Traducción de Ana Belén Costas






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piercings y la ropa que usaban. ¿Cuáles eran sus valores? ¿Qué pensaban de la vida? ¿Cómo ganaban dinero? ¿Tenían sueños o les bastaba con andar por el mundo? Todo aquello era mucho más interesante que la cena a la que debía asistir al día siguiente, de la que ya sabía absoluta­mente todo lo que iba a suceder. Estaba convencido de que de­bía de ser el efecto del vodka, pero me sentía libre, mi historia personal estaba cada vez más distante, quedaba simplemente el momento presente, el instinto, el Zahir había desaparecido... ¿El Zahir?
Había desaparecido, pero ahora me daba cuenta de que un Zahir era algo más que un hombre obcecado con un objeto, una de las mil columnas de la mezquita de Córdoba, como decía el cuento de Borges, o una mujer en Asia Central, como había sido mi terrible experiencia durante dos años. El Zahir era la fijación con todo lo que había ido pasando de generación en generación, no dejaba ninguna pregunta sin respuesta, ocupaba todo el es­pacio, no nos permitía jamás considerar la posibilidad de que las cosas cambiaban.

El Zahir todopoderoso parecía nacer en cada ser humano, ganar su fuerza total durante la infancia e imponer sus reglas, que a partir de entonces serán siempre respetadas:

La gente diferente es peligrosa, pertenece a otra tribu, quiere nuestras tierras y a nuestras mujeres.

Tenemos que casarnos, tener hijos, reproducir la especie. El amor es pequeño, sólo da para una persona y, cuidado: cualquier intento de decir que el corazón es mayor que eso se considera maldito.

Cuando nos casamos, estamos autorizados a tomar posesión del cuerpo y del alma del otro.

Tenemos que trabajar en algo que detestamos porque forma­mos parte de una sociedad organizada, y si todos hicieran lo que les gusta, el mundo no avanzaría hacia adelante.

Hay que comprar joyas; nos identifican con nuestra tribu, igual que los piercings identifican a una tribu diferente.

Debemos ser simpáticos y tratar con ironía a la gente que ex­presa sus sentimientos; es un peligro para la tribu dejar que uno de sus miembros muestre lo que siente.

Es preciso evitar al máximo decir «no», porque gustamos más cuando decimos «sí», y eso nos permite sobrevivir en un te­rreno hostil.

Lo que los demás piensan es más importante que lo que sen­timos.

Jamás hagas escándalos, puedes llamar la atención de una tribu enemiga.

Si te comportas de modo diferente, serás expulsado de la tri­bu porque puedes contagiar a los demás y desintegrar lo que ha sido tan difícil de organizar.

Debemos tener siempre en mente cómo permanecer dentro de nuestras chozas, y si no sabemos, llamamos a un decorador, que hará lo mejor para demostrarles a los demás que tenemos buen gusto.

Hay que comer tres veces al día, incluso sin hambre; debe­mos ayunar cuando nos salimos de los cánones de belleza, aun­que estemos hambrientos.

Debemos vestirnos como manda la moda, hacer el amor con o sin ganas, matar en nombre de las fronteras, desear que el tiempo pase de prisa y que llegue la jubilación, elegir a los políti­cos, quejarnos del coste de la vida, cambiar de peinado, malde­cir a los que son diferentes, ir a un culto religioso los domingos, o los sábados, o los viernes, dependiendo de la religión, y allí pedir perdón por nuestros pecados, llenarnos de orgullo porque conocemos la verdad y despreciar a otra tribu que adora a un dios falso.

Nuestros hijos deben seguir nuestros pasos; después de todo, somos mayores y conocemos el mundo.

Tener siempre un título universitario, aunque no vayamos a conseguir nunca un trabajo en aquello que nos obligaron a esco­ger como profesión.

Estudiar cosas que jamás usaremos, pero que alguien dijo que era importante conocer: álgebra, trigonometría o el código Hammurabi.

Jamás disgustar a nuestros padres, incluso aunque eso signi­fique renunciar a aquello que nos hace felices.

Escuchar música a volumen bajo, hablar bajo, llorar a escon­didas, porque yo soy el Zahir todopoderoso, aquel que dictó las reglas del juego, la distancia de los raíles, la idea del éxito, la manera de amar, la importancia de las recompensas.
Paramos delante de un edificio relativamente elegante en una zona cara. Uno de ellos tecleó un código en la puerta de en­trada y subimos todos al tercer piso. Imaginé que me iba a en­contrar con una familia comprensiva que tolera a los amigos del hijo, siempre que lo tengan cerca y puedan controlarlo todo. Pero cuando Lucrecia abrió la puerta, todo estaba oscuro: a me­dida que mis ojos se acostumbraban a la luz de la calle que se filtraba por las ventanas, vi una gran sala vacía; la única decora­ción era una chimenea que no debía de utilizarse desde hacía muchos años.

Un chico de casi dos metros, de pelo rubio, gabardina y con un corte de pelo como los indios sioux americanos fue hasta la cocina y volvió con unas velas encendidas. Se sentaron todos en círculo en el suelo y, por primera vez aquella noche tuve miedo: parecía que estaba en una película de terror, estaba a punto de iniciarse un ritual satánico: la víctima seria el extranjero incauto que había decidido acompañarlos.

Mikhail estaba pálido, sus ojos se movían desordenadamen­te, sin conseguir fijarse en ningún sitio, y eso me hizo sentir más incómodo todavía. Estaba a punto de tener un ataque epilépti­co: ¿sabrían aquellos chicos cómo reaccionar en una situación como ésa? ¿No sería mejor que me marchase para no acabar envuelto en una tragedia?

