Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana






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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana.

Agradecimientos
Tengo en mis manos el libro LOS HOMBRES QUE NO PUEDEN AMAR, escrito por los doctores en sicología Steven Carter y Julia Sokol, editado por el señor Javier Vergara. Doy gracias a estas tres personas, con cuyo trabajo dispuse de una muy valiosa información para digerir la experiencia que viví con un alcohólico
-¿Qué esta operando en ti, que estás dispuesta a enfermarte?- fue la pregunta que me hicieron los actores Marconio y Jorge Belaunzarán. Nunca terminaré de agradecerles esa muestra de amistad.

.

Este trabajo es también un reconocimiento a mis locos: Nachtoyollotzin Arturo, alcohólico en activo que niega su problema; Jerónimo, tío abuelo materno, borracho, neurótico de guerra que en el frente de la Revolución Mexicana, fue asesino; Juana, abuela materna, comedora compulsiva por querer expandirse para ser tapadera de todos; Antonio, padre, ausente y humillado, mordaz, golpeador, estafador y trinquetero; Tía Genoveva, hermana de Antonio, pianista concertista, compositora y arreglista, que fue obligada a contraer matrimonio con un tipo mediocre, a cuyas manos murió asesinada por una presunta infidelidad; Esperanza, mi madre, esquizofrénica paranoide; mis hermanos: Alejandro, que desde su más temprana juventud nadó en las aguas negras del alcohol, que tocó todos los fondos impensables en un estado completo de orfandad; y Ma. Alura, mitómana; tía Cirenia, poetisa malograda; tía Alicia, monja resentida que prefirió el sonambulismo a falta de agallas para ser insomne; Petrita, ejemplo de codependencia hasta la ignominia.


Cada uno de ellos, con su respectiva dolencia, me enseñó el valor de comprometerse con un proyecto de vida. Desde aquí, un abrazo y un beso para todos, en donde quiera que estén.

Gracias a Irma, por su trato, su buena comida y por el hecho, bastante halagador, de que a estas alturas del partido se siga tomando la molestia de hablar de mí, aunque hable mal.

Mi gratitud a Premalata de Matesanz, amiga y mentora en esta difícil tarea de hacer con podredumbre la composta.

Raquel Olvera me concedió una gracia: asistir a sus clases. Ahí aprendí que para ejercer el derecho de contar nuestra historia, estamos obligados a saber escribir.

Por último, gracias, mil gracias a los padrinos Raúl, Pascacio, Edith, Angélica, David, Ernesto, Juana, Teresa, Esther, Alma, Luís, Eladio, Miguel, Francisco, Enrique y Patricia, por el auxilio emocional que me brindaron y el riesgo que algunos de ellos corrieron al visitar a Arturo en su casa. Gracias por existir y por darle vida a AA y Al Anon.

FUROR UTERINO


I

-Adriana, ¿de veras la crees tan mala? ¿Qué madre enseñaría por su voluntad a su hija métodos de autodestrucción? ¿Qué mujer querría responder ante su hija por haber hecho eso?
“Eso”, se refiere a ponerle los cuernos al marido con un gringo alcohólico que todo lo quería pagar con clases de inglés, ¡por supuesto que ninguna madre quiere responder! Es más fácil decir que la hija es golfa.
Qué casualidad que cuando el gringo le decía a Ma. Alura que estudiara y la comparaba conmigo, mi hermanita se ponía roja y se quedaba callada. De repente, mamá ya me estaba sermoneando:
-¿Tan decepcionada estás de la vida para enredarte con semejante viejo poshco? ¡Tiene halitosis!
Y describía detalladamente cómo tenía cada muela. Aquella cavidad bucal me era presentada como un enorme cráter pestilente de donde brotaban pus y toda clase de miasmas.
A los diez años de edad, no había tenido tiempo de decepcionarme de la vida, pero ya me estaba decepcionando de mamá.
-¡Marilú te vio, cómo el viejo te agarraba la mano por debajo del libro! ¡Con razón la pobre no adelanta!
Yo trataba de recordar y por más esfuerzos que hacía no me venía a la mente en qué momento el viejo poshco me había tomado la mano. Las recriminaciones se terminaron cuando mamá terminó de curarle la boca. También se acabaron las clases de inglés.


