El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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títuloEl fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella
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fecha de publicación07.06.2016
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Una prostituta que miraba desde su ventana iluminada sonrió a Artemis y dejó que el chal cayera de su hombro para revelar un pecho con el pezón pintado con rubor. .La miré sin ningún interés y volvió su atención a las calles.

—Ya han pasado algunos meses —dijo Flood tras un instante—. Tal vez sólo era una broma de mal gusto.

—Si es así, el vengador tiene, ciertamente, un extraño sentido del humor.

Por el rabillo del ojo, Artemis percibió un movimiento en las sombras que tenía a sus espaldas. Por un momento no pudo decir qué había cambiado. Entonces entendió.

—¡MaIditos infiernos! —dijo en voz baja—. Apagó la vela.

—¿La ramera? —Flood miró hacia atrás, a la ventana ahora en sombras—. ¿Y qué? Tal vez ella...

Se interrumpió al ver que Artemis se había agachado sobre el pavimento de piedra y no le prestaba atención.

El atacante no surgió del callejón ni de ningún portal oscuro. Cayó sobre ellos desde una alta ventana. Los ondulantes pliegues de una capa negra revolotearon en torno de él, ocultando la escasa luz que emitía el farol a gas.

Tiene que tener un cuchillo, pensó Artemis. La mayoría de los Vanza no confiaban en las armas, pero había excepciones. El ataque de los “hombres-araña” siempre implicaba la presencia de un cuchillo.

Artemis aferré el borde de la capa para que la prenda no lo cubriera, como seguramente se proponía su atacante. La hizo a un lado y apenas evité la patada que éste trató de asestarle.

El luchador Vanza cayó diestramente sobre el pavimento), enfrentando a Artemis. Sus facciones estaban Ocultas debajo de una máscara fabricada con una corbata negra. Un destello blanco surgió de la hoja del cuchillo. Se echó hacia delante.

Artemis lo esquivé deslizándose hacia el costado. Sabía que de esa manera había quebrado la pauta de esta maniobra. ‘Ténía que actuar con rapidez, antes de que el atacante cambiara a una nueva estrategia.

El asaltante enmascarado vio que estaba a punto de perder su objetivo. Traté de recobrarse. Logró no dar de boca contra la pared, pero perdió el equilibrio un momento.

Artemis lanzó un puntapié al brazo que sostenía el cuchillo. Dio en el blanco. Se oyó un gruñido y la hoja cayó ruidosamente al suelo.

Al ver que había perdido la ventaja, el atacante decidió que ya no tenía deseos de seguir adelante. Dio medía vuelta, para huir. Su capa floté detrás de él como una enorme ala negra.

Artemis logró apresar el borde de la prenda y tiró de ella con fuerza. No le sorprendió ver que la prenda quedaba en sus manos. El enmascarado había soltado el cierre.

El hombre desapareció entre las sombras de una oscura callejuela. Sus pasos resonaron en la distancia. Artemis quedó con la capa de lana en la mano.

—¡Por los clavos de Cristo, hombre! —Flood lo miraba, estupefacto—. Fue directamente a ti. El bastardo trató de cortarte la garganta.

Artemis miró la capa que colgaba de su mano.

—Así es.

Debo decir que lo manejaste de manera brillante. Nunca había visto ese estilo de lucha. Muy extraordinario.

—Tuve suerte. Pude ver la señal —Artemis miró hacia la ventana ahora a oscuras donde la prostituta había puesto la vela antes del ataque—. No estaba destinada a mí, pero me sirvió.

—Estos condenados delincuentes se vuelven más osados cada día —declaró Flood—. Si la situación empeora, ningún hombre podrá caminar por las calles sin llevar un guardaespaldas.

Artemis vio la cuerda que colgaba de la ventana. Una breve mirada a los intrincados nudos fue suficiente. Londres ostentaba gran variedad de bandidos y ladrones, pero pocos de ellos estaban entrenados en las antiguas artes marciales de Vanza.

10

Las llamas se elevaron, oscilantes. Todavía estaban circunscritas al laboratorio de la planta alta, pero ya arrojaban un resplandor infernal por e/gran vestíbulo. El humo se expandía ondulando como un estandarte que dirigía a toda una legión de demonios del Averno.

