1 Versión taquigráfica de las palabras pronunciadas el 1' de agosto de I94Í, en la inauguración de los Cursos de ingreso a la Facultad de Ciencia Médicas, organizados por el Círculo Médico Argentino y Centro Estudiantes de Medicina






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PALABRAS A LOS FUTUROS ESTUDIANTES DEJvfEDICINA1

PRIMERA PARTE: GENERALIDADES
En el año 1929, es decir, hace veinte años, en un salón más hu­milde y más modesto que el actual, tuve el honor de inaugurar el primer curso para estudiantes que aspiraban a ingresar a la Facultad de Medicina. En aquel entonces yo era miembro de la comisión di­rectiva del Centro Estudiantes de Medicina y director de su revista, esa revista de la que jamás sabíamos si aparecería o no, si estaba viva o muerta, y tampoco si el impresor nos había embargado ya por deudas imposibles de pagar. Era, entonces, un muchacho de veinti-casa a la que sólo un milagro arquitectónico impedía que se derrum-dós años y dirigente del Centro. Un dirigente que actuaba en una bara, porque los ladrillos apenas podían sostenerla, entre palos y vigas sueltas que aguantaban los techos. ¡ Tan vieja era aquella casa comprada con enormes sacrificios, y que hoy recuerdo con inmenso cariño!

Veinte años han transcurrido desde aquel entonces y he actuado, en ese lapso, como profesor de la Facultad de Medicina, luego de haber sido su decano. Hoy, desempeñando la cartera de Salud Pú­blica, regreso a este ambiente a inaugurar el 20* curso de ingreso, en homenaje a aquel otro humilde curso de 1929, que contó sólo con diez estudiantes, inquietos, curiosos y plenos de esperanzas.

Ustedes comprenderán, sin esfuerzo, mi emoción. Lo que hice hace veinte años como estudiante, lo hago hoy como ministro de la Nación: ministro de Salud Pública, es decir, ministro de Medicina. No sólo me halaga llegar aquí en tal carácter, sino que vengo a este acto del Centro Estudiantes de Medicina, en circunstancias en que ejerce su presidencia un discípulo mío, el doctor Ragone.

No eal lo mismo un discípulo que un alumno. Alumno de un profesor puede serlo cualquiera; discípulo, no. Alumno es uno má»
1 Versión taquigráfica de las palabras pronunciadas el 1' de agosto de I94Í), en la inauguración de los Cursos de ingreso a la Facultad de Ciencia» Médicas, organizados por el Círculo Médico Argentino y Centro Estudiantes de Medicina.

entre los que asisten a una clase. El discípulo, en cambio, es un hijo del espíritu del maestro. Por eso, cuando el doctor Ragone me pidió que viniera a inaugurar este curso, acepté inmediatamente y le agradecí que se acordara de aquel ya lejano 1929. Claro que podría inaugurar estas clases con palabras convencionales. Discreta y ofi­cialmente, debería enhebrar esas palabras con las cuales se cumple un cometido. Hasta podría expresar algunas cosas más o menos lite­rarias y salir del paso. Pero recuerdo ahora que en aquella época y en aquel caserón en ruinas —actualmente transformado en este suntuoso edificio— los jóvenes no nos conformábamos con palabras. Ni hoy tampoco.

En aquel entonces, repito, éramos muy pobres. Eramos pobres de solemnidad, aunque sin solemnidad alguna. Cada uno de noso­tros contribuía con sus monedas y sus pocos pesos al sostenimiento de esta casa, que era la Casa de los Estudiantes, para muchos, quizá, la única casa que teníamos en la capital, porque casi todos éramos del interior, humildes y modestos. Hoy, el escenario que se me ofrece es diferente. Llego ahora a esta mansión, y llego a ella con orgullo, porque esta mansión es fruto del esfuerzo de muchas generaciones de estudiantes. Ustedes tienen este magnífico edificio de pisos encerados, de paredes limpias, de luces perfectas, de ambiente confortable, pero todo esto es también fruto de aquella casa vieja que compraron con chirolas nuestros abnegados antecesores, para te­ner un lugar donde reunirse y planear sus sueños. Esos antecesores nuestros y de ustedes ¡sí que fueron meritorios! Entre ellos, Osvaldo Loudet, Taborda, Nerio Rojas y tantos otros.

