Programa Medios en la Educación El diario en la escuela






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el diario en la escuela



Diario Los Andes
1ras. Jornadas Nacionales Medios en la Educación y

2da. Muestra Provincial de Producciones Gráficas, Radiales y Audiovisuales realizadas en la escuela
Programa

Medios en la Educación - El diario en la escuela
Jorge Halperín

La extraña relación entre

la prensa y los mitos urbanos”



Jorge Halperín se inició en el periodismo en 1967 y ha integrado las redacciones de los diarios La razón, El cronista comercial y Clarín, donde dirigió la sección de Opinión y el Suplemento Cultural.

También trabajó para las editoriales Atlántida y Julio Korn.

Fue prosecretario de política y economía de la revista Creación y fue director de la revista Trespuntos.

Actualmente conduce el programa La siesta inolvidable, por Radio Mitre, y el programa de televisión Dinero, por la señal de cable Ciudad Abierta. También lo vimos recientemente como panelista en El Gen Argentino.

Ha publicado numerosos libros, entre ellos: La entrevista periodística, intimidades de la conversación pública; Pensar el mundo; Mentiras verdaderas; Lo mejor de la siesta inolvidable y libros de Conversaciones con José Saramago, Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Joahn Galbraith y, recientemente, El progresismo argentino, historia y actualidad – todos dentro de la colección de publicaciones de Le Monde Diplomatique.

Ha dictado seminarios y talleres de periodismo en numerosas universidades del país y del exterior.

Ha recibido distinciones, entre ellas: el Diploma al Mérito en el rubro Aspectos teóricos del periodismo y las comunicaciones, entregado por la Fundación Konex en 1997; Al maestro con cariño, reconocimiento otorgado por el Taller Escuela Agencia (TEA); distinguido por la Escuela Radiofónica Eter como columnista de radio del año; recibió el premio a la mejor columna de radio, otorgado por la Sociedad Argentina de Autores (Argentores) por su columna diaria La siesta inolvidable, en Radio Mitre.

Este año integra el jurado de la Fundación Konex para la nueva edición de los Premios al periodismo y la comunicación.


Abstract

Mi charla, si bien en una segunda parte abordará el impacto que las nuevas tecnologías tienen en el periodismo (muy especialmente la cuestión de los blogs), se centrará en su mayor parte en la relación ambigua que la prensa y los medios han tenido siempre una con los rumores y los llamados mitos urbanos, como la tienen, en general, con la tarea de informar.

Sólo por ofrecer un ejemplo muy ilustrativo, podemos citar los frecuentes anuncios de que se ha descubierto que la llegada del hombre a la Luna, en 1969, en realidad fue una ficción rodada por el gran director Stanley Kubrick (2001, Odisea del espacio) en unos estudios de Nevada, EE.UU.

Hay una tendencia en la sociedad a encontrar explicaciones conspirativas a todo, y entonces se produce la paradoja de que son los escépticos los que creen que el mito es verdad (el mito es que el viaje a la Luna se inventó, cuando hay infinidad de elementos para dejar fuera de duda que la proeza científica de 1969 existió).

Chequear rigurosamente las fuentes es una de las premisas máximas de la profesión periodística. Sin embargo, no habría periodistas si quedara proscripto el rumor como insumo básico de este trabajo. Y el rumor es, al mismo tiempo, una materia incierta, altamente combustible. Desde luego que los buenos profesionales chequean la veracidad de los rumores (cada vez sucede menos), pero siempre hay un punto en que deciden creer y saltar sin red con un título. Aciertan muchas veces, pero no todas, como ha quedado probado en tantos desastres de prensa (con falsos titulares – “Apareció el cadáver de Pescarmona” (Clarín); “Fue la ETA” (El País, de España), sobre los atentados en Madrid, 11/3/2004 - y otros despropósitos con fuentes que traicionan).

El rumor tiene como primo hermano al mito urbano o la leyenda urbana. Y, aunque el primero parece más una emanación del poder, muchos investigadores de leyendas urbanas emplean el término “rumor” sin discriminarlo. Tiene cierta lógica, porque, como relatos, rumores y mitos tienen idéntica matriz, y unos y otros son fenómenos en los cuales la gente cree y propaga como verdaderas a ciertas historias, no importa que sean imposibles de verificar o que hayan sido desmentidas por los canales institucionales (gobiernos, empresas, instituciones, etc.).

