Krishnamurti tal como le conocí






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el riesgo de interpretar nada mal».

Seguí el consejo de K y tomé medidas para evitar caer en la mala interpretación en estos tres estudios de evaluación de las enseñanzas de K.

Living and dying from moment to moment (Investigación de las en­señanzas de J. Krishnamurti). Bombay: Chetana, 1978, pág. 1:

«Se hace necesario aclarar ciertos aspectos desde el princi­pio. No me erijo en portavoz de Krishnamurti, porque él care­ce de portavoces. Durante más de cincuenta años viajó por todo el mundo y en sus conferencias y debates trató ante los públi­cos más variopintos temas religiosos y filosóficos. Sus exposi­ciones son claras, precisas, simples y carecen de jergas. De ahí que no necesite portavoces, ni intermediarios ni intérpretes. Quien sienta un verdadero interés hará bien en asistir a sus char­las o en leer sus libros, que son muchos. Todo lo que le pido al lector es que comparta conmigo la alegría de investigar sus enseñanzas».

That pathless land (Ensayos sobre la belleza y la singulari­dad de las enseñanzas de J. Krishnamurti). Bombay: Chetana, 1983, pág. 1:

«En ocasiones, Krishnamurti denominó “movimiento” a esa maravillosa y sagrada inmensidad, a esa vastedad que esca­pa a la comprensión del espíritu condicionado. Según él, este movimiento puede describirse con el pensamiento pero no es pensamiento. Debo confesar que jamás lo he experimentado. Entonces, ¿por qué escribo sobre temas que no he entendido? Al menos puedo observar mis actitudes hacia ellos y compro­bar cómo mi espíritu ansía especular y teorizar sobre ellos».

Bliss of reality (Ensayos sobre la profunda visión de la vida de J. Krishnamurti). Bombay: Chetana, 1984, pág. 5:

«Este libro es el resultado de un cuidadoso examen de las enseñanzas: no es una interpretación de las sentencias de Krishnamurti sobre las cuestiones profundas de la vida, sino una mera investigación de las mismas. He analizado las ense­ñanzas a fondo y con espíritu crítico sin interpretarlas en el sen­tido de que no les he introducido ninguna ideología o creen­cia».
SU ÚLTIMA VISITA A SRI LANKA
A continuación se ofrece una versión ligeramente modifi­cada y aumentada de un capítulo de mi libro That pathless land (Bombay: Chetana, 1983).

Si bien K pasó sólo dos semanas en Colombo, para mí su visita siempre será una experiencia inolvidable. Tuve ocasión de estar estrechamente relacionado con él y de volver a sentir que es único entre los hombres. Algo inefable inspiraba su comportamiento y eso lo diferenciaba de los demás seres humanos que he conocido. Cuanto decía y hacía emanaba de una dimen­sión desprovista de centro, algo absolutamente desconocido en las personas corrientes.

K me preguntó si en Australia había quienes se interesa­ban seriamente en las enseñanzas. Le contesté que en Australia, como en cualquier otra parte, esas personas constituían una minoría muy reducida. Más tarde, en nuestra conversación, comentó que ceñía sus actividades a unos pocos lugares del mundo y que no le sería posible visitar Australia.

La quinta y última visita de K a Sri Lanka se produjo en noviembre de 1980 y tiene una importancia histórica. Fue invi­tado por el gobierno y vivió en una mansión estatal llamada Ackland House, en Colombo. Se le concedieron todos los hono­res y privilegios normalmente reservados a los dignatarios extran­jeros como presidentes, reyes, reinas y primeros ministros. Me pregunto si habrá habido algún otro país que lo tratase de ese modo. Lo visitaron los ministros del gobierno. El presidente y el primer ministro se entrevistaron con él. Después de ver a K, el primer ministro R. Premadasa manifestó, «es un alma mara­villosa». El señor Premadasa y miles de personas más asistie­ron a las conferencias. Como no había espacio suficiente en la sala, todos los discursos fueron transmitidos por la cadena nacio­nal de radio, lo que permitió que sus palabras llegaran a millo­nes de personas. Los amigos de la India aprovecharon tam­bién para escuchar esta voz de la cordura en el mundo moderno.

K se dirigió a los estudiantes de la Universidad de Jayawardhanapura y fue entrevistado en televisión por el minis­tro de información de Sri Lanka, el señor Anandatissa de Alwiss.

