Traducción de Ana Belén Costas






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de multina­cional.

–Soy abogado, llevo casos de separación por vía conten­ciosa.

–¿Qué significa «por vía contenciosa»? –pregunta alguien de la audiencia.

–Cuando una de las dos personas no está de acuerdo –res­ponde el abogado, irritado por haber sido interrumpido y con aire de quien cree absurdo desconocer un término tan simple.

–Continúe –dice Mikhail con una autoridad que yo jamás sería capaz de reconocer en el chico que había conocido en mi tarde de autógrafos.

El abogado obedece:

–Hoy he recibido un informe de la firma Human and Legal Resources, ubicada en Londres. Dice lo siguiente:

A) Dos tercios de los empleados de una firma tienen algún tipo de relación afectiva. ¡Imagínense! En una oficina de tres personas, eso signi­fica que dos acabarán teniendo algún tipo de contacto íntimo.

B) El 10 % acaban dejando el empleo por culpa de eso; el 40 % tienen relaciones que duran más de tres meses, y en el caso de ciertas profesiones que exigen mucho tiempo fuera de casa, por lo menos ocho de cada diez personas acaban teniendo una rela­ción. ¿No es increíble?

–¡Tratándose de estadísticas, habrá que respetarlo! –comen­ta uno de los jóvenes vestidos como si formase parte de un peli­groso grupo de delincuentes–. ¡Todos nosotros creemos en las estadísticas! ¡Eso significa que mi madre debe de estar traicio­nando a mi padre, y la culpa no es suya, es de las estadísticas!

Más risas, más cigarrillos encendidos, más alivio, como si aquí, en esta audiencia, la gente estuviese oyendo cosas que siempre ha temido oír, y eso la liberase de algún tipo de angus­tia. Pienso en Esther y en Mikhail: «Profesiones que exigen mu­cho tiempo fuera de casa, ocho de cada diez personas.»

Pienso en mí y en las muchas veces que eso también ha su­cedido. Después de todo, son estadísticas, no estamos solos.
Se cuentan otras historias –celos, abandono, depresión–, pero ya no presto atención. Mi Zahir ha vuelto con toda la inten­sidad; estoy en la misma sala que el hombre que me ha robado a mi mujer, aunque durante algunos instantes haya creído que sim­plemente estaba haciendo terapia de grupo. Mi vecino, el que me había reconocido, me pregunta si me está gustando. Por un mo­mento, me distrae de mi Zahir y me alegro de responder.

–No entiendo el objetivo. Parece un grupo de autoayuda, como alcohólicos anónimos o consejeros matrimoniales.

–Pero ¿lo que está oyendo no es real?

–Puede ser. Pero repito: ¿cuál es el objetivo?

–Ésa no es la parte más importante de la noche; es simple­mente una manera de no sentirnos solos. Contando nuestras vi­das delante de todos, acabamos descubriendo que la mayoría de la gente ha vivido lo mismo.

–¿Y el resultado práctico?

–Si no estamos solos, tenemos más fuerza para saber dónde nos hemos desviado y cambiar de rumbo. Pero como he dicho, no es más que un intervalo entre lo que dice el chico al princi­pio y el momento de invocar la energía.

–¿Quién es el chico?

La conversación es interrumpida por el sonido del plato de metal. Esta vez es el viejo, que está delante del atabaque, el que está hablando.

–La parte del raciocinio está terminada. Pasemos al ritual, a la emoción que todo lo culmina y que todo lo transforma. Para aquellos que están hoy aquí por primera vez, esta danza desa­rrolla nuestra capacidad de aceptar el amor. El amor es lo único que activa la inteligencia y la creatividad, algo que nos purifica y nos libera.

Apagan los cigarrillos, el ruido de los vasos cesa. El extraño silencio desciende de nuevo sobre la sala, y una de las chicas hace una plegaria.

–Señora, danzaremos en tu honor. Que nuestra danza nos haga volar hasta lo alto.

Ha dicho «señora», ¿o he oído mal?

