La judía de toledo lion Feuchtwanger






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LION FEUCHTWANGER LA JUDIA DE TOLEDO


LA JUDÍA DE TOLEDO

Lion Feuchtwanger



Planeta Agostini.- 2003



Para Marta y Hilde




PRIMERA PARTE



El rey se enamoró locamente de una judía que tenía

por nombre la Fermosa, la Hermosa, y olvidó a su esposa.
Alfonso el Sabio, Crónica General.

Alrededor de 1270.
A Toledo fue Alfonso

Con la reina joven y bella.

Pero el amor lo cegó.

Y se engañó por amor.

Se prendó de una judía

Cuyo nombre era Fermosa.

Sí, Fermosa se llamaba,

La Hermosa.

Y la llamaban así con justicia.

Y por ella olvidó el rey a su reina.

Los Amores de Alfonso VIII con la hermosa judía.

Romanza de Lorenzo de Sepúlveda, 1551.

CAPITULO PRIMERO



Ochenta años después de la muerte de su profeta Mahoma, los musulmanes ya habían construido un imperio que, desde la frontera india, se extendía ininterrumpidamente por Asia y Africa y la costa sur del Mediterráneo hasta alcanzar la costa del océano Atlántico. En el año ochenta, desde el inicio de sus expediciones de conquista, pasaron a través del Estrecho, al oeste del mar Mediterráneo, a al-Andalus, a Hispania, destruyeron el reino que los visigodos cristianos habían levantado allí tres siglos atrás y conquistaron con tremendo ímpetu el resto de la Península hasta los Pirineos.

Los nuevos señores trajeron consigo una rica cultura y convirtieron el país en el más hermoso, populoso y mejor organizado de Europa. Planeadas por expertos arquitectos y bajo una inteligente inspección de las obras, surgieron grandes y señoriales ciudades, como no se hablan vuelto a ver en esta parte del mundo desde los tiempos de los romanos. Córdoba, la residencia del califa occidental, era considerada la capital de la totalidad de Occidente.

Los musulmanes reavivaron la descuidada agricultura y consiguieron de la tierra, mediante inteligentes sistemas de regadío, una insospechada fertilidad. Fomentaron la explotación de las minas mediante una nueva técnica muy desarrollada. Sus tejedores elaboraban alfombras preciosas y lujosas telas; sus carpinteros y escultores, delicadas obras de arte en madera; sus curtidores, cualquier clase de objetos en piel. Sus herreros producían piezas de una perfección absoluta, tanto para fines pacíficos como para la guerra. Sus espadas, dagas y puñales eran más afilados y más hermosos que los de los pueblos no musulmanes; las armaduras, de una gran resistencia; las piezas de artillería, de gran alcance; y armas secretas de las cuales se hablaba con temor en toda la cristiandad. También elaboraron otra cosa terrible y muy peligrosa: una mezcla mortal explosiva, el llamado fuego líquido.

La navegación de los musulmanes hispánicos, conducida por probados matemáticos y astrónomos, era rápida y segura, de manera que podían llevar a cabo un amplio comercio y abastecer sus mercados con toda clase de productos procedentes de todo el imperio islámico.

Las artes y las ciencias florecieron como nunca hasta entonces bajo ese cielo. Lo sublime y lo gracioso se mezclaba para decorar las casas con un estilo particular y significativo. Un primoroso y ramificado sistema de educación permitía a cualquiera instruirse. La ciudad de Córdoba tenía tres mil escuelas, cada ciudad grande tenía su universidad, había bibliotecas como nunca antes desde el florecimiento de la Alejandría helénica. Los filósofos ampliaban las fronteras del Corán, traducían según su propio modo de pensar las obras de la sabiduría griega, convirtiéndola en un nuevo saber. El arte de una nueva fabulación, multicolor y floreciente, abrió a la fantasía espacios desconocidos hasta el momento. Grandes poetas refinaron la lengua árabe, rica en matices y tonos, hasta que pudo reproducir cualquier emoción del alma.

Frente a los vencidos, los musulmanes mostraron indulgencia. Para sus cristianos, tradujeron el Evangelio al árabe.

