Krishnamurti tal como le conocí






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el cuerpo, pero sólo uno mismo es capaz de curar el espíritu. El estado del espíritu afecta la salud del cuerpo. Por eso es mucho más importante aclarar los desórdenes interio­res y poner en orden el espíritu». K esperaba que cuantos sen­tían un verdadero interés por sus enseñanzas tuvieran un buen comportamiento. ¿Acaso si aquel hombre se hubiera tomado la molestia de liberar su espíritu de rasgos antisociales no se habría comportado correctamente?

K dio sus conferencias durante veinticinco años en el pin­toresco pueblo alpino de Saanen, en Suiza. Allí me encontraba siempre con un caballero europeo bien trajeado, que destacaba entre el público porque llevaba un sombrero de fieltro. Tenía por costumbre sentarse solo en las últimas filas. Casi nunca habla­ba con el resto de las personas que asistían a estas conferencias. Confesaba que «no estaba particularmente interesado en escu­charlas». Le pregunté entonces lo obvio: «¿Por qué viene enton­ces?» Me alegra de haber tomado nota de su respuesta:

«Vengo a Saanen para expresar mi gratitud a Krishnamurti por salvarme la vida. Me gusta verlo. Ver a este hombre de aspecto tan digno es como tomar un tónico. En primer lugar, vengo porque hace cuarenta y cinco años tuve tuberculosis. Tenía un pulmón tan dañado que los médicos querían quitár­melo. Una tarde fui a ver a Krishnamurti sin pedir cita previa. Quería pedirle consejo sobre si debía operarme o no. Se dis­ponía a salir y me dijo: »Discúlpeme, pero he tenido un día muy ocupado y estoy demasiado cansado para atenderlo. Me voy a dar un paseo. Si lo desea, puede acompañarme». Y fui con él. Anduvimos juntos mucho rato por los campos y él ape­nas me habló. Cuando nos detuvimos en un lugar despejado, Krishnamurti me dijo: »En cuanto lo vi me di cuenta de su enfermedad. Mi hermano tuvo el mismo problema». Me pidió que no tuviera miedo. Entonces me pasó los dedos por la colum­na vertebral. Me frotó la espina dorsal con las manos. Sentí una especie de calor que me subió a la cabeza. Era como si me estu­viera quemando. Noté una cierta pesadez y estuve a punto de perder el conocimiento. Me sujetó con firmeza y me ayudó a volver a su casa. Semanas más tarde me sentía más fuerte y mi salud había mejorado definitivamente. Me hicieron unos análisis y los médicos dictaminaron que mis pulmones ya no estaban enfermos. No hizo falta operarme».

Conozco personalmente a un escritor que iba a las confe­rencias de K en Bombay y Madrás. Es alto, delgado y fuerte. Nunca padeció de enfermedades graves. De repente, comenzó a perder peso y a sentirse muy cansado. Fue un gran golpe para él cuando varios médicos le dijeron que le quedaba poco tiem­po de vida por un tumor canceroso que le había salido en la boca. Se resignó a la inevitabilidad de su próxima muerte. Hizo testamento a favor de sus hijos. Su siguiente paso importante fue ir a ver a K por última vez. En el curso de su conversación, K le pidió que abriera bien la boca porque quería comprobar por sí mismo si lo que los médicos decían era cierto. Según este caballero, K le miró la boca como lo hacen los dentistas. Le tocó suavemente la garganta y le dijo: «No se preocupe. Se pondrá bien». Una semana más tarde, los médicos se sorprendieron al comprobar que el cáncer había desaparecido por completo. Hace siete años de su curación y me alegra mencionar que has­ta ahora el cáncer no ha vuelto a reproducírsele en ninguna par­te del cuerpo.

A últimas horas de la tarde, cuando los pájaros se recogen en sus nidos para pasar la noche, a K le encantaba recorrer la playa que rodea la finca de la Sociedad Teosófica de Adyar, en Madrás. Acompañado por el presidente de la sociedad, Radha Burnier y otros amigos, K disfrutaba cruzando el puente que hay sobre el lodoso río Adyar hasta un lugar cercano a la orilla, donde hay un puñado de chozas en las que viven los pescado­res y sus familias. Algunas veces, los niños pobres y harapien­tos de los barrios bajos seguían a K o lo rodeaban llenos de curiosidad. Él no los evitaba como suelen hacer algunos ricos esnobs. En cierta ocasión vi a K dándoles unas cariñosas palmaditas en la cabeza. Era una delicia ver a K andar a paso vivo y balancear los largos brazos en la brisa fresca. De vez en cuan­do se detenía y miraba alegremente el mar picado y el horizonte lejano. A menudo, los viandantes interrumpían su paseo para hablarle o saludarlo. Tanto los indios como las demás personas venidas de sitios lejanos para escuchar sus conferencias se reu­nían en esa zona al ponerse el sol. K era el blanco de todas las miradas.