II

El profesor Javier y José Alberto coincidieron en que dejar a mi madre no me sirvió de nada porque, el ex galán lo dijo más claramente:
-De todos modos, eres lo que ella quiso, una mujer sola y además acomplejada. ¡No estás al servicio de nadie!
Cuando tenía doce años, estuve a punto de romperle un brazo; pero a mi mami. El antedicho gandul entró a mi vida más tarde y salió con una camisa rota y la cara cuadriculada.
-Mira, Adriana, si te vuelvo a ver discutiendo con tu hermano, a ti te voy a pegar.
-¡Pero me estaba insultando!
-¡Aguántese! Las mujeres decentes no contestan insultos. No tiene caso, hija, si les contestas, los hombres se saben muchas groserías; nunca los vas a derrotar y sólo vas a quedar como una pelleja.
-¿Qué quiere decir pelleja?
-Búscalo en el diccionario.
Dos años después, a los catorce, mamá me llevaba de remolque a varios sitios donde se reunía gente con pretensiones de religiosos y espirituales; uno de esos lugares, era un templo pentecostal; allí había, entre los “hermanos”, dos mujeres, madre e hija, ambas vestidas de negro. Casi podría decirse dos monjas. Era difícil distinguir cuál era la hija porque se veían de la misma edad, o más bien, costaba trabajo creer lo que decían los miembros de la comunidad, que esas “hermanas” eran madre e hija.
Mi madre me hacía que la acompañara para contra atacar o quizá contra acatar mi rebeldía. Un domingo, rechacé la “limpia” que me ofrecía un hermano de los gringos que de repente llegaban, y ella me reprendió:
-No me conoces, mamá, tú, en realidad, no me conoces. Y casi me le voy a golpes. Me acababa de dar cuenta de qué era lo que realmente quería que fuéramos las dos.
En ese grupo de protestantes había un hombre joven, profesor de primaria, que debe haber tenido unos veinticinco años y empezó poco a poco a acercarse, primero, diz que a prestarme su Biblia para indicarme qué texto se estaba leyendo y después eran invitaciones a comer, hasta que una tarde, al salir del oficio religioso, nos invitó al cine. Sí debe haber tenido intenciones serias, puesto que siempre estuvo dispuesto a cargar con mi madre y se dirigía a ella para cualquier convite que nos quisiera hacer. Al negociar los paseos, a mí parecía ignorarme pero después se desvivía en atenciones; lo veía como un tipo agradable, pero raro.
Aquella tarde, mamá le dijo que con mucho gusto iríamos al cine después de la reunión espiritual a la que acudíamos todos los domingos cuando acababa el culto. Aceptó acompañarnos.
Los integrantes de ese otro grupo, llamaban “tenida” a la sesión. El dirigente se autonombraba Raynar y decía ser re-encarnación de Leonardo Da Vinci. Cuando le explicaron al infortunado pretendiente los requisitos “para venir al conocimiento”, de inmediato enarboló su Biblia y dijo: “El conocimiento está aquí”, se levantó y se fue.
Después de eso, seguimos yendo con los pentecostales, pero él ya nunca más se acercó. Mamá decía que se me quedaba mirando con ojos de “cómo se equivoca uno en la vida”. Hoy, treinta y cuatro años después, creo que la verdadera razón que tuvo ese hombre para alejarse, es que no le pareció que mi madre lo haya llevado con ese señor Raynar, y, sensatamente, se echó para atrás ante la idea de tener que hacer labor de proselitismo. El nada más buscaba una esposa, no demonios qué exorcizar, y menos si tales diablos habitaban la cabeza cochambrosa de la suegra.
Si el haberme separado de mi madre nada más sirvió para que no le diera un mal golpe ni fuera a dar a la cárcel por lesionarla o matarla, ya sirvió de algo, aunque los hombres, y quienes sean, digan lo contrario.


III


Y nunca fui casadera,

casada y casamentera;