Ha dicho «señora» seguro. La otra chica enciende cuatro candelabros con velas, las luces se apagan. Las cuatro figuras vestidas de blanco, con sus faldas anchas, bajan del escenario y se mezclan con el público. Durante casi media hora, el segundo chico, con una voz que parece salir de su vientre, entona un canto monótono, repetitivo, pero que –curiosamente– me hace olvidar un poco el Zahir, relajarme, sentir una especie de som­nolencia. Incluso uno de los niños, que corría de un lado a otro durante toda la parte de «recontar el amor», ahora está quieto, mirando fijamente hacia el escenario. Algunos de los presentes tienen los ojos cerrados, otros contemplan el suelo, o un punto fijo, invisible, como había visto hacer a Mikhail.

Cuando deja de cantar, empiezan los instrumentos de percu­sión –el plato de metal con adornos y el atabaque–, con un rit­mo muy semejante al que estaba acostumbrado a ver en las ce­remonias de religiones venidas de África.

Las figuras vestidas de blanco giran sobre sí mismas, y el pú­blico en aquel lugar lleno de gente abre espacio para que las fal­das tracen movimientos en el aire. Los instrumentos aceleran el ritmo, los cuatro giran cada vez más de prisa, dejando escapar sonidos que no forman parte de ninguna lengua conocida, como si estuviesen hablando directamente con ángeles o con la «Se­ñora», como se ha dicho.

Mi vecino se ha levantado, y también ha empezado a danzar y a murmurar frases incomprensibles. Otras diez u once perso­nas del público hacen lo mismo, mientras el resto asisten con una mezcla de reverencia y admiración.

No sé cuánto tiempo duró aquella danza, pero el sonido de los instrumentos parecía seguir los latidos de mi corazón, y tuve un inmenso deseo de entregarme, de decir cosas extrañas, de mover mi cuerpo; fue precisa una mezcla de autocontrol y de sentido del ridículo para no ponerme a girar como un loco sobre mí mismo. Sin embargo, como nunca antes, la figura de Esther, mi Zahir, parecía estar ante mí, sonriendo, pidiéndome que ala­base a la «Señora».

Yo luchaba por no entrar en aquel ritual que no conocía, para que todo acabase pronto. Procuraba concentrarme en mi objetivo de aquella noche –hablar con Mikhail, hacer que me llevase hasta mi Zahir–, pero sentí que era imposible seguir in­móvil. Me levanté de la silla, y cuando ensayaba, con cuidado y timidez, los primeros pasos, la música cesó abruptamente.

En el salón iluminado sólo por las velas, todo lo que podía oír era la respiración cansada de los que habían danzado. Poco a poco, el sonido de la respiración fue disminuyendo, las luces volvieron a encenderse, y todo parecía haber vuelto a la norma­lidad. Pude ver que los vasos se llenaban de nuevo de cerveza, vino, agua y refrescos. Los niños volvieron a correr y a hablar en alto, y en seguida estaban todos charlando, como si nada, abso­lutamente nada hubiese sucedido.

–Es hora de terminar la reunión –dijo la chica que había en­cendido las velas–. Alma tiene la historia final.

Alma era la mujer que tocaba el plato de metal. Habló con el acento de alguien que ha vivido en Oriente.

–El maestro tenía un búfalo. Los cuernos separados le ha­cían pensar que, si era capaz de sentarse entre ellos, sería lo mismo que estar en un trono. Cierto día, cuando el animal esta­ba distraído, él se acercó e hizo lo que soñaba. Al mismo tiem­po, el búfalo se levantó y lo lanzó lejos.

»Su mujer, al verlo, empezó a llorar.

»–No llores –le dijo el maestro en cuanto consiguió recupe­rarse–. He sufrido, pero también he realizado mi deseo.

La gente empezó a salir. Le pregunté a mi vecino qué había sentido.

–Ya sabe. Lo escribe usted en sus libros.

Yo no lo sabía, pero tenía que fingir.

–Puede que lo sepa, pero quiero asegurarme.

Él me miró como si yo no lo supiese, y por primera vez empezó a dudar de si realmente yo era el escritor que creía co­nocer.

–He estado en contacto con la energía del Universo –res­pondió–. Dios ha pasado por mi alma.

Y salió, para no tener que explicar lo que estaba diciendo.

En la sala desierta quedaron sólo los cuatro actores, los dos músicos y yo. Las mujeres se fueron al baño del restaurante, po­siblemente a cambiarse de ropa. Los hombres se quitaron las vestimentas blancas allí mismo en la sala y se pusieron sus ropas de calle. Después, empezaron a guardar los candelabros y los instrumentos en dos maletas grandes.