Una tarde agradable, una amiga india y yo estábamos cómo­damente sentados en un médano de arena. De más está decir que esperábamos a que K llegase a la playa. Todos considera­ban sagrado aquel lugar, porque había sido allí donde el obis­po Leadbeater había visto a K de niño y observado que su aura estaba libre de egoísmo. Mi amiga, que está muy interesada en las enseñanzas de K, me comentaba sus problemas personales. Es una persona rica que goza de buena salud a excepción de sus frecuentes migrañas. Cuando le daban los dolores de cabeza se sentía muy mal, tenía náuseas y vómitos. Gastó una fortuna para tratar de curarse. A lo largo de los años probó infinidad de tratamientos pero sus esfuerzos por encontrar una solución fue­ron vanos. Practicaba los ejercicios de yoga para mejorar la res­piración que yo le había enseñado, pero no mejoraba.

Mientras conversábamos, a lo lejos vimos la delgada silue­ta de K. Caminaba rápidamente en nuestra dirección. Presa de una extraña emoción, mi amiga exclamó: «¡Quiero besarle las manos! ¿Puedo?»

Le contesté: «Eres libre de hacer lo que te plazca».

Echó a correr hacia K y lo aferró de las manos. Luego se las besó. El contacto duró apenas unos segundos.

Después del incidente no volvió a padecer de migrañas.

Una de las principales atracciones de Colombo es el paseo marítimo llamado Galle Face Green, donde a K le gustaba andar tranquilamente por las tardes. En otras épocas había sido un hipódromo y allí se habían realizado reuniones políticas y des­files militares. Hoy en día lo utilizan las personas que desean relajarse y disfrutar de la fresca brisa del mar. K y yo caminá­bamos por el paseo una tarde de noviembre de 1980. En la hora que pasamos juntos ocurrieron varios hechos notables.

K saludó el mar borrascoso con una respetuosa inclina­ción de cabeza. Después hizo cuatro reverencias en dirección al norte, al sur, al este y al oeste. Era como si realizara una cere­monia mística. Imagino que era su manera de maravillarse ante la infinita vastedad del espacio y la belleza de la naturaleza. El cielo multicolor es absolutamente magnífico poco después de la puesta de sol.

En el sendero por el que caminábamos K encontró una pie­dra bastante grande. Sin duda, habría hecho tropezar y caer a más de un desprevenido. K trató de levantarla pero pesaba demasiado. La apartó con el pie y despejó el sendero. Descono­cemos muchas de estas acciones de K destinadas al prójimo por­que él rara vez nos las contaba. Dos jóvenes reconocieron a K. Lo saludaron y le dijeron: «Señor, usted no nos conoce. Pero nosotros sabemos mucho sobre usted». K se encogió de hom­bros y se alejó de ellos. Caí en la cuenta de que una de las desventajas de ser famoso es que la sociedad rara vez respeta el dere­cho a la intimidad de las personas célebres.

K caminaba a paso vivo y al mismo tiempo miraba el cie­lo y admiraba el color y la forma de una nube oscura bordeada de tonos plateados cuando una pareja de mediana edad levan­tó los brazos y lo detuvo. Nos encontramos ante una dama cin­galesa alta y fornida, que vestía un sari blanco. La acompaña­ba su marido, un hombre con gafas. Saludó a K y se disculpó: «Le pido perdón por molestarlo. ¿Me puede hacer un favor?»

K hizo un gesto con la mano para indicarle su renuencia y le dijo: «Estoy dando un paseo».

La mujer intentó convencer a K para que interrumpiera su paseo diciéndole: «Seré breve. Hágame el favor de tocarme esta oreja una sola vez. Es que soy sorda de nacimiento. ¿Puede curarme?»

K se negó a tocarla limitándose a contestar: «Lo siento».

La mujer se echó a llorar. Decepcionado y un poco moles­to, su marido criticó a K con tono severo: «Nos han dicho que ha curado a otra gente. ¿Por qué no quiere curar a mi esposa? ¿O es que sólo cura a sus favoritos?»

K adujo que esa tarde no quería que lo molestasen. Me pre­gunté qué habría querido decir exactamente. Quizás intentaba darnos a entender que, por algún motivo desconocido, esa tarde no deseaba encontrarse con nadie. Sin embargo, si lo que se desea es la paz de la soledad, entonces uno no debe esperar encon­trarla en un lugar público al que acuden infinidad de personas.

K quería marcharse pero se lo impedían porque la mujer lo sujetaba firmemente por el brazo y le suplicaba que la ayudase.

K le dijo: «No, lo siento, señora».

Algunas veces resulta difícil comprender por qué K actua­ba como lo hacía. Aunque era la personificación del amor, con frecuencia, quienes no lo conocían se formaban la opinión de que era una persona poco compasiva, de carácter brusco.

Como me daba pena la desdicha de aquella mujer, le comen­té a K lo que a mi parecer era lo mejor en aquellas circuns­tancias.

Le dije: «Señor, sólo le pide que le toque la oreja de la que está sorda. Si no lo hace usted, no dejarán que se marche».

K susurró: «Está bien».

