Traducción de Ana Belén Costas






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de perder la vida, no he sido capaz de traerla al mundo.»

–¿Pasa algo con nosotros? Lo pregunto porque a veces creo que quieres decirme cosas, pero no sigues la conversación.

–Sí, pasa algo. Tenemos la obligación de ser felices juntos. Tú crees que me debes todo lo que eres, yo creo que debo sentir­me privilegiada por tener a un hombre como tú a mi lado.

–Yo tengo a la mujer que amo, no siempre lo reconozco, y acabo preguntándome: «¿Qué pasa conmigo?»

–Genial que lo entiendas. No pasa nada contigo, y no pasa nada conmigo, que también me hago la misma pregunta. Lo que pasa es la manera en la que ahora manifestamos nuestro amor. Si aceptamos que eso crea problemas, podríamos convivir con esos problemas y ser felices. Sería una lucha constante, y eso nos mantendría activos, vivos, animados, con muchos universos para conquistar. Pero caminamos hacia un punto en el que las cosas se acomodan. En el que el amor deja de crear problemas, enfrentamientos, y pasa a ser una simple solución.

–¿Y qué hay de malo en eso?

–Todo. Siento que la energía del amor, llamada pasión, ha dejado de pasar a través de mis carnes y de mi alma.

–Pero algo siempre queda.

–¿Sí? ¿Es que todos los matrimonios tienen que acabar así, con la pasión convertida en algo llamado «relación madura»? Te necesito. Te echo de menos. A veces siento celos. Me gusta pensar en qué vas a cenar, aunque a veces no preste atención a lo que comes. Pero falta alegría.

–No falta. Cuando estás lejos, me gustaría que estuvieses cerca. Me imagino las conversaciones que tendremos cuando tú o yo volvamos de un viaje. Llamo para saber si todo va bien, ne­cesito oír tu voz todos los días. Puedo garantizarte que sigo ena­morado.

–Lo mismo me pasa a mí, pero ¿qué sucede cuando estamos juntos? Discutimos, nos peleamos por tonterías, uno quiere cambiar al otro, quiere imponer su forma de ver la realidad. Me reprochas cosas que no tienen el menor sentido, y yo me com­porto de la misma manera. De vez en cuando, en el silencio de nuestros corazones, nos decimos a nosotros mismos: «Qué bue­no sería ser libre, no tener ningún compromiso.»

–Tienes razón. Y en estos momentos me siento perdido por­que sé que estoy con la mujer que deseo.

–Yo también estoy con el hombre que siempre he querido tener a mi lado.

–¿Tú crees que eso se puede cambiar?

–A medida que envejezco, me miran menos hombres, y pienso más a menudo: «Mejor dejarlo todo como está.» Tengo la seguridad de que me puedo engañar el resto de mi vida. Sin embargo, cada vez que voy a la guerra, veo que existe un amor mayor, mucho mayor que el odio que hace que los hombres se maten unos a otros. Y en esos momentos, y sólo en esos mo­mentos, creo que puedo cambiarlo.

–No puedes vivir todo el tiempo en la guerra.

–Y tampoco puedo vivir todo el tiempo en esta especie de paz que encuentro a tu lado. Está destruyendo lo único impor­tante que tengo: mi relación contigo. Aunque la intensidad del amor sea la misma.

–Millones de personas en el mundo entero están pensando en eso ahora mismo, resisten valientemente, y dejan que estos momentos de depresión pasen. Aguantan una, dos, tres crisis y finalmente encuentran la calma.

–Sabes que no es así exactamente. O no habrías escrito los libros que has escrito.
Había decidido que mi comida con el actor norteamericano se­ría en la pizzería de Roberto; era preciso volver allí inmediata­mente para deshacer cualquier mala impresión que pudiese ha­ber causado. Antes de salir, avisé a mi asistenta y al portero del edificio en el que vivía: si por casualidad no volvía a la hora se­ñalada y venía un joven con rasgos mongoles a entregarme un encargo, era importantísimo que lo invitasen a subir, que espera­se en la sala, que le sirviesen todo lo que deseara. Si el joven no podía esperar, entonces les dije que le pidieran que les dejara a uno de los dos aquello que había venido a entregarme.

