El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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El coche avanzó a los saltos, resonando con gran estrépito por la estrecha callejuela. Al llegar a la esquina, los caballos tiraron hacia la izquierda. El pesado vehículo oscilé violentamente y volcó sobre un costado. Los caballos se sintieron liberados. Completamente enloquecidos, galoparon hacia la oscuridad, dejando el coche con las ruedas girando locamente en el aire.

Madeline aferré el brazo de Pequeño John, se puso de pie y se volvió justo a tiempo para ver que Keston se había librado de Artemis. Esperaba que tratara de huir y perderse en la noche. En lugar de eso, soltando un alarido de pura furia, corrió a buscar su bastón, que estaba caído en el arroyo.

Madeline pensó que quizá tenía intenciones de pegar a Artemis con el bastón. En cambio, hizo girar la empuñadura con un salvaje movimiento de la mano. A la luz de la lámpara, vio que se desplegaba un largo y siniestro estilete.

—¡Artemis!

Pero él ya se había puesto en movimiento. A medias caído sobre el pavimento, revoleé el pie en un arco que alcanzó a Keston en el muslo. Soltando un grito, Keston cayó de espaldas sobre los duros adoquines.

Artemis estuvo sobre él antes de que Madeline pudiera siquiera parpadear.

—¡Oh, Dios, el estilete!

Pequeño John le rodeó la cintura con sus brazos y ocultó el rostro en la capa de Madeline.

El combate terminó con horrible prontitud. Ambos hombres quedaron inmóviles. Artemis yacía debajo de Keston.

—Artemis! —gritó Madeline—. ¡Artemis!

—Malditos infiernos —Pequeño John levantó la cara y contempló a los dos hombres totalmente conmocionado—. Malditos infiemos.

Tras lo que pareció una eternidad, Artemis se levantó haciendo un esfuerzo y rodó hasta librarse del inmóvil Keston. La sangre brilló a 1ª 1uz de la lámpara.

. Madeline cubrió a Pequeño John con el borde de su capa, tratando instintivamente de protegerlo contra la visión.

Artemis se puso de pie y la miró. Parecía no advertir la sangre que goteaba del cuchillo que tenía en la mano.

—¿Estás bien? —preguntó él con voz ronca.

—Sí —Madeline contempló el cuchillo—. Artemis, ¿estás...? Entonces él miró el cuchillo y luego miró a Keston.

—Estoy bien —respondió en voz baja.

Pequeño John hizo a un lado la capa de Madeline.

— Está muerto? —preguntó con ansiedad.

—Sí —Artemis arrojó el cuchillo, que sonó al dar sobre el pavimento.

Madeline corrió hacia él.

22

¿Quién habría imaginado que Flood estaría implicado en todo esto? —Bernice se estremeció—. ¡Y yo que me creía tan astuta por poner esa poción somnífera en el bolso! Quería que fuera Keston el que la bebiera, no Flood.

Qué importa que la haya bebido Flood? —Artemis contemplé la copa de coñac que acababa de servirse—. Yo, por mi parte, jamás volveré a mirar el coñac de la misma manera. Debo darle las gracias, señora. También te agradezco, Madeline, por haber salvado a Pequeño John del coche sin control. En resumen, me quedé muy poco para hacer.

—No trates de pintarlo tan fácil. Podría haberte matado.

—Hablando de eso —murmuré Bernice—, espero que no esté molesto por la inoportuna muerte de Flood en el accidente del coche. Sé que quería que padeciera su reciente revés de fortuna.

—Ya estoy harto de planes sofisticados de venganza en el tiempo —Artemis eché una mirada a Henry—. He descubierto que tienden a traer consigo demasiadas complicaciones y consecuencias imprevistas.

—Una sabia decisión, señor —murmuré Henry—. En estos días, tiene mejores cosas que hacer.

—Así es —Artemis miró a Madeline, que estaba hecha un ovillo en el sofá—. Definitivamente, si.

Ésta levantó los ojos de la clave que había estado estudiando.

—¿Qué pasó con las hierbas somníferas?

