La aparición del estilo gótico da lugar al cambio más profundo de la historia del arte moderno. El ideal estilístico aún hoy vigente, con sus principios de






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La aparición del estilo gótico da lugar al cambio más profundo de la historia del arte moderno. El ideal estilístico aún hoy vigente, con sus principios de fidelidad a lo real, de profundidad en el sentimiento, de sensibilidad y sensitividad, tiene en él su origen. Comparado con este nuevo modo de sentir y de expresarse, el arte de la Alta Edad Media no es sólo rígido y embarazado -también parece así el gótico si se lo compara con el Renacimiento-, sino que además resulta tosco y sin encanto. Sólo el gótico vuelve a crear obras artísticas cuyas figuras tienen proporciones normales, se mueven con naturalidad y son, en el sentido propio de la palabra, “bellas”. Es cierto que estas figuras no nos permiten olvidar ni por un momento que nos encontramos ante un arte que ha dejado de ser actual hace mucho tiempo, pero forman, al menos en parte, el objeto de un placer directo, que ya no está sencillamente condicionado por consideraciones culturales o religiosas. ¿Cómo se llegó a este radical cambio de estilo? ¿Cómo nació la nueva concepción artística, tan próxima a nuestra sensibilidad de hoy? ¿A qué cambios esenciales, en la economía y en la sociedad, estuvo vinculado el nuevo estilo? No debemos esperar que la respuesta a estas preguntas nos descubra una revolución brusca, pues por distinta que sea en conjunto la época del gótico de la Alta Edad Media, al principio aparece como la simple continuación y conclusión de aquel período de transición que en el siglo XI perturbó el sistema económico y social del feudalismo y el equilibrio estático del arte y de la cultura románicos. De esta época proceden, ante todo, los comienzos de la economía monetaria y mercantil y los primeros signos de la resurrección de la burguesía ciudadana dedicada a la artesanía y el comercio.

Al examinar estas transformaciones, se tiene la impresión de que aquí fuera a repetirse la revolución económica que ya nos es conocida por la Antigüedad y que preparó la cultura de las ciudades comerciales griegas. El Occidente que ahora estaba surgiendo se parece en todo caso más a la Antigüedad, con su economía urbana, que al mundo de la Alta Edad Media. El punto de gravedad de la vida se desplaza ahora, como ocurrió en su momento en la Antigüedad, de la campiña a la ciudad; de ésta provienen otra vez todos los estímulos y en ella vuelven de nuevo a confluir todos los caminos. Hasta ahora eran los monasterios las etapas conforme a las cuales se hacía el plan de un viaje; de ahora en adelante son otra vez las ciudades el punto de encuentro y el lugar donde uno se pone en contacto con el mundo. Las ciudades de este momento se diferencian de las poleis de la Antigüedad ante todo en que estas últimas eran principalmente centros administrativos y políticos, mientras que las ciudades de la Edad Media lo son casi exclusivamente del intercambio de mercancías y en ellas la dinamización de la vida se realiza de forma más rápida y radical que en las comunidades urbanas del mundo antiguo.

Es difícil dar una respuesta a la pregunta acerca del origen directo de esta nueva vida urbana, es decir, acerca de qué fue primero, si el aumento de la producción industrial y la ampliación de la actividad de los comerciantes, o la mayor riqueza en medios monetarios y la atracción hacia la ciudad. Es igualmente posible que el mercado se ampliara porque hubiera aumentado la capacidad de compra de la población, y el florecimiento de la artesanía se hiciese posible por haberse acrecentado la renta territorial (126), o que la renta de la tierra aumentara a consecuencia de los nuevos mercados y de las nuevas y acrecentadas necesidades de las ciudades. Pero fuera como fuera la evolución en cada caso, desde el punto de vista de la cultura tuvo una importancia decisiva la creación de dos nuevas clases profesionales: la de los artesanos y la de los comerciantes (127). Ya antes había, desde luego, artesanos y comerciantes, y un taller de artesanías propio lo encontramos no sólo encada predio y en cada corte feudal, en las explotaciones monacales y en los talleres domésticos episcopales –en una palabra, no sólo en el marco de las economías domésticas cerradas-, sino también en la población campesina, una parte de la cual, ya desde muy pronto, fabricó productos de artesanía para el mercado libre. Esta pequeña artesanía rústica no constituía, sin embargo, una producción regular, y en la mayoría de los casos sólo se ejercitaba cuando la pequeña finca no bastaba para mantener una familia (128). Y en lo que se refiere al intercambio de bienes, éste consistía en un comercio puramente ocasional. Las gentes compraban y vendían según su necesidad y la ocasión, pero no existían comerciantes profesionales o, en todo caso, eran aislados y sólo se dedicaban al comercio con lejanos países; no había, desde luego, grupos cerrados que pudiéramos designar como clase mercantil. Ordinariamente los mismos que producían las mercancías cuidaban de venderlas. A partir del siglo XII hay, empero, junto a estos productores primitivos, una clase de artesanos no sólo existente por sí, sino urbana, y que trabajaba regularmente, y otra de comerciantes especializada y concentrada como una verdadera clase profesional.