Sobre todo, ¡no deben permitir que se marcharse sin dejar el encargo!
Cogí un taxi y le pedí que parase en la esquina del bulevar Saint–Germain con la rué Saint–Peres. Caía una lluvia fina, pero sólo había unos treinta metros de caminata hasta el restaurante, con su letrero discreto y la sonrisa generosa de Roberto, que de vez en cuando salía a fumar un cigarrillo. Una mujer con un carrito de bebé caminaba en mi dirección por la acera estrecha, y como no había espacio para los dos, me bajé para permitirle el paso.

Fue entonces cuando, a cámara lenta, mi mundo dio una vuelta inmensa: el suelo se volvió cielo, el cielo se volvió suelo, pude fijarme en algunos detalles de la parte superior del edificio de la esquina (había pasado muchas veces por allí, pero jamás había mirado hacia arriba). Recuerdo la sensación de sorpresa, el viento soplando fuerte en mi oído y el ladrido de un perro en la distancia; luego todo se volvió oscuro.

Me vi empujado a gran velocidad hacia un agujero negro, donde podía distinguir una luz al final. Antes de llegar allí, unas manos invisibles tiraron de mí hacia atrás con gran violencia, y desperté con voces y gritos a mi alrededor; no debió de durar más que unos segundos. Sentí el sabor de la sangre en mi boca, el olor del asfalto mojado, y entonces me di cuenta de que había sufrido un accidente. Estaba consciente e inconsciente al mismo tiempo, lo intenté pero no fui capaz de moverme, pude observar a otra persona tendida en el suelo, a mi lado; podía sentir su olor, su perfume, imaginé que debía de tratarse de la mujer que iba con el bebé por la acera. ¡Dios mío!

Alguien se acercó para intentar levantarme, yo grité para que no me tocasen, era un peligro mover mi cuerpo ahora. Lo había aprendido en una conversación sin importancia, una noche sin importancia; si tenía una fractura en el cuello, cualquier movi­miento en falso podía paralizarme para siempre.

Luché para mantener la conciencia, esperé un dolor que no llegaba nunca, intenté moverme pero creí mejor no hacerlo; te­nía una sensación de calambre, de letargo. Volví a pedir que no me tocasen, oí a lo lejos la sirena, y entendí que podía dormir, ya no tenía que luchar para salvar mi vida, estaba perdida o ga­nada, ya no era una decisión mía, sino de los médicos, de los en­fermeros, de la suerte, de «eso», de Dios.

Oí la voz de una niña –que me decía su nombre, que yo no era capaz de grabar– pidiéndome que estuviese tranquilo, ga­rantizándome que no me iba a morir. Quería creer en sus pala­bras, le imploré que se quedase más tiempo a mi lado, pero en seguida desapareció. Vi que colocaban algo plástico en mi cue­llo, una máscara en mi rostro, y entonces me dormí de nuevo, esta vez sin ningún tipo de sueño.
Cuando recobré la conciencia, no había nada aparte de un zum­bido horrible en mis oídos: el resto era silencio y oscuridad completa. De repente, sentí que todo se movía, y tuve la certeza de que estaban llevando mi ataúd, ¡iban a enterrarme vivo!

Intenté golpear las paredes a mi alrededor, pero no pude mover ni un solo músculo del cuerpo. Durante un tiempo que me pareció infinito, sentía que me empujaban hacia adelante, ya no podía controlar nada más, y en ese momento, reuniendo toda la fuerza que todavía me quedaba, di un grito que resonó en aquel ambiente cerrado, volvió a mis oídos y casi me dejó sordo. Pero sabía que con ese grito estaba a salvo, pues en segui­da apareció una luz a mis pies: ¡descubrieron que no me había muerto!

La luz –la bendita luz que me salvaba del peor de los supli­cios, la asfixia– fue poco a poco iluminando mi cuerpo, por fin retiraban la tapa del ataúd, yo sudaba frío, sentía un inmenso dolor, pero estaba contento, aliviado, se habían dado cuenta del error, y ¡qué alegría poder volver a este mundo!

La luz finalmente llegó a mis ojos: una mano suave tocó la mía, un rostro angelical secó el sudor de mi frente:

–No se preocupe –dijo el rostro angelical, de cabellos rubios y ropa blanca–. No soy un ángel, no se ha muerto, esto no es un ataúd, sino un aparato de resonancia magnética, para ver posi­bles lesiones que pueda haber. Por lo visto, no hay nada grave, pero tendrá que quedarse aquí en observación.

