Traducción de Ana Belén Costas






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Las mil y una noches; allí está el símbolo de mi propio camino, algo que me ayuda a comprender quién soy y por qué he tardado tanto en to­mar la decisión que siempre ha estado esperándome. Uso dicho cuento como base para escribir sobre un pastor de ovejas que va en busca de su sueño, un tesoro escondido en las pirámides de Egipto. Hablo del amor que queda esperándolo, como Esther me había esperado mientras yo daba vueltas y más vueltas en la vida.

Ya no soy aquel que soñaba con ser algo: soy. Soy el pastor que atraviesa el desierto, pero ¿dónde está el alquimista que lo ayuda a seguir adelante? Cuando acabo la nueva novela, no en­tiendo muy bien lo que está allí escrito: parece un cuento de ha­das para adultos, pero a los adultos les interesan más las gue­rras, el sexo, las historias sobre poder. Aun así, el editor la acepta, el libro es publicado, y de nuevo los lectores lo llevan a la lista de los más vendidos.
Tres años después, mi matrimonio va de maravilla, hago lo que quiero, aparece la primera traducción, la segunda, y el éxito –lento, pero sólido– va llevando mi trabajo a todos los rincones del mundo.

Decido mudarme a París, por sus cafés, sus escritores, su vida cultural. Descubro que ya nada de eso existe: los cafés son lugares para turistas con fotos de las personas que se hicieron famosas. La mayoría de los escritores están más preocupados por el estilo que por el contenido, intentan ser originales, pero todo lo que consiguen es ser aburridos. Están encerrados en su mundo, y aprendo una expresión interesante de la lengua fran­cesa: «Reenviar el ascensor.» Esto significa: yo hablo bien de tu libro, tú hablas bien del mío, y creamos una nueva vida cultural, una revolución, un nuevo pensamiento filosófico, sufrimos por­que nadie nos entiende, pero al fin y al cabo eso ya sucedió con los genios del pasado, forma parte de un gran artista ser incomprendido en su tiempo.

«Reenvían el ascensor» y al principio consiguen algún resul­tado. La gente no quiere correr el riesgo de criticar abiertamente aquello que no entiende. Pero en seguida se da cuenta de que la están engañando, deja de creer en lo que dice la crítica.
Internet y su lenguaje simple llega para cambiar el mundo. Surge un mundo paralelo en París: los nuevos escritores se es­fuerzan para que sus palabras y sus almas sean entendidas. Me uno a esos nuevos escritores en cafés que nadie conoce porque ni ellos ni los cafés son famosos. Desarrollo mi estilo solo, y aprendo con un editor lo que tengo que aprender sobre la com­plicidad entre los hombres.
–¿Qué es el Banco de los Favores?

–Ya sabe. Todo ser humano vivo lo conoce.

–Puede ser, pero todavía no he conseguido entender qué es.

–Se menciona en un libro de un escritor americano. Es el banco más poderoso del mundo. Está presente en todas las áreas.

–Vengo de un país sin tradición literaria. No podría hacerle un favor a nadie.

–Eso no tiene la menor importancia. Puedo darle un ejem­plo: yo sé que usted es alguien que va a progresar, tendrá mucha influencia algún día. Lo sé porque ya he sido como usted, ambi­cioso, independiente, honesto. Hoy ya no tengo la energía que tenía antes, pero pretendo ayudarlo porque no puedo o no quie­ro quedarme quieto, no sueño con la jubilación, sueño con esta lucha interesante que es la vida, el poder, la gloria.

«Empiezo a hacer depósitos en su cuenta –estos depósitos no son en dinero, sino en contactos. Le presento a tal persona y a tal otra, facilito ciertas negociaciones, siempre que sean lícitas, claro está. Usted sabe que me debe algo, aunque yo jamás llegue a cobrar nada.

–Y un día...