Les pido que piensen —ustedes que van a ser los futuros estu­diantes de Medicina— cuántos esfuerzos, cuántos sacrificios hemos hecho nosotros y los que nos precedieron en casi medio siglo, para echar las bases de esta Casa del Estudiante. Mediten ustedes, sin ninguna tortura mental, pero mediten.

Todo esto que aquí vemos hoy nos ha costado mucho. Y tengo miedo, ese miedo que siente el padre rico de que su hijo, criado en la riqueza y el bienestar, en la comodidad y con los medios para enfrentar cualquier obstáculo, no sepa apreciar lo que es ser o haber sido pobre.

Yo, como estudiante de medicina, sé lo que es haber sido pobre y haber sudado penas negras para pagar la inscripción en la Facultad, para atender las mínimas necesidades de la vida. Por eso les pido que piensen y recuerden que esta casa ha sido edificada con el es­fuerzo de muchas generaciones de estudiantes pobres. Y que este edificio, sin duda alguna, como aquella casucha de antaño, es uno de los recintos históricos del espíritu argentino, de ese espíritu con el cual, en todos los órdenes, se ha hecho la patria, se la consolida y fortifica hoy, y se la proyecta, más libre y soberana, hacia el porvenir.

Ustedes representan la fuerza espiritual profunda de la Nación, y les aseguro que nada me cuesta creer que entre ustedes —que van a ser estudiantes de Medicina, que serán médicos y que algún día ejercerán la cátedra— está el futuro presidente de la Academia de Medicina, está el futuro ministro de Salud Pública, que algún día, dentro de quince o veinte años, tendrá quizá alguna palabra afec­tuosa, algún recuerdo grato para conmigo, que también fui un estudiante modesto y pobre.

Permítanme ahora que me dirija a los estudiantes que vienen de las provincias a luchar, a estudiar aquí, y no tanto a los de la capital, porque los de la capital tienen muchas cosas de las cuales carecíamos nosotros y carecen los que vienen, por ejemplo, de un colegio de La Rioja, de Santiago del Estero o de Jujuy, donde poder realizar un experimento de química o de física, o estar al tanto de cualquier manifestación de la ciencia es, a veces, una verdadera hazaña. No me dirijo, pues, especialmente al joven de Buenos Aires, que está más cerca de la cultura y dé la civilización, sino al que viene de las provincias, cuanto más lejanas mejor, cargada el alma de sueños, de ambiciones y de esperanzas fecundas. A ese estudiante me dirijo, sin olvidar a sus hermanos. Porque todos son y todos hemos sido estudiantes.

El joven que va a ingresar a la Facultad de Medicina hállase en un estado de espíritu particularísimo. Por eso no quiero pronun­ciar un discurso, sino más bien dictar una clase que llamaría de "Introducción al Curso de Ingreso a la Facultad de Medicina", tal como en 1929.

Ahora bien: este Curso de Introducción ¿sobre qué tiene que basarse? Indiscutiblemente, sobre ciertos temas trascendentales, por­que no es posible que estos muchachos de hoy piensen de un modo distinto de los de veinte años atrás. En esencia tienen que pensar las mismas cosas, y para comprender qué es lo que piensan los jóvenes de hoy, de diecisiete a diecinueve años, tengo que recordar lo que pensaba yo a esa edad. Debo dirigirme también a los padres, para que éstos sepan qué es lo que sienten sus hijos al iniciar la aventura singular de una carrera como la de Medicina, que es, en verdad, una aventura espiritual.

Digo que en estos momentos, el joven que va a ingresar a la Facultad, pasa por un estado de ánimo, un status espiritual particula­rísimo; se siente fuerte y débil a un mismo tiempo; cree que lo puede todo y, simultáneamente, que no puede nada. Ansia y teme; lo em­barga un pavor sutil ante lo desconocido y se cree al corriente de todas las cosas. Sufre, en suma, una emoción temerosa, aunque el temor se halla neutralizado por la ambición de ser algo y por la esperanza que le ilumina. Diría que el joven del ingreso, en sínte­sis, tiene miedo y es feliz. Pero el todo de su status emotivo es, fundar mentalmente, creador.