–¿Ni un hueso roto?

–Excoriaciones generalizadas. Si le traigo un espejo, se que­dará horrorizado con su aspecto, pero se le pasará en unos días.

Intenté levantarme, ella me lo impidió con dulzura. Enton­ces sentí un fuerte dolor en la cabeza, y gemí.

–Ha sufrido un accidente, eso es natural, ¿no cree?

–Creo que me están engañando –dije con esfuerzo–. Soy adulto, he vivido intensamente mi vida, puedo aceptar ciertas noticias sin que me invada el pánico. Algún vaso en mi cabeza está punto de estallar.

Aparecieron dos enfermeros y me pusieron en una camilla. Me di cuenta de que llevaba un aparato ortopédico alrededor del cuello.

–Alguien comentó que usted había pedido que no lo movie­sen –dijo el ángel–. Gran decisión. Tendrá que llevar este colla­rín durante algún tiempo, pero si no hay ninguna sorpresa desa­gradable, ya que nunca se saben las consecuencias, pronto todo esto no habrá sido más que un gran susto, una gran suerte.

–¿Cuánto tiempo? No puedo quedarme aquí.

Nadie respondió.

Marie me esperaba sonriendo fuera de la sala de radiología; por lo visto, los médicos habían comentado que en principio no había nada grave. Me pasó la mano por el pelo, disfrazando el horror que debía de estar sintiendo al ver mi aspecto.

El pequeño cortejo siguió por el pasillo del hospital: ella, dos enfermeros que empujaban la camilla y el ángel de blanco. La cabeza me dolía cada vez más.

–Enfermera, la cabeza...

–No soy enfermera, soy su médica, estamos esperando a que llegue su médico personal. En cuanto a la cabeza, no se preocu­pe: por un mecanismo de defensa, el organismo cierra todos los vasos sanguíneos en el momento de un accidente para evitar he­morragias. Cuando percibe que ya no hay peligro, vuelven a abrirse, la sangre vuelve a correr, y eso duele. Nada más. En cualquier caso, si quiere puedo darle algo para dormir.

Lo rechacé. Y, como surgiendo de algún rincón oscuro de mi alma, recordé una frase que había oído el día anterior: «La voz me dice que sólo permitirá que eso suceda en el momento pre­ciso.»

Él no podía saberlo. No era posible que todo lo que había ocurrido en la esquina de Saint–Germain con Saint–Peres fuese resultado de una conspiración universal, de algo predetermina­do por los dioses, que deberían estar ocupadísimos cuidando de este planeta en condiciones tan precarias, en vías de destruc­ción, pero habían parado todo el trabajo sólo para impedir que yo fuese al encuentro del Zahir. El chico no tenía la menor posi­bilidad de prever el futuro a no ser que... realmente oyese una voz, que hubiera un plan y que las cosas fuesen mucho más im­portantes de lo que yo imaginaba.

Aquello empezaba a ser demasiado para mí: la sonrisa de Marie, la posibilidad de que alguien oyera una voz, el dolor cada vez más insoportable.

–Doctora, he cambiado de idea: quiero dormir, no puedo aguantar el dolor.

Ella le dijo algo a uno de los enfermeros que empujaba la ca­milla, y éste se fue y volvió incluso antes de que llegásemos a la habitación. Sentí un pinchazo en el brazo y, en seguida, me que­dé dormido.
Cuando desperté, quise saber exactamente qué había ocurri­do, si la mujer que había visto a mi lado también se había salva­do, qué había sucedido con su bebé. Marie me dijo que tenía que descansar, pero el doctor Louit, mi médico y amigo, ya ha­bía llegado, y pensó que no había ningún problema en contár­melo. Había sido atropellado por una moto: el cuerpo que había visto en el suelo era el del chico que la conducía, que había sido trasladado al mismo hospital, y que había tenido la misma suer­te que yo –sólo excoriaciones generalizadas–. Según la investi­gación policial hecha justo después del accidente, yo estaba en medio de la calle cuando sucedió el accidente, poniendo en peli­gro la vida del motorista.