El señor mayor, que había tocado el atabaque durante la ce­remonia, empezó a contar el dinero y lo dividió en seis partes iguales. Creo que hasta ese instante Mikhail no había notado mi presencia.

–Esperaba verte por aquí.

–E imagino que sabes la razón.

–Después de permitir que la energía pase por mi cuerpo, sé la razón de todo. Sé la razón del amor y de la guerra. Sé la ra­zón por la que un hombre busca a la mujer que ama.

Sentí que otra vez caminaba por el filo de una navaja. Si él sabía que estaba allí por culpa de mi Zahir, sabía también que eso era una amenaza para su relación.

–¿Podemos hablar como dos hombres de honor que luchan por algo que merece la pena?

Mikhail pareció vacilar. Yo seguí:

–Sé que voy a salir herido, como el maestro que quiso sen­tarse entre los cuernos del toro, pero creo que me lo merezco. Lo merezco por el dolor que he causado, aunque inconsciente­mente. No creo que Esther me hubiera dejado si hubiese respe­tado su amor.

–No entiendes nada –dijo Mikhail.

Aquella frase me irritó. ¿Cómo un chico de veinticinco años podía decirle a un hombre que ha vivido y sufrido, que está cur­tido por la vida, que no entendía nada? Pero debía controlarme, humillarme, hacer lo que fuera preciso: no podía seguir convi­viendo con fantasmas, no podía dejar que mi universo entero si­guiera dominado por el Zahir.

–Puede ser que realmente no lo entienda: justamente para eso estoy aquí. Para entender. Para liberarme a través de la com­prensión de lo que sucedió.

–Lo entendías todo muy bien, y de repente dejaste de enten­der; por lo menos fue eso lo que Esther me contó. Como todos los maridos, llega un momento en el que se considera a la espo­sa como parte de los muebles y utensilios de la casa.

Mi tentación era decir: «Entonces, me gustaría que me lo contase ella. Que me diese la oportunidad de corregir mis erro­res, y que no me dejase por un chico de veintipocos años que pronto se comportará de la misma manera que yo.» Pero salió una frase más cuidadosa de mi boca:

–No creo que sea así. Leíste mi libro, fuiste a mi tarde de au­tógrafos porque sabes lo que siento, y querías tranquilizarme. Mi corazón todavía está hecho pedazos. ¿Has oído hablar del Zahir?

–He sido educado en la religión islámica. Conozco la idea del Zahir.

–Pues Esther ocupa todo el espacio de mi vida. Creí que, al escribir lo que sentía, me libraría de su presencia. Hoy la amo de manera más silenciosa, pero no puedo pensar en otra cosa. Y te pido un favor: haré lo que desees, pero necesito que me expli­ques por qué desapareció de esa manera. Como tú mismo has dicho, no entiendo nada.

Era duro estar allí implorándole al amante de mi mujer que me ayudase a comprender qué había pasado. Si Mikhail no hu­biese aparecido la tarde de autógrafos, tal vez aquel momento en la catedral de Vitoria, donde acepté mi amor y escribí Tiempo de romper, tiempo de coser, habría sido suficiente. El destino, sin embargo, tenía otros planes, y la simple posibilidad de poder ver a mi mujer una vez más volvía a desequilibrarlo todo.

–Vamos a comer –dijo Mikhail, después de un rato–. No entiendes nada. Pero la energía divina, que hoy ha atravesado mi cuerpo, es generosa contigo.
Quedamos en vernos al día siguiente. En el camino de vuel­ta, recordé una conversación con Esther, ocurrida tres meses antes de su desaparición.

Una conversación sobre la energía que atravesaba el cuerpo.
Realmente sus ojos son diferentes. Tienen miedo a la muerte, sí, pero por encima del miedo a la muerte, está la idea del sacri­ficio. Sus vidas tienen un sentido, porque están dispuestos a ofrecerlas por una causa.

¿Hablas de los soldados?

Hablo de los soldados y hablo de algo que me resulta terri­ble aceptar, pero ante lo que no puedo fingir. La guerra es un rito; un rito de sangre, pero también un rito de amor.

Has perdido el juicio.

