Traducción de Ana Belén Costas






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Kazajstán?

–¿Dónde está Kazajstán? –pregunta el representante de ventas.

Bienaventurados los que no tienen miedo de esconder aque­llo que no saben.

–Ya me esperaba esa pregunta –ahora los ojos de Mikhail muestran una cierta alegría–. Siempre que digo que nací allí, diez minutos después están diciendo que soy de Pakistán o de Afganistán. Mi país queda en Asia Central. Son sólo catorce mi­llones de habitantes en una superficie muchas veces mayor que Francia, con sus sesenta millones.

–O sea, un lugar en el que nadie protesta por la falta de es­pacio –comenta mi editor, riendo.

–Un lugar en el que, durante el siglo XX, nadie tenía derecho a quejarse por nada, aunque quisiese. Primero, cuando el régi­men comunista acabó con la propiedad privada, el ganado que­dó abandonado en las estepas y el 48,8 % de los habitantes mu­rieron de hambre. ¿Entienden? Casi la mitad de la población de mi país murió de hambre entre 1932 y 1933.

El silencio se hace en la mesa. Como las tragedias entorpecen la celebración, uno de los presentes decide cambiar de tema. Sin embargo, yo insisto en que el «lector» siga hablando de su país.

–¿Cómo es la estepa? –pregunto.

–Gigantescas planicies casi sin vegetación, ya debe de saber­lo usted.

Ya lo sé, pero era mi turno de preguntar algo, mantener la conversación.

–He recordado algo sobre Kazajstán –dice mi editor–. Hace algún tiempo, recibí un manuscrito de algún escritor que vive allí, en el que describía las pruebas atómicas que se han realiza­do en la estepa.

–Nuestro país tiene sangre en su tierra y en su alma. Cambió lo que no debería haber cambiado, y pagaremos el precio duran­te muchas generaciones. Fuimos capaces de hacer que un mar entero desapareciese.

Es el turno de Marie:

–Nadie hace desaparecer un mar.

–Tengo veinticinco años, y sólo se tardó este tiempo, una simple generación, para que el agua que estaba allí hacía miles de años se convirtiera en polvo. Los gobernantes del régimen comunista decidieron cambiar el curso de dos ríos, Amú Dariá y Syr Dariá, de modo que pudiesen irrigar algunas plantaciones de algodón. No consiguieron su objetivo, pero era demasiado tarde: el mar dejó de existir y la tierra cultivada se transformó en desierto.

»La falta de agua afectó por completo al clima local. Hoy en día, gigantescas tempestades de arena esparcen ciento cincuenta mil toneladas de sal y de arena todos los años. Cincuenta millones de personas de cinco países se vieron afectadas por la decisión irresponsable –pero irreversible– de los burócratas soviéticos.

»La poca agua que quedó está contaminada y es foco de todo tipo de enfermedades.

Anoto mentalmente lo que dice. Podría ser útil para alguna de mis conferencias. Mikhail continúa en su tono que nada tie­ne de ecológico, sino de trágico.

–Cuenta mi abuelo que el mar de Aral antiguamente se lla­maba mar Azul, por el color de su agua. Hoy ya no está allí, pero aun así la gente no quiere dejar sus casas y mudarse a otro sitio: todavía sueñan con las olas, los peces, todavía guardan sus cañas de pescar, y charlan sobre barcos y cebos.

–Pero las explosiones atómicas, ¿son de verdad? –insiste mi editor.

–Pienso que todos los que han nacido en mi país saben lo que sintió su tierra, porque todo kazaco lleva la tierra en la san­gre. Durante cuarenta años, las planicies fueron sacudidas por bombas nucleares o termo–nucleares, con un total de 456 hasta 1989. De estas explosiones, 116 se hicieron en espacio abierto, sumando una potencia dos mil quinientas veces mayor que la que fue lanzada en la ciudad japonesa de Hiroshima durante la segunda guerra mundial. El resultado es que miles de personas se contagiaron de radiactividad, contrajeron cáncer de pulmón, mientras nacían otros miles de niños con deficiencias motoras, ausencia de miembros o problemas mentales.

Mikhail mira el reloj.

–Si me permiten, tengo que irme.

La mitad de la mesa se lamenta, la conversación se estaba poniendo interesante. La otra mitad se alegra: es absurdo hablar de cosas tan trágicas en una noche tan alegre.

