Transcripción de la primera entrevista concedida a la televisión El canal católico ewtn ofreció la semana pasada en exclusiva la primera entrevista en televisión concedida por Kiko Argüello,






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Kiko Argüello narra el inicio y el carisma del Camino Neocatecumenal

Transcripción de la primera entrevista concedida a la televisión

 

El canal católico EWTN ofreció la semana pasada en exclusiva la primera entrevista en televisión concedida por Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal, al programa «Nuestra fe en vivo», que presenta Pepe Alonso. 

 

--EWTN: Kiko Argüello, muchísimas gracias por tu gentileza de acceder a esta entrevista; yo sé que no eres un hombre de entrevistas ni te gusta estar ante cámaras, ni menos hablar de ti, pero me han dicho que gracias a madre Angélica nos has concedido poder compartir estos minutos con todo nuestro auditorio. Así que muchísimas gracias en el nombre del Señor, de la Madre Angélica y de toda la gente de habla hispana que está en este momento con nosotros. Bienvenido Kiko.

--Kiko Argüello:  Gracias

 

--EWTN: Vamos a ir al mero principio. Tú eres español, nacido en...

--Kiko Argüello: León

 

--EWTN: Llegando a los Picos de Europa, donde empiezan por allá las Cordilleras. ¿Cómo es que llegaste a Madrid?

--Kiko Argüello: Mi familia se trasladó cuando yo tenía dos años; mi padre era abogado y se trasladó a Madrid.

 

--EWTN: O sea que eres prácticamente madrileño. ¿Cuál es tu formación profesional?

--Kiko Argüello: Yo soy pintor de profesión, estudié el Bachillerato primero y después entré en la universidad, en Bellas Artes. Terminé y después hice muchas exposiciones; hice mi carrera de pintor profesional.

 

--EWTN: O sea que hay cuadros por ahí pintados por ti en calidad de pintor.

--Kiko Argüello: Me dieron un premio extraordinario nacional en España.

 

--EWTN: Yo no soy un gran experto en pintura, pero dentro de la pintura ¿cuál es tu proyección?

--Kiko Argüello: Yo hacía una pintura moderna entonces, después llegó un momento en que abandoné todo para irme a vivir entre los pobres.

 

--EWTN: A ver, a ver...vamos a empezar a digerir; un pintor que tiene su fama, que tiene ya su clientela, y de repente decide abandonar todo e irse con los pobres. ¿Por qué?

--Kiko Argüello: Es una historia muy importante. Ya cuando entré en la universidad de Bellas Artes tuve una experiencia, una crisis podemos decir existencial. Me di cuenta que la fe que me habían dado mis padres --mis padres son católicos-- no me era suficiente; como todo joven, tenía muchas preguntas: ¿cómo es posible que vivimos en un mundo lleno de injusticias, cuando tenemos dentro un deseo de justicia? esto me llevó a buscar otros caminos. Abandoné completamente la práctica de la Iglesia. El ambiente que había entonces en Bellas Artes era todo de «izquierdas», de tipo ateo marxista; pero nunca fui comunista porque yo les decía a mis amigos que eran comunistas: «no entiendo cómo vosotros podéis pensar en un paraíso comunista donde ya no haya injusticias, cuando no dais una respuesta a la historia, a un hombre que a lo mejor en un barco, un negro que ha sido cogido en África, ha muerto en una injusticia...» y esto me hacía pensar que no era cierto.

 

--EWTN: Algo que mencionaste tú me impactó: al entrar tú en esta crisis, en este cuestionamiento, dejas la Iglesia, no optas como que ahí pudiera haber una posible respuesta, sino que borrón y a buscar...

--Kiko Argüello: Sí porque de alguna forma yo no encontraba... tenía una formación muy débil: la formación de la Primera Comunión, después en el Colegio una asignatura que se llamaba Religión, pero no era suficiente para toda la problemática que yo tenía de tipo filosófico-existencial: ¿Quién soy yo, quién me ha creado, por qué vivimos? No encontraba suficiente respuesta. En el fondo, porque veía que los cristianos no respondían suficientemente a la problemática que yo tenía en aquél momento.