Ella se agachó frente a la puerta de la alcoba. La pesada llave de hierro estaba empapada con su sangre. Trató de no mirar el cuerpo caído sobre la alfombra. Pero precisamente en el momento en que estaba por introducir la llave en la cerradura, e/muerto soltó una carcajada. La llave se deslizó de su mano...
Madeline despertó con un estremecido sobresalto. Se sentó en la cama, jadeando, esperando no haber gritado. Estaba bañada en sudor. La fina tela de su camisón se le pegaba al pecho y a la espalda.

Por unos segundos no logró darse cuenta de dónde estaba. La recorrió una nueva oleada de terror. Salió a gatas de la cama. Cuando sus pies desnudos tocaron el frío suelo, súbitamente recordó que se encontraba en uno de los dormitorios de la inmensa y acogedora mansión de Artemis Hunt.

Su bien custodiada, enorme, confortable mansión, se recordó.

Le temblaron las manos, tal como en el sueño. Tuvo que concentrarse para encender la vela. Cuando lo consiguió, la diminuta llama brillé con un tranquilizador resplandor que arrancó destellos de la tallada cabecera de la cama y el lavamanos. Los baúles llenos de libros que ella había guardado precipitadamente estaban amontonados en un rincón.

Una mirada al reloj le dijo que eran casi las tres de la madrugada. Había dormido dos horas completas antes de despertarse con una pesadilla. Realmente asombroso. Raramente dormía algo antes del amanecer. Tal vez fuera la certeza de que en esa casa los cerrojos eran bien sólidos y que un guardia con un perro de gran tamaño recorría los jardines toda la noche lo que le había permitido dormir ese tiempo.

Fue hasta la puerta y la abrió con sigilo. El corredor estaba a oscuras, pero un leve resplandor iluminaba la escalera. Provenía del vestíbulo de la planta baja. Oyó voces apagadas. Artemis estaba en casa.

Ya era hora, pensó Madeline. Le había dicho que esa noche iba a realizar averiguaciones en los garitos y los clubes de la ciudad. Estaba ansiosa por saber de qué se había enterado.

Abajo, en algún lugar, se cerré suavemente una puerta. La casa quedó sumida en el silencio. Madeline aguardé unos minutos, pero no oyó que Artemis subiera la escalera. Se dio cuenta de que había ido a la biblioteca.

Regresó a la cama y tomó la bata. Se la puso, la até y se calzó las pantuflas. El gorro con volados había desaparecido durante la pesadilla. Lo encontró debajo de la almohada; volvió a colocárselo sobre su pelo lamentablemente desordenado.

Satisfecha al verse decentemente cubierta, salió de la habitación y avanzó por el corredor hasta la ancha escalinata. Sus afelpadas pantuflas no hicieron ningún ruido sobre los escalones alfombrados.

Cruzó el vestíbulo y, al encontrarse frente a la puerta de la biblioteca, vaciló. La puerta firmemente cerrada tenía el aire de algo prohibido. Tal vez Artemis no quisiera compañía. A Madeline se le ocurrió que posiblemente estuviera bebido. Frunció el entrecejo. Resaltaba difícil imaginar a Artemis pasado de copas. Un aura de autocontrol, de severidad rodeaba su personalidad y parecía excluir esa clase de debilidad.

Golpeó suavemente la puerta. No hubo respuesta.

Titubeé una vez más, y después abrió cautelosamente la puerta. Si Artemis estaba verdaderamente achispado, lo dejaría en paz para enfrentarlo por la mañana.

Atisbé por la rendija de la puerta. Un fuego vivaz ardía en la chimenea, pero no vio rastros de Artemis. Quizá, después de todo, no estuviera en la biblioteca. Pero entonces, ¿para qué encender fuego?

—¿Es usted, Madeline? —la voz grave llegó desde el enorme y mullido sillón situado frente al fuego.

—Sí.

Advirtió que él no estaba en absoluto bebido. Aliviada, entró en la biblioteca y cerró la puerta. Mantuvo la mano apoyada sobre el tirador.

—Lo oí llegar, señor.