Mikhail se despide de todos haciendo un gesto con la cabeza y me abraza. No porque sienta un afecto especial por mí, sino para poder susurrarme:

–Como le he dicho antes, ella está bien. No se preocupe.
–¡No se preocupe, me ha dicho! ¿Por qué iba a estar preocupa­do, por una mujer que me ha abandonado, que hizo que me in­terrogase la policía, que saliese en la primera página de los pe­riódicos y las revistas sensacionalistas, que sufriese días y noches, que casi perdiese a mis amigos y...?

–Y escribir Tiempo de romper, tiempo de coser. Por favor, somos adultos, con experiencia, no nos engañemos: claro que te gustaría saber cómo está.

»Y voy más lejos todavía: quieres verla.

–Si lo sabes, ¿por qué has facilitado mi encuentro con él? Ahora tengo una pista: se presenta todos los jueves en ese res­taurante armenio.

–Muy bien. Sigue adelante.

–¿No me amas?

–Más que ayer y menos que mañana, como dice una de esas postales que se compran en las papelerías. Sí, te amo. En ver­dad, estoy perdidamente enamorada de ti, empiezo a pensar en cambiar y venir a vivir aquí, a este enorme y solitario aparta­mento, y siempre que toco el tema, el que cambia eres tú... de asunto. Aun así, olvido mi amor propio e insinúo lo importante que sería que viviésemos juntos, escucho que todavía es pronto para eso, pienso que tal vez sientas que puedes perderme como perdiste a Esther o que todavía esperas su regreso, o que te verás privado de tu libertad, tienes miedo de quedarte solo, y tienes miedo de estar acompañado; en fin, una completa locura, esta relación nuestra. Pero ya que me lo has preguntado, ésta es la respuesta: te quiero mucho.

–Entonces, ¿por qué has hecho eso?

–Por que no puedo vivir eternamente con el fantasma de la mujer que se marchó sin explicaciones. He leído tu libro. Creo que, hasta que la encuentres, hasta que resuelvas este asunto, tu corazón no podrá ser realmente mío.

»Fue eso lo que pasó con mi vecino: lo tenía lo suficiente­mente cerca para ver que fue cobarde con nuestra relación, que jamás asumió lo que él tanto deseaba, pero que creía demasiado peligroso tener. Has dicho muchas veces que la libertad absoluta no existe; lo que existe es la libertad de escoger cualquier cosa, y a partir de ahí comprometerse con esa decisión. Cuanto más cerca estaba de mi vecino, más te admiraba a ti: un hombre que aceptó seguir amando a una mujer que lo abandonó, que ya no quiere saber nada de él. No sólo lo aceptaste, sino que decidiste hacerlo público. Éste es un párrafo de tu libro que me sé de me­moria: «Cuando no tuve nada que perder, lo recibí todo. Cuan­do dejé de ser quien era, me encontré a mí mismo. Cuando co­nocí la humillación y aun así seguí caminando, entendí que era libre para escoger mi destino. No sé si estoy loco, si mi matrimo­nio fue un sueño que no conseguí entender mientras duró. Sé que puedo vivir sin ella, pero me gustaría volver a verla para de­cirle lo que nunca le dije mientras estábamos juntos: te amo más que a mí mismo. Si pudiera decirle eso, entonces podría seguir adelante, en paz, porque este amor me ha redimido.»

–Mikhail me ha dicho que Esther debe de haberlo leído. Es suficiente.

–Aun así, para poder tenerte, es preciso que la encuentres y se lo digas cara a cara. Tal vez sea imposible, puede que ella no quiera volver a verte, pero lo habrás intentado. Yo me libraré de la «mujer ideal», y tú ya no tendrás la presencia absoluta del Zahir, como tú lo llamas.

–Tienes valor.

–No, tengo miedo. Pero no tengo elección.

A la mañana siguiente, me juré a mí mismo que no iba a intentar saber el paradero de Esther. Inconscientemente, durante dos años preferí creer que se había visto forzada a marcharse, secues­trada o chantajeada por un grupo terrorista. Pero ahora que sa­bía que estaba viva, pasándolo muy bien –como me había dicho aquel chico–, ¿por qué insistir en volver a verla? Mi ex mujer te­nía derecho a buscar la felicidad, y yo debía respetar su decisión. Este pensamiento duró poco más de cuatro horas: al final de la tarde, fui hasta una iglesia, encendí una vela, y de nuevo hice una promesa, esta vez de manera sagrada, ritual: intentar en­contrarla. Marie tenía razón, ya era lo suficientemente adulto como para seguir engañándome, fingiendo que no me importa­ba. Yo respetaba su decisión de marcharse, pero la misma perso­na que tanto me había ayudado a construir mi vida casi me ha­bía destruido. Siempre había sido valiente: ¿por qué esta vez había huido como un ladrón en medio de la noche, sin mirar a su marido a los ojos y explicarle la razón? Éramos lo suficiente­mente adultos para actuar de un determinado modo y aguantar las consecuencias de nuestros actos: el comportamiento de mi mujer –corrijo: ex mujer– no era propio de ella, yo necesitaba saber por qué.
Todavía faltaba una semana –una eternidad– para la obra de teatro. En los días que siguieron, acepté dar entrevistas que no había aceptado