En la prensa de Sri Lanka se publicaron infinidad de artí­culos en cingalés, tamil e inglés. Cabe destacar algunos de los titulares: «Para que la sociedad cambie, tiene que cambiar el hombre», «El amor, la única revolución», «El nacionalismo y la religión han dividido a los hombres», «Krishnamurti, un agudo filósofo».

Los bhikkus (monjes budistas) que viven en climas cáli­dos tienen la costumbre de llevar abanicos para abanicarse los cuerpos y las caras sudorosas. Existe un cierto tipo de abanico de hojas de palma que se asocia al clero budista. Cuando le ofre­cí a K uno de estos abanicos lo rechazó. Y comentó en tono de broma: «¡No soy un sacerdote budista!»

Los monjes budistas, con su aspecto ascético, sus cabezas afeitadas y sus túnicas color azafrán se entremezclaban con el público para ver a K. En una reunión especial con los monjes budistas que se celebró en su residencia, le preguntaron a K si en realidad pensaba. K contestó que pensaba sólo cuando era necesario.

Tanto en asuntos mundanos como en todo lo que tiene que ver con la tecnología, pensar es obviamente necesario. Pensar es necesario en el proceso de adquirir una habilidad o apren­der un lenguaje. Pero en el mundo de las percepciones, ¿no es el pensamiento un obstáculo y un factor que contribuye a la distorsión? A menos que se despoje constantemente a la mente de sus imágenes, ¿es posible ver con mirada nueva a las dis­tintas personas que conocemos en nuestra vida diaria? Un espí­ritu cargado de imágenes no puede más que experimentar sufrimiento.

Unos monjes budistas conocieron a K. Fueron invitados por éste a sentarse a su lado en el estrado. Cuando se mostraron renuentes a estar cerca de él, K les dijo risueño: «¡No temáis, que no muerdo!»

Uno de los jóvenes monjes budistas declaró que su espíri­tu era tan libre como el de K.

«Si es usted libre» le dijo K con tono dubitativo, «¿por qué no se desprende de su túnica y se viste como un lego?»

El monje le contestó: «Señor Krishnamurti, si de veras es usted libre, ¿qué le impide llevar una túnica amarilla y afeitarse la cabeza?»

K respondió: «Señor, la libertad no consiste en confor­marse. Un hombre libre no se amoldará a ningún maestro, idea o creencia».

Fuera donde fuera, K era recibido con afecto y veneración. Uno sospecha que no pocos veían a K teniendo como fondo la imagen que se habían formado de Buda e interpretaban las ense­ñanzas a la luz de la doctrina budista.

Una de las cosas que descubrí de K era que tenía en alta estima a Buda. En efecto, Buda era el único maestro religioso que respetaba. Cuando le planteé ciertas cuestiones filosóficas, K me hizo esta sorprendente observación: «¿Por qué me hace estas preguntas? ¿Por qué no profundiza usted en su propia lite­ratura budista? Allí encontrará las respuestas».

En una conferencia de prensa le hicieron a K varias pre­guntas capciosas y sus respuestas fueron igualmente capciosas.

P: ¿Cree usted en la reencarnación?

K: ¿Qué es usted? Un nombre condicionado por una cultu­ra y una religión, con ideales y un pasaporte. ¿Es eso lo que renacerá en la próxima vida? Para reencarnarse debe haber en usted algo permanente. Si no es más que una serie de reacciones, ¿qué quedará para reencarnarse?

La tarde del 9 de noviembre de 1980, mientras daba en Colombo una conferencia a la que había asistido un nutrido público, K utilizó una metáfora pintoresca en la que se refería a la observación de uno mismo como a la lectura «de ese libro que es uno». Cada uno de nosotros llevamos dentro la histo­ria de la humanidad, sus amplias experiencias, sus temores más arraigados, sus ansiedades, sus penas, sus placeres y demás. Nosotros somos ese libro. Es todo un arte poder leer esa obra que no ha sido impresa por un editor. Este libro no está en ven­ta, ni se puede adquirir en ninguna librería. Es inútil recurrir a un analista, porque tiene un libro igual al nuestro. El arte de escuchar lo que ese libro nos dice es como observar una nube o las hojas de una palmera meciéndose al viento. No podemos cambiar estas cosas; sólo observarlas. Del mismo modo escu­chamos lo que el libro nos dice sin tratar de interpretarlo en manera alguna. Porque no podemos decirle al libro lo que debe revelarnos. El arte de escuchar también consiste en no escoger nunca lo que se desea observar en función de nuestras simpa­tías o antipatías particulares. Si nos proponemos escuchar, sin la influencia constante del pensamiento, entonces el libro lo revelará todo. No hay que perder de vista el hecho de que el lector del libro no es un ente separado del libro mismo, porque «el libro es uno». Este discurso profundo que trataba de muchos aspectos de las enseñanzas fue posteriormente publicado en for­ma de folleto titulado El libro de la vida. En Calcula se distri­buyeron gratuitamente infinidad de ejemplares con ocasión de la visita de K a esa ciudad en noviembre de 1982.