O sea, que aparentemente yo era el culpable de todo, pero el chico había decidido no poner ninguna denuncia. Marie había ido a visitarlo, hablaron un poco, supo que él era inmigrante y que trabajaba ilegalmente, tenía miedo de decirle cualquier cosa a la policía. Salió del hospital veinticuatro horas después, ya que en el momento del accidente llevaba casco, y eso disminuía mu­cho el riesgo de sufrir algún daño en el cerebro.

–¿Dice que salió veinticuatro horas después? ¿Quiere decir que estoy aquí desde hace más de un día?

–Tres días. Después de la resonancia magnética, la doctora me llamó y me pidió permiso para mantenerlo sedado. Como creo que ha estado muy nervioso, tenso, irritado y deprimido, la autoricé a hacerlo.

–¿Y qué puede pasar ahora?

–En principio, dos días más en el hospital y tres semanas con este aparato en el cuello: las cuarenta y ocho horas críticas han pasado. Aun así, una parte de su cuerpo puede revelarse contra la idea de seguir comportándose bien, en cuyo caso, tendremos un problema que resolver. Pero es mejor pensar en ello sólo ante una emergencia; no vale la pena sufrir anticipadamente.

–O sea, ¿todavía me puedo morir?

–Como bien debe de saber, todos nosotros no sólo podemos, sino que vamos a morir.

–Quiero decir: ¿todavía puedo morirme a causa del acci­dente?

El doctor Louit hizo una pausa.

–Sí. Existe la posibilidad de que se haya formado un coágulo de sangre que los aparatos no pudieron localizar, y que puede li­berarse en cualquier momento y provocar una embolia. También cabe la posibilidad de que una célula haya enloquecido y empie­ce a formar un cáncer.

–No debería usted hacer ese tipo de comentarios –lo inte­rrumpió Marie.

–Somos amigos desde hace cinco años. Me ha preguntado y le estoy respondiendo. Y ahora les pido disculpas, pero debo volver a mi consulta. La medicina no es como ustedes piensan. En el mundo en el que viven, si un niño sale a comprar cinco manzanas pero sólo llega a casa con dos, concluyen que se ha comido las tres que faltan.

»En mi mundo, existen otras posibilidades: puede habérselas comido, pero también pueden habérselas robado, puede que el dinero no le llegase para comprar las cinco que pensaba, que las haya perdido en el camino, que alguien tuviese hambre y haya decidido compartirlas con esa persona, etc. En mi mundo, todo es posible y todo es relativo.

–¿Qué sabe usted de la epilepsia?

Marie entendió inmediatamente que me refería a Mikhail, y su temperamento dejó entrever cierto desagrado. Al mismo tiempo dijo que tenía que irse, pues la esperaban en un rodaje.

Pero el doctor Louit, aunque ya había cogido sus cosas para marcharse, se detuvo un instante para responder a mi pregunta.

–Se trata de un exceso de impulsos eléctricos en determina­da región del cerebro, lo cual provoca convulsiones de mayor o menor gravedad. No hay ningún estudio definitivo al respecto; se cree que los ataques suceden cuando la persona está bajo una gran tensión. Sin embargo, no se preocupe: aunque la dolencia puede dar su primer síntoma a cualquier edad, difícilmente sería causado por un accidente de moto.

–¿Y qué la provoca?

–No soy un especialista en el tema, pero si quiere puedo in­formarme al respecto.

–Sí, quiero. Y tengo otra pregunta, pero por favor no piense que mi cerebro se ha visto afectado a causa del accidente. ¿Es posible que los epilépticos oigan voces y tengan premoniciones del futuro?

–¿Alguien le ha dicho que iba a tener este accidente?

–No dijo exactamente eso. Pero fue lo que entendí.

–Disculpe, pero no puedo quedarme más tiempo, voy a lle­var a Marie. En cuanto a la epilepsia, procuraré informarme.
Durante los dos días que Marie estuvo lejos, y a pesar del susto del accidente, el Zahir volvió a ocupar su espacio. Yo sa­bía que, si el chico había cumplido su palabra, habría un sobre esperándome en casa con la dirección de Esther, pero ahora yo estaba asustado.

¿Y si Mikhail estaba diciendo la verdad respecto a la voz?

Traté de recordar los detalles: bajé de la acera, miré a los la­dos mecánicamente, vi que pasaba un coche, pero también vi que estaba a una distancia segura. Aun así, fui alcanzado, quizá por una moto que intentaba adelantar a aquel coche y que esta­ba fuera de mi campo de visión.

