El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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Madeline se cruzó de brazos y se apoyé en el marco de la puerta. Era inútil tratar de apurar a su tía cuando estaba inmersa en la preparación de uno de sus brebajes. Gracias a Bernice, Madeline tenía la seguridad de que la casa contaba con la mayor Colección de jarabes tranquilizantes, infusiones vigorizantes, jaleas medicinales y otras medicinas de todo Londres.

A Bernice le apasionaban sus tónicos y elixires. Decía que sufría debilidad nerviosa; siempre estaba experimentando diferentes sustancias terapéuticas para tratar su mal. Además, se dedicaba a diagnosticar a aquellos que padecían problemas similares, y estaba abocada a la preparación de específicos basados en los temperamentos de los enfermos.

Bernice pasaba largas horas investigando antiguas recetas de distintos brebajes e infusiones destinados a tratar problemas de los nervios. Mantenía una estrecha relación con todos los boticarios de la ciudad, particularmente esa minoría selecta que sc dedicaba a vender las exóticas hierbas vanzarianas.

Madeline habría sido menos paciente con la afición de su tía de no haber sido por dos razones: la primera era que los remedios de Bernice habían demostrado frecuentemente ser notablemente eficaces. La infusión de hierbas que esa mañana había dado a Nellie había tenido un efecto maravillosamente calmante sobre los alterados nervios de la criada.

La segunda razón era que nadie entendía mejor que Madeline lo necesarias que eran a veces esas distracciones. Los sucesos de esa aciaga noche del año anterior habían sido suficientes como para destrozar los nervios del más templado. Los perturbadores hechos de los últimos días no habían hecho más que empeorar las cosas.

Bernice tenía poco más de cuarenta años; era una mujer refinada, enérgica y atractiva, con una extraordinaria velocidad mental. Años atrás había sido una figura destacada en los más elevados círculos sociales de Londres, pero había abandonado los fulgores de la frívola sociedad londinense para hacerse cargo de la pequeña hija de su hermana Elizabeth Reed después de su muerte.

—Ya está —anuncié Bernice, mientras retiraba la redoma del mechero, sacudía su contenido y lo hacía pasar por un filtro para llenar un cuenco.

Se secó las manos con el delantal y se volvió hacia Madeline. Sus acerados ojos azules brillaban de satisfacción.

—¿Qué querías conversar conmigo, querida?

Me terno que el señor Hunt se propone cumplir con su promesa de visitarnos esta tarde —dijo Madeline con lentitud.

Bernice alzó las cejas.

—No se trata de nosotras, querida. Es a ti a quien quiere visitar.

—Sí, bueno, la cosa es que anoche, después de dejarnos sanas y salvas en casa, me dijo llanamente que quería hacerme algunas preguntas.

—¿Preguntas?

Madeline dejó escapar un suspiro.

—Relativas a la manera en que me enteré de sus asuntos.

—Bueno, naturalmente, querida mía. No se lo puede culpar por eso. Después de todo, se ha tomado grandes molestias para ocultar muchos aspectos de su vida. Entonces, una noche, aparece una mujer, surgida de quién sabe dónde, a la que no conoce, que lo busca en su club y le exige ayuda para rescatar a su criada. Durante todo ese proceso, ella le informa que está enterada de que no sólo es el propietario de los Pabellones de los sueños, sino también que es maestro de Vanza. Cualquiera en su situación se sentiría alarmado.

—No se sintió en absoluto contento, de eso estoy segura. No espero que mantengamos una conversación agradable. Pero, después de lo que anoche hizo por nosotras, me parece que sería descortés negarme a verlo.

—Realmente descortés —dijo Bernice—. Por lo que me cuentan, anoche se elevó a la situación de héroe. Latimer se ha pasado la mañana hablando de las proezas del señor Hunt.

—Me parece muy bien que Latimer lo pinte como una figura heroica. Pero la que hoy tiene que enfrentarlo y explicarle cómo llegué a conocer los detalles de sus asuntos más privados soy yo.