K le tocó rápidamente la oreja de la que estaba sorda. Acto seguido, con sus largos dedos ahusados le hizo un masaje con movimientos circulares. Después, volvió a tocarle la oreja enfer­ma. La mujer gorda sonrió satisfecha. Le dio las gracias y le sol­tó el brazo. K pudo marcharse.

Después de uno de los discursos públicos de K en Colombo, me encontré con esta pareja en la parada de un autobús. Ella me dijo: «Ya no estoy tan sorda como antes. Oigo un poquito. Por favor, dígale a Krishnaji que le estoy muy agradecida».
RECETA PARA ACABAR CON EL RACISMO
En los catorce años que viví en Inglaterra fui víctima de varios actos de discriminación racial. El virus del racismo se manifestaba en mil formas sutiles. Se reían de mí por mi piel oscura. Era el blanco de burlas de trasfondo racista. Varios de mis empleadores me negaron deliberadamente promociones y aumentos de salario. K sabía de mi sufrimiento. «¿Lo tratan a usted bien?», me preguntaba con frecuencia. Algo valioso que aprendí de él era a no contestar a los insultos. K aconsejaba siempre no tomar venganza: «Analicemos a fondo cada una de nuestras reacciones a las palabras desagradables y ya no nos sen­tiremos mal». Esa era la receta de K para vivir armoniosamente en una sociedad hostil.

En una reunión de Londres un asistente social le preguntó: «¿Qué solución propone para eliminar la barrera que impide la libre asociación de personas de diferente color?»

K le contestó: «¿Dígame usted, acaso no somos todos de color? ¿El blanco no es también un color?»

En una reunión en Londres K hablaba en contra de la natu­raleza del nacionalismo y decía que era responsable de que el mundo se rompiera en pequeños fragmentos. Un joven airado lo interrumpió a gritos y le hizo esta pregunta fuera de tono: «¿Por qué no se vuelve usted a la India a predicar a su pueblo primitivo?»

K repuso: «Así es, señor, sólo las personas de espíritu pri­mitivo, por su simpleza y su falta de condicionamientos, son capaces de encontrar la verdad». K nunca perdía la calma a pesar de la hostilidad de algunos de quienes iban a escucharlo.
¿CUANTOS FUERON COMPLETAMENTE TRANSFORMADOS?
Miles de personas escucharon los discursos de K y leyeron sus libros, ¿pero cuántas fueron completamente transformadas? Todos nosotros nos vimos influidos por lo que decía y nuestras vidas experimentaron leves cambios. Muchos informaron haber dejado de consumir alcohol y carne. Otros dejaron de depen­der de sacerdotes y psiquiatras para resolver sus problemas per­sonales. Es verdad que se produjeron ciertos cambios, ¿pero ocurrió el gran cambio? Por «gran cambio» se entiende la trans­formación total de corazón y mente o el total abandono de acti­vidades egoístas.

En las charlas de K conocí a varias personas que creían erró­neamente haberse convertido en iluminadas después de escu­charlo. Uno de estos hombres llegó al extremo de adoptar el corte de pelo de K e imitar sus gestos. Conversamos unos minu­tos. Sus opiniones dejaban entrever que su espíritu estaba con­fundido y fragmentado porque era un nacionalista acérrimo y defendía el papel de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam. El espíritu es capaz de crear cómodos delirios, el más gran­dioso de los cuales es la creencia de que «estoy iluminado», como si el «yo» que es la raíz de toda esclavitud fuera capaz de alcanzar la liberación.

Un día, K se refirió risueñamente a un hombre que había ido a verlo para jactarse de que había logrado deshacerse de todo tipo de condicionamientos y liberar por completo su espíritu. Días más tarde, esa persona se convertía al catolicismo y abra­zaba todas las creencias y dogmas de esa fe. K hizo notar que una persona realmente iluminada jamás sentiría la necesidad de exhibir en público o en privado su supuesta iluminación. Una persona iluminada es una luz en sí misma, en el sentido de que no depende de nada ni de nadie, está libre del deseo de alardear de sus logros espirituales. Refiriéndose a sí mismo, K manifestó que nunca dejaba de notar el estado de liberación en cualquier persona que lo hubiera alcanzado realmente.

Si no se es una persona iluminada, ¿acaso se posee la inteli­gencia necesaria como para reconocer a un verdadero ilumina­do de otro que finge serlo? Hace años, una pregunta que me ator­mentaba era que no existe objetivo o método fiable de probar y determinar si alguien es o no un iluminado. Evidentemente, esta pregunta me la planteaba porque todo el mundo suponía que sabios como Buda, Rumana Maharshi y K eran iluminados.

Las palabras y la apariencia exterior de los sabios pueden ser engañosas. Un sabio verdaderamente sabio no debe por qué tener, necesariamente, un comportamiento santo; por el con­trario, un sabio pío no necesariamente tendrá un alto grado de inteligencia. Además, ¿no es acaso un peligro aceptar la pre­tensión de un maestro espiritual de que ha alcanzado la verdad, incluso cuando lo crea sinceramente, porque muy bien podría estar equivocado?