nunca, escribí varios artículos para el perió­dico, hice yoga, meditación, leí un libro sobre un pintor ruso, otro sobre un crimen en el Nepal, escribí dos prefacios e hice cuatro recomendaciones de libros a editores que siempre me lo pedían, y a lo que yo siempre me negaba.

Aun así, todavía quedaba mucho tiempo, y aproveché para pagar algunas cuentas del Banco de Favores, aceptando invita­ciones para cenar, rápidas conferencias en colegios en los que estudiaban hijos de amigos, visita a un club de golf, autógrafos improvisados en la librería de un amigo en la avenida de Suffren (cuya divulgación se hizo con un cartel en el escaparate durante tres días, y que consiguió reunir como máximo a veinte perso­nas). Mi secretaria dijo que debía de estar muy contento, ya que hacía tiempo que no me veía tan activo: le respondí que tener el libro en la lista de los más vendidos me estimulaba para trabajar aún más.

Sólo hay dos cosas que no hice durante aquella semana: la primera fue seguir sin leer manuscritos; según mis abogados, ha­bía que devolverlos inmediatamente por correo, pues si tardaba corría el riesgo de que alguien dijese que me había aprovechado de una historia suya. (Nunca he entendido por qué la gente me enviaba manuscritos, después de todo, yo no soy editor.)

La segunda cosa que no hice fue buscar en el atlas dónde quedaba Kazajstán, aunque supiera que, para ganarme la con­fianza de Mikhail, necesitaría saber un poco más sobre sus orí­genes.
La gente espera pacientemente la apertura de la puerta que lle­va al salón, al fondo del restaurante. Nada del encanto de los bares de Saint–Germain des Prés, nada de café con un pequeño vaso de agua, gente bien vestida y bien hablada. Nada de la ele­gancia de las salas de las obras de teatro, nada de la magia de los espectáculos que se sucedían en toda la ciudad, en peque­ños bistrós, con artistas que siempre dan lo mejor de sí mismos, con la esperanza de que entre el público esté algún famoso em­presario que se identifique al final del show, afirme que son geniales y los invite a presentarse en algún importante centro cultural.

En verdad, no entiendo por qué el local está tan lleno: jamás he visto ninguna referencia en las revistas especializadas en en­tretenimiento y eventos artísticos de París.

Mientras espero, hablo con el dueño y descubro que está planeando usar todo el espacio de su restaurante dentro de poco.

–El público aumenta cada semana –dice–. Al principio, acepté porque me lo pidió una periodista, que a cambio me pro­metió publicar algo sobre mi restaurante en su revista. Acepté porque el salón rara vez se usa los jueves. Ahora, mientras espe­ran, aprovechan para cenar, y tal vez sea la mejor receta finan­ciera de la semana. Sólo tengo miedo de una cosa: que sea una secta. Como usted sabe, las leyes aquí son muy estrictas.

Sí, lo sabía, y hasta hubo quien insinuó que mis libros estaban ligados a una peligrosa corriente de pensamiento, a una confesión religiosa que no se ajustaba a los valores comúnmente aceptados. Francia, tan liberal con prácticamente todo, tenía una especie de paranoia respecto al tema. Recientemente se ha­bía publicado un extenso informe sobre el «lavado de cerebro» que ciertos grupos practicaban en la gente incauta. Como si la gente supiese escogerlo todo –colegio, universidad, pasta de dientes, coches, películas, maridos, mujeres, amantes–, pero, en materia de fe, se dejasen manipular fácilmente.

–¿Cómo se hace la divulgación? –pregunto.

–No tengo la menor idea. Si lo supiese, utilizaría a la misma persona para promocionar mi restaurante.

Y tan sólo para sacarlo de dudas, ya que no sabe quién soy:

–No se trata de ninguna secta, se lo puedo garantizar. Son artistas.

