Ensayos Sri Aurobindo y el Génesis de la Nueva Conscien­cia






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LÍMITES
Artículos, Ensayos y Traducciones

De Doctrina Aurobindiana

(Bel Atreides: 1990 1993)
ÍNDICE

SECCIÓN I: Ensayos
Sri Aurobindo y el Génesis de la Nueva Conscien­cia
Sri Aurobindo y la Nueva Consciencia
El Yoga Integral de La Labor de un Dios
Inicios en el Yoga Integral
Auroville, Experiencia Colectiva en Busca de una Nueva Humanidad
Auroville y la Etapa Actual de la Sadhana Política de la Humanidad
Auroville and the New Creation
Entrevista a Sri Amal Kiran
Community and Collective Consciousness
Aurobindonian Inspiration and Scolasticism
Diccionario de Sueños, Visiones, Símbolos, Luces y Colores según la Interpretación de Sri Aurobindo y Mirra Alfassa

SECCIÓN II: Traducciones
Saddhana Yóguica (Sri Aurobindo)
Aforismos del Yoga y de la Vida (Sri Aurobindo)
El Enigma de este Mundo (Sri Aurobindo)
La Madre (Sri Aurobindo)
El Ideal de la Unidad Humana (Sri Aurobindo)
Antología de Textos Críticos (Sri Aurobindo)
Plegarias y Meditaciones (Mirra Alfassa)
Conversaciones 1929 (Mirra Alfassa)


SRI AUROBINDO

Y

EL GÉNESIS DE LA NUEVA CONSCIEN­CIA

I
Vieja y Nueva Consciencia
La Consciencia es Una. No puede ser ni mayor ni menor, ni más amplia ni más estrecha, ni nueva ni vieja. Según el saber antiguo y arcano de los místicos, la Consciencia es Una, eterna, increada, trinitaria: Ser absolu­to, Energía absoluta, Deleite infinito. Para aque­llos a los que la vieja hipocresía religiosa ha hecho aborrecer los tér­minos Dios, Señor, Divinidad, etc., pero no ha conseguido extirpar la sensación o el presentimiento de que más allá de este mundo de fenómenos fugaces hay algo real, algo que se posee a sí mismo, Cons­ciencia es, acaso, el concepto y la realidad llamada a substi­tuir las palabras gastadas y vacías. La Consciencia es Una, el Tiempo es su dimensión subjetiva, el Espacio es su dimensión objetiva; el Universo es una realidad Espacio Temporal Consciente, el Universo es una realidad luminosa. La Consciencia es Luz.
Una. Y, sin embargo, nos sentimos justificados a utilizar este concep­to: la Nueva Consciencia. Incluso más que justificados: obliga­dos, empu­jados. ­Es imprescindible empezar a distinguir ya lo que hemos sido de lo que queremos ser y esa distinción requiere una nueva terminología. También el místico cambia de nombre con la iniciación a la vida espiritual: ese nuevo nombre no es una rareza ni un adorno superficial, es la señal de una nueva identificación, de una nueva dirección y horizonte, de un nuevo modo de concebir, enfrentar y responder al mundo. Eso es también la Nueva Consciencia.
Pero ¿qué es la Nueva Consciencia?, ¿qué la caracteriza, qué la define, qué la manifiesta, qué la distingue de la vieja consciencia? El hombre común del siglo XX no se distingue del hombre común de los siglos anteriores a Cristo más que por dos características: el mayor refinamiento de su igno­rancia y la ingente acumulación en sus neuro­nas de información inútil. Por lo demás, sigue siendo una consciencia centrada al nivel de sus deseos y sentimientos subjetivos con una mente mercenaria dedicada a verbalizar­los, justificarlos y satisfacer­los; su conocimiento es el de “cómo lograr lo que deseo”; el hombre sigue siendo el hombre vital, el hombre animal que quiere pero no puede disimular su parentesco con el simio. Entonces, eso que llama­mos evolución ¿es una mentira piadosa que el hombre se cuenta a sí mismo?, ¿no se ha producido ni un solo cambio de conscien­cia substantivo desde el día en que dejamos los bosques y empezamos a contemplar el mundo erguidos? Los sabios de la antigüedad abrieron las puertas de los mundos interiores y con la verdad hallada empuja­ron a la humanidad a una cons­ciencia ética, a una consciencia centra­da en un bienestar más amplio que el exclusivo del individuo y a una conducta más compleja que la inspirada por el mero interés egoísta. Krishna vino y despejó el camino hacia la realiza­ción de la Consciencia Cósmica, desde la que se percibe la unidad viviente de todo lo creado. Buddha vino y mostró la senda del Nirvana, ­desde el que se percibe la irrealidad esencial de todo lo creado. Cristo vino a vencer a la muerte y trazó la ruta hacia un Reino que no es de este mundo donde gozar la inmortalidad conquistada. Ciertamente, ha habido evolución, la de unos pocos, la del Hombre, que sigue siendo una lejana posibili­dad para el hombre en lugar de una actualidad. Hemos crecido hacia los cielos, pero continuamos caminando con pies de barro: paralelo a estos movimientos evolutivos, a este ensancharse progresivo de la conscien­cia del Hombre, el declive de la consciencia de los hombres. Tras el ocaso de los dioses, el crepúsculo de los hombres. El progreso material, la cultura de la pastilla y el botón han devuelto a los hom­bres a sus junglas y a sus deseos primarios y a sus sueños salvajes. Las de antaño eran verdes y soleadas e ingenuas. Las de ahora son de cemento, contaminadas y perversas.
¿Y ahora...?

