El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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Demasiado tarde recordó Artemis que la Viuda Siniestra arrastraba una reputación de chiflada.

—¿Y por qué querría alguien secuestrar a su doncella? —preguntó él, muy razonablemente, según pensó, dadas las circunstancias.

—Temo que haya sido raptada por esos truhanes que se dedican a proveer a los burdeles de muchachas inocentes —Madeline tomó una sombrilla negra—. Basta de explicaciones. No hay un minuto que perder.

Artemis se preguntó si acaso pretendía utilizar la sombrilla para obligarlo a ponerse en acción. Sintió un gran alivio al ver que era para golpear el techo del carruaje. Era evidente que e1 cochero estaba esperando esa señal. El vehículo se puso inmediatamente en marcha.

—Qué demonios cree que está haciendo? —preguntó Artemis—. ¿No se le ocurrió pensar que tal vez me opondría a que me secuestraran a mí?

—No me interesan particularmente sus objeciones, señor —Madeline se recliné en su asiento. Detrás del velo de encaje, sus ojos parecían refulgir—. En este momento, lo único que importa es encontrar a Nellie. Ya me disculparé más tarde con usted, si es necesario.

—Pues estaré esperándolo. ¿Adónde vamos?

—Volvemos al sitio del secuestro: la puerta oeste de su parque de diversiones, señor.

Artemis entrecerro los ojos. Ella no parecía chiflada. Parecía extremadamente decidida.

—¿Qué cosa, exactamente, espera que haga yo, señora Deveridge?

—Usted es el dueño de esos Pabellones. Y es Vanza. Con esos antecedentes, sospecho que tiene contactos en los lugares a los que yo no puedo acceder.

El la observó un rato largo.

—¿Está sugiriendo que tengo relaciones con miembros del mundo del crimen, señora?

—No pretendo conocer la extensión, ni menos que menos la naturaleza, de su red de relaciones.

El desprecio implícito en su voz le resulté particularmente interesante, viniendo como venía de su inquietante conocimiento de sus asuntos más privados. Una cosa era segura: a esas alturas no podía apearse del carruaje y marcharse sin más. El hecho de que ella estuviera enterada de que era el propietario de los Pabellones era, por sí solo, más que suficiente para hacer estragos en sus planes tan cuidadosamente armados.

Ya no le divertía su propia curiosidad y expectativa. Era indispensable que descubriera no sólo cuánto sabía Madeline Deveridge, sino cómo había llegado a enterarse de todo.
Se reclinio en el rincón del asiento de terciopelo negro, y contemplé el rostro velado de la dama.

Muy bien, señora Deveridge —dijo finalmente—. Haré todo lo que pueda para ayudarla a encontrar a su doncella desaparecida. Pero no me culpe a mí si resulta que la joven Nellie no desea ser encontrada.

Madeline se acercó a la ventanilla, levantó una punta de la cortina y observó la calle envuelta por la niebla.

—Puedo asegurarle que querrá ser rescatada.

La atención de Artemis se vio atraída por la enguantada mano de airosos movimientos que sostenía la cortina. La delicada curva de la muñeca y la palma atrajo involuntariamente su atención. Percibió la débil y seductora fragancia de la esencia floral que debía haber utilizado en el baño. Tuvo que hacer un esfuerzo para volver al asunto que tenían entre manos.

—Más allá de la forma en que termine esto, señora, debo advertirle que cuando todo haya concluido exigiré de usted algunas respuestas.

Ella volvió bruscamente la cabeza para clavar la mirada en él.

—¿Respuestas? ¿Qué clase de respuestas?

—No se equivoque al juzgarme, señora Deveridge. Estoy profundamente impresionado por la cantidad y la calidad de la información que usted posee. Sus fuentes deben ser excelentes. Pero me temo que conoce usted un poco demasiado acerca de mis asuntos.