Creo en las señales. Después del camino de Santiago, todo había cambiado por completo: lo que tenemos que aprender está siempre delante de nuestros ojos, basta con mirar alrededor con respeto y atención para descubrir adonde desea llevarnos Dios, y el paso más acertado que debemos dar después. También aprendí a respetar el misterio: como decía Einstein, Dios no jue­ga a los dados con el universo, todo está interrelacionado y tie­ne un sentido. Aunque este sentido permanezca oculto casi todo el tiempo, sabemos que estamos cerca de nuestra verdadera mi­sión en la Tierra cuando lo que estamos haciendo está contagia­do por la energía del entusiasmo.

Si lo está, todo va bien. Si no lo está, es mejor cambiar pron­to de rumbo.

Cuando nos encontramos en el camino correcto, seguimos las señales, y cuando damos un paso en falso, la Divinidad viene en nuestro socorro para evitar que cometamos un error. ¿Acaso el accidente era una señal? ¿Acaso Mikhail, aquel día, había in­tuido una señal que era para mí?

Decidí que la respuesta a esa pregunta era «sí».

Y tal vez por eso, por aceptar mi destino, por dejarme guiar por una fuerza mayor, noté que, a lo largo de aquel día, el Zahir empezaba a perder intensidad. Sabía que todo lo que tenía que hacer era abrir un sobre, leer su dirección y tocar el timbre de su casa.
Pero las señales indicaban que no era el momento. Si real­mente Esther era tan importante en mi vida como yo imaginaba, si seguía amándome (como había dicho el chico), ¿por qué for­zar una situación que me iba a llevar a los mismos errores que había cometido en el pasado?

¿Cómo evitar repetirlos?

Conociendo mejor quién era yo, qué había cambiado, qué había provocado este corte súbito en un camino que siempre había estado marcado por la alegría. ¿Bastaba con eso?

No, también tenía que saber quién era Esther, por qué trans­formacio­nes había pasado durante todo el tiempo que vivimos juntos.

¿Y era suficiente con responder a estas dos preguntas?

Faltaba una tercera: ¿por qué nos había unido el destino?

Como tenía mucho tiempo libre en aquel cuarto de hospital, hice una recapitulación general de mi vida. Busqué siempre aventura y seguridad al mismo tiempo, aun sabiendo que las dos cosas no eran compatibles entre sí. Incluso estando seguro de mi amor por Esther, me enamoraba con rapidez de otras muje­res, simplemente porque el juego de la seducción es lo más inte­resante del mundo.

¿Había sabido demostrar mi amor por mi mujer? Tal vez du­rante un período, pero no siempre. ¿Por qué? Porque creía que no era necesario, ella debía de saberlo, no podía poner en duda mis sentimientos.

Recuerdo que, muchos años atrás, alguien me preguntó qué tenían en común todas las novias que habían pasado por mi vida. La respuesta fue fácil: yo. Y al darme cuenta de eso, vi el tiempo que había perdido en busca de la persona adecuada; las mujeres cambiaban, yo seguía igual, y no aprovechaba nada de lo que habíamos vivido juntos. Tuve muchas novias, pero siempre me quedé esperando a la persona adecuada. Controlé, fui controlado, y la relación no pasó de ahí. Hasta que llegó Esther y transformó el panorama por completo.

Estaba pensando en mi ex mujer con ternura: ya no era una obsesión encontrarla, saber por qué había desaparecido sin ex­plicaciones. Aunque Tiempo de romper, tiempo de coser fuese un verdadero tratado sobre mi matrimonio, el libro era, sobre todo, un certificado para mí mismo: soy capaz de amar, de echar de menos a alguien. Esther merecía mucho más que palabras; incluso las palabras, las simples palabras, jamás habían sido di­chas mientras estábamos juntos.
Siempre hay que saber cuándo una etapa llega a su fin. Ce­rrando ciclos, cerrando puertas, terminando capítulos; no im­porta el nombre que le demos, lo que importa es dejar en el pa­sado los momentos de la vida que ya se han acabado. Poco a poco, empecé a entender que no podía volver atrás y hacer que las cosas volvieran a ser como eran: aquellos dos años, que an­tes me parecían un infierno sin fin, ahora empezaban a mostrar­me su verdadero significado.