II
La Nueva Dirección
O la extinción, el fracaso como especie, o un nuevo paso, un paso verdadero, un paso hacia la Verdad, hacia lo que verdaderamente somos. O la extinción o una Nueva Consciencia que haga al Hombre actual para el hombre y del Superhombre la desembocadura natural del Hombre. Pero ¿qué dirección seguir? La Consciencia Cósmica, el Nirvana y los Reinos que no son de este mundo pertenecen a los territorios que lograron nuestras viejas conquistas y son inútiles a la hora de operar transformaciones reales y permanentes en este plano de la experiencia o en el hombre exterior, en el hombre que sufre la luz de este sol violento. ¿Entonces?
“En primer lugar, recordad que lo que constituye los objetivos de los otros yogas no es para nosotros sino las primeras etapas, las primeras condiciones. En las vías anteriores del yoga, los hombres quedaban satisfe­chos si podían percibir la Consciencia Brahmica o la Consciencia Cósmica o algún descenso de Luz y Poder, cierta indica­ción del Infinito. Se consideraba suficiente el que la mente alcanzase ciertas experiencias espirituales y experimentase una transformación parcial y el vital estuviese en contacto con ésta. Buscaban alcanzar la condición estática y consideraban la libera­ción la meta final, el objetivo último1“.
Sí, ¿y entonces?
“Es sólo la Consciencia Verdad Supramental la que puede aportarnos el verdadero y completo Conocimiento de Sí y Conocimiento del mundo; sólo por medio de ella podemos alcanzar nuestro ser verdadero y lograr la culminación de nuestra evolución espiritual2“.
Pero ¿qué es la consciencia Supramental?
“En el Supramental, la Ignorancia que lleva a oponer la Mate­ria al Espíritu, la vida material a la espiritual, desaparece. En él, el mundo deja de aparecer como una ilusión y es el Juego eterno de Dios, la manifes­ta­ción eterna del Ser Esencial. Así, se torna posible conocer a Dios, poseerLo enteramente, lograr lo que dice el Gita: ‘ConocerMe integralmente, íntimamente’3“.
Una Consciencia Verdad, una consciencia que arranque defini­tiva­mente de nuestro rostro el velo que nos impide contemplar lo que SOMOS, lo que ES el mundo, lo que ES la Manifestación. Una cons­ciencia que no sea ignorancia a la caza de pálidos destellos de conoci­miento parcial sino Conocimiento de la Verdad que se autoposee, que se autoexpresa, que es, al mismo tiempo, poder de autorrealización. Una Consciencia Divina. ¿Es ésta la dirección ideal o un sueño imposi­ble?