–Exactamente. Un día, le pido algo. Usted puede decir que no, pero sabe que me lo debe. Hará lo que le pido, yo seguiré ayudándolo, los demás sabrán que es usted una persona leal, ha­rán depósitos en su cuenta; siempre contactos, porque este mundo está hecho de contactos, y nada más. También le pedirán algo algún día, usted respetará y apoyará a quien lo ayudó, al pasar el tiempo usted tendrá su red extendida por todo el mun­do, conocerá a todos los que tenga que conocer, y su influencia aumentará cada vez más.

–Pero puedo negarme a hacer lo que usted me pide.

–Claro. El Banco de Favores es una inversión de riesgo, como cualquier otro banco. Puede negarse a hacer el favor que le he pedido, creyendo que lo he ayudado porque se lo merece; es usted el mejor, todos nosotros tenemos la obligación de reco­nocer su talento. Bien, yo se lo agradezco, se lo pido a otra per­sona en cuya cuenta he hecho depósitos, pero a partir de ese momento todo el mundo sabe, sin necesidad de decir nada, que usted no merece confianza.

«Puede progresar hasta la mitad, pero no progresará todo lo que pretende. En un momento dado, su vida empezará a decli­nar, habrá llegado hasta la mitad, pero no hasta el final, está medio contento y medio triste, no es ni un hombre frustrado, ni un hombre realizado. No es frío ni caliente, es usted templado y, como dice algún evangelista en algún libro sagrado, las cosas templadas no afectan al paladar.
El editor hace muchos depósitos –contactos– en mi cuenta del Banco de Favores. Aprendo, sufro, los libros son traducidos al francés, y como manda la tradición del país, el extranjero es bien recibido. No sólo eso: ¡el extranjero tiene éxito! Diez años después tengo un apartamento con vistas al Sena, soy querido por los lectores, odiado por la crítica (que me adoraba hasta que vendí mis primeros cien mil ejemplares, pero a partir de ahí dejé de ser un «genio incomprendido»). Pago siempre al día los de­pósitos hechos y en seguida empiezo a hacer préstamos (contac­tos). Mi influencia aumenta. Aprendo a pedir, aprendo a hacer lo que los demás me piden.

Esther consigue permiso para trabajar como periodista. Aparte de los conflictos normales de cualquier matrimonio, es­toy contento. Me doy cuenta por primera vez de que todas mis frustraciones con los noviazgos y los matrimonios anteriores no tenían nada que ver con las mujeres que conocí, sino con mi propia amargura. Esther, sin embargo, fue la única que entendió algo muy simple: para poder conocerla a ella, primero tenía que conocerme a mí mismo. Estamos juntos desde hace ocho años, creo que ella es la mujer de mi vida, y aunque de vez en cuando (mejor dicho, con bastante frecuencia) acabe enamorándome de otras mujeres que se cruzan en mi camino, en ningún momento considero la posibilidad del divorcio. Nunca me pregunto si ella sabe de mis aventuras extraconyugales. Nunca dice ni hace nin­gún comentario al respecto.

Por eso me quedo absolutamente sorprendido cuando, al sa­lir de un cine, me dice que ha pedido permiso a la revista donde trabaja para hacer un reportaje sobre una guerra civil en África.

–¿Qué me estás diciendo?

–Que quiero ser corresponsal de guerra.

–Estás loca, no lo necesitas. Trabajas en lo que deseas. Ga­nas dinero, aunque no necesitas ese dinero para vivir. Tienes to­dos los contactos necesarios en el Banco de Favores. Tienes ta­lento y el respeto de tus colegas.

–Entonces, digamos que necesito estar sola.

–¿Es por mi culpa?

–Hemos construido nuestras vidas juntos. Amo a mi esposó y él me ama, aunque no sea el más fiel de los maridos.

–Es la primera vez que hablas de eso.

–Porque para mí no tiene importancia. ¿Qué es la fidelidad? ¿El sentimiento de que poseo un cuerpo y una alma que no son míos? Y tú, ¿crees que jamás me he ido a la cama con otro hombre en todos los años que llevamos juntos?

–No me interesa. No quiero saberlo.

–Pues yo tampoco.

–Entonces, ¿qué historia es esa de la guerra en un lugar perdido del mundo?

–Lo necesito. Ya te he dicho que lo necesito.

