Marginación del tercer mundo y de la naturaleza






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títuloMarginación del tercer mundo y de la naturaleza
fecha de publicación27.07.2016
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LIBERALISMO ECONÓMICO

MARGINACIÓN DEL TERCER MUNDO Y DE LA NATURALEZA

Susan George
Si hoy todo el mundo tiene un automóvil es porque no hay alternativas. Construir un metro debe ser una decisión colectiva. Es impensable recurrir a la iniciativa privada puesto que no se trata de una empresa rentable. Para que llegara a serlo sería preciso multiplicar el precio de los billetes por cinco o por seis, lo cual disuadiría seguramente a los usuarios y, al mismo tiempo, lo haría mucho menos útil para la colectividad. El mercado es, pues, una opción a excluir: acentúa el individualismo e impide tomar decisiones colectivas.
Lawrence Summers es, a mi modo de ver, el ejemplo perfecto del paradigma dominante en el pensamiento económico. Recientemente, era todavía el vicepresidente y el jefe de los economistas del Banco Mundial. Entonces era el responsable del Informe anual sobre el desarrollo, un documento imprescindible para cuantos se interesan por el Tercer Mundo y por los problemas del desarrollo. Summers es el autor de un memorándum que no estaba destinado al público pero que se entregó a un periodista. En este memorándum, Summers afirmaba que «la lógica de una decisión de verter los residuos tóxicos en África es una lógica impecable. Es preciso contaminar los países menos contaminados, y África está subcontaminada; es preciso colocar los residuos tóxicos en los países donde los salarios son más bajos».
En un país con un nivel salarial y con una esperanza de vida bajos, una persona gana cerca de 3.000 dólares por año y normalmente no vivirá más de 55 años. Supongamos que le quedan veinte años de vida, su aportación al producto nacional bruto de su país es tan sólo de 6.000 dólares. Su muerte prematura a causa de la degradación ambiental no representará una pérdida económica importante. En los Estados Unidos, por el contrario, si la renta anual de un individuo se calcula en unos 30.000 dólares anuales, su contribución media al producto nacional bruto será de 6.000.000 dólares. Conclusión, hay que verter los residuos tóxicos en los países subcontaminados en los que la esperanza de vida es baja y en los que los salarios también son bajos. La lógica impecable de Lawrence Summers reduce el valor de los seres y de las cosas a su valor monetario. Esta lógica es la consecuencia de una interpretación de la teoría del liberalismo llevada al extremo. Este memorándum fue publicado en todo el mundo y, aunque suscitó la indignación general, Summers no dimitió. Todavía hoy es el subsecretario del Tesoro del presidente Clinton, es decir, el subsecretario de Finanzas, que se ocupa de la política financiera de los Estados Unidos hacia el Tercer Mundo. Él será, seguramente, el encargado de aplicar los principios de su lógica implacable.
Dicho de otro modo, confiar al mercado la organización de la sociedad es dejarle también que fije los objetivos. Una privatización global conduciría a una polarización de la sociedad entre los que tienen dinero y los que no lo tienen. Los primeros tendrían derecho a la mejor educación, a los mejores transportes, a los mejores hospitales... Los otros, peor para ellos. El liberalismo por sí solo es incapaz de fijar los fines sociales y de decidir los bienes colectivos. Dejar el camino libre a la iniciativa privada sería optar por la política del mínimo esfuerzo.
El debate democrático es la única forma de organizar la sociedad, gracias al cual los ciudadanos pueden decidir si es útil o no construir un metro, si tienen necesidad de hospitales, reivindicar una educación de calidad cualesquiera que sean las rentas de que dispone cada familia, etc. Ninguna sociedad puede ser perfecta, pero es necesario tener un modelo ideal de referencia para tender hacia él. El liberalismo no es, según mi parecer, un modelo adecuado. La teoría liberal tiene una concepción del hombre puramente mercantil; el homo oeconomicus o la mulier oeconomica que obedece siempre a las mismas reglas. Este tipo de individuo opera en el mercado en función de sus deseos actuales y no tiene en cuenta el futuro. En cualquier caso, es imposible ocuparse del futuro del conjunto de la sociedad en ausencia de objetivos, de orientaciones generales acerca de las directrices a tomar, de los medios a utilizar para conseguir el objetivo fijado. El liberalismo no da a la sociedad ninguna orientación de este tipo.
