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Tema 7: Estrategia de comparación

7.1 Conceptos fundamentales y bibliografía comentada

Comparación por derivación: la elaboración de categorías culturales universales o generales a través de un proceso deductivo, explicando las categorías del objeto de estudio a partir de las categorías propias de la cultural de investigador.

Comparación por traducción: la elaboración de categorías culturales particulares, a través de un proceso interpretativo de las categorías propias de la cultural de objeto de estudio.

La comparación cultural: Cruces y Rada argumentan los modos de construcción conceptual con la que se elaboran las categorías analíticas, a partir de las cuales surgen un tipo u otro de enunciados comparativos. Por eso, la comparación estará condicionada por el tipo de descripción, interpretación o deducción con la que se hayan elaborado los datos culturales. Estos autores plantean dos tipos de construcciones conceptuales: deductivas o interpretativas. Emplean el concepto de traducción como un modo concreto de construir categorías de “realidades” observadas ajenas a nuestra cultura para que sean comprensibles en nuestros esquemas culturales.

También abordan el problema del consenso de los universales culturales, como el lenguaje. Si la aproximación al objeto de estudio se realiza por medio de la estrategia de traducción, no es posible el lenguaje universal, aunque sí lo es buscar algún tipo de equivalencia. Sin embargo, es posible un lenguaje universal cuando la aproximación al objeto de estudio se realiza por un procedimiento deritativo-deductivo, en el que el referente para la elaboración de las categorías culturales a comparar, es la propia cultura del investigador.

La interpretación: interpretar es captar los significados y hacerlos accesibles, inteligibles. La interpretación de las categorías culturales es uno de los problemas más importantes a los que tienen que hacer frente la comparación. Geertz ilustra este procedimiento interpretativo de la traducción y comparación culturales. En su análisis sobre el concepto de cultura muestra la idea de que la etnografía es una “descripción densa” llena de contenido significativo que sólo es posible atendiendo a los contextos domésticos y a las historias particulares. Pero este proceso de llegar a los “paisajes culturales” más amplios partiendo de las observaciones y de lo anecdotario resulta complicado. Éste es el problema metodológico crucial: tratar de llegar a grandes conclusiones partiendo de hechos pequeños pero de una “gran contextura muy densa”. La descripción es también una interpretación. Da una idea de lo importante que es la mirada con la que se observan, se recogen y se describen los datos.

Todo lo relativo a la interpretación de las culturas ajenas remite al proceso de la traducción de los fenómenos culturales. Interpretar requiere una traducción cultural de los códigos de la propia cultura investigada a los códigos de la cultura del investigador para hacerlos comprensibles que es el objetivo final del conocimiento antropológico.

La traducción cultural: la traducción implica una comparación. Si ya resulta complejo definir el objeto de estudio de la antropología, traducir una cultura en términos de otra tampoco resulta fácil, incluso, se cuestiona su validez. La traducción exacta no es posible, pero sí una aproximación que permita comprender y comparar los fenómenos culturales. El acierto de traducción es ser capaz de dar el sentido que el término posee en su lengua original y tener en cuenta a quién va dirigida esa traducción. Por ello, la tarea del antropólogo se ha comparado con la del intérprete o traductor como mediador entre culturas para hacerlas comprensibles.

Tambiah considera que es posible llevarla a cabo, aunque sea parcialmente, pero para ello es necesario que los dos aspectos a comparar posean algo en común desde donde establecer las diferencias u otras semejanzas más. Porque la explicación de la diferencia se realiza por medio de la semejanza, a partir de lo que ya se conoce. Las semejanzas y diferencias no vienen dadas sino que son generadas por quienes las seleccionan según sus propios criterios escogidos.

La racionalidad: Tambiah aborda las implicaciones de la racionalidad como modo de razonamiento y como proceso de construcción de conocimientos. La racionalidad es un universal pero es sustancialmente diferente afirmar que existe una única racionalidad universal.

2. Traducción y derivación. Una reflexión sobre el lenguaje conceptual de la Antropología (Cruces y Díaz de Rada)

2.1 Introducción

El concepto de traducción en antropología se apoya en el uso de una metáfora lingüística; metáfora que ha guiado a distintas escuelas de investigación con propósitos diversos a lo largo del desarrollo de la teoría antropológica. Esta metáfora implica que los lenguajes humanos pueden tomarse como modelo para la comprensión de las culturas, con las cuales compartirían algunas de sus principales propiedades. Así, ciertos segmentos de la cultura son vistos como un “texto” en calidad de objeto de representación. Esta representación es arbitraria y convencional, fundada en un sistema consensuado de reglas. Toda traducción es siempre relativa, opcional y depende de la habilidad del traductor para captar el sentido y conservarlo en una versión que no será nunca sino una más entre muchas posibles. Ello significa que desde esta perspectiva las culturas no puedan ser comparadas en absoluto. Más bien se trata del reconocimiento de que rara vez se produce una superposición completa y enteramente reversibles de los significados: toda traducción es como un puente artificialmente construido entre dos textos a partir de los recursos de que provee el lenguaje propio. Los aspectos más inaprehensibles de la cultura de que se trate se hacen ver a la luz de aquellos otros que resultan más comprensibles o se prestan con mayor docilidad a la analogía y al símil. De este modo, aunque ni los lenguajes ni las culturas son isomorfos, tampoco resultan irreductibles. Otro rasgo importante es que así parece incorrecto comparar unidades culturales que carecen de un sentido autónomo, extrayéndolas de su contexto y asimilándolas al lenguaje del observador, aquí encuentra su terreno, la exigencia metodológica de contextualidad en el análisis.

