Chus garcía -fraile. Saturando el exceso






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fecha de publicación13.06.2015
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CHUS GARCÍA -FRAILE. SATURANDO EL EXCESO

David Barro
Cuenta Wittgenstein que en el día de su cumpleaños esperaba una fiesta sorpresa y como nadie se la organizó, se quedó realmente sorprendido. El ritual, en este caso, resultó vital para la verdadera revelación: la frustración de la sorpresa. Esa suerte de paradoja puede explicar la diferencia entre producto y marca, que resulta sustancial: el primero implica algo que se compra para después ser usado; lo segundo, debemos entenderlo como promesa de un algo intangible, que, sobre todo, implica cierta distinción, aunque en muchos casos implique precisamente lo contrario. Esa promesa intangible deriva en el objeto como forma de la ilusión, como signo irrenunciable de nuestro tiempo, como grado Xerox de la cultura, que diría un Baudrillard convencido de la simulación total, donde todo es objeto de diseño y la banalidad se estetiza y sacraliza en una economía política del signo. Baudrillard advierte que antes de pensar en la comercialización deberíamos hacerlo en la suerte de estetización de la mercancía que nos es ofrecida. Posiblemente, nuestro mal de archivo sea esa compulsiva manera de consumir y almacenar estética que, al final, declina en algo virtual, del latín virtus, que no es otra cosa que lo que sólo existe en potencia, y no en acto. Todo es representación, envoltorio, teoría high tech o reciclaje en un tupper de bronce.

Al final, la vida semeja ser una sucesión de sueños, como aquellas ruinas circulares de Borges donde el propio soñador es apariencia. Es el máximo del consumir como muerte, el final escrito de una estéril intención de capturar el sueño de nuestro espejo; pensemos en Calderón, en Unamuno, en Lewis Carroll pero, sobre todo en el payaso que concibe Michael Ende, que se siente sueño de su mismo público1. Como en la pintura fotorrealista de Chus García-Fraile, el exceso de realidad, el sobredimensionado espejismo, no es más que un sueño capaz de esconder la cruda realidad consumista y objetual que semeja sólo poseer una cara exterior, como una banda de Moebius. La luz evangelizadora de las catedrales góticas es ahora una simple marca de un planeta seguramente más enfermo que lo que nos plantea Debord2. Es la contaminación de la imagen como espectáculo y como alienación.

Ante este contexto, podríamos calificar a Chus García- Fraile como una artista realista capaz de anunciar o denunciar una sociedad que rinde culto a la marca; una sociedad más endeudada que nunca cuando paradójicamente gana más dinero; una sociedad con más expectativas y menos fiel a un producto concreto o, en todo caso, menos tolerante debido a una oferta desbordante. El barroquismo escenográfico de Times Square o Picadilly nos seduce y mientras, cada día, la propaganda invade nuestro espacio vital. Por algo propagar es multiplicar, reproducir, y publicidad no es otra cosa que propaganda; la connotación negativa del término propaganda se debe al exceso de determinadas doctrinas, pero hoy esa publicidad de diseño también resulta excedida.

Por otro lado, está fuera de toda duda, que el arte ha ejercido también de importante elemento al servicio de la política: los espectaculares obeliscos y columnas de la antigua Roma, las construcciones faraónicas, los moralizadores tímpanos medievales, los suntuosos baldaquinos barrocos, etc. Aunque no hace falta irse tan lejos para encontrar estrategias de propaganda encubierta si pensamos en cómo el arte puro y libre de los expresionistas abstractos americanos se vendió como signo de libertad ante el encorsetado y kitsch arte del comunismo; la CIA llegó a financiar en secreto algunas de sus exposiciones. Todo se consume y Chus García Fraile lo ironiza en una obra que asume esos signos para sus propios fines. El encantamiento es total, y en definitiva la ficción estilo Truman torna artificial el escenario donde nos movemos, tanto como una vidriera de Chanel o unas escaleras mecánicas en medio de la naturaleza.

