El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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fecha de publicación07.06.2016
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—No fue un noviazgo muy largo.

—De hecho, se casaron por una licencia especial —Henry acomodo sus papeles con gesto desaprobatorio. Corno te señalé, se dice que la dama es algo precipitada e impetuosa. Lo cierto es que dos meses después de la boda Deveridge estaba muerto, y comenzaron a circular los rumores de que ella lo había matado.

—Quizá Deveridge fuera un marido muy decepcionante.

—En realidad —acoté Henry lentamente—, se comento que, antes de que Deveridge quedara convenientemente fuera de circulación, Winton Reed había dado instrucciones a su abogado para que comenzara a evaluar la posibilidad de una anulación del matrimonio o una separación formal.

—Una anulación —repitió Artemis, arrojando el cortapapeles sobre el escritorio. Se puso de pie de un salto—. ¿Estás seguro?

___Tan seguro como puedo estarlo con los escuetos hechos que tenemos a mano. Teniendo en cuenta la gran dificultad y el alto costo que implica un divorcio, no cabe duda que la anulación, a pesar del tiempo que lleva, aparece como una opción más sencilla.

—Pero muy poco halagadora para Renwick Deveridge. Existen muy pocas causales de anulación. En este caso tiendo a suponer que las que se podrían aplicar implicarían una acusación de impotencia contra Deveridge.

__En efecto coincidió Henry, volviéndose a aclarar la garganta.

Artemis recordó que, en todo lo que se refería a la intimidad física de las personas, Henry era todo un mojigato.

—Pero incluso con la colaboración de avezados abogados, a la señora Deveridge le habría llevado años establecer un caso de impotencia..

—Sin duda. Lo que supone casi todo el mundo en los círculos de la sociedad londinense es que a ella le faltó la paciencia necesaria para sobrellevar todo el proceso legal —Henry hizo una pausa—. O que tal vez descubrió que su padre no podía afrontar el costo del juicio.

—De modo que arbitro los medios para dar por terminado el matrimonio a su manera, ¿no es así?

—Eso es lo que dicen las murmuraciones.

La noche anterior, Artemis había visto lo suficiente de la dama como para comprobar que poseía una formidable determinación. Si hubiera estado francamente desesperada por terminar con su matrimonio, ¿habría llegado hasta el extremo de asesinar a Deveridge?

Dijiste que a Renwick Deveridge le dispararon antes de que se incendiara la casa?

—Conforme al informe del médico que examino el cadáver, así fue.

Artemis se pulso de pie y se dirigió hacia la ventana.

—Debo decirte que anoche la señora Deveridge demostró cierta experiencia en el uso de pistolas.

—Humm. No se puede decir que sea una habilidad propia de una dama.

Artemis sonrió para sus adentros, mientras dejaba vagar la mirada por su jardín amurallado. Henry sostenía puntos de vista muy convencionales acerca del comportamiento femenino..

No. ¿Tienes algo más?

—El padre de la señora Deveridge fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Vanzariana. Tenía rango de maestro.

—Sí, lo sé.

—Ya era un hombre de edad avanzada cuando finalmente se casé y tuvo una hija. Se dice que, tras la muerte de su esposa, Madeline se convirtió en la luz de sus ojos. Llego hasta el extremo de instruirla en cuestiones que no se consideran adecuadas para una jovencita.

Como el uso de armas de fuego, parece.

—Aparentemente así es. En los últimos años, parece que Reed se había convertido en una especia de recluso.. Se consagro al estudio de las lenguas muertas.

—Tengo entendido que era un calificado experto en la antigua lengua de Vanzagara —dijo Artemis—. Continua.

—Reed murió en la mañana siguiente al incendio. Las malas lenguas sostienen que el saber que su hija había perdido el juicio y asesinado a su esposo le provocó tal conmoción que su corazón no lo pudo resistir.

—Comprendo.

Henry carraspeo discretamente.

Como hombre de negocios, me siento obligado a señalar que, en virtud de una serie de muertes inesperadas en la familia, la señora Deveridt tiene ahora el control total de la herencia de su padre y la de su marido.