El mercado tiene una tarea muy clara. No se trata de dar transparencia a cualquier acto económico. El mercado regula los intercambios económicos. Es preciso reconocer que presta algunos servicios a la colectividad, sabiendo, sin embargo, que la lógica mercantil, llevada a sus extremos, implica una cierta visión filosófica del mundo.
La palabra griega oikos, que significa simplemente «casa» o «dominio», es la raíz de las palabras «economía» y «ecología». El nomos es la regla que rige el dominio o la casa. El logos es una palabra de difícil traducción. En el evangelio de san Juan se dice: «al principio fue el logos». El logos es la palabra, pero también el principio rector. En una sociedad normal el principio rector del dominio o de la casa debería ser más importante que las reglas, que el nomos. Pero, en realidad, en el mundo moderno actuamos como si el nomos prevaleciera sobre el logos, y esto se traduce en la primacía otorgada a la economía sobre la ecología. Cada sociedad organiza a menudo su economía sobre la base de estructuras mercantiles. Pero, en general, las sociedades denominadas tradicionales e incluso las sociedades modernas ordenan las relaciones sociales según reglas altamente codificadas. En África, por ejemplo, la economía se rige por reglas de reciprocidad; hoy yo trabajo en tu campo; mañana tú trabajas en el mío; y si existen lazos de parentesco entre los miembros de la comunidad, la reciprocidad del trabajo se convierte en un deber. Los reglamentos se basan también en el principio de la redistribución. Al jefe de una aldea o de una tribu se le designa a menudo para asumir esta función. Existen reglas que codifican las conductas. No se trata tan sólo de una serie de individuos integrados en un mercado. La existencia de un logos, de un principio rector permite fijar los límites y no sobrepasarlos. Por ejemplo, en el caso de una sociedad africana, no es posible rechazar trabajar en el campo de aquel a quien se le debe trabajo sin exponerse a la exclusión. Esto disuade de rechazar el cumplimiento del deber.
La existencia de reglas morales o de otros principios morales codificados, como los diez mandamientos, por ejemplo, que actúan como moderadores, desaconseja los comportamientos excesivos. El liberalismo no pone ningún límite. Considerarlo un logos significaría asumir hasta el final la lógica del señor Summers, que engendra fenómenos tan terroríficos como la venta de órganos del cuerpo humano o la venta de niños practicada actualmente en América latina. Cuando se confunde el nomos con el logos no hay ya ningún límite, todo se puede vender y éste es, lamentablemente, el camino que hemos emprendido. Los Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, han empezado a reducir la protección social. Ésta es también la regla general. Nunca la economía internacional había estado tan integrada, nunca había sido tan fiel al nomos de la teoría liberal. Hoy en día esta economía está dirigida por instituciones completamente antidemocráticas, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Estas instituciones toman decisiones que afectan a millones y millones de personas en América latina o en África, ahora también en la Europa del Este, en la antigua Unión Soviética, en India. China está todavía a salvo, pero son pocos los países que no están sometidos a sus directrices económicas.
El GATT (General Agreement on Tarifs and Trade) implica no sólo a los países del Sur, sino también a todos los países del Norte. La firma del acuerdo final suscita numerosas divergencias, pero si se firma sus consecuencias afectarán a todo el mundo, porque da vía libre a la competitividad. En lo sucesivo, ya no será posible proteger la propia agricultura. Las inversiones extranjeras deberán ser tratadas igual que las inversiones nacionales. Cualquier empresa de Barcelona podrá ser adquirida por una empresa extranjera si ésta le pone precio. Se podrán suprimir las regulaciones obtenidas después de siglos de lucha, los derechos de los trabajadores, los derechos de la naturaleza.