Después de rechazar todo tipo de guía externa por su falta de fiabilidad, ¿es más seguro echar mano de la propia intuición como último recurso? ¿Acaso un golpe de intuición, la llamada voz de Dios, nos ayudaría a resolver esta cuestión? No debemos olvidar el hecho de que incluso la intuición, como el pensa­miento mismo, es producto de la mente. Una decisión basada en la intuición no será ni objetiva ni imparcial y se verá influi­da y distorsionada por todas las características ocultas del incons­ciente, como los propios temores, odios y prejuicios. Una deci­sión basada en la intuición debe dar lugar a la sospecha.

Le pregunté al doctor Adikaram si debíamos incluir a K en la galaxia de sabios iluminados, esas raras luminarias cuyas vidas adornan las páginas de la historia. Se lo pensó un momento y luego me contestó con su solemnidad característica: «Hace tiempo que vengo analizando esta cuestión, desde 1930 cuan­do escuché a Krishnaji por primera vez. Como usted bien sabe, en las escrituras budistas se dice que un arhat no sueña. Un arhat no posee pensamientos residuales que necesiten mani­festarse en forma de sueño. Por este motivo, debe considerarse que una persona que no sueña es un ser iluminado. He ahí la prueba suprema». Armado de esta valiosa información, le pregunté a Krishnaji si soñaba. Me contestó que nunca soñaba y quiso saber si había despejado mi duda.

¿No es nuestra incapacidad de recibir las enseñanzas con un espíritu fresco, no contaminado por opiniones preconcebidas, uno de los principales impedimentos para la transformación radical de la mente y el corazón? Nuestra aproximación a las enseñanzas carece de frescura en el sentido de que sólo acep­tamos aquellos aspectos que concuerdan con nuestros antece­dentes ideológicos y rechazamos las declaraciones de K que nos resultan psicológicamente perturbadoras. En su libro titulado The quiet mind (1971), John E. Coleman reprodujo una de sus conversaciones con Krishnaji; en ella describía una situación en la que una persona, deseosa de refugiarse de la lluvia, entra en la tienda de campaña en la que K da una conferencia y le hace caso aunque nunca ha oído hablar de él. «Tal vez, en una situación de espontaneidad así» observó K, «ese hombre enten­derá lo que estoy diciendo».

Aunque tenía un público numeroso, ¿habrá su mensaje cam­biado aunque no sea más que a un puñado de esas personas? Cuando disolvió la Orden de la Estrella en el Campamento de Ommen, el 3 de agosto de 1929, pronunció un discurso muy elocuente. Preguntaba de qué servía tener a miles que no enten­dían, que se oponían a lo nuevo y lo traducían «para adaptar­lo a sus propios yoes estériles y vacíos». Dijo que bastaba con que hubiera «sólo cinco personas que escuchen, que vivan, que vuelvan su rostro a la eternidad». Es posible que a lo largo de su vida K esperase encontrar a cinco seres humanos radical­mente transformados, ¿pero encontró al menos uno así? No puedo por menos de preguntármelo.

Siempre que me sentía deprimido tenía por costumbre visi­tar a K si estaba en la ciudad. Pero por experiencia sabía que verlo y pasar juntos unos momentos tranquilos o conversar con él, rara vez lograba animarme. De hecho, cuando estaba depri­mido, no hacía más que decirme cosas perturbadoras que aumen­taban mi desánimo. Cuando buscaba la compañía de K con la intención de huir de una crisis emocional, él me obligaba a abordar el problema. Me demostraba la inutilidad de las hui­das y lo absurdo de echar mano de juguetes psicológicos (cali­ficaba de «juguetes» a gurús, sacerdotes, psiquiatras, iglesias, templos y ashrams), el resultado, al menos momentáneo, era que me centraba en la forma en que funciona el proceso del pensamiento. Cual avezado herrero que endereza un clavo torcido a golpes de martillo, las preguntas, los comentarios y las críticas de K lograban que el espíritu se convirtiera en un instru­mento aguzado capaz de analizarse a fondo.

Un día estaba tan deprimido que fui a ver a K y le espeté que la gente que se interesaba en sus enseñanzas no iba a nin­guna parte. Había un deje de autocompasión en mis palabras: «Me he resignado a que quizás nunca se produzca en mí, al menos en esta vida, la transformación interior radical de la que usted tanto habla. No sé si existe vida después de la muerte. Quizás tenga más suerte en una vida futura. Lleva usted tantos años predicando, pero son muy pocos los que han experimen­tado una total mutación de la psiquis. Evidentemente, no lo hago a usted responsable de nuestros fallos. Pero, ¿no es para usted triste y frustrante que todos sus esfuerzos hayan sido en vano, en el sentido de que nadie ha alcanzado la iluminación?»

En ese momento, K me miró muy serio y corrigió una de mis manifestaciones: «Señor, no es cierto que nadie haya cam­biado radicalmente».

