El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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—¿Cuál es el problema, querida?

—Envié a Hunt un mensaje en el que le informaba que deseaba tener una conversación de negocios con él. Y él me respondió... esto...

—¿Esto, qué? —Bernice le quitó la tarjeta de la mano. Sacó unas gafas del bolsillo, se las calzó sobre la nariz y leyó en voz alta:

Bernice alzó los ojos llena de júbilo.

—Vaya, Madeline, es una invitación.

—De eso me doy cuenta —dijo Madeline, arrancándole la nota de la mano. Examiné la definida caligrafía masculina—. ¿Qué demonios está tramando este hombre?

—Francamente, Madeline, eres demasiado suspicaz para tu edad. ¿Es tan extraño ser invitada a un baile por un caballero respetable?

—No estamos hablando de un caballero respetable, estamos hablando de Artemis Hunt. Tengo todo el derecho del mundo a ser suspicaz.

—Me parece que estás demasiado tensa, querida mía —dijo Bernice, frunciendo el entrecejo—. ¿Has vuelto a tener problemas para dormir últimamente? ¿Estás tomando mi elixir, verdad?

—Sí, sí. Es muy efectivo.

Ella no veía ningún motivo para decir la verdad a Bernice. La noche anterior había tirado el elixir en la bacinilla, tal como lo hacía cada noche, porque no se atrevía a utilizarlo. Por las noches, lo último que deseaba era quedarse dormida. Las pesadillas eran cada vez más siniestras.

—Pues bien, silo que te está afectando los nervios no es la falta de sueño, habrá de ser alguna otra cosa —dijo Bernice.

—Mi reacción ante esta nota de Hunt no es un caso de debilidad nerviosa. Es puro y llano sentido común —se dio varios golpecitos en la mano con la tarjeta—. Piénsalo: le envío una nota diciéndole que deseo contratar sus servicios por una suma específica, y él me responde invitándome a un baile lujoso. ¿Qué respuesta es ésa?

—Una muy interesante, si me lo preguntas. Especialmente, si proviene de un caballero maduro pero todavía ágil.

—No —dijo Madeline, mirándola torvamente—. Me temo que es una respuesta muy Vanza. Hunt está tratando deliberadamente de confundirme. Debemos preguntarnos por qué.

—No se me ocurre más que una sola manera de averiguarlo, mi querida.

Solicito el honor de acompañarla al baile de disfraz que tendrá lugar en los terrenos de los Pabellones de los sueños el jueves por la noche.

—¿Cuál es?

—Debes aceptar su invitación, naturalmente. Madeline se quedó mirándola.

—¿Te has vuelto loca? ¿Ir a un baile de disfraz con Hunt? ¡Vaya idea estrafalaria!

Bernice le dirigió una mirada socarrona.

—Estás viéndotelas con un maestro de Vanza. Tendrás que manejarlo con mucha astucia y habilidad. No temas, tengo una confianza ilimitada en tu capacidad para llegar a la verdad.

—Humm.

—En todo caso, no veo qué daño puede hacerte ir a un baile—agregó Bernice—. Necesitas divertirte un poco. Estás empezando a ser tan excéntrica, aislada y sigilosa como cualquiera de los miembros de la Sociedad Vanzariana.

6

—Veo que esta noche Glenthorpe se ha entonado más temprano que de costumbre —comenté lord Belstead, mientras dirigía una mirada desaprobatoria hacia el hombre derrumbado sobre un sillón frente a la chimenea—. Todavía no son las diez y ya está completamente borracho.

—Tal vez deberíamos invitarlo a jugar una o dos manos con nosotros —respondió Sledmere sin levantar los ojos de los naipe Glenthorpe es un asno, especialmente cuando está borracho. Sin duda, podríamos ganar una buena suma de dinero.

—Demasiado fácil —Artemis examinó las cartas que tenía en la mano—. ¿Qué gracia tiene jugar a las cartas con un imbécil borracho?

—No pensaba en la gracia del asunto —replicó Sledmere—, sino en los beneficios que podíamos obtener.

Artemis dejó los naipes.

—Ya que estamos, permitidme deciros que acabo de apuntarme un tanto.

Belstead echó una mirada a sus cartas, y soltó un bufido.

—A costa de mí, parece. Tienes una suerte del demonio.

