Traducción de Ana Belén Costas






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empleados que estaba en el andén.

–Distan 143,5 centímetros o 4 pies y 8,5 pulgadas –res­pondió.

Era un hombre que parecía en paz con su vida, orgulloso de su profesión, y en nada encajaba con la idea fija de Esther de que todos tenemos una gran tristeza escondida en el alma.

Pero su respuesta no tenía el menor sentido: ¿143,5 centíme­tros o 4 pies y 8,5 pulgadas?

Absurdo. Lo lógico sería 150 centímetros o cinco pies. Un número redondo, claro, fácil de recordar para los constructores de vagones y para los empleados de ferrocarril.

–¿Y por qué? –le insistí al empleado.

–Porque las ruedas de los vagones tienen esa medida.

« –Pero las ruedas de los vagones son así por la distancia en­tre los raíles, ¿no cree?

–¿Cree usted que yo tengo la obligación de saberlo todo so­bre trenes sólo porque trabajo en una estación? Las cosas son así porque son así.

Ya no era la persona feliz y en paz con su trabajo de antes; sabía responder a una pregunta, pero no era capaz de ir más allá. Le pedí disculpas y permanecí el resto del tiempo mirando los raíles, sintiendo que intuitivamente querían decirme algo.

Por más extraño que pareciese, los raíles parecían contar algo sobre mi matrimonio y sobre todos los matrimonios.
El actor llegó, más simpático de lo que yo esperaba, a pesar de toda su fama. Lo dejé en mi hotel favorito y volví a casa. Para mi sorpresa, Marie me esperaba, diciendo que, por culpa de las condi­ciones climatológicas, sus rodajes se habían retrasado una semana.

Creo que hoy, como es jueves, vas a ir al restaurante.

–¿Tú también quieres ir?

–Sí. Voy contigo. ¿Prefieres ir solo?

–Lo prefiero.

–Aun así, he decidido que voy; todavía no ha nacido el hombre que controle mis pasos.

–¿Sabes por qué los raíles de tren están separados por 143,5 centímetros?

–Puedo intentar descubrirlo en internet. ¿Es importante?

–Mucho.

–Dejemos los raíles de tren por ahora. He estado hablando con amigos que son fans tuyos. Creen que una persona que es­cribe libros como Tiempo de romper, tiempo de coser, o la histo­ria del pastor de ovejas, o la peregrinación por el camino de Santiago, debe de ser un sabio, con respuestas para todo.

–Lo cual no es verdad en absoluto, como tú sabes.

–¿Qué es verdad, entonces? ¿Cómo les transmites cosas a tus lectores que están más allá de tu conocimiento?

–No están más allá de mi conocimiento. Todo lo que está es­crito en ellos es parte de mi alma, lecciones que he aprendido a lo largo de mi vida y que intento aplicarme a mí mismo. Soy un lector de mis propios libros. Ellos me enseñan algo que ya sabía, pero de lo que no era consciente.

–¿Y el lector?

–Pienso que pasa lo mismo con él. El libro –y podemos es­tar hablando de cualquier cosa, como una película, una canción, un jardín, la visión de una montaña– revela algo. Revelar signi­fica descubrir lo secreto, retirar un velo. Retirar un velo de algo que ya existe es diferente de intentar enseñar los secretos para vivir mejor.

»En este momento, como tú también sabes, estoy sufriendo por amor. Eso puede ser simplemente una bajada al infierno, pero puede ser una revelación. Fue mientras escribía Tiempo de romper, tiempo de coser cuando descubrí mi propia capacidad de amar. Aprendí mientras tecleaba las palabras y las frases.

–Pero ¿y el lado espiritual? ¿Y aquello que parece estar pre­sente en cada página de todos tus títulos?

–Empieza a gustarme la idea de que vengas conmigo hoy por la noche al restaurante armenio, porque vas a descubrir, o mejor dicho, vas a ser consciente de tres cosas importantes. La primera: en el momento en el que las personas deciden afron­tar un problema, se dan cuenta de que son mucho más capaces de lo que piensan. La segunda: toda la energía, toda la sabidu­ría, viene de la misma fuente desconocida, que normalmente llamamos Dios. Lo que intento en mi vida, desde que comencé a seguir aquello que considero mi camino, es honrar esa ener­gía, conectarme con ella todos los días, dejarme guiar por las señales, aprender mientras hago y no mientras pienso en ha­cer algo.