 

--EWTN: Más o menos te pasaba a ti lo que a Gandhi cuando le preguntaron respecto al catolicismo, y dijo: «me encanta como religión, pero los católicos no me convencen».

--Kiko Argüello: Entonces me sucedió que yo tenía un grupo de teatro en Bellas Artes y a través del teatro conocí un poco la filosofía de Sartre («La puerta cerrada», «Las moscas», etc..) y en el fondo Sartre daba una respuesta: que el mundo es absurdo, todo es absurdo; o sea que nosotros tenemos un sentimiento de justicia pero vivimos en un mundo de injusticia porque todo es absurdo. Intenté vivir esta realidad de una forma consciente, digamos así: «existencialmente Dios no existe, si Dios no existe, tengo que aceptar que una vez yo no existía, que ahora existo y que mañana no existiré, sin necesidad de inventarme ningún cielo ni ninguna cosa superior». Intenté vivir con esta mente la realidad de ateísmo; de alguna forma el cielo se me cerró completamente e intenté vivir dedicándome al arte. Me dieron un premio extraordinario nacional y salí en la televisión, salí en los medios; y me quedé sorprendido de ver que aquello no me daba absolutamente nada. En el fondo yo me preguntaba: «pero la gente ¿cómo logra vivir si yo no logro vivir?». De alguna manera el mundo se me había hecho cenizas. ¿Por qué vives? ¿Quién te ha creado? ¿Estamos solos en el universo? Y en esta disyuntiva, en esta crisis existencial muy fuerte, tuve una ayuda de alguna forma. Hay un filósofo que se llama Bergson que dice que la intuición es un medio de conocimiento superior a la razón. De alguna manera esto fue para mí una pequeña luz. Digo: «supongamos que Bergson tiene razón y que la intuición es una forma, más profunda que la propia razón, de llegar a la verdad». Y, sorprendido, descubrí que en el fondo mi intuición de artista no aceptaba el absurdo de la existencia; me daba cuenta que en la belleza de un árbol, en la belleza de las cosas, hay algo ahí que no podía ser absurdo. Entonces, si el absurdo no es la verdad, si hay una razón de ser --fue el paso siguiente-- entonces alguien nos ha creado.

Entonces llamé a este Alguien, le llamé: «si existes, si hay un Dios que me ha creado, háblame, dime quién soy, qué tengo que hacer en la vida». Y llamando a Dios tuve un encuentro con Dios muy profundo, en el fondo de mi ser. Me acuerdo que noté algo que me sucedía dentro; me acuerdo que lloraba y lloraba, me manaban lágrimas sin parar, yo me sorprendía: ¿por qué lloro? Me di cuenta que es como una persona que la han condenado a muerte, que le van a matar y, cuando le van a matar de pronto le dicen: «¡Estás libre!». Porque en aquel momento yo había nacido de nuevo, porque Dios existía, algo me decía dentro que Dios me amaba. Y lo más sorprendente... porque, en el fondo, en mi crisis yo sabia que llegaría a matarme, vivía de una manera vegetativa, me levantaba y decía: «vivir ¿para qué? para pintar. Y pintar ¿para qué? para ganar dinero. Y ganar dinero ¿para qué, si nada me satisface?». Sabía que tarde o temprano me pegaría un tiro, me mataría. En esta kenosis, en este descendimiento, en este proceso, tuve este encuentro. Y en este encuentro descubrí con sorpresa que algo dentro de mí me decía que Dios existía. Pero no era una cosa racional. Después, leyendo a San Pablo, dice que «el Espíritu de Cristo da testimonio a nuestro espíritu...». O sea que el Espíritu de Cristo me daba testimonio dentro, no solamente de que Dios me amaba sino de que yo era hijo de Dios. Y con gran sorpresa, cuando tuve este encuentro profundo con el Señor --porque yo estaba dispuesto a hacerme budista, o protestante-- descubrí que este Dios que aparecía en mi corazón, en mi alma más profunda, era Jesucristo, el Jesucristo de la Iglesia católica. Entonces me fui a un sacerdote y le dije que yo quería ser cristiano. Y me dice: «¿es que no está usted. bautizado?».