En el otro extremo de la habitación, Glenthorpe dejó su copa vacía y se puso trabajosamente de pie.

—Esta noche he abusado de esa suerte —dijo Artemis, observando al borrachín—. Si me disculpáis, me retiro, porque ya llego tarde a una cita.

—¿Quién es la bella dama, Hunt? —preguntó Belstead con una risita burlona.

—En este momento se me escapa su nombre —Artemis se levantó de su silla—. Sin duda lo recordaré en el momento indicado. Buenas noches, caballeros.

Sledmere se echó a reír.

—Asegúrate de recordar el nombre correcto. Por alguna extraña razón, las mujeres suelen ofenderse si a uno se le mezclan los nombres.

—Gracias por el consejo —replicó Artemis.

Abandonó la sala de juego y se dirigió hacia el vestíbulo para recoger el abrigo, el sombrero y los guantes.

Glenthorpe se hallaba en la puerta. Tambaleándose ligeramente, se volvió hacia Artemis.

—¿Vaya, Hunt ,se marcha?

—Así es.

—¿Le molestaría compartir conmigo el coche? —Glenthorpe miró por la ventana con ojos nublados—. Es difícil encontrar uno en una noche como ésta, sabe. La condenada niebla es tan densa que podría cortarse con un cuchillo.

—¿Por qué no? —Artemis se puso el abrigo y fue hacia la puerta.

—Excelente —la expresión de alivio que mostró Glenthorpe resultó casi cómica. Se apresuró a salir tras Artemis y ambos se internaron en la calle cubierta por la niebla—. Es más seguro salir juntos, sabe. En noches como ésta hay más probabilidades de toparse con bandidos y ladrones.

—Así dicen —Artemis hizo señas a un coche de alquiler para que se detuviera.

El coche se detuvo, traqueteando, frente a la escalinata del club. Glenthorpe se introdujo desmañadamente en su interior y se desplomó sobre uno de los asientos. A continuación hizo lo propio Artemis, que cerró la portezuela tras él.

—Nunca se ha visto tanta niebla a principios del verano —murmuré Glenthorpe.

El coche se alejó, sacudiéndose, por la calle.

Artemis contemplé a Glenthorpe. El hombre no se percaté del examen a que era sometido. Estaba demasiado ocupado observando la tenebrosa calle. Parecía ansioso. Sus ojos mostraban una mirada tensa y nerviosa.

—Ya sé que no es asunto mío, por supuesto —dijo Artemis mientras se recostaba entre las sombras de la cabina—. Pero no puedo dejar de advertir que esta noche parece estar usted un tanto inquieto, Glenthorpe. ¿Hay algo que lo preocupe?

Los ojos de Glenthorpe pasaron, inquietos, desde la ventanilla basta el rostro de Artemis, para volver de inmediato a la contemplación de las calles.

—Alguna vez ha tenido la sensación de que alguien lo vigilaba, Hunt?

—¿Qué me vigilaban?

—A mí, no a usted —Glenthorpe cerró las cortinillas y se hundió en el gastado asiento acolchado—. Últimamente he tenido la extraña sensación de que a veces alguien me sigue. Pero, cuando me doy vuelta para mirar, no veo a nadie detrás de mí. Es sumamente perturbador.

—¿Por qué querría alguien seguirlo?

—¿Cómo demonios quiere que lo sepa? —dijo Glenthorpe, en voz demasiado alta y con exagerada vehemencia. Pestañeé alarmado ante el sonido de su propia voz, y se apresuré a bajar el volumen—. Pero está ahí. Puedo sentirlo en los huesos.

—¿Quién cree que es el hombre que lo sigue? —pregunta Artemis con escaso interés.

—No va a creerlo, pero pienso que es... —Glenthorpe se interrumpió.

—¿Quién? —apremió Artemis, cortésmente.

—Es difícil de explicar —Glenthorpe retorció los dedos sobre el asiento—. Se remonta a algo ocurrido algunos años atrás. Algo que involucraba a una mujer.

—Ajá.

—Era sólo una actriz, nadie importante —Cien tborpe trago con dificultad—. Ocurrió un hecho terrible. Algo totalmente involuntario, desde luego. Los demás dijeron que sería divertido. Dijeron que la chica sólo bromeaba. Que apostaba fuerte para ver si lograba algo. Pero no era así, comprenda.