–¿No lo tienes todo?

–Tengo todo lo que una mujer puede desear.

–¿Qué hay de malo en tu vida?

–Justamente eso. Lo tengo todo, pero soy infeliz. No soy la única: a lo largo de todos estos años, he convivido o entrevista­do a todo tipo de personas: ricas, pobres, poderosas, resignadas. En todos los ojos que se han cruzado con los míos, vi una amar­gura infinita. Una tristeza que no siempre era aceptada, pero que estaba allí, independientemente de lo que me decían. ¿Me estás escuchando?

–Estoy escuchando. Estoy pensando. Según tu opinión, ¿na­die es feliz?

–Algunas personas parecen felices: simplemente no piensan en el tema. Otras hacen planes: voy a tener un marido, una casa, dos hijos, una casa en el campo. Mientras están ocupadas con eso son como toros en busca de torero: reaccionan instintiva­mente, siguen adelante sin saber dónde está el objetivo. Consi­guen su coche, a veces hasta un Ferrari, creen que el sentido de la vida está en eso y no se hacen jamás la pregunta. Pero a pesar de todo, sus ojos muestran una tristeza que ni ellas mismas sa­ben que llevan en el alma. ¿Tú eres feliz?

–No lo sé.

–No sé si todo el mundo es infeliz. Sé que están siempre ocupados: haciendo horas extras, cuidando a los hijos, al mari­do, la carrera profesional, el título, qué hacer mañana, qué hay que comprar, qué hay que tener para no sentirse inferior, etc. En fin, pocas personas me dijeron: «Soy infeliz.» La mayoría dice: «Estoy de maravilla, he conseguido todo lo que deseaba.» En­tonces les pregunto: «¿Qué lo hace feliz?» Respuesta: «Tengo todo lo que una persona podría soñar: familia, casa, trabajo, sa­lud.» Pregunto de nuevo: «¿Ya se ha parado a pensar si eso lo es todo en la vida?» Respuesta: «Sí, eso lo es todo.» Insisto: «Entonces, el sentido de la vida es el trabajo, la familia, los hijos que van a crecer y a dejarlo, la mujer o el marido que se conver­tirán más en amigos que en verdaderos amantes apasionados. Y el trabajo, que se acabará algún día. ¿Qué va a hacer cuando eso suceda?»

«Respuesta: no hay respuesta. Cambian de tema.

»En verdad, responden: «Cuando mis hijos crezcan, cuando mi marido, o mi mujer, sea más amigo que amante apasionado, cuando me jubile, tendré tiempo para hacer lo que siempre he soñado: viajar.

«Pregunta: «¿Pero no ha dicho que ya era feliz ahora? ¿No está haciendo lo que siempre ha soñado?» Ahí sí, dicen que es­tán muy ocupados y cambian de tema.

»Si yo insisto, siempre acaban descubriendo que les faltaba algo. El dueño de empresa todavía no ha cerrado el negocio con el que soñaba, al ama de casa le gustaría tener más independen­cia o más dinero, el chico enamorado tiene miedo de perder a su novia, el recién licenciado se pregunta si escogió él la carrera o si la eligieron por él, el dentista quería ser cantante, el cantan­te quería ser político, el político quería ser escritor, el escritor quería ser campesino. E incluso cuando encuentro a alguien que hace lo que ha escogido, esa persona tiene el alma atormentada. No ha encontrado la paz. Por cierto, me gustaría insistir: ¿eres feliz?

–No. Tengo a la mujer que amo. La profesión que siempre he soñado. La libertad que todos mis amigos envidian. Los via­jes, los homenajes, los elogios. Pero hay algo...

–¿El qué?

–Creo que, si paro, la vida pierde el sentido.

–Podrías relajarte, ver París, cogerme de la mano y decir: he conseguido lo que quería, ahora vamos a aprovechar la vida que nos queda.

–Puedo ver París, puedo cogerte de la mano, pero no puedo decir esas palabras.

