El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella






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Amanda Quick

Secretos

Primer Prólogo

Pesadilla...

El fuego descendía rugiendo por la escalera trasera. El resplandor de las llamas lanzaba una luz dantesca sobre el vestíbulo. Quedaba muy poco tiempo. Ella levantó la llave que se había deslizado de sus dedos temblorosos y trató una vez más de introducirla en la cerradura de su alcoba.

A su lado, el muerto caído en un charco de sangre soltó una carcajada. Ella volvió a dejar caer la llave.

Segundo Prólogo

Venganza...

Artemis Hunt introdujo el último de los sellos tallados pertenecientes a un reloj con cadena en la tercera de las cartas y la dejó sobre el escritorio, junto a las otras dos. Contempló largo rato las tres cartas que tenía frente a él. Cada una de ellas iba a dirigida a un hombre diferente.

La venganza que había proyectado había requerido mucho tiempo de preparativos, pero ya estaban todos los elementos en su debido lugar. El envío de las cartas a esos tres hombres era el primer paso. Tenían como objeto hacerles sentir el sabor del miedo, obligarlos a mirar por encima del hombro en las noches de niebla. El segundo paso implicaba un complejo plan financiero que terminaría por llevarlos a la ruina.

Habría sido muy sencillo matarlos a los tres. No merecían menos que eso; con sus habilidades excepcionales podría haber llevado a cabo la faena sin inconvenientes. No habría corrido demasiado peligro de ser atrapado. Después de todo, era toda una autoridad.

Pero él quería que sufrieran por lo que ellos habían hecho. Quería que primero conocieran el desasosiego y después un miedo absoluto. Les quitaría su arrogancia. Haría trizas la sensación de certeza y seguridad que disfrutaban en virtud de su posición en la sociedad londinense. Al final terminaría por despojarlos de los recursos que les habían posibilitado aplastar a aquellos que habían tenido la desgracia de nacer en circunstancias menos afortunadas que ellos.

Antes de que todo hubiera terminado, tendrían oportunidad de comprobar cabalmente que estaban total y absolutamente destrozados ante los ojos del mundo. Se verían obligados a huir de Londres, no sólo para escapar de sus acreedores, sino también del implacable desprecio de la sociedad. Serían excluidos de sus clubes y quedarían marginados no sólo de los placeres y privilegios de su clase sino también de la posibilidad de rehacer sus fortunas mediante un matrimonio ventajoso.

Al final, quizá llegaran a creer en los fantasmas.

Habían pasado cinco años desde la muerte de Catherine. El mismo tiempo en que los tres corruptos libertinos responsables de esa muerte se habían creído a salvo. Probablemente hubieran olvidado los sucesos de esa noche.

Las cartas que contenían los sellos harían añicos su convicción de que el pasado estaba tan enterrado como la joven que habían destruido.

Les concedería algunos meses para que se acostumbraran a la idea de mirar por encima del hombro antes de dar el siguiente paso, pensó Artemis. Les daría tiempo para que empezaran a descuidar su vigilancia. Entonces se pondría en acción.

Se puso de pie para tomar un botellón de cristal que estaba sobre una mesilla cercana. Se sirvió una copa de coñac y brindó en silencio por la memoria de Catherine.

—Pronto —prometió al invisible fantasma que lo acosaba—. En vida te fallé, pero te juro que no te fallaré en la muerte. Has esperado mucho tiempo para tu venganza. Yo la haré posible. Es lo último que puedo hacer por ti. Cuando haya terminado, ruego para que ambos quedemos liberados.

Apuró el coñac y dejó la copa sobre la mesa. Aguardó un instante, pero no se produjo ningún cambio.
La helada sensación de vacío seguía allí, en su interior, igual que en los últimos cinco años. Ya no esperaba siquiera conocer la verdadera felicidad. En realidad, estaba seguro de que sentimientos tan ligeros no eran propios de un hombre de su temperamento. En todas las circunstancias, su aprendizaje de la vida le había enseñado que la alegría era algo ilusorio, como todo el resto de las emociones fuertes. Pero había abrigado la esperanza de que lanzarse a la venganza le proporcionaría una sensación de satisfacción, quizás incluso cierta paz.