En el sentido de los estadios económicos de Bücher, “economía urbana” significa “producción por encargo”, esto es, fabricación de bienes que no se consumen dentro de la economía en que son producidos, en oposición a la primitiva producción para las propias necesidades. Se diferencia del estadio siguiente – la “economía nacional”_ en que el cambio de bienes se realiza todavía en forma de “intercambio directo”, esto es, que generalmente los bienes pasan de manera directa de la economía productora a la consumidora, y en general no realiza la producción para almacenarla ni para el mercado libre, sino sólo por encargo directo y para consumidores determinados, conocidos por el productor. Encontramos aquí ya la primera etapa del proceso de distanciamiento de la producción con respecto al consumo inmediato, pero nos hallamos a gran distancia todavía de aquel carácter completamente abstracto de la producción de mercancías, en el cual la mayoría de las veces los productos tienen que pasar por toda una serie de manos antes de llegar al consumidor. Esta diferencia fundamental entre la “economía urbana” medieval y la moderna economía urbana, según Bücher, a la efectiva situación histórica, y en lugar de una pura “producción por encargo”, que, desde luego, tampoco existe en la Edad Media, suponemos que entre el artesano y el cliente existía simplemente una relación más inmediata que la moderna, y no perdemos de vista que el productor no se encontraba todavía, como ocurre más tarde, enfrentado con un mercado completamente desconocido e indeterminado. Esta característica del modo de producción “urbano” repercute, desde luego, también en el arte, y produce, por una parte, en oposición al período románico, una mayor independencia del artista, pero, por otra, a diferencia de lo que ha ocurrido en la época moderna, no permite la aparición del artista desconocido, ajeno al público, que crea en el vacío de la intemporalidad.

El “riesgo del capital”, que constituye la verdadera diferencia entre la producción por encargo y la destinada al almacenamiento, lo correo todavía casi sólo el comerciante, que depende en grado extremo de los azares de un mercado incalculable. El comerciante representa el espíritu de la economía monetaria en su forma más pura y es el tipo más progresivo de la sociedad moderna, orientada al beneficio y a la ganancia. A él hay que atribuir ante todo que, junto a la propiedad territorial, única forma de riqueza hasta entonces, surja una nueva manera de enriquecimiento: el capital móvil del negocio. Hasta entonces los metales nobles eran atesorados casi sólo en la forma de objetos de uso, es decir, de copas y bandejas de oro y plata. El poco dinero acuñado que existía, y que estaba generalmente en posesión de la Iglesia, no circulaba; nadie pensaba en absoluto en hacerlo producir. Los monasterios, que fueron los precursores de la economía racional, prestaban dinero a alto interés (129), pero éstos eran sólo negocios ocasionales. El capital financiero, en la medida en que puede hablarse de él en la Alta Edad Media, era estéril. Fue el comercio el primero en poner de nuevo en movimiento el capital estéril y muerto. Por él, el dinero se convierte no sólo en el medio general de cambio y pago, no sólo en la forma favorita de la acumulación de fortuna, sino que comienza también a “trabajar”, se vuelve otra vez productivo. Esto, de una parte, al servir para adquirir materias primas e instrumentos y para hacer posible el almacenamiento de géneros para la especulación; de otra, al servir de base a negocios de crédito y transacciones bancarias. Pero con ello aparecen también los primeros rasgos característicos de la mentalidad capitalista (130). La movilización de la propiedad, su mayor facilidad para ser cambiada, su transferibilidad y posibilidad de acumularse hacen a los individuos más libres de las dependencias naturales y sociales en que habían nacido. Los individuos ascienden más fácilmente de una clase social a otra y sienten más placer y más ánimo que antes para hacer valer su propia personalidad. El dinero, que hace mensurables, cambiables y abstractos los valores, que despersonaliza y neutraliza la propiedad, hace también que la pertenencia de los individuos a los distintos grupos sociales dependa del factor abstracto e impersonal de su poder financiero, continuamente variable, y con ello elimina fundamentalmente la rígida de limitación de las castas sociales. El prestigio social que se rige por el dinero que se posee, va en general ligado a la nivelación de las gentes, convertidas en meros competidores económicos. Y como la adquisición del dinero depende de aptitudes puramente personales –inteligencia, aptitud para los negocios, sentido de la realidad, habilidad en las combinaciones- y no del nacimiento, la clase y los privilegios, el individuo adquiere cada vez más por sí mismo el valor que ha perdido al pertenecer a una determinada capa social. Ahora son las cualidades intelectuales, y no las irracionales del nacimiento y de la educación, las que confieren el prestigio.

