Secret baby revenge (2006)






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Deudas de deseo

Emma Darcy

18º Mult. Amantes Latinos

3º Mult. Los Implacables


Deudas de deseo (2006)

Título Original: The secret baby revenge (2006)

Serie Multiautor: 18º Mult. Amantes Latinos – 3º Mult. Los Implacables

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Bianca 1703

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Joaquín Luis Sola y Nicole Ashton

Argumento:

Por fin podría vengarse de la mujer que lo había abandonado… y a la que no había podido olvidar.

Joaquín Luis Sola obedecía a su origen argentino: era orgulloso y apasionado y había conseguido recuperar la fortuna de la familia partiendo de cero. Pero seguía doliéndole que la bella Nicole Ashton lo hubiera abandonado hacía cinco años y seguía deseando volver a hacerla suya.

Ahora se le presentaba la oportunidad de sacarse la espina: Nicole estaba dispuesta a ser suya durante veintiséis noches si él pagaba sus deudas. Su talento para las inversiones inteligentes lo había hecho rico, y esa proposición prometía reportarle pingües beneficios…

Capítulo 1

Era la noche de inauguración del Havana Club en Sídney, y Joaquín Sola permanecía de píe en el ajetreado bar, contemplando a los bailarines que se deslizaban por la pista de baile mientras esperaba sus bebidas. Según su amigo Tony Fisher. consejero legal y soltero codiciado, toda la jet set estaría presente para ver y dejarse ver en el sitio de moda, y podría encontrar una compañera dispuesta a compartir con él algo más que unos bailes.

Sin embargo. Quin no había ido a la fiesta en busca de una relación sexual esporádica, sino para escapar del profundo aburrimiento que lo atenazaba. Recientemente había finalizado una relación muy poco satisfactoria, y no estaba seguro de querer complicar su vida con otra mujer de momento, ni tener una aventura de una noche. No estaba buscando posibles candidatas, sólo observaba mientras las parejas bailaban la salsa en un calidoscopio de color; los bailes latinoamericanos estaban de moda gracias a varios concursos de televisión, y aquel club estaba capitalizando la nueva tendencia.

—Es la forma perfecta de conocer a gente —había dicho Tony—, todo el mundo va a exhibirse.

Un tanto perplejo ante tal exuberante y público despliegue de diversión y fantasía, Quin pensó que su amigo tenía razón. La mayoría de los asistentes se habían lanzado de cabeza a la moda del baile latino; los hombres vestían camisas entalladas de puños amplios y pantalones de campana, y las mujeres prendas ceñidas con grandes rajas laterales, pantalones negros ajustados con tops hasta el ombligo, o faldas con volantes y zapatos de tacón de aguja.

Estar allí era como visitar un exótico país extranjero; era una vía de escape a las presiones de la frenética sociedad del momento, un lugar donde la gente podía saltarse las normas, deleitarse con vestimentas desinhibidas, disfrutar del placer primitivo de bailar al son de la música, por no hablar de la excitación sexual… con la persona adecuada.

Una vistosa pareja llamó su atención. El hombre vestía de blanco, y llevaba el largo cabello negro recogido en una coleta; resultaba espectacular, con su piel bronceada y sus facciones duras y atractivas. La mujer llevaba un vestido con gran escote en la espalda, y la falda ceñida terminaba en un volante ribeteado en blanco. Su cabello era largo y negro, una masa de rizos que le llegaba por debajo de los omóplatos que le recordó a Nicole Ashton… alguien a quien prefería olvidar.

—Sus bebidas, señor.

Quin pagó al camarero; los precios también pertenecían a un mundo de fantasía, en el que los clientes no prestaban atención a los costes. Era extraño, pero a pesar de la fortuna que había amasado, el valor del dinero aún tenía importancia para él; aunque hacía y compraba lo que quería, era imposible olvidar las lecciones que impartía la pobreza.

Con las bebidas en la mano. Quin se volvió para rodear la concurrida pista de baile hacia la mesa donde esperaban Tony y sus acompañantes, y se encontró con la mujer de pelo negro girando justo delante de él. Tenía un cuerpo fantástico: sus pechos abundantes se apretaban contra la ceñida camiseta negra, la falda se abría hasta medio muslo y el cinturón enfatizaba una cintura que podría rodearse con las manos; sus caderas eran pura poesía y sus largas piernas asomaban con seductora elegancia. El hombre de blanco la agarró y la inclinó sobre su rodilla, y el grácil cuerpo femenino se arqueó de modo que la melena de rizos negros rozó el suelo; sus magníficos ojos verdes brillaban con placer, su rostro entero estaba iluminado por una sonrisa… Quin sintió una sacudida tan fuerte, que derramó parte de las bebidas que llevaba.