En cambio, no sentía nada, salvo la indeclinable decisión de cumplir su cometido.

Comenzó a sospechar que estaba condenado.

No obstante, terminaría lo que había empezado con esas tres cartas. No tenía alternativa. Lo llamaban “El mercader de los sueños”. Demostraría a los tres crápulas que habían asesinado a Catherine que también podía vender pesadillas.

1

Se decía que había asesinado a su esposo porque lo consideraba inconveniente. Se decía que había prendido fuego a la casa para ocultar su crimen.

Se decía que bien podía haberse vuelto loca.

Circulaba una apuesta por todos los clubes de St. James Street. Ofrecía mil libras al hombre que lograra pasar una noche con la Viuda Siniestra y viviera para contarlo.

Se decían muchas cosas sobre esa dama. Artemis Hunt había oído los rumores porque hacía un culto de mantenerse informado. Tenía ojos y oídos diseminados por todo Londres. Una red de espías e informantes le comunicaba la interminable marca de chismes, especulaciones y hechos fragmentados que circulaba por la ciudad.

Parte de la quincalla que tenía sobre su escritorio tenía bases de verdad, otra era sólo probable y la restante era flagrantemente falsa. Discriminar entre todo ese material requería un tiempo y un esfuerzo considerables. Artemis no los perdía verificando toda la información que recibía. Optaba por ignorar la mayoría, ya que no afectaba sus asuntos personales.

Hasta esa noche no había tenido motivos para prestar atención a las habladurías que circulaban acerca de Madeline Deveridge. No era asunto de su incumbencia el hecho de que la dama hubiera despachado a su esposo al otro mundo. Había estado ocupado en otras cuestiones. Sin embargo, parecía que quien se había interesado por él era ella. Muchos dirían que era un presagio de mal agüero. Le produjo gracia comprobar que todo el asunto le resultaba sumamente misterioso, una de las cosas más interesantes que le habían sucedido en mucho, mucho tiempo. Lo que demostraba, se le ocurrió en ese momento, lo estrecha y circunscrita que era su vida en esa época.

Al avanzar por la calle envuelta en las sombras de la noche, se detuvo y contempló el pequeño y elegante carruaje que se recortaba en la niebla. Las lámparas del vehículo lanzaban destellos sobrenaturales en la bruma que flotaba a su alrededor. Las cortinas estaban corridas, ocultando el interior de la cabina. Los caballos se detuvieron sin hacer ruido. El cochero era un bulto informe sobre el pescante.

Artemis recordó el adagio que le habían enseñado tantos años atrás los monjes de los Templos del Huerto que lo habían introducido en la antigua filosofía y las artes marciales de Vanza: “La vida ofrece un ilimitado banquete de oportunidades. La sabiduría reside en saber cuál merece ser probada y cuál es venenosa.

Oyó abrirse y cerrarse la puerta del club a sus espaldas. En la oscuridad resonaron los ecos de fuertes risotadas de borrachos. Con aire distraído se movió hacia una zona de sombras debajo de un portal cercano y observó a dos hombres que bajaban tambaleantes los escalones de la entrada. Subieron tropezando a un coche de punto que los aguardaba y dieron instrucciones a los gritos al cochero, exigiéndole que los llevara de inmediato a uno de los garitos de la ciudad. El aburrimiento era el peor enemigo de los de su calaña. Eran capaces de cualquier cosa para vencerlo.

Artemis aguardó hasta que el viejo vehículo se alejó traqueteando por la calle. Cuando ya estuvo fuera de su vista, volvió a dirigir la mirada hacia el delicado y antiguo carruaje que aguardaba envuelto en la niebla. Ése era el problema con Vanza: por profunda que fuera su arcana enseñanza y su instructiva filosofía, no tenía en cuenta el muy humano factor de la curiosidad.

O al menos no tenía en cuenta su curiosidad.