Me describió entonces estos dos casos de cambio psicoló­gico: «Me había retirado al norte de la India, en una zona de hermosas montañas. Todos los días un sannyasin pasaba delante de la casa donde yo me hospedaba. Nos hicimos buenos ami­gos. Creo que vivía en algún sitio, en la cima de las monta­ñas. Por la mañana bajaba por un sendero hasta el valle y regre­saba después a su cueva. Un día le pregunté al sannyasin por qué volvía a la cueva. “Para guardar silencio”, me contestó. Y acto seguido le pregunté: “¿Hay silencio si su espíritu está char­lando?” La pregunta lo sorprendió. Entonces lo vio con clari­dad. Las charlas cesaron y él cambió por completo».

Con una sonrisa embrujadora, K añadió: «Y en lugar de volver a la cueva, siguió hasta el valle donde vive la gente».

En el caso que acabo de exponer, no está claro que K fuera personalmente responsable de que cesara el proceso del pensamiento del sannyasin. ¿Acaso no se produjo porque el sann­yasin mismo se dio cuenca de una gran verdad? Aunque muchos de nosotros hemos oído a K explicarnos que la charla del espí­ritu es el principal obstáculo para el silencio, ¿por qué nuestras mentes desdichadas siguen tan apegadas a la charla? Seguramente, nosotros somos los únicos culpables de nuestro estado psicológico esclavizado.

K pasó a referirme el segundo caso de liberación total: «Después de despedir a un amigo en la estación de tren, me volví a mi casa. En el camino, se me acercó un extraño para pre­guntarme si podía caminar conmigo. Le contesté que podía. Acto seguido encendió un cigarrillo y se notaba que disfruta­ba de él. De pronto me dijo que fumar era una tontería. Yo le contesté que tal vez lo fuera. Entonces el hombre tiró el ciga­rrillo y le dio un pisotón. En ese momento no sólo se liberó del hábito de fumar, sino de todo condicionamiento. El espíritu quedó fundamentalmente transformado».
¿POR QUÉ SE ESCRIBIERON LAS BIBLIOGRAFÍAS DE KRISHNAMURTI?
Cuando formaba parte del personal de la Bibliografía Nacional Británica de Londres, un día se me ocurrió que la fal­ta de una buena bibliografía de K era uno de los motivos por los que sus enseñanzas no tenían la amplia difusión que mere­cían. Por entonces, sus enseñanzas eran centro de las burlas del mundo académico en el sentido que muchos profesores prefe­rían pasar por alto la existencia de los libros de K; rara vez reco­mendaban sus obras para el estudio y rara vez se animaba a los doctorandos a escribir tesis sobre los distintos aspectos de sus enseñanzas. Por eso quise compilar una bibliografía de la vasta y creciente literatura referida a K. Se tenía la impresión de que una bibliografía completa sería útil en distintas instituciones, sobre todo en las bibliotecas públicas y universida­des, porque permitiría a muchas personas conocer el alcance de las obras de K y, en ocasiones, sería el único medio de conocer sus libros; también se podría de este modo sacar a la luz sus publicaciones menos conocidas, ricas en sabidurías.

El señor Theodore Beseerman, el famoso bibliógrafo y pro­lífico escritor, autor de Mrs. Annie Besant: a modern prophet y de A world bibliography of bibliographies, solía frecuentar la biblio­teca del Museo Británico donde yo trabajaba. Cuando le pedí consejo sobre la bibliografía que quería confeccionar, el señor Beseerman me animó de este modo: «El proyecto parece factible. Será un trabajo increíble pero merece la pena empren­derlo. Le deseo buena suerte».

En cuanto escribí a varios amigos sobre la futura biblio­grafía empecé a recibir avalanchas de libros y recortes en rela­ción con K. Infinidad de revistas exóticas, folletos y trípticos me llegaron de los cuatro puntos cardinales. La noticia sobre la bibliografía se había propagado a lo largo y a lo ancho porque la mayoría de quienes me donaban los libros eran perfectos extraños, como la anciana teosófa que me regaló toda su colec­ción krishnamurtiana, reunida laboriosamente a lo largo de los años. Me obsesioné con el tema. Pasé cuatro años dedicando mi tiempo libre, incluidas las vacaciones anuales, a reunir hechos importantes procedentes de distintas fuentes. Mi búsqueda de información me llevó a visitar las bibliotecas nacionales de varios países y la Biblioteca y el Centro de Investigación de Adyar.

Mi trabajo avanzaba satisfactoriamente. Como es natural, estaba de lo más animado cuando llegué a París con la inten­ción de consultar ciertos libros de la Bibliotheque Nationale. Mientras paseaba por las calles, cedí al inexplicable impulso de entrar en una pequeña pastelería del bulevard Saint Germain. Se trataba de una tienda pequeña que sólo vende pasteles y tar­tas. Les pregunté si tenían libros de K. La joven dependienta me miró sorprendida y me contestó con impaciencia: «¿Es que no se da cuenca por el escaparate de que esto no es una librería?»