La importancia de la vigilancia constante o toma de con­ciencia se destacaba siempre en cada conferencia y discurso. Sin la observación de sí mismo, el hombre está condenado a per­manecer para siempre esclavo de su estado condicionado. La urgencia de indagar profundamente en los recovecos de la psi­quis constituía el tema principal de todas sus conferencias; en cierto modo, era el hilo dorado que se entrelazaba en todas sus opiniones sobre diversos temas. Escucha atentamente sus pensamientos. Obsérvate. Trata de verte exactamente como eres sin distorsión alguna.

Era tal la aceptación que tenían en Sri Lanka las enseñan­zas de K que lo invitaron a dar más charlas en noviembre de 1983. Por desgracia, unos meses antes de que K llegara a Colombo, en Sri Lanka estalló la violencia racial. Muchos murie­ron y miles de personas quedaron sin hogar por las actividades de ciertos grupos extremistas. En una larga carta a K fechada el 23 de agosto de 1983, le explicaba la naturaleza de los disturbios. He aquí algunos de sus pasajes:

Apreciado Krishnaji:

Creo que sería muy peligroso que visite Sri Lanka en noviembre. Es posible que otros amigos se lo hayan comen­tado. Le escribo porque me preocupa su seguridad personal en caso de que decida viajar a Colombo a dar esas confe­rencias... Me extiendo tanto para hacerle saber que corre el riesgo de ser víctima de algún atentado si viaja a Colombo. Si bien está usted en contra del racismo y el nacionalismo, estas turbas enloquecidas no lo verán como un apóstol de la paz. Esta gente malvada lo verá como un indio que vie­ne a causar problemas. Si me permite sugerirlo, sería suma­mente peligroso que visitara Sri Lanka en estos momentos. Por lo saneo, le aconsejo que cancele o posponga estas con­ferencias. Espero que goce usted de buena salud.
Afectuosamente,

S. Weeraperuma
K me envió un mensaje, escrito por un amigo que se ocu­paba de su correspondencia.
6 de septiembre de 1983

Krishnaji recibió su carta y agradece que se haya molestado en escribirle sobre su visita a Sri Lanka. Le alegrará saber que ya había mandado una nota para indicarles que le sería imposible viajar. Unos amigos suyos de la India le aconsejaron que no fuese y su carta ha confirmado lo que ya se temía. Le envía sus saludos y sus mejores deseos...

Fue un gran alivio que K decidiera mantenerse alejado del centro de aquella sangrienta conmoción.
LA MUERTE DE KRISHNAMURTI
La salud de K se fue deteriorando visiblemente en los últi­mos diez años de su vida. Su constitución delicada fue debili­tándose cada vez más y las arrugas y canas plateadas aumenta­ban su aspecto venerable. Daba la impresión de que su estatura disminuía. Perdía peso y con frecuencia parecía piel y huesos. Algunas veces K parecía un yogui devanado que hubiera pasa­do mucho tiempo sometido a austeridades en las orillas del Ganges. Sus largas manos delgadas se agitaban con frecuencia en rápidos movimientos y las bolsas debajo de los ojos indica­ban su cansancio. Después de hablar en público o de dar largos paseos se sentía fatigado. Cada vez necesitaba descansar más. Cuando le preguntaba por su salud, K me contestaba: «Supongo que estoy bien». ¿Pero de veras se encontraba bien?

Era evidente que K ya no soportaba el esfuerzo que supo­nían sus horarios apretados. Poco después de que cumpliera los ochenta años, escribí a uno de sus médicos y a varios miembros de la Fundación Krishnamurti. Les pedí que tomaran ciertas medidas. ¿No sería más conveniente para la salud de K que lo convencieran de que debía permanecer en un solo lugar, con preferencia en su casa de Ojai, en lugar de someterlo a los lar­gos vuelos intercontinentales para dar sus conferencias? ¿No se podían distribuir en todo el mundo los vídeos de sus discursos de Ojai?