¡Era Nicole! El corazón le dio un vuelco y sintió un golpe en las entrañas. Era la sorpresa, intentó razonar tras contener el impulso de fulminar con la mirada al hombre de blanco y de sofocar la urgente necesidad de arrancar de sus brazos a Nicole. No esperaba encontrarse con ella, pensaba que sus caminos no volverían a encontrarse jamás. Ella se había marchado al extranjero después de dar por finalizada su relación, y sin embargo allí estaba, en aquel club, justo delante de sus narices. Y con otro hombre.

Aquello era perfectamente razonable; ¿por qué no iba a salir con otros hombres? Él había estado con otras mujeres, aunque nunca había sentido la misma intensidad que con ella. Se había negado a involucrarse emocionalmente con nadie después del abandono de Nicole; era más sencillo moverse en el mundo de los negocios sin aquel tipo de distracción.

Y era absurdo que le afectara verla; lo pasado, pasado estaba. Apartó la mirada de la pista de baile y. con cuidado de no derramar más las bebidas, se dirigió hacia la mesa de Tony. Se sentó al lado de Amber Piramo, que había pedido el refresco dando por sentado que él lo pagaría y se lo serviría, que se le concederían todos sus caprichos porque era una hermosa mujer de la alta sociedad con una adinerada familia de rancio abolengo.

—Oh, gracias. Quin, querido —dijo con efusividad—. Estoy deshidratada, totalmente deshidratada.

Él no era su querido, y a pesar de sus evidentes encantos físicos, su descarado coqueteo le parecía irritante. Quin tuvo que obligarse a sonreír cuando respondió:

—Siento haber tardado tanto en el bar.

—No importa —Amber le dio unas palmaditas en el muslo antes de continuar—: es divertido observar a los otros bailarines.

Los músculos de la pierna masculina se tensaron, repeliendo de forma instintiva el contacto, y Quin apretó con fuerza la mandíbula: la única caricia que quería… pero Nicole estaba con otro.

Amber retiró la mano incitante y tomó su vaso; bebió demasiado, demasiado deprisa, delatando una despreocupación imprudente por el alcohol del cóctel. Quin esperaba que la mujer no estuviera armándose de valor para insinuarse de forma más directa; aunque pudiera parecer una actitud pasada de moda, consideraba que era prerrogativa del hombre ser el cazador.

Cuando la música paró, su mirada buscó instintivamente a Nicole: su acompañante la acompañó a una mesa donde otro hombre acababa de dejar a una mujer con el cabello morado, que obviamente no tenía nada de tímida. Llevaba un top negro que le llegaba por el ombligo, y unos pantalones muy ajustados de color fucsia. Sorprendentemente, los tres se pusieron a charlar y a reír… dos mujeres y un hombre entre ellas, mostrando una gran cordialidad.

De repente. Tony se interpuso en su campo de visión, fingiendo cómicamente tener las piernas temblorosas y secándose la frente mientras se acercaba con su última conquista. Nina Salter-Smythe, desde la pista de baile.

—Necesito una rápida y enorme dosis de cerveza fría —dijo el hombre, y tras dejar a su pareja en la mesa, se dirigió al bar.

Nina sugirió a Amber una visita al tocador, y ambas mujeres se levantaron y dejaron a Quin libre de contemplar a Nicole sin interrupciones. Intentó recordar que aquella mujer lo había rechazado, que no debería pensar más en ella, que no debería volver a mirarla. Era un esfuerzo inútil y frustrante, ya que todos sus instintos estaban al rojo vivo. Ella había sido su mujer, y Quin quería otra oportunidad. Si no estaba casada con el latin lover, que estaba desplegando su encanto sobre las dos mujeres de forma indiscriminada, tenía espacio de maniobra. Y pensaba maniobrar. Su cuerpo entero se lo exigía, demandaba que organizara su ataque, que Nicole volviera a formar parte de su vida.

En cuanto Tony volvió a la mesa, listo para hacer de amable anfitrión ante sus amigos. Quin se puso de pie para interceptarlo antes de que se sentara.

—He visto a alguien con quien quiero hablar —explicó—: discúlpame, ¿de acuerdo?

—¡Espera! —protestó su amigo—, ¿qué hay de Amber? Te estaba comiendo con la mirada.

