Krishnamurti tal como le conocí






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La libertad primera y última de K. En una carta de agradecimiento me manifestó que después de leer el libro había cambiado de opinión. Me decía en su carta: «Estoy con­vencido de que Jesús también fue un predicador radical como Krishnamurti, pero la iglesia nos ofrece ahora unas enseñanzas diluidas. Jesús y Krishnamurti parecen tener los mismos ras­gos. Es interesante».

Cada vez que K se subía a un escenario para hablar, su per­sonalidad experimentaba una sutil transformación. Desaparecía su modesta timidez, adoptaba el aire del orador distante y no le importaba decir cosas que herían los sentimientos de sus oyentes, le tenía sin cuidado el hecho de que las denuncias que hacía de los gurús y de sus sistemas de meditación ofendieran las susceptibilidades religiosas de sus devotos seguidores. Hablaba como un hombre poseído por un poder de compren­sión que a otros les faltaba; hablaba con cara seria y tono len­to y digno; la expresión seria de su rostro armonizaba con las sabias sentencias que pronunciaban sus labios, sentencias sal­picadas de breves pausas, presumiblemente porque deseaba que su significado penetrara el espíritu de sus oyentes. Rara vez reía o sonreía cuando hablaba en público. No es de extrañar que muchos se formaran una imagen de K que no se correspondía con su verdadero carácter, porque sacaban la conclusión errónea de que K era un caballero amargado y gruñón. Es verdad que en ocasiones se mostraba melancólico y abatido, pero se trataba de estados de ánimo pasajeros, porque su rostro era como un calidoscopio de expresiones en permanente cambio que nos daba una idea de la variedad extraordinaria, de la vitalidad y la riqueza de su vida interior.

Una anciana de Nueva Zelanda que asistió a una serie de charlas en Madrás, confesó haber soportado un largo viaje en barco «por el puro placer de ver sonreír a Krishnamurti». Era la suya una sonrisa seráfica que, con frecuencia desarmaba a muchos de sus antagonistas, decididos a derrotar a K en la dis­cusión. No tenía más que sonreír y sus enemigos se olvidaban de la cólera y se hacían amigos de él. Dondequiera que fuese, su misteriosa y encantadora sonrisa le ganaba nuevas amis­tades.

Hay un cierto número de sesudas tesis sobre la psicología de la risa. Lamento no haberle preguntado a K sobre la impor­tancia psicológica de la risa. Debí haberle preguntado: ¿Se escon­de algo más tras la risa, aparte del hecho que suele ser una vál­vula de escape en situaciones de miedo, ansiedad, dolor, sufri­miento y demás? Me hice una idea bastante aproximada de la actitud de K con respecto a la risa después de observar su reac­ción a ella. En cierta ocasión, K dijo que como las personas con­fundidas invariablemente actúan siguiendo los dictados de su confusión, no pueden evitar elegir gurús que también están confundidos. El público se rió a carcajadas de estos comenta­rios. K hizo un ademán en señal de desaprobación y dijo: «Les ruego que no se rían. Les hablo muy en serio». En otra ocasión, regañó a un grupo de jóvenes que en una de sus charlas se ha­bían echado a reír. «Ríen ustedes» les dijo, «porque reaccionan emocionalmente». Sin embargo, en varias oportunidades, K se echó a reír abiertamente en sus conferencias, cuando alguien contaba un chiste o por algún incidente cómico. Por ejemplo, una mañana, en una reunión informal, K intentó por todos los medios compartir con los presentes una profunda verdad que había descubierto. Decía que se experimenta una alegría inmen­sa al observar algo exactamente como es, sin la intervención del «observador» porque el «observador» suele distorsionar la obser­vación. Refiriéndose a sí mismo en relación con la observación pura, K dijo: «Cuando miro ese árbol del jardín, no existe un “yo” que observe el árbol. Sólo existe el árbol. Sólo existe la cosa observada sin el “observador” que la mira».

«¿Quiere decir entonces» preguntó entusiasmada una ancia­na, «que el “observador” se ha fundido con la cosa observada y por eso sólo existe el árbol y nada más? ¿Desaparece el cuer­po y se funde con el árbol?»

«¡Por supuesto que no!», exclamó K soltando una carcajada.

Bhikku Walpola Rahula, el eminente sabio y escritor budis­ta que había discutido en varias ocasiones con K, me contó cier­ta vez que encontraba un asombroso parecido entre el sentido del humor de Buda y el de Krishnaji. Ambos poseían un fino y sutil sentido del humor que revelaba su extraordinaria agudeza men­tal. Hay un refrán que dice que la inteligencia o falta de inteli­gencia de un hombre se mide por las cosas que lo hacen reír.

Los admiradores de K disfrutaban viéndolo reír, sobre todo porque la risa hacía que se pareciera menos a una deidad y más a una persona corriente con características humanas. Su risa era a veces suave y ahogada y a veces una carcajada que rayaba en el éxtasis. En ocasiones se reía durante varios minutos. Cuando lo hacía, el rostro se le iluminaba y los ojos se le llenaban de lágrimas. La intensidad emocional que se manifestaba en el rostro de K cuando le daban estos ataques de risa lo hacía pare­cerse a un bhakta en trance. De más está decir que su risa ale­graba a cuantos lo rodeábamos.

