Krishnamurti tal como le conocí






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visitan esos lugares de Sri Lanka donde se cree que pasó Buda. Estén o no equivocados, los budistas de Sri Landa se sienten los guardianes de las doctrinas de Buda. Cuando el budismo prácticamente murió en su tierra de origen por obra de la ortodoxia hindú, estas enseñanzas fueron protegidas en Sri Lanka. A lo largo de los siglos varios reyes cingaleses tornaron medidas para asegurar la supervivencia del budismo. Es por eso que los cingaleses tienen el orgullo de considerarse sus defensores.

K; ¡De modo que la gente de este país se ha autoproclama­do guardiana del budismo! ¿No se da cuenca de lo absur­do de su aseveración?

SW: Yo personalmente no creo en la teoría de que los cingaleses estén destinados a ser los protectores del budismo. Me limito a comen­tarle que existe esta creencia.

K: Si lo que Buda predicaba era la verdad, entonces esa ver­dad se cuidará sola. Esa verdad no pertenece a persona o nación alguna. Esa verdad no es ni suya ni mía. La verdad está siempre ahí, independientemente de si aparece Buda para expresarla. Esa verdad que no tiene edad y es indestructible, no puede ser robada ni destruida.

SW: ¡Cuánta razón tiene! Le he comentado todo esto porque es preci­so entender los mitos que sostienen el nacionalismo cingalés.

K: Pero el pueblo cingalés no es el único que dispone de diver­sas creencias que fortalecen su idoneidad.

SW: Los judíos, por ejemplo, están atados a la idea de que son el pueblo elegido. Y la Biblia sostiene su racismo.

K: Se puede citar la Biblia para probar todo tipo de creen­cias e ideas contradictorias. Por eso es mejor que dejemos tranquila a la Biblia y al resto de la literatura sagrada. Cuando se tiene el espíritu claro, no hace falta echar mano de ningún texto sagrado.

SW: Afortunadamente, todas las enseñanzas atribuidas a Buda han quedado registradas en beneficio de la posteridad. Sus discur­sos fueron escritos en pali, sánscrito y otras lenguas.

K: Ninguna lengua, por antigua o noble que sea, puede registrar la verdad. La verdad, que es algo vivo y avanza minuto a minuto, no puede ponerse por escrito. A mi amigo Aldous Huxley le gustaba repetir una cita que decía que Buda nunca predicó la verdad, porque Buda era perfec­tamente consciente del hecho de que es inefable. La ver­dad es algo que debe experimentarse personalmente momento a momento. Es un movimiento dinámico, ¿me comprende? Sólo algo que esté muerto puede registrarse en un libro.

SW: Para usted estará bien criticar a los libros, pero sin ellos, ¿habría podido yo acaso conocer la vida de Buda y sus elevadas ideas?

K: Buda nunca enseñó ninguna idea. A los seres iluminados no les preocupan las ideas. Las ideas son los juguetes de los intelectuales y los sacerdotes. Las ideas condicionan la mente. La persona realmente seria las consideré inútiles. Una mente en la que bullen las ideas no tiene espacio en su interior, por lo saneo, es incapaz de alcanzar la clari­dad, la inteligencia, la luz.

SW: Perdóneme por haber utilizado una frase equivocada. Debería haber dicho «percepciones elevadas» de Buda en lugar de «ideas elevadas».

K: ¿Cree usted que las percepciones de Buda han hecho que este país fuera distinto de los del resto del mundo? ¿Es el pueblo de Sri Lanka muy inteligente? ¿Ha tomado con­ciencia de la gran belleza de esta tierra? Este país es de una extraordinaria belleza. ¿Observa la gente las maravi­llosas nubes blancas empujadas por el viento, la silueta de las altas palmeras recortadas contra el cielo azul inten­so o los pájaros y flores multicolores? ¿Se ha asomado usted a la ventana para ver ese gigantesco tamarindo?

SW: No creo que el pueblo de Sri Lanka sea fundamentalmente dis­tinto del resto de la humanidad. Le sorprenderá saber que la tasa de delincuencia es muy alta. La gran mayoría de budis­tas comen carne y pescado sin inmutarse.