Se abre la puerta del salón, la multitud entra, después de de­jar cinco euros en una pequeña cesta en la entrada. Allí dentro, impasibles en el escenario improvisado, dos chicos y dos chicas, todos con faldas blancas, muy anchas y rígidas, forman una gran circunferencia alrededor del cuerpo. Además de los cuatro, veo también a un hombre de más edad, con un atabaque1 en las manos, y a una mujer, con un gigantesco plato de bronce lleno de adornos; cada vez que ella golpea sin querer su instrumento, oímos el sonido de una lluvia de metal.

Uno de los jóvenes es Mikhail, ahora completamente dife­rente del chico al que conocí en mi tarde de autógrafos: su mira­da, fija en un punto vacío del espacio, tiene un brillo especial.

La gente se va acomodando en las sillas esparcidas por la sala. Chicos y chicas vestidos de una manera que, si me los en­contrara por la calle, creería que pertenecen a un grupo engan­chado a las drogas duras. Ejecutivos o funcionarios de mediana edad, con sus esposas. Dos o tres niños de nueve o diez años, posiblemente con sus padres. Algunas personas mayores, que deben de haber hecho un gran esfuerzo por llegar hasta aquí, ya que la estación de metro más próxima se encuentra a casi cinco manzanas de distancia.

Beben, fuman, hablan en alto, como si la gente del escenario no existiese. Poco a poco, las conversaciones son cada vez más altas, se oyen muchas carcajadas, el ambiente es de alegría y de fiesta. ¿Secta? Sólo si es una asociación de fumadores. Miro an­siosamente de un lado a otro, creo ver a Esther en todas las mu­jeres que están allí, pero siempre que me acerco se trata de otra persona, a veces sin ninguna semejanza física con mi esposa (¿por qué no me acostumbro a decir «mi ex mujer»?).

Le pregunto a una mujer bien vestida qué es eso. Ella parece impaciente por responder; me mira como si fuese un principian­te, como a una persona que necesita ser educada en los miste­rios de la vida.

–Historias de amor –dice ella–. Historias y energía.

Historias y energía. Mejor no insistir, aunque la mujer tenga un aspecto absolutamente normal. Pienso en preguntarle a otra persona, pero finalmente decido que es mejor permanecer calla­do; dentro de poco lo descubriré por mí mismo. Un señor a mi lado me mira y sonríe:

–He leído sus libros. Y claro, sé por qué razón está aquí.

Me asusto: ¿acaso él conoce la relación entre Mikhail y mi esposa –tengo que corregirme otra vez–, la relación entre Mi­khail y mi ex esposa?

–Un autor como usted conoce a los tengri. Tienen una rela­ción directa con lo que usted llama «guerreros de la luz».

–Claro –respondo, aliviado.

Y pienso: nunca he oído hablar de eso.
Veinte minutos después, cuando el aire de la sala es casi irrespirable a causa del humo de los cigarrillos, se oye el ruido del plato de metal con adornos en sus bordes. Las conversacio­nes cesan como por arte de magia, el ambiente de completa anarquía parece ganar una aura religiosa: tanto el escenario como el público están en silencio, el único ruido que se oye pro­cede del restaurante de al lado.

Mikhail, que parece estar en trance, y sigue con la vista fija en un punto invisible, empieza:

–Dice el mito mongol de la creación del mundo:

Apareció un perro salvaje que era azul y gris, cuyo destino era impuesto por el cielo. Su mujer era una corza.

Su voz es otra, más femenina, más segura.

–Así empieza otra historia de amor. El perro salvaje con su valor, su fuerza, la corza con su dulzura, su intuición y su ele­gancia. El cazador y la presa se encuentran, y se aman. Confor­me a las leyes de la naturaleza, uno debería destruir al otro, pero en el amor no hay bien ni mal, no hay construcción ni destruc­ción, hay movimientos. Y el amor cambia las leyes de la natu­raleza.

Ella hace un gesto con la mano y los cuatro giran sobre sí mismos.