Por Dios, hombre! Artemis se volvió para mirarlo de frente . ¿No estarás sugiriendo que asesino a ambos hombres para apoderarse de sus fortunas?

—No, desde luego que no —Henry apretó los labios en una mueca de disgusto—. Cuesta creer que una hija pueda ser tan desalmada.. Me limitaba a señalar, en fin.., las consecuencias de sucesos inoportunos.

—Gracias, Henry. Sabes que confío en ti para esa clase de análisis concienzudo —Artemis regreso a su escritorio y se sentó en el borde—. Ya que estamos tratando el tema de los puntos más evidentes de la cuestión, no puedo sino señalarte uno más.

—¿Cuál?

—Renwick Deveridge había estudiado Vanza. No debe de haber sido fácil de matar.

Detrás de los cristales de sus quevedos, los ojos de Henry parpadearon varias veces al comprender las implicaciones de lo dicho por Artemis.

—Comprendo a qué te refieres. Es difícil creer que una mujer pudiera hacerlo, ¿verdad?

—Supuse que eso te alegraría, Henry. Hace mucho que me dices que estoy demasiado obsesionado con mis planes de venganza. Al menos, mi vinculación con la señora Deveridge servirá para ampliar mis intereses y actividades por un tiempo.

Henry le dirigió una mirada severa.

—Por desgracia, no creo que se amplíen de manera positiva.

—Como sea, tengo que matar el tiempo mientras aguardo la concreción de mis planes —Artemis hizo una pausa—. Creo que haré una investigación más detallada de la señora Deveridge.

—O un vulgar ladronzuelo de jardín, para el caso.

Henry le dirigió una mirada atribulada.

__En efecto.

—Creo —dijo Artemis con lentitud— que, entre los dos sospechosos de la muerte de Deveridge, su esposa y un ladronzuelo desconocido, apostaría por la dama.

Henry ofrecía un aspecto desdichado.

—Te aseguro que la idea de una mujer que recurre a semejante violencia me provoca escalofríos en la espina dorsal.

—No sé qué decirte sobre ese escalofrío, pero ciertamente hace surgir algunos interrogantes interesantes.

Henry solté un audible gemido.

___ Me lo temía.

Artemis volvió la mirada hacia él.

¿A qué re refieres?

___Desde el momento en que recibí esta mañana tu mensaje, supe que había algo malo en todo este asunto. Sientes demasiada curiosidad por Madeline Deveridge.

—Ella me plantea un problema. Estoy tratando de reunir información relacionada con ese problema. Tú me conoces, Henry. Me gusta contar con todos los elementos del caso antes de ponerme en acción.

—No trates de embaucarme con esas explicaciones absurdas. Para ti, esto es algo más que una mera cuestión de negocios, Artemis. Me atrevo a afirmar que estás fascinado por la señora Deveridge. La verdad es que hace mucho tiempo que no te veo interesarte tanto por ninguna mujer.

4

Mientras subía los escalones de entrada, Artemis examiné atentamente la pequeña casa situada al final de la calle. Si bien no era grande, tenía buenos ventanales que permitían la entrada de luz y ofrecían una hermosa vista del parque. El barrio parecía silencioso y tranquilo, pero no era nada que alguien pudiera llamar de buen tono.

La señora Deveridge podía tener el control sobre las considerables herencias dejadas por su padre y por su esposo, pero no las había gastado en una mansión lujosa en un barrio elegante. Por lo que había podido averiguar Henry, la dama vivía una vida prácticamente recluida junto a su tía.

Artemis pensó que los misterios que rodeaban a la señora se volvían cada vez más fascinantes. Sentía una gran expectativa ante la idea de verla a la luz del día. Las imágenes de sus ojos provocativamente velados tras el encaje negro lo habían mantenido desvelado durante varias horas de la noche anterior.

Se abrió la puerta. Latimer apareció en el diminuto vestíbulo. A la luz del día, parecía aun más corpulento que la noche anterior, difuminado por la niebla.