Tal vez ésa fuese la actitud más sabia, coherente con una vida en la que yo era un escritor famoso que escribe sobre la espiri­tualidad y que tiene que dar ejemplo. Sí, si yo fuera razonable, le diría a Lucrecia que en caso de un ataque debía meter algo en la boca de su novio para evitar que se tragase la lengua y muriese asfixiado. Era evidente que ella debía de saberlo, pero en el mundo de los seguidores del Zahir social no dejamos nada a la casua­lidad, tenemos que estar en paz con nuestra conciencia.
Antes de mi accidente, yo habría reaccionado así, pero ahora mi historia personal había perdido su importancia. Dejaba de ser historia y volvía a ser leyenda otra vez, la búsqueda, la aven­tura, el viaje hacia adentro y hacia afuera de mí mismo. Estaba otra vez en un tiempo en el que las cosas a mi alrededor se transformaban, y así deseaba que fuese hasta el final de mis días (recordé mis palabras para el epitafio: «Murió mientras estaba vivo»). Llevaba conmigo las experiencias de mi pasado, que me permitían reaccionar con velocidad y precisión, pero no me quedaba recordando todo el tiempo las lecciones que había aprendido. En el caso de un guerrero en medio de un combate, ¿se detendría a pensar cuál es el mejor golpe? Si lo hiciese, mo­riría en un abrir y cerrar de ojos.

El guerrero que había en mí, reaccionando con intuición y técnica, decidió que era preciso quedarse; seguir la experiencia de aquella noche, aunque ya fuese tarde, estuviese borracho, cansado, y con miedo por si Marie estaba despierta, preocupada o furiosa. Fui a sentarme junto a Mikhail para poder reaccionar rápidamente en caso de una convulsión.

¡Y noté que parecía dirigir el ataque epiléptico! Poco a poco se fue calmando, sus ojos empezaron a tener la misma intensi­dad que el joven vestido de blanco en el escenario del restauran­te armenio.
–Empezaremos con la oración de siempre –dijo.

Y todos ellos, hasta entonces tan agresivos, borrachos, mar­ginales, cerraron los ojos y se dieron las manos formando un gran círculo. Hasta los dos pastores alemanes parecían calmarse en un rincón de la sala.

–Oh, Señora, cuando presto atención a los coches, a los es­caparates, a la gente que no mira a nadie, a los edificios y a los monumentos, percibo en ellos Tu ausencia. Haz que seamos ca­paces de traerte de vuelta.

Al unísono, el grupo continuó:

–Oh, Señora, reconocemos Tu presencia en las pruebas que estamos pasando. Ayúdanos a no desistir. Que nos acordemos de Ti con tranquilidad y determinación, incluso en los momen­tos en los que es difícil aceptar que Te amamos.

Me fijé en que todos tenían el mismo símbolo

en algún lugar de sus ropas. A veces era un broche, o un adorno de metal, o algo bordado, o incluso un dibujo hecho a bolígrafo en la tela.

–Me gustaría dedicarle esta noche al hombre que está a mi derecha. Se ha sentado a mi lado porque desea protegerme.

¿Cómo podía saberlo?

–Es una persona de bien: ha entendido que el amor transfor­ma y se deja transformar por él. Todavía lleva mucho de su his­toria personal en el alma, pero intenta liberarse siempre que le es posible, y por eso se ha quedado con nosotros. Es el marido de la mujer que todos conocemos, que me dejó una reliquia como prueba de su amistad y como un talismán.

Mikhail sacó un trozo de tela manchada de sangre y lo puso delante de él.

–Ésta es parte de la camisa del soldado desconocido. Antes de morir, le pidió a esa mujer: «Corta mi ropa y compártela con aquellos que creen en la muerte, y que por ello son capaces de vivir como si hoy fuese el último día en la Tierra. Diles a esas personas que acabo de ver el rostro de Dios, que no se asusten, pero que no se relajen. Que busquen la única verdad, que es el amor. Que vivan de acuerdo con sus leyes.»
Todos miraban con veneración el trozo de tela.

–Nacimos en el tiempo de la revolución. Nos dedicamos a ella con entusiasmo, arriesgamos nuestras vidas y nuestra ju­ventud, pero de repente tenemos miedo; la alegría inicial da paso a los verdaderos desafíos: el cansancio, la monotonía, las dudas sobre la propia capacidad. Reparamos en que algunos amigos ya han desistido. Nos vemos obligados a enfrentarnos a la soledad, a las sorpresas en las curvas desconocidas, y después de algunas caídas sin nadie cerca para ayudarnos, acabamos preguntándonos si merece la pena tanto esfuerzo. Mikhail hizo una pausa y acto seguido continuó:

–Merece la pena seguir. Y seguiremos, incluso sabiendo que nuestra alma, aunque sea eterna, en este momento está presa en la red del tiempo, con sus oportunidades y sus limitaciones. In­tentaremos, mientras podamos, liberarnos de esta red. Cuando ya no sea posible, volveremos a la historia que nos han contado, pero todavía recordaremos nuestras batallas, y estaremos listos para retomar el combate si las condiciones vuelven a ser favora­bles. Amén.

–Amén –repitieron todos.

–Necesito hablar con la Señora –dijo el chico rubio con el pelo cortado como un indio americano.

–Hoy, no. Estoy cansado.

Hubo un murmullo general de decepción: al contrario que en el restaurante armenio, allí la gente conocía la historia de Mikhail y de la «presencia» que creía tener a su lado. Se levantó y fue hasta la cocina a buscar un vaso de agua. Yo lo acompañé. Le pregunté cómo habían conseguido aquel apartamento; él me contó que la ley francesa permite a cualquier ciudadano usar legalmente un inmueble que no esté siendo utilizado por su pro­pietario. O sea, eran okupas.
La idea de que Marie me estaba esperando empezaba a mo­lestarme. Él me agarró el brazo.

–Hoy has dicho que te ibas a la estepa. Voy a repetirlo sólo una vez más: por favor, llévame contigo. Necesito volver a mi país, aunque sea por poco tiempo, pero no tengo dinero. Siento nostalgia de mi pueblo, de mi madre, de mis amigos. Podría decir «la voz me dice que me vas a necesitar», pero eso no es ver­dad, puedes encontrar a Esther sin ningún problema y sin nin­guna ayuda. Sin embargo, necesito alimentarme con la energía de mi tierra.

–Puedo darte el dinero para un pasaje de ida y vuelta.

–Sé que puedes, pero me gustaría estar allí contigo, caminar hasta la aldea en la que está ella, sentir el viento en la cara, ayu­darte a recorrer el camino que te lleva al encuentro de la mujer que amas. Ella fue –y sigue siendo– muy importante para mí. Al ver sus cambios y su determinación, aprendí mucho y quiero se­guir aprendiendo. ¿Recuerdas que te hablé de las «historias no terminadas»? Me gustaría estar a tu lado hasta el momento en que lleguemos a la casa en la que está. Así, habré vivido hasta el final este período de tu vida y de la mía. Cuando lleguemos a la casa, te dejaré solo.