Lo vemos en sus últimas pinturas, que nacen también de cierto exceso, en este caso procedente de la disolución de una serie de imágenes digitales que ven como su forma y color se expanden hasta tornarse ilegibles o altamente pixelizadas. Es el exceso como ficción, como el brillo del flash de una cámara fotográfica ante el cristal de la Gioconda –seguramente por eso, cuando Lichtenstein dibujo su estudio para la Capilla de la Eucaristía se valió de una onomatopéyica explosión de luz para expresar el misterio-. La imposibilidad del turista de captar la sonrisa de la Mona Lisa tras el cristal blindado, rompe definitivamente la ilusión, tanto como estas arquitecturas pixelizadas sitas en un mundo al que le cuesta soñar. Es la evidencia histérica del virtual confort de una segunda vivienda con forma de chalet, señal de ‘indiscutible’ bienestar contemporáneo.

Los continentes saturados de Chus inciden en una visión del mundo discursivamente construida donde, en consecuencia, no existe la representación verdadera. Estaríamos en una línea nietzscheana que rechaza la existencia del hecho en favor de lo interpretativo. Es como cuando Truman, en su show, comienza poco a poco a cuestionarse su mundo, las repeticiones, las coincidencias.

¿Es nuestro mundo perfecto? Platón hablaba del mundo como representación imperfecta, una representación conformada a través de nuestra propia ideología. Truman lucha por romper esa perfección aséptica y superficial, se arriesga a un mundo peor como le advierte su especie de ‘dios creador’ y su público, tan fiel durante tantos años, simplemente se pregunta qué ponen a continuación en la televisión. Pero antes, Truman ignora que su ciudad es un enorme plató televisivo dirigido por un realizador y guionista y que su esposa, madre y amigos no son más que actores contratados. Su vida es un ensayo ‘en directo’, un mundo superficial que comienza a ser cuestionado por Truman al percibir las impolutas reiteraciones en loop -pensemos que la mayor prueba de que algo es producto de una falsificación es su exagerada perfección y limpieza, como en las fotos de Thomas Demand-. Pero un día, el citado Truman llegará hasta el límite de ese plató de los sueños, hasta el horizonte pintado que cierra el decorado. Entonces, se produce un diálogo con el realizador que, por primera vez, habla a Truman: ‘Truman.... ¿Puedes hablar?’ / Truman mira al cielo y contesta, ‘¿Quién eres?’ / ‘Soy el creador del programa de televisión que llena de esperanza y felicidad a millones de personas.’ / ‘¿Y yo quién soy?’ / ‘El protagonista.’ / ‘¿Nada es real?’ / ‘Tu eres real (...) Ahí fuera no hay más verdad que la que hay en el mundo que he creado para ti, las mismas mentiras, los mismos engaños, pero en mi mundo tu no tienes nada que temer.’

El mundo perfecto puede ser un parque temático o un inmenso cementerio, porque un cementerio es el hogar de lo extinguido, de la muerte disfrazada de vida. Ese mundo perfecto de marcas que tan originalmente ha reflejado Chus García-Fraile, esa cotidianidad consumista, versa ahora sobre esa irracional demanda de vivienda, en un país como España que cuanta con una vivienda por cada dos habitantes. De ahí que sus títulos respondan a los precios de esas mismas casas en venta.

Chus García- Fraile semeja querer reflejar las distintas etapas de consumo de nuestra realidad vital. Siempre en búsqueda de esa zanahoria-confort que se mantiene a la misma distancia, tan crudamente real como inoportunamente ficticia. Como señaló Borges esta manera de clasificar, la representación como algo familiar de nuestro pensamiento, es directamente proporcional a lo ficticio y contradictorio. Nuestro discurso, nutrido de una serie de códigos culturales, se basa en modos de representación arbitrarios, antinaturales y concretados históricamente. Chus lo sabe y asume el arte como una forma más de representar y la representación como una cortina que confunde y engaña nuestra sensación de realidad, que la forma a la vez que la deforma, si seguimos a Roland Barthes.

Hablamos de apariencia, de exteriores sacralizados y de representaciones que se reproducen; es decir, a partir de una serie de imágenes o lenguajes construimos representaciones ideológicas o sociales como el género o la raza, pero también asumimos ideologías capaces de desbancar esa religión de la vidriera por el puro consumo de lo que vemos, sobre todo, en la televisión. Así, para Herman Asselberghs, la televisión es la encarnación del principio de Heisenberg: la televisión observa el mundo, y al mismo tiempo, su perspectiva cambia el mundo3. Esta interferencia decisiva, nos ofrece el mundo como el otro, con sucesos que parecen mostrarse como pura representación, evidentes, inevitables, irreversibles, y es como si nosotros no estuviésemos implicados en ellos. Y ante tanto exceso entendemos las palabras de Warhol acerca de cómo en América, los consumidores más ricos compran, en esencia, las mismas cosas que los pobres: “Uno se sienta delante de la televisión y bebe Coca Cola; y sabe que el presidente bebe Coca Cola, Liz Taylor bebe Coca Cola; y piensa para sí, tu también te puedes permitir beber una Coca Cola”.