Los rumores, mitos o leyendas urbanas conviven con nosotros en forma de chismes, secretos compartidos, anuncios conspirativos o confesiones “que recibí de un amigo de un amigo que tiene la posta”.

Si en los primeros años dos mil estamos transitando por la era de la información, no hay que perder de vista que una parte de esa información es construida en forma colectiva y anónima, de la misma forma en que se amasa el chiste. Pero, a diferencia de él, pretende contar o anunciar algo que la gente no necesita chequear para creer. Como lo dijo el psicoanalista Enrique Pichón Rivière, “El rumor es una proposición para creer…”.

(...) El rumor es una herramienta, también, que hay que manejarla con mucho cuidado, pero, que es peligrosísima. De hecho, ahora, vamos a contar episodios, y se emparenta, muchísimo, con el mito urbano, y vamos a ver cómo es la construcción de la noticia y la construcción del mito urbano. Esto es, un poco, tel tema que vamos a desarrollar.

En la segunda mitad del año pasado, había un cable de la agencia española EFE que anunciaba que las imágenes originales de la llegada del hombre a la Luna, en 1969, inmortalizadas por cadenas de televisión, libros de historia, etc., habrían desaparecido. El anuncio decía: “En la actualidad, no se sabe, a ciencia cierta, el paradero de las cintas originales de alta calidad de la NASA”. Y mencionaba, como fuente, el sitio de Internet Space.com. Este sitio hizo consultas a un grupo de veteranos de las tres estaciones de la NASA, una en California y, dos, en Australia, en las cuales se grabaron las imágenes originales de la llegada del hombre a la Luna y que, tratan, ahora, de encontrar, decían, de encontrar las películas originales, desaparecidas. Hasta aquí, una discusión de asuntos de archivo de la NASA. Perdieron, nada menos que eso.

Sin embargo, la noticia no hizo más que revivir el mito que nació el 20 de julio de 1969, cuando el Módulo Lunar Apolo XI, el Eagle, descendió en el mar de la tranquilidad, en plena Luna, a las cuatro y diecisiete de la tarde, para los argentinos, rozando el mediodía, y los astronautas Armstrong y Aldwin caminaron, seis horas más tarde, por la Luna. Si ese es el dato, porque esos son datos concretos, ¿cuál es el mito? Que todo se trató de una ilusión fabricada por el gobierno norteamericano, en un estudio de televisión. Está instalado muchísimo, esto.

Yo podría citar los nombres de conocidos periodistas, muy respetables, además, personas de diversos ambientes, que están, absolutamente, convencidos, de que el hombre nunca llegó a la Luna. Y ustedes, probablemente, conozcan a más de un incrédulo. Incluso, hay gente que no dudó en presentarse con nombre y apellido, para denunciar el presunto fraude. Se llaman Bill Kaysing, Ralph René o el cineasta Bart Winfield Sibrel. Y los tipos aseguran lo mismo que piensa un once por ciento de los norteamericanos, según las encuestas que hizo la NASA. Los tipos aseguran que el paso lunar de Armstrong no fue a cientos de miles de kilómetros de la Tierra, sino en unos estudios cinematográficos, en secreto, en el desierto de Nevada, apenas a 150 kilómetros de esos carteles famosos de Las Vegas, y, los más audaces, dicen que la filmación estuvo en manos del genio de Stanley Kubrick, el director de 2001, Odisea en el espacio. El mito está ahí.

No fue trivial la cita que les hice al comienzo del cable, de la agencia. El periodismo, como les dije al principio, siempre tuvo una relación ambigua con los rumores y los llamados mitos urbanos, como la tiene, en general, con la tarea de informar. Vamos a ver.

Una premisa básica de un periodista es chequear, rigurosamente, las fuentes. Si uno va a informar al público, algo, tiene que estar muy seguro de que eso que va a informar es cierto. Y, para ello, ¿qué tiene? Chequea las fuentes: “A ver, ¿quién lo dice a esto? Vamos a consultar a las fuentes, a ver si es cierto, no es cierto, chequear, con otras fuentes, también”, para estar seguro, antes de cometer el acto responsable de dar a conocer, de divulgar, públicamente, una información.

