Edición conmemorativa del centenario del nacimiento de Pío Baroja: 1973






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II.- Una cachupinada


Antes de Carnaval, Julio Aracil le dijo a Hurtado:

—¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las Minglanillas.

—¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?

—El domingo de Carnaval. El petróleo para la luz y las pastas, el alquiler del piano y el pianista se pagarán entre todos. De manera que si tú quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.

—Bueno. No hay inconveniente.¿Cuánto hay que pagar?

—Ya te lo diré uno de estos días.

—¿Quiénes van a ir?

—Pues irán algunas muchachas de la vecindad con sus novios, Casares, ese periodista amigo mío, un sainetero y otros. Estará bien. Habrá chicas guapas.

El domingo de Carnaval, después de salir de guardia del hospital, fue Hurtado al baile. Eran ya las once de la noche. El sereno le abrió la puerta. La casa de doña Leonarda rebosaba gente; la había hasta en la escalera.

Al entrar Andrés se encontró a Julio en un grupo de jóvenes a quienes no conocía. Julio le presentó a un sainetero, un hombre estúpido y fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar sin duda su profesión, dijo unos cuantos chistes, a cual más conocidos y vulgares. También le presentó a Antoñito Casares, empleado y periodista, hombre de gran partido entre las mujeres.

Antoñito era un andaluz con una moral de chulo; se figuraba que dejar pasar a una mujer sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo, una contribución, una gabela.

Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: unas las pobres, para divertirse, y otras las ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero, a ser posible.

Antoñito buscaba la mujer rica con una constancia de anglosajón.

Como tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se dirigía le acogían como a un pretendiente aceptable. El audaz trataba de ganar terreno; hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba la calle. A esto llamaba él “trabajar” a una mujer.

La muchacha, mientras consideraba al galanteador como un buen partido, no le rechazaba; pero cuando se enteraba de que era un empleadillo humilde, un periodista desconocido y gorrón, ya no le volvía a mirar a la cara.

Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por Casares, a quien consideraba como un compadre digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente para subir en la vida.

Cuando comenzaron a tocar el piano todos los muchachos se lanzaron en busca de pareja.

—¿Tú sabes bailar? —le preguntó Aracil a Hurtado.

—Yo no.

—Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala con consideración.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque hace un momento —añadió Julio con ironía— doña Leonarda me ha dicho: A mis hijas hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito, como si fueran vírgenes.

Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado y canalla.

Andrés fue abriéndose paso.

Había varios quinqués de petróleo iluminando la sala y el gabinete.

En el comedorcito, la mesa ofrecía a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino blanco. Entre las muchachas que más sensación producían en el baile había una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía su historia. Un señor rico que la rondaba se la llevó a un hotel de la Prosperidad, y días después la rubia se escapó del hotel, huyendo del raptor, que al parecer era un sátiro.

Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad. El padre, un venerable anciano por su aspecto, había tenido un proceso por violar a una niña, y un hermano de la rubia, después de disparar dos tiros a su mujer, intentó suicidarse.

A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas las vecinas con un odio furioso.

Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el balcón, para que rabiaran las muchachas de la vecindad, medias negras caladas, camisas de seda llenas de lacitos y otra porción de prendas interiores lujosas y espléndidas que no podían proceder más que de un comercio poco honorable.

Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran con aquella muchacha; según decía, ella no podía sancionar amistades de cierto género.

La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece años, era muy bonita, muy descocada, y seguía, sin duda, las huellas de la mayor.

—¡Esta “peque” de la vecindad es más sinvergüenza! —dijo una vieja detrás de Andrés, señalando a la Elvira.

La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al moverse, sus caderas y su pecho abultado se destacaban de una manera un poco insultante.

Casares, al verla pasar, la decía:

—¡Vaya usted con Dios, guerrera! Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.

—Muy tarde ha venido usted —le dijo ella.

—Sí, he estado de media guardia en el hospital.

—¿Qué, no va usted a bailar?

—Yo no sé.

—¿No? —No. ¿Y usted?

—Yo no tengo ganas. Me mareo.

Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.

—Oiga usted, negra —la dijo.

—¿Qué quiere usted, blanco? —le preguntó ella con descaro.

—¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?

—No, señor.

—¿Y por qué?

—Porque no me sale... de adentro —contestó ella de una manera achulada.

—Tiene usted mala sangre, negra —le dijo Casares.

—Sí, que usted la debe tener buena, blanco —replicó ella.

—¿Por qué no ha querido usted bailar con él? —le preguntó Andrés.

—Porque es un boceras; un tío antipático, que cree que todas las mujeres están enamoradas de él.

¡Que se vaya a paseo! Siguió el baile con animación creciente y Andrés permaneció sin hablar al lado de Lulú.

—Me hace usted mucha gracia —dijo ella de pronto, riéndose, con una risa que le daba la expresión de una alimaña.

—¿Por qué? —preguntó Andrés, enrojeciendo súbitamente.

—¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? ¿Sí, verdad?

—No, no me ha dicho nada.

—Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es demasiado delicado para confesarlo. A él le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre, una señorita cursi como nosotras para entretenerse, y después se busca una mujer que tenga algún dinero para casarse.

—No creo que ésa sea su intención.

—¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní? En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y total, ¿para qué?

—No sé lo que hará Julio..., yo sé que no lo haría.

—Usted no, porque usted es de otra manera... Además, en usted no hay caso, porque no se va a enamorar usted de mí ni aun para divertirse.

—¿Por qué no?

—Porque no.

Ella comprendía que no gustara a los hombres. A ella misma le gustaban más las chicas, y no es que tuviera instintos viciosos; pero la verdad era que no le hacían impresión los hombres.

Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos los motivos de la vida sexual, se había desgarrado demasiado pronto para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una época en que su instinto nada le decía, y esto le había producido una mezcla de indiferencia y de repulsión por todas las cosas del amor.

Andrés pensó que esta repulsión provenía más que nada de la miseria orgánica, de la falta de alimentación y de aire.

Lulú le confesó que estaba deseando morirse, de verdad, sin romanticismo alguno; creía que nunca llegaría a vivir bien.

La conversación les hizo muy amigos a Andrés y a Lulú.

A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condición indispensable, fijada por doña Leonarda; las muchachas tenían que trabajar al día siguiente, y por más que todo el mundo pidió que se continuara, doña Leonarda fue inflexible y para la una estaba ya despejada la casa.
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