No sabía qué decir. Intenté cambiar de tema y le pregunté quiénes eran las personas de la sala.

–Gente que tiene miedo de acabar como vosotros, una gene­ración que soñó con cambiar el mundo, pero que terminó rin­diéndose a la «realidad». Fingimos ser fuertes porque somos dé­biles. Todavía somos pocos, muy pocos, pero espero que eso sea pasajero; la gente no puede engañarse para siempre.

»¿Y cuál es la respuesta a mi pregunta?

–Mikhail, sabes que estoy intentando liberarme de mi histo­ria personal sinceramente. Si hubiese sido hace algún tiempo, me habría resultado más cómodo y mucho más conveniente via­jar contigo, que conoces la región, las costumbres y los posibles peligros. Pero ahora pienso que debo desenrollar solo el hilo de Ariadna, salir del laberinto en el que me he metido. Mi vida ha cambiado, parece que he rejuvenecido diez años, veinte años, y eso es suficiente para partir en busca de una aventura.

–¿Cuándo irás?

–En cuanto consiga el visado. Dentro de dos o tres días.

–La Señora te acompaña. La voz dice que es el momento. Si cambias de idea, avísame.
Pasé junto al grupo de personas acostadas en el suelo, dis­puestas a dormir. De camino a casa, pensaba que la vida era algo mucho más alegre que lo que yo creía cuando se llega a mi edad; siempre es posible volver a ser joven y alocado. Estaba tan concentrado en el momento presente que me sorprendí cuando vi que la gente no se apartaba para dejarme pasar, no bajaban la mirada con miedo. Ni siquiera nadie notó mi presencia, pero me gustaba la idea, la ciudad era de nuevo la misma que, cuando criticaron a Enrique IV por traicionar su religión protestante para casarse con una católica, él respondió: «París bien vale una misa.»

Valía mucho más que eso. Podía recordar las masacres reli­giosas, los rituales de sangre, los reyes, las reinas, museos, casti­llos, pintores que sufrían, escritores que se emborrachaban, filó­sofos que se suicidaban, militares que tramaban la conquista del mundo, traidores que con un gesto derrocaban una dinastía, his­torias que en un momento dado habían sido olvidadas, y ahora eran recordadas y recontadas.
Por primera vez en mucho tiempo, entré en casa y no fui hasta el ordenador para comprobar si me había escrito alguien, si había algo inaplazable que responder: nada era absolutamente inaplazable. No fui hasta la habitación a ver si Marie estaba durmiendo, porque sabía que sólo fingía dormir.

No encendí la televisión para ver los telediarios de la noche, porque eran las mismas noticias que llevaba escuchando desde niño: un país amenaza a otro, alguien ha traicionado a alguien, la economía va mal, un gran escándalo amoroso acaba de suce­der, Israel y Palestina no han llegado a un acuerdo en estos cin­cuenta años, ha explotado otra bomba, un huracán ha dejado a miles de personas sin hogar...

Recordé que aquella mañana, a falta de atentados terroristas, las grandes cadenas de noticias daban como titular principal una rebelión en Haití. ¿Qué me importaba Haití? ¿Qué diferencia iba a suponer en mi vida, en la vida de mi mujer, en el precio del pan en París o en la tribu de Mikhail? Cómo podía pasar cinco minutos de mi preciosa vida oyendo hablar de los rebeldes y del presidente, viendo las mismas escenas de manifestaciones en la calle repitiéndose infinidad de veces, y todo ello retransmitido como si fuese un gran evento en la humanidad: ¡una rebelión en Haití! ¡Yo me lo había creído! ¡Había asistido hasta el final! Real­mente, los estúpidos merecen un carnet de identidad propio, por­que son ellos los que sustentan la estupidez colectiva.
Abrí la ventana, dejé entrar el aire helado de la noche, me quité la ropa, y me dije que podía controlarme y resistir el frío. Permanecí allí sin pensar en nada, simplemente sintiendo que mis pies pisaban el suelo, que mis ojos estaban fijos en la torre Eiffel, mis oídos oían perros, sirenas, conversaciones que no era capaz de entender bien.

Yo no era yo, no era nada, y eso me parecía maravilloso.

–Estás rara.

–¿Cómo que estoy rara?

–Pareces triste.

–Pero no estoy triste. Estoy contenta.

–¿Ves? El tono de tu voz es falso, estás triste por mi culpa, pero no te atreves a decir nada.

–¿Por qué iba a estar triste?

–Porque ayer llegué tarde y borracho. Ni siquiera me has preguntado adonde fui.

–No me importa.

–¿Por qué no te importa? ¿No te comenté que iba a salir con Mikhail?

–¿Y no saliste?

–Sí.

–Pues entonces, ¿qué quieres que te pregunte?

–¿Tú no crees que cuando tu novio llega tarde, y dices que lo amas, deberías por lo menos intentar saber qué pasó?

–¿Qué pasó?

–Nada. Salí con él y con un grupo de amigos.

–Entonces, ya está.

–¿Te lo crees?

–Claro que me lo creo.

–Creo que ya no me amas. No tienes celos. Estás indiferente. ¿Es normal que llegue a las dos de la madrugada?

–¿No dices que eres un hombre libre?

–Claro que lo soy.

–Entonces, es normal que llegues a las dos de la madrugada. Y que hagas lo que buenamente creas. Si yo fuese tu madre, es­taría preocupada, pero eres adulto, ¿no? Los hombres tienen que dejar de comportarse como si las mujeres tuviesen que tra­tarlos como hijos.

–No hablo de ese tipo de preocupación. Hablo de celos.

–¿Estarías más contento si te hiciese una escena ahora, en el desayuno?

–No lo hagas, los vecinos nos van a oír.

–Poco me importan los vecinos: no lo hago porque no tengo la menor intención de hacerlo. Me ha costado, pero he acabado aceptando lo que me dijiste en Zagreb, y estoy intentando acos­tumbrarme a la idea. Sin embargo, si eso te hace feliz, puedo fin­gir que estoy celosa, enfadada, fuera de mis cabales.