Había sido una jugada desesperada, pero había ganado. Se encontraba cara a cara con el misterioso Mercader de los Sueños, el secreto propietario del más exótico parque de diversiones de Londres. Madeline era plenamente consciente de que había asumido un riesgo muy grande al hacerle saber que conocía su identidad. Pensó que él tenía muy buenas razones para sentirse preocupado. Hunt se movía en los círculos más elevados de la sociedad londinense. Su nombre figuraba en las listas de invitados de las anfitrionas más destacadas de la nobleza, y era socio de los clubes más exclusivos. Pero ni siquiera su enorme fortuna podría protegerlo del desastre social que se produciría si la alta sociedad descubría que había admitido en su seno a un caballero que se había ensuciado las manos con el vil comercio.

Madeline no podía menos que reconocer que Hunt había conseguido llevar a cabo una representación sumamente audaz. Ciertamente, había asumido un papel digno del famoso actor Edmund Kean. Se las había arreglado con éxito para mantener en secreto su identidad como Mercader de los Sueños. A nadie se le había ocurrido investigar el origen de su fortuna. Después de todo, él era un caballero. Un caballero no mencionaba esos asuntos, a menos que quedara en evidencia que se había quedado sin dinero, en cuyo caso se convertía en objeto de un considerable desprecio y de infinitas habladurías maliciosas. Más de un hombre se había puesto una pistola en la sien antes de enfrentar el escándalo de su ruina económica.

Madeline no tenía intenciones de divulgarlo. Esa noche virtualmente había chantajeado a Hunt, pero no tenía alternativas. Artemis Hunt era un maestro Vanza, uno de los hombres más preparados para el estudio de las ciencias ocultas. Los hombres como él tendían a ser extremadamente reservados por naturaleza.

Hunt había llegado a extremos impensables para ocultar su pasado Vanza, hecho más que sugerente. Al contrario de lo que ocurría con su condición de propietario de los Pabellones de los Sueños, la de miembro de la Sociedad Vanzariana no podía provocarle ningún perjuicio social, ya que sólo los caballeros estudiaban Vanza. Sin embargo, estaba decidido a rodearse de misterio. Eso no indicaba nada bueno.

Conforme a su experiencia, la mayoría de los miembros de la Sociedad Vanzariana eran un hato de chiflados inofensivos. Otros, nada más grave que excéntricos llenos de entusiasmo. Unos pocos, no obstante, eran decididamente locos. Y el resto era realmente peligroso. Comenzó a creer que Artemis Hunt bien podía pertenecer a esta última categoría. Cuando el tema que la preocupaba esa noche hubiera concluido, podría llegar a enfrentar una serie de problemas completamente diferentes.

Como si no tuviera ya bastantes asuntos para mantenerse ocupada! Por otra parte, y dada la dificultad en conciliar el sueño que padecía en los últimos tiempos, no estaba mal que encontrara en qué ocuparse, pensó Madeline con abatimiento.

La recorrió un escalofrío. Se dio cuenta de que percibía con gran intensidad la forma en que Hunt parecía ocupar todo el interior del carruaje. En realidad no era más corpulento que Latimer, el cochero, pero sus hombros impresionantemente anchos y la gracia peligrosamente lánguida que parecía rodearlo perturbaban sus sentidos de una manera peculiar que no atinaba a explicarse. La mirada alerta de los ojos de Hunt sólo lograba reforzar la inquietante sensación.

Se dio cuenta de que, a pesar de todo lo que sabía sobre él, el hombre conseguía fascinarla.

Se arrebujó en la capa. No seas tonta, se dijo. Lo último que deseaba era enredarse con otro miembro de la Sociedad Vanzariana.

Pero era tarde para cambiar de idea. Había tomado una decisión. Tenía que seguir con su plan. La vida de Nellie dependía de esa temeraria jugada.

El carruaje se detuvo, bamboleante, arrancándola de sus turbadores pensamientos. Artemis se adelanté para apagar la lámpara, y descorrió la cortina. Ella lo miró hacer, a su pesar cautivada por la fuerza controlada de sus movimientos.

—Muy bien, señora, hemos llegado a la puerta oeste del parque —dijo Artemis, mirando por la ventanilla—. Como podrá ver, está muy concurrido, incluso a estas horas de la noche. No puedo creer que una joven haya podido ser subida a un coche por la fuerza delante de tanta gente. A menos que ella deseara ser llevada...