Artemis tomó una decisión. Se alejó del portal y avanzó entre la bruma hacia el carruaje de la Viuda Siniestra. El cosquilleo de expectativa que sintió fue la única advertencia recibida de que podría llegar a lamentar esa decisión. Decidió ignorarla.

Cuando estuvo cerca del carruaje, el cochero se movió en su asiento.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor?

Las palabras fueron correctas y respetuosas, pero Artemis advirtió lo que se escondía debajo de la superficie. Ese hombre, encorvado debajo de varias capas de abrigo, con un sombrero calado hasta las orejas, cumplía tanto la tarea de cochero como la de guardaespaldas.

—Me llamo Hunt. Artemis Hunt. Creo que tengo una cita con la señora.

—De modo que es usted, ¿eh? —el hombre no se relajó. En todo caso, su tensión pareció aumentar—. Suba, por favor. Ella lo está esperando.

Al oír las órdenes tan perentorias, Artemis alzó las cejas, pero no dijo nada. Tomó el tirador, y abrió la portezuela del carruaje.

Por la abertura se filtré una luz ambarina que salía de la lámpara que iluminaba el interior del coche. Sobre uno de los asientos tapizados de terciopelo negro, se hallaba sentada una mujer. Iba embozada en una costosa capa negra con capucha, que apenas dejaba entrever el negro vestido que llevaba debajo. Su semblante era tan sólo una mancha clara oculta detrás del velo de encaje también negro. Artemis pudo ver, sin embargo, que era esbelta. En su silueta había una flexibilidad y un donaire que decían a las claras que no se trataba de una chiquilla desgarbada recién salida de la escuela, sino de una mujer hecha y derecha. Pensó que tal vez habría debido prestar más atención a los chismes referidos a ella que habían llegado hasta su escritorio. Bueno, ya era tarde para eso.

—Fue muy amable de su parte responder a mi nota con tanta prontitud, señor Hunt. El tiempo es la clave de todo esto.

Tenía la voz grave, con un tono gutural que encendió una chispa de sensualidad dentro de Artemis. Por desgracia, aunque sus palabras llevaban el sello de una indisimulada urgencia, no pudo detectar en ellas el menor signo de pasión. Aparentemente, la Viuda Siniestra no lo había atraído hasta su carruaje con la intención de seducirlo y arrastrarlo a una noche de amor salvaje y desenfrenado. Artemis se sentó junto a ella y cerro la portezuela. Se preguntó si debía sentirse decepcionado o aliviado.

—Su mensaje me llegó cuando estaba a punto de jugar una mano de cartas que estaba seguro de ganar —respondió él—. Confío en que lo que tenga para decirme, señora, me compense por los muchos cientos de libras que me vi obligado a abandonar para encontrarme con usted.

Ella se puso rígida. Sus dedos, enfundados en guantes de cabritilla negra, se cerraron con fuerza sobre el gran bolso negro que tenía en el regazo.

—Permítame presentarme, señor. Soy Madeline Reed Deveridge.

—Sé quién es usted, señora Deveridge; como obviamente usted sabe quién soy yo, le sugiero que dejemos de lado las formalidades, y vaya directamente al grano.

—Sí, desde luego detrás del velo, le relampaguearon los ojos con algo que bien pudo ser irritación—. Mi doncella, Nellie, fue secuestrada cerca de la entrada oeste de los Pabellones de los sueños hace menos de una hora. Como usted es el propietario de ese lugar, espero que asuma la total responsabilidad de todo acto criminal que pueda ocurrir dentro o cerca de su propiedad. Quiero que me ayude a encontrar a Nellie.

Artemis sintió que se había zambullido en un mar de hielo. Ella conocía su re/ación con los Pabellones de los sueños. ¿Cómo era posible? Al recibir su nota, había considerado, para después desecharlas, media docena de razones para esa insólita entrevista nocturna, pero ninguna se acercaba siquiera a esto.