–Como he dicho, estás rara. Empiezo a creer que ya no ten­go ninguna importancia en tu vida.

–Y yo empiezo a creer que has olvidado que tienes a un pe­riodista esperándote en la sala y que puede estar escuchando nuestra conversación.
Sí, el periodista. Poner el piloto automático porque ya sabía las preguntas que me iba a hacer. Sabía cómo empezaba la en­trevista («hablemos de su nuevo libro, cuál es el mensaje princi­pal»), sabía lo que iba a responder («si quisiera transmitir un mensaje, escribiría una frase, no un libro»).

Sabía que me preguntaría qué pensaba de la crítica, que ge­neralmente es muy dura con mi trabajo. Sabía que terminaría nuestra conversación con la frase: «¿Y ya está escribiendo un nuevo libro? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?» A lo que respondería: «Eso es secreto.»

La entrevista empezó como esperaba:

–Hablemos de su nuevo libro. ¿Cuál es el mensaje prin­cipal?

–Si quisiera transmitir un mensaje, sólo escribiría una frase.

–¿Y por qué escribe?

–Porque ésa es la manera que he encontrado para compartir mis emociones con los demás.

La frase también formaba parte del piloto automático, pero paré y me corregí:

–Sin embargo, esa historia se podría contar de manera dife­rente.

–¿Una historia que podía ser contada de manera diferente? ¿Quiere decir que no está satisfecho con Tiempo de romper, tiempo de coser?

–Estoy muy satisfecho con el libro, pero insatisfecho con la respuesta que acabo de dar. ¿Por qué escribo? La respuesta ver­dadera es la siguiente: escribo porque quiero ser amado.

El periodista me miró con aire de sospecha: ¿qué tipo de de­claración era ésa?

–Escribo porque, cuando era adolescente, no sabía jugar bien al fútbol, no tenía coche, no tenía una buena paga, no tenía músculos.

Yo hacía un esfuerzo inmenso para seguir. La conversación con Marie me había recordado un pasado que ya no tenía senti­do, era preciso hablar sobre mi verdadera historia personal, libe­rarme de ella. Continué:

–Tampoco usaba ropa a la moda. Las chicas con las que sa­lía sólo sentían interés por eso, y no era capaz de que me presta­sen atención. Por la noche, cuando mis amigos estaban con sus novias, yo empleaba mi tiempo libre en crear un mundo en el que pudiese ser feliz: mis compañeros eran los escritores y sus libros. Un bonito día escribí un poema para una de las chicas que vivía en mi misma calle. Un amigo lo descubrió en mi habi­tación, lo robó, y cuando estábamos todos reunidos, se lo ense­ñó a los demás. Todos se rieron, todos pensaron que era ridícu­lo, ¡yo estaba enamorado!

»La chica a la que le había dedicado el poema no se rió. La tarde siguiente, cuando fuimos al teatro, hizo lo posible por sentarse a mi lado, y me cogió la mano. Salimos de allí de la mano; yo, que me encontraba feo, débil, sin ropa a la moda, estaba con la chica más deseada de nuestro grupo.
Hice una pausa. Era como si estuviese volviendo al pasado, al momento en que su mano tocaba mi mano y cambiaba mi vida.

–Todo por culpa de un poema –seguí–. Un poema me hizo entender que, escribiendo, demostrando mi mundo invisible, yo podía competir en igualdad de condiciones con el mundo visible de mis amigos: la fuerza física, la ropa a la moda, los coches, la superioridad en el deporte.

El periodista estaba un poco sorprendido, y yo más todavía. Pero se controló y siguió adelante:

–¿Por qué cree que la crítica es tan dura con su trabajo?

El piloto automático, en ese momento, habría respondido: «Basta leer la biografía de cualquier clásico en el pasado –y no me malinterprete, no me estoy comparando– para descubrir que la crítica siempre fue implacable con ellos. La razón es simple: los críticos son tremendamente inseguros, no saben muy bien lo que está sucediendo, son democráticos cuando hablan de políti­ca, pero son fascistas cuando hablan de cultura. Creen que el pueblo sabe escoger a sus gobernantes, pero no sabe escoger las películas, los libros, la música.»

–¿Ha oído hablar de la Ley de Jante?

Otra vez. Me había salido de nuevo del piloto automático, incluso sabiendo que difícilmente el periodista iba a publicar mi respuesta.

–No, no lo he oído nunca –responde él.

–Aunque existe desde el principio de la civilización, no fue enunciada oficialmente hasta 1933 por un escritor danés. En la pequeña ciudad de Jante, los dueños del poder crearon diez mandamientos que enseñaban a la gente cómo comportarse, y por lo visto eso no sólo valía para Jante, sino para cualquier lu­gar del mundo. Si tuviera que resumir todo el texto en una sola frase, diría: «La mediocridad y el anonimato son la mejor elección. Si te comportas así, jamás tendrás grandes problemas en tu vida. Pero si intentas ser diferente...»

–Me gustaría conocer los mandamientos de Jante –inte­rrumpió el periodista, que parecía genuinamente interesado.

–No los tengo aquí, pero puedo resumir el texto completo.

Fui hasta mi ordenador e imprimí una versión condensada y editada:

Tú no eres nadie, no oses pensar que sabes más que noso­tros. Tú no eres importante, no eres capaz de hacer nada bien, tu trabajo es insignificante, no nos desafíes, podrás vivir feliz. Tómate siempre en serio lo que decimos, y jamás te rías de nuestras opiniones.

El periodista dobló el papel y lo metió en su bolsillo.

–Tiene razón. Si no eres nada, si tu trabajo no tiene repercu­sión, entonces merece ser elogiado. Pero el que salga de la me­diocridad y tenga éxito estará desafiando la ley, y merece ser castigado.

Qué bien que hubiera llegado él sólito a esa conclusión.

–No sólo los críticos –completé–. Mucha más gente de la que usted imagina.
A media tarde llamé al teléfono móvil de Mikhail:

–Vamos juntos.

Él no se sorprendió; sólo me dio las gracias y me preguntó qué me había hecho cambiar de idea.

–Durante dos años, mi vida se reducía al Zahir. Desde que te encontré, empecé a recorrer un camino que había sido olvida­do, una vía de tren abandonada, con hierba que crece entre los raíles, pero que todavía sirve para que pasen los trenes. Como no he llegado a la última estación, no tengo cómo parar en el camino.