El ejemplo de los pesticidas es significativo. En Europa existe una reglamentación que prohibe la importación de frutas y legumbres tratadas con pesticidas no autorizados en Europa o con dosis superiores a los límites establecidos por la normativa europea. Mañana, si el GATT se firma, ya no será posible prohibir tales importaciones, porque la legislación española o la legislación comunitaria ya no tendrán competencia en esta materia. Será la legislación del Código Alimentario de la FAO de Roma la que fijará unas normas mucho menos estrictas. Entonces ya no tendremos derecho a la palabra. Esto puede comprobarse ya en Canadá. Tras la firma del acuerdo de libre cambio con los Estados Unidos se prohibió a la Columbia Británica subvencionar la reforestación. La administración de esta provincia canadiense subvencionaba la reforestación, pero las empresas madereras estadounidenses denunciaron la existencia de tales ayudas porque ellos no recibían nada equivalente. Consideradas una traba al comercio, estas subvenciones fueron suprimidas. El comercio no consiste sólo en un intercambio de productos, sino que está en el origen de las regulaciones, de las normas ecológicas, de la legislación laboral. Algunas instancias internacionales toman decisiones sobre las cuales los ciudadanos tienen muy escasos o nulos medios de presión.
Naturalmente las empresas transnacionales forman parte de este sistema internacional global. Todas estas instituciones parecen querer seguir la lógica del liberalismo hasta el final. En este contexto, no resulta sorprendente que la naturaleza se vea excluida del sistema.
Summers dijo que no existía ningún límite a la capacidad sustentadora de la Tierra que pudiera ser apremiante en un futuro previsible, que no hay riesgos de apocalipsis debido al calentamiento del clima ni a cualquier otra causa. Según él, la idea de que sería preciso frenar el crecimiento a causa de los límites naturales es un error profundo que, si tuviera influencia, tendría un coste social desastroso. Dicho de otro modo, Summers calcula que podemos continuar viviendo en una sociedad industrial que arroja CO2 en la atmósfera, residuos en el mar, que trata a la naturaleza como si fuera inagotable. Summers está absolutamente equivocado. Se formó en la Universidad de Harvard, es un gran economista acostumbrado a pensar que la naturaleza, el aire, el agua, la tierra son elementos poco menos que gratuitos, bienes abundantes a los que no es preciso asignar un precio. Summers considera también la noción de precio en sentido negativo; el agua del mar carece de valor mercantil puesto que es un bien abundante.
Pero, desgraciadamente, vivimos en una economía abierta: extraemos nuestros recursos de la naturaleza, los insertamos en la cadena de producción y luego arrojamos los residuos en esa misma naturaleza. Pero si nuestra economía es abierta, la biosfera, por el contrario, es un círculo cerrado. Toda la técnica del mundo, toda la inteligencia del mundo no nos permitirían añadir un solo centímetro cúbico a la biosfera en la que vivimos. Hace cincuenta o cien años se podían extraer todavía los recursos de la tierra para alimentar el proceso económico y arrojar luego los residuos. Efectivamente la actividad económica estaba entonces limitada y no alcanzaba los confines de la biosfera. Pero en la actualidad, el desarrollo acelerado de la actividad económica y del sistema de producción ha superado los límites que la naturaleza puede soportar.
En un artículo científico publicado hace cinco o seis años en la revista Bioscience, varios investigadores calculaban que la actividad económica humana absorbía entonces un 40% del denominado producto fotosintético neto de la Tierra, es decir, toda la energía biológica que la Tierra puede dar. Los seres humanos les dejamos sólo un 60% a las demás especies. Si el volumen de actividad económica sigue doblándose cada veinticinco o treinta años, en el año 2020 o incluso en el 2015, utilizaremos el 80% del producto fotosintético neto. En el 2025 habremos sobrepasado los límites de este globo que es nuestro habitat, nuestro oikos.
La ciencia económica, tal cual se aplica actualmente, ¿podrá responder a las cuestiones esenciales que nos planteamos? Desgraciadamente, no. Summers no puede iluminarnos dado que su lógica consiste en conceder un valor mercantil a todo lo existente. Sin embargo, ha omitido tomar en consideración la noción matemática de umbral, es decir, la existencia de un proceso irreversible. No se trata, pues, de una simple conmutación sin consecuencias ni de la realización de un acto cuya posterior anulación no dejaría rastro. Existe un umbral que no se puede cruzar sin riesgo de provocar daños irreparables.