Él tenía conciencia de los riesgos a los que se exponía desde el principio. Pero se había considerado tan profundamente inmerso en las Estrategias de Ocultamiento y Distracción que creyó que nadie, con la posible excepción de otro maestro de Vanza, podía llegar a descubrir la verdad. Y no había ningún motivo para que otro maestro lo buscara.

—¿Señor Hunt? —la voz de Madeline sonó más aguda—. ¿Ha oído lo que le dije?

—Palabra por palabra, señora Deveridge —para disimular su enfado, dio a su voz el tono de desgana propio de un caballero sumido en el más profundo de los tedios—. Pero debo reconocer que no las comprendo. Me parece que se ha dirigido al sitio equivocado. Si realmente su doncella ha sido secuestrada, debe dar a su cochero instrucciones para que se dirija a Bow Street, la calle de los investigadores privados. Sin duda allí podrá usted contratar a un detective para que la busque. Aquí en St. James somos partidarios de otros métodos, menos enérgicos.

—No trate de jugar a los juegos de Vanza conmigo, señor. A mí no me interesa que usted sea un maestro supremo. Como propietario de los Pabellones de los sueños tiene la responsabilidad de velar por la seguridad de los parroquianos que lo frecuentan. Espero que tome inmediatamente las medidas necesarias para encontrar a Nellie.

Ella sabía que él era Vanza. Eso era más alarmante que el hecho de que supiera que era dueño de los Pabellones.

El escalofrío que había comenzado a sentir en las entrañas pareció extenderse por todo su cuerpo. Lo acometió una súbita y enloquecedora visión de todo su cuidadoso plan hecho pedazos. De alguna manera, esta extraordinaria mujer había logrado reunir una peligrosa cantidad de información sobre él.

La miró sonriente, esperando disimular su furia y su incredulidad.

—La curiosidad me impulsa a preguntarle cómo llegó a la extravagante conclusión de que yo estaba de alguna forma relacionado con los Pabellones de los sueños o con la Sociedad Vanzariana.

Poco importa, señor.

—Está usted equivocada, señora Deveridge —corrigió él con gran suavidad—. Importa.

Algo que detecté en su voz afecté notoriamente a la mujer. Por primera vez desde que Artemis había subido al carruaje, ella pareció vacilar. Ya era tiempo, pensó él con fastidio.

Más, cuando finalmente le habló, lo hizo con pasmosa frialdad.

—Sé muy bien que no sólo es miembro de la Sociedad Vanzariana, sino un maestro supremo, señor. Una vez que pude confirmar todo eso acerca de usted, supe mirar debajo de la superficie.

Quienes están entrenados en esa filosofía raramente son lo que parecen. Son proclives a la simulación y a cierta excentricidad.

Esto era mil veces peor que lo que había imaginado.

—Comprendo. ¿Puedo preguntarle quién le contó todo eso sobre mí?

—Nadie lo hizo, señor. Al menos, no como usted lo sugiere. Descubrí la verdad con mis propios métodos.

Condenadamente improbable, pensó Artemis.

—Podría explicarse mejor, señora?

—La verdad es que ahora no tengo tiempo, señor. Nellie se encuentra en un grave peligro. Debo insistir en que me ayude a buscarla.

—¿Y por qué debería tomarme la molestia de ayudarla a buscar a su doncella fugitiva, señora Deveridge? Estoy seguro de que puede encontrar una reemplazante sin demora.

—Nellie no se escapó. Ya se lo dije: fue raptada por malvivientes. Su amiga Alice lo vio todo.

—Alice?

—Ambas fueron esta noche a ver las últimas atracciones que ofrecen los Pabellones. Cuando abandonaron los jardines por la puerta oeste, se acercaron a ellas dos hombres y se llevaron a Nellie. La metieron en un coche y se marcharon a toda prisa, antes de que nadie se diera cuenta de lo ocurrido.

—Creo que lo más probable es que su Nellie se haya escapado con algún joven —dijo Artemis con cierta brusquedad—. Y su amiga amañó la historia del secuestro para que usted le permitiera volver a su puesto en caso de que cambiara de idea.

—Tonterías. A Nellie la secuestraron en el medio de la calle.
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