–En esta calle por la que estamos caminando ahora, puedo apostar que todo el mundo está sintiendo lo mismo. La mujer elegante que acaba de pasar se pasa los días intentando parar el tiempo, controlando la balanza, porque cree que de eso depende el amor. Mira hacia el otro lado de la calle: una pareja con dos niños. Viven momentos de intensa felicidad cuando salen a pa­sear con sus hijos, pero al mismo tiempo el subconsciente no deja de aterrorizarlos: piensan que pueden quedarse sin empleo, que puede surgir una enfermedad, que el seguro médico no cumpla las promesas, que uno de los niños sea atropellado. Mientras intentan distraerse, buscan también una manera de li­brarse de las tragedias, de protegerse del mundo.

–¿Y el mendigo de la esquina?

–Ése, no sé; nunca he hablado con ninguno. Él es el retrato de la infelicidad, pero sus ojos, como los ojos de cualquier men­digo, parecen estar disimulando algo. En ellos la tristeza es tan visible que no acabo de creérmela.

–¿Qué es lo que falta?

–No tengo la menor idea. Veo las revistas de famosos: todo el mundo ríe, todo el mundo está contento. Pero como estoy ca­sada con un famoso, sé que no es así: todo el mundo se ríe o se divierte en ese momento, en esa foto, pero de noche o por la mañana, la historia siempre es otra. «¿Qué voy a hacer para se­guir saliendo en la revista?» «¿Cómo disimular que ya no tengo el dinero suficiente para mantener el lujo?» «¿Cómo adminis­trarme para tener más lujo, para que destaque más que el de los demás?» «¡La actriz con la que estoy en esta foto riendo, de fiesta, mañana podría robarme el papel!» «¿Estaré mejor vestida que ella?» «¿Por qué sonreímos si nos detestamos?» «¿Por qué vendemos felicidad a los lectores de la revista si somos profun­damente infelices, esclavos de la fama?»

–No somos esclavos de la fama.

–Deja de ser paranoico, no estoy hablando de nosotros.

–¿Qué es lo que crees que pasa?

–Hace años leí un libro que contaba una historia interesan­te. Supongamos que Hitler hubiese ganado la guerra, liquidado a todos los judíos del mundo y convencido a su pueblo de que realmente existe una raza superior. Los libros de historia empie­zan a cambiar, y cien años después, sus sucesores consiguen acabar con los indios. Trescientos años más, y los negros son completamente diezmados. Tarda quinientos años, pero final­mente la poderosa máquina de guerra consigue eliminar de la faz de la Tierra a la raza oriental. Los libros de historia hablan de remotas batallas contra bárbaros, pero nadie lee con aten­ción porque no tiene la menor importancia. Entonces, dos mil años después del nacimiento del nazismo, en un bar de Tokio –habitada hace casi cinco siglos por gente alta y de ojos azules–, Hans y Fritz toman una cerveza. En un momento dado, Hans mira a Fritz y le pregunta:

»–Fritz, ¿tú crees que todo ha sido siempre así?

»–¿Así cómo? –quiere saber Fritz.

»–El mundo.

»–Claro que el mundo siempre ha sido así, ¿no es eso lo que hemos aprendido?

»–Sí, claro, no sé por qué he hecho esta pregunta idiota –dice Hans. Terminan su cerveza, hablan de otras cosas y olvi­dan el tema.

–No es necesario ir tan lejos en el futuro, basta con retroce­der dos mil años al pasado. ¿Podría llegar a gustarte una guillo­tina, una horca o una silla eléctrica?

–Ya sé adonde quieres llegar: al peor de todos los suplicios humanos, la cruz. Recuerdo haber leído en Cicerón que era un «castigo abominable», que provocaba sufrimientos horribles an­tes de que llegase la muerte. Y, sin embargo, hoy en día la gente la lleva en el pecho, la cuelga en la pared de la habitación, la identifica con un símbolo religioso; han olvidado que es un ins­trumento de tortura.