Y ese significado iba mucho más allá de mi matrimonio: to­dos los hombres, todas las mujeres están conectados con la energía que muchos llaman amor, pero que en verdad es la ma­teria prima con la que se construyó el universo. Esta energía no puede ser manipulada; es ella la que nos conduce suavemen­te, es en ella en la que reside todo nuestro aprendizaje en esta vida. Si intentamos orientarla hacia lo que queremos, acabamos desesperados, frustrados, defraudados, porque ella es libre y salvaje.

Pasaremos el resto de la vida diciendo que amamos a tal persona o tal cosa, cuando en verdad estamos sufriendo simple­mente porque, en vez de aceptar su fuerza, intentamos dismi­nuirla para que quepa en el mundo que imaginamos vivir.

Cuanto más pensaba en eso, más el Zahir perdía su fuerza y más me acercaba a mí mismo. Me preparé para un largo trabajo, que me iba a exigir mucho silencio, meditación y perseverancia.
El accidente me había ayudado a comprender que no podía forzar algo para lo que todavía no había llegado el «tiempo de coser».

Recordé lo que el doctor Louit me había dicho: después de un trauma como ése, la muerte podía llegar en cualquier minu­to. ¿Y si así fuese? ¿Si dentro de diez minutos mi corazón deja­ra de latir?

Un enfermero entró en la habitación a traerme la cena, y le pregunté:

–¿Ha pensado usted ya en su funeral?

–No se preocupe –respondió él–. Sobrevivirá. Ya tiene mu­cho mejor aspecto.

–No estoy preocupado. Y sé que voy a sobrevivir porque una voz me ha dicho que así sería.

Hablé de la «voz» a propósito, simplemente para provocar­lo. Él me miró desconfiado, pensando que tal vez fuese el mo­mento de pedir un nuevo examen y verificar si realmente mi ce­rebro no se había visto afectado.

–Sé que sobreviviré –continué–. Tal vez un día más, un año más, treinta o cuarenta años más. Pero un día, a pesar de todos los avances de la ciencia, dejaré este mundo y tendré un funeral. Estaba pensando en eso ahora, y me gustaría saber si usted ya ha reflexionado alguna vez sobre el tema.

–Nunca. Y no quiero pensar en ello; además, lo que más me asusta es justamente saber que todo va a acabar.

–Quiera o no, esté de acuerdo o no lo esté, ésa es una reali­dad de la que nadie escapa. ¿Qué tal si charlásemos un poco so­bre el tema?

–Tengo que ver a otros pacientes –dijo, dejando la comida sobre la mesa y saliendo lo más rápidamente posible, como si intentase huir. No de mí, sino de mis palabras.

Si el enfermero no quería tocar el tema, ¿qué tal si hiciese yo solo la reflexión? Recordé partes de un poema que había apren­dido en la infancia:
Cuando la indeseada de las gentes llegue,

tal vez yo tenga miedo. Tal vez sonría y diga:

el día ha sido bueno, la noche puede llegar.

Encontrará labrado el campo, la mesa puesta,

la casa limpia, cada cosa en su lugar.
Me gustaría que eso fuese verdadero: cada cosa en su lugar. ¿Y cuál iba a ser mi epitafio? Tanto yo como Esther ya ha­bíamos hecho un testamento, en el que, entre otras cosas, había­mos escogido la cremación (mis cenizas serían esparcidas al viento en un lugar llamado Cebreiro, en el camino de Santiago, y las cenizas de ella tiradas al mar). Así que no iba a tener esa famosa piedra con una inscripción.

Pero ¿y si pudiese escoger una frase? Entonces pediría que grabasen: «Murió mientras estaba vivo.»

Podía parecer un contrasentido, pero conocía a muchas per­sonas que habían dejado de vivir, aunque siguiesen trabajando, comiendo y realizando sus actividades sociales de siempre. Lo hacían todo de manera automática, sin comprender el momento mágico que trae cada día, sin pararse a pensar en el milagro de la vida, sin entender que el minuto siguiente puede ser el último sobre la faz de este planeta.

Era inútil intentar explicarle eso al enfermero, principalmen­te porque quien vino a recoger el plato de comida fue otra per­sona, que empezó a hablar compulsivamente conmigo, tal vez por orden de algún médico. Quería saber si me acordaba de mi nombre, si sabía en qué año estábamos, el nombre del presiden­te de Estados Unidos, y otras preguntas que sólo tienen sentido cuando nos están examinando para certificar nuestra salud mental.