La economía monetaria de las ciudades amenaza con causar la ruina a todo el sistema económico feudal. Cada predio feudal era, como ya sabemos, una economía sin mercados que, a causa de la invendibilidad de sus productos, se limitaba a producir para sus propias necesidades. Pero tan pronto como surgió una posibilidad de valorizar los productos sobrantes, la economía improductiva, sin ambiciones, tradicionalista, adquirió nueva vida. Se dio el paso hacia métodos de producción más intensivos y racionales, y todo fue orientado a producir más de lo que se necesitaba. Como la participación de los propietarios en los productos de sus bienes estaba más o menos limitada por la tradición y la costumbre, el exceso de producción beneficiaba, en primer lugar, a los campesinos. Mientras tanto, la necesidad de dinero aumentaba en los señores de día en día, y no sólo a consecuencia de la subida de precios, que iba esencialmente unida al desarrollo del comercio, sino también a consecuencia de la tentadora oferta de artículos siempre nuevos y más caros. Estas exigencias fueron creciendo de manera exorbitante desde fines del siglo XI. El gusto se refinó extraordinariamente en materia de vestidos, armas y vivienda; ahora la gente ya no se conformaba con cosas simples y útiles sin pretensiones; quería que cada artículo de uso fuese un objeto de valor. Siendo estacionaria la renta de la nobleza terrateniente, esta situación produjo dificultades económicas, cuya única solución, por de pronto, fue la colonización de las partes hasta entonces no cultivadas de los terrenos. Los propietarios procuran ante todo arrendar las parcelas disponibles, entre otras aquéllas que habían quedado libres por la huida delos campesinos, y, por otra parte, transformar los antiguos pagos en especie en pagos en dinero. Pues, por un lado, necesitan principalmente dinero, y, por otro, van viendo cada vez más claro que en esta época de racionalismo incipiente la explotación de las tierras mediante siervos muchas veces no es ya rentable. Cada vez se convencen más de que el trabajador libre rinde mucho más que el siervo, y que las gentes toman de mejor gana cargas mayores, pero determinadas de antemano, que cargas indeterminadas, aunque sean en sí menores (131). Por lo demás, los señores saben muy bien sacar todo el provecho posible a la crítica situación en que se encuentran. Con la liberación de los campesinos no sólo logran arrendatarios que rinden más que rendían los siervos, sino que consiguen además sumas considerables por la concesión de la libertad. Aun así, muchas veces no logran salir de apuros y, para mantenerse al paso de los tiempos, tienen que tomar préstamo sobre préstamo y, al fin, enajenar en partes sus bienes, incluso a los burgueses, deseosos de hacer compras y bien capaces de pagarlas.