Le dije: «sí, sí, estoy bautizado».

«Entonces qué quiere usted, ¿confesarse?...».

Yo me daba cuenta que necesitaba una formación cristiana más profunda. Entonces me invitó a hacer un Cursillo de Cristiandad. Hice un Cursillo y los Cursillos de Cristiandad me ayudaron, vi allí un testimonio de laicos, me quitaron muchos prejuicios que yo había adquirido contra la Iglesia en todo el tiempo de la universidad con todo el ambiente que hay de «izquierdas». Después me hicieron profesor de Cursillos y empecé a dar Cursillos de Cristiandad, me formé como catequista. Al mismo tiempo formé un grupo de artistas, que se llamó «Gremio 62», para renovar el arte sacro, con escultores, arquitectos; intentamos hacer una renovación del arte sacro. Me dieron una beca de la Fundación March para ver los puntos de contacto entre el arte protestante y el arte católico, mirando al Concilio y con un teólogo dominico, con un arquitecto, hicimos un giro por todo Europa.

Conocí entonces toda la renovación litúrgica que estaba en marcha: estuve en París, estuve estudiando a Le Corbusier, estuve en Finlandia. En este viaje tuve un encuentro muy importante, y es que antes del viaje nos fuimos al desierto de los Monegros, porque el Dominico conocía a los hermanitos de Foucauld y allí estaba el P. Boyaume (fundador de los Hermanitos de Foucauld)

 

--EWTN: Ubícanos un poco geográficamente. ¿Dónde se encuentra el desierto de los Monegros?

--Kiko Argüello: Está cerca de Zaragoza, en España. Allí hay unas grutas. El P. Boyaume es el fundador de los Hermanitos de Foucauld. Charles de Foucauld está en proceso de beatificación; ahí conocí la historia de este monje que se fue a vivir a Tamanrasset y que quiso vivir el tiempo de la vida oculta de Jesucristo en la Familia de Nazaret, en silencio. Y me quedé enormemente impresionado de este tiempo. Cuando volví de este viaje, me tocó irme a la mili; estuve en África haciendo el Servicio Militar, que también fue una experiencia importante. Una vez tuve un encuentro muy importante y es que, antes de irme a África, cuando volví de este viaje, fui a mi casa un día a pasar la Navidad con mis padres, y a la mujer de servicio, la cocinera, el día de Navidad me la encontré en la cocina llorando. La pregunté: «¿qué le pasa?». Y me contó que habían metido a su marido en la cárcel porque era un borracho, que pegaba a su hijo y su hijo le había querido matar... Total, de pronto me contó una tragedia y me quedé tremendamente impresionado. Me dijo si la podía ayudar. Me quedé tan impresionado que decidí al otro día, el día después de Navidad, ir a verla. Vivía en una barraca miserable, en las afueras de Madrid, vi a su marido que había salido de la cárcel, estaba casi siempre borracho, tenía 9 hijos; de pronto me encontré con un espectáculo de miseria espantoso. Y decidí ayudarla. Llevé a su marido a Cursillos y su marido durante un tiempo dejó de beber, pero después volvió a beber. Cada vez que su marido se volvía a emborrachar y en su casa había una tragedia, me llamaba esta señora porque a mí era al único que escuchaba su marido y se calmaba. Total, que al final me di cuenta: «¿y si a mi Dios me está llamando para que me vaya a vivir con esta familia para que este hombre no se emborrache más?». Y me fui a vivir con ellos. Me pusieron un catre en la cocina --me acuerdo que tenían allí unos gatos-- y en aquél ambiente de miseria tuve un encuentro mucho más importante, una segunda etapa: descubrí el sufrimiento de los inocentes. Allí había gente terrible: una mujer enferma de parkinson que pedía limosna, a quien el marido había abandonado; otra señora estaba tirada por allí... Yo había conocido el existencialismo francés --hay un libro de Camus que se llama «La Peste»-- que presenta el problema del sufrimiento de los inocentes. El Espíritu Santo me dijo que en aquellas personas que sufrían había una presencia de Cristo crucificado. Cuando me tocó más tarde marcharme a África para hacer el Servicio Militar, ya en África el Señor me estaba rondando. Yo pensaba: «si Cristo volviera otra vez --que volverá en su segunda venida-- me gustaría que me encontrase a los pies de los pobres que están crucificados por el sufrimiento». Y con esta idea que me iba rondando...