Y todo eso por haber hecho una pregunta que todo ser hu­mano necesita hacerse: ¿ya has pensado en tu funeral? ¿Sabes que vas a morir tarde o temprano?
Aquella noche me dormí sonriendo. El Zahir estaba desapareciendo, Esther volvía, y si tenía que morirme ese día, a pesar de todo lo que había ocurrido en mi vida, a pesar de mis derro­tas, de la desaparición de la mujer amada, de las injusticias que había sufrido o que había hecho sufrir a otros, había permaneci­do vivo hasta el último minuto, y con toda seguridad podía afir­mar: «El día ha sido bueno, la noche puede llegar.»

Dos días después estaba en casa. Marie fue a preparar la co­mida, yo le eché un vistazo a la correspondencia que se había acumulado. Sonó el interfono, era el portero para decirme que el sobre que esperaba la semana anterior había sido entregado y que debía de estar encima de mi mesa.

Se lo agradecí y, al contrario de todo lo que había imaginado antes, no salí corriendo para abrirlo. Comimos, le pregunté a Marie por sus rodajes, ella quiso saber mis planes, ya que, con el collarín ortopédico, yo no podía salir en todo momento. Dijo que, si quería, se quedaría conmigo todo el tiempo necesario.

–Tengo que hacer una pequeña presentación para un canal de televisión coreano, pero puedo aplazarlo o simplemente can­celarlo. Si necesitas de mi compañía, claro.

–Necesito tu compañía, y me alegra saber que puedes estar cerca.

Con una sonrisa en la cara, cogió inmediatamente el teléfo­no, llamó a su agente y le dijo que cambiase sus compromisos. La oí comentar: «No digas que me he enfermado, tengo una su­perstición, y siempre que utilizo esa disculpa, acabo en la cama; di que tengo que cuidar de la persona que amo.»

Había una serie de providencias urgentes: entrevistas que habían sido aplazadas, invitaciones a las que había que respon­der, tarjetas de agradecimiento a las llamadas y ramos de flores que había recibido, textos, prefacios, recomendaciones. Marie se pasaba el día entero en contacto con mi agente, reorganizando mi agenda de modo que no quedase nadie sin respuesta. Todas las noches cenábamos en casa, charlando sobre temas unas veces interesantes, otras banales, como cualquier pareja. En una de esas cenas, después de algunos vasos de vino, ella comentó que yo estaba cambiado.

–Parece que estar cerca de la muerte te ha devuelto un poco de vida –dijo.

–Eso le pasa a todo el mundo.

–Pero, si me lo permites, y no quiero empezar a discutir, ni estoy teniendo una crisis de celos, desde que llegaste a casa, no hablas de Es­ther. Ya había pasado cuando acabaste Tiempo de romper, tiempo de coser: el libro funcionó como una especie de terapia, que infelizmente duró poco.

–¿Quieres decir que el accidente puede haber provocado al­gún tipo de consecuencia en mi cerebro?

Aunque mi tono no fuese agresivo, ella decidió cambiar de tema, y empezó a contarme el miedo que había sentido en un viaje en helicóptero desde Monaco a Cannes. Al final de la no­che acabamos en la cama haciendo el amor con mucha dificul­tad a causa de mi collarín ortopédico, pero, aun así, haciendo el amor y sintiéndonos muy cerca el uno del otro.

Cuatro días después, la gigantesca pila de papel de encima de mi mesa había desaparecido. Sólo quedaba un sobre grande, blanco, con mi nombre y el número de mi apartamento. Marie se dispuso a abrirlo, pero le dije que no, que aquello podía es­perar.

Ella no me preguntó nada; tal vez se tratara de información sobre mis cuentas bancarias o de correspondencia confidencial, posiblemente de una mujer enamorada. Y tampoco le expliqué nada, lo quité de la mesa y lo puse entre algunos libros. Si lo de­jaba allí, a la vista, el Zahir acabaría volviendo.
En ningún momento, el amor que sentía por Esther había disminuido, pero cada día pasado en el hospital me había hecho recordar algo interesante: no nuestras conversaciones, sino los momentos en que estuvimos juntos en silencio. Yo recordaba sus ojos de chica entusiasmada con la aventura, de mujer orgullosa con el éxito de su marido, de periodista interesada por todos los temas sobre los que escribía y, a partir de un determina­do momento, de esposa que parecía ya no tener un lugar en mi vida. Esa mirada de tristeza había empezado antes de ser corres­ponsal de guerra; se transformaba en alegría cada vez que volvía del campo de batalla, pero pocos días después volvía a ser como antes.