Por “metáfora lingüística” se refiere a aquellos modos de investigación que operan con las culturas según los supuestos arriba mencionados, y que persisten de la quiebra de la aproximación estructuralista que equiparaba teóricamente el acontecer cultural a los sistemas de intercambio simbólico. Se hablan de aquellas producciones que muestran un uso efectivo de la metáfora lingüística, en las que se manifiesta que el antropólogo se ha aproximado a la cultura local considerándola como si de un lenguaje se tratase. La derivación tampoco ha sido ajena a la utilización de modelos de referencia para la aprehensión de su objeto de estudio. La cultura se ha comparado con un mecanismo, una metáfora inspirada en la epistemología cartesiana y el modelo físico de causalidad; o con un organismo, comparación que ha incluido la posibilidad de establecer taxonomías al modo linneano; o con un aparato lingüístico universal generador de estructuras de rasgos distintivos; o con un campo de fuerzas o con una red de telégrafos.

Traducción y derivación no se adscriben con facilidad a autores concretos; y pueden ser rastreados, como distintos procedimientos interpretativos, en el seno de un único discurso o de un único autor.

2.2 El laberinto del lenguaje conceptual

La traducción y derivación son dos aproximaciones que constituyen una respuesta a la ausencia de consenso general sobre un lenguaje universal válido para expresar las construcciones conceptuales de los antropólogos. A lo largo de su desarrollo histórico la antropología no ha podido llevar a feliz término la tarea de conceptual compartido intersubjetivamente por los antropólogos, y válido para acotar e identificar una constelación de observaciones a partir de un conjunto limitado de postulados teóricos explícitos y generales. Este estado de cosas es coextensivo con una paradoja del antropólogo que halla su terreno en la pretensión de universalización de un lenguaje categorial fundamentado.

Se puede tomar por caso el término “ritual”, reservado en sus orígenes a la descripción de patrones de conducta vinculados a creencias compartidas sobre lo sagrado. A su función específica en la transformación de los individuos de acuerdo con su tránsito por los diversos estamentos institucionales se añadió una visión más extensa, que recogía los comportamientos colectivos tendentes a la expresión o exaltación de los grupos corporativos.

El interaccionismo simbólico y los análisis microsociológico fomentaron la ampliación del término a las pautas de acción del orden cotidiano: un saludo, o la manifestación de familiaridad con que una madre pellizca la nariz de su hijo pasaron a contemplarse bajo el mismo rótulo que los grandes excesos festivos de los kwakiutl, los oráculos azande, o la circuncisión ritual ndembu (mukanda). De este modo, cuando alguien hoy en día utiliza el término “ritual” debe ofrecer un comentario añadido sobre los componentes de su significado, dado que por sí mismo no dice demasiado.

Hay que reconocer que esta situación no es exclusiva de la antropología simbólica. El estudio del parentesco no queda al margen de la controversia, tal vez el mejor ejemplo en este caso de “matrimonio”. Marvin Harris pone sobre aviso que para cubrir la variedad de conductas de apareamiento características de la especie humana, habría que ampliar tanto la definición de matrimonio que se tornaría sumamente confusa.

Es evidente que este problema no es igualmente acuciante en todos los ámbitos de la disciplina. Determinadas vertientes, como la antropología física, ecológica o económica, cuentan con cuerpos de conceptos para los que existen definiciones. La ausencia de un lenguaje universal consensuado brilla en lo concerniente al análisis de los aspectos ideológicos y semánticos de los colectivos humanos. Siempre y cuando la antropología sitúe estos aspectos en el mismo nivel de importancia que los aspectos más claramente objetivables del proceso social, la variedad intercultural de las configuraciones mentales parece ofrecer obstáculos a la construcción un lenguaje conceptual universalizable. Por supuesto, aunque existe un margen para la comparación derivativa de los sistemas semánticos. Pero restringida a aquello que resulta más universalizable: sus aspectos formales y sus condiciones de producción. En consecuencia, los análisis se han desarrollado en un nivel de abstracción distante del de los datos originales: se comparan estructuras, o redes jerárquicas, o rasgos funcionales del conjunto.

El laberinto del lenguaje conceptual se complica cuando pensamos en la revisión de las categorías de análisis no refleja una oposición nítida entre paradigmas teóricos enfrentados. Lo que sucede es que cada autor, cada investigación emprendida, plantea nuevos interrogantes que suspenden temporalmente las presunciones previas, abriendo de par en par las puertas de las definiciones pretendidamente cerradas.