III
El Arquitecto de la Nueva Consciencia
Para el náufrago arrojado a una isla desierta y lejana por el océano furioso, para el náufrago sin útiles, sin compañía, sin fuerzas, el retorno a la propia tierra se muestra como un sueño imposible. Una esperanza es un sueño imposible cuando no somos capaces de descu­brir el modo de tender el puente entre esa realidad deseada y nuestra desesperanzada realidad actual. Pero entre lo que hoy somos y esa Consciencia Verdad Supra­mental existe un puente, sólo hay que atravesarlo. Fue Sri Aurobindo el que descu­brió ese territorio, trazó los mapas, sondeó las aguas, puso los cimientos, ase­n­tó la estructura y cruzó al otro lado. Luego, descri­bió el paisaje, señaló las rutas, preparó el vehículo para que otros siguieran. La Consciencia Supra­mental no es un sueño imposible; es, acaso, la dirección inevitable.
Sri Aurobindo es, con seguridad, la personalidad más vasta y más compleja que la humanidad ha producido desde el gran Leonar­do. Y más enigmática. Aunque creamos saberlo todo de él  y existe al menos una docena de biografías suyas en diversas lenguas de Oriente y Occidente  lo que Sri Aurobindo ES escapa por comple­to a la comprensión de la mente ordina­ria. Se acostumbra a presentar­lo como Poeta, Dramaturgo, Filósofo, Pensador político y Yogui; pero, quizás, el mejor modo de definirlo sea el que emplea Satprem, uno de los primeros pioneros de la Nueva Conscien­cia, en su último libro: Revolu­cionario.
Revolucionario. Sri Aurobindo se iría de este mundo después de encender el fuego de cuatro revoluciones: la revolución social, la revolución artística, la revolución intelectual, la revolución espiritual. Cuando llegó a Pondicherry en 1910, era sobre todo un revolucionario perseguido por la amenaza de la cárcel, la horca o el exilio. Para entonces, la justicia británica lo había procesado tres veces y, aunque en la segunda ocasión lo había retenido en la prisión de Alipore duran­te un año, no había logrado demostrar su implicación en los atenta­dos de los radicales independentistas que habían costado la vida a civiles y militares ingleses. En 1910, la administra­ción británica se prepara­ba para extirpar de raíz el movimiento nacio­nalista; pron­to sus líderes serían detenidos, exiliados o ejecutados. Sri Aurobindo, que dirigía por aquel entonces dos semanarios en Calcuta  el Karmayo­gin, en lengua inglesa, y Dharma, en bengalí , era sin duda la voz más inspirada y la cabeza más iluminada del nacionalis­mo. Esta vez, acaso la justicia no necesitase pruebas demasiado precisas. Una noche de mediados de Febrero de aquel año, el revolu­cionario y yogui Auro­bindo Ghose, poco antes de cerrar la redacción, recibió un Adesh, una orden inapelable de la Voz Inte­rior: ‘Ve a Pondi­cherry’. Esa misma noche, abandonándolo todo, cruza a Chander­nagore, India francesa, y un mes y medio más tarde llega a Pondi­cherry, una pequeña ciudad costera al sur de Madrás que miles de años antes había sido un importante centro de estudio védico. Sri Aurobindo no volvería a pisar la India británica. Sri Aurobindo no abandonaría ya su retiro de Pondicherry.
Revolucionario y yogui, una mixtura difícil de digerir para aquellos que contemplan el yoga desde el prisma budista, ilusionista o gandhiano. Es cierto que Sri Aurobindo siempre negó su vinculación con los actos terroris­tas de los que se le acusaba, pero no es menos cierto que siempre consideró el alzamiento armado del pueblo indio como una de las vías posibles  la última acaso, pero vía al fin y al cabo  para la conquista de la libertad. Shiva, Rudra, Kali, los aspectos terribles y destructivos de la Divinidad, deben perdurar mientras existan obstáculos y enem­igos en la senda del progreso de los hombres y de las naciones. Auro­bindo Ghose empezó su yoga en 1904 con un objetivo tan de tierra como éste: lograr poder para su lucha política. Sri Aurobindo acabó su yoga en la tierra en 1950 con un propósito aun más terreno: la iluminación espiritual de la Materia. Durante cuarenta y seis años había sido constante a su ideal y a la dirección de su ideal, sólo se habían ensanchado sus horizontes: en su conscien­cia, la revolución nacionalista india había crecido hasta convertirse en la revolu­ción integral de toda la Tierra.