—Esta mañana encontré las que quedaban de la reserva que Keston había robado a lord Clay, cuando revisé sus habitaciones —dijo Artemis—. También encontré pequeñas cantidades de otras hierbas que debió utilizar para drogar a sus víctimas.

—Encontraste algo más de interés? —preguntó Madeline.

—Sí, el diario de Keston. En síntesis, lo cierto es que Keston estaba detrás de la clave desde que supo de su existencia, hace varias semanas. Le llevé algún tiempo rastrearla hasta Londres. Después de llegar aquí, acoté la búsqueda a aquellos miembros de la Sociedad Vanzariana que consideraba más capaces de traducirla. Entonces, sistemáticamente, registré sus bibliotecas.

—Debe de haber sufrido una gran impresión la noche en que Linslade lo descubrió —dijo Madeline.

—En efecto. Pero también le dio la idea de fingir ser su medio hermano, que regresaba de la muerte. Decidió utilizar esa estratagema para aterrorizarte después de deducir que eras la que poseía la clave.

Henry hizo girar el coñac en su copa.

—Pero, para ese entonces, Madeline ya estaba a salvo instalada en su casa.

—Así es. Hizo un rápido intento por librarse de mí desde el principio.

Madeline frunció el entrecejo.

—La noche en que te atacó en la calle.

Artemis bebió un sorbo de coñac y asintió.

—Cuando fallé, se dio cuenta de que yo sería un problema.

—Ese fue —dijo Madeline con aire presumido— el eufemismo del año.

—De modo que trató de quitarme de en medio, primero interfiriendo en mis planes para Oswynn, Flood y Glenthorpe, y más tarde, al fracasar en esto, amenazándome con dejar los cadáveres en los terrenos de los Pabellones de los sueños.

—Lo que lo llevó al descubrimiento de que usted era el dueño del parque de diversiones —señaló Bernice.

Artemís sonrió.

—El estaba totalmente seguro de que yo haría cualquier cosa por ocultar mis vinculaciones con el comercio. Supuso que yo valoraba mucho mi posición dentro de la alta sociedad.

—Cuando lo cierto es que lo único que te interesaba era tu venganza —concluyó Madeline.

Artemis la miró a los ojos.

—El no podía saber con cuánta rapidez yo estaba perdiendo el gusto por ella.

Ella le devolvió la sonrisa.

—Eres un hombre realmente extraordinario, Artemis.

—Aunque sea Vanza? —preguntó él cortésmente.

—No todos los miembros de la Sociedad Vanzariana son unos chiflados —reconoció ella con magnanimidad.

—Gracias, querida. Es muy tranquilizador saber que en tu opinión me he elevado por encima del concepto de chiflado.

Henry solté una risilla. Bernice parecía divertida.

Madeline se ruborizó. Agité el pequeño libro que tenía en la mano.

—Acerca de la clave...

—¿Qué pasa con la clave? —preguntó Artemis.

—Debemos decidir qué hacemos con ella.

—Sí —su respuesta fue inequívoca—. No tiene un uso práctico sin E/libro de los secretos; sin embargo puede acarrear un montón de problemas.

—Coincido contigo, pero es conocimiento, y va contra todos los principios que me inculcó mi padre destruir voluntariamente el conocimiento. ¿Quién sabe qué valor podrá tener para aquellos que vengan detrás de nosotros?

—¿Qué sugieres que hagamos con él?

—El Libro de los secretos, si alguna vez es encontrado, pertenece a los Templos del Huerto de Vanzagara —dijo ella con lentitud—. Creo que la clave para el texto también les pertenece.

Artemis lo pensé un momento.

—Quizás estés en lo cierto.

—Tiene cierta lógica —coincidió Henry.

—En lo que a mf concierne, cuanto más lejos csté dc Inglaterra, mejor —acoté Bernice con gran énfasis.

—La cuestión es, desde luego, cómo hacerla llegar, sana y salva, de regreso a Vanzagara —dijo Madeline.

Artemis la miró sonriente.