A los numerosos judíos, que habían estado sometidos al estricto derecho de excepción por los cristianos visigodos, les otorgaron la igualdad ciudadana. Sí, bajo el dominio de los musulmanes, los judíos gozaron en Hispania de una vida tan plena y satisfactoria como nunca antes desde la caída de su propio reino. De entre ellos surgieron ministros y médicos personales del califa. Fundaron fábricas, ampliaron empresas de comercio, enviaron sus barcos por los siete mares. Sin olvidar su propia literatura hebrea, desarrollaron sistemas filosóficos en lengua árabe, tradujeron a Aristóteles y fundieron sus enseñanzas con las de su propio Gran Libro y las doctrinas de la sabiduría árabe. Elaboraron un comentario de la Biblia abierto e inteligente. Dieron nueva vida al arte de la poesía hebrea.

Más de tres siglos duró este florecimiento. Entonces hubo una gran tormenta y fue destruido.

En los tiempos en que los musulmanes conquistaron la Península, algunos grupos dispersos de visigodos cristianos habían huido al montañoso norte de Hispania y habían fundado en aquella zona de difícil acceso pequeños condados independientes. Desde allí, generación tras generación, habían continuado luchando contra los musulmanes, en una guerra de partidas, una guerrilla. Durante mucho tiempo lucharon solos. Pero, más tarde, el Papa de Roma proclamó una cruzada, y grandes predicadores exigieron con encendidas palabras que el islam fuera expulsado de las tierras que había arrebatado a los cristianos. Entonces, cruzados procedentes de todas partes se unieron a los belicosos descendientes de los anteriores reyes cristianos de Hispania. Cerca de cuatro siglos habían tenido que esperar estos últimos visigodos, pero ahora avanzaban abriéndose paso hacia el sur. Los musulmanes, que se hablan ablandado y refinado, no pudieron resistir su ímpetu; en pocas décadas los cristianos reconquistaron la mitad norte de la Península, hasta el Tajo.

Amenazados cada vez con mayor dureza por los ejércitos cristianos, los musulmanes pidieron ayuda a sus correligionarios de Africa, salvajes y fanáticos guerreros, procedentes muchos de ellos del gran desierto del sur; el Sáhara. Éstos detuvieron el avance de los cristianos, pero también persiguieron a los príncipes musulmanes cultivados y liberales que habían gobernado al Andalus hasta entonces, ya que no iba a tolerarse por más tiempo el relajamiento en cuestiones de fe; el califa africano Yusuf se apoderó del poder también en al-Andalus. Para limpiar el país de todos los infieles, hizo llamar a los representantes de la judería a su cuartel general de Lucena y les habló del siguiente modo:

«En el nombre de Dios, el Misericordioso. El Profeta garantizó a vuestros padres que seríais tratados con tolerancia en las tierras de los creyentes, pero bajo una condición, que está escrita en los libros antiguos: Si vuestro Mesías no había aparecido transcurrido medio milenio, entonces, así lo aceptaron vuestros padres, deberíais reconocerlo a él, a Mahoma, como profeta de los profetas que relega a la oscuridad a vuestros hombres de Dios. Los quinientos años han pasado. Por lo tanto, cumplid el acuerdo y convertíos al Profeta. ¡Haceos musulmanes! o ¡abandonad mi al-Andalus!»

Muchos judíos, a pesar de que no podían llevarse ninguno de sus bienes, se marcharon. La mayoría se trasladaron al norte de Hispania, puesto que los cristianos, que ahora volvían a ser señores de esas tierras, para rehacer el país destruido por las guerras, necesitaban los conocimientos superiores de los judíos en cuestiones de economía, su laboriosidad en la industria y sus muchos otros conocimientos. Les garantizaron la igualdad ciudadana que sus padres les habían negado, y además muchos otros privilegios.