Tal vez. He conocido a otros corresponsales de guerra. Van de un país a otro, como si la rutina de la muerte formase parte de sus vidas. No tienen miedo de nada, se enfrentan al peligro igual que un soldado. ¿Todo por una noticia? No creo. Ya no pueden vivir sin el peligro, la aventura, la adrenalina en la san­gre. Uno de ellos, casado y con tres hijos, me ha dicho que el lu­gar en el que mejor se siente es en el campo de batalla. Aunque adora a su familia... habla todo el tiempo sobre su mujer y los niños.

Es realmente imposible de entender. Esther, no quiero in­terferir en tu vida, pero creo que esta experiencia acabará ha­ciéndote daño.

Lo que me va a hacer daño es vivir una vida sin sentido. En la guerra, todo el mundo sabe que está experimentando algo importante.

¿Un momento histórico?

No, eso no es suficiente para que arriesguen su vida. Experimentando... la verdadera esencia del hombre.

La guerra.

No, el amor.

Te estás volviendo como ellos.

Creo que sí.

Dile a tu agencia de noticias que ya basta.

No puedo. Es como una droga. Si estoy en el campo de ba­talla, mi vida tiene un sentido. Paso días sin ducharme, me ali­mento de las raciones de los soldados, duermo tres horas todas las noches, me despierto con ruido de tiros, sé que en cualquier momento alguien puede lanzar una granada en el sitio en el que estamos, y eso me hace... vivir, ¿entiendes? Vivir, amar cada mi­nuto, cada segundo. No hay lugar para la tristeza, para las du­das, para nada: sólo siento un gran amor por la vida. ¿Me estás prestando atención?

Totalmente.

Es como si... una luz divina... estuviese allí, en medio de los combates, en medio de lo peor que hay. Tienes miedo antes y después, pero no en el momento en el que se disparan los tiros. Porque, en ese momento, ves al hombre al límite: capaz de los gestos más heroicos y más inhumanos. Salen bajo una lluvia de balas para rescatar a un compañero, y al mismo tiempo disparan sobre todo lo que se mueve: niños, mujeres...; el que esté en la lí­nea de fuego va a morir. Gente que siempre ha sido honesta en sus pequeñas ciudades del interior, donde nada sucede, invaden museos, destruyen piezas que han resistido siglos y roban cosas que no necesitan. Sacan fotos de atrocidades que ellos mismos cometen, y se enorgullecen de ello, en vez de intentar esconder­lo. Es un mundo loco.

«Gente que siempre ha sido desleal, traidora, siente una especie de camaradería y complicidad, y allí son incapaces de un gesto equivocado. O sea, todo funciona exactamente al revés.

¿Te ha ayudado a responder a la pregunta que Hans le hizo a Fritz en un bar de Tokio, en aquella historia que me con­taste?

Sí. La respuesta está en una frase del jesuíta Teilhard de Chardin, el mismo que dijo que nuestro mundo estaba envuelto por una capa de amor: «Ya dominamos la energía del viento, de los mares, del sol. Pero el día que el hombre sepa dominar la energía del amor será algo tan importante como el descubri­miento del fuego.»

¿Y aprendiste eso sólo porque has ido al frente de batalla?

No lo sé. Pero he visto que en la guerra, por más paradóji­co que sea, la gente es feliz. El mundo, para ellos, tiene un senti­do. Como he dicho antes, el poder total, o el sacrificio por una causa, da un significado a sus vidas. Son capaces de amar sin lí­mite porque ya no tienen nada que perder. Un soldado herido de muerte nunca le pide al equipo médico: «¡Por favor, sálven­me!» Generalmente sus últimas palabras son: «Decidles a mi hijo y a mi mujer que los quiero.» ¡En el momento de desespera­ción hablan de amor!

O sea que, en tu opinión, el ser humano sólo encuentra sentido a la vida cuando está en una guerra.

Pero siempre estamos en guerra. Estamos siempre en lucha con la muerte, y sabemos que al final va a ganar la muerte. En los conflictos armados eso es más visible, pero en la vida diaria sucede lo mismo. No podemos permitirnos el lujo de ser infeli­ces todo el tiempo.

¿Qué quieres que haga?

Necesito ayuda. Y ayuda no es decir: «Ve y pide la dimi­sión», porque eso me haría estar más confusa que antes. Tene­mos que descubrir una manera de canalizarlo, dejar que la ener­gía de este amor puro, absoluto, pase por nuestro cuerpo y se expanda a nuestro alrededor. La única persona que me ha en­tendido hasta ahora fue un intérprete que dice que ha tenido re­velaciones respecto a esta energía, pero me parece que está un poco fuera de la realidad.