pues me tenían por primera

que ingresó en el asador.
Sor Guanga

En el negocio de Silvia nos reunimos cada semana para lavar la ropa; pero también para conversar. El bla, bla, bla entre mujeres es tan vital que, aún teniendo lavadora en casa, estamos ahí puntuales, dispuestas a pagar el alquiler de una máquina. Se pone tan buena la plática, que no prestamos atención a los clientes masculinos que prefieren dejar su ropa por encargo; en terreno femenino, ni chance de mascullar. Cuando estamos tres mujeres o más, ponen cara de “qué enrarecido está el aire”. El día que hablábamos de que en muchos lugares del mundo todavía venden a las niñas, el muchacho que llegaba dijo “Vengo al rato”, y huyó como flatulencia. Pero es verdad. Todavía hay países donde matan a las bebitas si la familia no va a tener para dar la dote y casarla. (Se debería de escribir con z) Eso no está en el pasado ni lejos de la Ciudad de México.
Tenía diez años y una señora libanesa, paciente de mamá, me echó el ojo para esposa de su hijo, muchacho apuesto, pero con veinte de edad. No supe que tenía esa oferta, hasta que a los diecisiete, en los preparativos para el bautizo de mi niña, mamá empezó a fastidiar con los maridos que pude haber tenido.
-Cuando ustedes andaban de juilonas, muchos amigos de Alejandro las quisieron conocer. Hasta se pelearon con él. Octavio Valderrama, un doctor muy prestigiado, me decía de organizar un paseo a Tequesquitengo para que ustedes y sus hijos se conocieran. Nada más le dije “mis hijas están muy chicas, no les interesa eso”, ¡buscando cómo salir del atolladero!
-Ay, mamá, eso de que no nos interesaba, ni tú te lo creías; podrías haberle dicho la verdad.
-¿Qué le decía? ¿Qué mis hijas son unas putas?
-Podrías haberle dicho que ya teníamos novio, era más fácil.
-¡Novio! ¡El hijo del doctor sí hubiera sido un novio! ¡Ese hombre es dueño de un yate y tiene tres casas! ¿Qué crees que sentí cuando me dijo que los dos muchachos ya estaban comprometidos?
-Bueno, ¿y qué querías? Tú no dejaste que nos conociera.
-¡Pero cómo iba a dejar! ¡Si hasta vergüenza da presentarlas!

Como todas esas historias las machacaba a cada rato, mis oídos estaban hechos cachaza. Por una me entraba y por la otra me salía, hasta que la libanesa, madrina de bautizo de mi hija, me confirmó que la intención de negociar mi matrimonio con su hijo, sí había sido cierta.
-Le agradezco, pero ya ve, eligió a una mujer que es muy diferente a mí. No tengo el físico que a él le gusta.
-Eso no importa. Manolo hubiera hecho lo que le ordenara.
Si mamá no quería que nadie de ellos nos conociera y ya los había largado, ¿para qué decirme? Fue su manera de avisar que nunca permitiría que Ma. Alura ni yo contrajéramos nupcias.
No creo en muchas de las libertades de hoy en día, y menos las referentes al matrimonio. El requisito de la virginidad puede ser que se pase por alto si hay dinero de por medio, o se tiene una respetable capacidad de seducción a la hora de negociar. ¡Claro! No debe haber hijos ni cosa alguna que delate la condición de señora sin marido; pero lo que es imprescindible, inapelable, es que una le guste a la madre de él.
Dicen por ahí que la ropa sucia se lava en casa, para nosotras, estar con Silvia es estar en casa. Así nos hace sentir. Los rostros de todas estaban ensombrecidos cuando terminé de hablar. A mi mamá le faltó habilidad para ver a futuro.
LA MALDICION ARTURBIANA.