Los destinatarios de mis cartas hicieron caso omiso a mis sugerencias. Tuvieron la desfachatez de decirme que me metie­ra en mis asuntos. También me hicieron notar que K decidía por sí mismo. Me negué a creer lo que me decían porque K se dejaba influir por los puntos de vista de los miembros de la Fundación en lo relativo a sus programas futuros.

En 1980 K y yo hablamos de su salud. Le comenté que ciertos que cuidaban mucho de sus cuerpos lograban llegar a los ciento veinte años. Le regalé un libro científico sobre la longevidad. K me dijo confiado: «Este cuerpo mío tal vez aguante otros doce años». ¿Entonces por qué exhaló su último sus­piro en 1986 en lugar de 1992? Ojalá conociera los verdaderos motivos que precipitaron el desenlace. Probablemente K habría vivido más si hubiese descansado como era debido porque inclu­so en los últimos años de su vida seguía trabajando mucho.

Durante mi escancia en Bombay en enero de 1986, me ente­ré de que K se moría de cáncer. Según las noticias provenien­tes de los Estados Unidos, sus días estaban contados. Saberlo me causó enorme pesar. En realidad, no era una sorpresa; un año y medio antes de su muerte había tenido la premonición de que su vida tocaría pronto a su fin. Además, el señor S. Dikshit, que es un buen estudiante de astrología, había predi­cho que era improbable que K pasara del mes de febrero de 1986. ¡Qué acercada resultaría su predicción! El señor Dikshit, que había hecho la carea astral de K hacía muchos años, me aconsejó que aceptara con filosofía la inevitabilidad de la muerte. Nada es permanente y hasta el sol se apagará algún día. Por suerte, en mi trabajo de Australia me habían dado un permi­so de seis meses con lo que pude asistir a las últimas confe­rencias de K.

Sheila Ganatra, una amiga de años, quiso regalarme un bille­te de ida y vuelta a los Estados Unidos. Insistió en que per­maneciera al lado de K en la fase terminal de su enfermedad. Aunque su idea me atraía, tuve que rechazar su generosa oferta. Mi intuición me decía que en esas circunstancias K prefe­riría estar solo. No me equivoqué; varias personas que esta­ban en Arya Vihar, en Ojai, me informaron que K no dejaba de pedir que ciertos visitantes se marcharan. Al parecer, deseaba que no lo molestaran en su lecho de muerte.

El 31 de enero de 1986, hablé en el Forum de Oradores de Bombay. El tema de mi charla fue «Las enseñanzas de J. Krishnamurti para la explosión y transformación de la huma­nidad». He aquí unos extractos de ese discurso:

«La tristeza nos embarga en estos instantes en que nuestros pensamientos se centran en la terrible enfermedad de Krishnaji. Krishnaji ha llevado una vida sana y pura. ¿Por qué entonces ha enfermado de cáncer? No es la primera vez en la historia que un santo sufre dolor físico y muere. No olvidemos que otros dos sabios modernos, Sri Ramakrishna Paramahamsa y Rumana Maharshi, también fueron víctimas del cáncer. ¿Por qué la naturaleza es tan injusta que algunos de sus hijos más grandes y nobles tienen que partir de este modo? Es importante que nos formulemos estas preguntas aunque tal vez nunca logremos encontrar la respuesta correcta. Quizás existan ciertos mis­terios incomprensibles que siempre permanecerán fuera del alcance de nuestro espíritu finito.

»Según una escuela de pensamiento Sri Ramakrishna Paramahamsa y Sri Rumana Maharshi murieron de cáncer por­que absorbieron el karma de algunos de sus discípulos. Esta teoría se basa en dos presupuestos cuestionables: primero, que el karma se transfiere de una persona a otra; segundo, que es posible alcanzar la liberación de forma indirecta. En otras pala­bras, que el hombre se puede salvar a través del sacrificio per­sonal de un salvador. Estas teorías, incluida la creencia cris­tiana de que Jesús redimió al mundo a través de su crucifixión no son más que ilusiones.

»A Krishnamurti se lo suele describir como un sabio indio. Pues bien, es indio en el sentido de que nació en la India. Hay ciertos aspectos de la cultura india que él ama y admira, en especial, la música clásica y el arte, así como la extraordinaria belleza del sánscrito. ¡Cómo le gusta cantar slokas! Pero en cier­to modo cometemos una injusticia al decir que es un sabio indio. Krishnamurti no es un sabio cuya inspiración provenga de la antigua sabiduría de los vedas y los upanishads ni de ninguna otra escritura sagrada. Es preciso comprender que su realización del Absoluto se basa únicamente en la experiencia direc­ta y personal. Como es lógico, se cuestiona la utilidad de los libros sagrados y rechaza toda autoridad espiritual y, en repe­tidas ocasiones se ha negado a que lo consideren un gurú. Ahora bien, tanto Sri Ramakrishna Paramahamsa como Sri Rumana Maharshi eran muy versados en las escrituras hindúes. Pero Krishnamurti se diferencia de ellos en el sentido de que cuan­do elucida sus enseñanzas apenas siente la necesidad de citar las escrituras.