–O también: pasaron dos siglos y medio antes de que al­guien decidiese que era preciso acabar con las fiestas paganas que se celebraban en el solsticio de invierno, fecha en la que el sol está más apartado de la Tierra. Los apóstoles, y los sucesores de los apóstoles, estaban demasiado ocupados en divulgar el mensaje de Jesús, y jamás se preocuparon del natalis invict Solis, la fiesta mitraica del nacimiento del sol, que ocurría el 25 de diciembre. Hasta que un obispo decidió que esas fiestas del solsticio eran un peligro para la fe, ¡y ya está! Hoy tenemos mi­sas, belenes, regalos, sermones, bebés de plástico en pesebres de madera y la convicción, ¡la absoluta y completa convicción de que Cristo nació este día!

–Y tenemos el árbol de Navidad: ¿sabes cuál es su origen?

–No tengo la menor idea.

–San Bonifacio decidió «cristianizar» un ritual dedicado a honrar al dios Odín cuando era niño: una vez al año, las tribus germánicas dejaban regalos alrededor de un roble para que los niños los encontrasen. Creían que con eso alegraban a la divini­dad pagana.

–Volviendo a la historia de Hans y de Fritz: ¿crees que la ci­vilización, las relaciones humanas, nuestros deseos, nuestras conquistas, todo eso es fruto de una historia mal contada?

–Cuando escribiste sobre el camino de Santiago, llegaste a la misma conclusión, ¿no es verdad? Antes creías que un grupo de elegidos sabía el significado de los símbolos mágicos; hoy en día sabes que todos nosotros conocemos ese significado, aunque esté olvidado.

–Saberlo no mejora nada: la gente se esfuerza al máximo para no acordarse, para no aceptar el inmenso potencial mágico que poseen, ya que eso desequilibraría sus universos organi­zados.

–Aun así, todos tenemos capacidad, ¿no es cierto?

–Absolutamente cierto. Pero falta coraje para seguir los sue­ños y las señales. ¿Vendrá de ahí esa tristeza?

–No lo sé. Y no estoy afirmando que soy infeliz todo el tiem­po. Me divierto, te amo, me encanta mi trabajo. Pero de vez en cuando, siento esta tristeza profunda, a veces mezclada con cul­pa o con miedo; la sensación desaparece, siempre para volver más adelante, y volver a desaparecer. Como nuestro Hans, me hago la pregunta; como no puedo responderla, simplemente ol­vido. Podría ir a ayudar a los niños hambrientos, fundar una asociación de apoyo a los delfines, empezar a intentar salvar a la gente en nombre de Jesús, hacer cualquier cosa que me pro­porcione la sensación de ser útil, pero no quiero.

–¿Y por qué esta historia de irte a la guerra?

–Porque creo que, en la guerra, el hombre está al límite; puede morir al día siguiente. Quien está al límite se comporta de manera diferente.

–¿Quieres responder a la pregunta de Hans?

–Sí.
Hoy, en esta hermosa suite del Bristol, con la torre Eiffel brillan­te durante cinco minutos cada vez que el reloj completa una hora, la botella de vino cerrada, el tabaco que se acaba, la gente saludándome como si realmente no hubiera sucedido nada gra­ve, yo me pregunto: ¿fue ese día, al salir del cine, cuando empe­zó todo? ¿Tenía yo la obligación de dejarla ir en busca de esa historia mal contada o debería haber sido más duro, decirle que olvidase el tema porque era mi mujer, y necesitaba mucho su presencia y su apoyo?

Tonterías. En ese momento yo sabía, como lo sé ahora, que no tenía otra posibilidad más que aceptar lo que ella quería. Si le hubiese dicho «escoge entre tu idea de ser corresponsal de guerra y yo», estaría traicionando todo lo que Esther había he­cho por mí. Incluso sin estar convencido de su objetivo –ir en busca de «una historia mal contada»–, concluí que ella necesi­taba un poco de libertad, salir, vivir emociones fuertes. ¿Qué había de malo en eso?