O sea, que uno, para hacer bien su trabajo de periodista, tiene que ir a chequear la fuente antes de afirmar nada, aunque muchos no lo hacen. Pero, digamos, la premisa profesional es esa. Sin embargo, no habría periodistas, como les dije antes, si quedara prohibido el rumor, como insumo básico de nuestro trabajo. Y el rumor es una materia incierta, altamente combustible. Desde luego, que los buenos profesionales van, chequean la veracidad de los rumores, pero siempre hay un punto en el que deciden creer, hay un punto donde no sabemos, no pude chequear lo suficiente, no tengo a mano la gente, estoy cerrando el diario y me puedo perder una información fundamental, que es una noticia de tapa, ¿y qué hago? Chequeé, probé, llamé a fulano, llamé a mengano, al ministro, no atendía su celular, el secretario del ministro no atiende. Hay un punto donde el periodista más serio tiene que tomar una decisión crucial. Si yo no doy la noticia, la da otro medio, mañana, y yo, me la comí, y quedé muy mal parado. Entonces, más de una vez pasa, que pegan el salto y la dan, se juegan. Muchas veces, aciertan. Y nosotros vemos cómo, después, se confirmó el rumor de tal medio.

Pero, no siempre, aciertan, como ha quedado probado en muchos desastres de prensa. Por ejemplo, un titular del diario Clarín que era: “Apareció el cadáver de Pescarmona”, hace muchos años, cuando Pescarmona estaba secuestrado, se dio a conocer una información que, creo que decía, que apareció en Brasil, el cadáver de Pescarmona. Afortunadamente, para Pescarmona, sigue vivo, todavía, hoy. Un desastre el titular, título catástrofe. Otra: “Fue la ETA”, el famoso título del diario El País, de Madrid, cuando fueron los atentados de la estación Atocha. Se jugaron. Eso está en mi libro último, que se llama Noticias del poder, una charla con el director de El País, de entonces, el fundador, Juan Luis Cebrián, donde ellos me explican que el presidente Aznar, en persona, llamó por teléfono al director de El País y le dijo: “Fue la ETA”, cuando eran las horas de conmoción y, todavía, no había mucha información. Entonces, ¿qué me dicen los periodistas españoles?: “Y, es el presidente de la Nación, ¿cómo no le iba a creer? ¿Qué otra fuente más importante que él?”

Porque, cuando viene un periodista a la redacción y me dice: “Tengo este dato que es fuertísimo”, ¿es confiable la fuente? En este caso, era el presidente. Bueno podían haber puesto, hoy lo podemos decir: “Gobierno: ‘Fue la ETA’”, con lo cual, quedaba el gobierno diciéndolo, no como si El País afirmaba. Ya sabemos que no fue la ETA. Hubo un debate larguísimo sobre esto. Un desastre. Otra vez, el terreno incierto. No hay información oficial. Aunque haya llamado el presidente, el presidente no dijo: “Atribuímelo”, oficialmente.

El rumor, no se puede trabajar sin el rumor, pero es peligrosísimo trabajar con el rumor. Esa es la situación ambigua del periodismo. El rumor tiene, como primo hermano, el mito urbano, o la llamada leyenda urbana. Y, aunque el rumor parece, más bien, una emanación del poder, lo tiran, a veces, hay usinas de rumores en ámbitos de poder, en ámbitos económicos, se viene una devaluación, etc. Aunque el rumor parece, más, eso, muchos investigadores de leyendas urbanas usan el término rumor, sin discriminar unos de otros. Engloban los rumores que nosotros conocemos: “Están por devaluar”, pongámosle, con el rumor de que un tipo comió rata en el restaurant chino de no sé dónde, que se atragantó con huesitos de rata, que Yabrán está, todavía, vivo, tomando un traguito y riéndose de nosotros en el Caribe. Para ciertos investigadores, todo eso es rumor.

Tiene cierta lógica, porque, como relatos, los dos tienen una matriz idéntica. Los dos son fenómenos en los cuales la gente cree, y propaga, como verdaderas, a ciertas historias, no importa que sean imposibles de verificar, oque hayan sido desmentidas, incluso, por los canales institucionales, por los gobiernos, por empresas, instituciones, ¿no?