Sin embargo, algunos judíos se quedaron en la Hispania musulmana y se convirtieron al islam. De este modo querían salvar sus bienes, y más tarde, cuando las circunstancias fueran más favorables, irse al extranjero y retornar de nuevo a su vieja fe. Pero la vida en su país natal, en la benigna tierra de al Andalus, era dulce, y aplazaban su partida. Y cuando tras la muerte del califa Yusuf llegó al poder un príncipe menos estricto, siguieron vacilando. Y finalmente dejaron de pensar en marcharse. Seguía vigente para todos los infieles la prohibición de residir en al-Andalus, pero bastaba como demostración de fe dejarse ver de vez en cuando en las mezquitas y pronunciar cinco veces al día la profesión de fe: Alá es Dios y Mahoma su profeta. En secreto, los antiguos judíos podían seguir practicando sus costumbres, y en al-Andalus, donde teóricamente no había ni un solo judío, existían sinagogas judías escondidas.

Estos judíos clandestinos sabían que su secreto era conocido por muchos y que su herejía, si se declaraba una guerra, tendría que salir a la luz. Sabían que si empezaba una nueva Guerra Santa estaban perdidos. Y cuando diariamente rezaban por la preservación de la paz, tal y como su ley les ordenaba, no lo hacían sólo con los labios.

Cuando Ibrahim se sentó en los escalones de la derruida fuente del patio interior sintió de pronto todo su cansancio. Hacía una hora que estaba recorriendo aquella casa en ruinas.

Sin embargo, en realidad no tenía tiempo que perder. Hacía diez días que estaba en Toledo, los consejeros del rey lo apremiaban, con razón, para que les comunicara si asumía el arrendamiento general de los impuestos o no.

El comerciante Ibrahim, del reino musulmán de Sevilla, había llevado a cabo negocios varias veces con los príncipes cristianos de Hispania, pero todavía no había emprendido nunca un negocio tan gigantesco como el que ahora se le presentaba. Desde hacía años, las finanzas del reino de Castilla iban mal, y desde que, quince meses atrás, el rey Alfonso había perdido su imprudente guerra contra Sevilla, su economía estaba completamente arruinada. Don Alfonso necesitaba dinero; mucho dinero, y de inmediato.

El comerciante Ibrahim de Sevilla era rico. Poseía barcos, bienes y crédito en muchas ciudades del islam y en los centros comerciales de Italia y Flandes. Pero si se dejaba arrastrar a este negocio con Castilla, tendría que invertir todo su patrimonio, y ni el más listo podía predecir si Castilla sobreviviría al caos que los próximos años traerían consigo.

Por otro lado, el rey Alfonso estaba dispuesto a ofrecer enormes contrapartidas. Se le ofrecían a Ibrahim, como garantía, los impuestos y las aduanas, también los ingresos que producían las minas, y estaba convencido de que, si conseguía el dinero necesario, también lograría muchas otras condiciones favorables y le acabarían confiando el control de todos los ingresos. Pero era necesario tener en cuenta que desde que los cristianos habían reconquistado las tierras de los musulmanes, el comercio y la industria habían disminuido; mas Castilla, el mayor de los reinos de Hispania, era fértil, poseía abundancia de riquezas en el subsuelo, e Ibrahim se sentía capaz de levantar de nuevo el reino con sus propias fuerzas.

Una empresa de semejantes proporciones no podía dirigirse desde lejos: debía controlar su ejecución sobre el terreno, se imponía abandonar su Sevilla musulmana y trasladarse a la cristiana Toledo.

Tenía cincuenta y cinco años. Había conseguido lo que siempre había deseado. Un hombre de su edad y que había alcanzado tales éxitos ni siquiera debía detenerse a considerar un negocio tan dudoso.

Ibrahim seguía sentado en los derruidos escalones de la fuente, seca desde hacía mucho tiempo, la cabeza apoyada en la mano, y de pronto tuvo que reconocerlo: aunque había visto claro desde el principio el carácter aventurero del negocio, se trasladaría a Toledo a pesar de todo, a esta casa.

Era esta casa ridícula y en ruinas la que lo había traído hasta aquí.

Existía un viejo y extraño lazo entre él y la casa. Él, Ibrahim, el gran hombre de negocios de la orgullosa Sevilla, el amigo y consejero del emir se había convertido ya en su juventud al profeta Mahoma, pero no había nacido musulmán sino judío, y este edificio, el castillo de Castro, había pertenecido a sus antepasados, a la familia Ibn Esra, durante todo el tiempo que los musulmanes fueron señores de Toledo. Pero desde que el rey Alfonso, el sexto de su nombre, arrebató la ciudad a los musulmanes, hacía apenas cien años los barones de Castro se habían apoderado de la casa. Ibrahim había estado muchas veces en Toledo y cada vez había permanecido en pie, lleno de añoranza, ante el oscuro muro exterior del castillo. Ahora que el rey había expulsado a los Castro de Toledo y les habla expropiado la casa, podía por fin ver su interior y considerar la posibilidad de recuperar las antiguas propiedades de sus padres.