En mis veinte años de experiencia, pasada la juventud, he descu­bierto que la edad óptima del hombre está entre los diecisiete y los veinte años, antes de ingresar en la Universidad. En esa época, al concluir el bachillerato, en el que se aprenden cosas muy buenas, y otras cosas no muy buenas, de carácter general, en esa época, repi­to, es cuando el hombre resulta quizá el ser más libre porque no tiene prejuicios, es decir, oorque no tiene antecedentes de su juicio. Es la época ideal, la única en que uno puede comprender ciertas cosas que luego ni comprenderá ni asimilará jamás. Por ello, al diri­girme a ustedes, jóvenes de esa edad, quiero hacerlo con entera fran­queza, sacando de mi corazón lo más puro que pueda haber apren­dido en veintiún años de profesión, en los veintiún años de delantera experimental que les llevo.

Éste es el momento de la vida de ustedes en que puedo hablarles. Dentro de poco, dentro de un año o dos, serán ya ustedes alumnos adelantados de la Facultad de Medicina y, desde ese ins­tante, sifrirán un proceso de embrutecimiento —no, no me aplau­dan!— un proceso de embrutecimiento insospechado. Ahora son us­tedes jóvenes inteligentes, jóvenes que comprenden cualquier enun­ciado. Todavía no han sido sometidos a la "barbarie universitaria", de que habla Ortega y Gasset. Vienen de los colegios nacionales y tienen de diecisiete a veinte años. Son capaces de enunciar y com­prender ideas generales; son capaces dé emocionarse ante una obra de arte, leyendo un poema de Schiller, escuchando una página de Beethoven, admirando un cuadro de Fader. Son capaces de ello porque están en lo mejor de la vida. Discúlpenme que ponga un poco de acíbar temprano en la miel de hoy. Siento decirles que aquello a lo que ustedes aspiran, aquello que ustedes desean lograr con este curso de ingreso a la Universidad es, ni más ni menos, que prepararse para ingresar en la barbarie.

No, no me aplaudan. Ustedes lo hacen por instinto, por secreta rebelión contra lo estatuido y formal. Yo digo barbarie desde otro punto de vista, desde otro enfoque mental. Están ustedes preparán­dose para cosas tremendas, y también para olvidar lo que acabo de decirles. Están preparados para aprender anatomía minuciosamente, músculo por músculo; para comenzar a seguir citología, célula por célula y tejido por tejido; para estudiar semiología, para empezar a aprender todas las infinitas eventualidades de una enfermedad y para saber cómo curarla. Dentro de seis años, estarán tan torpes para los vuelos abstractos del espíritu, que será imposible hablar con ustedes. Salvo que partan de una base cierta, a la que ya me referiré, cuando se reciban de médicos sólo sabrán cómo se diagnostica una enfermedad, o cómo indicar un tratamiento, pero habrán perdido la noción del mundo y también la noción del hombre. Aunque pa­rezca paradójico, sólo sabrán cosas profesionales. Habrán dejado a un lado las emociones, por baldías; habrán olvidado las grandes ideas filosóficas y todo lo que 'hay de poesía, de belleza y de espíritu; todo, en fin, lo que hace grande al ser humano. Serán solamente unos artesanos y, en tal condición, no se diferenciarán mucho de un carpintero o de un herrero.

Por eso me agrada hablarles ahora que van a iniciar su camino, para prevenirlos, para aleccionarlos. Ustedes se hallarán en condi­ciones de comprender exactamente lo que ahora les quiero decir, cuando tengan muchos años de profesión médica. Entonces recorda­rán lo que hoy les voy a expresar. Sólo después de ese tiempo largo y fatigoso, luego de haber luchado y sufrido, de haber tratado miles de enfermos, de haber aprendido con sacrificio, in anima vili, llega­rán a las mismas conclusiones que yo, conclusiones extractadas de la realidad.

Siempre me ha parecido muy gracioso que a los universitarios y a los médicos nos despidan con discursos el día que recibimos el título. En verdad, deberían hablarnos antes de ingresar a la Uni­versidad para decirnos qué porvenir nos espera en ella. Lo que hay que decir, no debe decirse después de pasar seis o siete años en las aulas universitarias, en las clínicas, en los hospitales, sino antes de todo ello. Es lo que les diré a ustedes, gracias a que tienen un buen amigo en el doctor Ragone.

No crean que esto es vanidad de mi parte. Si la tengo, la he dejado en la puerta de esta casa al entrar. Yo, universitariamente, he triunfado en todo. Saqué diez puntos en casi todos los exámenes y en todas las materias de Medicina; obtuve medalla de oro, fui becado y conquisté todos los premios de tesis. Antes le asigné a todo eso mucho valor pero hoy no le asigno ninguna importancia frente a la experiencia de la vida, que es lo que quiero trasmitirles en cuatro palabras. Entre ustedes puede estar mi sucesor. Hablo con una gran alegría para dentro de veinticinco años. Tal vez alguno de ustedes dirá por ese entonces: "Yo escuché al doctor Carrillo decir esta gran verdad" ...