»La tercera: nadie está solo en sus tribulaciones; siempre hay alguien más pensando, alegrándose o sufriendo de la misma manera, y eso nos da fuerza para afrontar mejor el desafío que tenemos ante nosotros.

–¿Eso incluye sufrir por amor?

–Eso lo incluye todo. Si el sufrimiento está ahí, entonces es mejor aceptarlo, porque no se va a ir sólo porque tú finjas que no existe. Si la alegría está ahí, también es mejor aceptarla, in­cluso con miedo de que se acabe un día. Hay gente que es capaz de relacionarse con la vida sólo a través del sacrificio y de la re­nuncia. Hay gente que sólo consigue sentirse parte de la huma­nidad cuando piensa que es «feliz». ¿Por qué me preguntas es­tas cosas?

–Porque estoy enamorada y tengo miedo de sufrir.

–No tengas miedo; la única manera de evitar ese sufrimiento sería negarse a amar.

–Sé que Esther está presente. Aparte del ataque epiléptico del chico, no me has contado nada más sobre la comida en la pizzería. Eso es una mala señal para mí, aunque pueda ser una buena señal para ti.

–Puede ser una mala señal para mí también.

–¿Sabes qué me gustaría preguntarte? Me gustaría saber si me amas como yo te amo a ti. Pero no tengo el coraje. ¿Por qué tengo tantas relaciones frustradas con tantos hombres?

«Porque pienso que siempre tengo que tener una relación con alguien, y así me veo forzada a ser fantástica, inteligente, sensible, excepcional. El esfuerzo de seducir me obliga a dar lo mejor de mí misma, y eso me ayuda. Por lo demás, es muy difícil convivir conmigo misma. Pero no sé si ésta es la mejor elección.

–¿Tú quieres saber si, incluso sabiendo que determinada mujer me dejó sin darme explicación alguna, yo todavía soy ca­paz de amarla?

–He leído tu libro. Sé que eres capaz.

–¿Quieres preguntarme si, a pesar de mi amor por Esther, también soy capaz de amarte a ti?

–No osaría hacer esa pregunta, porque la respuesta puede destrozarme la vida.

–¿Quieres saber si el corazón de un hombre, o de una mu­jer, puede albergar amor para más de una persona?

–Ya que no es una pregunta tan directa como la anterior, me gustaría que respondieses.

–Creo que sí. Excepto cuando una de ellas se convierte en...

–... un Zahir. Pero lucharé por ti, creo que vale la pena. Un hombre que es capaz de amar a una mujer como tú has amado (o amas) a Esther merece todo mi respeto y mi esfuerzo.

»Y ahora, para demostrar mi voluntad de tenerte a mi lado, para demostrar lo importante que eres en mi vida, voy a hacer lo que me has pedido, por absurdo que sea: averiguar por qué los raíles de tren están separados por 4 pies y 8,5 pulgadas.

El dueño del restaurante armenio había hecho exactamente lo que había comentado la semana anterior: ahora, en vez del sa­lón del fondo, estaba todo el restaurante ocupado. Marie miraba a la gente con curiosidad, y alguna que otra vez comentaba la inmensa diferencia entre las personas.

–¿Cómo es que traen a los niños aquí? ¡Es absurdo!

–Tal vez no tengan con quien dejarlos.

A las nueve en punto, las seis figuras –dos músicos con ro­pas orientales, y los cuatro jóvenes con sus camisas blancas y sus faldas redondas– entraron en el escenario. El servicio de las mesas se suspendió inmediatamente, y la gente guardó silencio.
–En el mito mongol de la creación del mundo, corza y perro salvaje se encuentran –comenzó Mikhail, de nuevo con una voz que no era la suya–. Dos seres de naturaleza diferente: en la na­turaleza, el perro salvaje mata a la corza para comer. En el mito mongol, ambos entienden que uno precisa de las cualidades del otro para sobrevivir en un ambiente hostil, y deben unirse.

