El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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La iluminación difusa brillaba desde columnas doradas, obeliscos y estatuas. Un extremo de los amplios salones estaba dominado por la versión del decorador de un templo egipcio, acompañado por esfinges de cartón piedra. En el otro extremo, una fuente romana, rodeada de columnas artísticamente truncadas, derramaba sus aguas sobre un ancho y poco profundo estanque. Momias falsas, tronos lujosos y grandes urnas pintadas se hallaban estratégicamente diseminados por el lugar. Había también varios reservados equipados con pequeños bancos de pieda para dos personas.

Cuando Artemis había comprado el deteriorado parque de diversiones, hacía va tres años, había imaginado lo que deseaba hacer con él. Henry Leggett había seguido sus instrucciones al pie de la letra. El trató con el administrador, los arquitectos y los decoradores. Todos habían recibido instrucciones de ocupar los extensos terrenos con exotismo, suntuosidad y misterio.

Nadie entendía mejor la fascinación que ejercían los sueños que un hombre que jamás se había permitido soñar.

Ceso la música, demasiado pronto para su gusto. A desgana, hizo detener a Madeline. Los negros pliegues del dominó que ella lucía se arremolinaron por última vez en torno de sus tobillos y’ se aquietaron revoloteando. Desde detrás del antifaz, la mirada de la viuda se clavo, desafiante, en la de él.

—Ahora que ya se ha dado el gusto de divertirse a mi costa, ¿ podemos hablar de negocios, señor.?

—Ah, bueno. Ya sabía que no podía hacer durar el baile toda la noche.

—Muy bien, señora Deveridge, hablemos de nuestro acuerdo. Pero no aquí. Un asunto tan sórdido requiere cierta privacidad.

—No demasiado sórdido, señor.

—Ante los ojos de la sociedad, señora, no hay nada tan vulgar como los asuntos de negocios.

La tomó del brazo y atravesaron las enormes puertas dobles, rumbo a los jardines alumbrados con lámparas de los Pabellones de los sueños. La noche templada había atraído a numerosos asistentes a disfrutar del sabor ligeramente escandaloso del parque.

La cuidada iluminación potenciaba los efectos prodigiosos de los arcos de triunfo, las escenas mitológicas y las ruinas clásicas que adornaban los sinuosos senderos flanqueados de vegetación. En las alturas, un acróbata caminaba sobre la cuerda floja. Allá abajo, un grupo de pisaverdes hacía apuestas acerca de los resultados de los juegos malabares realizados por un mago ataviado con ropajes orientales. La gente se paseaba entre los kioscos que vendían pasteles de carne calientes y golosinas. Nombres y mujeres flirteaban en los umbríos reservados del jardín y’ desaparecían en los oscuros senderos. Música, risas Y ocasionales aplausos poblaban los jardines.

Madeline observo a un grupo de jóvenes bulliciosos reunidos frente a tina caverna.

—Francamente, esa caverna parece real.

Ese es el punto, señora Deveridec.

Artemis aumento la presión sobre su brazo y la condujo hasta el extremo más lejano de los jardines, donde la arboleda estaba sumida en la oscuridad. Pasaron frente a la entrada del Pabellón de Cristal, donde varias personas se habían congregado para contemplar la representación de un ejército de soldados autómatas de juguete enzarzados en una batalla de utilería.

De otro pabellón cercano surgieron entusiastas aplausos. Madeline se volvió para mirar la entrada iluminada.

—¿Qué entretenimiento ofrece ese salón?

—Ese es el Pabellón de Plata. He contratado a un hipnotizador para que haga sus demostraciones.

—Oh, sí, desde luego .Es el hipnotizador que Nellue y Alice estaban tan ansiosas por ver la otra noche —lo miro con curiosidad—¿Cree en los poderes de la hipnosis señor’?

Artemis escuchó los entusiastas gritos que salían del Pabellón de Plata.

—Creo en la venta de entradas, señora. El hipnotizador lo sabe hacer muy bien.

En lugar de sonreír ante esa mínima muestra de ironía, Madeline apretó los labios hasta que se convirtieron en una fina línea.