Una tarde, sonó el teléfono.

–Es ese chico –dijo Marie, pasándome el teléfono.

Desde el otro lado de la línea oí la voz de Mikhail, primero diciendo cuánto sentía lo ocurrido, y luego preguntándome si había recibido el sobre.

–Sí, está aquí conmigo.

–¿Y pretendes ir a buscarla?

Marie estaba escuchando la conversación, pensé que era me­jor cambiar de tema.

–Hablaremos personalmente de eso.

–No te estoy pidiendo nada, pero prometiste ayudarme.

–También cumplo mis promesas. En cuanto esté restableci­do, nos vemos.

Me dejó el número de teléfono de su móvil, colgamos, y vi que Marie ya no parecía la misma mujer.

–Entonces, todo sigue igual –fue su comentario.

–No. Todo ha cambiado.

Debería haber sido más claro, decirle que todavía tenía ga­nas de verla, que sabía dónde estaba. En el momento justo, iba a coger un tren, un taxi, un avión, cualquier medio de transporte, simplemente para estar a su lado. Pero eso significaba perder a la mujer que estaba a mi lado en aquel instante, aceptándolo todo, haciendo lo posible por demostrarme lo importante que yo era para ella.

Una actitud cobarde, claro. Sentí vergüenza de mí mismo, pero la vida era así y, de alguna manera que no podía explicar muy bien, yo también amaba a Marie.

También me quedé callado porque siempre había creído en las señales, y al acordarme de los momentos de silencio pasados junto a mi mujer, yo sabía que, con voces o sin ellas, con o sin explicaciones, la hora del reencuentro aún no había llegado. Más que en todas nuestras conversaciones juntas, era en nuestro silencio en lo que debía concentrarme ahora, porque él me iba a dar la completa libertad para entender el mundo en el que las cosas habían ido bien y el momento en el que habían empezado a ir mal.

Marie estaba allí, mirándome. ¿Podía seguir siendo desleal con una persona que lo hacía todo por mí? Empecé a sentirme incómodo, pero era imposible contarlo todo a no ser que encon­trase una manera indirecta de decirle lo que sentía.

–Marie, supongamos que dos bomberos entran en un bosque a apagar un pequeño incendio. Al final, cuando salen y van a la orilla de un riachuelo, uno de ellos tiene la cara llena de ceniza y el otro está inmaculadamente limpio. Pregunta: ¿cuál de los dos se lavará la cara?

–Es una pregunta tonta: es evidente que será el que está cu­bierto de ceniza.

–Error: el que tiene la cara sucia verá al otro y pensará que está igual que él. Y viceversa: el que tiene la cara limpia verá que su compañero tiene hollín por todas partes, y se dirá a sí mismo: «Yo también debo de estar sucio, tengo que lavarme.»

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que, durante el tiempo que pasé en el hospi­tal, entendí que siempre me buscaba a mí mismo en las mujeres que he amado. Yo miraba sus caras limpias, lindas, y me veía re­flejado en ellas. Por otro lado, ellas me miraban, veían las ceni­zas que cubrían mi cara, y por más inteligentes y más seguras que fuesen, también acababan viéndose reflejadas en mí y se creían peores de lo que eran. No dejes que eso suceda contigo, por favor.

Me gustaría haber añadido: eso fue lo que pasó con Esther. Y no lo comprendí hasta que recordé los cambios en su mirada. Yo siempre absorbía su luz, su energía, que me hacía sentir feliz, seguro, capaz de seguir adelante. Ella me miraba, se sentía fea, disminuida, porque a medida que los años pasaban, mi carrera –aquella carrera a la que ella había ayudado tanto a hacerse realidad– iba dejando nuestra relación en un segundo plano.

Por tanto, para volver a verla, necesitaba que mi cara estu­viese tan limpia como la suya. Antes de encontrarme con ella, debía encontrarme a mí mismo.
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