»Para ello, antes tienen que aprender a amar. Y para amar, tienen que dejar de ser lo que son o jamás podrán convivir. Al pasar el tiempo, el perro salvaje empieza a aceptar que su instin­to, siempre concentrado en la lucha por la supervivencia, ahora sirve a un propósito mayor: encontrar a alguien con quien re­construir el mundo.

Hizo una pausa.

–Cuando danzamos, giramos en torno a la misma energía, que sube hasta la Señora y vuelve con toda su fuerza hacia no­sotros, de la misma manera que el agua se evapora de los ríos, se transforma en nube y vuelve bajo la forma de lluvia. Hoy, mi historia es sobre el círculo del amor:
Una mañana, un campesino llamó con fuerza a la puerta de un convento. Cuando el herma­no portero abrió, él le tendió un magnífico racimo de uvas.

«–Querido hermano portero, éstas son las más bellas uvas producidas por mi viñedo. Y vengo aquí a ofrecerlas.

«–¡Gracias! Voy a llevárselas inmediatamente al Abad, que se pondrá contento con esta ofrenda.

»–¡No! Las he traído para ti.

»–¿Para mí? Yo no merezco tan bello regalo de la natura­leza.

«–Siempre que he llamado a la puerta, has abierto tú. Cuan­do necesité ayuda porque la cosecha había sido destruida por la sequía, tú me dabas un trozo de pan y un vaso de vino todos los días. Yo quiero que este racimo de uvas te traiga un poco del amor del sol, de la belleza de la lluvia y del milagro de Dios.

»El hermano portero puso el racimo enfrente de él y se pasó la mañana entera admirándolo: era realmente hermoso. Por ello, decidió entregarle el regalo al Abad, que siempre lo había estimulado con palabras de sabiduría.

»El Abad se puso muy contento con las uvas, pero recordó que había en el convento un hermano que estaba enfermo, y pensó: «Voy a darle el racimo. Quién sabe, puede traerle alguna alegría a su vida.»

»Pero las uvas no permanecieron mucho tiempo en el cuarto del hermano enfermo, porque éste reflexionó: «El hermano co­cinero ha cuidado de mí, me ha alimentado con lo mejor que hay. Estoy seguro de que esto lo hará muy feliz.» Cuando el her­mano cocinero apareció a la hora de comer para llevarle su co­mida, él le dio las uvas.

»–Son para ti. Como siempre estás en contacto con los pro­ductos que la naturaleza nos ofrece, sabrás qué hacer con esta obra de Dios.

»El hermano cocinero se quedó deslumbrado con la belleza del racimo e hizo que su ayudante se fijase en la perfección de las uvas. Eran tan perfectas que nadie las iba a apreciar mejor que el hermano sacristán, responsable de la custodia del Santísi­mo Sacramento y que muchos, en el monasterio, veían como un hombre santo.

»El hermano sacristán, a su vez, le regaló las uvas al novicio más joven, de modo que éste pudiese entender que la obra de Dios está en los menores detalles de la Creación. Cuando el no­vicio lo recibió, su corazón se llenó de la Gloria del Señor, por­que nunca había visto un racimo tan bonito. Al mismo tiempo, se acordó de la primera vez que había llegado al monasterio y de la persona que le había abierto la puerta; había sido ese gesto el que le había permitido estar ese día en aquella comunidad de personas que sabían valorar los milagros.

»Así, poco antes de caer la noche, le llevó el racimo de uvas al hermano portero.

»–Come y que te aproveche. Pasas la mayor parte del tiem­po aquí solo, y estas uvas te harán mucho bien.

»El hermano portero entendió que aquel regalo estaba real­mente destinado a él, saboreó cada una de las uvas de aquel ra­cimo y durmió feliz. De esta manera, el círculo se cerró; un círculo de felicidad y alegría, que siempre se extiende en torno al que está en contacto con la energía del amor.
La mujer llamada Alma hizo sonar el plato de metal con sus adornos.

–Como hacemos todos los jueves, escuchamos una historia de amor y contamos historias de desamor. Vamos a ver lo que está en la superficie, y entonces, poco a poco, entenderemos lo de abajo: nuestras costumbres, nuestros valores... Y cuando con­sigamos perforar esa capa, seremos capaces de encontrarnos a nosotros mismos. ¿Quién empieza?