—Señor Hunt! —a Latimer le brillaron los ojos.

—Buenos días, Latimer. ¿Cómo está tu Nellie?

—Fuerte y buena, gracias a usted, señor. No recuerda demasiado lo sucedido, pero creo que es lo mejor —Latimer pareció titubear—. Quiero decirle una vez mas, señor que estoy muy agradecido por lo que hizo.

—Formamos un buen equipo, ¿no es verdad? —Artemis traspuso el umbral—. Por favor, diga a la señora Deveridge que estoy aquí y que deseo verla. Creo que me espera.

—Así es, señor. Está en la biblioteca. Lo anunciaré, señor —se volvió para enseñarle el camino.

Artemis miré de soslayo las ventanas. Tenían fuertes rejas y mostraban sólidas cerraduras con minúsculas campanillas que con su sonido advertirían cualquier intento de forzarlas. Por las noches, cuando se cerraban, sin duda ofrecerían una resistente defensa contra los intrusos. ¿Acaso la dama temía el ingreso de ladrones o alguna amenaza mayor?

Siguió a Latimer por un largo corredor hasta la parte trasera de la casa. El hombrón se detuvo en la entrada de una habitación abarrotada desde el suelo hasta el techo de libros encuadernados en cuero, periódicos, cuadernos y papeles de todo tipo. Las bonitas ventanas que se abrían sobre un jardín bien atendido pero severamente podado también tenían postigos, rejas, cerraduras y campanillas.

—El señor Hunt está aquí, señora.

Madeline se levantó de su pesado escritorio de roble.

—Gracias, Latimer. Entre, por favor, señor Hunt.

Llevaba un traje negro bien cortado, de talle alto a la moda, pero esa mañana no había ningún velo de encaje para ocultar sus facciones. Artemis la miró y supo que Henry había estado en lo cierto con respecto a la intensidad de su interés en esa mujer. Iba más allá de la mera curiosidad para internarse en el peligroso terreno de la fascinación. Su aguda conciencia de la presencia de Madeline parecía relampaguear en el aire que lo rodeaba. Se pregunté si Madeline lo habría advertido.

Los ojos celestes de Madeline mostraban una sorprendente mezcla de inteligencia, decisión y cautela. Llevaba el negro pelo partido al medio y recogido en un prolijo y sensato moño sobre la nuca. Tenía la boca suave y llena, el mentón firme y un control de sí que significó un sutil desafío a todo lo masculino que había en Artemis.

—¿Necesitan algo, señora? —preguntó Latimer desde la puerta.

—No, gracias —dijo Madeline—. Puedes marcharte.

—Sí, señora —Latimer salió de la biblioteca y cerró la puerta tras él.

Madeline volvió la vista hacia Artemis.

—Siéntese, por favor, señor Hunt.

—Gracias —dijo, sentándose en el sillón de madera de haya laqueada de dorado que le señalaba. Una sola mirada a la espesa alfombra, los pesados cortinados y el escritorio finamente tallado le confirmo la precisión del cálculo hecho por Leggett sobre las finanzas de la viuda. La casa podía ser pequeña, pero el mobiliario era de excelente calidad.

Madeline se sento detrás de su escritorio.

—Confío en que haya recuperado la audición, señor.

—Me zumbaron los oídos varias horas, pero me alegra poder decirle que mis sentidos parecen estar totalmente recuperados.

—Gracias al cielo —pareció auténticamente aliviada—. No quisiera ser responsable de hacer daño a una persona.

—Tal como resulté todo, no produjo ningún daño permanente, ni a mí ni —levantó significativamente una ceja— al delincuente al que disparé.

Madeline apreté los labios.

—La verdad es que soy una tiradora más que aceptable, señor. Pero el coche estaba en movimiento, estaba oscuro y usted me tomó el brazo, si lo recuerda. Mucho me temo que la combinación de tantos factores impidió que diera en el blanco.

—Le ruego que me disculpe, señora. De vez en cuando se justifica apelar a las soluciones violentas, pero, como regla general, prefiero evitarlas.

