El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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—No se preocupe por las divagaciones pero quiero dejarle en claro que me disgustaría mucho que mis asuntos personales se mezclaran en este preciso momento. Estoy seguro de que usted puede advertir que me encuentro involucrado en algunos temas extremadamente delicados.

—Sí, por supuesto. Ya ha aclarado su posición, señor. No hay necesidad de amenazarme.

—No creo haber hecho ninguna amenaza.

—Señor, usted es Vanza —dijo ella, asestándole una mirada incisiva—. No es preciso que la exprese a viva voz. Le aseguro que es muy clara.

Por alguna razón, el disgusto de Madeline por todo lo que fuera Vanza comenzaba a irritarlo.

—Para una dama que anoche se rebajé hasta el chantaje para obligarme a ayudarla, demuestra usted mucho atrevimiento insultándome hoy de esa manera.

—¿Chantaje? —A Madeline se le dilataron las pupilas por el ultraje—. ¡No hice nada por el estilo!

—Dijo francamente que conocía mi vinculación con los Pabellones de los sueños, y bien sabe que no deseo ningún chismorreo al respecto. Discúlpeme si interpreté mal su intención, pero tuve la clara impresión de que utilizaba esa información para obligarme a ayudarla.

Madeline se ruborizó.

—Me limité a señalar sus obligaciones en la cuestión.

—Llámelo así, si quiere. Yo lo llamo chantaje.

—Oh, bueno; tiene derecho a opinar lo que quiera, desde luego.

—Así es. Y le agregaría que el chantaje no es mi juego de salón preferido.

—Lamento la necesidad...

El destello de pánico que detecté en los ojos de la viuda satisfizo a Artemis. Interrumpió sus explicaciones con un gesto.

—Cómo se encuentra hoy su criada?

Madeline pareció algo desconcertada por el brusco cambio de tema. Realizó un visible esfuerzo para dominarse.

—Nellie está muy bien, aunque aparentemente los secuestradores la obligaron a beber una buena cantidad de láudano. Todavía está atontada, y su recuerdo de los hechos es extremadamente vago.

—Latimer me dijo que no recordaba prácticamente nada.

__No. Lo único que recuerda claramente es el momento en que los dos hombres discutían sobre su precio. Tuvo la sensación de que la habían raptado por órdenes de otro, pero que uno de ellos pensaba que podían obtener más dinero si la vendían a otro cliente —Madeline se estremeció—. Me repugna pensar que los propietarios de burdeles están activamente ocupados en la compra y venta de mujeres jóvenes.

—No sólo de mujeres jóvenes. También trafican con muchachos.

—Es un tráfico terrible. Cualquiera pensaría que las autoridades...

—Las autoridades pueden hacer muy poco en este caso.

—A Dios gracias, pudimos encontrar a Nellie a tiempo —Madeline lo miré a los ojos—. De no haber sido por su ayuda, la habríamos perdido. Anoche no tuve la oportunidad de agradecérselo como corresponde. Permítame, por favor, hacerlo ahora.

—Puede agradecérmelo respondiendo algunas preguntas —replicó él suavemente.

Una expresión de cautela apareció en los ojos de Madeline. Se aferré al borde del escritorio, como si se diera ánimos.

—No esperaba menos. Muy bien; tiene derecho a alguna explicación. Supongo que su principal preocupación es descubrir cómo logré conocer su conexión con los Pabellones de los sueños.

—Tendrá que disculparme señora Deveridge, pero mi curiosidad sobre ese tema es lo suficientemente fuerte como para mantenerme despierto la mitad de la noche.

¿Si? —se ilumino con lo que a Artemis le pareció comprensiva simpatía—. ¿Tiene dificultades para dormir?

Artemis sonrió débilmente.

—Estoy seguro de que dormiré como un lirón cuando usted haya respondido mis preguntas.

Ella dio un leve respingo, pero se recompuso de inmediato.

—Bien, supongo que debo empezar por decirle que mi padre era miembro de la Sociedad Vanzariana.

—Ya estoy enterado de ese hecho. También sé que alcanzó el rango de maestro.