Se levantaron varias manos, incluida la mía, para sorpresa de Marie. Volvió a haber ruido, la gente se agitaba en las sillas. Mikhail señaló a una mujer hermosa, alta, de ojos azules.
La semana pasada fui a visitar a un amigo que vive solo en las montañas, cerca de la frontera con Francia; alguien que ado­ra los placeres de la vida y que más de una vez ha afirmado que toda la sabiduría que dicen que posee le viene justamente del hecho de aprovechar cada momento.

»Desde el principio, a mi marido no le gustó la idea: sabía quién era él, que su pasatiempo favorito es cazar pájaros y sedu­cir mujeres. Pero yo necesitaba hablar con ese amigo, estaba pa­sando por un momento de crisis en el que sólo él podía ayudar­me. Mi marido sugirió un psicólogo, un viaje, discutimos, nos peleamos, pero a pesar de todas las presiones en casa, hice el viaje. Mi amigo fue a buscarme al aeropuerto, hablamos por la tarde, cenamos, bebimos, hablamos un poco más y me acosté. Me desperté al día siguiente, anduvimos por la región y volvió a dejarme en el aeropuerto.

»En cuanto llegué a casa, empezaron las preguntas. ¿Estaba solo? Sí. ¿Ninguna novia con él? No. ¿Bebisteis? Bebimos. ¿Por qué no quieres hablar del tema? ¡Pero si estoy hablando del tema! Estabais solos en una casa que da a las montañas, un escenario romántico, ¿no es cierto? Sí. Y aun así, ¿no ocurrió nada aparte de la conversación? No pasó nada. ¿Piensas que me lo creo? ¿Por qué no ibas a creerlo? Porque va en contra de la naturaleza humana: un hombre y una mujer, si están juntos, si beben juntos, si comparten cosas íntimas, ¡acaban en la cama!

»Estoy de acuerdo con mi marido. Va en contra de lo que nos han enseñado. Jamás creerá la historia que le he contado, pero es la pura verdad. Desde entonces, nuestra vida se ha con­vertido en un pequeño infierno. Pasará, pero es un sufrimiento inútil, un sufrimiento por culpa de lo que nos han contado: un hombre y una mujer que se admiran, cuando las circunstancias lo permiten, acaban en la cama.
Aplausos. Cigarrillos que se encienden. Ruido de botellas y de vasos.

–¿Qué es esto? –preguntó Marie en voz baja–. ¿Una tera­pia colectiva de parejas?

–Es parte de la «reunión». Nadie dice si está bien o no, solamente cuentan historias.

–¿Y por qué lo hacen en público, de esta manera irrespetuo­sa, con gente bebiendo y fumando?

–Tal vez porque es menos serio. Y si es menos serio, es más fácil. Y si es más fácil, ¿por qué no hacerlo de esta manera?

–¿Más fácil? ¿En medio de desconocidos que mañana po­drían contarle esa historia a su marido?

Otra persona había empezado a hablar, y no pude decirle a Marie que eso no tenía la menor importancia: todos estaban allí para hablar de desamor disfrazado de amor.
Soy el marido de la mujer que acaba de contar la historia –dijo un señor que debía de ser por lo menos unos veinte años mayor que la joven rubia y guapa–. Todo lo que ella ha dicho es cierto. Pero hay algo que ella no sabe y que no he tenido el va­lor de comentarle. Voy a hacerlo ahora.

»Cuando ella se fue a las montañas, yo no conseguí dormir en toda la noche, y empecé a imaginar (con detalles) lo que es­taba pasando. Ella llega, la chimenea está encendida, se quita el abrigo, se quita el suéter, no lleva sujetador debajo de la cami­seta fina. Él puede ver claramente el contorno de sus senos.

»Ella finge que no se da cuenta de su mirada. Dice que va a la cocina a coger otra botella de champán. Lleva unos vaqueros muy ajustados, anda despacio, e incluso, sin girarse, sabe que él la mira de los pies a la cabeza. Vuelve, hablan de cosas verdade­ramente íntimas, y eso les da una sensación de complicidad.