—No hay nada con ella —dijo Quin con sequedad, levantando la mano para evitar más comentarios mientras se dirigía hacia la única mujer que existía para él aquella noche.

Capítulo 2

Nicole lo estaba pasando bien, y se alegraba de haber dejado que Jade y Jules la convencieran de que los acompañara. Habían argumentado que debía dar a sus alumnos un informe de primera mano sobre el nuevo club, pero ignoraban que la escuela de baile que Nicole dirigía en el lugar de su madre tuviera tantas deudas, que no veía una posible salida. Había aceptado la invitación en un intento desesperado de escapar durante un rato de sus preocupaciones, de disfrutar de la compañía de sus amigos sin pensar en el mañana.

—Se te acerca un tipo guapísimo —Jade puso los ojos en blanco expresivamente—. Por tu izquierda. Nueve en punto.

—¿Puntuación del uno al diez? —preguntó Nicole, riendo.

—Por encima del diez.

Nicole sacudió la cabeza, incrédula; desde que Jade había regresado de trabajar con diseñadores europeos para establecer su negocio en Sídney. había estado intentando encontrar un hombre para su amiga, afirmando que una persona debía disfrutar de todo lo que la vida podía ofrecerle; según ella, la soltería de Nicole no era sana, e impedía su desarrollo como mujer.

—Jade tiene razón —susurró Jules en su oído—, se acerca un tipo imponente. De primera división.

Nicole hizo una mueca; ya había estado íntimamente ligada a un hombre que se movía en la primera división del mundo de los negocios, y había salido escaldada.

—Nicole…

Aquella voz… un estremecimiento convulsivo recorrió su espalda, y su cuerpo se heló. Su estómago se contrajo cuando volvió la cabeza bruscamente, reaccionando ante la necesidad de negar la certeza que golpeaba su corazón. Pero no se trataba de ningún error.

—Quin… —el nombre masculino brotó de sus labios antes de que pudiera impedirlo, con un eco anhelante que la avergonzó. Debería haber expresado únicamente la sorpresa que sentía.

El sonrió, golpeándola con la atracción arrolladora que había sido su perdición siete años atrás; aquellos ojos grises destrozaban todas sus defensas. Lo único diferente en él eran los destellos plateados en su pelo negro, que conferían una autoridad más madura a su increíblemente atractivo rostro; sus rasgos estaban duramente esculpidos y denotaban fuerza y carácter. Su altura y poderoso físico destilaban poder, por no hablar de un irresistible atractivo sexual. Cuando Quin habló, su voz profunda le puso la carne de gallina.

—Me alegro de volver a verte. Nicole —dijo él con calma.

—¿Qué haces aquí?

Las palabras brotaron bruscamente del resentimiento que sentía porque él aún podía afectarla de aquella manera. Quin había dominado su vida durante dos años, y ella había entendido finalmente que no era más que una conveniencia sexual para él.

—Me gusta bailar, ¿te acuerdas? —contestó él: su sonrisa permaneció imperturbable.

Nicole no quería recordar nada, aunque él había sido una fantástica pareja en las ocasiones en que le había convenido bailar con ella en las fiestas.

—¡Hola! Soy Jade Zilic —fiel a su forma de ser. Jade extendió la mano con efusiva cordialidad, demasiado impaciente para esperar a que los presentaran—. ¿Quién eres tú?

—Joaquín Sola, aunque suelen llamarme Quin —tomó la mano de la mujer en un saludo cordial, y miró a Jules de forma interrogante.

—Él es mi compañero, Jules —admitió Jade, dejando claro que Nicole estaba sola.

Jules alargó la mano, y Quin se apresuró a estrecharla con fuerza.

—Encantado de conoceros —dijo, obviamente encantado.

«Vía libre», interpretó Nicole con amargura, aunque dudó un momento. Quin no podía estar allí sin acompañante: un hombre como él no tenía necesidad de ir solo a ningún sitio, sin duda estaba disfrutando de la velada con alguna relación del mundo de los negocios.

—Tengo una pregunta para ti —dijo Jade con un brillo travieso en los ojos.

—Dime —contestó Quin, invitándola a continuar.

—¿Llevas Calzoncillos Nick?

La cordial sonrisa masculina vaciló y Quin miró a Nicole; su ceño fruncido reveló que estaba reo valuando la situación. ¿Sabían que había sido amante de Nicole?, ¿se estaban riendo de él?