—Y por lo que veo bajó inmediatamente para recibir un informe, aunque ya sean casi las tres de la mañana —su voz sonaba vagamente divertida—. Presiento que usted será una empleadora sumamente exigente, señora Deveridge.

No estaba borracho, pero tampoco estaba de muy buen humor. Madeline apretó los labios y soltó el tirador. Caminó hacia él.

Cuando llegó hasta el tapete situado frente a la chimenea, se volvió hacia Artemis. Al verlo arrellanado con ominosa elegancia sobre el enorme sillón, contuvo el aliento. De inmediato supo que había ocurrido algo espantoso.

Un brillo sombrío bailoteaba en los ojos de Artemis. Se había quitado la chaqueta, y la corbata colgaba, suelta, en torno de su cuello. La pechera de su blanca camisa plisada estaba parcialmente desabrochada, dejando al descubierto casi todo su pecho. Madeline pudo ver el rizado vello que lo cubría, a medias oculto en la penumbra.

Artemis tenía en una mano una copa de coñac, y con la otra aferraba un objeto que Madeline no alcanzó a ver.

—Señor Hunt —llamó, observándolo con creciente preocupación—. Artemis. ¿Se siente usted enfermo?

—No.

—Me doy cuenta de que le ha ocurrido algo sumamente desagradable. ¿De qué se trata?

—Esta noche, un conocido mío y yo fuimos atacados en plena calle.

—¿Atacados? ¡Santo Dios! ¿Por quién? ¿Le robaron? —la asaltó una súbita idea. Ansiosa, buscó los ojos de Artemis—. ¿Habéis recibido algún daño, usted y su amigo?

—No. El malhechor no pudo salirse con la suya.

Madeline dejó escapar un suspiro de alivio.

—¡Gracias al cielo! ¿Un asaltante, supongo? Se sabe que las calles que rodean las salas de juego son sumamente peligrosas. Realmente, debería ser más cuidadoso, señor.

—Este ataque no tuvo lugar cerca de ningún garito. Sucedió muy cerca de un club al que suelo ir —hizo una pausa para beber un sorbo de coñac. A continuación, apoyé lentamente la copa sobre la mesilla—. Fuera quien fuese, era un hombre Vanza.

Madeline sintió que se le ponía carne de gallina.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Pudo...? —se interrumpió, tragó con esfuerzo y continué—:

¿Pudo verlo?

—No. Iba enmascarado. Al final de la lucha, escapé y se perdió en la oscuridad. Creo que bien pudo haber diseñado su estrategia con la ayuda de una prostituta que le dio una señal cuando nos vio en la calle. Veré si mañana puedo localizarla. Tal vez ella pueda darnos alguna pista para identificar al truhán.

Madeline sintió que se le hacía un nudo en el estómago.

—¿Cree usted que pueda tratarse de una nueva visita del fantasma de Renwick Deveridge?

—Debo reconocer que no soy muy versado en metafísica, pero, hasta donde yo sé, los fantaçmas no suelen confiar en los cuchillos.

—¿Tenía un cuchillo?

—Así es. Nos ofreció una excelente demostración de la estrategia de ataque del hombre-araña —Artemis hizo girar el coñac en la copa—. Por suerte, se le perdió el elemento sorpresa porque yo ya había advertido que la prostituta había apagado la vela.

—¿Su amigo sufrió algún daño?

Artemis apreté con más fuerza el objeto que tenía en la mano.

—El hombre que iba conmigo no es amigo mío.

—Entiendo —Madeline se sentó en otro sillón y traté de pensar acerca de las implicaciones de las estremecedoras noticias--—. Este hombre que representa el papel de fantasma de Renwick ahora lo busca a usted, ¿verdad? Debe de saber que mi tía y yo estamos viviendo en su casa. Quizá ya sepa que usted ha consentido en ayudarme. No tuve en cuenta...

—Madeline, tranquilícese.

Ella enderezó los hombros y lo miro.

—Indudablemente, esta noche intentó asesinarlo. Debemos suponer que volverá a intentarlo.

Artemis no pareció impresionarse demasiado por esa deducción.

—Es posible. Pero no inmediatamente. La próxima vez será mucho más precavido. Sabe que después de lo de esta noche estaré en guardia.