Nunca oí a K utilizar palabrotas en inglés, aunque debía de conocer su existencia porque leía novelas policiacas y se rela­cionaba con muchas clases de personas. Varias veces lo oí uti­lizar palabras como «maldito» y «jodido» pero hoy en día ya nadie se espanta al oírlas. Su puro sentido del humor no tenía nada de vulgar, obsceno o escatológico. Era un humor sin mácu­la en el sentido de que no era sardónico. Nunca se reía mali­ciosa o burlonamente con la intención de humillar a un adver­sario. Se reía de un modo infantil de todas las cosas que son cómicas y ridículas.

Cuando un político poderoso no goza de la simpatía de la gente se convierte en blanco de nuestros chistes. ¿Acaso no obte­nemos un sutil y sádico placer convirtiendo a alguien en el haz­merreír de la sociedad? Por regla general, disfrutamos rién­donos del prójimo, ¿pero alguna vez nos reímos de nosotros mismos? ¿Están los orgullosos dispuestos a reírse de sí mismos arriesgándose así a herir sus henchidos egos? Sólo los verda­deramente humildes son capaces de mirar hacia dentro y reír­se de sí mismos. K poseía una gran capacidad para hacerlo.

A pesar de que el nombre de K había adquirido fama mun­dial, cabe destacar que incluso en su infancia no sentía ningún apego por él. Le reprochaba a la gente el adorar su nombre, por­que toda adoración personal que se centra en un nombre impi­de que las personas se acerquen a las enseñanzas con espíritu nuevo. Nuestra dificultad radica en que no logramos disociar su nombre de sus enseñanzas. En una reunión privada nos dijo muy claramente: «Estas no son mis enseñanzas, sino las ense­ñanzas de la vida». Con ello probablemente quisiera darnos a entender que las enseñanzas son valiosas y ciertas no porque K las expresara sino porque eran ciertas de todos modos. Es decir, que las enseñanzas son intrínsecamente ciertas, independien­temente de que fuera K o cualquier otra persona quien las impar­tiera. K no era más que el exponente de ciertas verdades uni­versales y, al parecer, nunca tuvo la sensación de ser el posee­dor de lo que enseñaba. Por tanto, ¿no es lamentable que las enseñanzas universales se vieran ligadas a un nombre determi­nado? Por eso se entiende por qué K comentó entre risas que había considerado la posibilidad de cambiarse el nombre de Krishnamurti por el de Christopher Murphy.

Quienes tuvieron el placer de tratar a K le escucharon con­tar historias divertidas, chistes e infinidad de anécdotas. K nun­ca se hizo pasar por autor de las cosas cómicas que contaba. Las fuentes de algunos de sus cuentos se remontan a la literatura zen. Pero él los modificaba un poco. Empleaba los chistes y las historias ajenas para instruir y despertar a cuantos buscaban su consejo así como para aclarar aspectos difíciles de sus enseñan­zas. En sus horas de ocio en Colombo, vimos a K leer un libro de chistes. A K le encantaba el humor de Mark Twain y pude comprobar que en la biblioteca personal que tenía en Arya Vihar, en Ojai, tenía varios libros de este gran humorista norteame­ricano. Algunas de sus historias no se basaban en hechos pero eso no tenía ninguna importancia porque su propósito era trans­mitir un mensaje.

K disfrutaba contando historias en las que se describían comportamientos personales que no estaban de acuerdo con los principios morales reconocidos. He aquí un buen ejemplo:

Dos monjes que habían hecho votos de abstinencia sexual absoluta, de pensamiento, palabra y hecho, regresaban lenta­mente a su monasterio después de haber ido a un funeral. El monje más anciano iba delante del joven novicio que llevaba en una bolsa de cuero las monedas que les habían dado por ofi­ciar el funeral. Al pasar delante del prostíbulo del pueblo, el joven novicio dijo entusiasmado:

«¿Vamos a ver a la prostituta del pueblo y a gastarnos lo que hemos ganado?»

Presa del asombro y el disgusto, el monje más anciano reprendió al joven novicio:

«¡Avergüénzate! ¿Acaso no sabes que no deberías tener estos pensamientos? Además, no tenemos dinero suficiente para eso».

Otra historia también se refiere a dos monjes que habían hecho votos de castidad y abstinencia absoluta de pensamien­to, palabra y hecho. Partieron juntos en un largo viaje duran­te el cual debían recorrer a pie poblados, bosques y tierras pan­tanosas. Se disponían a cruzar un río con una fuerte corriente cuando se les presentó una atractiva muchacha y les pidió que la ayudasen a cruzar.

«Márchate» le gritó el monje joven, «porque hemos hecho promesa de no tener tratos con mujeres».

«Os ruego que me ayudéis» sollozó la muchacha.

Al oír esto, el monje más anciano la alzó en brazos y vadeó el río de rápida corriente. Cuando hubo cruzado, la mujer le agradeció el favor y se marchó. Concluido el incidente, el mon­je joven se pasó varios días criticando la conducta del más ancia­no. Se quejaba muy airado:

«Has tenido una conducta impropia al tocar el cuerpo de una mujer».

El monje más anciano le espetó:

«¡Yo dejé a esa mujer en la orilla del río pero tú sigues llevándola en brazos!»

Esta historia ilustra la mente poco casta del joven monje que seguía turbado por un hecho inocente que pertenecía al pasado. Según K, la verdadera castidad consiste en estar libres de la formación de imágenes y su almacenamiento en el espí­ritu. Por lo tanto, su idea de la castidad estaba muy alejada de la actitud tradicional que insiste en evitar todo contacto con el sexo opuesto.