¿Acaso hablas del amor de Dios?

Si una persona es capaz de amar a su compañero sin res­tricciones, sin condiciones, está manifestando el amor de Dios. Si manifiesta el amor de Dios, amará a su prójimo. Si ama a su prójimo, se amará a sí mismo. Si se ama a sí mismo, las cosas vuelven a su lugar. La historia cambia.

»La historia jamás cambiará por culpa de la política, o de las conquistas, o de las teorías, o de las guerras; todo eso es sim­plemente repetición, es algo que vemos desde el inicio de los tiempos. La historia cambiará cuando podamos usar la energía del amor, igual que usamos la energía del viento, de los mares, del átomo...

¿Crees que nosotros dos podemos salvar el mundo?

Creo que hay más gente que piensa de la misma manera. ¿Me ayudas?

Claro, siempre que me digas qué debo hacer.

¡Pero eso es justamente lo que no sé!
La simpática pizzería que frecuentaba desde mi primer viaje a París ahora formaba parte de mi historia: la última vez que ha­bía estado allí había sido para celebrar la medalla de oficial de las Artes y de las Letras que me había otorgado el Ministerio de Cultura (aunque mucha gente creyese que un restaurante más caro y más elegante sería el lugar ideal para conmemorar un acontecimiento tan importante). Pero Roberto, el dueño del lo­cal, era una especie de fetiche para mí; siempre que iba a su res­taurante, algo bueno sucedía en mi vida.

–Podría empezar hablando de cosas amenas, como la reper­cusión de Tiempo de romper, tiempo de coser, o de mis emocio­nes contradictorias durante tu obra de teatro.

–No es una obra de teatro, es una reunión –corrigió él–. Contamos historias, y danzamos para la energía del amor.

–Podría hablar de cualquier cosa para hacer que te sientas más cómodo. Pero ambos sabemos por qué estamos aquí sen­tados.

–Estamos aquí a causa de tu mujer –dijo un Mikhail que ex­hibía el aire desafiante de los jóvenes de su edad y que en nada se parecía al chico tímido de la tarde de autógrafos, ni al líder espiritual de aquella «reunión».

–Te has equivocado en la expresión: ella es mi ex mujer. Y me gustaría pedirte un favor: que me lleves hasta ella. Que ella me diga, mirándome a los ojos, la razón por la que se fue. Sólo entonces me libraré de mi Zahir. En caso contrario, pensaré día y noche, noche y día, recordando nuestra historia cientos, miles de veces. Intentando descubrir el momento en el que me equi­voqué y nuestros caminos empezaron a distanciarse.

Él rió.

–Una idea genial, la de recordar la historia; es así como cambian las cosas.

–Perfecto, pero prefiero dejar las discusiones filosóficas de lado. Sé que, como todos los jóvenes, tienes en tus manos la fór­mula exacta para corregir el mundo. Como todos los jóvenes, llegará un día en el que tendrás mi edad, y verás que no es tan fácil cambiar las cosas. Mientras, sería inútil seguir hablando de eso ahora. ¿Me puedes hacer el favor que te estoy pidiendo?

–Antes quiero preguntarte algo: ¿ella se despidió?

–No.

–¿Te dijo que se marchaba?

–No lo dijo. Ya lo sabes.

–¿Crees que, siendo Esther quien es, sería capaz de dejar a un hombre con el que ha vivido más de diez años sin antes en­frentarse a él y explicarle sus razones?

–Pues es justamente eso lo que más me incordia. Pero ¿qué quieres decir?

La conversación fue interrumpida por Roberto, que deseaba saber qué íbamos a comer. Mikhail quería una pizza napolitana, y yo le sugerí que escogiese por mí; no era el momento de dejar­me corroer por la duda de lo que debía pedir para comer. Lo único realmente urgente era que trajese, lo más rápido posible, una botella de vino tinto. Roberto preguntó la marca, yo refun­fuñé cualquier cosa, y él entendió que debía permanecer aparta­do, no volver a preguntarme nada más durante la comida y to­mar las decisiones necesarias, permitiéndome concentrarme en la conversación con el joven que estaba conmigo.
El vino llegó al cabo de treinta segundos. Llené nuestros vasos.

–¿Qué está haciendo?

–¿Realmente quieres saberlo?

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