—Algunos elementos de Vanza entran dentro de lo que podría calificarse de hipnotismo.

—Eso no se lo voy a discutir. La mente es una región misteriosa, y sus misterios se encuentran en el mismo corazón de la filosofía de Vanza.

A medida que avanzaban por el sendero y éste iba volviéndose más sombrío, la muchedumbre comenzó a ralear.

—¿Adónde vamos? —preguntó Madeline con cierta incomodidad.

—A una sección del parque que no ha sido aún abierta al público. Allí podremos estar cómodos. Le mostraré la nueva atracción.

—¿Cuál es?

—La Mansión Embrujada.

Madeline giró bruscamente la cabeza.

—¿Embrujada? —repitió.

Su tono agudo lo sorprendió.

—No me diga que tiene miedo a los fantasmas, señora Deveridge! No podría creerlo.

Elia no respondió, pero Artemis pudo percibir la tensión que la dominaba.

¿Fantasmas?

Cuando llegaron a los oscuros setos que circundaban el extremo más alejado del parque, Artemis se quitó el antifaz.

—No hay peligro de que nadie pueda verla aquí, señora Deveridge. Este sector está cerrado a los visitantes.

Elia pareció vacilar, pero finalmente se quitó el antifaz. La luz de la luna brilló sobre su cabellera morena.

—La Mansión Embrujada todavía está en plena construcción —Artemis abrió un portón y recogió una lámpara apagada que habla sido dejada allí a propósito—. Será inaugurada el mes próximo. Espero que sea muy popular entre los jóvenes y las parejas de enamorados.

Madeline no realizó ningún comentario, mientras él encendía la lámpara y la conducía a través de un sendero de grava flanqueado por altos cercos. Giraroii en la esquina y se encontraron frente a una entrada de piedra.

—El nuevo laberinto —anunció Artemis, atravesando la entrada—. Se abrirá al mismo tiempo que la Mansión. Lo diseñé yo mismo, utilizando un diseño Vanza que confió en que confundirá a mis clientes.

—No lo dudo. Mi padre sostenía que los laberintos Vanza eran los más intrincados que nunca hubiera visto.

La desaprobación que Artemis pudo detectar en su voz le hizo sonreír.

—¿No le interesan los laberintos? —preguntó.

—De niña me gustaban. Pero después comencé a asociarlas con Vanza.

—Así que, naturalmente, dejó de encontrarlos divertidos.

Elia le dirigió una mirada enigmática, pero no respondió.

La hizo girar en otra esquina. La fachada gótica de la Mansión se alzaba, imponente, bajo la luz de la luna, con sus estrechas ventanas adecuadamente sombrías y amenazadoras.

Madeline contempló la ominosa estructura.

—Tiene el mismo aspecto de los castillos de las novelas de la señora York. Le aseguro que, antes de entrar en este lugar, lo pensaría dos veces.

—Lo tomad como un cumplido.

Madeline pareció sobresaltarse, mas después no pudo menos que sonreír a regañadientes.

—¿Tengo que suponer que también tuvo que ver con este diseño, al igual que con el del laberinto?

—Así s. Creo que esta mansión hará correr escalofríos por la espalda de mis clientes más temerarios.

Madeline lo miró con expresión curiosa.

—Los Pabellones de los sueños son algo más que una inversión comercial para usted, ¿no es así?

Mientras meditaba sobre la pregunta, Artemis se quedó contemplando el castillo.

—Le diré un secreto que no seria capaz de reconocer ante ninguna otra persona, señora Deveridge. Compré este parque de diversiones porque creía que sería una excelente inversión. Tenía la intención de construir casas y tiendas en el terreno. Tal vez finalmente lo haga, pero mientras tanto he descubierto que disfruto bastante con este proyecto y con el diseño de las distintas atracciones. Vender sueños es un negocio muy lucrativo.

—Comprendo —Madeline volvió a mirar la Mansión Embrujada—. ¿Tiene intenciones de seguir explotando este parque después de haber encontrado una esposa adecuada?