Un día, mientras K y yo almorzábamos en Gstaad, Suiza, me preguntó con curiosidad qué lugares de interés cultural había visitado en mis vacaciones de verano en Roma. Le comen­té que lo más interesante de mi viaje había sido el día que pasé inspeccionando los estantes de la maravillosa Biblioteca Apostólica Vaticana. Le describí con entusiasmo los antiguos manuscritos, los primeros libros impresos y otros tesoros de esta institución. Le referí a K que los administradores de esa gran biblioteca habían aceptado agradecidos algunos libros que yo había escrito sobre sus enseñanzas. También les regalé algu­nos libros de K que fueron muy bien recibidos. «Será muy divertido» dije, «cuestionar sus creencias y dogmas y sacudir los cimientos mismos de la Iglesia Católica Romana. ¿No le pare­ce necesario estimular a los teólogos a que lean libros relacio­nados con sus enseñanzas?»

K me preguntó: «¿De veras están interesados?»

Le contesté: «Pues tenemos que hacer que se interesen. ¿Cree usted que al Papa le interesaría asistir a sus charlas?» La inge­nuidad de mi pregunta lo sorprendió. Me lanzó una mirada incrédula y me dijo: «¿El Papa en Saanen? No lo creo proba­ble». De inmediato, K se puso a hablar de las magníficas obras de arte que había visto en el Vaticano. Me dio la impresión de que no había tenido una audiencia con ningún Papa, pero me comentó que Juan Pablo I muy sonriente lo había saluda­do con la mano. K sentía una simpatía especial por ese Papa, al que describía como «un hombre amistoso». K lamentaba que hubiera muerto repentinamente después de un breve reinado. Muy divertido, K me contó esta historia:

Encontraron a un mendigo harapiento orando en la Capilla Sixtina, la capilla del Papa, decorada con frescos de Miguel Ángel y otros pintores. El Papa notó enseguida la presencia del mendigo y de inmediato manifestó su fastidio. «¿Quién es ese hombre que está ahí arrodillado? No lleva la ropa adecua­da». El Papa ordenó al mendigo que abandonara de inmedia­to la Capilla Sixtina. El hombre tuvo que obedecer. El men­digo se sintió decepcionado por el rechazo del Papa, pues para él, que era muy devoto, aquello casi equivalía a haber sido exco­mulgado de la Iglesia Católica. Regresó a la sórdida habitación que ocupaba en un barrio bajo de Roma. Y en la soledad y el silencio de su cuarto se arrodilló para rezar. De repente, Dios se le apareció en persona. El pobre hombre no daba crédito a sus ojos al ver al Todopoderoso en todo Su esplendor. Dios se dirigió a él amorosamente y le preguntó:

«¿Cuál es tu problema?»

«Mi problema» le contestó, «es que me echaron del Va­ticano».

«No te preocupes» le dijo Dios, «porque a mí tampoco me dejan entrar».
A K le gustaban los chistes y las anécdotas de Jesús y, sobre todo, de misioneros que viajan a países lejanos con la intención de convertir al cristianismo a los paganos que se niegan a reco­nocer al Dios de la Biblia.

Una de sus historias preferidas era la de un misionero que ponía gran celo en su trabajo e intentaba predicar los evange­lios a un grupo de caníbales. A los caníbales les molestó tanto su actitud desdeñosa que decidieron comérselo para la cena. Se disponían a freír al misionero en una olla de aceite hirviente.

«Por favor, no me comáis pidió el misionero asustado».

«Lo que uno come» filosofó uno de los caníbales, «es cues­tión de gustos. A ti te encanta comer carne de vaca y nosotros preferimos la de misionero. »

Algunas personas que asistían a las conferencias de K eran realmente raras. Un joven barbudo, de cabello largo, vestido con una amplia túnica blanca que parecía una sotana se pre­sentó ante K después de una de sus charlas y le dijo: «Me lla­mo Jesucristo. Soy el verdadero Jesús. Al falso que utilizó mi nombre hace mucho tiempo lo crucificaron como merecía».

K le ofreció una amplia sonrisa y le estrechó la mano. Después de haberlo saludado, le dijo: «Encantado de haberlo conocido, señor Jesucristo».

Algunos de los presentes escuchamos la conversación y nos echamos a reír a carcajadas. El hombre se ofendió al compro­bar que se había convertido en el hazmerreír de cuantos lo ro­deaban. Presa de la ira, nos miró fijamente a los ojos y luego se marchó sin decir palabra.

A lo largo de su vida, K se opuso con convicción a las orga­nizaciones espirituales. No sirven de nada porque no existe organización, por más bien intencionada y eficiente que sea, que pueda ayudar a nadie en el viaje interior que nos permite observar el proceso del pensamiento; es más, el hecho de par­ticipar en organizaciones espirituales se convierte en ocasiones en un modo de huir del trabajo realmente importante: la obser­vación de uno mismo. K siempre sostuvo que la verdad, que es una inalcanzable «tierra sin senderos», no puede y no debe ser organizada. Denunciaba a las organizaciones espirituales refiriendo la conversación entre el diablo y su amigo.

Un día, el diablo y su amigo iban caminando por la calle cuando vieron que un hombre recogía algo y se lo guardaba en el bolsillo.