»En la galaxia de maestros iluminados, Krishnamurti es, sin duda, un fenómeno. Es preciso explicar su singularidad entre los filósofos religiosos. Mahavira se pasó doce largos años para prepararse y purificarse, se sometió a privaciones y practicó varias sadhanas antes de alcanzar el nirvana o conocimiento absoluto. Si consideramos la vida de Buda, en los seis años que precedieron a la gran metamorfosis del nirvana que llevaron a la disolución del yo y, por tanto, a la extinción de la pena, tuvo que sondear a fondo su espíritu y meditar intensamente. En tiempos recientes, en su búsqueda espiritual, Rumana Maharshi tuvo que pasar un número considerable de años como ermita­ño en cuevas y templos. Esa búsqueda espiritual se caracteri­zó por una concentración total en el Yo que se volvió indife­rente a las penurias y dolores físicos. Es realmente notable el hecho de que Krishnamurti nunca tuvo que practicar sadhanas ni someterse a privaciones, ni tuvo que seguir ningún méto­do tradicional para alcanzar la libertad espiritual. Las pruebas disponibles sugieren que la otredad inefable había sostenido a Krishnamurti desde los inicios de su vida. Se desconoce la fecha exacta en la que recibió la bendición de la otredad. Sin embar­go, no me cabe la menor duda de que la otredad ya estaba allí, quizás en estado latente, cuando el obispo C.W. Leadbeater, con su notable clarividencia, descubrió que el niño Krishnamurti poseía un aura despojada de egoísmos. Lo extraordinario de Krishnamurti radica precisamente en esa pureza precoz. Al hacerse mayor, esa otredad se desplegó en el senti­do de que su existencia se tornó más clara y más conocida. He aquí un ser puro, una persona afortunada que no tuvo que abor­dar el problema de limpiar su mente de impurezas. Aquellos de nosotros que observamos de cerca a Krishnamurti siem­pre fuimos conscientes de su absoluta pureza. Un día, por ejem­plo, me hablaba del cáncer del odio y de las divisiones de la sociedad que provoca la envidia. De pronto me dijo: “En mi vida nunca he sentido envidia por nadie”. Tampoco albergaba ningún resentimiento contra aquellos a los que no gustaban sus enseñanzas».

El 17 de febrero de 1986 me llegó un telegrama del extran­jero en el que se me informaba que K había muerto en Ojai. Fue el día más negro de mi vida. Sentí como si hubiera muer­to y desaparecido una parte importante de mí; fue como si de repente me hubieran quitado los cimientos. Una parte irracio­nal de mi espíritu dolorido me seguía diciendo que K seguía vivo en algún reino celestial desconocido. Es tal la tozudez del espíritu que se niega a resignarse al carácter definitivo de la muerte. Sigo llorando la muerte de este devoto amigo. Mi pérdida personal no es nada comparada con los miles de personas de este mundo que lo echarán de menos. Se ha apagado la estre­lla más brillante del firmamento espiritual y me pregunto si el mundo volverá a tener a alguien como K.

Fue K quien me sugirió que escribiera mis ideas y senti­mientos cuando me encontrara en las garras de una crisis emo­cional. «Ayuda a poner la mente en orden», me aseguró. He aquí algunas de las cosas que escribí el día de su muerte:

Los individuos liberados quizás no consideren que morir es una dura prueba. Tal vez vean la muerte como una liberación esperada de la «última prisión»: el cuerpo.

K no quería que su muerte fuera considerada como un acontecimiento importante. Por eso había pedido que no se hicie­ran ceremonias fúnebres. Siguiendo sus deseos, sus restos mor­tales fueron incinerados el mismo día de su muerte.

Fue para mí un privilegio haber estado estrechamente rela­cionado con K desde mi adolescencia. En nuestros numerosos encuentros a lo largo de treinta años no se cansó nunca de corre­girme. Tenía una paciencia infinita. A veces no resultaba fácil estar a su lado porque te llamaba la atención por no permane­cer vigilante. Ya no contamos con el estímulo de su presen­cia. Pero si estamos realmente ateneos a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos, si tomamos verdadera conciencia, esa vigilancia por sí sola será el factor del despertar, la luz, la llama que quemará la escoria del error. Si se consigue esa vigi­lancia eterna, quizás la muerte de K no resulte tan catastrófica como parece.