—Comprendo que puede resultar un tanto embarazoso —Bernice observó a su sobrina con expresión maliciosa—. Te sientes ansiosa porque aunque anoche las habilidades del señor Hunt te fueron de gran utilidad esta mañana no sabes qué hacer con él.

—Es Vanza.

—Eso no lo convierte automáticamente en un demonio. No todos los caballeros que son miembros de la Sociedad Vanzariana son como Renwick Deveridge —---Bernice se acercó a Madeliee y le apoyo la mano sobre un brazo—. ¿No necesitas ver más allá de tu mismísimo y querido padre para lo, verdad?

—No, pero...

—¿En tus archivos no hay nada que indique que Hunt se inclina hacia el mal, no es así?

—Bueno, no, pero...

—La verdad es que anoche se mostró sumamente razonable.

—No le dejé muchas alternativas.

Bernice arqueo una ceja.

—No estés tan segura. Tengo la sensación de que Hunt podría haberse mostrado mucho más difícil de manejar silo hubiera querido.

Una luz de esperanza se encendió ante Madeline.

—Sabes, tía Bernice, puede ser que estés en lo cierto. Anoche, Hunt se mostró sorprendentemente colaborador.

—Estoy segura de que podrás explicarle todo de manera tal que quede totalmente satisfecho.

Madeline pensó en la decisión implacable que había vislumbrado en los ojos de Hunt cuando la había dejado frente a la puerta de su casa. El fugaz alivio que había sentido se esfumé.

—Yo no estoy tan segura.

—Tu problema no es otro que el de tus nervios sobreexcitados —Bernice tomó una diminuta botella azul que había sobre la mesa—. Vamos, toma una cucharada de esto cuando tomes el té. Volverás a sentirte como nueva en un periquete.

—Gracias, tía Bernice —con aire distraído, Madeline tomó la botella.

—Yo no me preocuparía demasiado por el señor Hunt —dijo Bernice con vivacidad. Espero que su principal preocupación sea que no reveles su identidad como Mercader de los Sueños. No se lo puede culpar por eso. Actualmente se mueve en círculos muy exquisitos.

—Así es —Madeline frunció el entrecejo—. Me pregunto por qué. No parece ser la clase de hombre a quien le importe un comino lo que opine la alta sociedad.

—Está buscando esposa, sin duda afirmó Bernice con despreocupada convicción—. Si trasciende que se dedica al comercio, su búsqueda se vería notablemente acotada.

— ¿Una esposa? Madeline quedo azorada ante su propia reacción a la deducción de Bernice ¿Por qué la perturbaba tanto la idea de que Hunt ocultara sus negocios porque estaba buscando esposa? Era una conclusión perfectamente lógica—. Sí, por supuesto. No se me había ocurrido esa posibilidad.

Bernice le dirigió una mirada de complicidad.

—Eso se debe a que estás demasiado ocupada buscando terribles conspiraciones e interpretando presagios en los más nimios hechos cotidianos. No hay que asombrarse de que tengas los nervios tan alterados que no te dejen dormir bien.

—Puede ser que estés en lo cierto —Madeline se volvió para dirigirse al vestíbulo—. Una cosa es segura: debo convencer a Hunt de que conmigo sus secretos están a buen recaudo.

—Estoy segura de que lo lograrás sin problemas, querida. Eres una mujer llena de recursos.

Madeline entró en la biblioteca. Se detuvo un instante para arrojar el contenido de la botellita azul en un tiesto con plantas colocado junto a la ventana. Después se sentó detrás de su escritorio y pensó en Artemis Hunt.

Bernice tenía razón. La noche anterior, Hunt se había mostrado extremadamente colaborador. También había desplegado toda una útil colección de habilidades varias. Tal vez pudiera inducirlo a mostrarse aun más solícito en el futuro.

Artemis se recostó en su sillón, cruzó las piernas, dejó descansar el tobillo sobre la otra rodilla y se puso a dar golpecitos sobre la bota con un cortapapeles, con aire distraído. Contemplé al macizo moretón que se encontraba frente a él, del Otro lado del escritorio.