Le pedí disculpas por el error y me dispuse a salir de inme­diato. Pero la jefa me gritó: «Espere un momento, señor». Subió las escaleras corriendo. Esperé unos veinte minutos. La jefa regresó del almacén con una enorme caja polvorienta en la que había libros viejos. Me entregó la caja y me dijo: «Son todos suyos. Llevan aquí veinte años o más». Cuál no sería mi sor­presa cuando descubrí que me había regalado libros ya agota­dos de K, de la época anterior a la Segunda Guerra Mundial. ¡Qué extraña experiencia! Encontrar aquellos libros tan valio­sos en un lugar tan inesperado era, de verdad, un pequeño mila­gro. Caí entonces en la cuenca de que tal vez una mano invi­sible me estaba ayudando a difundir las enseñanzas de K.

En cuanto regresé a Inglaterra fui enseguida a ver a K. Le conté entusiasmado que estaba a punto de terminar la biblio­grafía. Esperaba que compartiera mi entusiasmo pero me defrau­dó mucho cuando me dijo que no aprobaba aquel proyecto. Se encogió de hombros y exclamó: «¡Qué pérdida de tiempo! ¿Por qué no quema todos los libros incluidos los míos? Los libros no sirven para nada. Nunca lo encontrará en los libros. ¡Escribir una bibliografía! Señor, la observación de uno mismo es mucho más importante». Por suerte, no tomé a K al pie de la letra. Si se destruían todos los libros, los bibliotecarios como yo íbamos a quedarnos sin empleo.

No volvimos a vernos durante casi doce meses. Hasta que un buen día, después de una de las conferencias públicas de K me acerqué a saludarlo. K me sujetó la mano y me dijo: «¿Qué tal se encuentra? ¿Cuándo se publicará la bibliografía? Procure que sea pronto. Estoy seguro de que será un libro muy útil».

Decidí seguir sus instrucciones de inmediato. También deci­dí no volver a verlo hasta que se hubiera publicado el libro por temor a que cambiara de idea sobre su utilidad. Aquella noche apunté estas frases en mi libreta: «Es imprevisible cómo reac­cionará el espíritu en determinadas situaciones. Sus reacciones estarán determinadas por las distintas influencias que han for­mado su carácter. Pero las respuestas de una mente liberada son imprevisibles porque le falta todo trasfondo psicológico. El espíritu de K es tan imprevisible como el tiempo en Inglaterra».

En 1974 la editorial EJ. Brill publicó A bibliograply of the life and teachings of Jiddu Krishnamurti en Leiden. Contenía 1.559 obras. El libro fue bien recibido en varios países y tuvo muy buenas críticas. Una de estas reseñas apareció en Codex Shambhala, volumen 4, número 2. He aquí un extracto:

«Esta excelente bibliografía abarca la obra escrita por Krishnamurti así como los libros sobre él. Será muy útil para cuantos estén interesados en leerlos en orden cronológico, lo que les permitirá entender el desarrollo experimentado por ­Krishnamurti. La primera parte está dedicada a los escritos de Krishnamurti, que el autor clasifica en obras en prosa, discur­sos y discusiones, poemas, educación y artículos periodísticos. La segunda parte contiene una lista de libros sobre Krishnamurti, su vida y su filosofía».

Le envié a K un ejemplar del libro elegantemente impre­so con esta carta:
Australia

28 de abril de 1975
Apreciado Krishnaji:

Como ahora vivo tan lejos, lamento mucho no poder entregarle este libro personalmente.

Después de varios años de arduo trabajo y de febriles investigaciones, es un gran alivio y una gran alegría ver publicado A bibliography of the life and teachings of Jiddu Krishnamurti.

En el mundo hay millones de personas que nunca han oído hablar de Krishnamurti. Espero que este libro contri­buya a propagar sus enseñanzas. La bibliografía será útil en las bibliotecas de todo el mundo.

Krishnaji, es usted una luz para el mundo. Le deseo bue­na salud y una larga vida. Mis más sinceros saludos,
Susanaga Weeraperuma

He aquí su carta de agradecimiento:

17 de mayo de 1975
Mí querido Weeraperuma:

Muchísimas gracias por enviarme su libro. Habrá sido para usted un enorme trabajo recoger toda la información. Debe de haberle llevado años.

Lamento que esté usted tan lejos y espero que tengamos ocasión de volver a vernos.

Con mis mejores deseos, afectuosamente,
Krishnamurti
Fue necesario publicar el segundo volumen de la biblio­grafía titulada Supplement to a bibliography of the life and teachings of Jiddu Krishnamurti (Bombay: Chetana, 1982). En este extracto de la introducción explico por qué se editó el libro:

«La literatura publicada sobre Krishnamurti crece a pasos agigantados. Es una indicación de que en todo el mundo hay cada vez más gente que se interesa seriamente en sus ense­ñanzas. Después del largo letargo de indiferencia hacia Krishnamurti, incluso el mundo académico de las universi­dades y otras instituciones de enseñanza superior están por fin despertando a su importancia, tal como lo demuestra el sig­nificativo número de tesis universitarias sobre diversos aspectos de las enseñanzas presentadas con éxito en los últimos tiem­pos. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que esta prolí­fica producción de libros y artículos en periódicos (incluido material no impreso como películas, casetes, vídeos y demás) continuará por mucho tiempo. De ahí la necesidad de actua­lizar periódicamente, quizás cada pocos años, A bibliography of the life and teachings of Jiddu Krishnamurti (Leiden: E.J. Brill, 1974) que intentó cubrir hasta el año 1972. Este primer suple­mento de la edición original no es una mera recopilación de publicaciones que han aparecido en los últimos nueve años (1972 1981). Recoge también ciertas entradas que debieron haber sido incluidas en la obra principal publicada anterior­mente».