La pérdida de nuestro amado Krishnaji ha sido motivo de gran tristeza. Para aquellos de nosotros que lo conocimos bien durante muchos años fue un duro golpe. Su presencia física ya no existe pero su mensaje inmortal será atesorado para siempre.

Cuando K murió algunos lloraron. Nos sentimos tristes porque nos abandonó, ¿pero estaba él triste por abandonarnos? Nosotros le teníamos mucho apego, ¿pero nos tenía él apego? ¿Le tenía apego a su reputación, a sus libros o a las fundacio­nes, indignas de llevar su nombre? Él no sentía apego por nin­guna de estas cosas y, en ese sentido, era un ser único con un espíritu puro y libre de ataduras.

No construyamos organizaciones ni templos en torno a su nombre, porque a lo largo de los años una de las cosas que denunció con mayor vehemencia fueron las religiones organi­zadas, sobre todo aquellas con intereses económicos. Ahora que el gran sabio nos ha abandonado, ¿qué debemos hacer para man­tener viva la llama de su mensaje?

Creo que lo mejor que puede hacer quien esté verdadera­mente interesado en lo que dijo K es leer una y otra vez sus muchos libros. Afortunadamente, existen muchos casetes y vídeos de sus charlas y entrevistas que permitirán a las gene­raciones futuras conocer a K como si siguiera vivo.

En cierta ocasión, K describió el escepticismo como un acei­te precioso: quema pero también cura. K quería que nos lo cues­tionásemos todo, incluso nuestras propias afirmaciones. Si lo cuestionamos todo y destruimos las barreras psicológicas, enton­ces tal vez se produzca el milagro de la transformación.

SEGUNDA PARTE


DIÁLOGOS DE KRISHNAMURTI Y EL AUTOR
APRECIACIÓN DE LA MUSICA DEVOCIONAL
SW: Krishnaji, disfruté mucho del concierto de anoche. He venido a la India para escuchar esta música melodiosa. Ha sido un ver­dadero placer.

K: Sí. Fue una representación maravillosa.

SW: Lo que me sorprende es por qué participó en el canto de los bha­jans. Lo observé atentamente. Estaba usted en la primera fila y cantaba los himnos vedas. No estoy en contra de estos himnos, al contrario, me gustan mucho. Pero, ¿puedo preguntarle por qué se ha manifestado en contra de todo tipo de culto? Condena usted el culto, pero ayer participó con otros en una ceremonia.

K: Se puede escuchar uno de estos encantadores bhajan y no por eso verse influido por sus ideas. Es posible escuchar un sloka o un bhajan y experimentar los mágicos efectos de los sonidos haciendo caso omiso de los mitos, las leyen­das, las creencias y los conceptos que forman parte de la erudición india. ¿Ha intentado usted disfrutar de un me­ro bhajan sin creer en Krishna o en ninguna otra divini­dad?

SW: Creo que un bhajan adquiere más significación cuando uno toma conciencia de que va dirigido a una determinada deidad. Un bhajan es una manifestación devota del corazón.

K: ¡No, no! Yo no llamaría a eso devoción. La verdadera devo­ción carece de motivo. Es un estado en el que uno no se pregunta nada. Pero cuando se pone usted delante de un altar y ofrece un puja y luego pide favores a cambio, se trata de un soborno psicológico, ¿no? Intenta negociar con la deidad. Le dice: «Te ofrezco esto y tú debes dar­me aquello a cambio». Pero la devoción verdadera es un estado en el que el espíritu no está centrado en ningún objeto, persona, deidad, creencia o idea particular.

SW: ¿Quiere usted decir que un verdadero devoto posee un estado espiritual sin objeto?

K: Exactamente. Como le decía, la forma correcta de escu­char cualquier himno o canto devocional es sintiendo sólo el sonido, sus movimientos de melancólica súplica y dicho­so éxtasis, y quedarse sólo en eso, sin permitir que el espí­ritu se vea condicionado por unas ideas y creencias reli­giosas que casi siempre van asociadas a la música. Entonces descubrirá que todas las músicas devocionales son fundamentalmente la misma.

SW: ¿Quiere que le organice un concierto de música clásica occiden­tal?

K: No se moleste. Tendré muchas oportunidades de escuchar música clásica occidental cuando vaya a Europa.