La ciencia económica es incapaz de indicarnos cuál será el umbral infranqueable. Los precios no constituyen una fuente de información significativa para conocer el estado de la abundancia o de la escasez de una materia prima, por ejemplo. Se sigue explotando y agotando el suelo para sobrevivir incluso si es imposible hacerlo. Los precios no nos advierten de las catástrofes potenciales. La economía no puede responder a las cuestiones esenciales relacionadas con el futuro de nuestro oikos. Desgraciadamente, el sistema liberal actual conduce a la utilización de las reservas naturales en función de un proceso de crecimiento que casi todos aplauden. Una tasa de crecimiento del 3% o del 4% se considera una objetivo económico. Pero ¿qué pensaríamos de un industrial o de un banquero que gastara todo su capital a expensas de la reinversión? Su balance a fin de año sería ciertamente maravilloso (un crecimiento del 4%), pero no dispondría ya de capital. Diríamos entonces que no era en absoluto un hombre de negocios, que era un banquero loco y no creo que nadie empleara su dinero en comprar acciones de semejante empresa. Sin embargo, esto es exactamente lo que hacemos con nuestro capital natural.
La exclusión de la naturaleza hunde profundamente sus raíces en el liberalismo. Sólo el Estado, sólo la colectividad pueden resolver los problemas ecológicos, los problemas del logos que hoy debemos afrontar.
La organización «Greenpeace», de la que formo parte y a la que consagro mucho tiempo, ha entendido este problema. Son profesionales que actúan por los demás, allí donde el Estado o la colectividad no toman las medidas necesarias. Por ejemplo: la imposición de un impuesto sobre el carbono, la propuesta de alternativas de gestión de los residuos tóxicos, el cese inmediato de las pruebas nucleares. Es preciso que haya militantes para realizar esta función. Pero sería deseable que «Greenpeace» desapareciera, que llegase a ser inútil, puesto que esto significaría que sus funciones han sido asumidas por la colectividad. Pero, desgraciadamente, hasta que ésta no tome estos problemas en sus manos, necesitaremos todavía estas organizaciones.
La marginación de la naturaleza corre pareja con la marginación del Tercer Mundo. La noción de Tercer Mundo no refleja ya verdaderamente la configuración del mundo actual. Hoy en día no existe esa diferencia entre los países, la estructura del mundo se ha transformado de tal manera que ya no es apropiado hablar de Norte y Sur. La configuración del mundo actual se asemeja más a una pirámide que a dos mitades de una naranja.
La estructura piramidal del mundo actual es transnacional. Las élites de Brasil tienen mucho más en común con sus homólogos de Nueva York, de París o de Barcelona que con los brasileños pobres, y así con todos. Por debajo de estas élites transnacionales se encuentra la clase media, más o menos segura, más o menos expuesta al desempleo. En la base de la pirámide se sitúa un gran número de personas para las cuales el sistema liberal no tiene ningún proyecto. El sistema no las necesita: no producen, no consumen lo bastante. En los países de la OCDE la élite y las clases medias representan el 80 o el 85% de la población. Pero el 15% de la población de nuestras sociedades occidentales está desocupada, no está verdaderamente integrada en el sistema, y su número no cesa de aumentar. Mientras tanto, en el Sur o Tercer Mundo, la parte superior de la pirámide podría incluir, como máximo, a un 25 o 35% de la población.
Si uno considera esta pirámide desde una perspectiva internacional, un tercio de la población mundial se hallaría en la parte superior de la pirámide, de la que estarían excluidos los dos tercios restantes. Esto es, evidentemente, un billete para el desastre planetario. La economía liberal, tal como se la concibe hoy en día, excluye a dos tercios de la población mundial porque carece de proyecto, de ideas sobre los medios a utilizar y sobre las medidas a adoptar para remediar esta situación.