«¿Qué fue lo que recogió?», preguntó el amigo.

«Un trozo de verdad» respondió el diablo.

«¿Y eso no es para ti un mal asunto?»

«En absoluto» repuso el diablo. «Porque dejaré que orga­nice el trozo de verdad que acaba de recoger».

En cierta ocasión, le comenté a K: «Un escritor europeo tie­ne algo nuevo e interesante que decir sobre su origen. Sus inves­tigaciones revelan que usted no es el único que nació en otro planeta y que ha llegado a la tierra en una nave espacial. Sostiene que por ese motivo no encaja usted en este mundo de ambi­ciosos y competidores».

K se rió un rato y luego me preguntó: «¿Está diciendo que mi padre no me engendró? ¡Mi pobre padre!»

Dejó de reír y su rostro cansado se mostró muy serio. Luego dijo: «Cuídese de las teorías. Las teorías atan y ciegan».

El espíritu simple y sin complicaciones de K era tan per­ceptivo que jamás se le escapaba el lado incongruente o cómi­co de una situación. Por ejemplo, contaba cuántos policías arma­dos tenían a su cargo la custodia de la señora Indira Gandhi, la primera ministra de la India, cuando fue a visitarlo. K habla­ba entonces risueño de un policía muy gordo que se ocultaba detrás de un árbol muy estrecho, sin darse cuenta de que se lo veía por los cuatro costados.

K se rió a mandíbula batiente cuando le contaron que cier­ta dama se había negado a ver una película en la que él apare­cía dando una charla. Y se negó a hacerlo porque de ese modo K no iba a notar su presencia entre el público. ¿Acaso se rió K de la vanidad oculta de esa dama o de su extraña expectati­va de que quienes eran vistos por K iban a sacar un misterio­so provecho?

Situado en la pintoresca y accidentada ciudad de Kandy, el antiguo Templo del Diente es considerado por todos como el sancta sanctorum de Sri Landa, porque en su recinto sagrado se conserva un diente de Buda. Aunque la doctrina budista no acepta ningún tipo de adoración, esta reliquia ha sido ado­rada desde hace siglos por los budistas devotos. Varios reyes budistas creían que el soberano que tuviese la buena suerte de poseer este diente no iba a ser nunca vencido. Cuando K estu­vo en Colombo, un monje budista fue a visitarlo y comenzó a elogiar los poderes ocultos del diente. El monje tuvo la auda­cia de sugerirle a K: «Ahora que está usted aquí, debería visi­tar este altar sagrado y hacerle una ofrenda de flores e incien­so al diente de Buda».

K se rió del consejo y le preguntó al monje: «¿Está usted seguro de que no se trata del diente de un cocodrilo?»

El doctor Kewal Motwani, sociólogo y escritor, residía en Colombo cuando K visitó esa ciudad en 1957. El doctor Motwani era un viejo amigo de K. Mucho antes de que el sub­continente fuera dividido en India y Pakistán, K se había hos­pedado en la casa del doctor Motwani en Karachi. Después de la división, K tenía intención de dar unas conferencias en Pakistán, pero el doctor Motwani lo convenció de que cance­lara su programa. Le imploró a K que no viajara a ese país. «Krishnaji, cuando conozcan tus puntos de vista, los fanáticos musulmanes querrán matarte». K aceptó la sugerencia y no dio las conferencias en ese país. Por ese motivo, K era prácticamente desconocido en el mundo musulmán y, dicho sea de paso, tam­poco era conocido en el mundo comunista.

En la mansión del doctor Motwani, en Colombo, ofrecie­ron una recepción en honor de K. A ella asistieron los minis­tros del gobierno, políticos, periodistas, académicos y varios ciudadanos destacados. K abrazó calurosamente al doctor Motwani cuando llegó. Fue un gesto de amistad y afecto. Cuando K se hubo sentado, el doctor Motwani hizo un discurso formal de bienvenida, en el curso del cual pronunció la siguien­te frase: «Krishnaji, cuando estoy contigo, siento que me encuen­tro en la sagrada presencia de Buda». K sonrió e inquirió de repente: «¿Pero alguna vez has estado en su presencia?» La fal­ta total de egocentrismo de K resultó particularmente eviden­te en la recepción mencionada. Los caminos del ego sediento de cumplidos son extraños. Una de las características nota­bles de K era que no le afectaba en absoluto el hecho de que sus admiradores lo tuvieran en alta estima. Ni los elogios ni las críticas hacían mella en él. Cuando uno se conoce a fondo, ¿importa acaso lo que el mundo piense?
CONSEJOS SOBRE LA SALUD
A lo largo de su vida, K cuidó siempre de su salud. Le pre­ocupaba mucho mantenerse en forma para poder cumplir con su misión en la vida: proclamar la verdad y derrotar las som­bras de la ignorancia. Una de las críticas que se le hacían siem­pre a K era que se preocupaba en exceso por su bienestar físi­co. Sus críticos no se daban cuenta de que K necesitaba estar fuerte para poder soportar el peso y el estrés de viajar cada año a la India, por Europa y América con el fin de dar sus char­las. Incluso cuando era un nonagenario, cuando muchos a su edad dormitaban en un sillón en lugar de dar discursos, K seguía en plena actividad. No se enorgullecía ni le causaba placer el mantener su cuerpo en forma, al contrario, consideraba que la buena salud era una condición sine qua non para continuar con su trabajo.