O sea, el Señor me estaba llamando. Tenía montado el grupo de arte sacro, era profesor de Cursillos, tenía un estudio, tenía un montón de cosas... Ya el Señor me estaba persiguiendo. Al final lo dejé todo y decidí marcharme a vivir entre los más pobres. Conocí a una asistenta social que me habló de un barrio, de Palomeras Altas, donde había una chabola de tablas, un sitio de gitanos y de «quinquis». «Quinquis» se llaman en España a una especie de ambulantes que no son de raza gitana, que van por los pueblos arreglando cacerolas; se llaman «quinquilleros», de quincalla, y que han sido muy perseguidos por la policía porque roban, etc. Al final ya vi con claridad que Dios me estaba llamando a dejarlo todo y a marcharme allí a vivir. Tenía de fondo a Charles de Foucauld; me fui allí a vivir dispuesto a ponerme a los pies de los más pobres, como el que se pone a los pies de la Presencia real eucarística. Me acuerdo que había en la barraca una serie de perros, hacía un frío que pelaba y los perros me calentaban. Me fui con la Biblia y con una guitarra. Dormía allí por tierra. Eso pensaba yo al irme allí; y allí tenía Dios otro plan mucho más impresionante.

 

--EWTN: Vamos a entrar en ese plan. Pero yo te quiero hacer dos tipos de preguntas. Cuando tú esa Navidad descubres la necesidad de esta familia y tomas después la decisión de marcharte a vivir con ellos para ayudarlos ¿cuál fue la reacción de tu familia? Te hago esta pregunta porque hay muchos padres que cuando un hijo o una hija trata de dar una respuesta a Dios, muchas veces se encuentran quizá con un obstáculo, con mucha negativa. ¿Cuál fue la reacción de tu familia?

--Kiko Argüello: Te lo puedes imaginar, no lo entendían. Mi padre pensaba que estaba loco. Mi padre había visto que me habían dado un premio de pintura, que había hecho exposiciones en Holanda, que hice una exposición de arte sacro en Francia, invitado por el Ministerio de Relaciones Culturales, que había ganado mucho dinero... De pronto vio que tiraba mi carrera por la ventana y me marchaba a vivir entre los gitanos; no lo entendieron. Pero no tuve más remedio que ser fiel al Señor.

 

--EWTN: Y ahora, después de estos años...

--Kiko Argüello: Mis padres han muerto.

 

--EWTN: Pero llegaron a ver el fruto de tu apostolado, o sea que están ahora en el cielo gozosos...

--Kiko Argüello: Sí, sí, mis padres entraron en el Camino Neocatecumenal.

 

--EWTN: Te interrumpí, nos habíamos quedado en tu siguiente etapa en tu vida de respuesta al Señor.