—No se me ocurre mejor manera de transportarla que enviarla en una de las naves de Edison Stroke. Sus barcos van con regularidad a Vanzagara. Dejemos que asuma la responsabilidad de protegerla durante el viaje. Pase lo que pase, nos veremos libres del condenado libro.

23

Se prometió a sí mismo que no dejaría pasar otro día. Tenía que tener la respuesta, o se volvería tan chiflado como cualquier miembro de la Sociedad Vanzariana.

Pero no podía formular la pregunta dentro de la casa. Tal vez fuera por su naturaleza Vanza, pero ansiaba la protección de la oscuridad.

Madeline frunció el entrecejo cuando él le propuso salir a dar un paseo por el jardín.

Estás loco? —le preguntó—. Hace frío afuera. La niebla es muy densa. Bien podríamos pescar un resfriado. Artemis apretó los dientes.

—Te prometo que no te obligaré a quedarte mucho tiempo.

Madeline abrió la boca para protestar. Él pudo ver la siguiente objeción formándose en sus labios. Se preparó para una nueva ronda de discusiones. Entonces, ella le dirigió una mirada extraña. Sin decir una sola palabra, dejó el libro que estaba leyendo y se puso de pie.

—Dame un minuto para recoger mi capa —le dijo. Pasó frente a él, y salió al vestíbulo.

Él recogió su abrigo mientras la esperaba. Cuando ella se reunió con él, cruzaron el vestíbulo y salieron a la noche.

La niebla cubría el jardín, pero la noche no era tan fría como Artemis había supuesto. Tal vez estuviera distraído por lo que tenía por delante.

—Confío en que esta noche el señor Leggett y mi tía lo estén pasando bien en el teatro —dijo Madeline en un tono brillante y coloquial que sonó extrañamente frívolo—. Forman una pareja encantadora, ¿no lo crees? ¿Quién lo habría pensado?

—Humm —lo último de lo que Artemis deseaba hablar era del amor fulminante que había surgido entre Bernice y Henry. Tenía su propio amor del cual preocuparse.

—Supongo que lo que tienes que decirme tiene que ver con verte liberado de tus huéspedes, ¿no es así? —Madeline se subió la capucha de la capa—. Sé que hemos sido una molestia. Te aseguro que tía Bernice y yo podemos tener todo listo por la mañana.

—No me corre prisa. Mi casa parece haberse adaptado muy bien a vuestra presencia.

—Está bien, Artemis. Nos marcharemos a mediodía.

—No te traje afuera para hablar de tu partida. Quiero...

—Ambas te estamos muy agradecidas. Realmente, no sé qué habría hecho sin tu ayuda. Espero que estés satisfecho con la paga.

—Estoy muy contento con ci registro de tu padre, gracias —gruñó él—. No quiero tu condenada gratitud.

Ella cruzó las manos en la espalda.

—Antes de que me marche, quiero disculparme por las muchas oportunidades en las que sugerí que eras un poco excéntrico.

—Soy excéntrico. Probablemente algo más que un poco.

—Ciertamente, nunca te consideré un completo chiflado —en la oscuridad, sus ojos estaban muy serios—. Quiero que te quede claro. De verdad, últimamente mc ha llamado la atención comprobar una fuerte tendencia hacia la excentricidad en mi propia familia, de la que yo no estoy totalmente exenta.

—Humm. Bueno, gracias por recuérdamelo.

No tienes porqué asentir con tanta prontitud, Artemis.

—Al principio de nuestra asociación, mencionaste que estabas de acuerdo con la lógica que decía que contra el fuego debe lucharse con fuego, atrapar a los ladrones con ladrones, etcétera. ¿Qué opinas de la idea de que hace falta un excéntrico para lidiar con otro excéntrico?

Ella le dirigió una mirada prevenida.

—¿De qué estás hablando?

—Si uno sigue tu línea de razonamiento, puede llegar a la conclusión de qüe un matrimonio entre dos notorios excéntricos puede resultar satisfactorio para ambas partes.

Ella se aclaré la garganta.

—Matrimonio? —repitió.

—Siempre y cuando, claro está, las variadas excentricidades de los dos individuos resultaran complementarias y compatibles.

—Desde luego —sus palabras sonaron vacilantes.