Sin prisa, pero con mirada escrutadora y ávida, había recorrido las muchas escaleras, salas, corredores y patios. Era un edificio desolado y feo, más bien una fortaleza que un palacio. Tampoco durante el tiempo en que lo habitaban los antepasados de Ibrahim, los Ibn Esra, habría tenido otro aspecto visto desde fuera. Pero con toda seguridad, ellos habían adornado su interior con el cómodo mobiliario árabe, y los patios debían haber sido silenciosos jardines. Era tentador volver a levantar la casa paterna y convertir el tosco y desmoronado castillo de Castro en un hermoso y afiligranando castillo Ibn Esra.

¡Qué planes tan descabellados! En Sevilla, él era el príncipe de los comerciantes y era visto con aprecio en la corte del emir, entre los poetas, artistas y gente instruida que el emir reunía a su alrededor, procedentes de todo el mundo árabe. La verdad es que no podía sentirse más a gusto en Sevilla de lo que se sentía, y lo mismo les sucedía a sus queridos hijos, la joven Rechja y el muchacho Achmed. ¿Era pecado y locura jugar siquiera con el pensamiento de cambiar su noble y distinguida Sevilla por la bárbara Toledo?

No era ninguna locura, y con toda seguridad no era pecado.

La estirpe de los Ibn Esra, la más orgullosa de entre las estirpes judías de la Península, había sufrido en los últimos cien años muchas peripecias. El propio Ibrahim, cuando todavía era un muchacho y aún llevaba el nombre de Jehuda Ibn Esra, había vivido la desgracia que los africanos habían traído con su violenta llegada a al Andalus. Al igual que el resto de los judíos del reino de Sevilla, también los Ibn Esra habían huido en aquel entonces al norte, a la Hispania cristiana. Sin embargo, a él, al muchacho, la familia lo había obligado a quedarse y convertirse al islam; era amigo del hijo del príncipe Abdullah, y tenían la esperanza de salvar de esta manera una parte de su patrimonio. Cuando Abdullah asumió el poder, prometió a Ibrahim que le serían restituidas sus riquezas. El príncipe sabía que su amigo, en el fondo de su corazón, seguía siendo fiel a su vieja fe, muchos lo sabían pero lo consentían. Pero ahora amenazaba una nueva guerra entre los cristianos y los creyentes musulmanes, y, tratándose de una Guerra Santa de estas características, el emir Abdullah no podría seguir protegiendo al infiel Ibrahim. Se vería obligado a huir como sus padres a la Hispania cristiana, abandonando su patrimonio a sus espaldas y convertido en un pordiosero. ¿No era más inteligente trasladarse ahora a Toledo con todas sus riquezas y esplendor?

Porque sólo con que él se lo propusiera, gozaría en Toledo del mismo respeto que en Sevilla. Se le había ya insinuado veladamente la posibilidad de que se le otorgaría el cargo de Ibn Schoschan, el ministro de finanzas judío que había fallecido tres años atrás. No cabía la menor duda: aunque volviera abiertamente a la fe judía, en Toledo podría conseguir cualquier cargo que deseara.

A través de una grieta del muro, el castellano miró al interior del patio. Hacía casi dos horas que el extranjero estaba allí; ¿qué veía en aquellos muros derruidos? El hereje seguía allí sentado, como si estuviera en su casa, como si quisiera quedarse allí para siempre. Los acompañantes del extranjero, que lo esperaban en el patio exterior, habían contado que en su casa de Sevilla tenía quince caballos de raza y ochenta servidores, entre los cuales habla treinta negros. Eran ricos y opulentos aquellos extranjeros. Pero aunque la última vez, el rey, nuestro señor, había sufrido una derrota, llegaría el momento en que la Santísima Virgen y Santiago se apiadarían y conseguirían acabar con ellos, con los musulmanes, y arrebatarles sus tesoros.

