Es imposible aquilatar actualmente el mérito relativo de las numerosas obras del P. Feijoo, sin que las preceda un profundo análisis del estado social e






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Obras escogidas

Fr. Benito J. Feijoo

     Es imposible aquilatar actualmente el mérito relativo de las numerosas obras del P. Feijoo, sin que las preceda un profundo análisis del estado social e intelectual de España, durante la primera mitad de la pasada centuria. Nadie ignora en el día que el ilustre escritor benedictino fue el primer crítico de su tiempo, y consagró principalmente su vasta erudición a combatir, casi siempre con criterio negativo, los innumerables y crasísimos errores de sus contemporáneos en toda suerte de materias, y a promover, por tanto, la reforma de todos los abusos, legado de un lamentable período de decadencia. Ahora bien; fuerza seria conocer a dónde había llegado ésta, y en qué estado se hallaba la opinión y nuestra cultura, si hubiera de medirse exactamente cuán poderoso fue el esfuerzo, cuán grande la osadía, cuánto el talento y originalidad del gran benedictino, y sobre todo, qué extraordinario celo y desinteresado ánimo necesitaba para su ardua empresa. Como de todo escribió, y supo de todo y en todas las materias hubo de hacer frente a la rutina o a la ignorancia, apenas bastaría para poner de resalto su figura, el cuadro completo, vasto, detenidamente compuesto de toda aquella sociedad. Hoy que la investigación literaria, como la científica, procede por inducción laboriosa y paciente y antes que formular juicios generales, acumula y pone a la vista datos y hechos, muchos nos serían necesarios para esclarecer debidamente el menor tratado del P. Feijoo. No es difícil comprender la trascendencia de sus luminosas consideraciones sobre la enseñanza pública, sin el conocimiento de las leyes que la organizaban y los principios y sistemas dominantes en universidades y seminarios. En orden a la filosofía y la teología, cuánto dijo Feijoo se relaciona íntimamente con la historia de estas dos facultades en España. Por lo que dice a las ciencias naturales, matemáticas, medicina, eterna preocupación del ilustre benedictino, poner de manifiesto el inconcebible atraso en que se hallaban, sería recorrerla distancia que separaba a aquél de sus contemporáneos. Más interesante, si cabe, la pintura de aquel período, en lo que se refería a literatura y artes (que empezaban a recibir de los primeros Borbones singular protección), o a las supersticiones religiosas y vulgares, a los risibles errores comunes a la sazón en todos los ramos. Entonces, sobre este revuelto panorama de la España de Felipe V y Fernando VI, entre el bullir de ergotistas y frailes, médicos ramplones, mayorazgos estúpidos, y un pueblo comido de miseria, y entregado a su imaginación vehemente y lúgubre, resaltaría la colosal y venerable figura del célebre maestro armado de su celo y su erudición contra todos y contra todo, despreocupado y audaz pero sin orgullo, sediento de verdad, afanoso por las reformas, avivando el celo de los más ilustrados, despertando el movimiento intelectual, que alimentaron por cierto sus propios detractores combatiéndole, e iniciando en suma aquel primer periodo de regeneración; impulso formidable del cual participamos todavía. Si otros le ayudaron, si otros le aventajaron en profundidad y ciencia, ninguno en la universalidad de conocimientos; nadie, como él, dejó en sus escritos más exacto reflejo de lo que era entonces España, ni perseveró con tanto celo en la ingrata y compleja tarea que se impuso.

     El alcance que tuvo su ruda campaña fue, repetimos, extraordinario; ahora, sobre el temple de las armas empleadas en ella, ya difieren las opiniones. No puede juzgarse a Feijoo con criterio absoluto. En nuestros tiempos se hizo proverbial el dicho de que al P. Feijoo debía erigírsele una estatua y pie de ella quemar sus escritos; una estatua, para el hombre que con su soplo poderoso barrió las preocupaciones de su siglo; la hoguera, dicen, para sus libros cuya oportunidad pasó, cuyas opiniones, entonces atrevidas, son hoy en buena parte dignas del olvido, o tan erróneas y risibles como las de sus impugnadores.