La actitud de K hacia la salud tal vez se vio influida por algunos factores secundarios. En virtud de su formación brah­mánica, que da especial importancia a la higiene personal y a la dieta adecuada, era poco probable que K hubiera descuidado su cuerpo. Consciente de la necesidad de proteger el deli­cado cuerpo de K cuando era niño, el obispo C.W. Leadbeater tomó medidas para adiestrarlo y fortalecerlo. Animó al mucha­cho para que nadara e hiciera ejercicio.

A la tierna edad de quince años, en su primer clásico, un librito de instrucciones titulado At the feet of the master1 K escri­bió sobre la importancia de cuidar el cuerpo. Equiparaba el cuerpo a un animal, al caballo que monta el jinete. Por ese moti­vo, hay que tratarlo bien y cuidar de él; no hay que hacerlo tra­bajar en exceso y es preciso alimentarlo bien. Además, el cuer­po siempre debe estar limpio, «libre de la más mínima mota de suciedad».
HATHA YOGA
Una mañana, algunos de nosotros conversábamos anima­damente en la salita de la casa de Jawatta Road, en Colombo, cuando K nos llamó a su cuarto y nos dio interesantes informaciones sobre el hacha yoga. Nos indicó cuál era el mejor modo de practicar ciertas asanas. Nos consideramos doblemente pri­vilegiados porque K, que llevaba practicando desde hacía años, nos demostró cómo hacer algunas asanas importantes. Era una delicia ver a K haciendo ejercicio. Vestía un pijama blanco y arrugado y su cuerpo ágil y enjuto se movía con la velocidad y la gracia de una serpiente.

Nos explicó: «Deben ustedes entender que practico yoga únicamente por motivos físicos. Es la única manera de man­tenerme en forma. El yoga es un medio para conseguir un fin y no un fin en sí mismo. Es preciso entender bien esto, porque los yoguis lo practican con la intención de adquirir poderes psí­quicos o lograr el despertar de kundalini y todas esas cosas, que son justamente las que no me interesan».

K abrió de par en par las ventanas de su cuarto e inspiró hondo, retuvo el aire fresco de la mañana y luego lo exhaló; dedicó aproximadamente quince minutos a la serie de ejerci­cios respiratorios. «Los ejercicios de pranayama» nos explicó, «son muy importantes porque oxigenan el cuerpo. El cerebro no puede funcionar sin oxígeno. Aprendan a respirar correcta­mente para que el cerebro rinda siempre al máximo».

«¿Me ayudarán los ejercicios de pranayama a ser más inte­ligente?», inquirí yo.

«No necesariamente. Es un tema muy complejo. No vamos a analizarlo ahora, si no le importa», me dijo.

K destacó la importancia de adoptar buenas posturas al sen­tarnos y al estar de pie. Nos confirmó la opinión tradicional de que si se mantienen la cabeza y la espina dorsal erguidas se favo­rece la buena salud del cerebro.

K nos comentó que uno de los muchos significados de la palabra «yoga» es destreza en acción. En el dominio del hat­ha yoga, la destreza en acción implica practicar en perfecta for­ma la combinación de ejercicios más adecuada a las necesida­des de una persona.

K aprendió hatha yoga leyendo un libro sobre el tema pero por desgracia no recordaba ni el título ni el autor. Continuaba ampliando sus conocimientos sobre este vasto campo apren­diendo de cuantos supieran del tema.

Después de realizar una serie de ejercicios de columna, K descansó un buen rato en la postura supina del muerto (sava­sana). Acto seguido habló con entusiasmo de su asana favorita, la postura del cuerpo entero o de todos los miembros (sarvan­gasana). No lo vimos practicar esta postura pero nos indicó cómo hacerla y nos explicó sus ventajas especiales. Hay que acostarse sobre la espalda y subir despacio las piernas de mane­ra que el tronco, las caderas y las piernas queden verticales. Los codos descansan en el suelo y la espalda se apoya en las manos. La barbilla queda apretada contra el pecho. El peso del cuer­po recae sobre los hombros. Dado que esta asana regula la secre­ción de la tiroides, la glándula más importante del sistema endocrino, el cuerpo se beneficia naturalmente de esta postu­ra. Facilita una regeneración física. Hablando en tono ligero, K nos contó una historia que pretendía explicar el origen del hatha yoga. En la antigua India existía una planta especial lla­mada soma. Se la consideraba de origen divino y en los tiem­pos védicos su savia era ofrecida a los dioses. Esta planta poseía ciertas cualidades vivificantes, puesto que quienes la consu­mían aumentaban su percepción. La planta milagrosa aguzaba la mente y, como es lógico suponer, era muy apreciada y se la consumía mucho. Por desgracia, no tardó en desaparecer y quienes en otros tiempos la habían atesorado se sintieron perdidos. Por ese motivo, los rishis inventaron el complicado sistema del hatha yoga para sustituir al soma. Sostenían que el hatha yoga es tan capaz de despertar la conciencia como el soma.