Madeline se adelanté para examinar la escena. La zona estaba iluminada por una enorme cantidad de lámparas de colores. El bajo precio de la entrada hacía posible que personas de todas las clases sociales pudieran pagar una velada de entretenimientos dentro de los Pabellones de los Sueños. Damas y caballeros, miembros de la nobleza rural, tenderos, aprendices, criadas, lacayos, petimetres, oficiales del ejército, pícaros y libertinos, todos se acercaban para trasponer los brillantemente iluminados portales.

Hunt se había apuntado un tanto, pensó Madeline. Había una enorme cantidad de gente y de vehículos por los alrededores. Habría sido muy difícil meter por la fuerza a una joven dentro de un coche sin que nadie se diera cuenta.

—El secuestro no fue exactamente frente a la entrada —dijo Madeline—. Alice me conté que Nellie y ella estaban aguardando la llegada del coche que yo había enviado a que las recogiera cerca de una callejuela cercana, cuando aparecieron los rufianes —observó la oscura boca de una estrecha callejuela—. Quizá fuera esa esquina en la que ahora holgazanean esos jovenzuelos.

—Humm.

El escepticismo de Hunt era palpable. Madeline lo miré alarmada. Si él no se tomaba el asunto en serio, esa noche no conseguirían nada. Sabía que se le acababa el tiempo.

—Señor, debemos darnos prisa. Si no actuamos con presteza, Nellie desaparecerá en los bajos fondos. Será imposible encontrarla.

Artemis dejó caer la cortina sobre la ventanilla. Tomó e1 tirador.

—Espéreme aquí. Volveré en unos minutos.

Madeline se enderezó con brusquedad.

—¿Adónde va?

—Cálmese, señora Deveridge. No tengo la intención de abandonar esta búsqueda. Regresará después de hacer algunas averiguaciones.

Se apeó del carruaje con movimientos ligeros y cerró la puerta tras él antes de que ella pudiera requerirle detalles. Molesta y decepcionada por la forma en que él se había hecho cargo de la situación, Madeline lo observó entrar en la oscuridad del callejón.

Pudo ver que realizaba algunos hábiles arreglos a su abrigo y a su sombrero, y quedó atónita ante el resultado obtenido. Con unos pocos toques, había alterado por completo su aspecto.

Aunque ya no parecía un caballero que acababa de salir de su club, seguía moviéndose con una fluida confianza en sí mismo que ella reconoció de inmediato. Era muy parecida a la manera en que se había conducido Renwick; sintió un estremecimiento. Siempre asociaría ese elegante y airoso desplazamiento con los practicantes avezados de las artes marciales de Vanza. Una vez más volvió a preguntarse si acaso no había cometido un error.

Basta ya, se ordenó. Sabías en lo que te metías cuando le enviaste un mensaje a su club. Querías su colaboración; para bien o para mal, la has conseguido.

Por el contrario, desde el punto de vista de la apariencia física, Hunt no guardaba semejanza alguna con su difunto esposo. Por alguna razón, ese hecho le pareció extrañamente tranquilizador. Con sus ojos azules, su pelo dorado y sus facciones románticamente agraciadas, Renwick era la imagen de los querubines rubios que se ven en los cuadros de los grandes artistas.

Hunt, en cambio, podía haber posado como modelo del mismísimo demonio.

No eran sólo su pelo negro azabache, sus ojos verdes y su rostro duro y ascético lo que le otorgaba ese aire de profundidades insondables. Era la fría y astuta expresión de su mirada lo que congelaba los nervios de Madeline. Éste era el hombre que había explorado los confines del infierno. Al revés de Renwick, que cautivaba a quienes se acercaban a él con la facilidad de un hechicero, Hunt parecía ser tan peligroso como sin duda lo era.

Mientras lo observaba, Hunt desapareció entre las sombras que rodeaban esa isla de luces deslumbrantes que era los Pabellones de los Sueños.

Latimer se apeó. Se asomé por la ventanilla, con su ancho rostro lleno de arrugas de ansiedad.