Si se conjuga en voz alta el verbo amar, en tiempo presente y primera persona del singular, aparecerán muchas cejas arqueadas alrededor. Si el motivo de la acción del verbo es un borracho, entonces no es predicado, sino un sujeto que pone en predicamento a quien hizo la conjugación. De alguna manera tengo que explicar mi mala suerte, y de tal modo que no tenga que acudir al pensamiento mágico; encuentro más sensatez en las leyes gramaticales.
Cuando una ama, o cree amar a un sediento de Dios, se vive peor que después de recibir la maldición gitana, pero lo mágico es injusto, aunque tranquilice, y no puedo execrar eternamente a Don Arturbio. En honor a la verdad, la dicha maldición, si es que existe, la recibí de niña, pero se hizo notorio cuando cumplí once años. Puedo verlo ahora, que ya me estoy acercando al tostón.
Sonó el teléfono. Era una tarde como cualquier otra. No tenía tarea, mamá no me tildaba de burra, como hacía con mi hermana, y como estaba en mis cinco minutos de sentirme la gran inteligencia andando, no soporté que el hombre que llamaba estuviera equivocado.
-¡Pues entonces, fíjese en lo que marca! ¡Pinche, cabrón, jodido! – Y colgué. Dejé la bocina en su sitio, como si estuviera sepultando un animal vivo, ¡y estaba vivo! Volvió a sonar.
-Oiga, señorita, si no la estoy insultando, quiero saber por qué me dijo usted así.
-¡Porque lo es!
-Entonces, ¿usted sabe cómo es la gente nada más por teléfono?
-¡Sí! ¡Y haga el favor de no estar fregando! – Volví a colgar. De nuevo repiqueteó. El teléfono, pero para mí, ese señor ya tenía cara de auricular.
-Señorita, no puedo creer que una persona tan linda se exprese con ese lenguaje.
-¿Cómo sabe que soy linda?
-Porque lo es.
-Pero si nunca me ha visto.
-Su voz es linda, por eso lo creo.
Directo y a la cabeza; y la cabeza, en aquel tiempo más todavía que ahora, era la vanidad.
A la semana, volvió a llamar y así varias tardes. Éramos los grandes amigos, sabía que se llamaba Julián y él, que mi nombre es Adriana.
La última vez que hablamos, me pedía conocernos, pero no fue posible darle la cita, porque en ese justo momento, mamá entró a la sala y se quedó ahí, sentada en un sillón.
Empecé a tartamudear, a oscilar entre el tú y el usted, mamá me arrebató la bocina y escuchó a Julián: “Adriana, si nos hablábamos de tú, ¿qué tienes?” “¿Desde cuándo conoce usted a mi hija, señor?...sí…sí…está bien.”
Mamá colgó. Jamás llegó otro telefonema de Julián, y ni falta que hizo; ya era ostensible que para mí, lo correcto es engancharse en el insulto, que en esa forma se ama y se es amada.
En realidad, mamá me salvó de caer en las garras de un hombre perturbado de sus emociones, con experiencia de la vida, por lo que me llevaba ventaja; pero ella sí sabía que yo iba a amar de manera obsesiva, ¿por qué le molestó ver que ya empezaba a hacerlo? Era su escuela, ¿no?
Con todo y su lucha, terminé siendo lo que era lógico, pero sin aceptarme. Estoy empezando a entender qué clase de personas inventaron el dicho de que “no hay mal que por bien no venga”. Es un recurso para vivir con lo invivible.
AYER Y HOY.

La vecindad es el sucedáneo de la cárcel, por eso da tanta vergüenza vivir ahí. La gente niega el pasado tortuoso y barriotero del mismo modo que nuestros abuelos ocultaban su origen de campo y pueblerino.
En mi niñez, la pobreza era algo que pertenecía a la azotea, allí vivían las sirvientas. Un día, Ma. Alura y yo nos acordamos de algunas que ya se habían ido, entonces, mamá entró furiosa a nuestra recámara:
-¡Aquí no se vuelve a hablar de las criadas! ¡No son de la familia! ¡Gata que se largó, es gata muerta! ¿Lo oyeron?
Ma. Alura dijo en seguida “sí, mamá”, yo me quedé mirando la escena y mamá me gritó: “¿Lo oíste tú también?” “Sí”, dije para mis afueras, pero para mis adentros, decidí que si ella las quería olvidar era su bronca. Después de todo, a través de ellas pude entender qué es la pertenencia al género femenino.
Recuerdo a Rosa. Tenía el pelo largo, hasta la cintura y se hacía una trenza y un copete. Era vivaz y bromista. Sabía algunos trucos de ilusionismo; hoy se que era magia, porque he estado en contacto con magos, pero a los siete años fue un prodigio ver a Rosa quitarse la lengua y volvérsela a poner.
A mamá le complacía que Rosa pudiera controlarnos. Para ella, nada más era “la única gata que había podido con estas chamacas”, y la premió regalándole un sweater; dos meses después se lo arrebató mientras le daba dos cachetadas y la corría por ladrona.
Pasaron algunos meses. La expresión asustada de su cara mientras decía “Por Dios Santito, señora, que yo no fui”, mientras besaba la señal de la cruz, había desaparecido de mi mente. Un domingo, a fuerza de mucho insistir, logramos que papá y mamá nos llevaran al cine. Al regresar, Alejandro se adelantó pero al intentar abrir, la puerta cedió. Mi hermano dijo, asustado, “¡Robaron!” Mamá y papá entraron precipitadamente. Ma. Alura y yo lo hicimos después. Había desorden y faltaba la televisión junto con toda la ropa de mamá.
Lo que tiene esto que ver con el hecho de que hoy viva en vecindad, es que descubro que tengo una lealtad invisible a las criadas; puede ser que hasta envidia. Las sirvientas eran pobres, pero tenían libertad, podían irse de la casa para siempre sin esperar a crecer, y lo mejor de todo, podían cobrarle a mamá sus ofensas.