»Agotan el asunto que la llevó hasta allí. Suena el teléfono móvil: soy yo, quiero saber si todo va bien. Ella se acerca a él, pone el teléfono en su oído, ambos escuchan mi conversación, una conversación delicada, porque sé que es tarde para hacer cualquier tipo de presión, lo mejor es fingir que no estoy preocu­pado, sugerirle que aproveche el tiempo en las montañas, por­que al día siguiente debe volver a París, cuidar de los niños, ha­cer la compra para casa.

«Cuelgo el teléfono, sabiendo que él ha escuchado la conversación. Ahora ambos (que estaban en sofás separados) están sentados muy juntos.

»En ese momento, dejé de pensar en lo que estaba sucedien­do en las montañas. Me levanté, fui hasta el cuarto de mis hijos, después fui hasta la ventana, vi París y ¿saben de qué me di cuenta? De que aquel pensamiento me había excitado. Mucho, muchísimo. Saber que mi mujer podía estar, en aquel momento, besando a otro hombre, haciendo el amor con él.

»Me sentí terriblemente mal. ¿Cómo podía excitarme con eso? Al día siguiente hablé con dos amigos; evidentemente no me puse como ejemplo, pero les pregunté si, en algún momento de sus vidas, les había resultado erótico cuando, en una fiesta, sorprenden la mirada de otro hombre en el escote de su mujer. Ambos rehuyeron el tema, porque es tabú. Pero ambos dijeron que es genial saber que tu mujer es deseada por otro hombre: no fueron más allá de eso. ¿Será una fantasía secreta, escondida en el corazón de todos los hombres? No lo sé. Nuestra semana ha sido un infierno porque no entiendo lo que sentí. Y como no lo entiendo, la culpo a ella por provocar en mí algo que desequili­bra mi mundo.
Esta vez se encendieron muchos cigarrillos, pero no hubo aplausos. Como si el tema continuase siendo un tabú, incluso en aquel lugar.

Mientras mantenía la mano levantada, me pregunté a mí mismo si estaba de acuerdo con lo que aquel hombre acababa de decir. Sí, estaba de acuerdo: había imaginado algo semejante con Esther y los soldados del campo de batalla, pero no me atrevía a decirlo ni para mí mismo. Mikhail miró hacia mí y me hizo una señal.

No sé cómo fui capaz de levantarme, mirar a aquella audien­cia visiblemente extrañada con la historia del hombre que se excita al pensar en su mujer siendo poseída por otro. Nadie pa­recía prestar atención, y eso me ayudó a empezar.
Pido disculpas por no ser tan directo como las dos perso­nas que me han precedido, pero tengo algo que decir. Hoy he estado en una estación de tren, y he descubierto que la distancia que separa los raíles es de 143,5 centímetros o 4 pies y 8,5 pulga­das. ¿Por qué esta medida tan absurda? Le pedí a mi novia que descubriera la razón, y he aquí el resultado:

«Porque, al principio, cuando construyeron los primeros va­gones de tren, usaron las mismas herramientas que se utilizaban para la construcción de carruajes.

»¿Por qué los carruajes tenían esa distancia entre las rue­das? Porque las antiguas carreteras se hicieron con esa medida, ya que sólo así podían circular los carruajes.

»¿ Quién decidió que las carreteras debían hacerse con esa medida? Y he aquí que, de repente, llegamos a un pasado muy distante: los romanos, primeros grandes constructores de carre­teras, lo decidieron. ¿Por qué razón? Los carros de guerra eran conducidos por caballos, y al ponerlos uno al lado del otro, los animales de la raza que usaban en aquella época ocupaban 143,5 centímetros.

»De esta manera, la distancia entre los raíles que he visto hoy, usados por nuestro modernísimo tren de alta velocidad, fue determinada por los romanos. Cuando los emigrantes fueron a Estados Unidos a construir ferrocarriles, no se preguntaron si sería mejor cambiar el ancho, y siguieron con el mismo patrón. Esto llegó a afectar incluso a la construcción de los transborda­dores espaciales: los ingenieros norteamericanos creían que los tanques de combustible debían ser más grandes, pero eran fabri­cados en Utah, había que transportarlos en tren hasta el Centro Espacial de Florida y no cabían en los túneles. Conclusión: tu­vieron que resignarse a lo que los romanos habían decidido como medida ideal.