Me preguntó si ya había conseguido mi visado; le expliqué que el Banco de Favores era muy activo en mi vida: un amigo ruso había llamado a su novia, directora de una cadena de pe­riódicos de Kazajstán. Ella telefoneó al embajador en París, y hacia el final de la tarde debería de estar todo listo.

–¿Cuándo nos vamos?

–Mañana. Sólo necesito tu verdadero nombre para poder comprar los pasajes; la agencia está esperando en la otra línea.

–Antes de colgar, quiero decirte algo: me gustó tu ejemplo sobre la distancia entre los raíles, me ha gustado tu ejemplo de la vía de tren abandonada. Pero en este caso, no creo que me es­tés invitando por eso. Pienso que lo haces por culpa de un texto que escribiste, que me sé de memoria, tu mujer acostumbraba a citarlo, y es mucho más romántico que ese «Banco de Favores»:
Un guerrero de la luz nunca olvida la gratitud.

Durante la lucha, fue ayudado por los ángeles;

las fuerzas celestiales colocaron cada cosa en su lugar,

y permitieron que él pudiera dar lo mejor de sí.

Por eso, cuando el sol se pone, se arrodilla y agradece

el Manto Protector que lo rodea.
Los compañeros comentan: «¡Qué suerte tiene!»

Pero él en­tiende que «suerte» es saber mirar a los lados

y ver dónde están sus amigos,

porque fue gracias a lo que ellos decían

como los ángeles consiguieron hacerse oír.
–No siempre recuerdo lo que escribo, pero me alegro. Hasta luego, tengo que darle tu nombre a la agencia de viajes.
Veinte minutos para que la central de taxis atienda el teléfono. Una voz malhumorada me dice que tengo que esperar otra me­dia hora. Marie parece estar contenta con su exuberante y sen­sual vestido negro, y me acuerdo del restaurante armenio, cuan­do aquel hombre comentó que se excitaba al saber que su mujer era deseada por otros. Sé que en la fiesta de gala todas las muje­res irán vestidas de tal manera que los senos y las curvas serán en el centro de atención de las miradas, y sus maridos o novios, sabiendo que ellas son deseadas, pensarán: «Eso, disfrutad de lejos porque ella está conmigo, yo tengo poder, soy el mejor, he conseguido algo que os gustaría tener.»

No voy a hacer ningún negocio, no voy a firmar contratos, no voy a conceder entrevistas; simplemente asistiré a una ceremo­nia, pagaré un depósito que se hizo en el Banco de Favores y ce­naré con alguien aburrido a mi lado que me preguntará de dónde me viene la inspiración para escribir mis libros. A mi otro lado, posiblemente, habrá un par de senos a la vista, tal vez la mujer de un amigo, y yo tendré que controlarme todo el tiempo para no bajar los ojos, porque si lo hago tan sólo un segundo, ella le con­tará a su marido que yo estaba intentando seducirla. Mientras es­peramos el taxi, hago una lista de los temas que pueden surgir:
A) Comentarios sobre el aspecto: «Qué elegante estás», «Qué vestido tan bonito», «tienes la piel perfecta». Cuando vuelven a casa, se comentan el uno al otro que todos iban mal vestidos, con aspecto enfermizo.

B) Viajes recientes: «Tienes que conocer Aruba, es fantásti­co», «Nada mejor que una noche de verano en Cancún toman­do un martini a la orilla del mar». En realidad, nadie se divirtió mucho, simplemente tuvieron la sensación de libertad durante algunos días, y tiene que gustarles a la fuerza porque han gasta­do dinero.

C) Más viajes, esta vez a lugares que pueden ser criticados: «Estuve en Río de Janeiro, ni te imaginas qué ciudad tan violen­ta», «Es impresionante la miseria en las calles de Calcuta». En el fondo, sólo fueron para sentirse poderosos mientras estaban lejos, y privilegiados cuando volvieron a la realidad mezquina de sus vidas, donde por lo menos no hay miseria ni violencia.

D) Nuevas terapias: «El extracto de trigo durante una sema­na mejora el aspecto del cabello», «Estuve dos días en un spa de Biarritz, el agua abre los poros y elimina toxinas». A la semana siguiente descubrirán que el extracto de trigo no posee ninguna cualidad, y que cualquier agua caliente abre los poros y elimina las toxinas.

E) Los otros: «Hace tiempo que no veo a fulano, ¿qué esta­rá haciendo?», «Me he enterado de que tal señora ha vendido su apartamento porque está en una situación difícil». Se puede hablar de los que no han sido invitados a la fiesta en cuestión, se los puede criticar siempre que al final, con aire inocente y piadoso, se termine diciendo «pero aun así, es una persona ex­traordinaria».

F) Pequeñas quejas personales, sólo para darle un poco de sabor a la mesa: «Me gustaría que algo nuevo sucediese en mi vida», «Estoy preocupadísima por mis hijos, lo que escuchan no es música, lo que leen no es literatura». Esperan comentarios de gente con el mismo problema, se sienten menos solos, y se van contentos.

G) En fiestas intelectuales, como debe de ser la de hoy, dis­cutiremos sobre la guerra en Oriente Medio, los problemas del islamismo, la nueva exposición, el filósofo de moda, el libro fan­tástico que nadie conoce, la música que ya no es la misma; daremos nuestras opiniones inteligentes, sensatas, completamente contrarias a todo lo que pensamos (sabemos cuánto nos cuesta ir a esas exposiciones, leer esos libros insoportables, asistir a pe­lículas aburridísimas, sólo para tener de que hablar en una no­che como ésta).
El taxi llega, y mientras nos dirigimos al sitio, añado otra cosa muy personal a mi lista: quejarme a Marie de que detesto las cenas. Lo hago, ella dice que al final siempre acabo divirtién­dome, y encantado, lo cual es verdad.