El extranjero no acababa de decidirse a marcharse.

Sí, el comerciante Ibrahim de Sevilla seguía sentado, perdido en sus ensoñaciones. Nunca en su vida habla tenido que tomar una decisión tan arriesgada, porque en los tiempos en que los africanos invadieron al Andalus y él se convirtió al islam, todavía no había cumplido los trece años y por lo tanto, no era responsable ante Dios ni ante los hombres: la familia había decidido por él. Pero ahora era él quien debía tomar la decisión.

Sevilla resplandecía magnífica en su madurez y plenitud. Pero su madurez era excesiva, decía su viejo amigo Musa; el sol del islam occidental había pasado ya el punto más alto de su arco, iba hacia su caída. En cambio la Hispania cristiana estaba en los inicios, estaba iniciando su ascensión. Todo aquí era primitivo. Hablan destruido lo que el islam habla construido y lo hablan remendado para salir del paso. La agricultura era pobre, anticuada; el comercio rudimentario. El reino estaba despoblado, y los que lo habitaban conocían el oficio de la guerra pero no las obras de la paz. Él, Ibrahim, haría que vinieran a instalarse aquí gentes que hubieran aprendido a producir que supieran cómo sacar a la luz todo aquello que la tierra escondía sin dar provecho a nadie.

Seria trabajoso volver a insuflar espíritu y vida a esta Castilla derruida, cuya economía estaba por los suelos. Pero precisamente eso era lo más atractivo.

Evidentemente, necesitaba tiempo, largos e ininterrumpidos años de paz.

Y de pronto lo vio con claridad: era la llamada de Dios que ya había escuchado quince meses atrás cuando Don Alfonso, tras la derrota, solicitó una tregua al emir de Sevilla. El belicoso Alfonso había estado dispuesto a diversas concesiones: la cesión de territorios y una elevada indemnización de guerra, pero no había querido aceptar la condición del emir, según la cual la tregua tenía que durar ocho años. Pero él, Ibrahim, había instado y persuadido a su amigo el emir para que insistiera en este punto, convenciéndolo para que, por este mismo motivo, se conformara con territorios cada vez menores e indemnizaciones cada vez más bajas. Y por fin se había conseguido: se había firmado y sellado una tregua de ocho buenos y largos años. Sí, Dios mismo lo había movido a actuar y le había ordenado: ¡Lucha por la paz, no cedas, lucha por la paz!

Y aquella misma llamada interior lo había traído hasta aquí, a Toledo. Si llegara una nueva Guerra Santa  y llegaría , el pendenciero Don Alfonso se vería tentado a romper la tregua con Sevilla. Pero entonces, él, Ibrahim, estaría presente y convencería al rey por medio de astucias, amenazas y palabras sensatas, y aunque no pudiera impedir que Alfonso se complicara en la guerra, podría retrasar su participación en ella.

Y para los judíos seria una bendición que, cuando se declarara la guerra, Ibrahim formara parte de los consejeros del rey Como siempre, los judíos serian los primeros sobre quienes caerían los cruzados, pero él extendería su mano protectora sobre ellos.

Porque él era su hermano.

El comerciante Ibrahim de Sevilla no era un mentiroso, aunque se llamara islamita a sí mismo. Él honraba a Alá y al Profeta, disfrutaba de la poesía y la ciencia árabes, Las costumbres de los musulmanes se habían convertido para él en un agradable hábito; de modo automático ejecutaba cinco veces al día las abluciones prescritas, se arrojaba al suelo cinco veces en dirección a La Meca para pronunciar las plegarias, y cuando se encontraba ante una gran decisión o antes de un importante negocio, llevado de una necesidad interna, acudía a Alá y pronunciaba la primera azora del Corán. Pero cuando en el Sabbath se reunía con otros judíos de Sevilla en las estancias inferiores de su casa, en su oculta sinagoga, para honrar al Dios de Israel y leer el Gran Libro, entonces su corazón se llenaba de una alegre paz. Sabía que ésta era su fe más profunda, y por medio de esta confesión a la más auténtica de las verdades se purificaba de las verdades a medias de la semana.