Con la adquisición de estos bienes la burguesía pretende ante todo asegurar su posición en la sociedad, que es todavía muy incierta. La propiedad territorial debe servirle como de puente para escalar los estratos más altos de la sociedad. Pues, en esta época, el comerciante o artesano desgajado de la tierra es un fenómeno verdaderamente problemático. Está, en cierto modo, en el medio, entre la nobleza y los campesinos. Por una parte, es libre, como sólo lo es el noble; por otra, es de origen plebeyo, como el último de los villanos. A pesar de su libertad, está incluso, en cierto modo, por debajo del campesino y, a diferencia de éste, es considerado como un desarraigado y un déclassé (132). En una época en la que la única legitimación válida es la relación personal con la tierra, el burgués vive en un predio que no le pertenece, que no cultiva y que está dispuesto en todo momento a abandonar. Disfruta, desde luego, privilegios que hasta entonces sólo había tenido la nobleza terrateniente, pero debe comparárselos con su dinero. Tiene independencia material y a veces disfruta de un bienestar mayor que muchos de los nobles, pero no sabe gastar la riqueza conforme a las reglas de la vida aristocrática; es un nuevo rico. Despreciado y envidiado por unos y otros, tanto por la nobleza como por los campesinos, ha de pasar mucho tiempo antes de que consiga salir de esta desagradable situación. Hasta el siglo XIII no logra la burguesía ciudadana ser considerada como una clase que, aunque todavía no es plenamente respetable, de alguna manera merece atención. Desde ese momento, como tercer estado, que determinará el curso de la historia moderna y dará su importancia al Occidente, está en la vanguardia de la evolución social. Desde la constitución de la burguesía como clase hasta el fin del antiguo régimen la estructura de la sociedad occidental ya no cambia mucho (133), pero durante ese lapso todos los cambios son debidos a la burguesía.

La consecuencia inmediata de la aparición de una economía urbana y comercial es la tendencia hacia la nivelación de las antiguas diferencias sociales. El dinero, empero, introduce nuevos antagonismos. Al principio el dinero sirve de puente entre las clases que estaban separadas por los privilegios del nacimiento. Después se convierte en medio de diferenciación social y conduce a la división en clases de la misma burguesía, que en los comienzos era todavía unitaria. Los antagonismos de clase de aquí provenientes se sobreponen, cruzan o exacerban las antiguas diferencias. Todas las gentes de la misma profesión o de parecida situación económica –por una parte, los caballeros, los clérigos, los campesinos, los comerciantes y artesanos; por otra, los comerciantes más ricos y los más pobres, los poseedores de talleres grandes y pequeños, los maestros independientes y los oficiales que de ellos dependen- son, de un lado, iguales entre sí en dignidad y en nacimiento, y de otro, en cambio, se enfrentan como antagonistas implacables. Estos antagonismos de clase poco a poco se van sintiendo con más fuerza que las antiguas distinciones entre los estratos sociales. Por fin, toda la sociedad se encuentra en un estado de fermentación; los antiguos límites se vuelven borrosos, los nuevos se agudizan, pero cambian continuamente. Entre la nobleza y los campesinos no libres se ha intercalado una nueva clase que recibe refuerzos de ambas partes. El abismo existente entre libres y siervos ha perdido su antigua profundidad; los siervos han pasado, en parte, a ser arrendatarios; en parte han huido a la ciudad y se han convertido en jornaleros libres. Por primera vez se encuentran en situación de disponer libremente de sí mismos y hacer contratos de trabajo (134).

La introducción de los jornaleros en dinero, en lugar de los antiguos pagos en especie, trae consigo libertades nuevas completamente inimaginables hasta entonces. Aparte de que ahora el trabajador puede gastar su jornal a capricho –esta ventaja tenía que realzar esencialmente la conciencia de sí mismo-, puede también procurarse más fácilmente que antes tiempo libre y está en condiciones de dedicar sus ocios a lo que le plazca (135). Las consecuencias de todo esto fueron incalculables en el aspecto cultura, si bien el influjo directo de los elementos plebeyos sólo poco a poco logra imponerse en la cultura y no al mismo tiempo en todos los campos. Aparte de ciertos géneros literarios, como, por ejemplo, el
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