***

     Hay, sin embargo, quien se revuelve contra aquella afirmación paradójica. El Sr. D. Vicente de La Fuente que ha escrito la más completa noticia de la vida de Feijoo, y, en nuestro concepto, el mejor juicio de sus obras, lo resume así en breves páginas, combatiendo aquella opinión ya vulgar:

     «La erudición vasta y profunda en casi todos los ramos del saber humano, nadie la podrá negar a Feijoo, aun en cosas bien ajenas a su estado monástico y a sus estudios en las ciencias eclesiásticas, que eran la base de todos sus conocimientos, y en lo que se había ejercitado durante su larga carrera de profesor. En una época en que la física y las ciencias naturales se reducían a una cábala y jerigonza ridícula de palabras vacías de sentido, Feijoo se presentó adornado de muy buenos conocimientos físico-matemáticos, que demostró, no sólo combatiendo errores y el charlatanismo peripatético, sino también asentando grandes verdades y demostraciones, que aún hoy día reconoce la ciencia, siquiera de entonces acá, al cabo de un siglo, haya adelantado más. Pero no por eso dejan de ser grandes verdades las que él consignó; aun cuando hoy día estén al alcance de los principiantes algunas, que entonces solían ignorar aún los que pasaban por adelantados.»

***

     »Como profesor, uno de los mayores servicios que hizo Feijoo al país fue combatir estas rutinas, y manifestar los abusos de que adolecía entonces la instrucción pública en España; iniciando felices pensamientos acerca de su reforma. Basta para ello leer los discursos que publicó sobre esta materia, en el tomo VII de su Teatro, acerca de los cuales su biógrafo anónimo se expresa así:

     [«Manifiesta en ellos los abusos que se padecen en la enseñanza de la dialéctica, lógica, metafísica, física y medicina, y en esto mismo acredita el profundo conocimiento que tenía de estas facultades, y que el haberle extendido a otras materias, en lugar de estorbarle, le había hecho penetrar de raíz las superfluidades en el método de estos estudios. Los Conocimientos humanos tienen entre sí un encadenamiento tan estrecho, que es difícil sobresalir en una materia sin enterarse de otras.

     »Luis Vives, aquel insigne crítico español del siglo XVI, a quien respetó el mismo Erasmo, así en el tratado De corruptione artium et scientiarum, como en el De traddendis disciplinis, abrió el camino para descubrir el atraso de las ciencias, e indicar los medios de enseñarlas con más método e instrucción de los estudiantes. Escribió en latín su obra, y así fue poco leída del común de nuestros nacionales. Con más provecho de éstos, el Padre Feijoo, puso en lengua vulgar las observaciones acomodadas a nuestro tiempo.

     »El canciller Francisco Bacón, después de Vives, adelantó el plan de perfeccionar los conocimientos humanos, con admiración de todos. Mucho debió nuestro benedictino a su lectura, que se halla también recomendada por su gran amigo el doctor don Martín Martínez.

***

     »En el discurso XI empieza su plan de reforma por las súmulas o dialéctica, asegurando que en dos pliegos y medio redujo cuanto hay útil en ellas, al tiempo de leer su curso de artes a los discípulos. No se detienen como debieran los que cuidan de la enseñanza pública, en busca de todos los medios de facilitarla y apartar las superfluidades; pues en este único cuidado consiste el mejoramiento de los estudios.

     »En prueba de su pensamiento, hace ver la inutilidad con el ejemplo de la reducción de los silogismos; porque nunca se usa casi de ella en la práctica de la escuela, y lo mismo sucede con las modales, exponibles, apelaciones, conversiones, equipolencias, etc., en el ejercicio literario de los estudios. Y así infiere que convendría instruir sólo en estas 'reglas generales, y no descender a tanta menudencia, cuya enseñanza consume mucho tiempo, y después no es de servicio.' De todo da varios ejemplos, para demostrar, que la utilidad de la dialéctica o súmulas se logrará con poquísimos preceptos generales, que pueden ser reducidos a dos pliegos ayudados de la viva voz del catedrático y de un buen entendimiento o lógica natural, sin la cual la artificial sirve sólo, en el concepto de nuestro sabio, para embrollar y confundir.

     »En el discurso XII trata de reformar la lógica y metafísica por los mismos medios de cercenar lo inútil.

