El replicante decide perdonar la vida al protagonista. Se sienta, apoyando la espalda en una pared y mientras la lluvia empapa su pelo rubio, dice






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fecha de publicación25.06.2015
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Replicante

El replicante decide perdonar la vida al protagonista. Se sienta, apoyando la espalda en una pared y mientras la lluvia empapa su pelo rubio, dice:
-He visto cosas que vosotros no podríais creer. Naves de ataque ardiendo más allá de Orión… He visto rayos-C brillando cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos… se perderán en el tiempo…, como lágrimas en la lluvia… Es hora de morir.”
Al terminar esas palabras cierra los ojos y agacha la cabeza. En esa escena final, sin saber por qué, me he puesto a llorar. No lo entiendo, he visto Blade Runner varias veces y ya no me sorprende, no tanto como para emocionarme así.

Pero no ha sido una lágrima, no, ha sido un berrinche tremendo, he llorado a moco tendido. Rachael no se lo podía creer, al principio se ha reído un poco de mí porque nunca me había visto llorar, luego se ha empezado a preocupar y ha ido a la cocina a por un vaso de agua. Me lo he bebido entre sollozos, casi sin respirar. Después me ha tomado la cara con las dos manos y mirándome a los ojos me ha preguntado qué me pasaba y yo no he sabido contestar porque tan solo tenía necesidad de llorar, porque no quería que me compadeciera ni que se preocupara, pero no podía hablar.

Estoy triste, tan solo eso.

-Como quieras, si no quieres hablar de ello, tú mismo. Me voy a dormir- Ha dicho después.

Está enfadada, últimamente está casi siempre enfadada. Sé que la estoy defraudando y que cada día vamos a peor. Se ha metido en la habitación y ha cerrado la puerta. Me hubiera gustado poder despedirme con un beso de buenas noches pero no se lo he pedido, tampoco he dicho que me encanta verla vestida con mi vieja camiseta de Peter Pan que siempre es su pijama cuando viene a casa. Su pijama, con su olor.

Me acerco a la ventana, desde ella puedo ver los rascacielos del centro, los letreros luminosos, los video-walls publicitarios... el cielo está cubierto y tiene un color anaranjado por el reflejo de las luces en las nubes. También veo los focos de los helicópteros y a lo lejos lo que parece ser un nuevo edificio en llamas. Hay demasiada luz para ser de noche.

Si cierro los ojos y escucho bien, puedo identificar un rumor profundo y grave, la suma de todos los sonidos de cada una de las casas, de cada coche, de cada alma., de cada máquina. Si cierro los ojos y escucho, entonces puedo pensar mejor. Pienso en por qué me puse a llorar viendo una película de ciencia-ficción. Y pensando me entrego a los recuerdos…

Cuando era pequeño, mi abuelo me enviaba todos los domingos a cambiarle las novelas. Eran novelas baratas que hablaban de lejanos sistemas solares, de naves espaciales que viajaban por el espacio, de extraños seres que habitaban la galaxia... Tenían formato de bolsillo, con no más de cien páginas y las firmaban autores con nombres como Jeff Powell o Sean Gordon, yo siempre pensé que eran la misma persona y que seguramente se llamaba en realidad Antonio García o algo así. Las cambiaba en un pequeño quiosco y con el dinero que me sobraba solía comprar cromos. Llevaba un perfecto control sobre cuales había leído mi abuelo y jamás repetía ninguna. Poco a poco yo también me fui aficionando a ellas. Podía leer tres o cuatro a la semana. En todas, el argumento era parecido: había un héroe, un amigo, una chica y algunos malos que perdían siempre. Pero lo que cambiaba eran los escenarios, los planetas, las aventuras… Cuando era un niño pensaba que la vida iba a ser como una aventura de aquellas.
-¿No vas a venir a la cama?- Es Rachael. No la escuché salir de la habitación.

- No tengo sueño.

-¿No me vas a contar por qué llorabas?

-Te he dicho que no lo sé. No quiero hablar de ello.