Henry Legget era el hombre de confianza de Artemis desde antes de que tuviera negocios importantes que manejar. Prácticamente, Artemis lo había heredado de su padre.

Y no se trataba de que Carlton Hunt hiciera gran uso de los servicios de Henry. Artemis había amado profundamente a su padre, pero no podía negarse que Carlton nunca se había mostrado muy interesado en invertir para el futuro. Tras la muerte de su esposa, la escasa preocupación que había mostrado en el manejo de lo que quedaba de la fortuna Hunt se había estimado por completo.

Tanto Henry como Artemis se habían visto obligados a ser testigos impotentes de la decadencia de Carlton, que había elegido ignorar todos los sensatos consejos de Henry para convertirse en un hombre que prefería vivir alocadas aventuras en los barrios bajos y jugar desenfrenadamente. Había sido Henry quien un día se había presentado en Oxford para informar a Artemis que a su padre lo habían matado en un duelo surgido a propósito de una disputa sobre una partida de naipes. Y había sido también Henry quien había tenido la ingrata misión de decirle que ya no quedaba nada de la fortuna familiar.

Solo en el mundo, Artemis también había recurrido a las salas de juego para sobrevivir. Al contrario que su padre, tenía cierta facilidad con las cartas. Pero la vida de un jugador siempre era, aun en el mejor de los casos, muy precaria.

Cierta noche, Artemis había conocido a un hombre de edad que ganaba con metódica eficiencia. Los demás jugaban con una botella de clarete aliado, pero el anciano caballero no bebía nada. Mientras sus compañeros de mesa recogían sus cartas y las arrojaban con elegante indiferencia, el ganador prestaba suma atención a lo que tenía entre manos.

En mitad de una partida, Artemis se había excusado discretamente y se había retirado de la mesa, porque podía ver claramente que todos perderían a manos del desconocido caballero. Finalmente, el extraño había recogido sus vales ganadores y se había marchado. Artemis lo había seguido hasta la calle.

—¿Cuánto me costaría aprender a jugar a las cartas con usted, señor? —le preguntó cuando el hombre estaba a punto de subir al carruaje que lo estaba esperando.

El desconocido examinó a Artemis con ojos fríos y especulativos.

—7--El precio sería francamente alto —dijo—. No son demasiados los jóvenes que lo pagarían de buen grado. Pero, si se propone hacerlo seriamente, puede venir a yerme mañana. Conversaremos sobre su futuro.

—Yo no tengo mucho dinero —dijo Artemis, sonriendo con sarcasmo—. En realidad, ahora tengo mucho menos que lo que tenía cuando llegué, gracias a usted, señor.

—Usted fue el único que tuvo la suficiente sensatez de abandonar al ver cómo venían las cosas —comento el desconocido. Puede tener lo necesario para convertirse en un excelente alumno. Esperaré ansioso el momento de encontrarme mañana con usted.

Al día siguiente, Artemis había llamado a la puerta del caballero exactamente a las once de la mañana. En cuanto lo hicieron entrar, advirtió de inmediato que se encontraba en la casa de un estudioso y no de un jugador profesional. Pronto descubrió que George Charters era matemático, tanto por inclinación como por estudios.

—Me limitaba a experimentar con un concepto que ideé hace algunos meses acerca de la probabilidad de la aparición de ciertos números en una serie de manos de cartas —le había explicado— Sin embargo, no tengo mucho interés en vivir del paño verde. Para mi gusto, es demasiado azaroso. ¿Y qué me dice usted, señor? ¿Se propone pasar su vida en los garitos?

—No, si puedo evitarlo —había replicado Artemis con presteza—. Yo también preferiría una ocupación más previsible.

George Charters era un Vanza. Le había agradado introducir a Artemis en las nociones básicas de esa filosofía. Al advertir que en él tenía un dispuesto y sagaz alumno, se había ofrecido a pagar a Artemis el pasaje a la isla de Vanzagara. Henry Legget había coincidido en que el debía aprovechar esa oportunidad.