Era Adonai, el antiguo Dios de sus padres, quien había encendido en su corazón el deseo amargo y dichoso de volver a Toledo.

Ya una vez, en aquellos tiempos en que la gran desgracia cayó sobre los judíos de al-Andalus, un Ibn Esra, su tío Jehuda Ibn Esra, había podido prestar una gran ayuda a su pueblo desde Castilla. Aquel Jehuda, general del Alfonso que reinaba entonces, el séptimo, había resistido a los musulmanes en la fortaleza fronteriza de Calatrava y permitido la huida y la salvación a miles, a decenas de miles de judíos oprimidos. Ahora sería él, a quien hasta el momento todos conocían como el comerciante Ibrahim, quien tendría una misión semejante. Regresaría a sus raíces en esta casa.

Su rápida y viva fantasía le mostró la casa tal y como sería: la fuente volvía a brotar, el patio florecía en silencio y en la penumbra, las deshabitadas estancias de la casa bullían de vida, sus pies caminaban sobre gruesas alfombras en lugar de pisar el poco hospitalario suelo de piedra, en las paredes podían verse inscripciones hebreas y árabes, versículos del Gran Libro y versos de los poetas musulmanes, y por todas partes correría el agua refrescante y mansa, dando a los sueños y pensamientos su cadencia y su ritmo.

Así sería la casa, y él iba a tomar posesión de ella como quien era: Jehuda Ibn Esra.

Sin tener que esforzarse en recordarlos, le vinieron a la memoria los versículos de la bendición que adornarían su casa, versículos del Gran Libro de los antepasados que a partir de ahora sustituiría al Corán. «Caerán las montañas y se hundirán las colinas, pero mi bendición no se apartará de ti, y mi alianza contigo permanecerá siempre.»

Una sonrisa hueca y feliz inundó su rostro. Con los ojos del espíritu vio los solemnes versículos de la promesa divina a lo largo del friso, en negro, azul, rojo y oro, adornando las paredes de su dormitorio; se grabarían en su corazón por la noche antes de que conciliara el sueño y le saludarían por las mañanas cuando despertara.

Se levantó y estiró los miembros. Viviría allí en Toledo, en la antigua casa de sus padres una vez renovada; infundiría nuevo aliento a la pobre y miserable Castilla; contribuiría a que la paz se mantuviera y a conseguir un refugio para el amenazado pueblo de Israel.

Manrique de Lara, el Primer Ministro, expuso a Don Alfonso los contratos que se habían acordado con el comerciante Ibrahim de Sevilla y que ahora sólo requerían ser firmados. La reina se encontraba presente durante su exposición. Desde tiempo inmemorial, las reinas de la Hispania cristiana compartían el poder y tenían el privilegio de participar en los asuntos de Estado.

Los tres documentos en los que se recogían los acuerdos, en lengua árabe, se encontraban sobre la mesa. Eran contratos muy detallados, y Don Manrique necesitó mucho tiempo para exponer los detalles.

El rey sólo escuchaba a medias. Doña Leonor y su Primer Ministro habían tenido que insistir mucho antes de que se dejara convencer para que tomara al hereje a su servicio, ya que éste era el principal culpable de la dureza del tratado de paz que él, quince meses atrás, se había visto obligado a firmar.

¡Aquel tratado de paz! Sus señores le habían convencido de que era ventajoso. Don Alfonso no había tenido que entregar, como había temido, la fortaleza de Alarcos, la amada ciudad que él había conquistado al enemigo en su primera batalla, añadiéndola a sus posesiones, y tampoco la suma que se había fijado para la indemnización de guerra había sido excesiva. Pero ¡ocho años de tregua! El joven e impetuoso rey, soldado de la cabeza a los pies, no sabía de dónde sacaría la paciencia para tolerar que los herejes se vanagloriaran de su victoria durante ocho largos e interminables años. ¡Y precisamente con el hombre que le había impuesto aquel humillante acuerdo debía firmar ahora un segundo acuerdo, que podía tener graves consecuencias! ¡A partir de ahora tendría que soportar la presencia de aquel hombre y escuchar sus sospechosas proposiciones! Por otro lado, le parecían convincentes los motivos que su astuta reina y su fiel amigo Manrique habían aducido: desde la muerte de Ibn Schoschan, un hebreo bueno y rico, había sido cada vez más difícil obtener dinero de los grandes comerciantes y banqueros de todo el mundo, y no había nadie, aparte de Ibrahim de Sevilla, que pudiera ayudarlo en sus problemas financieros.

