más que cualquier palabra, muchas veces amedrenta­da en su corazón, pero siempre valiente en sus actos, siendo ca­paz de amar sin humillarse, sin pedir perdón por luchar por su marido, de repente, mis dedos golpean las teclas de la máquina. Sale la primera frase. Y la segunda.

Entonces me paso dos días sin comer, duermo sólo lo nece­sario, las palabras parecen brotar de un lugar desconocido, como ocurría con las letras de las canciones en la época en que, después de muchas discusiones, muchas conversaciones sin sen­tido, mi compañero y yo sabíamos que «eso» estaba presente, listo, y era el momento de ponerlo sobre el papel y las notas mu­sicales. Esta vez sé que «eso» viene del corazón de Esther, mi amor renace de nuevo, escribo el libro porque ella existe, ha su­perado los momentos difíciles sin quejarse, sin verse como una víctima.
Empiezo a contar mi experiencia en lo único que me ha interesado en los últimos años: el camino de Santiago.

A medida que escribo, me voy dando cuenta de que estoy pasando por una serie de cambios importantes en mi manera de ver el mundo. Durante muchos años había estudiado y practica­do magia, alquimia, ciencias ocultas; estaba fascinado por la idea de que un grupo de personas disponía de un poder inmenso que no podía de ninguna manera ser compartido con el resto de la humanidad, pues sería arriesgadísimo dejar caer ese enor­me potencial en manos inexpertas. Participé de sociedades se­cretas, me envolví en sectas exóticas, compré libros carísimos y fuera de mercado, desperdicié un tiempo inmenso en rituales e invocaciones. Vivía entrando y saliendo de grupos y hermanda­des, siempre entusiasmado por encontrar a alguien que final­mente me revelase los misterios del mundo invisible y siempre decepcionado al descubrir, al final, que la mayoría de esas per­sonas –aunque fuesen bienintencionadas– simplemente seguían este o aquel dogma, y que muchas de las veces se convertían en fanáticos, justamente porque el fanatismo es la única salida a las dudas que no cesa de generar el alma del ser humano.
Descubrí que muchos de los rituales funcionaban, es verdad. Pero descubrí también que los que decían ser maestros y posee­dores de los secretos de la vida, que afirmaban conocer técnicas capaces de dar a cualquier hombre la capacidad de conseguir todo lo que quisiese, ya habían perdido por completo la cone­xión con las enseñanzas de los antiguos. Recorrer el camino de Santiago, entrar en contacto con la gente común, descubrir que el universo hablaba un lenguaje individual –llamado «señales»–y para entenderlo bastaba con ver con la mente abierta lo que ocurría a nuestro alrededor, todo eso me hizo dudar de si el ocultismo era realmente la única puerta para esos misterios. En­tonces, en el libro sobre el camino, empiezo a discutir otras po­sibilidades de crecimiento, y termino concluyendo con una fra­se: «Basta con prestar atención; el aprendizaje siempre llega cuando estás preparado, y si estás atento a las señales, aprende­rás siempre todo lo necesario para dar el siguiente paso.»

El ser humano tiene dos grandes problemas: el primero es saber cuándo comenzar, el segundo es saber cuándo parar.
Una semana después, empiezo la primera, la segunda, la ter­cera revisión. Madrid ya no me mata, es hora de volver; siento que un ciclo se ha cerrado y necesito urgentemente comenzar otro. Digo adiós a la ciudad como siempre he dicho adiós en mi vida: pensando que puedo cambiar de idea y volver algún día.

Regreso a mi país con Esther, seguro de que tal vez sea hora de buscar otro empleo, pero mientras no lo encuentro (y no lo encuentro porque no lo necesito), sigo haciendo revisiones del libro. No creo que ningún ser humano normal pueda sentir un gran interés por la experiencia de un hombre que atraviesa un camino en España, romántico pero difícil.

Cuatro meses después, cuando voy a hacer la décima revi­sión, descubro que el manuscrito ya no está allí y Esther tampo­co. Cuando estoy a punto de enloquecer, ella vuelve con un res­guardo del correo: se lo ha enviado a un antiguo novio suyo, que ahora es dueño de una pequeña editorial.

El ex novio lo publica. Ni una línea en la prensa, pero algu­na gente lo compra. Se lo recomienda a otra, que también lo compra y se lo recomienda a más gente. Seis meses después, la primera edición está agotada; un año después, ya se han publi­cado tres ediciones. Empiezo a ganar dinero con aquello que nunca soñé: la literatura.
No sé cuánto va a durar este sueño, pero decido vivir cada momento como si fuese el último. Y veo que el éxito me abre la puerta que esperaba hace tanto tiempo: otras editoriales desean publicar el siguiente trabajo.

Lo que pasa es que no se puede hacer un camino de Santia­go todos los años; entonces, ¿sobre qué voy a escribir? ¿Acaso el drama de sentarme delante de la máquina y hacer de todo –menos frases y párrafos– va a comenzar de nuevo? Es impor­tante seguir compartiendo mi visión del mundo, contar mis ex­periencias de vida. Lo intento durante algunos días, muchas no­ches, decido que es imposible. Una tarde, leo por casualidad (¿por casualidad?) una historia interesante en
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