Les aseguro que, si en cambio de estar entre ustedes, muchachos que quieren ingresar a la Facultad de Medicina, tuviera frente a mí a trescientos colegas, médicos jóvenes, no me atrevería a expresar estas cosas, porque, sencillamente, no me entenderían. Les faltaría para ello muchos años de fatigas, de sufrimientos. Además estoy se­guro de que no me comprenderían. Dirían, al escucharme, que ex­preso cosas absurdas o tal vez pensarían que estoy loco. Pero ocurre que seria así porque ellos se han desordenado, y yo no. Ellos se han desasido de la vida del mundo y no pueden advertir ahora las cosas grandes que hay en él. Ellos sólo están en las pequeñas cosas del oficio, porque, al final de cuentas, la medicina es un oficio, por más que tenga contornos y ribetes de apostolado, por más que re­quiera abnegación y sacrificio. Es un oficio, digo, y es prudente que antes que ustedes ingresen en él, en el artesanado de la medicina; que antes de que pierdan definitivamente el espíritu crítico, el es­píritu filosófico y la comprensión de todas las cosas sencillas, yo les advierta qué es el mundo, qué es la vida, qué es el hombre y qué es, en fin, la sociedad humana.

He dicho que he dejado mi vanidad en la puerta, antes de
entrar. Ahora permítanme expresarles que lo que aquí expongo
proviene de la experiencia de un hombre que ha triunfado, no de
un fracasado. Yo no los puedo engañar, pues no tengo razón alguna
para hacerlo; no guardo ningún resentimiento en el fondo de mi
alma. Al contrario, como argentino, tengo el deber de dirigirme a
los más jóvenes de mis futuros colegas, a ustedes que son esperanza
de la Patria, para decirles sencillamente: "Vean, muchachos, la vida
es así; el triunfo está en esto; el fracaso en aquello otro. Y no sólo
el triunfo personal, que eso cuenta poco, sino el triunfo del hombre,
que eso sí cuenta todo"... 1 ' ! I !

Luego de escucharme, meditarán, reflexionarán y sacarán con­clusiones. Esta clase se vincula exclusivamente con mi recuerdo y ron mi experiencia personal y, sobre todo, con ciertos principios que son inmutables, eternos. Aunque después los descubran ustedes con dolor, yo quiero descubrírselos ahora, presentándolos en forma general, aprovechando el estado de ánimo en que se encuentran y del que ya he hablado. En cierto sentido, se hallan ustedes ante lo desconocido, que es el enigma del hombre. Tienen un temor del futuro, superado, empero, por la esperanza y la ambición; están en un momento de transición, pero es en este momento cuando el hom­bre tiene mayor amplitud de espíritu.

No olviden, pues, esto. Jamás dejen de leer y de estudiar alguna cosa que no sea medicina. Frecuenten la literatura propia y la uni­versal. Estén a la page, como dicen los franceses, de las corrientes filosóficas que, como mareas, fluyen y refluyen siempre. No se olvi­den de que existen exposiciones de pintura y de escultura, ni de que se puede escuchar música. No se dediquen, en una palabra, de un modo cerrado, exclusivo, a la medicina, porque entonces concluirán en nada más que en simples artesanos de la profesión. Serán como esos pobres médicos que al recorrer el país, uno encuentra perdidos en un pueblo lejano, recetando bicarbonato y gruñendo por todo y de todo, con un malhumor hiperestesiado e irreversible.

Eso no es la cultura que presupone la Universidad, y lo que digo puede neutralizarse desde ya, manteniendo en la Facultad un poco del espíritu del bachillerato que, con imperfecciones y todo, es espíritu de cultura superior. El dominio de una ciencia, al cabo de
los años, aniquila esa cultura. A mí, por ejemplo, luego de muchos
años, me ha costado un gran esfuerzo aligerarme, olvidarme de mu-
cho de lo que aprendí en la Facultad, tanto era lo que tuve que
estudiar para sacar medalla de oro. Pero más me costó olvidarme
de todo eso. . . . ,¡ . . .,

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