     »De la primera intenta desterrar las muchas cuestiones inútiles en los proemiales y universales, concluyendo en que todo lo perteneciente el arte de raciocinar se les diese a los discípulos en preceptos seguidos, explicados lo más claramente que se pudiese, sin introducir cuestión alguna sobre ellos.

     »Añade: 'Todo esto se podría hacer en dos meses o poco más. ¿Qué importaría que entre tanto no disputasen? Más adelantarían después en poquísimo tiempo, bien instruídos en todas las noticias necesarias, que antes en mucho sin ellas. La disputa es una guerra mental, y en la guerra aun los ensayos y ejercicios militares no se hacen sin prevenir de armas a los soldados.'

     »En la metafísica nota que los cursos de artes que se leen comúnmente en las aulas se extienden fastidiosamente en las cuestiones de si el ente trasciende de las diferencias; si es unívoco, equívoco o análogo, y otras aun de inferior utilidad; absteniéndose del objeto propio de la metafisica, que comprende todas las sustancias espirituales, especialmente las separadas esencialmente de la materia. De suerte que en estos cursos metafísicos se omite lo esencial, que podría guiar a otros estudios, y se gasta el tiempo en sutilezas inútiles en el progreso de las facultades mayores.

     »El discurso XIII analiza lo que sobra y falta en el estudio de la física, haciendo hincapié en la experiencia, y en que el mismo Aristóteles, a quien se sigue comúnmente en las escuelas de España, recurrió a ellas; reprehendiendo, como muy nociva, la ignorancia de los demás sistemas filosóficos.«Para confirmar su nuevo plan trae ejemplos de los que han tratado de perfeccionar este estudio en España sobre el mismo método.

     »En el discurso XIV se extiende, por su conexión con los conocimientos filosóficos, a tratar del estudio de la medicina. En él refiere habérsele elegido por individuo honorario de la Real Sociedad Médica de Sevilla; (la noticia de los progresos de ésta, y de la fundación de la Academia Médica Matritense, en 1734, habiendo aprobado sus estatutos el Consejo, atento siempre a adelantar las ciencias. Concluye en que el rumbo para acertar en esta facultad es el de la observación y experiencia, corno ya lo había propuesto Cornelio Celso siglos ha. En estos dos libros abiertos estudió el gran Hipócrates los principios de donde sacó sus aforismos e historias de las enfermedades.»]

     Y sigue el señor La Fuente más abajo:

     «Feijoo fue, no solamente erudito, sino profundo crítico, profundo filósofo, y hombre de pensamientos sumamente libres y despreocupados, sin faltar en un ápice ni a la Fe, ni a la ley, ni a las conveniencias sociales; antes bien con gran utilidad y ventaja de todas ellas. En varias cuestiones filosóficas de las que trata Feijoo no hemos avanzado de entonces acá ni una pulgada; en el criterio histórico quizá hemos retrocedido, pues los estudios son hoy más extensos, pero menos profundos, que en el siglo pasado. Ahora se habla y se escribe más, pero entonces se leía más. La historia fantástica, que nuestros críticos del siglo pasado dejaron muerta y casi enterrada, ha vuelto a levantar su cabeza, adornada de lentejuelas y de diamantes como puños, y dice, por boca de sus modernos fabricantes, que la historia está por escribir, y que es preciso que los hombres de imaginación la rehagan desde sus gabinetes. Esta misma opinión llevaban Anio de Viterbo, Román de la Higuera y Lupián de Zapata. El Padre Feijoo, en su Vindicación de personajes calumniados, en sus dos discursos acerca de Las glorias de España, y en otros muchos se acreditó de crítico profundo en materias históricas».

***

     «Algunas de sus opiniones políticas son tan avanzadas, que hoy día asustarían a más de un sujeto. Puede citarse como muestra el principio de su discurso Honrar provecho de la agricultura y el final del otro La ociosidad desterrada, en que establece la máxima de que la multitud de días festivos nadie duda que es nociva a la utilidad temporal de los reinos, ni nadie puede dudar tampoco que es perniciosa al bien espiritual de las almas. Allí mismo describe con mucha maestría los extremos viciosos con que los ministros suelen proceder, al tratar de corregir los abusos en materias eclesiásticas, pecando o de petulante osadía, o de supersticiosa debilidad y timidez. En el discurso acerca de Las señales de muerte, al hablar del asilo, se atrevió a calificarlo entonces de pretexto, que no fue poco en aquella época para un profesor de teología. Pero lo más notable es el párrafo en que trata de la latitud que se debe dar a las doctrinas nuevas, indicando que no debe comprimírselas en demasía, aun cuando se permitan algunas ligerezas, fáciles de corregir.»