Summers declaró también que «muy a menudo se olvida que las leyes de la economía son como las leyes de la física. Sólo hay un conjunto de leyes, que actúan siempre de la misma forma. Lo que he aprendido desde que estoy en el Banco Mundial es que cuando alguien dice que la economía funciona de forma diferente en tal o cual país, sé que dirá una estupidez». Así, pues, según la lógica del señor Summers, es preciso dejar hacer a la economía, que nos conducirá eventualmente a la integración de todo el mundo. Pero esto es tan falso como la idea de que pueda administrar la naturaleza y salvarla aplicando las leyes del liberalismo. Estoy convencida de que el funcionamiento actual del sistema económico no permite integrar a los dos tercios de la humanidad sin regulaciones internacionales, sin estados fuertes. Si esta verdad económica es igual para todos, esto significa que vamos a consentir que el hombre sea un homo oeconomicus, un individuo sometido a la lotería del mercado. Naturalmente, habrá ganadores, pero también muchos perdedores. Los ganadores serán más numerosos en los países ricos que en los países pobres, pero no todos podrán ganar, porque tampoco en la lotería ganan todos. El sistema actual no lo permite.
El ejemplo americano ilustra significativamente los efectos perversos del liberalismo desde que fue adoptado como logos de la sociedad. Desde 1977 hasta 1988, cuando el ex-presidente Reagan estaba en el poder, si se estudia la evolución del nivel de vida de los americanos, divididos en diez grupos representativo cada uno de ellos de un 10% de la población, se comprueba que los más pobres, el 10% inferior de la escala que no disponía más que de la suma infrahumana de 4.000 dólares de ingreso medio familiar en 1977, perdieron en diez años el 15% de cuanto poseían. Si en los Estados Unidos todos perdían, los más pobres perdían aún más. El 80% de la población americana, es decir las 8 franjas de población con rentas más bajas perdieron un 1,8% de sus haberes durante aquella década. Por el contrario, los americanos mejor situados, que representan un 20% de la población, generalmente aumentaron sus rentas. Si los situados en la penúltima franja, del 80 al 90% sólo ganaron un 1%, las rentas de los 10% restantes, es decir los más ricos, aumentaron en un 16,5%. Las rentas de los más ricos, que representan al 1% de los americanos, aumentaron un 50% en diez años. A principios de aquella década, los más ricos, es decir, el 1%, ganaba 65 veces más que el 10% más pobre, siempre por familias. Pero al finalizar aquellos diez años, los más ricos ganaban 115 veces más que los más pobres. He aquí el tipo de polarización, de marginación que se produce cuando se deja hacer al mercado. Asimismo, si la brecha entre los países del Norte y del Sur era aproximadamente de 2 a 1 en el siglo XVIII, después de la Segunda Guerra Mundial estaba aproximadamente en 40 a 1, y hoy es del orden de 60-70 a 1, si se considera el producto nacional bruto por habitante o el consumo de energía. Dicho de otro modo, los países pobres son 70 veces más pobres que nosotros y son 35 veces más pobres de lo que lo eran hace doscientos años.
El modelo de desarrollo actualmente en vigor es un sistema que polariza, excluye y margina cada vez a más personas. Este proceso se aceleró por el fenómeno de la deuda, al orden del día desde hace quince o veinte años y explotado a ultranza por el neoliberalismo. De entrada, la deuda la acumularon las élites; destinada a servir para sus proyectos, raramente fue invertida en el sector de los servicios o de bienes que beneficien a la mayoría de la población. Cuando hubo que reembolsar las deudas con unos intereses mucho mayores que los inicialmente previstos, no fueron las élites quienes tuvieron que sacrificarse, sino la población. Ésta no se benefició de los préstamos que, en su mayor parte, financiaron el rearme, los proyectos de prestigio o alimentaron las cuentas bancarias personales de los dirigentes (un fenómeno corriente, denominado «huida de capitales») y, en general, sirvieron a la deforestación o a proyectos como los nucleares, altamente destructivos para el medio ambiente.
Para poder pagar sus deudas, los países tienen que proceder a un ajuste estructural: organizar su economía en función del pago de la deuda. Este ajuste lo gestionan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Dos grandes instituciones que dan siempre las mismas recomendaciones a los gobernantes: «Deben ustedes gastar menos y ganar más». Esto puede parecer un consejo muy sabio, porque es cierto que un país no puede vivir por encima de sus posibilidades, como tampoco puede hacerlo una familia. Pero para un país, ¿qué significa ganar más y gastar menos? Ganar más quiere decir exportar más, y significa también «reorientad vuestra economía porque nadie quiere vuestra moneda local. No podéis pagar vuestra deuda en cruceiros o en naira, hacen falta dólares, hacen falta marcos». Sólo hay tres formas de conseguir divisas: las exportaciones, importar turistas y exportar trabajadores. Dicho de otro modo: las inversiones no se realizan para satisfacer las necesidades sociales sino en función del mercado internacional.