—Todavía no he tomado ninguna decisión —apoyó un pie sobre el pilar bajo de piedra que señalaba el camino que llevaba al astillo—. Es la segunda vez que me pregunta acerca de mis intenciones con respecto a mi futura esposa. Parece realmente preocupada de que no se comporte decentemente con ella.

—Se lo recomiendo calurosamente.

—Ah, bueno, pero, ¿qué pasa si ella objeta mi fuente de ingresos?

Madeline cruzó las manos en la espalda. Parecía fascinada por el Pabellón Gótico.

—Mi consejo es ser sincero con ella desde el principio, señor.

—¿Incluso si eso significa correr el riesgo de perderla?

—Conforme a mi experiencia, el engaño no es una buena base para un matrimonio.

—¿Está diciéndome que su matrimonio se basó sobre esa piedra angular?

—Mi esposo me mintió desde el momento en que nos conocimos, señor.

La combinación de hielo y temor en la voz de Madeline logró dejarlo inmóvil.

—¿En qué le mintió? —preguntó.

—En todo. Le mintió a mi padre y me mintió a mí. Demasiado tarde descubrí que no podía creer en nada de lo que me había dicho. Hasta hoy sigo tratando de discriminar entre la realidad y la ficción.

—Una situación sumamente desagradable.

—Peor de lo que pueda imaginarse —murmuró ella en tono desolado.

Artemis se acercó y le tomó el mentón con la mano.

—Antes de que nuestros negocios sigan adelante, señora Deveridge, le sugiero que hagamos un pacto.

—¿Qué pacto?

—Prometámonos uno al otro que no nos mentiremos mientras dure nuestra asociación. Pueden aparecer cosas que prefiramos no comentar. Podemos mantener nuestros secretos. Después de todo, tenemos derecho a nuestra intimidad. Pero no nos mentiremos. ¿De acuerdo?

—Un pacto así es muy fácil de hacer, señor —bajo la luz de la luna, sus ojos se veían sombríos—. ¿Pero cómo podemos estar seguros de que el otro lo cumplirá?

—Una pregunta excelente, señora Deveridge. No tengo respuesta para ella. Al final, todo se reduce a la confianza.

La boca de Madeline pareció torcerse ligeramente.

—Se dice que probablemente yo esté loca y sea una asesina. ¿Está seguro de que quiere correr el riesgo de confiar en mí?

—Todos tenemos nuestras peculiaridades y nuestros lados flacos, ¿verdad? —Artemis se encogió de hombros—. Si llegamos a este acuerdo, usted tendrá que pasar por alto muchas cosas de mí: está mi pasado Vanza, y el desgraciado hecho de que, después de todo, soy un comerciante.

Ella lo miró un instante. Al cabo de ese rato, soltó una exclamación ahogada que bien podía ser una carcajada.

—Muy bien, señor, tiene mi palabra de honor, valga eso lo que valga. No le diré ninguna mentira.

—Y no escuchará ninguna de mi parte.

—Vaya acuerdo interesante, ¿verdad? —comentó ella con sorna—. Un pacto de sinceridad entre una mujer sospechada de asesinar a su marido a sangre fría y un hombre que oculta al mundo la verdad sobre sí mismo.

Yo estoy satisfecho con él —Artemis la miró a los ojos—. Ahora que hemos hecho este pacto, tal vez lo mejor sea que me diga qué quiere de mí, señora Deveridge.

—No tiene por qué alarmarse, señor. No quiero nada más de lo que cualquier persona razonable esperaría de una loca —siguió mirando el castillo fijamente—. Deseo que me ayude a encontrar a un fantasma, señor.

Durante un largo rato, Artemis permaneció en silencio, procurando asimilar las implicaciones de esa declaración. Lentamente soltó un largo suspiro.

—No puedo creer que una dama de su inteligencia y educación crea realmente en fantasmas.

Madeline apretó los dientes.

—Casi puedo creer en este espectro en particular.

—¿Tiene nombre este fantasma?

—Oh, sí! —respondió ella en voz baja—. Se llama Renwick Deveridge.

Quizá, después de todo, los rumores estuvieran en lo cierto. Quizás estuviera verdaderamente loca y fuera candidata para ir al manicomio de Bedlam. Artemis sintió de pronto el frío en el aire. Desde el Támesis comenzaba a levantarse la niebla que cubriría los jardines.