K: ¡Y se llaman budistas!

SW: Este país tiene también la maldición del conflicto racial entre cingaleses y tamiles. Los tamiles, que constituyen una minoría del dieciocho por ciento de la población, quieren establecer un esta­do independiente porque se quejan de que la mayoría cingalesa los discrimina. En los últimos años, miles de personas han muer­to a causa de la violencia racial.

K: ¿Cuál es la raíz de la violencia?

SW: En lo que se refiere a Sri Lanka, creo que la cansa de la vio­lencia está en el temor mutuo. La minoría tamil teme a la mayo­ría cingalesa y los cingaleses temen a los tamiles porque a lo largo de los siglos Sri Landa fue invadida con frecuencia por principies y ejércitos tamiles. Krishnaji, ¿cuál es la solución a este problema?

K: Los cingaleses y los tamiles han vivido juncos en esta her­mosa isla durante casi doscientos años. ¿Por qué estos dos grupos no lograron mezclarse? Los dos son responsables por no haber sabido formar un todo integrado. Cuando un cingalés se identifica con la raza cingalesa, ¿acaso no se siente diferente de su vecino tamil? ¿Es posible que dejemos de lado las etiquetas de «cingalés» y «tamil»? ¿Por qué nos colocamos estúpidas etiquetas? Son estas eti­quetas las que generan odios. ¿Qué es usted? No es más que un manojo de pensamientos, recuerdos, deseos, mie­dos, dolores y miles de influencias condicionantes. ¿Por qué ponerle etiqueta a este manojo? ¿Por qué darle un nombre? ¿Y ese manojo que lleva en su espíritu difiere en algo del que llevan otros que supuestamente pertene­cen a otra raza? ¿Es usted diferente del resto de la huma­nidad? Cada ser humano se encuentra en una corriente psicológica común. Si lográsemos que la gente se diera cuenta de esta verdad tan obvia, quizás en este país diez­mado por los conflictos reinaría la paz.

SW: ¿No cree usted que la violencia existe también porque en nues­tros corazones falta la compasión?

K: Es cierto, pero la compasión no se puede cultivar. La com­pasión no se puede practicar. La hermandad tampoco. Es por eso que todas las religiones del mundo han fraca­sado en su intento por cambiar la naturaleza del hombre. La calidad de la compasión llega de pronto, inesperada­mente, cuando aclaramos el desorden psicológico que lle­vamos dentro.

SW: La compasión es un aspecto importante de las enseñanzas de Buda.

K: Quizás sea así, pero no limite la compasión al budismo ni a ninguna otra enseñanza. Tal como yo lo veo, señor, un verdadero budista es alguien que siempre es amable, gene­roso, indulgente, amoroso y considerado con todos seres vivos. Un verdadero budista no haría daño a ningu­na criatura viva. Ahora bien, ¿no es posible tener todas estas virtudes sin llamarse budista? Desde el instante en que uno se identifica con cualquier grupo o secta, inevi­tablemente creamos conflicto y división, ¿no?

SW: ¿Por qué querría yo identificarme con otra cosa?

K: Usted no es nada en sí mismo. Si se despoja de todos sus pensamientos, ¿qué le queda? No es usted absolutamen­te nada. Pero como ese vacío resulta aterrador, lo llena­mos identificándonos con un gurú, una religión, una sec­ta, un país o una raza. Desde sus albores, el hombre ha tenido una visión tribal porque quería identificarse con un grupo o una causa. Buscaba fortalecer la inexistencia de su sentido del «yo» mediante un proceso de identifi­cación.
SÓLO LA PAZ INTERIOR ASEGURARÁ LA PAZ EXTERIOR
SW: Hace años usted dijo: «El problema del mundo es el problema individual y el problema individual es el problema del mundo». Hoy en día una de sus sentencias preferidas es: «Vosotros sois el mundo y el mundo es vosotros». Entre estas dos sentencias no exis­te una diferencia fundamental. ¿Sigue sosteniendo que el tra­bajo por el bienestar social no hará de ésta una sociedad mejor?