—¿Qué sucedió? —preguntó Artemis con serenidad.

—La llevamos a un sitio privado —Glenthorpe se froté la nariz con el dorso de una mano enguantada—. Pensábamos pasar un buen rato. Pero ella... se resistió. Huyó. No era culpa nuestra que ella... No importa. Lo cierto es que yo no tuve nada que ver con lo sucedido. Todos los demás habían tomado lo que querían de ella, pero, cuando me llegó el turno, no pude, si entiende lo que quiero decir. Demasiada bebida. O quizá fuera la manera en que me miro.

—¿Cómo lo miró?

—Como si fuera una especie de bruja lanzándome un conjuro para mi perdición. Dijo que todos se la pagaríamos. Bueno, fue una tontería, por supuesto. Pero pude ver que los demás estaban equivocados. Ella no bromeaba. No quería nada de nosotros. Yo.. yo sólo... no pude superarlo.

—Pero usted estaba allí esa noche.

—Sí. Pero sólo porque los otros me llevaron a la rastra. No es la clase de cosas que más me gustan, sabe usted. No soy... digamos, mi naturaleza no es tan... tan sensual como la de otros hombres —Glenthorpe volvió a retorcerse—. En todo caso, presenté alguna clase de excusa. Los otros se rieron de mí, pero no me importé. Lo único que quería era marcharme. Pero la chica logró liberarse y huir. Se produjo un accidente. Se cayó.

—¿Y usted qué hizo?

—¿Yo?—Glenthorpe pareció horrorizado—. Vaya, nada. Nada de nada. Eso mismo estoy tratando de explicarle. No hay motivos para que él me siga. Yo ni la toqué.

—¿Quién lo sigue?

—Ella dijo... —Glenthorpe se humedeció los labios y volvió a frotarse la nariz—. Dijo que su amante nos destruiría por lo que le habíamos hecho. Pero eso fue hace cinco años. Cinco largos años. Pensé que sin duda aquello estaría terminado y olvidado.

—Pero ya no está tan seguro.

Glenthorpe vaciló, luego se metió la mano en el bolsillo. Sacó de él un sello de reloj de cadena.

—Así es. Recibí esto hace algunos meses. Sencillamente apareció en los escalones de entrada de mi casa.

Artemis echó una mirada al sello de oro en el que podía verse tallada la imagen de un semental purasangre.

—¿Qué es esto?

—Creo que él me lo mandó. El que ella dijo que la vengaría.

—¿Y por qué iba a hacer algo semejante?

Glenthorpe se frotó la nariz.

—Tengo la horrible sensación de que él está jugando conmigo. Como el gato con el ratón, ¿comprende? Pero no es justo.

—¿Por qué no?

—Porque de los tres, yo fui el único que no hizo daño a la mujer —Glenthorpe se hundió en el asiento—. Soy el único que ni siquiera la toco.

—Pero estaba allí esa noche, ¿verdad?

—Sí, pero...

—Ahórrese las explicaciones, Glenthorpe. No me interesan. Quizá le convenga ensayarlas con el que cree usted que lo está siguiendo —Artemis golpeó el techo de la cabina para atraer la atención del cochero—. Si me disculpa, lo dejo aquí. Me parece que prefiero hacer el resto del viaje solo.

—Pero los asaltantes...

—Todo hombre debe elegir la compañía que prefiere.

El coche se detuvo. Artemis se apeó y cerró la portezuela. Se adentró en la densa niebla sin mirar hacia atrás.

7

Esa noche estaba transgrediendo todas sus normas. Las reglas según había vivido durante tantos años eran pocas, pero rígidas e inquebrantables. Vendía sueños, pero jamás cometía el estúpido error de permitirse creer en ellos. Se había consagrado a fabricar ilusiones, pero él jamás confundía fantasía con realidad.

Había intentado convencerse de que algunos valses con la Viuda Siniestra no harían sino agregar más elementos a su estrategia y a sus astutas estratagemas para hacerla caer en la trampa. La dama sabía demasiado acerca de él, y Artemis sabía que debía ganar la delantera. El antiguo adagio de Vanza lo sintetizaba muy bien: Lo que es peligroso debe ser comprendido antes de ser controlado”.

Madeline le dirigió una mirada impaciente a través de su antifaz emplumado.