Los rumores, mitos, o leyendas urbanas, conviven con nosotros en forma de chismes, secretos compartidos, anuncios conspirativos, o confesiones de: “Recibí una posta de un amigo que la sabe”. Un taxista que les cuenta que un vecino de él se cruzó con el que era piloto de Yabrán, que le dijo: “No, está vivo, está en el Caribe”. Ahora, nunca se llega al origen. Siempre sale de un amigo de un amigo, un conocido que me dijo... Digo, te pueden decir muchas cosas de un amigo de un amigo. Ahora, ¿por qué las creemos? Porque uno puede decir: “Es absurdo eso”. No hay ningún dato que avale lo que me dijo un taxista. Además, ¿por qué un taxista va a saber una información tan crucial? ¿Qué fuentes tiene el tipo que maneja un taxi en la calle? Por ejemplo, por poner un ejemplo de típico circulador de rumores. Esos son los rumores. Aparecen como chismes, siempre como noticias conspirativas: “Mirá, que parece que...”

Si en los primeros años del dos mil estamos transitando por la era de la información, no hay que perder de vista que una parte de la información es construida, en forma colectiva y anónima, de la misma forma en que se amasa el chiste porque, también, el chiste es pariente del rumor y del mito urbano. Se amasa colectivamente, anónimamente, y no hay un origen detectable. Yo hice un libro que se llama Mentiras verdaderas, un trabajo de campo sobre un mito sobre un perrito que habían encontrado unos chicos en Cancún, que se lo trajeron a escondidas porque no se podía, en el avión y, cuando llegan, se van todos a hacer su tarea y quedan el perro y el gato de la casa, juntos. Cuando llegan, están las manchas de sangre en el piso y el gato estaba despellejado, y el perrito estaba herido. Entonces, llevan el perrito al veterinario, y el veterinario les dice: “¿De dónde sacaron a este animal?” “Bueno, es un perrito que encontramos en las playas de Cancún” “No, no es un perrito. Es una rata asesina”. Bueno, ese mito, contado como un hecho verdadero, se me ocurre hacer un trabajo de campo para ver si llegaba al origen, a ver quién es el primero que lo contó. Yo, por definición, sabía que nunca se va a llegar, pero, quise hacerlo, para que el lector viera cómo trabaja. Entonces, agarré 23 eslabones de contadores. Incluso, en determinado momento, se dividieron, porque unos decían: “No, sucedió en Brasil, y no era una familia. Eran dos chicas que vinieron con eso que era una rata, al final”. Se va bifurcando porque, además, se va moldeando, colectivamente, y se va deformando, y hay versiones. ¿Vieron el juego del teléfono descompuesto? Juntan diez personas, cada uno le cuenta, al otro, algo, y lo van modificando. Cuando llegan al último, no se parece al relato original. Bueno, así funciona el mito urbano.

Hice ese trabajo de campo, 23 eslabones de narradores de ese mito, y, por supuesto, que nunca se llega, y no sólo eso, sino que verificaba lo que te hace la gente, colectivamente, para que no llegues: te da mal los números de teléfonos. “¿Quién te lo contó a vos?” “Me lo contó fulano, mi cuñado”. “¿Lo puedo llamar a tu cuñado?” “Sí, tomá”. Y el teléfono estaba mal. O llamás al cuñado y dice: “No, yo no se lo conté”. Entonces, tenés que volver a llamar: “Ah, no, en realidad, me lo contó...” Entonces, al otro, lo llamás, y dice: “No, pero yo no se lo conté de esa manera. Yo le dije que tal cosa”. Bueno, te vas dando cuenta como si te hicieran un juego de marearte, como una manera de proteger el carácter anónimo que tiene que tener el mito urbano.

Bueno. Digo, a diferencia del chiste, el mito urbano pretende contar algo que acaba de pasar, importante, o anunciar algo que está, que es inminente, y que la gente no necesita chequear para creer. Decide que le cree. El psicoanalista Enrique Pichon-Rivière dijo, una vez: “El rumor es una proposición para creer”. Yo te la cuento, no para que vos empieces: “No, esto no es cierto”. Yo te la cuento, y la tenés que creer. Se construye, colectivamente, en la medida que vos te la creas, y hay un mecanismo de creer que uno, desde afuera, dice: “¿Cómo es que le creyeron?” Y lo creen.

Y, parte de los rumores son, porque son de carácter sobrenatural. La mancha en una casa que trae desgracias a la familia, el efecto
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