Madeline entrecerré los ojos para mirarlo fijamente.

—Me parece bastante sorprendente, teniendo en cuenta su adiestramiento.

—Si usted conoce algo de las antiguas artes de Vanza, debe saber que en esa filosofía siempre se privilegia la sutileza por encima de lo más obvio. La violencia no puede considerarse sutil. Cuando la ocasión lo reclama, la estrategia debe ser diseñada con precisión y desarrollada de manera tal que las consecuencias no dejen un rastro que pueda conducir directamente hasta el que inició la acción.

—Es usted un verdadero entendido en Vanza, señor Hunt —dijo Madeline, haciendo una mueca . Su razonamiento sobre estos temas es lúcido, hábil y laberíntico.

—Bien advierto que el hecho de que yo sea Vanza no eleva la opinión que tiene de mí, señora. Pero permítame recordarle que matar a un hombre de un disparo anoche, en medio de la calle, podría haber provocado un sinnúmero de complicaciones que hoy consideraríamos sumamente inconvenientes.

—A qué se refiere? —sus ojos se abrieron como platos por la sorpresa—. Usted me ayudé a rescatar a una joven raptada. ¿Quién podría objetarlo?

—Yo prefiero no llamar la atención, señora Deveridge.

Madeline sintió que se ruborizaba.

—Sí, naturalmente. Sin duda teme que los rumores terminen por revelar su relación con los Pabellones de los sueños. Quédese tranquilo; no se lo diré a nadie.

—Se lo agradezco. Lo cierto es que en este momento es mucho lo que está en juego.

—No tengo el menor deseo de interferir en sus, digamos... cuestiones financieras.

Artemis se quedó helada. ¿Cuánto sabía esta mujer? ¿Sería posible que también se hubiera enterado de sus meticulosos planes de venganza?

—Dice que no tiene intenciones de interferir? repitió, sin comprometerse.

Madeline hizo un gesto con la mano, desestimando el tema.

—Cielos, no, señor! Sus planes de elegir una esposa entre los círculos más elevados de la nobleza carecen absolutamente de interés para mí. Cásese donde quiera, señor Hunt. Y le deseo la mejor de las suertes.

Artemis se relajé un poco.

—Me quita un peso de encima, señora Deveridge.

—Es que realmente comprendo que su búsqueda de una novia con buena posición social resultaría seriamente afectada si trascendiera que se dedica al comercio, señor —hizo una pausa y frunció las cejas con gesto vagamente preocupado—. Pero ¿está seguro de que es una buena idea comenzar un matrimonio sobre lo que podría ser interpretado como premisas falsas?

—La verdad es que no lo había considerado desde esa perspectiva —respondió él flemáticamente.

—Qué va a hacer cuando se descubra la verdad? —en su pregunta podía detectarse una desaprobación más que sutil—. ¿Espera que su esposa sencillamente ignore el hecho de que se dedica al comercio?

—Humm.

Madeline se adelanté hacia él y le dirigió una mirada furibunda.

—Permítame darle un consejo, señor. Si se propone fundar un matrimonio basado en el respeto mutuo y el afecto, tendrá que ser sincero con su esposa desde el principio.

—Como no tengo la menor intención de fundar esa clase de matrimonio en el futuro próximo, no creo que deban preocuparme sus sermones sobre el tema.

Madeline titubeé, sorprendida. Descruzó los dedos y volvió a sentarse rápidamente.

—Santo cielo, estaba dándole un sermón, ¿verdad?

—Ciertamente, así me pareció.

—Discúlpeme, señor Hunt —Madeline apoyé los codos sobre el escritorio y descansé la cabeza sobre las manos—. Le aseguro que no sé qué me pasó por la cabeza. No tengo derecho a meterme en sus cuestiones personales. Últimamente mi raciocinio no ha sido todo lo lúcido que debía ser. Mi única excusa es que he tenido algunas dificultades para dormir, y yo... —se interrumpió, alzó la cabeza e hizo una mueca—. Ahora estoy divagando.
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