     Y después de censurar el estilo y el lenguaje del Padre, añade el Sr. Lafuente, procediendo a la clasificación de sus obras:

     «En materia de economía y derecho político, no todas las doctrinas que escribió Feijoo están conformes con los adelantos de las ciencias; pero como éstas son materias abstractas, conviene siempre oír a todos. Entre sus paradojas hay algunas sumamente verídicas, como las impugnaciones del tormento, del excesivo número de días festivos, de la lenidad con los criminales, y otras; pero ¿quién defenderá hoy día que los oficios deben ser hereditarios, y otros puntos a este tenor? El Padre Feijoo, en esta parte, como en otras, acierta cuando niega, y suele equivocarse cuando afirma. Su destino era para la negación y la polémica; esto es, para combatir errores y abusos, más bien que para crear y ofrecer innovaciones saludables y positivas, y eso que su carácter era no poco positivista, en la acepción que solemos dar a esta palabra. En el discurso acerca del Amor de la patria, lleva ya su excepticismo hasta un punto que da grima, y hoy día, en que la tendencia es a excitar este santo entusiasmo por la patria y por nuestra nacionalidad, no se leen sin un poco de disgusto algunas de las observaciones que contiene aquel discurso. El rey de España era entonces francés, la familia de Borbón había triunfado a duras penas de la dinastía austríaca, después de una prolongada y terrible guerra civil. El Padre Feijoo manejaba de continuo libros franceses, a los que tenía gran afición, y su lenguaje mismo se resiente de ello; por ese motivo no es extraño que tanto en aquel discurso, como en los de Antipatía entre españoles y franceses, Preferencia del francés sobre el griego, y la Introducción de voces nuevas, consignase opiniones con las que no estoy conforme. Quizá se le hubieran hecho las impugnaciones de falta de amor patrio que se hicieron sin razón al padre Mariana, si en otros discursos históricos no hubiese acreditado ardiente españolismo. Los dos discursos titulados Glorias de España, y otros muchos, en que vindica diversos puntos de nuestra historia, son muy notables. Por ese motivo tenemos que considerará Feijoo como uno de nuestros principales críticos en materia histórica, y digno de figurar en tal concepto al lado de Burriel, Flórez y Masdeu. Repartidos sus estudios críticos e históricos entre la multitud de sus heterogéneos discursos, apenas se echa de ver este gran mérito; pero salta a la vista cuando todos ellos aparecen reunidos y en conjunto.

     »En materia de filosofía y letras, fue una de las cosas en que el Padre Feijoo se mostró muy adelantado a su siglo, y muchos de sus discursos, no sólo pueden consultarse hoy día con gran utilidad, sino que de algunos de ellos apenas se ha podido añadir después cosa alguna, como sucede con respecto a las cuestiones de racionalidad de los brutos, el medio entre el espíritu y la materia, existencia de otros mundos y algunos otros.

***

     »Además de eso, lleva Feijoo su crítica a las varias escuelas filosóficas de la antigüedad y de los tiempos modernos, y las juzga con grande acierto e imparcialidad, sin tener en cuenta sus creencias religiosas, en puntos en que la religión no era vulnerada. Y a la verdad, era un contrasentido dejar correr las obras de los filósofos gentiles y de los clásicos romanos, objetos hoy de ojeriza y grande saña, y prohibir las de éstos, que al fin fueron cristianos, y sus escritos de ciencias naturales, inofensivas al catolicismo. En materia de estética dejó escritos algunos discursos, que aún hoy se leen con utilidad y placer. Tales son, entre otros: La razón del gusto, Despotismo de la imaginación, Descubrimiento de una nueva facultad o potencia sensitiva en el hombre, Simpatías y antipatías, El no sé qué.