SW: A mí me gustan Bach, Beethoven y Handel.

K: A mí también me gustan esos compositores. ¿Sigue usted lo que le digo? Si escucha con cuidado encontrará que toda la música devocional, independientemente de donde pro­venga, tiene ciertos elementos comunes. ¿Cuáles son esos elementos? ¿No ha notado que toda la música devocional es una especie de parición, de llanto, de súplica?

SW: Eso la hace muy emotiva. Entiendo lo que dice.

K: ¿Alguna vez ha escuchado llorar a un niño?

SW: ¡Los niños que gritan y lloran me ponen nervioso! ¡Me dan ganas de echar a correr!

K: Si de verdad ha escuchado con el corazón y la mente el llanto de un niño, como he hecho yo, pero no me refiero a escuchar en parte, sino a escuchar plenamente con toda atención, entonces también le darán ganas de llorar. Querrá sostener la mano de ese niño o de esa niña y llorar con él. A menos que tenga un corazón puro no será capaz de hacerlo. Le describo el estado de la verdadera devo­ción, no la devoción sin sentido de un espíritu estúpido que ofrece flores e incienso a una imagen, producto de la mano o del espíritu.

SW: ¿Llamaría a eso bhakti puro?

K: El nombre no tiene importancia. Puede darle el nombre que desee, pero, ¿experimenta usted ese tipo de senti­mientos?

SW: Asisto a conciertos con una cierta frecuencia pero la dificultad radica en que después de escuchar las primeras notas mi mente comienza a vagar.

K: Vague usted con ella y averigüe por qué su atención va de una cosa a otra.

SW: Lo que sugiere suena magnifico pero lo he intentado en la prác­tica y casi siempre fracaso.

K: Siga intentándolo y no se dé por vencido.

SW: En alguna parte de sus escritos ha dicho usted que la música no está en las notas sino en los intervalos entre éstas. No entien­do bien a qué se refiere.

K: Las notas en sí no tienen mucho sentido, ¿verdad? Igual que cuando lee usted un libro, las palabras en sí mismas no tienen ningún significado. Las notas y las palabras son sonidos carentes de sentido. Es en el intervalo entre las palabras, en el estado de silencio entre las palabras cuan­do se capta el significado de lo que el escritor intenta trans­mitir. No se pierda en el aspecto técnico de la música. Para apreciar una pieza musical no es absolutamente esencial que uno sepa leerla. La comprensión se produce única­mente cuando el espíritu está en silencio. Y no conside­re la música como una escapatoria o una droga que pue­de inducir al silencio. Ese silencio viene naturalmente, sin esfuerzo, cuando se comprende. La música nace en ese silencio. Ese silencio es la fuente de toda creación. Ese silencio primordial no tiene ni principio ni fin. Ese silen­cio, el eterno, escapa al alcance del intelecto.
PERMANECER TODA LA VIDA EN EL ANONIMATO
SW: Krishnaji, en el periódico de hoy he leído una noticia interesan­te. Un miembro del Consejo Municipal de Colombo presentará una moción sobre usted en la próxima reunión. En su moción dice que el Consejo Municipal de la ciudad de Colombo debería orga­nizar una recepción cívica en su honor.

K: ¿Qué ocurre exactamente en una recepción cívica?

SW: Las recepciones cívicas se organizan únicamente en honor de per­sonas distinguidas y en ellas participan el alcalde y destacados ciudadanos.

K: ¡Santo cielo! ¡Yo soy un pobre don nadie cuya individua­lidad se ha extinguido! ¡Extinguido no distinguido! (Sonoras carcajadas.)

SW: En esta recepción, es probable que el primer ministro le dé la bien­venida y se pronuncien discursos en su honor. Le obsequiarán un pergamino firmado por eminencias de Sri Lanka.

K: ¿Y qué contendrá el pergamino?

SW: Seguramente se referirán a sus diversos logros y a su espiritua­lidad.

K: ¡No quiero un certificado de nadie!

SW: Krishnaji, creo que será una gran pena si rechaza esta invita­ción. ¡Qué oportunidad para pronunciar un estupendo discurso! Quizás algunos de los políticos que lo escuchen adquieran un interés permanente en sus enseñanzas. ¿Por qué privarlos de los beneficios de su mensaje?

K: Si esos políticos están verdaderamente interesados en lo que tengo que decir, nada les impide asistir a mis confe­rencias públicas. Señor, es usted tan ingenuo que no ve las intenciones que se ocultan eras el comportamiento de los políticos. ¿No ve que todos ellos tienen motivaciones políticas? Me niego a que los políticos me utilicen. Los evito.