El desconcierto momentáneo del brillante Joaquín Sola reconfortó a Nicole. que se sintió menos vulnerable. Sin embargo, cuando él entornó los ojos y le dirigió una ardiente mirada que sugería que estaba pensando en la ropa interior de ella, se apresuró a aclarar la razón de la pregunta.

—Es una nueva línea de ropa interior masculina, que Jade y Jules han diseñado y promocionado.

Quin frunció aún más el ceño, y su mirada volvió a la pareja.

—¿Tenéis una relación de negocios? —preguntó.

—Sí. Con una mercancía al rojo vivo —contestó Jules con una gran sonrisa.

—Garantizada para despertar al diablillo que todo hombre lleva dentro —apostilló Jade, y suspiró con trágico dramatismo—. La campaña de publicidad no debe funcionar como debería, si Quin ni siquiera ha reconocido el nombre de la marca.

—No juzgues en función de su ignorancia —comentó Nicole con sequedad—: Quin no tiene ni el tiempo ni las ganas de ver la televisión.

—¿De veras? —tras dirigirle una mirada incrédula, Jade rió con coquetería—. Bueno, la verdad es que no tienes pinta de pasar horas tirado en el sofá; pareces un hombre de acción, y por eso deberías comprar Calzoncillos Nick. Créeme, te ponen a cien; Jules los probó conmigo para ver el efecto que tenían.

—¿Él se los pone para que tú… des tu aprobación? —preguntó Quin, aprovechando la oportunidad de extraer más información.

—¡Oye, que no dejo que se limite a hacerme un pase de modelos! —Jade se abrazó a Jules, su pareja en todos los sentidos, y ronroneó—: ¿verdad que no. cielito mío?

—Avivan el fuego cada vez que me los pongo —dijo Jules con satisfacción.

Quin también se sintió satisfecho al saber que la pareja mezclaba los negocios con el placer, ya que aquello confirmaba que Nicole estaba disponible para él.

—No hay nada mejor que comprobarlo en persona —dijo—, la próxima vez que compre ropa interior, buscaré vuestra marca.

—¿No tienes una esposa que te la compre, Quin? —preguntó Nicole con calma, intentando mantener a raya el deseo que sabía que él podía despertaren ella.

—No. no estoy casado —negó él con rapidez.

—Quizás debería haber dicho «pareja» —continuó ella—, recuerdo que evitabas los compromisos.

—Al contrario, diría que llegué a comprometerme demasiado —hizo una mueca irónica—: desafortunadamente, no siempre elegí la prioridad adecuada en el momento oportuno, muy a mi pesar. Pero tengo intención de corregir ese error.

—Qué suerte para la mujer con la que estés ahora —contestó Nicole, indignada por su alusión a sus supuestos remordimientos. Quin sabía cómo conseguir lo que quería, y por la cantidad de energía que estaba dirigiendo hacia ella, estaba claro que buscaba la manera de conseguir llevársela a la cama en un futuro cercano.

—No estoy con ninguna mujer en particular —dijo él, encogiéndose de hombros.

—Con nadie de importancia, quieres decir —se burló ella, consciente de que las únicas personas que le importaban a Joaquín Sola eran las que resultaban útiles para sus ambiciones.

—Cada individuo tiene su valor —contestó él con rapidez: sus inteligentes ojos grises dejaron entrever que consideraba que el valor del atractivo de Nicole era aduladoramente elevado.

—Tienes razón —admitió ella con voz aterciopelada: sus ojos destellaron desafiantes cuando añadió—: pero para algunas personas, el dinero vale más que cualquier otra cosa.

Sus ojos estaban fijos en los de él, observando cómo la aguda mente masculina repasaba los conflictos que habían roto su relación cinco años atrás.

—No finjamos que el dinero carece de importancia, Nicole; todo el mundo tiene un precio. Te guste o no, las cosas funcionan así —dijo él con sarcasmo.

Era muy cierto; de hecho, el mundo de Nicole iba a derrumbarse por falta de dinero. Sintió una oleada de odio hacia todos los hombres de negocios que sólo se preocupaban de sus fortunas, y su voz se inundó de acidez.

—¿Cómo mides tu valor en la actualidad, Quin? —se mofó, atacando directamente—: ¿has alcanzado ya tus metas? ¿Cuántos millones querías ganar? Quizás no habías pensado en un número exacto, y sólo se trataba de ir acumulando riquezas sin parar.

Quin ladeó la cabeza, sopesando la amargura que se adivinaba en la voz femenina.