—En efecto. Pero se interesaba principalmente por los aspectos académicos de Vanza y no por las ideas metafísicas o los ejercicios físicos. Estudié el antiguo idioma de la isla de Vanzagara durante muchos años. La verdad es que era un experto notable dentro de la Sociedad.

—Lo sé.

—Comprendo —ella carraspeé para aclararse la garganta—. Durante su trabajo tuvo comunicación con estudiosos de Vanza en toda Inglaterra, en el continente y en América. Aquí, en Londres, solía consultar al mismo Ignatius Lorring —Madeline hizo una pausa—. Eso fue, por supuesto, antes de que Lorring cayera enfermo y dejara de recibir a sus viejos amigos y colegas.

—Como Gran Maestro de la Sociedad, Lorring sabía más de sus miembros que ninguna otra persona. ¿Está diciéndome que su padre hablaba de eso con él?

—Lamento tener que decir que no se limitaban a hablar sobre los asuntos personales de los miembros de la Sociedad. Hacia el fin de su vida, Lorring se había obsesionado con toda la información referente a los caballeros de la Sociedad —puso los ojos en blanco—. Podría decirse que se convirtió en el Gran Maestro Excéntrico de la Sociedad de Excéntricos y Rarezas Varias.

—¿Podríamos evitar sus reflexiones personales sobre los miembros de la Sociedad Vanzariana?

—Lo siento.

No parecía sentirlo en absoluto, decidió Artemis, sino frustrada porque él la hubiera interrumpido en mitad de su sermón.

—Entiendo que usted sostiene sólidas posiciones al respecto —dijo él cortésmente—, pero me temo que si va a tomarse el tiempo necesario para describirme a todos ellos, hasta la noche no terminaremos con esta conversación.

—Tal vez tenga razón —replicó ella—. Después de todo, es mucho lo que hay que criticar a la Sociedad, ¿verdad? Pero en aras de la brevedad, pasaré a lo más importante. Baste decir que, llevado por el afán por los detalles más nimios, Lorring encomendé a mi padre la confección de una relación de todos los miembros de la Sociedad.

—¿Qué clase de relación?

Ella pareció vacilar, como si se debatiera en alguna disyuntiva interior. Entonces, de pronto, se puso de pie.

—Se la mostraré.

Madeline se quito una cadena de oro que le colgaba del cuello. Artemis vio una pequeña llave que hasta entonces había estado oculta dentro del vestido, colgando de los dorados eslabones. Madeline atravesé la habitación y fue hasta un pequeño armario cerrado con un candado de bronce.

Abrió el armario y sacó un gran libro encuadernado en cuero oscuro. Llevé el volumen hasta su escritorio, donde lo apoyé con gran cuidado.

—Este es el trabajo que Lorring encomendé a mi padre —abrió el libro y echó un vistazo a la primera página—. No ha sido puesto al día desde la muerte de mi padre, de modo que la información sobre los miembros de la Sociedad lleva ya un año de retraso.

Artemis sintió una punzada de desazón. Se puso de pie y fue a mirar la primera página del libro. De inmediato pudo ver que se trataba de un registro de nombres, y que éstos se remontaban hasta los primeros días de la Sociedad Vanzariana. Lentamente fue dando vuelta las páginas, examinando su contenido. Debajo de cada registro, había una extensa cantidad de notas. Los registros incluían mucho más que ciertos detalles menores como la fecha de ingreso a la Sociedad de cada integrante y su grado de experiencia. Había referencias a sus negocios y asuntos personales, comentarios sobre su personalidad y sobre las inclinaciones más íntimas de varios de los miembros.

Artemis se dio cuenta de que mucho de lo que estaba viendo podía convertirse en un excelente caldo de cultivo para el escándalo, como mínimo. Parte de ello era material ideal para el chantaje. Se detuvo en las notas que se referían a él. No se mencionaba su relación con Catherine Jensen ni a los tres hombres que se proponía destruir. Por un momento, sus planes de venganza no parecían correr peligro. Sin embargo, en el condenado libro había demasiada información sobre sus asuntos personales. Con el ceño fruncido, leyó la anotación consignada al final de la página:

Hunt es un verdadero maestro de Vanza. Su pensamiento es sombrío y tortuoso.