SW: ¡Dice que evita a los políticos pero tiene usted tratos con la seño­ra Indira Gandhi!

K: ¡Eso es diferente! Indira es una vieja amiga. Su padre, el Pandit Nehru, nos visitaba a Amma (la doctora Annie Besant) y a mí cuando estábamos en Benarés.

SW: Por favor, reconsidere lo que le he sugerido.

K: Lo lamento. Telefonee a este miembro del Consejo Municipal y pídale que retire la moción del orden del día. ¿Me hará usted el favor de llamarlo ahora mismo?

SW: Si Pero si insisten en organizar una ceremonia en su honor, no creo que pueda usted impedirlo.

K: ¡Que hagan lo que quieran, pero yo no asistiré!

SW: Ahora mismo llamaré.

K: Haga lo que haga en la vida y esté donde esté, evite siem­pre la publicidad. No ansíe estar en el candelero. El otro día le decía a unas personas que el deseo de ver la propia foto publicada en los periódicos es una gran vulgaridad. Huya de las multitudes vulgares y lleve una vida digna, desconocida por sus amigos, parientes y colegas. Igual que el árbol frondoso que permanece oculto en la profundi­dad del bosque, permanezca toda la vida en el anoni­mato.

SW: ¿Por qué está en contra de los políticos? Seguramente habrá algunos que de veras desean ayudar a la sociedad.

K: Todo aquel que está impulsado por la ambición y el ansia de poder no puede ser bueno. Son ellos los responsables de muchos de los males del mundo. En la India, la gente organiza mucho alboroto en torno a sus líderes políticos. Miles de personas se pasan horas bajo un sol de justicia sólo para ver a un político importante como si se tratara de un extraño animal. ¿Por qué darles tanta impor­tancia cuando sabemos que aspiran al liderazgo político nada más que para llevar agua a su molino? Los políti­cos huelen a corrupción. De modo que una persona bue­na debe mantenerse alejada de los políticos y de todas sus actividades. Si desea ayudar a los pobres y mejorar las condiciones sociales, el primer paso es ser una buena perso­na. Esa misma bondad tendrá una influencia benéfica en la sociedad.
LA PAZ EN UN PAÍS DIEZMADO POR LOS CONFLICTOS
K: Me pregunto por qué dicen que esta isla es un país budista. ¿Acaso un territorio puede tener una religión o una raza?

SW: Debemos aceptar que la inmensa mayoría de los habitantes de Sri Lanka son budistas. Quizás no sigan estrictamente las ense­ñanzas de Buda pero se consideran budistas.

K: ¿Quiere decir que de budistas sólo tienen el nombre?

SW: Por desgracia es así

K: ¿Qué había antes de la introducción del budismo?

SW: No sé contestar a esa pregunta. Según ciertos historiadores, pre­dominara una especie de animismo. Se creía que todos los obje­tos, incluso los inanimados, estaban dotados de alma. De ahí que la gente adorara los espíritus que creían que habitaban en los árboles, en los animales y en muchos otros objetos.

K: El hombre siempre ha tenido vocación de adorador. El deseo de adorar se ramonea a la época en la que el hom­bre era un salvaje y llega hasta nuestros días. Hoy en día adora un concepto refinado de Dios; es una creencia muy sofisticada. Esto demuestra que el miedo y la ansiedad han perseguido y siguen persiguiendo al espíritu del hom­bre. Es muy simple. El impulso de adorar surge sólo por­que existe el miedo. Si se elimina el miedo de la psiquis, el hombre ya no siente necesidad de rendir culto a nada.

SW: Creo que la idea generalmente aceptada es que al budismo lle­gó a Sri Lanka en el año 246 d.C. El gran emperador budis­ta Asoka convenció a su hijo, el monje Mahinda, para que visi­tara Sri Landa y convirtiera esta tierra al budismo. Según la tradición, Buda en persona visitó el país en tres ocasiones.

K: ¿Quiere usted decir que hace 2.500 años viajó hasta aquí desde Benarés? ¿Y lo cree usted?

SW: Se supone que viajó mediante la levitación.

K: ¿Quiere usted decir que se levantó y flotó en el aire? Ah, ya sé. ¡Buda debió de haber tomado un vuelo de Air India hasta Colombo! (Risas.)

SW: Sé que lo ha dicho usted en broma. Pero cada año miles de pere­grinos budistas
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