Entramos en uno de los restaurantes más elegantes de la ciu­dad, nos dirigimos a una sala reservada para el evento, un pre­mio literario en el que participo como jurado. Todos están de pie, hablando, algunos me saludan, otros simplemente me miran y comentan algo entre sí. El organizador del premio viene hacia mí, me presenta a la gente que está allí, siempre con la irritante frase: «Éste ya sabes quién es.» Algunos sonríen y me recono­cen, otros simplemente sonríen, no me reconocen, pero fingen que saben quién soy, porque admitir lo contrarío sería aceptar que el mundo en el que vivían ya no existe, que no siguen de cerca lo que sucede de importante ahora.

Me acuerdo de la «tribu» de la noche anterior y añado: a los estúpidos habría que meterlos a todos en un navío en alta mar, con fiestas todas las noches, y presentándose indefinidamente unos a otros durante varios meses, hasta que consigan recordar quién es quién.

He hecho mi propio catálogo de gente que frecuenta eventos como éste. El diez por ciento son los «Socios», gente con poder de decisión, que ha salido de casa por culpa del Banco de Favo­res, que están atentos a cualquier cosa que pueda beneficiar sus negocios, dónde cobrar, dónde invertir. En seguida saben si el evento es provechoso o no, siempre son los primeros en aban­donar la fiesta, jamás pierden el tiempo.

El dos por ciento son los «Talentos», los que tienen realmente un futuro prometedor, han conseguido cruzar algunos ríos, ya se han dado cuenta de que existe el Banco de Favores y son clientes en potencia; pueden prestar servicios importantes, pero todavía no están en condiciones de decidir ni de tomar decisio­nes. Son agradables con todo el mundo, porque no saben exac­tamente con quién están hablando y son mucho más abiertos que los Socios, pues cualquier camino, para ellos, puede llevar­los a algún lugar.

El tres por ciento son los «Tupamaros», en honor a un anti­guo grupo de guerrilleros uruguayos: han conseguido infiltrarse en medio de aquella gente, están locos por un contacto, no sa­ben si deben quedarse allí o irse a otra fiesta que se celebra al mismo tiempo; son ansiosos, quieren demostrar que tienen ta­lento, pero no han sido invitados, no han escalado las primeras montañas, y en cuanto son identificados, dejan de recibir aten­ción.

Finalmente, el otro 85 por ciento son los «Bandejas», los bauticé con este nombre porque, como no hay fiesta sin este utensilio, no hay evento sin ellos. Los Bandejas no saben exac­tamente qué está sucediendo, pero saben que es importante es­tar allí, están en la lista de los promotores porque el éxito de algo depende también de la cantidad de gente que aparece. Son ex algo importante: ex banqueros, ex directores, ex maridos de alguna mujer famosa, ex mujeres de algún hombre que hoy está en una situación de poder. Son condes en algún lugar en el que ya no hay monarquía, princesas y marquesas que viven de alqui­lar sus castillos. Van de una fiesta a otra, de una cena a otra; me pregunto: ¿es que no se aburren nunca?

Comentando recientemente este tema con Marie, me dijo que hay gente adicta al trabajo y personas adictas a la diversión. Ambas son infelices, pensando que se pierden algo, pero no son capaces de dejar el vicio.
Una mujer rubia, joven y guapa se acerca cuando estoy ha­blando con uno de los organizadores de un congreso de cine y literatura, y comenta que le gustó mucho Tiempo de romper, tiempo de coser. Dice que es de un país báltico y que trabaja en películas. Inmediatamente es identificada por el grupo como Tu­pamaro porque apuntó a una dirección (yo), pero le interesa lo que sucede al lado (los organizadores del congreso). A pesar de haber cometido ese error casi imperdonable, todavía existe la posibilidad de que sea un Talento inexperto; la organizadora del evento le pregunta qué quiere decir con «trabajar en películas». La chica explica que escribe críticas para un periódico, que ha publicado un libro (¿sobre cine? No, sobre su vida, su corta y nada interesante vida, imagino).

Y, pecado de los pecados: es demasiado rápida, pregunta si pueden invitarla al evento de ese año. El organizador dice que mi editora en su país, que es una mujer influyente y trabajadora (y muy guapa, pienso para mí mismo), ya ha sido invitada. Vuel­ven a hablar conmigo, la Tupamaro permanece algunos minutos sin saber qué decir y luego se aparta.
La mayor parte de los invitados de hoy –Tupamaros, Talen­tos y Bandejas– pertenecen al medio artístico, ya que se trata de un premio literario: sólo varían los Socios entre patrocinadores y personas ligadas a fundaciones que apoyan museos, conciertos de música clásica y artistas prometedores. Después de varias conversaciones sobre quién ejerció más presión para ganar el premio de esa noche, el presentador sube al palco, pide que to­dos se sienten en los sitios asignados en las mesas (todos nos sentamos), hace algunas bromas (forma parte del ritual y todos nos reímos), y dice que los vencedores serán anunciados entre la entrada y el primer plato.

Me siento a la mesa principal, lo que me permite situarme lejos de los Bandejas, pero también me impide confraternizar con entusiasmados e interesantes Talentos. Estoy entre la direc­tora de una compañía de coches, que patrocina la fiesta, y una heredera que decidió invertir en arte (para mi sorpresa, ninguna de las dos lleva escote provocativo). La mesa también cuenta con el director de una empresa de perfumes, un príncipe árabe (que debía de pasar por la ciudad y fue cazado por una de las promotoras para darle prestigio al evento), un banquero israelí que colecciona manuscritos del siglo XIV, el organizador de la noche, el cónsul de Francia en Monaco y una chica rubia que no sé muy bien qué está haciendo allí, pero deduzco que es una posible amante del organizador.

A cada momento tengo que ponerme las gafas y, con disimu­lo, leer el nombre de mis vecinos (debería estar en ese navío que imaginé y ser invitado a esta misma fiesta una decena de veces, hasta aprenderme de memoria los nombres de los invitados). A Marie, como manda el protocolo, la enviaron a otra mesa; a al­guien, en algún momento de la historia, se le ocurrió que en los banquetes formales las parejas deben sentarse separadas, dejan­do en el aire la duda de si la persona que está sentada a nuestro lado está casada, soltera, o casada pero disponible. O tal vez pensó que las parejas, cuando se sientan juntas, se ponen a ha­blar entre sí, pero si así fuese, ¿para qué salir, coger un taxi e ir a un banquete?