No se cómo sea la vida de hoy para todas esas mujeres; puede ser que Rosa logró vivir en una casa propia o que realmente haya conocido la cárcel, como aseguró papá cuando dijo que “Ora sí ya agarraron a esos cabrones”, lo único que tengo claro es lo que aprendí: para ser pobre, es necesario tener mentalidad de preso.
México DF., Marzo del 2007.

“HOUDINI: EL TRUCO DE LA DESAPARICIÓN”

“¿Qué podría resultar más desconcertante que un hombre que dice a una mujer que desea un compromiso y luego desaparece?

“Al legendario Harry Houdini se le conocía como el Gran Escapista, el hombre a quien no se podía sujetar ni atar. El Houdini moderno, prácticamente invita a la mujer a que le ate. Luego, para evitar el compromiso a toda costa, se libera de los lazos emocionales con la misma habilidad con que Harry Houdini se liberaba de cuerdas y cadenas.”

Steven Carter y Julia Sokol.

I

Con lo que había pasado en la fiesta, no debí seguir adelante, pero me gustaba mucho. Dentro de mí, Adriana discutía con Agriana para llegar a un acuerdo: ¿qué era lo correcto si lo volvíamos a ver? ¿Y si mejor nos íbamos a otra fonda y asunto arreglado? Entonces me detuve frente a la puerta de aluminio desvencijado que denotaba mejores tiempos de ayer, y a través del cristal, como en un aparador, ¡mi rey! ¡Mi muñeco! ¡Fallido príncipe azul! Ganó Agriana. Arturo estaba sentado en la última mesa del local. Ahora sé que era obvio que le gustaba ponerse hasta atrás, aunque fuera junto al baño, que cuando no olía a desodorante barato, salía el aroma del cajón gatuno.

Trece días antes, se celebró el convivio de fin de año que organizó Irma, y donde tuvo lugar el pleito que marcó la caída en picada de la relación. Estábamos reunidos algunos clientes que ella consideraba amistades, con familiares suyos, la podíamos haber pasado muy bien, desafortunadamente, a uno de los invitados, ya ebrio, le dió por querer ligarme, y no sirvieron de nada todas las formas en que le hice ostensible que no me interesaba conocerlo ni relacionarme con él. Arturo me reclamó. En su mente, yo andaba con ese señor y además, fui amante de Dámaso, otro cliente del changarro con quien a veces coincidía y me gustaba platicar. “Basta ver cómo se te queda mirando para darse cuenta de que anduviste con él, hay cosas que se palpan, verdad que sí te acostaste con él, no estás casada conmigo, eres libre de hacer lo que quieras, no es malo el sexo, háblame con la verdad, esto no está funcionando…” Tuvo la bondad de hablar en voz baja y no adoptar con el cuerpo alguna posición que delatara sus recriminaciones. Acorralada, llamé a Dámaso para que dijera si había tenido algo conmigo. No, no, no, no es necesario, Adriana- Hasta amable se volvió.

  • Pues ahora te chingas, porque lo vas a escuchar!

  • Oye, espérate, qué, ¿es él tu pareja?- Dámaso estaba Dámenso, y no era para menos.

  • ¡Sí! –grité- o mejor dicho, ¡era! ¡Un hombre como él no debe ser nada de mí!

Un arrechucho de esta índole después de haber deleitado a la gente con la pastorela de mis muñecos de ventriloquia echó a perder mi presentación como artista ante todo ese público. Ahora, a más de un año de distancia, sé que los enfermos alcohólicos se sienten atraídos hacia personas con facultades histriónicas porque les tienen envidia.

El día que Arturo y yo nos conocimos, lo primero que hice fue recordarle su progenitora y ponerle un apodo. Llegué a comer, como hacía todas las tardes y ahí estaba, sentado en la mesa del rincón. Se le iluminó la cara, y yo me sentí bañada de luz. Agaché la mirada, así oculté mi expresión de gusto. Mientras iba al mostrador a ordenar mi comida, escuché la voz de Garlitros, Carlos p’a los cuates, pero como estaba saludando a Irma, nada más me dí cuenta de lo último que pude oír.

  • No, sí tiene pelo: ahorita lo lleva recogido con la gorra. Pero lo tiene largo, y muy bonito.