     »Aun en las noticias que dio con respecto a las bellas artes no dejó de hacer mucho provecho y manifestó que sus conocimientos estéticos eran trascendentales a ellos. En este concepto escribió: De la resurrección de las arles y apología de las antiguas, De la música de los templos De las maravillas de la música antigua comparada con la moderna. Algunos de estos discursos son tan importantes hoy día como cuando se escribieron, especialmente el de la Música de los templos, que está hoy día en España tan perdida, o más, que, en el siglo pasado.

     »Feijoo, al hablar de las bellas artes no descuidó el dar noticias, ora históricas, ora críticas, como el Arte de enseñar a los mundos, el de beneficiar la plata, la mnemotecnia, en que no quiso creer y la taquigrafía, cuya existencia negó, pero reconoció más tarde, con noticias que tuvo de que se ejercitaba en Inglaterra.

     »Pero en lo que estuvo más feliz fue en todo lo relativo a la moral cristiana y filosófica, como puntos más conexos con sus principales estudios... Algunos de ellos son de interés actual, pues consigna máximas, que si las dijera otro, hoy día se le llamaría impío. ¿Y quién se atreverá a decirlo de Feijoo, sin incurrir en la nota de tonto? Su impugnación De las romerías, De las virtudes aparentes, De las limosnas indiscretas, y otras a este tenor, son muy notables; su tratado sobre el Valor de las indulgencias plenarias y la Devoción a la Virgen son de estudio e importancia y ojalá fueran más conocidos y aun populares.»

     Habla luego el Sr. La Fuente de las preocupaciones vulgares, que combatió Feijoo, tarea en la cual reside toda su fama para algunos, y dice a este propósito, terminando su notable juicio:

     «De intento los he dejado aparte... (los escritos de Feijoo sobre las supersticiones de nuestro pueblo), para que se vea cuán poco es lo que sobre este punto escribió el Padre Feijoo comparativamente con lo mucho que escribió de historia, física, filosofía, medicina, moral y demás secciones en que se han clasificado la mayor parte de sus escritos. ¿A qué, pues, esta puerilidad de acordarse de las brujas y de los duendes así que se nombra el Padre Feijoo, como si de esto hubiera escrito principalmente? Aun así, preciso es reimprimir algunas de las disertaciones de Feijoo. No todos los errores han desaparecido; existen aún en pie muchos de los desatinos que impugnó aquel célebre polígrafo. Los almanaques salen aún con todas las sandeces del tiempo los Juníperos y de los almanaques de Torres, dando calor en verano y hielos por el mes de Diciembre. En Castilla la Vieja tienen gran fe en el calendario portugués del astrólogo Borda d'Agua, que honraría a la literatura de Angola y Mozambique. Sin salir de nuestra casa, tenemos algún otro análogo. Nada digo acerca de las industriales dedicadas a echar las cartas, decir la buenaventura, acertar el premio gordo, y hacer otras habilidades de este jaez. En Madrid se publica, o por lo menos se publicaba no ha mucho tiempo, La Cábala, periódico de lotería y toros, y los aficionados leían sus sibilíticos versos con tanto afán como escuchaban los paganos el oráculo de Delfos(1). Mientras en España haya toros y lotería, no tenemos derecho para recriminar a ningún país, ni a los siglos pasados, por atrasos en materia de Civilización. No faltan gentes que creen en los males de ojo y en otras ridiculeces y supersticiones. De cuando en cuando se presentan otras nuevas, revestidas con el oropel de la Ciencia. Así hemos tenido en nuestros días las maravillas magnetismo, del sonambulismo y la doble vista, las mesas giratorias y los caracoles simpáticos. Ninguno de estos portentosos descubrimientos ha salido de España; todos ellos nos los han adelantado los extranjeros, como igualmente los grandes progresos de la frenología y crancoscopia, con arreglo a la cual, luego que le cortan la cabeza a un asesino, se descubre que tenía desarrollado el órgano de la asesinatividad. Y verdaderamente que no se concibe por qué se haya de agarrotar o cortar la cabeza a un pobre hombre, porque tenga en ella un chichón más o menos abultado. El Padre Feijoo nos dejó ya algunas noticias acerca de esto,... y por cierto que en las Causas y remedios del amor, algunos otros puntos, se muestra algo partidario de la medicina materialista, pero sin rayar en error teológico.