—Ya es tiempo de que hablemos de negocios, señor.

Ni soñar con seducirla bailando un vals.

—Tenía la esperanza de que se permitiera disfrutar de la velada antes de entrar en los detalles del negocio —Artemis la acercó más a él y la obligó a dar otra vuelta por la atestada pista de baile—. Yo, ciertamente tengo toda la intención de hacerlo.

—No sé qué juego está jugando, señor Hunt, pero en lo que a mí respecta no estoy aquí por el baile o por la diversión.

—Debo decirle, Madeline, que no se esta conduciendo conforme a su reputación de hembra seductora capaz de llevar a la perdición a cualquier hombre. Le confieso que me siento un tanto decepcionado.

—Por cierto que me siento destruida al enterarme de que no soy lo suficientemente excitante ante usted, pero no puedo decir que me sorprenda el hecho de que haya percibido mi falla en ese aspecto. Vaya, apenas anteayer mi tía comenté que me he vuelto tan aislada y excéntrica como cualquier miembro de la Sociedad Vanzariana.

—No se preocupe, señora. Parece que comienzo a desarrollar cierto interés por las damas aisladas y excéntricas.

Artemis la vio abrir la boca por la sorpresa. Antes de que pudiera aplicarle la reprimenda que sin duda él merecía, la obligó a girar en otra amplia vuelta. Los pliegues del dominé negro de Madeline ondularon alrededor de sus tobillos.

Artemis estaba firmemente decidida a disfrutar aunque sólo fuera una parte de esa velada. En sus brazos, Madeline le producía exactamente la sensación que él había imaginado: vibrantemente cálida y sensual. Su fragancia era más embriagadora que el más exótico de los inciensos. Una curiosa temeridad se había venido gestando en él desde su reunión en la biblioteca. Esa noche se proponía liberarla, a pesar de los riesgos.

A Madeline le llevó más de un cuarto de pista poder recobrar el control sobre si.

—¿Por qué, en el nombre del cielo, insiste usted con esta ridícula charada del vals? —preguntó con rigidez.

—No es ninguna charada. Estamos realmente bailando un vals, por si no lo había advertido. Al contrario de todo lo que se ofrece en los kioscos de los Pabellones de los sueños, no hay ninguna ilusión en nuestro baile. Cuando terminemos, seguramente estaremos sin aliento.

—Sabe muy bien a qué me refiero, señor.

Artemis sonrió débilmente.

—Me dedico a vender sueños e ilusiones, señora. Usted está por comprar algunos de los artículos que vendo. Como cualquier comerciante experto, simplemente me limito a insistir en que pruebe mi mercadería antes de entrar de lleno en los sórdidos detalles comerciales.

La obligó a girar en otra dirección antes de que pudiera discutirle. Quizá, si la obligaba a bailar vigorosamente, Madeline quedaría lo suficientemente agitada como para no hablar de negocios por un rato.

En algún momento deberían enfrentar el problema, desde luego. Pero Artemis tenía intención de que el acuerdo tuviera lugar allí, en un terreno que él podía controlar, y no en un sitio elegido por Madeline. Detalles como ése tenían mucho peso en una negociación. Cuando se hacían negocios con una dama sospechada de asesinar caballeros, más valía cuidar bien de pisar terreno seguro.

Mientras hacía girar a Madeline por la pista, el costado práctico de su personalidad notó con cierta satisfacción que esa noche los salones del Pabellón Dorado estaban abarrotados. Los bailes de máscaras, que se ofrecían todas las noches de jueves durante el verano, se encontraban entre las atracciones más populares del parque de diversiones. Estaban abiertos a cualquiera que pudiera permitirse pagar el precio de la entrada. El único requisito para ser admitido era estar disfrazado.

La naturaleza democrática de las actividades ofendía a muchos. Pero los bailes de disfraz habían sido declarados divertidos por los elementos más sofisticados de la alta sociedad. Era todo lo que se requería para atraer a las multitudes. El tenue aire de escándalo e intriga que flotaba sobre el parque demostraba ser infinitamente seductor. Cualquier jueves por la noche, en la pista de baile se mezclaban petimetres, oficiales, jóvenes juerguistas y nobles rurales con actrices, damas, comerciantes y pícaros. Bailaban en medio de una elegante recreación de los esplendores del Egipto y la Roma antiguos.
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