Este último, por desgracia, no necesita realmente estos bienes. Un estudio realizado por nuestro instituto sobre las materias primas africanas, con las cuales los países pobres africanos intentan pagar su deuda (millones de dólares se vierten ahí cada mes desde hace diez años; mil millones de dólares del África subsahariana va mensualmente hacia el Norte), nos permitió comprobar que ninguna de ellas tiene futuro en el mercado internacional, con la salvedad, tal vez, del té. Numerosas razones técnicas pueden explicar este fenómeno. Los precios de algunos productos, como el café o el aluminio, siguen bajando. Las exportaciones están enteramente destinadas al pago de la deuda y no permiten a estos países iniciar su desarrollo. Los consejos dados en el marco de los programas de ajuste estructural no sirven para resolver eficazmente las dificultades económicas de los países endeudados.
Por otra parte, es preciso gastar menos y esto se traduce invariablemente en una reducción de las prestaciones sociales en materia de educación, de sanidad, de transporte, de vivienda, de medio ambiente, etc. En su informe sobre la infancia en el mundo en 1989, la UNICEF afirmaba que medio millón de niños más muere cada año por los efectos directos de la deuda (la falta de servicios sociales vinculada al pago de la deuda), sin contar los que mueren por enfermedad, por subalimentación, etc. Cuando estoy de un humor particularmente cínico, suelo decir que sería más fácil coger unos trescientos en África, quinientos en América latina, algunos más en Asia, ponerlos en fila y fusilarlos. Sería más humano que dejarles morir por falta de servicios sociales, tanto por ellos como por sus madres. El cólera en Perú y en América latina no es una epidemia accidental: el precio del agua en Perú se multiplicó por diez y el del petróleo por tres porque, según el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, era preciso aplicar los precios reales y suprimir la gratuidad de los servicios. Mientras tanto, se han cuidado mucho de no desvelar que en las afueras de Lima, por falta de sistema de canalización, el agua se distribuye mediante camiones cisterna, lo que contribuye a aumentar considerablemente el precio del agua. En estas condiciones es lógico que los más desfavorecidos no puedan lavarse las manos, no puedan lavar correctamente la vajilla y utilicen la misma agua diez, doce o quince veces antes de tirarla.
Es fácil erradicar el cólera con un mínimo de condiciones higiénicas que, por desgracia, a menudo constituye un lujo. Hay numerosos ejemplos de este tipo. Son las consecuencias de la aplicación de la doctrina liberal.
Desde hace dos años, el Banco Mundial aconseja tener en cuenta los factores sociales del ajuste, del avisagement, como lo denomina la UNICEF. Pero, desgraciadamente, hasta ahora los desposeídos no han podido detectar todavía mejoras concretas.
La exhortación a «gastar menos» conduce a menudo a un aumento del desempleo que se traduce también en una reducción de los salarios. Es cierto que en muchos países del Sur sometidos a un ajuste estructural, el Estado emplea a mucha más gente. Pero los despidos en el sector público y la reducción de personal realizada en las empresas han aumentado el número de desempleados, y esto provoca un descenso de los salarios porque la gente está dispuesta a trabajar a cualquier precio. En el curso de una reunión de la Oficina Internacional del Trabajo, un representante del Banco Mundial declaró acerca de la Europa central que podía calcularse el éxito del programa de ajuste estructural por el grado de aumento del paro: «Para disciplinar a los obreros, a los trabajadores, es preciso tener una tasa de paro del 20%, así tienen verdaderas ganas de tener un trabajo y esto será una señal del éxito». Se trataba, evidentemente, de una reunión cerrada; un colega me entregó una copia del memorándum.