—Hay alguien más que sabe de la existencia de este libro?

—pregunto.

Madeline dio un paso atrás. Artemis advirtió que fue su tono de voz, y no la pregunta en sí, lo que la había alarmado.

—Sólo lo conocían mi padre e Ignatius Lorring —se apresuré a responder Madeline—. Ambos están muertos.

Artemis levantó los ojos de la página encabezada con su nombre.

—Se olvida de usted misma, señora Deveridge —dijo en voz baja—. Y usted parece estar muy viva.

Ella tragó con visible dificultad, parpadeé y se las ingenié para esbozar una sonrisa deslumbrante, que fue acompañada por una risilla totalmente artificial.

—Sí, desde luego. Pero no tiene que preocuparse por el hecho tan nimio de que yo posea este viejo libro, señor.

Artemis cerré el volumen con deliberada lentitud.

—Me gustaría estar bien seguro de eso.

—Oh, puede estarlo, señor! La verdad es que puede estar absolutamente seguro.

—Eso está por verse —Artemis tomó el libro y lo llevó de vuelta al armario—. Los antiguos textos que hablan de Vanza pueden ser peligrosos. No hace mucho tiempo, los rumores referidos a un antiguo texto terminaron en algunas muertes misteriosas.

Oyó un golpe sordo, como si un objeto pesado hubiera caído sobre la alfombra. El sonido fue acompañado por un sofocado jadeo.

ambos tiS() Cl voltiiyicii dentro del armario. Decidió ignorarla y cerró la puertecilla, le puso el candado y se volvió para mirar de frente a Madeline.

Ella estaba agachada sobre la alfombra, ocupada en recoger una pesada estatuilla de plata que había caído del escritorio. Artemis pudo ver que le temblaban ligeramente los dedos. Madeline levantó la estatuilla y volvió a colocarla junto al tintero.

—Supongo que se refiere a los rumores acerca del llamado Libro de los secretos, señor —dijo con suavidad. Se froté las manos con aspavientos—. Una completa basura.

—No es ésa la opinión de varios miembros de la Sociedad.

—Debo señalarle, señor, que muchos miembros de la Sociedad sostienen gran variedad de ideas extremadamente extrañas —solté un bufido de exasperación—. En realidad, El libro de los secretos, si es que existió alguna vez, quedó destruido en el incendio de una villa de Italia.

—Sólo cabe esperar que haya sido así —Artemis fue hasta una de las ventanas fuertemente protegidas. Observó el pequeño jardín; advirtió que carecía de grandes árboles, setos o cualquier otro follaje más o menos denso que pudiera servir de refugio a cualquier intruso—. Como le decía, los libros pueden ser cosas peligrosas. Dígame, señora Deveridge, ¿piensa utilizar la información que su padre dejó consignada en ese registro para chantajear a otra persona? Porque, si es así, es mi deber advertirle que eso entraña ciertos riesgos.

—¿Sería tan amable de dejar de usar la palabra “chantaje” a cada momento en esta conversación? —exploto Madeline—. Es sumamente irritante.

La miró por encima del hombro. En otras circunstancias, la expresión de severo desagrado que mostraba Madeline podría haber resultado graciosa.

—Discúlpeme, señora, pero como mi futuro está en sus manos, siento la permanente necesidad de buscar confirmaciones.

Madeline apreté los labios, irritada.

—Ya le he dicho que no tengo ninguna intención siniestra, señor. Anoche me vi obligada a utilizar medidas desesperadas, pero es altamente improbable que esa situación vuelva a plantearse.

Artemis contemplo las campanillas que se balanceaban de las contraventanas.

—No me parece que esté tan tranquila como pretende hacerme creer.

El silencio se abatió sobre la biblioteca. Artemis se dio vuelta para enfrentar a Madeline. La expresión que mostraba el rostro de la viuda era de implacable determinación, pero él pudo detectar la sensación de acoso disimulada bajo esa fachada.

—Dígame, señora Deveridge —dijo suavemente—, ¿a qué o a quién le teme?