Irma y yo no éramos muy afines; hacíamos un buen contraste: ella enteca, lacia y morena. Yo, rechoncha, güera y china. Parecíamos un dueto de Cri cri: “una es flaca y la otra gorda porque ya comió”. Las dos teníamos melena larga y pintada de rojo con henna, un tinte vegetal que ella compraba en las tiendas naturistas, y yo a granel en el Mercado de Sonora. Ella fruncía los labios si yo habloteaba acerca de mi pelirrojez adquirida en Sanborns para pasar a ser de tianguis cuando el bolsillo transmitió al cerebro la orden de registrar un dolor de codo. Siempre censuró que fuera yo tan visceral. En realidad, no era una Irma, sino una Arma. Con ella nunca acerté. A ratos, pensaba que me hacía muecas, pero preferí la idea de que era su modo de sonreír. Lo hinchado de sus encías y lo arrugado de sus labios, que podrían ser carnosos, era algo que llamaba poderosamente la atención, porque era un foco rojo, era una señal de alarma que cualquier persona sana en mi lugar, podía ver: Irma es una enferma emocional, y además, bulímica. Esto lo supe después.

Regresé a la mesa a regañar a Carlos porque cómo se atrevía a dudar de que yo tuviera pelo. Soltó la carcajada. Vestido de mezclilla,. Tenía exactamente el rostro de Nuestro Señor Jesucristo, si hubiera llegado a viejo. Era malicioso como un poeta y nos regaló a todos un folleto editado con sus recursos. Desde que me lo dedicó, supe que para él yo era una niña color café. Nunca entendí qué quiso decir.

  • ¡Haz el favor de no reírte de mí!

  • ¿Traes tu corsé?

  • Sí, ya me voy a trabajar. Todavía no me acostumbro. Me siento como robot.

  • Pero estás exuberante.

  • ¡Oh, carambas!

Arturo se nos quedaba mirando. Con su corte de pelo casi militar, la camisa blanca de manga larga y el chaleco abierto, parecía oficinista. Era delgado y de facciones finas.

  • Es que tengo que fajarme para ir a trabajar. Por protegerme la espalda. Me dolía mucho y estuve todo un mes sin salir. Ya me estoy reponiendo, pero ahora, tendrá que ser siempre así.

  • ¿En qué trabajas?

  • Soy artista callejera. Me subo a dar mi show a los camiones.

  • ¿Y por eso tanto aspaviento? A mí también me duele la espalda, y no ando con esas visiones. Mejor dí que quieres hacerte flaca. El comentario de Arturo me tomó desprevenida. La impresión bonita de hacía un momento, comenzaba a resquebrajarse.

  • Pues, realmente ya no buscaba eso, aunque la doctora que me recetó la faja me advirtió que voy a adelgazar. Tengo que ir cada mes con un quiropráctico. Dices que te duele la espalda, si quieres, te doy la dirección para que vayas a verlo.

  • Yo no creo en esa gente, luego nada más te sacan el dinero y ahí te tienen.

Hasta aquí, no había tenido oportunidad de ver que él era un enfermo alcohólico, pero sí estaba enseñando sus problemas emocionales. Adriana pudo observarlo, pero Agriana ya comenzaba a hacer de las suyas.

  • Este a donde voy, sí me está ayudando, a la mejor te sirve.

  • No lo creo. Lo más sensato, sería que revisaras tu cama, ¿desde cuándo no la cambias?

  • Bueno, sí tengo pensado comprar un colchón, pero más adelante.

  • Deberías tomarlo en serio, es la espalda, el eje de tu cuerpo, ¡no seas irresponsable!

  • Mire señor: ¡yo no tengo por qué soportar sus estupideces!

  • ¿Qué no nos hablábamos de tú?

  • ¡Pues anda, ve y chinga a tu madre! Se le volvió a iluminar la cara. ¡En verdad le encantaban los latigazos!

Carlos, que había hecho las veces de cupido, intervino en tono conciliador. Ahí estaba, frente a un sujeto que me había gustado, cuyo nombre aún no sabía, y ya le había mentado la madre.

  • Bueno, bueno, ya, si quieres, dame la dirección.

  • Mira, -revisé mi cangurera- aquí traigo su propaganda.

  • Pero dedícamelo.

  • ¿Cómo te llamas?

  • José Arturo Padilla Pérez.- Carlos leyó lo que escribí. Volvió a atacarse de risa.

  • Pose Arturbio Ladilla Jerez… ¡ja, ja, ja! ¡Me huele a romance!

  • Ay, de niño me decían “ladilla” - Balbuceó Arturo, completamente arrobado.

A la semana, volví a conversar con él. Irma ya me había comentado que a raíz de que me conoció, iba todos los días a desayunar y a comer. “No pregunta por ti ni dice nada, pero es obvio que te espera.”