--Kiko Argüello: Allí en las barracas los gitanos me veían con la guitarra. Yo era un interrogante: «¿quién es éste?». Creían que era un protestante porque llevaba siempre la Biblia. Unos decían que había hecho una promesa a Dios de vivir allí entre los pobres, no se entendía. Y venían a hablar conmigo. Empezaron a preguntarme, querían saber quién era. Yo abría la Escritura, hablaba con ellos, venían a rezar conmigo, poco a poco allí se empezó a crear un ambiente. Pronto me di cuenta de que, en el fondo... eran todo gente que no sabían leer ni escribir, que vivían ambulantes, por los pueblos, con una cultura muy especial en este sentido. Y yo tenía una forma de hablar distinta, me di cuenta que la forma que yo tenía de predicar no servía. Pero ellos, curiosamente, me pedían que yo les hablara de Jesucristo. Después, allí conocí a Carmen Hernández, una misionera que el obispo de Oruro, en Bolivia, había conocido y quería que fueran unas misioneras a hacer una misión con los mineros de Oruro. Ella estaba buscando un grupo de laicos y me conoció a través de una hermana suya. Vino allí a las barracas y quedó impresionada. Pensando convencerme para que la acompañara a Oruro se buscó una barraca a un kilómetro donde había otro barrio de chabolas. Se fue a vivir allí con una amiga y comenzó a formar parte un poco de nuestro grupo. Yo tenía reuniones en mi barraca donde venían los gitanos que querían que yo les hablara de Jesucristo. Yo no sabía hablarles de Jesucristo. Ellos me preguntaban: «pero, ¿cómo han predicado los Apóstoles?». Los Apóstoles no podían predicar con conferencias y con cosas culturales, imagínate a un Pedro pescador, a un Juan... los pobres me han ayudado. Había un gitano que era jefe de una banda, de todo un clan de gitanos, que había estado en un correccional. Sabía leer y escribir. Y un día vino a hablar conmigo, me preguntó qué decía Dios en la Biblia sobre las peleas, porque tenía un combate con otra banda de gitanos. Entonces yo le leí el Sermón de la Montaña que dice: «Amad a vuestros enemigos. Si alguno te abofetea en la mejilla derecha preséntale la izquierda...» y se quedó enormemente impresionado de que hubiera algo así en la Biblia. Después le dejé «Las florecillas de San Francisco» a este gitano, y ya nos hicimos íntimos amigos; hoy está en el Camino, tiene trece hijos, han estado como familia en misión, fue el primer responsable de la primera comunidad que se formó entre los pobres. Pues éste, por ejemplo, me dice un día: «¡ven a hablar a mi familia, a mi clan!». Vivía en las cuevas con los gitanos. «Pero, si yo no sé predicar, hombre.....». Porque yo estaba en esa actitud de que ellos eran Jesucristo y yo era uno que iba allí a contemplar el sufrimiento de los pobres, no quería enseñarles a leer ni nada, me consideraba el último. Es como si tú tienes un cáncer y ese cáncer es para ti una cruz que a mí me hace venerarte porque estás marcado por la cruz de Jesucristo. O sea yo tenía una actitud de este tipo. Y él se empeñaba en que yo hablara con todo su clan. «¡Les he preparado a todos!», me dijo. Total, me llevó a su barraca que estaba a 300 metros más abajo de la mía, entró en una cueva. Me acuerdo, estaba totalmente oscuro porque no había luz eléctrica: de las velas que ponían allí estaba todo oscuro, además de que los gitanos son bastante morenos de tez, no se veía nada. Y me dice: «háblales de Jesucristo, lo que hablas conmigo ¡háblales!». Empecé a hablarles de Adán y Eva..., no sé qué empecé a decirles. Se levanta la madre de este gitano, que era la matrona, la jefa de todas, y me dice: «¿Usted lo ha visto? ¿Usted ha visto eso de que está hablando? Yo lo único que sé es que mi padre ha muerto y no ha vuelto más, ninguno ha venido del cementerio. Cuando usted vea a uno que vuelve del cementerio, que viene de la muerte, entonces yo le escucharé. ¿Usted ha visto a alguno que venga del cementerio? No ¿verdad? pues se acabó la reunión: mujeres, ¡vámonos!».
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