Los años de 1908 a 1910 constituyen, en cierto modo, el ecua­dor de la vida de Sri Aurobindo. ¿Antes? Su vida es la de un hombre corriente salpicada de esos acontecimientos, características personales y aspiraciones en las que los biógrafos creen descubrir los indicios del genio que un día se revelará y alcanzará plena manifestación; pero los biógrafos juegan con ventaja porque conocen el fin de la historia. “¿Sabes  escribía en 1905 Aurobindo Ghose a su mujer Mrinilani, con la que se había casado cuatro años antes  cómo llaman habitualmente las gentes a las ideas, tentativas o aspiraciones que se salen de lo común? Las llaman locu­ras. No obstante, si el susodicho loco logra el éxito en aquello que había emprendido, ya no se le trata más como a un loco; se ve en él un gran hombre o un hombre de genio. Pero ¿cuántos ven sus esfuer­zos coronados por el éxito? Entre los diez mil que se salen de lo ordi­nario sólo uno alcanza su objetivo. Para mí el éxito está todavía lejos, ni siquiera he penetrado aún en el corazón de la acción; por consi­guiente, puede considerárseme todavía un loco. Cierto, es una gran desgracia para una mujer caer en las manos de un loco...”4. Este loco tenía treinta y dos años cuando escribió una de las más tiernas cartas de su vida. Este loco había nacido en Calcu­ta, capital de Bengala, donde se habla una de las lenguas más dulces y musicales de la tierra, la lengua que Tagore elevaría a categoría universal y que Sri Aurobin­do no aprendería hasta su retorno de Inglaterra en 1893. Este loco era hijo de un admirador de la cultura occidental y se educaría en colegios ingleses y en el seno de una familia británica, que se haría cargo de él desde sus siete años. Cuan­do volvió a su patria con vein­tiuno, este loco dominaba siete lenguas de occidente, pero no conocía aún ninguna de las seis lenguas indias que aprendería más tarde. En ese 1905, este loco había alcanzado ya la madurez poética con algunas de las obras románticas más bellas que ha dado la lengua inglesa. Pero ¿cuáles eran, en aquel entonces, las locuras de este loco? “Tengo tres locuras. La primera es esta: creo firmemente que las cualidades, los talentos, la cultura, los conocimien­tos y las riquezas que Dios me ha dado, Le pertenecen enteramente... La segunda locura que ha tomado posesión de mí es la siguiente: a todo precio, quiero ver a Dios cara a cara. La religión de nuestros días consiste simple­mente en pronunciar el nombre de Dios en toda oca­sión, recitar plega­rias en público y hacer muestra de la propia virtud. Esta religión no me interesa lo más mínimo. Si Dios existe, tiene que haber un medio de sentir Su presencia y de verLo cara a cara... Mi tercera locura es esta: mientras las gentes consideran su país como algo puramente material, campos y planicies, bosques, montañas y ríos, para mí mi país es la Madre que yo adoro y venero. ¿Qué haría un hijo si viese a un demonio estrangular a su madre y disponerse a beber su sangre?­“5 Hemos dicho que el periodo que transcurre entre 1908 y 1910 es el ecuador de la vida de Sri Aurobindo. Es también la matriz en el Tiempo que dará forma al cuerpo de sus ideales, el yunque donde sus locuras serán templadas y convertidas en metas inexcusables.
1908 es el año de su detención. El “demonio” iba a someterlo a una de las pruebas más duras: la tórrida cárcel de Alipore. La tórrida cárcel de Alipore, cuyas celdas eran visitadas e invadidas por vientos ardientes, por las lluvias de los monzones, por poco amistosas hormigas rojas. Otro hombre con la misma sensibilidad, educación y cultura que Aurobindo Ghose se hubiera quebrado, pero él transfor­mará su infierno en una ocasión para buscar a Dios con intensidad concentrada: “Cuando dormía en la Ignoran­cia, llegué a un lugar de meditación repleto de hombres santos y hallé insopor­table su compa­ñía y el lugar una prisión; cuando desperté, Dios me condujo a la prisión e hizo de ella un lugar de meditación y el espacio de nuestra cita”6. Un año de prisión le serviría sobre todo para crecer interior­mente, para progresar en su sadhana, para vencerse. Cuando descri­biese su experiencia carcelaria en los artículos que hoy consti­tuyen el libro Días de Prisión, lo haría sin el menor asomo de rencor hacia sus jueces o sus guardianes, sin la menor pizca de dramatismo y con un humor propio de sus mejores momentos. “Sri Aurobindo decía  le gusta recordar a Nirodbarán, uno de sus más próximos discípulos  que Dios es humor”. Cuando recupere la libertad en Mayo de 1909 y retorne a su activi­dad intelectual y política, no podrá seguir enfren­tando su lucha como lo había hecho hasta ahora. Su tercera locura estaba definitiva e íntimamen­te incor­porada a la urdimbre tejida por las dos primeras. La lucha exterior o era la proyección, la prolongación de la lucha interior o no era nada. Esto no todos sus antiguos compa­ñeros de armas llegarían a compren­derlo.
Cruza el ecuador de su vida. ¿Y después?