Arturo hervía de gusto al verme entrar. Antes de sentarse conmigo, se puso bocabajo en el piso, como haciendo lagartijas o una genuflexión exagerada, y volteó a verme las piernas; llevaba una falda recta, larga y abierta por los lados, me ruboricé y casi quería fundirme en la pared del negocio.

En esos días nos habíamos estado viendo de pasada porque llegaba cuando él ya se iba. No dejaba de decirme que le gustaba y como nada más encontraba comentarios jocosos en respuesta, me cuestionó.

-Adriana, esos dolores de espalda que tienes, son porque no están cubiertas todas las áreas de tu vida, ¿tienes pareja?

Reí. Adriana tuvo el impulso de decir que sí, mentir para zafarse, pero Agriana se impuso. Le dijo que no.

-¿Ya ves? Tu espalda te dice que necesitas ser acariciada.

No cabe duda que las cosas siempre se toman como de quien vienen. Aquello era un truco barato, otra de sus formas de ganarse un latigazo, pero como venía de un hombre que me gustaba, se lo perdoné. Adriana intentó defenderse.

-Oye, Arturo, ¿de veras quieres andar conmigo?

-Sí.

-¿Y te interesaría yo igual si no me doliera la espalda?

-Sí.

¡Con qué poco me había convencido! Pero aún tenía resquemor. Irma y yo platicamos de nuevo.

-Mira, a mí me atrae, pero somos del mismo modo: “todo tiene que ser como digo yo”, vamos a chocar.

-Ay, no importa, no es nada que no puedan arreglar, él se toma sus copas, pero es un hombre agradable. Piénsalo, y si te gusta, ¿por qué no?

A los tres días, Arturo y yo nos besamos por primera vez, allí, en el restaurante. Pensé que celebraríamos comiendo o que haríamos algún plan para pasar la tarde, pero el señor se limitó a avisar que se iba a quedar dormido, y cayó de bruces sobre la mesa. Parecía en sus cinco, ¡pero traía un cirindango de quién sabe cuánto tiempo! Encubrí con humor el malestar y cedí al impulso de hacerle una diablura:

“Cuando el galán despierte, díganle que no me han visto.”

¿Quién de los dos había recibido el beso tanático, la condecoración máxima a que puede aspirar cualquier jugador de cantina? Arturo bebió sus cervezas, y yo estaba lista para empezar a beber mi llanto, ¿quién era el más borracho de los dos? No contesté la pregunta, y estaba en presencia de un severísimo grupo de sinodales: los Honorables Miembros de la Veneranda Orden de la Cruda Alegre: Garlitros Salva Mendaces, Golfno Glacial Terqueda, extrañamente, faltaban Pésar Disgusto Cordebrio y Dámenso Naftaly; pero a ellos se les esperaba, se sabía que los refuerzos llegarían de un momento a otro; había una baja en el ejército: el Escuadrón de la Muerte se desarrollaba como un bebé robusto, bajo el cuidado de tres insulsas valkirias: Arma Ramera, Roña Yoblanda, y Agriana Falaz.

Me fui a trabajar, pero la tarde siguiente, con el acto de presencia, perdí mi último chance de quedar emocionalmente ilesa. Lo comprendí cuando vi a Irma desempeñándose de manera impecable en su papel de ayudante de briagos.

-Ay, Adriana, hoy en la mañana estuvo Arturo y preguntó por ti; ayer que despertó como a los quince minutos de que te fuiste, le dijimos todos que nadie te habíamos visto, pero hoy en la mañana, no sé qué sentí, me preguntó si Carlos y Delfino lo estuvieron cabuleando, se veía tan triste y desvalido, ¡ay! ¡Se me hizo un nudo aquí! –se señaló entre el pecho y el estómago- y le dije que “sí, Arturo, Adriana sí estuvo aquí contigo y sí se besaron”.- Nada más vi rojo, y me imaginé abofeteándola.

Entre Navidad y Año Nuevo, intentaba burlarme de los osos, panchos, y demás ridículos que llevaba, ¡lejos estaba de saber lo que llegaría después!

-¡Y pensar que todo empezó con una mentada de madre! ¿Para qué se la rayaría yo?

-Eso te pasa por majadera.

-¡Pinche César ¡ ¡ja, ja, ja! ¡Ese, ya no regresa! Y si vuelve, una de dos, ¡o me pone jeta y ni el saludo me dirige, o viene aquí acompañado de otra mujer! ¡Cincuenta pesos a que estoy en lo cierto!

-¡Va! -dijo Carlos- ¡Cincuenta a que no!

-¡Oh, que sí!

-Mira, si pierdes, -intervino César- nos vas a tener que dar cincuenta pesos a cada uno. Somos tres.