Debemos la publicación de este suplemento al señor Sudhakar S. Dikshit de Chetana.
CONTRIBUCIONES DEL SEÑOR SUDHAKAR S. DIKSHIT A LAS ENSEÑANZAS DE KRISHNAMURTI
Desde 1950 hasta la fecha, la editorial Chetana ha ofrecido un servicio de inestimable valor a todos los amantes de la ver­dad al publicar diversas obras espirituales, religiosas y filosó­ficas, sobre todo aquellas relativas a las enseñanzas de K. Debemos rendir tributo a la visión espiritual del señor Dikshit que publicó varios libros importantes con las palabras de K. Me refiero a la serie de diecinueve volúmenes titulados Early writings, early talks y Later talks en los que se incluye valiosí­simo material ya agotado publicado en la revista mensual Chetana editada por el señor Dikshit. También publicó una antología de citas de K titulada Sayings of J. Krishnamurti (esta obra se discute más adelante).

Bajo la inspirada batuta del señor Dikshit, se publicaron otros libros en la colección Biblioteca Krishnamurti. Se trata de estudios de evaluación de las enseñanzas de K realizados por diversos autores como Rene Fouere, Carlo Suares, Andre Niel, A.D. Dhopeshwarkar, A.J.G. Methorst Kuiper, Russell Balfour ­Clarke y Susanaga Weeraperuma.

Los estudiantes de las enseñanzas deberían estar particularmente agradecidos al señor Dikshit. Será recordado siempre como uno de los pioneros, portador de la antorcha del mensa­je de K a todo el mundo.

K y yo admirábamos la belleza de una cima nevada en Suiza cuando me habló por última vez de las bibliografías. Me dijo que se alegraba de que la editorial Chetana hubiera publicado un segundo volumen. «Le ruego que mantenga actualizado este trabajo», me pidió. Repuse que el mundo académico ya no podía pasar por alto las enseñanzas porque, dejando de lado sus ventajas, «las bibliografías han probado que existe una litera­tura krishnamurtiana bien diferenciada». K asintió con un movimiento de cabeza y me dijo: «Recién ahora me doy cuenta del valor de las bibliografías».
CITAS DE J. KRISHNAMURTI
Fue el señor Sudhakar S. Dikshit quien me encargó que compilara una antología de citas de K. Acepté su propuesta con entusiasmo.

El papel desempeñado por K en los orígenes de este libro quedará más claro si cito parte de la introducción:

«En mayo de 1985 Sri J. Krishnamurti tuvo la amabilidad de invitarme a almorzar en Arya Vihar, su casa de Ojai, California. Fue una ocasión memorable porque ocurrió al poco tiempo de cumplir él los noventa años. Después de tomar una deliciosa comida vegetariana, le informé a Krishnaji que tenía pensado hacer una antología de citas de sus escritos. Me pre­guntó si el libro iba a ser igual que La filosofía perenne de su amigo Aldous Huxley. Le contesté que en algunos aspectos se parecería a la compilación de Huxley pero que seleccionaría pasajes más cortos y sucintos. Pasamos entonces a discutir el problema de encontrar un título adecuado. Le sugerí el título “La sabiduría de Krishnamurti”. Krishnaji me dijo que era demasiado grandilocuente y sugirió que lo tituláramos “Citas de Krishnamurti”. El hecho de que prefiriera un título senci­llo a otro rimbombante era propio de su modestia y su carácter retraído. Como una hermosa guirnalda de flores perfuma­das, estas selecciones fueron tomadas de sus declaraciones sobre una amplia gama de temas espirituales y filosóficos. Me he esfor­zado por presentar en este volumen la quintaesencia del men­saje de uno de los más grandes maestros de todos los tiempos».

K me pidió que pusiera en marcha la propuesta del señor Dikshit de preparar una antología. Pero la Fundación Krishnamurti se negó a autorizar su publicación. Acusé a la Fundación de actuar en contra de los deseos claramente mani­festados por K. Afortunadamente, el señor D. Rajagopal acu­dió en nuestra ayuda porque por entonces su Fundación K R tenía los derechos de todos los libros de K anteriores a 1968. Gracias a su bondad y al respeto por las instrucciones de K, el señor Rajagopal accedió gustosamente a concederme el permiso necesario.

Es preciso reiterar que fue el mismo K quien sugirió el títu­lo de este libro meses antes de su muerte. Es a él a quien va cariñosamente dedicada esta compilación.

Esta obra es la primera de su estilo sobre las enseñanzas de K. Se trata de una colección de quinientas catorce citas que abarcan hasta el año 1968. Están ordenadas alfabéticamente en ciento dieciocho temas distintos. Este valioso libro de con­sulta permite encontrar rápidamente lo que K dijo sobre temas importantes como la toma de conciencia, la concentración, el miedo, la felicidad, el amor, la meditación y otros. Cada cita va seguida de un comentario en el que se indica su fuente. De este modo, se facilita al lector interesado comprobar no sólo su auten­ticidad sino también su contexto.