Años más tarde, cuando me encontré con K en Londres, qui­so que asistiera a las clases que allí daba el señor B.K.S. Iyengar. Después de dos sesiones de hatha yoga, le comenté que me dis­gustaban los rigurosos métodos del señor Iyengar, que obliga­ba a sus alumnos a hacer ciertas posturas difíciles cuando sus cuer­pos todavía no estaban preparados. Le dije que a mi modo de ver una asana es, sin duda, una postura cómoda y relajante que con­duce a la meditación, algo que debe hacerse despacio y sin esfuer­zo, pero este maestro, quizás porque quería que sus alumnos pro­gresaran de prisa, hacía caso omiso del hecho de que el cuerpo requiere un largo período de adaptación antes de ablandarse lo suficiente como para hacer complicadas contorsiones. Me referí a los posibles efectos nocivos de obligar al cuerpo a hacer ejer­cicio. Añadí que uno debía tratar a su cuerpo con suavidad y no con violencia. K estuvo plenamente de acuerdo conmigo y me indicó que él ya había dejado de seguir el sistema de Iyengar.
ALIMENTARSE SIN CRUELDAD
Existen muchos argumentos éticos, filosóficos, económicos y nutricionales a favor del vegetarianismo. Hoy en día, son muchos los que evitan el consumo de pescado, carne y aves por­que apoyan la doctrina de la no violencia (ahimsa) u otro prin­cipio religioso que prohibe matar. Pero K no apoyaba ningu­na creencia ni ideología. Para K la práctica del vegetarianismo no era producto de un frío razonamiento. Su vegetarianismo nacía del seno de la compasión. Su compasión por los animales era equivalente a su compasión por los seres humanos. Infligir cualquier tipo de dolor a cualquier criatura viviente era algo que repugnaba a su naturaleza. Amaba y respetaba profundamente a los animales, tanto a los domésticos como a las peli­grosas bestias salvajes que veía accidentalmente en el curso de sus paseos solitarios por el bosque. En sus libros hay referen­cias a algunas de sus comunicaciones no verbales con los ani­males.

Uno de nuestros amigos que vive en Inglaterra fue amo­nestado por K del siguiente modo: «Señor, sé por su aliento que come carne. No coma usted carne. ¡Es veneno!» No sé si esta persona se sintió herida en sus sentimientos después de oír semejantes palabras. Como K desempeñaba un papel de maes­tro espiritual itinerante, en numerosas ocasiones tuvo que rea­lizar observaciones de este tipo que cuestionaban los hábitos de alimentación de la gente y, en consecuencia, alteraban su paz de espíritu.

En At the feet of the Master, K denunciaba la terrible matan­za de animales exigida por la superstición que exigía estas inmo­laciones. También se refirió a «la aún más cruel superstición de que el hombre necesita alimentarse de carne».

Cuando le manifesté a K que la gran mayoría de monjes budistas de Sri Lanka comen carne y pescado sin ningún tipo de vergüenza y que defendían su actitud citando los textos sagra­dos, sintió mucha pena y exclamó: «¡Pobre Buda!»

En 1974 renuncié a mi cargo en la Biblioteca Británica para irme a Adelaide, donde me habían nombrado bibliotecario de la Biblioteca del Parlamento de Australia del Sur; puesto que ocupé doce años, desde 1974 a 1986. Antes de marcharme de Inglaterra, fui a despedirme de K. K me miró fijamente y me dijo: «Cambie usted de ambiente, si es preciso, pero lo que es más urgente es que se produzca un cambio dentro de usted mis­mo». No aprobaba mi idea de establecerme en Australia. Al despedirse de mí me aconsejó: «Vaya donde vaya, no malgaste su vida». ¿Acaso era malgastar la propia vida marcharse a un país nuevo y aceptar un trabajo más lucrativo? ¿Acaso K no había viajado a Australia en varias ocasiones para dar sus con­ferencias?

El salario que me ofrecían en Australia era tan alto que podía permitirme el lujo de viajar al extranjero varias veces al año para asistir a las conferencias de K en lugares tan lejanos como Estados Unidos, Inglaterra, Suiza y la India. En los últimos diez años de la vida de K, tuve mucha suerte porque lo encon­tré en varias ocasiones en distintas partes del mundo. Cada vez que me veía, me preguntaba: «¿De veras le gusta Australia?», o «¿Cuándo se marchará usted de Australia?» Fue en el vera­no de 1981, mientras almorzábamos juntos en Chalet Tanneg, en Gstaad, Suiza, cuando comprendí por qué no aprobaba la forma de vida australiana. K se quejaba de lo siguiente: «En Australia comen trozos de carne que ocultan con disimulo entre rebanadas de pan. ¿Cómo puede vivir en un país así? ¿Quiere ser como ellos?»

En cierta ocasión le preguntaron a K si el hecho de estar libre de vicios como el alcohol, el tabaco y los alimentos no vegetarianos contribuía a que uno entendiera sus enseñanzas. Su respuesta fue bien simple: no es lo que uno se lleva a la boca lo que nos da entendimiento. El hecho de renunciar a estas cosas no hará que comprendamos la realidad. A la liberación se lle­ga descubriendo y trascendiendo las limitaciones del espíritu y el corazón. Si un hombre deja de comer carne con la esperanza de conseguir una mejora espiritual, ¿actúa impulsado por un auténtico sentimiento de pena hacia los animales que sufren? ¿Acaso no lo hace por puro egoísmo? En ese caso, ¿no es el yo ambicioso el que intenta expandirse escudándose tras una más­cara respetable de espiritualidad? Es evidente que uno puede hacerse vegetariano por miles de motivos, pero el único vege­terianismo sublime es el inspirado en la compasión desinte­resada.
LA NUTRICIÓN CORRECTA
«Si uno se preocupa por el bienestar del cuerpo», observó K, «se encargará de leer y averiguar lo que opinan los expertos sobre la correcta nutrición. El vegetarianismo en sí mismo no nos asegura automáticamente una buena salud, porque sólo habría que tomar alimentos vegetarianos nutritivos y evitar todo aquello que irrite el organismo. En mi vida siempre le he dado importancia a dos cosas: estar solo y tomar los alimentos adecuados».