»¿Y qué tiene eso que ver con el matrimonio?

Hice una pausa. Algunas personas no tenían ni el más míni­mo interés en raíles de tren y empezaban a hablar entre sí. Otras me escuchaban con total atención, entre ellas, Marie y Mikhail.

Tiene mucho que ver con el matrimonio y con las dos histo­rias que acabamos de escuchar. En un momento dado de la historia, apareció alguien y dijo: cuando nos casamos, las dos perso­nas deben permanecer congeladas el resto de su vida. Caminaréis el uno al lado del otro como dos raíles, obedeciendo ese exacto patrón. Aunque algunas veces uno de los dos necesite estar un poco más lejos o un poco más cerca, eso va contra las reglas. Las reglas dicen: sed sensatos, pensad en el futuro, en los hijos. Ya no podéis cambiar, debéis ser como los raíles: la distancia entre ellos es la misma en la estación de partida, en medio del camino o en la estación de destino. No dejéis que el amor cambie, ni que crezca al principio, ni que disminuya en el medio; es arriesgadísimo. Así pues, pasado el entusiasmo de los primeros años, mante­ned la misma distancia, la misma solidez, la misma funcionali­dad. Servís para que el tren de la supervivencia de la especie siga hacia el futuro: vuestros hijos sólo serán felices si permanecéis como siempre habéis estado: a 143,5 centímetros de distancia el uno del otro. Si no estáis contentos con algo que nunca cambia, pensad en ellos, en los niños que habéis traído a este mundo.

»Pensad en los vecinos. Demostrad que sois felices, que ha­céis churrasco los domingos, que veis la televisión, que ayudáis a la comunidad. Pensad en la sociedad: vestios de modo que to­dos sepan que entre vosotros no hay conflictos. No miréis a los lados, alguien puede estar viéndoos, y eso es una tentación, pue­de significar divorcio, crisis, depresión...

«Sonreíd en las fotos. Poned fotografías en la sala para que todos las vean. Cortad la hierba, haced deporte, para poder per­manecer congelados en el tiempo. Cuando el deporte ya no me­jore vuestro aspecto, haceos la cirugía plástica. Pero no lo olvi­déis nunca: estas reglas se establecieron en algún momento y tenéis que respetarlas. ¿Quién estableció las reglas? Eso no tie­ne importancia, no os hagáis jamás ese tipo de preguntas, por­que serán válidas siempre, aunque no estéis de acuerdo con ellas.
Me senté. Hubo algunos aplausos entusiasmados, alguna in­diferencia, y yo sin saber si había ido demasiado lejos. Marie me miraba con una mezcla de admiración y sorpresa.

La mujer del escenario tocó el plato.

Le dije a Marie que esperase allí, mientras yo salía fuera a fumar un cigarrillo.

–Ahora van a danzar en nombre del amor, de la «Señora».

–Puedes fumar aquí.

–Quiero estar solo.
Aunque era el principio de la primavera, todavía hacía mu­cho frío, pero yo necesitaba aire puro. ¿Por qué había contado toda aquella historia? Mi matrimonio con Esther nunca había sido de la manera que había descrito: dos raíles, siempre uno al lado del otro, siempre correctos, rectos, alineados. Habíamos te­nido nuestros altibajos, muchas veces alguno de los dos había amenazado con marcharse para siempre, pero aun así seguimos juntos.

Hasta hacía dos años.

O hasta el momento en que ella empezó a querer saber por qué era infeliz.

Nadie debe preguntarse eso: ¿por qué soy infeliz? Esta pre­gunta trae consigo el virus de la destrucción de todo. Si nos preguntamos eso, querremos descubrir lo que nos hace felices. Si lo que nos hace felices es diferente de aquello que estamos vivien­do, o cambiamos de una vez, o seremos más infelices todavía.

Y yo ahora me encontraba en esa misma situación: una no­via con personalidad, el trabajo que empezaba a ir bien y una gran posibilidad de que las cosas acabasen equilibrándose con el tiempo. Era mejor conformarse. Aceptar lo que la vida me esta­ba ofreciendo, no seguir el ejemplo de Esther, no prestar aten­ción a los ojos de las personas, recordar las palabras de Marie, crear una nueva vida a su lado.