-Joder, nunca sé lo que pasa por tu cabeza, nunca me cuentas nada.-Mientras habla ha comenzado a coger cosas por todo el salón y a cambiarlas de sitio.- ¿No lo ves?, no sé ni lo que sientes por mi, siempre tengo que ser yo quien te cuente las cosas. Eres tan…hermético. A veces tengo la sensación de que no tienes sentimientos. Te comportas como un androide…

-Como un replicante.-digo, y me doy cuenta de que a veces intento ser gracioso pero no escojo bien los momentos.- Pero ni los replicantes, ni los androides lloran…

-Claro, porque como te lo tragas todo al final tenías que estallar, aunque sea por la cosa más estúpida.- Me mira cabreada pero con cierto no sé qué de cariño que me recuerda a otros tiempos- Supongo que es tu manera de protegerte, nunca te mojas, y ¿sabes por qué?, porque aunque tengas treinta y muchos años aún eres un crío y prefieres protegerte de los demás para no tener responsabilidades. Si no te acercas al agua, no te salpica, ¿verdad?

-Si tienes tan claro lo que me ocurre no entiendo por qué pretendes que te cuente mis motivos para llorar.

-Pero ¿Tengo que ser yo quien lo interprete todo?, ¿no eres capaz de hablar de las cosas como un adulto?...Mira, yo no puedo seguir así, sin saber que va a ser de mi vida, necesito saber que puedo contar contigo, que tenemos un futuro. Me siento como una estúpida siempre esperando una palabra, un compromiso tuyo que sé que no va a llegar…

Quisiera poder contestar a sus palabras, pero no tengo argumentos, al fin y al cabo todo lo que ella dice es cierto, supongo. Prefiero no decir nada, si contestara nos pondríamos a discutir, seguramente nos insultaríamos y quizás después de ponernos verdes el uno al otro, acabaríamos en la cama, como otras veces. Seguramente ella se sentiría mejor porque sé que lo que más le duele es mi silencio, pero no tengo fuerzas para discutir esta noche. Así que después ha seguido hablando en un largo monólogo cada vez más enfadada, hasta que ha dicho lo que ambos en el fondo sabíamos que iba a ocurrir: “será mejor que dejemos de vernos una temporada”. Dicha esta frase se ha vuelto a meter en la habitación.

Necesito dar un paseo. He puesto en marcha mi vehículo y he salido a la calle. A pesar de ser tarde hay un gran bullicio, está todo lleno de gente. “Hoy es el Nuevo Año Chino”, lo anuncian las pantallas publicitarias. Hay procesiones de gente disfrazada que me golpea en los cristales, hogueras donde los indigentes se calientan y comparten bidones de algún líquido oscuro, colgados que se sientan en los bordillos de la acera con las piernas temblando y las pupilas dilatadas por la metanfetamina. Una muchacha vestida con un abrigo de plástico transparente baila sin música delante de mi y tengo que esperar hasta que se aparte para continuar la marcha, avanzo cincuenta metros y de nuevo paro para que pase un grupo de Hare Krishnas. Mientras espero contemplo todo este mundo a través del cristal del coche y me es tan ajeno como si ocurriera en una pantalla. Creo que debería marcharme de aquí, en cualquier dirección.

Me ha llevado casi una hora salir de la ciudad, pero he conseguido tomar una avenida por la cual he salido hasta una de las autopistas. Ahora por fin, acelero y me dirijo hacia un lugar indefinido por una larga carretera recta, sin desvíos. El cielo, lejos de las luces de la ciudad, es negro y se funde con la oscuridad de la tierra, tan solo puedo ver el camino que trazan miles de cristales reflectantes y que a la luz de los faros del vehículo dan a la carretera el aspecto de una pista de despegue. Quizás sea cierto que aún soy un crío, que aún espero que la vida se transforme en una aventura, como las de aquellas novelas de ciencia-ficción. Aumento la velocidad y me coloco en el medio de la calzada jugando a capturar entre las ruedas las líneas de la carretera. La pista de despegue se pierde en el infinito. Las naves de combate arden en la batalla más allá de Orión. Con el acelerador a fondo, las luces y las líneas vienen hacia mí cada vez más y más rápido, brillando, como el fulgor de los Rayos-C junto a la puerta de Tannhäuser. Comienza a llover con fuerza y escucho el caótico ritmo de las gotas que golpean el vehículo, las gotas que deforman y multiplican por mil los brillos de los reflectores. La pista de despegue se va desfigurando…Estoy solo y todos mis recuerdos se perderán, diluyéndose en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.






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