-Bueno, iré pensando qué me voy a comprar con los ciento cincuenta pesos que voy a ganar.

Creo que Arturbio nada más regresó para hacerme perder la apuesta. ¿Y si esos desgraciados le dijeron que viniera para conservar ellos su lana? Eran capaces, con tal de joder; pero él estaba ahí, en su mesa favorita, mirando la televisión, y cuando volteó por el ruido que hice al abrir la puerta para entrar, a mi corazón le salieron patitas, y así, como si fuera una criatura o un perritín, se fue corriendo a donde estaba el extrañado y ya no lo pude alcanzar. .Del mismo modo, abandonó mi cartera un billete de cincuenta pesos. Podían haber sido tres, pero Irma habló conmigo.

-Mira, Carlos y yo decidimos que entre amigos no se valen las apuestas, pero César sí quiere que le pagues. MMMmmm! Me dieron ganas de contestarle que le dijera a César que “vaya a cobrarme a mi casa”, pero pensé, “No, para qué, total, ahí está el dinero y ya”. Era ella la que estaba cobrando lo suyo y se escudaba en su amante, porque no me perdonó. Carlos y César, al fin hombres, mostraron mejor sentido de la justicia, sabían muy bien qué estiércol tenían oculta: Arturo no necesitaba llevar a otra; ya estaba ahí.

Pose Arturbio y yo seguimos encontrándonos en ese lugar. Cuando no era él, entonces me mostraba cortante al grado de decirles a los amigos las mil formas en que planeaba escabullirme de la relación; lo cierto era que estaba cada vez más asustada y no sabía contestarme a mí misma por qué. Dámaso fue el único que me dejó hablar, pero lo hizo nada más para cobrarse el haber sido mi salvador.

-Eres miedosa y egoísta, no te estás atreviendo a cosechar.

-¡Pero si no he sembrado nada!

-Entonces, dilo con valor, porque te estás llevando entre las patas a una persona que quiere entrar a tu vida y no es justo. El problema con las mujeres que han estado mucho tiempo solas, es que, cuando alguien las quiere, no lo creen.
Esto último, volteó a decírselo a Irma. Lo injusto, ¡era el rollo que me tiraba! ¡La que estaba recibiendo el daño era yo, y no tenía manera de demostrarlo! Me estrellaba contra una pared como buscara entender por qué a Irma le molestaba verme llegar con Arturo si ya tenía a César; por qué, ni ella ni su madre volvieron a tratarme de ningún modo que se pudiera llamar educado, desde que el muñeco feo y yo nos besamos; por qué no podía convencerlo a él de que mejor nos viéramos en otro lado. El idilio se estaba despedazando, y no tenía la certeza de haber hecho algo real por destruirlo. Arturo me hizo el favor de encender la mecha que necesitaba para estallar. Saludaba a todos con actitudes prepotentes, y si yo corría a abrazarlo, malo; si permanecía sentada y lo saludaba de lejos, malo; si me hacía la desentendida, muy mal hecho; si estaba relajada y departiendo con los demás, peor tantito.

Una noche, estábamos en casa y dijo que tenía hambre. Salimos a buscar algo de comer; al pasar por la fonducha, vimos que se filtraba luz por la parte superior de las cortinas, que ya estaban bajadas. En una taquería, ordenamos más comida para llevar de la que teníamos pensada y de regreso, pasamos con Irma y César. Compartimos lo que llevábamos con lo que tenían. A la tercera cuba, el rey golpeó con el cetro.

-Arturo, ¿qué tienes? ¿Por qué me miras así? Desde hace días que estás raro, como si no te gustara nada de mí. Una de dos: o estás enojado conmigo, o eres muy frío.

-¡Soy muy frío! ¡No quiero que me ames! ¡No quiero que te enamores, ni que esperes nada de mí!

-¿Para decirme eso me sacaste de mi casa a estas deshoras?


- No puedo darte nada ni me puedo comprometer…Ya no siguió. La cuba que iba a tomarme, había ido a dar a su cara.

“El ayudante profesional en todos los juegos de bebida, es el cantinero. En el juego de Alcohólico, él interpreta el quinto papel, la conexión, la fuente directa de abastecimiento que además comprende al alcohólico y que, en cierto modo, es la persona más significativa en la vida de cualquier adicto. La diferencia entre la conexión y los otros jugadores, es la que hay entre profesionales y aficionados en cualquier juego: el profesional sabe cuándo debe detenerse.”
Erick Berne.
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