     »En conclusión, queda probado el mérito de Feijoo como polígrafo en crítica, historia, filosofía, literatura y moral filosófica y cristiana, aun omitiendo sus vastos conocimientos en ciencias físico-matemáticas, historia natural y medicina, y los grandes servicios que hizo al país combatiendo preocupaciones, que quizá sus mismos detractores hubieran profesado y sostenido si vivieran en aquella época.»

***

     Nacido el P. Feijoo en 1676, en Casdemiro, Galicia, provincia de Orense, hijo primogénito de noble familia, no fue primogenitura, sin embargo, obstáculo poderoso a su vocación monástica. A los 14 años profesó en la orden de San Benito, desde entonces su vida se redujo al estudio, a la enseñanza de la teología y la filosofía y a la publicación de sus numerosas obras. Profesor y escritor público estos fueron sus dos únicos títulos como también sus más importantes Publicaciones, el Teatro Crítico que vio la luz por tomos, desde 1720 a 1739 y las Cartas eruditas que en igual forma dio a la estampa desde 1742, a 1760; obras que en junto comprenden 163 artículos, o verdaderos tratados sobre las más variadas e inconexas materias. A este catálogo hay que añadir unos veintiséis opúsculos destinados en su mayoría a contestar a sus impugnadores en la irritada y acre polémica que promovieron sus escritos.

     Los más importantes episodios de su vida se relacionan con esta batalla intelectual, que le causó profundos disgustos y que lo granjeó por otra parte grandes honores, vivas muestras de afecto de los hombres más ilustres, encarecidos elogios del mismo Padre Santo Benedicto XIV y la decidida protección de Fernando VI. Llegó éste al extremo de escudarle con su real manto contra la envidia o la ignorancia. Una Real orden se promulgó en 1750 para acallar la polémica literaria promovida, que decía: «Quiere S. M. que, tenga presente el Consejo que cuando el Padre Maestro Feijoo ha merecido de S. M. tan noble declaración de lo que le agradan sus escritos, no debe haber quien se atreva a impugnarlos...» ¡Singular época aquella en que una providencia real terminaba las controversias de los sabios y de los literatos! Prueba, sin embargo, este hecho algo que contradice en verdad ciertas opiniones, harto vulgares, y es, que entonces el espíritu de reforma partía de arriba, y la ignorancia, el atraso, la bestial fruición de permanecer encenagados en él era propio de los inferiores. Así es también notable que siendo el Padre Feijoo, aunque fervoroso creyente, muy osado y audaz en sus teorías, no incurriese nunca en entredicho, ni perdiera el aprecio de la parte más ilustrada del clero. Es verdad que pusieron en duda su fe los despiadados detractores y corrió algún peligro, pero salió indemne de la prueba; se mostraron aquellos crueles y poco escrupulosos en el uso de todas armas, pero no pasó la polémica del terreno puramente literario ni fueron más de unos cuantos médicos, doctores y frailes que viendo atacados sus respectivos institutos cayeron sobre él con la saña singular que han revestido siempre los celos de las diversas órdenes monásticas y el insoportable orgullo de los sabios constituídos en corporación.

     Esta misma saña aumentó la fama del P. Feijoo, que llegó a ser escritor verdaderamente popular en nuestra patria. A medio millón hace subir el señor La Fuente el número de ejemplares de las diversas ediciones del Teatro crítico, las Cartas eruditas, y opúsculos sueltos; por donde se ve que no se leía tan poco en el siglo pasado como suponemos. Los extranjeros hicieron varias traducciones de aquellas obras; tres en Italia, una en Francia, y el mismo Feijoo habla de otra en inglés, y otra en alemán. De su popularidad da él mismo razón describiendo lo que le pasó en la Corte, cuando en ella estuvo de paso: «...era cosa de ver las cuestiones extrañas y ridículas que me proponían algunos. Uno, por ejemplo, dedicado a la historia, me preguntaba menudencias de la guerra de Troya, que ni Homero ni otro algún antiguo escribió. Otro, encaprichado en la quiromancia, quería le dijese qué significaban las rayas de sus manos. Otro, que iba por la física, pretendía saber qué especies de cuerpos hay a la distancia de treinta leguas debajo de tierra. Otro, curioso en la historia natural, venía a inquirir en qué tierras se crían los mejores tomates del mundo. Otro, observador de sueños, quería le interpretase lo que había soñado tal o tal noche. Otro, picado de anticuario, se mataba por averiguar qué especies de ratoneras habían usado los antiguos. Otro, que sólo era apasionado por la historia moderna, me ponía en tortura para que le dijese cómo se llamaba la mujer del Mogol, cuántas y de qué naciones eran las mujeres que el Persa tenía en su serrallo. Digo, porque vuestra señoría no torne esto tan al pie de la letra, que, o éstas u otras preguntas tan impertinentes y ridículas como éstas, venían a proponerme algunos. Si cuando no había dado a luz más que dos libros padecía esta molestia, ¿qué sería ahora, cuando los libros se han multiplicado, siendo natural que por la mayor variedad de materias que en ellos toco, me atribuyan mayor extensión de ciencia para resolver todas sus dudas, por extravagantes que sean y esto sería vivir?»