Artemis había pasado un total de cuatro intensos años en los Templos del Huerto. ‘Yodos los veranos regresaba a Inglaterra para visitar a George y a Henry, y también a su amante, Catherine Jensen.

En su última visita descubrió que George se estaba muriendo de una dolencia cardiaca y que Catherine había sido asesinada.

Henry había permanecido a su lado durante ambos funerales. Cuando todo hubo terminado, Artemis había anunciado su intención de no regresar a Vanzagara. Tenía la intención de quedarse en Inglaterra, hacer fortuna y tomarse venganza. Henry no se había enterado de esto último, pero había aprobado su plan de hacer fortuna, y también el puesto que Artemis le había ofrecido.

Henry había demostrado ser un hombre brillante, no sólo para manejar las inversiones con suma discreción, sino también para enterarse de los menores detalles de los asuntos financieros de los demás. Proporcionaba a Artemis la clase de información que los Ojos y Oídos de Zachary no podían recoger en la calle, la clase de información que sólo un respetable hombre de confianza podía esperar descubrir.

Pero esa mañana a Artemis no le parecieron suficientes los datos que le brindaba Henry.

—¿Eso es todo lo que pudiste averiguar sobre la señora Deveridge, Henry? ¿Rumores, chismes y escándalos de segunda mano? Yo ya sé la mayor parte de lo que acabas de contarme. Eso es de público conocimiento en los clubes.

Henry levantó la vista de su cuaderno de notas. Observó a Artemis por encima de la montura dorada de sus quevedos.

—No me diste mucho tiempo para cumplir con esta tarea, Artemis —echó una mirada significativa al reloj de pie—. Recibí tu mensaje esta mañana, aproximadamente a las ocho. Son las dos y media. Seis horas y media sencillamente no alcanzan para hacer las averiguaciones que tú deseas. Déjame unos días más.

— Por todos los infiernos! Mi destino está en las manos de la Viuda Siniestra, y todo lo que puedes decirme es que tiene la costumbre de asesinar a sus esposos.

___A uno solo, no a varios —corrigió Leggett con su estilo enloquecedoramente preciso . Y la historia se basa en chismes, no en hechos. Debo recordarte que la señora Deveridge no fue considerada sospechosa por la muerte de su esposo. Ni siquiera se la interrogó, así que mucho menos se levantaron cargos contra ella.

—Porque no había pruebas. Sólo especulaciones.

—Así es —Henry repaso sus notas—. Conforme a los hechos que pude averiguar, esa noche Renwick Deveridge se encontraba solo en su casa cuando entró un ladrón. El delincuente lo maté de un disparo, prendió fuego a la casa para disimular el crimen y escapo con los objetos de valor.

—Pero nadie en todo Londres cree que eso sea lo que pasó realmente.

—No era ningún secreto que Deveridge estaba separado de su esposa. La señora Deveridge abandono la casa pocas semanas después de casarse. Se negó a regresar para vivir junto a su esposo como marido y mujer —Henry hizo una pausa para aclarase la garganta—. Se dice que ella es... ejem... algo cabeza dura.

—Sí, doy fe de ello —Artemis volvió a golpetear con el cortapapeles en su bota—. ¿Qué me puedes decir sobre el desafortunado marido?

Las tupidas cejas de Henry parecieron unirse cuando reviso sus notas.

—Muy poco, me temo. Como ya sabes, se llamaba Renwick Deveridge. No tenía familia que yo haya podido descubrir. Parece que pasó algún tiempo en el extranjero, en el continente, durante la guerra.

—¿Y con eso, qué? —Artemis le dirigió una mirada socarrona—. Tú hiciste lo mismo.

Henry se aclaro la garganta.

—Sí, bueno, me parece que el creyó más seguro dejar en claro que no era un espía napoleónico. En todo caso, Deveridge regreso a Londres hace aproximadamente dos años. Trabo relación con Winton Reed, y poco después de eso se comprometió con la hija de este.

Madeline Reed y Deveridge se casaron casi de inmediato.
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