El pago de la deuda ataca también las funciones del Estado. El Estado puede poner trabas al sistema de mercado del liberalismo. Se trata, pues, de debilitarlo. A mi modo de ver, ésta es una estrategia de guerra. Podría decirse incluso que existe una guerra real. El Norte, los países ricos, está muy avanzado, puede utilizar la deuda, el neoliberalismo como instrumentos políticos. La deuda es un medio de control casi perfecto que permite obtener las materias primas a precios muy bajos, favoreciendo así a las industrias del Norte y su implantación en el Tercer Mundo. Por ejemplo, la empresa de teléfonos española, Telefónica, ha adquirido por una suma irrisoria la mitad de la empresa telefónica argentina cuando ésta se privatizó. Miles de privatizaciones se realizaron de esta forma en América latina y en una parte de África.
La transferencia de recursos en dinero desde el Sur hacia el Norte no tiene precedentes: doce mil millones de dólares mensuales en concepto de intereses de la deuda. Mientras tanto, la deuda no disminuye sino todo lo contrario, aumenta cada año. Alcanza la cifra de 1,4 billones de dólares. En diez años ha aumentado un 66% en todo el mundo, pero se ha doblado en África y en los países más pobres. Los esfuerzos realizados no han dado resultado, puesto que la deuda continúa ahondándose. Entre tanto, los gobiernos de los países endeudados deben seguir las orientaciones recibidas por influencia exterior, instaurar el sistema liberal y la economía de mercado. Pero esto supone también destruir los vínculos sociales, convertir los hombres en homo oeconomicus, debilitar el Estado y derribar el sistema tradicional de reciprocidad o de redistribución. Todavía no lo han logrado, pero tal vez lo conseguirán.
Existe también otro tipo de conflicto, pero esta vez no está dirigido contra el Sur, sino contra nosotros. En trabajos anteriores, describí los efectos de la deuda sobre el medio ambiente y las poblaciones del Sur. Mientras tanto, a mi modo de ver, los argumentos de solidaridad, de justicia o de ética no están siendo lo suficientemente eficaces para sensibilizar realmente a la opinión pública. Escribí El bumerang de la deuda para poner de manifiesto que la opinión pública occidental está realmente implicada en este problema. Quise mostrar que el bumerang de la deuda regresa para chocar con nosotros. En colaboración con un equipo del instituto, intentamos distinguir seis efectos de retorno, seis efectos bumerang de la deuda:
— Medio ambiente: la explotación de los bosques y del suelo, y su consiguiente destrucción provoca un calentamiento del clima que entraña también la pérdida de la biodiversidad, de la que depende nuestra agricultura, nuestros fármacos, nuestra industria; tal vez seamos omnipotentes en el campo de la riqueza pero somos pigmeos en el plano de la biodiversidad, que se halla, sobre todo, en los países tropicales endeudados. Consentimos una tasa de extinción extraordinaria porque los bosques se destinan a menudo al reembolso de la deuda.

— Droga: los españoles conocen muy bien este problema. España se ha convertido en la punto de partida de la distribución de droga en todo el mercado europeo. La economía de la droga se ha duplicado en América latina desde hace una docena de años, puesto que es el medio más fácil de ganar dinero en el exterior. Es un producto de exportación que cuenta con un mercado floreciente, reporta mucho más que el café o el algodón, y permite absorber mano de obra. Cuando los bolivianos que trabajaban en las minas fueron despedidos, se integraron en la economía de la cocaína. Las tierras que se han consagrado a ella y la actividad económica que deriva de ella se han desarrollado considerablemente. El aumento de la demanda es, seguramente, una de las causas, pero la oferta y la venta han progresado enormemente.

— El tercer efecto bumerang tiene que ver con lo que pagamos a los bancos. Los bancos españoles son tal vez los menos afectados porque son también los menos comprometidos. No tengo estadísticas sobre España. Pero en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia, en Alemania, los bancos pueden beneficiarse de créditos sobre los depósitos, lo que contribuye a aumentar la tasa de imposición para el conjunto de los contribuyentes.

— La pérdida de mercado y de empleo: carezco de estadísticas, pero creo que España debe estar muy afectada por este problema a causa de sus lazos históricos con América latina. Los Estados Unidos han perdido su mercado latinoamericano para la venta de productos agrícolas e industriales, y esto ha provocado la desaparición de dos millones de empleos. No se puede reembolsar a los bancos y a la vez comprar mercancías. Un proverbio francés dice que no se puede tener a la vez la mantequilla y el dinero de su venta. América latina no puede reembolsar la deuda, pagar a los bancos y financiar al mismo tiempo la industria.