—Soy de la opinión de que tú y yo ostentamos algunas excentricidades mutuamente compatibles —afirmó con determinación—. De vez en cuando me has dado razones para creer que podrías coincidir con esa opinión.

Ella se quedó inmóvil, apoyada en el alto muro. Debajo de la capucha de su capa, sus ojos parecían insondables. Artemis advirtió que estaba conteniendo la respiración.

—Santo cielo, Artemis, ¿por casualidad estás proponiendo que me case contigo?

—Como bien has señalado, tengo serias desventajas como marido: soy Vanza, me dedico al comercio...

—Sí, sí, ya sé todo eso —volvió a aclararse la garganta—. Nunca sentí que tu actividad comercial fuera una seria barrera. Y, en cuanto a tu relacion con Vanza, bien, yo tengo la mía, ¿no es así’? No puedo quejarme.

—No obstante, lo hiciste.

—Realmente, Artemis, si vas a usar cualquier pequeño comentario contra mi...

—Dejando de lado tus sentimientos acerca de Vanza, existen otros problemas. He pasado mucho tiempo viviendo solo y alimentando una venganza que debería haber resuelto varios años antes. Supongo que eso me habrá dejado marcado.

—Todos llevamos las marcas de nuestro pasado, Artemis.

—Ya no soy un joven con una juvenil ligereza de espíritu —hizo una pausa—. Ni siquiera estoy seguro de haber conocido nunca lo que otros llaman “ligereza de espíritu.

—No eres un viejo —ella carraspeé discretamente—. Realmente, encuentro que tienes una excelente combinación de madurez con agilidad.

—Madurez y agilidad?

—Sí. Y, ya que estamos, yo tampoco estoy dotada de lo que podría llamarse “la ligereza de espíritu de una joven”. De modo que, ya ves, hacemos juego en eso.

—Quieres casarte conmigo, Madeline? Ella no dijo nada.

Lo invadió la desesperación.

—Madeline?

Siguió sin responder.

—Por el amor de Dios, Madeline! ¿Quieres casarte conmigo?

Ella solté un gruñido.

—Se supone que primero debes decirme que me amas.

—¿Se supone que yo...? —la tomó de los hombros—. Al diablo, mujer, ¿por eso titubeaste y estuviste a punto de provocarme un ataque al corazón? ¿Por qué olvidé decirte que te amaba?

—No es un olvido menor, Artemis.

—,Cómo es posible que no sepas que te amo como nunca he amado a ninguna otra mujer?

Ella sonrió.

—Probablemente porque nunca me lo dijiste.

—Bueno, pues ahora te lo digo la apreté contra su cuerpo y la besó con toda su alma.

Cuando ella quedé sin aliento entre sus brazos, el la levantó, la rodeo con sus brazos y gozó de la embriagadora sensación y la alegría que surgían dentro de él.

—Sólo un pequeño detalle —dijo ella con firmeza. El la apretó con más fuerza.

—Lo que quieras, mi amor.

—No debe haber ningún duelo. ¿Entendido?

—Ya te lo dije, es sumamente improbable que alguien vaya a...

Ella sacudió violentamente la cabeza.

—No, debes prometérmelo, Artemis: absolutamente ningún duelo.

Oh, bueno, ya habría otras maneras de manejar el problema si surgía, se dijo Artemis. Podía ser sutil si era necesario.

—Muy bien, ningún duelo.

Ella se echó a reír. El glorioso sonido flotó hasta más allá del amurallado jardín, ligero como la felicidad y real como el amor.

cabeza.

—¿Te casarás conmigo?

—Por supuesto que me casaré contigo, le echó los brazos al cuello y le dedicó una deslumbrante sonrisa—. Los señores maduros pero ágiles no abundan tanto como para que una mujer en mi situación se dé el lujo de ser exigente.

Él miró sus amorosos ojos y sintió que la felicidad bullía dentro de él.

—Vaya suerte que tengo.

Ella le tomó el rostro entre las manos y lo besó de una forma que le hizo cantar el corazón y arder la sangre en las venas.

—Te amo, Artemis.


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