K: No me opongo a que mejore el nivel de vida de los pue­blos. Es evidente que necesitamos mejores casas, una mayor higiene, un ambiente más limpio y una nutrición correcta. Cualquier gobierno decente debe proporcionar estas cosas esenciales.

SW: Entonces supongo que no se opone al progreso material.

K: ¿Por qué debería oponerme al progreso tecnológico? Estamos en la era de los aviones a chorro, ¿quién quiere volver a la época de los carros tirados por bueyes?

SW: Nuestro progreso material mejora tan deprisa que dentro de no mucho es posible que la pobreza desaparezca por completo. Viviremos más tiempo. Al aumentar nuestra prosperidad material, ¿cree usted que el hombre irá desprendiéndose poco a poco de sus rasgos antisociales? Todos tendrán cubiertas sus necesidades básicas, con lo cual es posible que la gente ya no sienta la necesidad de robar a los que tienen más. Los países ricos quizás dejen de pen­sar en conquistar y colonizar a los pobres. Habrá menos guerras.

K: ¡Es usted un soñador!

SW: ¿Acaso no es cierto que lleva usted una vida más cómoda que sus abuelos? Sus antepasados no viajaban por todo el mundo como usted.

K: No es que disfrute viajando en avión. Lo tolero sólo por­que es el medio de transporte más veloz.

SW: ¿Niega usted que hayamos experimentado una notable mejoría?

K: El hombre primitivo atacaba a sus enemigos con piedras. Mil años más carde, el hombre primitivo lucha contra sus enemigos empleando armas y granadas. El hombre pri­mitivo era violento y agresivo; y nosotros también. ¿A eso llama progreso?

SW: Eso de lo que usted se queja es uno de los temas preferidos de los moralistas y teólogos que siguen diciéndonos que nos encontramos en nuestra niñez espiritual.

K: ¡Todavía no hemos llegado a la niñez!

SW: Permítame analizar la sentencia «Vosotros sois el mundo y el mundo es vosotros». ¿Quiere usted decir que yo soy personalmente responsable por las luchas de Oriente Medio entre árabes y judíos? Yo no he hecho nada para causar o agravar el pillaje, las muer­tes y los enfrentamientos que ocurren diariamente en ese lugar del mundo. En ese sentido, no me parece bien decir que «yo soy el mundo y el mundo es yo».

K: ¿Me permite que le haga una pregunta personal?

SW: Sí. Pregúnteme lo que quiera.

K: ¿Ha limpiado su mente y su corazón de violencia?

SW: No me considero una persona violenta. Aunque a veces, en cir­cunstancias extremas, pierdo los estribos.

K: La ira es una forma de violencia. ¿Está usted de acuer­do?

SW: Es una forma leve de violencia.

K: Es leve al principio pero después conduce a actos de vio­lencia.

SW: Quizás sea ligeramente violento.

K: ¡Qué ridiculez! Una de dos, o es usted violento, o su espí­ritu está libre de violencia. La distinción es bien clara. No puede ser violento y estar libre de violencia a la vez. Por favor, escuche bien lo que le voy a decir. O se es honesto o se es deshonesto. ¡No se puede decir «soy ligeramente deshonesto»! Si es usted «ligeramente deshonesto» significa que tiene un espíritu deshonesto. Tome usted el ejemplo del huevo, si es fresco, se podrá comer, pero si está aunque sea ligeramente podrido, hay que tirarlo. Señor, ¿tiene usted la honestidad de reconocer que es una persona violenta?

SW: Si, soy violento. ¿Y qué?

K: ¿Se da cuenca de que cualitativamente su violencia no se diferencia de la violencia que hace estragos en Oriente Medio?

SW: Sí, cualitativamente es la misma violencia, pero no cuantitativamente.

K: El grado no es lo que importa. El alcance de la violencia no modifica el hecho de que usted padece la fiebre de la violencia. Señor, un virus invisible puede causar una gran epidemia que mata millones de personas. Del mismo modo, la violencia que lleva dentro, por pequeña que sea, puede provocar una guerra mundial.