—¿Cuánto sería suficiente para ti. Nicole? —preguntó suavemente—, ¿qué te satisfaría?

Por un segundo, la sedujo la idea de que Quin tuviera suficiente dinero para rescatarla; pero aquello lo involucraría en su vida, y si le abría una puerta… no, no podía permitirlo, ya que habría mucho más en juego que la ruina financiera a la que se enfrentaban su madre y ella. Había desastres de los que era posible recuperarse, pero otros dejaban secuelas de por vida.

—Mis necesidades nunca te preocuparon —dijo, lanzándole una mirada escéptica.

—Ahora me gustaría ocuparme de ellas.

—¿Desde cuándo?, ¿desde hace dos minutos? ¿En el momento en que decidiste irrumpir en mi noche de fiesta?

—Si la intención es sincera, el momento no debería ser relevante.

Nicole sacudió la cabeza ante su arrogante certeza de que su pasada experiencia con él y los años que habían pasado podían olvidarse sin más. Dijo sin rodeos:

—Es un poco tarde para mostrar interés en mí. Quin, y francamente, yo no tengo interés en ti.

—Jamás debería ser demasiado tarde para enmendar errores pasados —contestó él.

—No tiene sentido remover viejas cenizas —dijo ella con tono burlón.

—Es sorprendente con qué frecuencia se descubre que aún quedan brasas encendidas.

Él era tan consciente como ella de que la química entre ellos seguía viva, pero una vez ya la había conducido por un camino destructivo, y Nicole se negaba a volver a pasar por lo mismo.

—Es un resplandor falso. Quin —dijo con convicción.

—No si podemos avivarlo hasta que resurja la llama. La vida es muy fría sin fuego, Nicole.

—Estoy segura de que hay muchas hogueras dispuestas a darte calor.

—Una ardió más que cualquier otra. Me gustaría volver a ella.

—Por desgracia, no puedo ofrecerte una puerta mágica; tendrás que buscar en otro lado —tras hacer un gesto de despedida con la mano, dijo con rotundidad—: adiós. Joaquín Sola.

Él asintió, aceptando la despedida, pero sus ojos no reconocían la derrota cuando contestó:

—Hasta pronto —con una breve sonrisa, se despidió de Jade y Jules—: encantado de conoceros.

—Sí, ha sido fascinante conocerte a ti —contestó Jade, atónita por lo que había presenciado.

—Prueba los Calzoncillos Nick —insistió Jules—, nunca fallan en encontrar la puerta mágica.

Quin rió mientras se alejaba, sin duda satisfecho por haber causado buena impresión a sus amigos. Nicole apretó los dientes. Si hacían un solo comentario favorable sobre él, iba a estallar. El duelo dialéctico con Quin la había dejado con los nervios de punta, siempre había sido así: él conseguía alterarla, cargaba su cuerpo entero de electricidad. Ningún otro hombre la había afectado como él, pero aquello no significaba que Quin fuera bueno para ella. Y algo salvaje en su interior deseaba que él sufriera una derrota… que supiera lo que era, que odiara aquella sensación tanto como Nicole la había odiado.

Jules y Jade la contemplaban como si tuvieran delante a una mujer diferente: los ojos de ambos brillaban con curiosidad, pero permanecían callados, en espera de que ella hablara. Nicole no iba a revelar nada: la puerta estaba cerrada para Joaquín Luis Sola.

—No hay vuelta atrás —dijo con rotundidad—. Ya no vivo en esa dirección.

—¿En la que compartiste con él? —se apresuró a especular Jade.

—No compartimos nada en aquel lugar, se trató de una posesión. Todo era según sus reglas.

—Un mal sitio —murmuró Jules, solidarizándose con ella.

—Ahora vivo en otro ambiente —contestó Nicole, asintiendo.

—Quizás tu ambiente actual sea demasiado limitado —dijo Jade con seriedad—. ¿Qué pasa si él ya no vive allí tampoco? Tiempo y oportunidad… son cuestiones muy delicadas. Arenas movedizas, diferentes circunstancias, puertas giratorias… ¿cuánto tiempo ha pasado?

Jade no estaba en Australia en aquel entonces, pero si Nicole especificaba las fechas, sería como ofrecerle un hueso que roería persistentemente. Su amiga era una especialista en atar cabos.

—No importa —dijo, encogiéndose de hombros mientras se levantaba—: la distancia no ha provocado que lo eche de menos, así que déjalo, ¿de acuerdo? Voy al tocador.

—Parece un terrible desperdicio —susurró Jade con tono disgustado.