     Algo descubre también de su propio carácter, lo que dice de sí mismo en su carta Política en la senectud: «Lo que con muchos acredita mi aparente robustez, y a algunos de éstos lo oiría el padre N., es que nunca me ven consultar al médico ni usar cosa de botica, como hacen los que son algo enfermizos. Pero esto consiste en que yo sé, y otros ignoran, lo poco o nada que para lo que padezco puedo esperar de los médicos.

     »Es cierto que no soy de genio tétrico, arisco, áspero, descontentadizo, regañón; enfermedades del alma comunísimas en la vejez, cuya carencia debo, en parte al temperamento, en parte a la reflexión. Tengo siempre presente que cuando era mozo notaba estos vicios en los viejos.

     »Sobre todo, huyo de aquella cantinela, frecuentísima en los viejos, de censurar todo lo presente y alabar todo lo pasado.

***

     »Yo he vivido muchos años, y en la distancia de los de mi juventud a los de mi vejez, no sólo no observé esta decantada corrupción moral, antes, combinado todo, me parece que algo menos malo está hoy el mundo que estaba cincuenta o sesenta años ha.

     »Otra cosa en que pongo algún cuidado, por no hacerme tedioso a las gentes, cuya conversación frecuento, es no quejarme importunamente de los males o incomodidades corporales de que adolezco. Hágome la cuenta de que Dios me impuso esta pensión para que padezca yo, y no para que la padezcan otros... Y ve usted aquí otra circunstancia, no expresada arriba, que ocasiona en muchos el errado concepto de que soy más fuerte y sano de lo que realmente experimento. Yo no me quejo ni publico mis dolores sino cuando son bastante vivos, sirvíendome entonces la queja de algún alivio o desahogo. Esto sucede pocas veces porque son poco frecuentes en mí los dolores agudos...

     »Finalmente, observo no ingerirme, sino tal vez, que alguna razón política me obliga a ello, en las diversiones, por decentes y racionales que sean, de la gente moza. La razón es, porque en sus concurrencias alegres y festivas, la presencia de un anciano, especialmente si a la reverencia que inspira la edad añado algo su carácter, encadena en cierto modo su libertad, no permitiéndole, ya la verecundia, ya el respeto, aquella honesta soltura y esparcimiento del ánimo, que aun en los religiosos jóvenes no desdice de la modestia propia de su estatuto, en aquellos pocos ratos que la observancia concede algunas treguas para el regocijo...

«Para certificarse el padre N. de lo que añadió a vuestra paternidad de que soy bastante jovial en la conversación, era menester más experiencia que la que tuvo en el limitadísimo espacio de dos días, pues podría sucederme lo que a otros, que algunos pocos días del año gozan una accidental alegría, y en todo el resto están dominados de la tristeza. Mas la verdad, sino me engaño, es, que mi conversación sigue por lo común la mediocridad entre jocosa y seria; lo que proviene también, en parte del temperamento, y en parte de la reflexión. La aversión a todo género de chanza es un extremo vicioso, que Aristóteles llama rusticidad.»