____ No tengo idea de lo que está hablando, señor.

—Me doy cuenta de que, como soy Vanza, usted me considera una especie de excéntrico, si no completamente chiflado, pero tenga la bondad de reconocer en mí una mínima capacidad de razonamiento.

Madeline comenzó a adquirir el aspecto de una criatura acorralada.

—¿A qué se refiere?

—Usted contrata a un cochero armado que cumple funciones de guardaespaldas. Arma una barricada delante de sus ventanas con postigos destinados a mantener alejados a los intrusos.. A su jardín se le quitó todo el follaje para que nadie pueda acercarse a la casa sin ser visto. Usted misma ha aprendido a disparar una pistola.

—Londres es un sitio peligroso señor.

—En efecto, lo es. Pero me parece que usted se siente mas amenazada que el resto de sus habitantes sostuvo su mirada—-—. ¿A qué le tiene miedo, señora?

Durante un largo rato, ella se limito a mirarlo fijamente -a los ojos. Con un suspiro, volvió a su escritorio y se desplomo en la silla. Tenía los hombros rígidos por la tensión.

—Mis asuntos personales no son de su incumbencia, señor Hunt.

Artemis contemplo su semblante precavido, admirado ante su orgullo y su valor.

—Todos tenemos nuestros sueños, señora Devertdge. Advierto que el suyo es verse liberada del miedo que siente.

La mirada de Madeline se volvió curiosamente especulativa.

—¿Qué cree usted que puede hacer por mí, señor?

—¿Quién sabe? —Artemis esbozó una fugaz sonrisa—. Pero soy el Mercader de los Sueños. Tal vez pueda hacer que su sueño sea una realidad.

—No estoy de humor para bromas.

—Le aseguro que en este momento no me siento particularmente divertido.

Madeline cerré con fuerza los dedos en torno de un pequeño pisapapeles de bronce. Lo estudié detenidamente.

Aunque lo que dice fuera verdad, aunque efectivamente pudiera usted ayudarme, sospecho que un servicio semejante tendría su precio.

El se encogió de hombros.

—Para todo hay un precio. A veces vale la pena pagarlo. Otras, no.

Madeline cerró brevemente los ojos. Cuando los volvió a abrir, su mirada era firme, penetrante.

—Debo reconocer —dijo cuidadosamente— que anoche, al regresar a mi casa, una idea se me cruzó por la cabeza.

Ya la tenía, pensó Artemis. Habia mordido el cebo.

—¿Qué idea?

Madeline dejé el pisapapeles sobre el escritorio.

—He pasado mucho tiempo reflexionando sobre dos viejos refranes. Uno es el que dice que el fuego es lo mejor para apagar el fuego. El otro sostiene que no hay nada mejor que un ladrón para atrapar a otro ladrón.

En un chispazo, todo le resulto comprensible.

—Por todos los infiernos, señora, es un asunto Vanza! ¿Me equivoco?.

Madeline parpadeó, sorprendida ante su rápida compresión. Lo miró frunciendo el entrecejo.

—En cierto modo. Posiblemente — soltó un suspiro— No puedo estar segura.

—¿En que está pensando? ¿En contratar a un maestro de Vanza para resolver un asunto Vanza? ¿Esa en su lógica?

—Algo por el estilo, en efecto – tamborileó los dedos sobre el escritorio - . Todavía estoy evaluándolo, señor, pero se me ha ocurrido que tal vez usted esté calificado como nadie para ayudarme a resolver la cuestión que tanto me preocupa.

—Usted quiere decir que ha imaginado la forma de utilizar mis conocimientos de maestro para solucionar su problema.

—Si llegamos a un acuerdo —replicó ella con lentitud—, nuestra relación sería la de empleadora y empleado. Yo le pagaría por su pericia.

—Esto se vuelve cada vez más misterioso. ¿Y como diablos piensa recompensarme, señora Deveridge? —alzó la mano—. Antes de que responda mi pregunta, permítame aclarar un punto. Como ya sabe, me dedico al comercio y me va muy bien. No necesito ni quiero su dinero, señora.
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