—Esto no me gusta nada, señora —dijo—. Deberíamos haber ido a Bow Street a buscar un investigador.

—Es posible que tengas razón, pero ya es tarde para eso. Ya me he comprometido en esta dirección. Sólo me queda esperar... —se interrumpió cuando Hunt pareció materializarse detrás de Latimer—. Oh, ya está de vuelta, señor. Comenzábamos a preocuparnos.

—Éste es Pequeño John —dijo Artemis, señalando a un rapaz flaco y desaliñado de no más de diez u once años—. Vendrá con nosotros.

Madeline miró a Pequeño John con el entrecejo fruncido.

—Es muy tarde .Tú no deberías estar en la cama, jovencito?

Pequeño John alzó la cabeza con un inconfundible gesto de orgullo, profundamente ofendido. Escupió hábilmente sobre el pavimento.

—No estoy en esa línea de trabajo, señora. Yo tengo un comercio respetable.

Madeline lo miró fijamente.

—¿Cómo dices? ¿Qué vendes?

—Información —respondió alegremente Pequeño John—. Soy uno de los Ojos y Oídos de Zachary.

—Quién es Zachary?

—Zachary trabaja para mí —dijo Artemis, cortando de plano lo que parecía transformarse en una explicación engorrosa—. Pequeño John, permíteme presentarte a la señora Deveridge.

Pequeño John sonrió, se quitó la gorra y saludó a Madeline con una inclinación sorprendentemente donosa.

—A su servicio, señora.

Madeline le respondió con una inclinación de cabeza.

—Es un placer, Pequeño John. Espero que puedas ayudarnos.

—Haré lo posible, señora.

—Suficiente, no podemos perder más tiempo —Artemis miré a Latimer mientras éste se apresuraba a tomar el tirador de la portezuela—. Deprisa, hombre. Pequeño John te guiará. Nos dirigiremos a una taberna en Blister Lane, “El perro de ojos amarillos” .La conoces?

—La taberna, no, señor, pero sí conozco Blister Lane —el rostro de Latimer pareció oscurecerse— .Allí llevaron esos desgraciados a mi Nellie?

—Así me dice Pequeño John. Él irá contigo en el pescante —Artemis abrió la portezuela y subió al carruaje—. En marcha.

Latimer se acomodé en el asiento. Pequeño John trepé tras él. El carruaje se puso en movimiento antes de que Artemis llegara a cerrar la puerta.

—Su cochero, ciertamente, está ansioso por encontrar a Nellie —observó, mientras se sentaba.

—Nellie y Latimer son novios —explicó Madeline—. Piensan casarse muy pronto trató de interpretar la expresión de Hunt—. ¿Cómo descubrió que Nellie había sido llevada a esa taberna?

Pequeño John presenció todo el hecho.

Ella lo contemplo, estupefacta.

—¿Y por qué demonios no denunció el delito?

—Como él mismo le dijo, es un hombre de negocios. No puede darse el lujo de desperdiciar su mercadería. Estaba esperando que Zachary realizan su habitual ronda en busca de información, la misma que llegaría a mi a primera hora de la mañana. Pero aparecí esta noche, de modo que el muchacho me vendió su producto. Sabe que puede confiar en que yo dé a Zachary su tarifa de costumbre.

—Santo cielo, señor, ¿acaso está diciéndome que usted emplea toda una red de informantes como Pequeño John?

Hunt se encogió de hombros.

—Les pago mucho más que los reducidores a quienes vendían los relojes o candelabros robados. Y cuando Zachary y sus Ojos y Oídos hacen tratos conmigo, no corren el riesgo de que los manden a la cárcel como les ocurría en sus anteriores ocupaciones.

—No comprendo. ¿Por qué paga gustoso la clase de rumores y habladurías que una pandilla de jóvenes rufianes recogen en las calles?

—Se sorprendería al ver lo que uno puede llegar a descubrir de esas fuentes.

Madeline soltó un delicado bufido.

—No me cabe duda de que esa información debe ser realmente sorprendente, pero ¿para qué desea conocerla un caballero de su posición?
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