—Sabe algo más que eso. Usted peleé con él. Eso significa que ahora ya sabe que usted es Vanza.

—En efecto —Artemis sonrió sin humor—. Y, como él fue el perdedor de ese encuentro, también sabe que soy mejor que él en las artes marciales. Creo que podemos dar por sentado que en el futuro será más cuidadoso.

Ella se estremeció.

—¿Qué le dijo a su acompañante? ¿Le explicó esto?

—No le expliqué nada. Supuso que se trataba de un bandido común y corriente. Lo dejé con esa creencia —Artemis contemplé su copa de coñac.

—Entiendo —volvió a decir Madeline—. Por su tono deduzco que no le gusta mucho ese hombre que estaba con usted esta noche.

Artemis no respondió. En lugar de eso, bebió más coñac.

Ella decidió intentar otro abordaje.

—¿Pudo averiguar algo en su club o en los garitos, señor?

—Muy poco. Ciertamente, no circulaba ningún rumor de fantasmas aparecidos en las bibliotecas de otros caballeros de la nobleza.

—Muchos caballeros de la nobleza serían más bien remisos a reconocer que vieron un fantasma —señalé Madeline con sequedad.

—Muy cierto —alzó la copa hasta sus labios y volvió a beber.

Madeline se aclaró la garganta.

—Mientras usted estuvo ausente, ese joven que usted emplea para que le traiga información llegó hasta la puerta de la cocina.

—¿Zachary? ¿Qué noticias tenía para nosotros?

—Dice que hace varios días que Eaton Pitney no aparece por ahí. Los vecinos creen que se ha marchado a su finca del campo. Al ama de llaves, que aparentemente va a la casa sólo dos veces por semana, se le informó que sus servicios no serían requeridos hasta el mes próximo.

Artemis clavó la vista en las llamas.

—Interesante.

—Sí, así lo pensé —Madeline titubeé—. No sé si es un buen momento para conversar acerca de nuestro próximo paso en esta cuestión, señor, pero pensé mucho después de hablar con Zachary. Me pareció bastante extraño que el señor Pitney se marchara de la ciudad precisamente en este momento. El viaja muy poco; sin embargo decidió irse al campo poco después de enviarme su nota.

—Ciertamente, muy extraño —coincidió Artemis en tono melodramático—. Podría llegarse a decir que es altamente sospechoso.

Madeline arrugó el entrecejo.

—¿Está burlándose de mí, señor?

Artemis frunció ligeramente la boca.

—Jamás soñaría con hacer semejante cosa. Le ruego que continúe.

—Bueno, a mí me parece que el señor Pitney puede haber abandonado la ciudad a causa de algún nuevo incidente. Tal vez el intruso haya vuelto y lo haya asustado. En cualquier caso, he llegado a la conclusión de que existe un único curso de acción lógico.

—¿Ah, sí? —Artemis la miró con ojos peligrosamente lacónicos—. ¿Y cuál es, señora?

Ella hizo una pausa, insegura acerca del talante de Artemis. Entonces se inclinó hacia delante y bajó la voz, aunque no había otra persona en la habitación.

—Propongo que revisemos la casa del señor Pitney mientras él esté en el campo. Quizás encontremos algo de interés, alguna pista que nos indique por qué dejó la ciudad.

Para su sorpresa Artemis meneé la cabeza, asintiendo.

—Excelente idea. Precisamente hoy se me había ocurrido lo mismo.

—¿Sabía que se había marchado de la ciudad?

Artemis se encogió de hombros.

—Alguien lo mencioné al pasar durante una partida de naipes.

—Entiendo Madeline sintió que se le levantaba el ánimo—. Pues bien, entonces, evidentemente pensamos lo mismo, señor. Es muy satisfactorio, ¿verdad?

Él le dirigió una mirada enigmática.

—No tan satisfactorio como cabría esperar.

Ella prefirió ignorar el comentario. Realmente, Artemis estaba de un humor increíble, pensó. Pero, bueno, no lo conocía prácticamente nada. Tal vez este extraño aspecto de su temperamento fuera habitual en él. Decidió que lo mejor sería no sacar la conversación del carril de los negocios.

—Supongo que iremos por la noche a la casa de Pitney —pensó en voz alta.
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