Como había previsto en mi lista de conversaciones en fiestas, el tema empieza a girar en torno a eventos culturales (qué mara­villa tal exposición, qué inteligente la crítica de fulano). Quiero concentrarme en el entrante, caviar con salmón y huevo, pero soy interrumpido en todo momento por las famosas preguntas sobre el argumento de mi nuevo libro, de dónde me viene la ins­piración o si estoy trabajando en un nuevo proyecto. Todos de­muestran una gran cultura, todos citan –fingiendo que es por ca­sualidad, claro– a algún famoso al que conocen y del que son amigos íntimos. Todos saben analizar con perfección el estado de la política actual o los problemas a los que se enfrenta la cultura.

–¿Qué tal si habláramos de algo diferente?

La frase me sale sin querer. Todos en la mesa se quedan ca­llados: al fin y al cabo, es de pésima educación interrumpir a los demás, y es peor todavía querer concentrar la atención en uno mismo. Pero parece que el paseo de ayer como mendigo por las calles de París me causó algún daño irreversible, y ya no soporto ese tipo de conversaciones.
–Podemos hablar sobre el «acomodador»: un momento de nuestras vidas en el que desistimos de seguir adelante y nos con­formamos con lo que tenemos.

A nadie le interesa demasiado. Decido cambiar de tema.

–Podemos hablar de la importancia de olvidar la historia que nos han contado e intentar vivir algo nuevo. Hacer algo di­ferente todos los días, como hablar con la persona que está sen­tada a la mesa de al lado en el restaurante, visitar un hospital, meter el pie en un charco de agua, escuchar lo que el otro tiene que decir o dejar que la energía del amor circule, en vez de in­tentar meterla en un bote y guardarla en un rincón.

–¿Significa eso adulterio? –pregunta el organizador del premio.

–No. Eso significa ser un instrumento del amor y no su due­ño. Eso nos garantiza que estamos con alguien porque así lo de­seamos y no porque las convenciones nos obligan.

Con toda delicadeza, pero con una cierta ironía, el cónsul de Francia en Monaco me explica que las personas de esa mesa ejercen ese derecho y esa libertad. Todos están de acuerdo, aun­que nadie cree que es verdad.

–¡Sexo! –grita la rubia que nadie sabe muy bien a qué se de­dica–. ¿Por qué no hablamos de sexo? ¡Es mucho más intere­sante y menos complicado!

Por lo menos, es natural en su comentario. Una de mis veci­nas de mesa sonríe irónicamente, pero yo aplaudo.

–El sexo es realmente más interesante, pero no creo que sea algo diferente, ¿no cree? Por lo demás, hablar sobre eso ya no está prohibido.

–Además de ser de un pésimo gusto –señala una de mis vecinas.

–¿Podría saber entonces qué es lo que está prohibido? –el organizador está empezando a sentirse incómodo.

–El dinero, por ejemplo. Aquí todos tenemos, o fingimos te­nerlo. Creemos que hemos sido invitados porque somos ricos, famosos, influyentes. Pero ¿alguna vez hemos usado este tipo de cenas para saber realmente cuánto gana cada uno? Ya que esta­mos tan seguros de nosotros mismos, somos tan importantes, ¿qué tal si vemos nuestro mundo tal y como es, y no como lo imaginamos?

–¿Adonde quiere llegar? –pregunta la ejecutiva de coches.

–Es una larga historia: podría empezar hablando de Hans y de Fritz sentados en un bar de Tokio, y seguir con un nómada mongol que dice que tenemos que olvidar lo que creemos ser para poder ser lo que realmente somos.

–No he entendido nada.

–Tampoco me he explicado, pero vamos a lo que interesa: quiero saber cuánto gana cada uno. Qué significa, en términos de dinero, estar sentado a la mesa más importante de la sala.

Hay un momento de silencio: mi juego no va a seguir ade­lante. La gente me mira asustada: la situación económica es un tabú mayor que el sexo, mayor que preguntar sobre traiciones, corrupción o intrigas parlamentarias.

Pero el príncipe del país árabe, tal vez aburrido de tantas re­cepciones y banquetes con conversaciones vacías, tal vez por­que ese día ha recibido una noticia de su médico diciéndole que iba a morir, o sea por la razón que sea, decide llevar la conver­sación adelante:

–Yo gano en torno a los veinte mil euros al mes, según apro­bó el Parlamento de mi país. Pero eso no se corresponde con todo lo que gasto, porque tengo una asignación ilimitada para gastos llamados «de representación». O sea, que estoy aquí con el coche y el chofer de la embajada, la ropa que llevo pertenece al gobierno, mañana viajo a otro país europeo en un jet privado, con piloto, combustible y las tasas de aeropuerto a cargo de los gastos de representación. –Y concluye–: La realidad visible no es una ciencia exacta.

Si el príncipe ha hablado de manera tan honesta, y siendo la persona jerárquicamente más importante en esta mesa, nadie puede dejar a su alteza en esta incómoda situación. Hay que participar del juego, de la pregunta, de la incomodidad.

–No sé exactamente cuánto gano –dice el organizador, uno de los clásicos representantes del Banco de Favores, al que la gente llama «lobbysta»–: algo así como unos diez mil euros, pero también tengo gastos de representación de las organizacio­nes que presido. Puedo cargarlo todo: cenas, comidas, hoteles, pasajes aéreos, a veces incluso la ropa, aunque no tengo un jet particular.
El vino se acaba, él hace un gesto, nuestras copas vuelven a llenarse. Ahora es el turno de la directora de la firma de coches, que inicialmente detestaba la idea, pero que parece empezar a divertirse.

–Creo que yo también gano en torno a eso, con los mismos gastos ilimitados de representación.

Uno a uno, la gente va diciendo cuánto gana. El banquero es el más rico de todos: diez millones de euros al año, además de la revalorización constante de las acciones de su banco. Cuando le llega el turno a la chica rubia que no ha sido presentada, se echa atrás.

–Eso forma parte de mi jardín secreto. No le interesa a nadie.

–Claro que no le interesa a nadie, pero estamos jugando –dice el organizador del evento.