— El fenómeno de la inmigración es un motivo de preocupación común a todas las sociedades europeas. La historia atroz de los africanos que atraviesan el estrecho de Gibraltar para llegar a suelo español con el riesgo de perecer por el camino, muestra el grado de desesperación de estos individuos, dispuestos a enfrentarse con la muerte para llegar a Europa. Escogen España o Italia, los países europeos de más fácil acceso por su proximidad. La inmigración es un fenómeno perfectamente normal. Cuando los hombres no pueden encontrar trabajo y tener una vida decente en el lugar donde nacieron, intentan ir hacia donde puedan aspirar a una vida mejor.
Los franceses acaban de aprobar un código de nacionalidad draconiano destinado a disuadir a los inmigrantes. A mi modo de ver, no lo conseguirán, porque los elementos mejores, los más emprendedores, intentarán venir por todos los medios. Dicho de otro modo, estamos interesados en adecentar la vida de las poblaciones del Sur. Pienso que la abolición de la deuda no es suficiente, pero es ciertamente un paso necesario. Será preciso imaginar también otras alternativas económicas al modelo liberal que conduce naturalmente a la exclusión de las personas.
¿Qué hacer? He sido muy pesimista, pero no todo es absolutamente negro. Numerosas reacciones han salido a la luz. La sociedad civil nunca ha estado tan activa. Nunca ha habido tantas organizaciones no gubernamentales como las hoy existentes en los países endeudados. En el Sur, estas organizaciones intentan mejorar sus condiciones de existencia. Por supuesto, a veces pueden tener un lado patológico o mafioso, y se puede dudar en algunos casos de la bondad de las actividades de algunas de ellas, como Sendero Luminoso, por ejemplo. Pero son, en general, movimientos constructivos que con los medios disponibles, a menudo muy modestos, organizan su comunidad, su existencia. Los miles de experimentos sociales que han salido a la luz en la actualidad son la prueba de una enorme creatividad social, en la que nosotros mismos podríamos inspirarnos.
En efecto, nuestras sociedades occidentales tienen aún mucho que hacer. Será preciso crear lo que suelo denominar coaliciones o mayorías naturales sobre la base del diálogo entre las personas afectadas por el medio ambiente, por la droga, los sindicatos afectados por la pérdida de empleo, los industriales afectados por la pérdida de mercados, los ciudadanos preocupados por el riesgo de conflictos. Estos últimos son otro bumerang de la deuda, origen de una desestabilización global que propicia la emergencia de nuevos conflictos, de los que la Guerra del Golfo es un ejemplo.
Me parece que es posible cambiar la orientación de nuestros gobiernos. Si no es así, nada podrá cambiar el sistema internacional que actualmente integra un número cada vez mayor de países. Se trata de dirigirse a las personas que pueden influir en la toma de decisiones a nivel nacional en relación con las instancias internacionales. En España, por ejemplo, sería preciso dirigirse al gobernador o al director ejecutivo español en el Banco Mundial, hacer saber al ministerio de Economía que la opinión pública se ha pronunciado contra tal o cual proyecto del Banco Mundial y desea que su director ejecutivo vote en contra del mismo. Los ciudadanos deben asumir esta función. Los americanos la han cumplido muy bien en el plano ecológico. No es imposible, pero es preciso que haya asociaciones que asuman este tipo de actividades.
Creo que las resistencias al liberalismo nacerán de la toma de conciencia de las amenazas que pesan sobre nuestro medio ambiente, nuestro dominio, nuestra casa común. En términos filosóficos, la defensa de nuestro oikos es la única fuerza que puede oponer la antítesis a la tesis de la economía de mercado, al liberalismo puro y duro. Pero tal vez la destrucción de la Tierra, de la que depende nuestra supervivencia, será más rápida. Concluiré con una frase del poeta francés Paul Elouard, que podría ser una guía para la acción: «La resistencia se organiza en todos los frentes puros».

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