—¿Cree realmente que su difunto esposo ha vuelto de la tumba para acosarla? —preguntó con cautela.

—Poco antes de que... muriera en ese incendio, mi esposo juró matar a todos los miembros de mi familia.

—¡Santo Dios!

—Tuvo éxito al conseguir matar a mi padre.

Artemis la miró con ojos intensos.

—Se dice que Winton Reed murió de un ataque al corazón.

—Se trató de veneno, señor Hunt —Madeline lo miró brevemente, y apartó la mirada—. Mi tía trató de salvarlo, pero mi padre ya era un hombre anciano y su corazón estaba débil. Murió pocas horas después del incendio.

—Entiendo —Artemis mantuvo un tono neutral—. Supongo que no tiene ninguna prueba...

—Absolutamente ninguna.

—Vaya.

—No me cree, ¿no es así, señor? —agitó la mano—. No puedo decir que lo culpe. Quienes piensan que asesiné a mi esposo no vacilarían en afirmar que la culpa que debo sentir me ha llevado a ver su fantasma por todos lados.

¿Y lo ha visto, efectivamente?

—No —vaciló un instante—. Pero conozco a alguien que lo ha visto.

¿Loca como una cabra, se preguntó Artemis? ¿O una astuta asesina tratando de utilizarlo en algún plan macabro? Fuera lo que fuese, la conversación estaba resultando cualquier cosa menos aburrida.

—¿Tiene usted idea de qué sucede, señora Deveridge?

—Sé que suena muy loco, pero últimamente he comenzado a preguntarme si acaso es posible que mi esposo no haya muerto aquella noche en el incendio.

—Tengo entendido que el cuerpo de Deveridge fue hallado entre las cenizas.

—Sí. El médico lo identificó. Pero, ¿y si...?

—¿Y si el médico estaba equivocado? ¿Es eso lo que trata de decir?

—Sí. Me dijeron que el cuerpo estaba quemado pero no hasta el punto de que fuera imposible identificarlo. Sin embargo, pudo haberse cometido un error —Madeline se volvió bruscamente para mirarlo con ojos que refulgían a la luz de la lámpara—. De una forma u otra, tengo que descubrir la verdad, y debo hacerlo cuanto antes. Si mi esposo está vivo, sólo puedo suponer que ha regresado para llevar a cabo su venganza contra mi familia. Debo tomar medidas para protegernos, a mi tía y a mí.

Él la miró largo rato en silencio.

—Y si queda en evidencia que es usted realmente una víctima de su imaginación señora Deveridge? —preguntó finalmente—. ¿Qué hará entonces?

—Demuéstreme que estoy equivocada al creer que Renwick ha regresado de la tumba. Demuéstreme que estoy loca. Le aseguro, señor, que recibiría de buen grado la noticia de que he sucumbido a una afección nerviosa —esbozó una sonrisa sin gracia—. Por lo menos, podría intentar la curación. Mi tía es muy hábil en la preparación de bebedizos para esas cosas.

Artemis flexionó lentamente las manos.

—Tal vez debería consultar a algún detective de Bow Street, señora Deveridge. Alguien debe ser capaz de ayudarla.

Aunque lograra convencer a un detective de Bow Street de que no estoy loca, éste no tendría ninguna posibilidad contra un experto en las artes de Vanza.

—¿Deveridge era un experto?

—En efecto. No era maestro, aunque anhelaba serlo, pero era muy competente. Le digo, señor Hunt, que, después de revisar las notas de mi padre acerca de los miembros de la Sociedad, he llegado a la conclusión de que sólo hay una persona, aparte de usted mismo, a quien podría consultar. Desgraciadamente no esta disponible.

Por algún motivo, a Artemis le irritó saber que Madeline había evaluado la posibilidad de emplear a otra persona.
—¿Y quién es ese hombre que usted considera apto para esta tarea?

—Edison Stokes.

—Ni siquiera se encuentra en Inglaterra actualmente —murmuró Artemis—. Se casó hace poco. Llevó a su flamante esposa a visitar ruinas romanas, creo.
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