2.3 El trabajo del antropólogo y las dificultades para la construcción de un lenguaje universal consensuado

Las razones que han contribuido a la imposibilidad de establecer un lenguaje universal para la antropología son:

1. es posible hablar de simples deficiencias en la aplicación del “método científico”. Así lo parecen las carencias en lo relativo a los procedimientos de validación.

2. la inveterada vocación del etnógrafo por el estudio orientado “de abajo a arriba”; un estilo de corte inductivista que unido a una dinámica de investigaciones heterogéneas, realizadas en tiempos y lugares diversos por sujetos con veleidades y formaciones dispares, ha provocado una readaptación de las categorías sedimentadas en el lenguaje conceptual con el abuso de un mecanismo de sobreextendido que ha dejado vacías algunas de las etiquetas de uso más frecuente.

3. determinadas propiedades del trabajo antropológico se nos antojan problemas de cara a la consolidación de un lenguaje universal y consensuado. La diversidad efectiva de los usos y definiciones de las categorías conceptuales de la antropología no puede ser concebida sustancialmente como la consecuencia de un “déficit” en la aplicación de las prescripciones del método científico, sino como la materialización de un estilo de investigación que se separa, implícita o explícitamente, del propósito positivista.

Por otro lado, una primera consecuencia de la práctica del relativismo metodológico es que afecta directamente a la construcción de la antropología como ciencia: la descentración del sistema cultural de origen ha llevado a la disciplina a empaparse de términos locales sin cuya presencia entrecomillada tal vez el discurso antropológico hubiera resultado imposible.

Esta práctica importadora pone en evidencia una preocupación que va más allá del mero formalismo. No se trata de respetar las etiquetas culturales, sino de un intento de aprender los contenidos semánticos para incluirlos en el lenguaje de la teoría.

Ahora bien, el antropólogo que orienta sus esfuerzos hacia la reflexión científica, no puede evitar enfrentarse con el problema de la universalización. De este modo, se encuentra con la paradoja de utilizar con plena licitud términos locales cuyo significado nunca será agotado desde el exterior de los sistemas culturales que los han generado; el lenguaje conceptual, pues, no es mucho, sino muchos; y los intentos de construir un entramado puramente derivativo chocan con el procedimiento de la investigación antropológica, que comienza y se desarrolla como una práctica de relativismo metodológico. En palabras de Gellner, no existe un “tercer lenguaje” que pueda mediar entre el lenguaje nativo y el propio, y la “realidad” no parece estar dotada para ejercer tal función para determinados niveles de la cultura, que abarcan conceptos místicos y metafísicos, pensamiento mágico, asimismo, creencias en la brujería y hechicería no existen definiciones extensivas por la sencilla razón de que son constructos semióticos que carecen de referente. De ellos sólo se puede aspirar a hablar en términos de una semántica intensiva. El problema es que una semántica de este tipo difícilmente puede hacerse universal. La intención de los conceptos sólo es determinable utilizando como unidades rasgos semánticos que la propia cultura establece como significativos y que están lejos de resultar triviales, en el sentido de que se puedan inventariar y generalizar de forma no problemática. Por más similitudes que queramos encontrar en las creencias de los pueblos “animista” o “totemista”. El hecho es que no existe un sistema de nociones o de creencias sobre la naturaleza del mundo y de sus seres que sea independiente de la cultura. Podemos usar el sistema de Linneo para contrastar con él las taxonomías folk, sobre plantas y especies naturales; pero nuestra visión del universo no sirve de mucho para hablar de los dioses, espíritus y antepasados de otros pueblos.

De este modo, tratamos de ilustrar la primera consecuencia del relativismo metodológico:

1. en su pretensión de universalidad va a buscar en la fuente de las semánticas nativas categorías que no puede asimilar sin traicionarlas.

2. el aserto máximo del relativismo que nuestra cultura no es más que una entre otras, conduce a la puesta en cuestión de la validez del propio lenguaje teórico. Desde este punto de vista, todos los lenguajes se hallan ligados a sus respectivos contextos de uso cultural; y de este modo, el postulado relativista deriva en un tremendo problema para la epistemología occidental: ¿cuánto vale nuestra forma de ver las cosas?

De igual modo, el holismo, como objetivo clásico de la investigación deriva en consecuencias prácticas que no se hacen esperar como un modo de proceder que puede rastrearse en el conjunto de las producciones de la disciplina, según el cual los antropólogos tienden a fabricar sistemas conceptuales totales regidos por una definición necesariamente vaga de su objeto de estudio. Ello sucede porque el campo de definición del concepto de cultura es tan amplio que cada investigador, como fija su atención en diferentes cuestiones. La “relevancia cultural” de determinados eventos locales se constituye así en regidora del escenario antropológico, y el producto deviene una escenografía heterogénea, coherente en sus aspectos parciales, pero inconexa para el espectador de la última fila, ése que pretende hablar por medio de un lenguaje universal para dar sentido al conjunto de la obra. Pero todo esto es natural si es ilícito prejuzgar la cuestión de cuáles hechos acerca de la sociedad son verdaderamente fundamentales.
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