No, no podía pensar así. Si me comportaba de la manera en que la gente esperaba que lo hiciera, me convertiría en su escla­vo. Es preciso un enorme control para evitar que eso suceda, porque la tendencia es estar siempre dispuesto a agradar a alguien, principalmente a uno mismo. Pero si hacía eso, además de haber perdido a Esther, también perdería a Marie, mi trabajo, mi futuro, el respeto por mí mismo y por todo lo que había di­cho y escrito.
Entré al ver que la gente empezaba a salir. Mikhail apareció ya cambiado de ropa.

–Lo que sucedió en el restaurante...

–No te preocupes –respondí–. Vamos a pasear a orillas del Sena.

Marie entendió el mensaje, dijo que tenía que acostarse tem­prano aquella noche. Le pedí que compartiésemos el taxi hasta el puente que queda frente a la torre Eiffel, así yo podría volver a pie a casa. Se me ocurrió preguntarle a Mikhail dónde vivía, pero pensé que la pregunta podía ser interpretada como una tentativa de verificar, con mis propios ojos, que Esther no estaba con él.

En el camino, ella le preguntaba insistentemente a Mikhail qué era aquella «reunión», y él respondía siempre lo mismo: una manera de recuperar el amor. Aprovechó para decir que le había gustado mi historia sobre los raíles de tren.

–Fue así como se perdió el amor –dijo–. Cuando empeza­mos a establecer exactamente las reglas para que él pudiese ma­nifestarse.

–¿Y cuándo fue eso? –preguntó Marie.

–No lo sé. Pero sé que es posible hacer que esa energía re­torne. Lo sé, porque cuando danzo, o cuando oigo la voz, el amor habla conmigo.

Marie no sabía qué era «oír la voz», pero ya habíamos llega­do al puente. Bajamos y empezamos a andar por la fría noche de París.

–Sé que te asustaste con lo que viste. El mayor peligro es tragarse la lengua y asfixiarse; el dueño del restaurante sabía qué hacer, y eso quiere decir que ya debe de haber sucedido antes en su pizzería. No es tan raro. Sin embargo, su diagnóstico es equi­vocado: no soy epiléptico. Es el contacto con la energía.

Claro que era epiléptico, pero no habría servido de nada de­cir lo contrario. Yo procuraba comportarme normalmente. Tenía que mantener la situación bajo control; estaba sorprendido con la facilidad con la que Mikhail había aceptado que nos viéramos esta vez.

–Te necesito. Necesito que escribas algo sobre la importan­cia del amor –dijo.

–Todo el mundo sabe de la importancia del amor. Casi todos los libros escritos son sobre eso.

–Entonces, voy a reformular mi petición: necesito que escri­bas algo sobre el nuevo Renacimiento.

–¿Qué es el nuevo Renacimiento?

–Es un momento parecido al que surgió en Italia en los si­glos XV y XVI, cuando genios como Erasmo, Da Vinci o Miguel Ángel dejaron de ver las limitaciones del presente, la opresión de las convenciones de la época, y se volvieron hacia el pasado. Igual que ocurrió en aquella época, estamos volviendo al len­guaje mágico, a la alquimia, a la idea de la Diosa Madre, a la li­bertad de hacer aquello que creemos, y no lo que la Iglesia o el gobierno exigen. Como en la Florencia de 1500, volvemos a des­cubrir que el pasado contiene las respuestas para el futuro.

«Fíjate, por ejemplo, en esa historia de tren que has contado: ¿en cuántas cosas seguimos obedeciendo patrones que no en­tendemos? Ya que la gente lee lo que escribes, ¿no podrías tocar el tema?

–Jamás he negociado un libro –respondí, recordando otra vez que tenía que mantener el respeto por mí mismo–. Si el tema fuera interesante, si estuviera en mi alma, si el barco lla­mado Palabra me llevara hasta esa isla, tal vez lo escribiría. Pero eso no tiene nada que ver con el hecho de buscar a Esther.

–Lo sé, no estoy imponiendo una condición; simplemente te estoy sugiriendo algo que creo que es importante.

–¿Te habló ella del Banco de Favores?

–Sí, pero no se trata del Banco de Favores. Se trata de mí
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