K comía muy poco y masticaba mucho cada bocado. Le aconsejó a un empresario ocupado que tenía por costumbre comer de prisa: «Mastique mucho, pero mucho y después beba para tragar la comida». En el comedor, K comía tan despacio que invariablemente era el último en terminar.

El almuerzo era su principal comida del día. En primer lugar tomaba una fruta, una manzana o un mango, por ejemplo. Después tomaba un alimento crudo, en general una ensalada. El siguiente plato consistía en un alimento cocido, por ejem­plo arroz hervido y especiado. Terminaba la comida con una galleta integral o un trocito de chocolate Lindt de Suiza. Lindt es la mejor marca de chocolate del mundo. Dicho sea de paso, en varias ocasiones tuve el placer de regalarle a K alguna que otra caja de bombones Lindt. Noté que elegía el más pequeño y convidaba el resto a quien tuviera a mano. Estaba despro­visto de todo sentimiento de propiedad y le encantaba com­partir o regalar lo que le ofrecían.

En los últimos años de su vida, K tomó ginseng para mejo­rar su salud y combatir el cansancio. De cuando en cuando le enviaba ginseng y un queso fresco que le gustaba mucho.
ENTENDER LA NATURALEZA DE LA ENFERMEDAD
K opinaba que entender las causas de una enfermedad era más útil que tratar de vencerla. Nuestro espíritu está tan acos­tumbrado a perseguir los placeres y a dejar de lado los dolores que no nos resignamos a vivir con una enfermedad. En lugar de quedarnos con una enfermedad deseamos deshacernos de ella lo antes posible. La fiebre, por ejemplo, es una bendición por­que contribuye a quemar toxinas y a purificar el cuerpo. Cuando a K le preguntaban si estaba a favor de la alopatía, la homeo­patía, la naturopatía o cualquier otro sistema de tratar las enfer­medades, daba esta contestación neutral: «Supongo que en cada uno de esos sistemas hay algo de verdad».

«Cada trocito de comida que entra en nuestro estómago» decía K «influye directa o indirectamente en la salud. Por eso, hay que observar atentamente cómo se reacciona a las dife­rentes clases de comidas y medicinas». K me comentó también que existe una estrecha relación entre el ejercicio físico y lo que él denominaba «la inteligencia del cuerpo». Y añadió: «¿Está usted destruyendo la inteligencia natural del cuerpo con un exceso o un defecto de ejercicio? Procure evitar los dos extre­mos. Determine también si sus actividades diarias lo cansan demasiado y debilitan su resistencia a la enfermedad».

Una de las dificultades que tengo es que todas las enfer­medades merman mi estado de ánimo. Cuando la enfermedad entra por la puerta, la alegría se marcha por la ventana. A K le preguntaron cierta vez si las indisposiciones físicas le provoca­ban depresiones. K dejó bien claro que aunque en su vida había padecido varias enfermedades ninguna de ellas había influido jamás en su estado de ánimo.
EL ARTE DE LA RELAJACIÓN
A pesar de que K nunca recibió una educación médica for­mal, su intuición sobre el cuerpo era muy profunda. En una de mis muchas entrevistas con K nos dedicamos a analizar el arte de la relajación. «Antes de que hablemos de la relajación, ¿ha intentado usted averiguar qué es lo que lo pone tenso?», me preguntó. Acto seguido me aclaró que todo problema o preo­cupación impedirían la relajación completa. Me dijo también que el té y el café impiden la relajación. «Cuando esté cansa­do, no tome usted ningún estimulante. Lo único que necesita es un momento de tranquilidad».

Hacía una tarde calurosa y casi todos los presentes sudaban. K se encontraba particularmente cansado después de haber esta­do una hora hablando sin parar y contestando preguntas. Con voz débil pidió: «¿Puedo hacer una pausa?» Cerró entonces los ojos y se quedó sentado, con las piernas cruzadas unos cinco minutos. Su cuerpo permaneció inmóvil y su rostro irradiaba una inefable tranquilidad. ¡Cómo se parecía a una estatua clá­sica de Buda! Cuando abrió los ojos de repente, tenía el sem­blante fresco y despierto. Sonrió y preguntó: «¿Saben ustedes descansar así?» K nos explicó la esencia de la correcta relajación:

«Cuando la mente está completamente quieta una ener­gía nueva viene desde fuera para regenerarnos».
LA CURACIÓN DE LOS ENFERMOS
K mostraba una cierta reticencia a hablar de su pretendi­da capacidad para curar las enfermedades físicas. Sin embargo, en ciertas ocasiones mencionó a varias personas que en un momento u otro habían sido curadas por él. Trataba siempre de no decir que había «curado» a alguien, sino que había «ayu­dado» a alguien.