Pensativo, mientras escuchaba descuidadamente a Manrique, observó a Doña Leonor.

No era frecuente verla en el castillo de Toledo. Había nacido en el ducado de Aquitania, en el templado sur de Francia, donde las costumbres eran cortesanas y elegantes, y la vida en Toledo, a pesar de que la ciudad ya llevaba cien años en manos de los reyes de Castilla, le parecía todavía grosera como en un campamento militar. Y aunque ella comprendía que Don Alfonso pasara la mayor parte del tiempo en la capital de su reino, cerca de su eterno enemigo, ella prefería tener su corte en el norte de Castilla, en Burgos, cerca de su país natal.

Alfonso, sin haber hablado de esto con nadie, sabía exactamente por qué Doña Leonor habla venido a Toledo esta vez: Con toda seguridad lo había hecho a ruegos de Don Manrique. Su ministro y apreciado amigo había supuesto probablemente que sin su ayuda no habría podido convencerlo de que aceptara al hereje como canciller. Pero él había comprendido rápidamente esa necesidad y lo habría hecho también sin que Doña Leonor lo convenciera. Pero se alegraba de haber aplazado tanto la decisión porque le gustaba tener a Doña Leonor cerca de él.

Con qué cuidado se había vestido ella. Y sólo se trataba de una exposición del buen Manrique. Ponía siempre gran empeño en tener un aspecto atractivo y al mismo tiempo principesco. A él esto le hacía gracia, pero le gustaba. Ella era todavía una niña cuando quince años atrás abandonó la corte de su padre, Enrique, rey de Inglaterra, para serle entregada por esposa; pero durante todos aquellos años había conservado el gusto por lo cortesano y la elegancia de su país de origen en su pobre y severa Castilla, donde como consecuencia de las eternas guerras quedaba poco tiempo para las actividades cortesanas.

Con un aspecto todavía infantil a pesar de sus veintinueve años, allí estaba con su vestido pesado y lujoso. Aunque no era de elevada estatura, tenía un aspecto magnífico con la diadema que sujetaba su pelo abundante y rubio. Bajo la alta y noble frente, la mirada de sus grandes e inteligentes ojos verdes parecía quizás fría y escrutadora, pero una ligera e indeterminada sonrisa daba a su rostro tranquilo calidez y simpatía.

Podía muy bien estar riéndose de él su querida Doña Leonor. Dios le había concedido inteligencia, y comprendía tan bien como ella y como su padre, el rey inglés, que en aquellos momentos la economía de su reino era tan importante como los asuntos militares. Pero los astutos y sinuosos caminos, aunque fueran más seguros que la espada para alcanzar el objetivo, le resultaban demasiado lentos y aburridos. Era un soldado, no un calculador, un soldado y nada más que soldado. Y esto era bueno en una época en la que Dios había ordenado a los príncipes de la cristiandad luchar incansablemente contra los herejes.

También Doña Leonor dejaba vagar sus pensamientos. Veía en el rostro de su Alfonso las contradicciones que había en su interior; cómo comprendía y se sometía, y cómo rechinaba los dientes y se rebelaba. No era un hombre de Estado; nadie lo sabía mejor que ella, la hija de un rey y de una reina cuya política astuta y sagaz mantenía al mundo en vilo desde hacía decenios. Era sensato cuando quería, pero su temperamento impetuoso desbordaba una y otra vez los muros de su sensatez. Y precisamente por esta energía salvaje y divertida le amaba.

-Ya ves, mi señor, y tú, Doña Leonor  resumía ahora Don Manrique , que no ha renunciado a ninguna de sus condiciones. Pero también ofrece más de lo que cualquiera podría dar.

Don Alfonso dijo enfadado:

-¡Y también se queda con el castillo! ¡Como alboroque!

Alboroque era el nombre que recibía el acostumbrado obsequio de
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