IV
La Madre de la Nueva Consciencia
Es imposible hablar de ese Después sin abrir la puerta de nuestra historia a otro personaje definitivo: Mirra Alfassa, que sería llamada La Madre, que gestaría en su propio cuerpo la Nueva Cons­ciencia.
Poco después de su llegada a Pondicherry, Sri Aurobindo fue visitado por un francés, Paul Richard, que había llegado a la colonia para apoyar la campaña política del gobernador. Entre otras, Richard tenía esta locura: ha­llar a los sabios de la tierra. Profunda debió de ser la impresión que el revolucionario y yogui le causara, pues unos días más tarde, en una conferencia ante una audiencia japonesa, hizo la siguiente declaración: “Está llegando la hora de grandes realizacio­nes, de grandes eventos y también de grandes hombres, los hombres divinos de Asia. Toda mi vida los he busca­do a través del mundo, pues toda mi vida he sentido que debían existir en algún lugar de la tierra, que este mundo moriría si ellos no viviesen. Porque ellos son su luz, su calor, su vida. Es en Asia donde he hallado al más grande entre todos ellos  el líder, el héroe del mañana. Es un Hindú. Su nombre es Aurobindo Ghose”7. Richard volvería a Pondicherry en 1914 y esta vez lo haría con su mujer, Mirra.
Mirra era seis años más joven que Sri Aurobindo. Había nacido el veintiuno de Febrero de 1878 en París, de madre egipcia y padre turco. Desde muy pequeña empezó a tener ese tipo de expe­riencias que la mente positiva es tan reacia a aceptar, pero que se producen a pesar de ella, son reales a pesar de ella y constituyen la señal de una peculiar amplitud de consciencia y la puerta para alcan­zar una amplitud mayor. Peculiar era su modo de contemplar el mundo a los cinco años, peculiar su relación con los objetos, la natura­leza, las personas, peculiares sus experiencias en ese mundo que el hombre corriente llama de los sueños y que el hombre que quiere salir de lo corriente empieza a percibir como algo más vasto, más real. Peculiar y profunda es su mirada en las fotografías que reproducen su imagen cuando apenas había cumplido los diez años. Con una enorme avidez intelectual, Mirra estudió arte, música, mate­máticas, filosofía, pero sobre todo se estudió interiormente. Participó de ese París artístico y ocultis­ta de principios de siglo y en 1906, después de una estancia de algo más de un año en Argelia con Max Théon y su esposa, dos personalidades con un profundo saber oculto de los que aprendió todo lo que se podía aprender, fundó en París su primer grupo de trabajo interior. Lo llamo Idea. Fue en 1910 cuando se casó con Richard después de un matrimonio con Henri Morisset que había durado cerca de once años y del que había nacido su hijo André.
Cuando Mirra se encontró en 1914 con Sri Aurobindo, éste llevaba cuatro años de intensa práctica yóguica en Pondicherry, de intensa concen­tra­ción y consagración a su proceso interior de cuya trascendencia algo puede captarse en su Diario del Yoga, un texto tan increíble como fascinante. Era un 29 de Marzo. Mirra no dijo nada, sólo se sentó a sus pies y dejó que Sri Aurobindo y Richard elevasen su conversación hacia las cimas filosóficas acostumbradas. Al poco rato, sintió que se había hecho el silencio y la paz en su mente. Ya no le abandonarían. Al día siguiente, Mirra escribiría en su diario: “Poco importa que miles de seres se hallen sumergidos en la ignorancia, Ese que hemos visto está en la tierra; su presencia es suficien­te para probar que llegará el día en que la sombra será trans­formada en luz y en el que, efectivamente, Tu reino será instaurado en la tierra”8. Mirra había reconocido en aquel rostro indio al ser que desde hacía mucho tiempo la instruía en sueños y al que llamaba por el nombre de una divinidad hindú: Krishna.
Richard propuso a Sri Aurobindo la publicación de una revista que fuese una síntesis del conocimiento filosófico y espiritual. Sri Aurobindo, que jamás había escrito filosofía ni se había interesado por ella pero que pensaba que un yogui debía poder hacerlo todo, aceptó. El 15 de Agosto de aquel año, fecha en que Sri Aurobindo cumplía cuarenta y dos años, salió el primer número de la revista Arya. Poco después, la primera guerra mundial obligaba a los Richard a volver a Francia y Sri Aurobindo se queda­ba con sesenta y cuatro páginas mensuales que satisfacer. Arya existiría siete años y durante esos siete años sería puntual. En Arya aparecerían las series de artículos que hoy constituyen las obras más importantes de Sri Auro­bindo:
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