Nicole consiguió escabullirse, con la esperanza de que a su vuelta no volviera a surgir el tema; sin embargo, la velada había perdido todo su atractivo. Sólo la certeza de que él estaba allí la hacía sentirse tensa, con los nervios tirantes por la amenaza a la vida que había construido sin él. Deseaba poder irse en aquel momento, реro salir del club delataría una vulnerabilidad que no estaba dispuesta a admitir ante Jade y Jules, y mucho menos ante Quin. Si él la estaba observando, si la seguía… no, debía actuar como si fuera completamente ajena a su presencia.

El tocador le ofrecía un refugio seguro, pero sólo podía permitirse un breve respiro si no quería dar la impresión de que estaba escondiéndose. El sitio estaba abarrotado, había una cola para entrar en los servicios y multitud de mujeres lavándose las manos, retocándose el maquillaje y el peinado. Nicole se puso a la cola, y en un intento de evitar que los recuerdos de Quin inundaran su mente, intentó concentrarse en las conversaciones que sonaban a su alrededor. Irónicamente, ni siquiera allí podía librarse de él.

—¿Cómo va con Quin Sola?

La pregunta llegó a sus oídos con toda claridad desde el murmullo de voces, y Nicole miró sorprendida a una morena de rojo que contemplaba con intención a una hermosa rubia: la mujer vestía un ceñido y diminuto vestido azul y estaba practicando un sexy puchero en el espejo.

—Bueno, no sé si vale la pena ir a por él —dijo con descaro.

—¡Que si vale la pena! ¿El empresario más importante de la ciudad? Todo el mundo que se precie utiliza su empresa de servicios financieros, el hombre ha amasado miles de millones. Además, es guapísimo.

Su empresa… miles de millones… ya no era el empleado estrella de un banco internacional, en los últimos cinco años Quin había llegado a tener su propia compañía: sin duda, había podido acumular más riquezas trabajando según sus propias reglas.

—¡Caramba, dime dónde está ese monumento!

La exclamación, proveniente de una fuente anónima, fue seguida de varios comentarios parecidos, pero las dos mujeres los ignoraron. Con tono aburrido, la rubia dijo:

—No necesito su dinero. Nina, y no me apetece acostarme con un tipo tan frío.

—Te insinuaste y él no picó el anzuelo —contestó la morena con una sonrisa.

Ahí estaba el error, pensó Nicole con sarcasmo: Quin era quien llevaba la iniciativa, estaba programado así. La rubia se encogió de hombros como si le resultara indiferente, pero su ego tenía que haberse resentido. La mujer se equivocaba acerca de la frialdad de Quin en la cama, pero las decisiones del hombre eran irrevocables cuando había tomado una decisión.

«Hasta pronto», le había dicho…

Nicole sintió que un escalofrío recorría su espalda cuando se dio cuenta de que Quin podía haberse mostrado frío con la rubia porque la tenía a ella en el punto de mira. ¿Qué pasaría si no aceptaba su rechazo? Cinco años atrás, ella había escapado a Europa para romper toda conexión con él, pero en ese momento no podía hacer lo mismo. Sólo podía mantener la esperanza de que él cambiara de opinión y no intentara volver a verla, de que la dejara en paz.

La mujer que había detrás de ella en la cola la empujó ligeramente hacia el lavabo que acababa de quedar libre; Nicole no se había dado cuenta de que le tocaba, y tampoco había notado que las dos mujeres que hablaban de Quin se habían ido. Se apresuró a encerrarse en el pequeño espacio privado, deseando poder dejar fuera todas sus preocupaciones.

Por lo que había oído. Quin podía dejarle el dinero que necesitaba para mantener la escuela de baile a flote, y era posible que lo hiciera si recibía lo que quería de ella. Si sólo era sexo… la sacudió el traidor deseo que la inundó: era absurdo esperar algo de Quin. Él le había arrebatado su autoestima una vez, era de locos plantearse una idea que le daría el poder de volver a hacerlo.

Pero esa vez, ella lo utilizaría a él, y una vocecilla vengativa le susurró que sus acciones estarían justificadas. Quin ponía un valor material a todo, ¿por qué no podía ella hacer lo mismo? Aquella vez no resultaría herida al confundir sexo con amor. No con Quin. Y cambiar las tornas resultaba salvajemente atrayente, ofrecer sólo lo que estaba dispuesta a dar… ¡según sus propias reglas!

La gran pregunta era… ¿cuánto la deseaba Quin?
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