–En las estepas de donde vengo, el perro salvaje es un ani­mal femenino. Sensible, capaz de cazar porque ha desarrollado su instinto, pero al mismo tiempo, tímido. No usa la fuerza bru­ta, usa la estrategia. Valiente y cauteloso, rápido. En un segundo cambia de un estado de relajación total a la tensión de saltar so­bre su objetivo.
¿Y la corza?, pienso, ya que estoy acostumbrado a escribir historias. Mikhail también está acostumbrado a contarlas, y res­ponde a la pregunta que estaba en el aire:

–La corza tiene los atributos masculinos: velocidad, conoci­miento de la tierra. Ambos viajan en sus mundos simbólicos, dos imposibilidades que se encuentran, y superando sus naturalezas y sus barreras hacen que el mundo también sea posible. Así es el mito mongol: de las naturalezas diferentes, nace el amor. En la contradicción, el amor gana fuerza. En la confrontación y en la transformación, el amor se preserva.

«Tenemos nuestra vida. Ha costado mucho que el mundo llegase hasta donde está. Nos organizamos de la mejor manera posible; no es la ideal, pero podemos convivir. Sin embargo, fal­ta algo, siempre falta algo, y es por eso por lo que estamos aquí reunidos esta noche: para que cada uno de nosotros ayude a los otros a pensar un poco en la razón de su existencia. Contando historias que no tienen sentido, buscando hechos que no enca­jan en la manera general de percibir la realidad, hasta que, tal vez en una o dos generaciones, podamos descubrir otro camino.

»Cuando el poeta italiano Dante escribió La Divina Come­dia, dijo: «El día en que el hombre permita que el verdadero amor surja, las cosas que están bien estructuradas se transfor­marán en confusión y harán que se tambalee todo aquello que creemos que es cierto, que es verdad.» El mundo será verdadero cuando el hombre sepa amar; hasta entonces, viviremos creyen­do que conocemos el amor, pero sin valor para afrontarlo tal y como es.

»El amor es una fuerza salvaje. Cuando intentamos contro­larlo, nos destruye. Cuando intentamos aprisionarlo, nos escla­viza. Cuando intentamos entenderlo, nos deja perdidos y con­fusos.

»Esta fuerza está en la Tierra para darnos alegría, para acercarnos a Dios y a nuestro prójimo: y aun así, de la manera que amamos hoy, tenemos una hora de angustia por cada hora de paz.
Mikhail hace una pausa. El extraño plato de metal suena otra vez.

–Como hacemos todos los jueves, no vamos a contar histo­rias de amor. Vamos a contar historias de desamor. Vamos a ver lo que está en la superficie, y entenderemos lo que está por de­bajo: la base de nuestras costumbres, nuestros valores. Cuando consigamos agujerear esa base, veremos que allí estamos noso­tros. ¿Quién empieza?

Varias personas levantan la mano. Él señala a una chica de apariencia árabe. Ella se gira hacia un hombre solo, al otro lado de la sala.

–¿Se ha quedado usted impotente con alguna mujer?

Todo el mundo ríe. El hombre, sin embargo, evita la respues­ta directa.

–¿Pregunta usted eso porque su novio es impotente?

Todo el mundo vuelve a reír. Mientras Mikhail hablaba, yo sospechaba que una nueva secta se estaba formando, pero ima­gino que en las reuniones de sectas nadie fuma, bebe, ni hace preguntas embarazosas sobre la actividad sexual del prójimo.

–No –responde la chica con voz firme–. Pero ya le ha pasado. Y sé que, si usted se hubiese tomado mi pregunta en se­rio, la respuesta sería «sí, ya me ha pasado». Todos los hombres, en todas las culturas y los países, independientemente del amor o de la atracción sexual, se han quedado impotentes, muchas ve­ces con la persona que más desean. Es normal.

Sí, es normal, y el que me había dado esa respuesta era un psiquiatra, cuando creía que tenía un problema.

La chica continúa:

–Sin embargo, la historia que nos han contado es la si­guiente: todos los hombres consiguen tener una erección siem­pre. Cuando no lo consiguen, creen que son incapaces, y las mujeres se convencen de que no son lo bastante atractivas como para atraerlos. Como el asunto es tabú, él no habla con sus amigos sobre eso. Le dice a su mujer la famosa frase: «Es la primera vez que me pasa.» Siente vergüenza de sí mismo, y la mayor parte de las veces se aleja de alguien con quien podría tener una excelente relación, si se hubiera dado una segunda, una tercera o una cuarta oportunidad. Si confiara más en el amor de sus amigos, si dijera la verdad, descubriría que no es el único. Si confiara más en el amor de su mujer, no se sentiría humillado.
Aplausos. Cigarrillos que se encienden otra vez, como si mu­cha de esta gente –mujeres y hombres– sintiese un gran alivio.

Mikhail señala a un señor con aire de ejecutivo
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