SW: Krishnaji, me hace sentir muy culpable.

K: Debe usted indagar en las profundidades de su espíritu y arrancar toda esta malevolencia. A menos que esté dispuesto a hacerlo, ¿qué derecho tiene usted a hablar de la pacificación en Oriente Medio?

SW: Me esforzaré todo lo posible por deshacerme de la violencia y cambiar.

K: ¡Un momento! ¿Acaso no es una forma de violencia el esfuerzo que se haga por eliminarla? Cuando la violencia intenta subyugar a la violencia se produce más violencia. ¿Se da cuenta de la complejidad del problema?

SW: Lo único que debo hacer es reconocer la existencia de la violencia. Si se reconoce y se ve, entonces el mismo acto de verla producirá su desaparición.

K: Exactamente. El mismo acto de ver es hacer. Cuando se observa la existencia de la violencia, esa misma observación es en sí misma el factor que produce el milagro del cambio.

SW: El número de estados soberanos del mundo aumenta rápidamente.

K: Por lo tanto, hay más ejércitos, más fuerzas de la marina y de la fuerza aérea y más generales. Cualquier presidente o primer ministro que enloquezca puede destruir el mundo.

SW: ¿Qué opina de las campañas para prohibir las armas nucleares?

K: ¿Por qué no hacen campaña para prohibir todo tipo de armas? No basta con preocuparse por los peligros de la radiación. Es preciso eliminar toda forma de violencia.

SW: ¿No es responsabilidad de cada gobierno mantener la paz den­tro de sus fronteras?

K: Habría que destruir el estado. El estado se origina en la violencia y se mantiene recurriendo a la violencia. Todos los estados se fundan en la violencia porque deben contar con un ejército y una policía para asegurarse de que se cumplan las leyes y las decisiones de gobierno. También se espera que los estados se defiendan si son atacados por invasores y agresores. No se debe pasar por alto el hecho de que los estados son un instrumento de la violencia. No se trata de una teoría, sino de un hecho histórico. ¿Por qué esperamos entonces que los estados prohiban la vio­lencia cuando en sí mismos son un instrumento de ella? ¿Comprende usted el problema? ¿Acaso se puede lavar un suelo sucio con agua sucia? No cifre usted sus esperanzas en el estado si de veras desea la paz porque, como le he explicado, el estado es enemigo de la paz puesto que apo­ya económicamente la institución de la guerra.

SW: Al parecer volvemos a su tesis principal de que no habrá paz en el mundo a menos que el hombre sea pacífico y a menos que se pro­duzca una profunda transformación espiritual. Esta visión impli­ca necesariamente que es una tontería depender de los gobiernos o de las Naciones Unidas para conseguir la paz.

K: Usted es como su gobierno. Los gobiernos no hacen más que reflejar lo que es uno.

SW: Por lo tanto, la cuestión más importante es por qué la violencia forma parte de nuestra naturaleza.

K: Mientras el hombre sea esclavo de su yo, de su ego, el sen­tido del «yo» querrá imponerse. Y todas las imposicio­nes del ego son formas de violencia. ¿Ha observado las distintas maneras que tiene el ego de expresarse? Mi país, mi casta, mi familia, mis creencias, mi reputación... aquí tiene usted las distintas maneras de imponerse. Si cierta actividad lo satisface enormemente y lo hace sentir reali­zado, ¿no está usted usando esa actividad para imponer su ego? Y como acabo de decirle, todo aquel que se impo­ne es responsable de la violencia de este mundo. Los bene­factores que intervienen en las distintas actividades bené­ficas, los políticos, los filántropos, todos ellos no hacen más que imponer sus egos de un modo sutil. Al ego no le preocupa el bienestar de la sociedad; lo único que le inte­resa es su propia supervivencia y la sed de poder. Por lo tanto, el ego tiende a la crueldad y a la violencia.

SW: Habrá paz en el mundo sólo si nos tomamos el trabajo de elimi­nar nuestros egos.

K: Nunca se puede eliminar el ego porque, de manera cons­ciente o inconsciente, lucha siempre por imponerse.

SW
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