Acepté, aunque no sin antes dejar bien claro que ella estaba haciendo un gran saqueo al Banco de Favores (pensándolo bien, ¡qué ridículo!). Durante dos años, Esther cubrió varios conflictos de cerca, cambiando de continente más de lo que cambiaba de zapatos. Siempre que volvía, yo creía que esa vez desistiría, no es posible vivir mucho tiempo en un sitio en el que no hay comi­da decente, baño diario, cine o teatro. Le preguntaba si ya había respondido al interrogante de Hans, y ella siempre me decía que estaba en el camino correcto, y yo tenía que conformarme. A ve­ces pasaba algunos meses fuera de casa; al contrario de lo que dice la «historia oficial del matrimonio» –yo ya empezaba a uti­lizar sus términos–, esta distancia hacía crecer nuestro amor, demostrar lo importantes que éramos el uno para el otro. Nues­tra relación, que creí que había llegado a su punto ideal cuando nos mudamos a París, iba cada vez mejor.

Por lo que entendí, conoció a Mikhail cuando necesitaba un traductor que la acompañara a algún país de Asia Central. Al principio me hablaba de él con mucho entusiasmo: una persona sensible, que veía el mundo como era de verdad y no como nos habían dicho que debía ser. Era cinco años más joven que ella, pero tenía una experiencia que Esther calificaba de «mágica». Yo escuchaba con paciencia y educación, como si aquel chico y sus ideas me interesasen mucho, pero en verdad estaba distante, mi cabeza recorría las tareas que tenía que hacer, las ideas que podían surgir para un texto, las respuestas a las preguntas de los periodistas y los editores, la manera de seducir a determinada mujer que parecía interesada en mí, los planes para los viajes de promoción de los libros.

No sé si ella lo notó, pero yo no me di cuenta de que Mi­khail fue poco a poco desapareciendo de nuestras conversacio­nes, hasta desaparecer por completo. Y el comportamiento de Esther fue cada vez más radical: incluso cuando estaba en París, empezó a salir varias veces por semana, alegando siempre que estaba haciendo un reportaje sobre los mendigos.

Pensé que estaba teniendo una aventura. Sufrí durante una semana, y me pregunté: ¿debía expresarle mis dudas o fingir que no sucedía nada? Decidí ignorarlo, partiendo del principio «ojos que no ven, corazón que no siente». Estaba absolutamente convencido de que no había la menor posibilidad de que me de­jase; había trabajado mucho para ayudarme a ser quien soy, y no sería lógico dejar escapar todo eso por una pasión efímera.

Si realmente hubiera tenido interés en el mundo de Esther, debería haber preguntado, por lo menos una vez, qué había sucedido con su traductor y su sensibilidad «mágica». Debería ha­ber sospechado de este silencio, de esta ausencia de informa­ción. Debería haberle pedido que me dejase acompañarla por lo menos a uno de esos reportajes con mendigos.

Cuando ella, alguna que otra vez, preguntaba si me interesa­ba su trabajo, mi respuesta era la misma: «Me interesa, pero no quiero interferir, deseo que seas libre para seguir tu sueño de la manera que has escogido, igual que tú me ayudaste a mí.»

Lo cual no dejaba de ser una total falta de interés, está claro. Pero como la gente siempre cree en lo que quiere creer, Esther se quedaba contenta con mi comentario.

De nuevo me viene a la cabeza la frase dicha por el inspec­tor en el momento en el que salí de prisión: «Es usted libre.» ¿Qué es la libertad? ¿Es ver que a tu marido no le importa ni un poco lo que haces? ¿Es sentirse sola, sin tener con quien compartir los sentimientos más íntimos, porque en verdad la persona con la que te casaste está concentrada en su trabajo, en su importante, magnífica y difícil carrera?

Veo de nuevo la torre Eiffel: ha pasado otra hora porque vuelve a brillar como si estuviese hecha de diamantes. No sé cuántas veces ha sucedido eso desde que estoy aquí en la ven­tana.

Sé que, en nombre de la libertad en nuestro matrimonio, yo no me di cuenta de que Mikhail había desaparecido de las con­versaciones de mi mujer.

Para reaparecer en un bar y desaparecer otra vez, esta vez llevándosela consigo, y dejando al famoso y popular escritor como sospechoso de un crimen.

O, lo que es peor, como un hombre abandonado.
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