Chus García- Fraile utiliza el lenguaje de lo cotidiano para convertirlo en compleja poesía de lo transitorio, para pixelizarlo en una suerte de indefinición de los límites, en una tierra de nadie en proceso de construcción que esconde movimiento en su aparente quietud. Así, parece querer acompañar cada amenaza que permite reflexionar acerca de la problemática cuestión de la identidad individual y colectiva. En este opulento horror vacui, en esta adicción al consumo diario, Chus recoge la agresividad mediática capaz de difuminar los límites de nuestras necesidades a partir de cualquier soporte plausible de adaptarse a sus presupuestos teóricos. Ahora el producto llega antes (o cae del cielo como en su vídeo Mercado continuo), dicta, anuncia como una nota sincopada en una partitura que todos seguiremos con ilusión. De ahí que en la tele todo se invada de esos quince minutos de fama warholianos convertidos en la banalidad más absoluta. Ahora la inmensidad se sacraliza; ya no es simplemente el logotipo de una marca. Todo es exterior y todo es susceptible de resultar icónico, pero, antes de nada, simulación.

En efecto, asumimos esta era como la de la simulación, una época donde el objeto natural ya no es creíble y el código recoge su importancia. La representación de la realidad es trasplantada por la realidad en sí misma, que se convierte en simulación. La simulación y los modelos son para Baudrillard ejemplos de reproducción pura4. Por eso dispone tres tipos de simulación: la falsificación predominante en la era clásica del Renacimiento, la producción en la era industrial y la simulación de la época actual, regida por el código. Ahora prima la reproducción de objetos y la fina línea que podría distinguir entre verdad y ficción ha terminado por extinguirse.

Chus García- Fraile hace evidente ese exceso y lo excede todavía más, como cuando amplifica la imagen de una lata o descubre y agiganta unas zapatillas deportivas. El juego de escalas evidencia la fragilidad de nuestra mente de consumo, nuestra tentación sobre lo sensual, la caída en la dictadura del signo. Todo está en venta y lo más barato es la fragilidad de un sueño. En una alternancia de los factores, vence la viceversa y el objeto acaba por definir una cultura. El branding consiste en crear una entidad en la mente de quien consume, porque entre las pieles que conforman nuestra identidad se encuentras las imágenes y acciones de una comunicación eficaz. Chus García -Fraile lo sabe e ironiza sobre ello, jugando con apariencias y hábitos desde los márgenes de la abundancia de un mensaje dominado por la psicología de lo espectacular o del simple confort de no pensar por nosotros mismos.


1 Michael Ende. El espejo en el espejo. 1987, págs. 230-249.


2 “Una sociedad cada vez más enferma pero cada vez más poderosa ha recreado en todas partes el mundo concretamente como entorno y decorado de su enfermedad, como planeta enfermo. Una sociedad que no ha llegado aún ha hacerse homogénea y que no se determina a sí misma, sino que está determinada cada vez más por una parte de sí misma que se sitúa por encima y al margen de ella, ha desarrollado un movimiento de dominación de la naturaleza que no se ha dominado a sí mismo. El capitalismo ha aportado finalmente, por su propio movimiento, la prueba de que ya no es capaz de seguir desarrollando las fuerzas productivas, y no en un sentido cuantitativo, como muchos habrían creído entender, sino cualitativo. Guy Debord: El planeta enfermo, Anagrama, Barcelona, 2006

3 Asselberghs, H: “Totó, tengo la impresión de que ya no estamos en Kansas.... ¡Debemos estar sobre el arcoiris!”, Johan Grimonprez, Centro Galego Arte Contemporánea, Santiago de Compostela, 1998

4 Baudrillard, J: Simulacres et simulation, Galilée, París, 1981

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