La chica se niega a participar. Al negarse, se coloca en una mejor posición que el resto: después de todo, ella es la única que tiene secretos en el grupo. Al situarse en una mejor posición, los demás empiezan a mirarla con desprecio. Para no sentirse humi­llada por culpa de su miserable salario, acaba humillando a todo el mundo, fingiéndose misteriosa, sin darse cuenta de que la ma­yoría de aquella gente vive al borde del abismo, colgada de los dichosos gastos de representación, que pueden desaparecer de la noche a la mañana.

Como es de esperar, me toca a mí contestar a la pregunta.

–Depende. Si publico un nuevo libro, pueden ser alrededor de unos cinco millones de dólares ese año. Si no publico nada, se quedan en dos millones de derechos remanentes de los títulos publicados.

–Usted ha preguntado eso porque quería decir cuánto ganaba –dice la chica del «jardín secreto»–. Nadie está impresionado.

Ella se ha dado cuenta de su paso en falso y ahora intenta corregir la situación atacando.

–Al contrario –interrumpe el príncipe–. Imaginaba que un artista de su proyección sería mucho más rico.

Punto para mí. La chica rubia no va a abrir la boca durante el resto de la noche.
La conversación sobre el dinero rompe una serie de tabús, ya que el salario es el peor de todos. El camarero empieza a apa­recer con más frecuencia, las botellas de vino comienzan a va­ciarse con una rapidez increíble, el presentador/organizador sube al escenario excesivamente alegre, anuncia al vencedor, le entrega el premio y vuelve en seguida a la conversación, que no ha cesado, a pesar de que la buena educación manda guardar si­lencio mientras alguien está hablando. Hablamos sobre lo que hacemos con nuestro dinero (la mayoría de las veces, comprar «tiempo libre», viajando o practicando algún deporte).

Pienso en sacar el tema de cómo les gustaría que fuesen sus funerales: la muerte es un tabú tan grande como el dinero. Pero el clima está tan alegre y la gente tan comunicativa que decido permanecer callado.

–Hablan de dinero, pero no saben lo que es el dinero –dice el banquero–. ¿Por qué la gente cree que un papel pintado, una tarjeta de plástico o una moneda fabricada en metal de quinta categoría tiene algún valor? Peor aún: usted sabe que su dinero, sus millones de dólares, no son más que impulsos electrónicos, ¿verdad?

Claro que todos lo saben.

–Pues, al principio, la riqueza era lo que vemos en estas se­ñoras –continuó–. Adornos hechos de cosas que eran escasas, fáciles de transportar, con posibilidad de ser contadas y dividi­das. Perlas, pepitas de oro, piedras preciosas. Todos llevábamos nuestra fortuna en un lugar visible.

»A su vez, se cambiaban por ganado o semillas, ya que nadie lleva ganado o sacos de trigo por la calle. Lo gracioso es que to­davía seguimos comportándonos como una tribu primitiva: lle­vamos adornos para demostrar lo ricos que somos, aunque mu­chas veces tengamos más adornos que dinero.

–Es el código de la tribu –intervengo–. Los jóvenes en mis tiempos llevaban el pelo largo, los jóvenes de hoy llevan piercings: los ayuda a identificar a los que piensan como ellos, aun­que eso no sirva para pagar nada.

–¿Pueden los impulsos electrónicos que tenemos pagar algu­na hora más de vida? No. ¿Pueden pagar el regreso de los seres queridos que ya no están? No. ¿Pueden pagar el amor?

–El amor, sí –dice, en tono de broma, la directora de la compañía de coches.

Sus ojos denotan una gran tristeza. Me acuerdo de Esther y de mi respuesta al periodista en la entrevista que he concedido por la mañana. A pesar de nuestros adornos, de nuestras tarjetas de crédito, ricos, poderosos, inteligentes, sabemos que todo eso se hace en busca de amor, de cariño, para estar con alguien que nos ame.

–No siempre –señala el director de la fábrica de perfumes, mirando hacia mí.

–Tiene razón, no siempre (pero casi siempre), y como está usted mirándome, entiendo qué quiere decir: que mi mujer me dejó aunque yo sea un hombre rico. Por cierto, ¿alguien en esta mesa sabe cuántos gatos y cuántos postes hay en la parte de atrás de un billete de diez dólares?

Nadie lo sabe y a nadie le importa. El comentario sobre el amor ha deshecho por completo el clima de alegría y volvemos a hablar de premios literarios, exposiciones en museos, la pe­lícula que acaba de estrenarse y la obra de teatro que está te­niendo un éxito inesperado.
–¿Cómo fue tu mesa?

–Normal. Lo de siempre.

–Pues yo he conseguido provocar una discusión interesante sobre el dinero. Pero acabó en tragedia.

–¿A qué hora te vas?

–Salgo de aquí a las siete y media de la mañana. Tú también te vas a Berlín, podemos coger el mismo taxi.

–¿Adonde vas?

–Ya lo sabes. No me lo has preguntado, pero lo sabes.

–Sí, lo sé.

–Como también sabes que nos estamos diciendo adiós en este momento.

–Podríamos volver al tiempo en que te conocí: un hombre hecho pedazos por alguien que se fue y una mujer perdidamente enamorada de alguien que vivía en la casa de al lado. Podría volver a decirte lo que te dije un día: voy a luchar hasta el final. He luchado y he perdido; ahora pretendo curar mis heridas y se­guir adelante.

–Yo también he luchado, también he perdido. No estoy in­tentando coser lo que se rompió: simplemente quiero ir hasta el final.

–Sufro todos los días, ¿lo sabías? Sufro desde hace muchos meses, intentando demostrarte cómo te amo, cómo las cosas son importantes sólo cuando tú estás a mi lado.

»Pero ahora, incluso sufriendo, he decidido que ya basta. Se acabó. Me he cansado. Desde aquella noche en Zagreb, bajé la guardia y me dije a mí misma: si viene el siguiente golpe, que venga. Que me ponga con­tra las cuerdas, que me noquee, ya me recuperaré algún día.

–Encontrarás a alguien.

–Claro que sí: soy joven, guapa, inteligente y deseada. Pero será imposible vivir todo aquello que he vivido contigo.

–Encontrarás otras emociones. Y que sepas, aunque no lo creas, que te amé mientras estábamos juntos.

–Estoy segura, pero eso no disminuye en nada mi dolor. Ma­ñana iremos en taxis separados: detesto las despedidas, princi­palmente en aeropuertos o estaciones de tren.
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