Después de aparecer el libro en las tiendas, recibí una ava­lancha de cartas de los lectores que lo habían apreciado. Las buenas críticas también fueron testimonio de su utilidad y su popularidad. He aquí lo que publicó The Vedanta Kesari (val. 74, marzo 1987, pág. 144): «Con su cuidadosa compilación, Weeraperuma ha proseado un valioso servicio al lector y espe­ramos que decida ampliarlo con más citas de uno de los más brillantes intelectos de este siglo».

The Times of India en su edición del 14 de diciembre de 1986 hablaba de este modo de la obra citada: «Susanaga Weeraperuma ha reunido los pensamientos más representativos de los dis­cursos del Maestro. Las más de quinientas citas no sólo despiertan la mente del lector sino que sirven para destacar la pro­fundidad de las frases epigramáticas de Krishnamurti. Haciendo uso de la paradoja, Krishnamurti ha logrado siempre impactar a sus oyentes».

Resultó extraño que incluso la Fundación elogiara el libro. Daba la impresión de que habían abandonado su actitud hos­til hacia esta edición. En el número 52 del Krishnamurti Foundation Bulletin, edición primavera verano de 1987, pági­na 13, dicen lo siguiente del libro: «Esta obra sumamente inte­resante es una antología de citas extraídas de las charlas y escritos de Krishnamurti en un período que abarca más de treinta años... Los extractos han sido meticulosamente elegidos...».

Cuando el señor Dikshit pidió permiso para publicar un segundo volumen de citas que abarcara el período posterior a 1968, la Fundación se lo negó. La carta que le enviaron decía lo siguiente: «Apreciamos el valioso trabajo y las habilidades del señor Weeraperuma. Sin embargo, los miembros de la Fundación no pueden aprobar este tipo de antologías porque Krishnamurti no las consideraba deseables y porque aprobar una obra así contribuiría en el futuro a la proliferación de otras parecidas».

Es falsa la aseveración de que K consideraba que las anto­logías no eran deseables. Ya he explicado que K quería que yo preparara una antología. Además, a principios de 1950, aprobó una antología de sus escritos titulada La libertad primera y última. A K le gustaba especialmente este libro y su amigo Aldous Huxley escribió el prólogo. K también dio el visto bueno a la publicación de otra estupenda antología titulada Meditations (1979), que constaba de sesenta y dos pasajes cortos y aforismos extraídos de obras anteriores sobre el tema de la medicación y la toma de conciencia. El segundo motivo esgrimido para negar­me la autorización es igualmente ridículo: «...aprobar una obra así contribuiría en el futuro a la proliferación de otras pareci­das». ¿Por qué la Fundación se opone tanto a la proliferación de libros de K? ¿Acaso las enseñanzas no deberían difundirse en todo el mundo mediante la publicación de más libros?

Los miembros de la Fundación se ganaron una notable mala fama al negar su permiso al señor Dikshit. Su decisión fue ampliamente condenada y se consideró como una actitud de quien no promociona sino que impide la difusión de las ense­ñanzas. La posteridad juzgará si la Fundación o el señor Dikshit tuvieron razón en este asunto.
COMENTARIOS SOBRE LAS ENSEÑANZAS
Existe la idea equivocada de que K se oponía a los libros en los que se discutían sus enseñanzas. Decidí recabar su opinión sobre este tema solicitándole una entrevista privada. K contestó a mi pregunta con la claridad que lo caracterizaba:

«Toda persona que ha sido tocada por las enseñanzas que­rrá difundirlas según su capacidad. Algunos se convertirán en maestros o predicadores. Otros preferirán expresar su entendi­miento escribiendo libros sobre las enseñanzas».

«Mi problema» le expliqué, «es que soy un escritor con­cienzudo. Pongo especial cuidado en no interpretar mal sus enseñanzas. Aun así, ¿cómo estar seguro de que no las tergi­verso sin darme cuenta?»

K me contestó: «Es muy sencillo. Debe usted escribir a la luz de su propia comprensión. No busque en las enseñanzas lo que éstas no contienen. Esto significa que debe usted per­manecer absolutamente vigilante para no recibir la influencia de las distintas ideas, creencias y experiencias que han condi­cionado su visión de la vida. Al escribir sobre las enseñanzas, ¿no puede limitarse a decir que está investigándolas? Tanto usted como el lector emprenderán juncos un viaje de descu­brimientos. Ninguno de los dos están seguros de lo que K qui­so decir exactamente con determinada manifestación. Por lo tanto, nunca podrá usted decir, “Esto es lo que K quiso decir”. A lo sumo podrá decir, “Probablemente esto es lo que K quiso decir”. Es bueno emplear palabras como “quizás” y “probable­mente” porque introducen un elemento de duda en la mente del lector. Si lo hace usted así, no correrá
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