     Después de estos pequeños rasgos bastan para completar el retrato las siguientes líneas de otros de sus biógrafos, el señor D. José María Anchoriz: «Su inclusión dominante, dice, fue el estudio; su primera virtud la caridad. Recibidos sus escritos con entusiasmo indecible, circularon por todos los puntos de la Península y por muchos del extranjero, produciendo su venta cuantiosas sumas. Con ellos se cree fue edificada una casa en esta capital,(2) y como, según las Constituciones de su orden, no podían los monjes poseer ninguna clase de bienes, fue autorizado por ella para disponer de los productos de sus obras, y aun impetró, y obtuvo, de su Santidad la dispensación conveniente. Jamás la pidieron limosna que no diese; y solía decir, llorando, que un virtuoso, a quien socorría diariamente de su propia mesa, le había de llevar al cielo de la mano. Si en algo su conducta contrarió a sus palabras, fue en esto, pues escribió sobre la discreción en el ejercicio de la limosna, al paso que a nadie la negaba. En los años de 1741 y 42, en que las cosechas fueron muy escasas en toda Asturias, invirtió en granos considerables cantidades, con que, socorrió a los pobres en su miseria, y a los colonos para la siembra, distribuyéndolas unas por su mano y otras por medio de comisionados que tenía en las aldeas. Los mendigos acudían en tropel a la portería del colegio a demandar una limosna, y cuando se hallaba cerrada, les arrojaba monedas desde la ventana de su cuarto. Tenía en su conversación igual gracia y amabilidad que en sus escritos, la misma agudeza y solidez en los discursos, igual profundidad en las sentencias. Después de su muerte, el monasterio de Samos, al que, por ser el primitivo de Feijoo, volvieron todos sus bienes, percibió los productos de la venta de sus obras, y es fama que con ellos costeó el magnífico templo, no inferior a algunas catedrales.

     »Así vivió hasta la edad de ochenta y siete años, demostrando con su ejemplo, como lo sostuvo con su doctrina, que las tareas literarias pueden conciliarse con la longevidad.»

     No hicieron realmente con su cadáver lo que él manifestó alguna vez, mostrando a qué punto llegaba su desenfrenado amor a la ciencia, y era: llevar sus despojos a un hospital para el estudio de la anatomía. A un fraile y por aquellos tiempos no se le puede pedir más.

***

     El citado Sr. La Fuente, en el juicio crítico que, en parte hemos copiado, dice del P. Feijoo que fue el tipo del periodista en el siglo pasado. En nuestro concepto esta es la calificación que más le cuadra, el toque más certero que caracteriza el retrato. La forma periódica con que publicó el Padre sus obras, la falta de ilación entre ellas, las causas que le movían a escribir, como quien dice, al día, dan a los tratados de Feijoo el carácter de artículos de fondo. Mirados así es mucho más fácil ya excusar muchos de sus defectos, particularmente los literarios, del modo que hoy día se toleran en el estilo de los periodistas corrupciones de forma y cierta jerigonza de moda que pasa con ella y que no se perdonaría en un libro escrito despacio, y corregido con tiempo.

     Dispuestos a resucitar en esta Biblioteca clásica el nombre de Feijoo fue además aquella exactísima apreciación rayo de claridad para elegir con mayor acierto entre los innumerables artículos los que pudieran ser hoy de más sabroso pasatiempo, y más gratos al mayor número de lectores. Una cualidad fue nuestra guía. Puesto que entre ellos había de todo, entresacamos los que más se parecieran por su índole a artículos de costumbres contemporáneas del autor, los más pintorescos y entretenidos, con objeto de ofrecerlos como muestra. Los demás, científicos, históricos, de teología o de política o no tienen ya interés suficiente, o son menos científicos en nuestros días de lo que su autor creyó. Dicho está, sin embargo, que ha sido imposible ajustarnos en la elección a un criterio riguroso. Artículos hay que no contienen exclusivamente observaciones morales, y van cuajados de citas y eruditas anotaciones. Es imposible nunca lograr una clasificación precisa de las obras de un autor, y mucho menos si este autor es, como el P. Feijoo, de los que se valen a un tiempo de todos sus innumerables recursos en un solo tratado. Pero conste al menos que tal ha sido nuestra intención: dar una muestra, la más amena y grata de los escritos del gran benedictino, así como en esta breve noticia, en la cual apenas reconocemos propio si no es la coordinación de materiales, no llevamos otro objeto que llamar la atención de los inteligentes acerca de esta personalidad literaria; que mucho hay qué hacer en España para poner al alcance de todos la historia de nuestra cultura con nutridas e interesantes monografías.

Los editores.





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