Son bien conocidos los detalles de cómo K curó a Vimala Thakar de una infección de oído porque aparecen descritos en el libro que esta mujer escribió con el título On an eternal Voyage (1966). Después de la publicación de esta obra, muchos enfer­mos fueron a ver a K para suplicarle que los ayudara. Quienes más buscaban su ayuda eran las personas que padecían enfer­medades crónicas. Los muy enfermos y los moribundos se acer­caban a él para que los escuchara y les mostrara su compasión. Es fácil que sintamos pena por las personas enfermas que no ven la hora de encontrar soluciones definitivas para sus pro­blemas físicos, sobre todo en situaciones en las que los tratamientos corrientes no han dado resultados satisfactorios. K pare­cía incómodo de que tantos pacientes acudieran a él en busca de ayuda para recuperar la salud. Siempre amable, les decía con toda franqueza: «Yo no soy médico. Vayan ustedes a consul­tar a un experto en medicina». De más está decir que muchos pacientes se sentían decepcionados. En una ocasión, cuando K se negó a tratar a una señora francesa, ella citó rápidamente el caso de Vimala Thakar diciendo que Vimala había recibido un trato preferencial por el mero hecho de ser de origen indio. Acto seguido, regañó a K y lo acusó de «practicar la discri­minación racial» por ser él mismo de origen indio. Sorprendido y a la vez divertido por la cólera de aquella mujer, K exclamó: «¡Santo Dios!» No es cierto que K tuviera tendencias racis­tas. Amaba a todos los seres humanos por igual, hombres, muje­res y niños de todos los países. La clase social, la raza o el color de una persona nunca influyeron en su punto de vista. Debería mencionar también que varias personas de origen europeo fue­ron curadas por él. Más adelante ofreceré algunos ejemplos. Hubo ocasiones en las que K deseó fervientemente curar a per­sonas que sufrían, pero cuando lo intentó, sus esfuerzos fueron vanos o bien tuvieron un éxito parcial. El motivo de que no lograra curar en el cien por cien de los casos resulta difícil de entender. Otro punto que escapa a la comprensión es por qué a veces rechazaba las peticiones de ayuda de personas que sufrían mucho. ¿Lo hacía por crueldad? No era propio de él mostrar­se indiferente al sufrimiento ajeno. Quizás fuera porque opi­naba que no había que cortar ciertas enfermedades porque tenían un efecto benéfico que purificaba y regeneraba el organismo entero.

Siempre me llamó la atención el hecho de que K, cuya vida estuvo plagada de dolencias menores y enfermedades graves como el cáncer, no pudiera curarse a sí mismo. ¿Acaso carecía de la capacidad de curar sus propios desórdenes físicos? ¿O sería tal vez que a pesar de estar dotado del poder de curarse no de­seaba utilizarlo? Por más especulaciones que se hagan al res­pecto, difícilmente llegaremos a aclarar este punto.

«Cúrate a ti mismo» es una doctrina compatible con las enseñanzas de K, pero sólo en lo que se refiere a los aspectos psicológicos. Sin embargo, en los casos de enfermedades no psi­cológicas que producen malestar físico, sería una locura no bus­car ayuda médica, sobre todo si existe el modo de encontrar una cura permanente.

«¡Yo no lo hice! ¡No hice nada!», exclamaba K cuando le comentaban que había curado a alguna persona de una grave enfermedad. Es evidente que no quería que se le reconociera mérito alguno por la repentina mejoría del enfermo en cues­tión. Mientras que en anteriores ocasiones admitió haber con­tribuido al proceso de curación, en aquel caso negó haber teni­do nada que ver.

En los últimos años de su vida, K sostuvo que él sólo era un instrumento de curación. Tanto su espíritu como su cora­zón eran tan puros que un poder indescriptible, «la otredad», lo utilizaba para realizar curas milagrosas. Era como si la madre naturaleza canalizara sus cualidades regeneradoras y curativas a través de K, que era uno de sus hijos perfectos. Podría com­pararse el papel de K en el proceso de curación con el de la máquina de escribir utilizada por una mecanógrafa. La meca­nógrafa es incapaz de escribir nada por sí sola. En otras pala­bras, la máquina de escribir no es más que un mero instrumento o medio en manos de la mecanógrafa.

Las personas receptivas y sensibles a este poder, unos pocos afortunados, lograron echar mano de esta energía oculta que fluía a través de K. Algunas veces, quienes se encontraban físi­camente cerca de él se beneficiaban de esa energía misteriosa que se manifestaba en K. Analicemos ahora un buen ejemplo de este tipo de curación. En 1980, un caballero tamil de Jaffna fue a ver a K a Ackland House en Colombo. Se presentó presa de un estado de ansiedad tal que le temblaban los labios. Iba acompañado de su hijo epiléptico de cuatro años. El pequeño padecía también de un defecto que le impedía articular clara­mente las palabras y tenía un aspecto enfermizo. El hombre me pidió que le concertara una entrevista con K porque quería que su hijo se curara pronto. Actué en su mediación y averigüé si era posible concederle la entrevista. Me dijeron que K no con­cedía más entrevistas privadas porque estaba muy cansado. Cuando el padre del niño recibió este mensaje, insistió en que no le negasen la oportunidad de ver a K. Con los ojos llenos de lágrimas suplicó: «Déjenos ver a Krishnaji aunque no sea más que cinco minutos». Le denegaron la entrevista por segunda vez. Intenté consolarlo y le sugerí que llevara a su hijo a las con­ferencias de K. «Vaya usted temprano a la sala y siéntese lo más cerca posible del podio desde el que hablará K». Aceptó la suge­rencia. El hombre y su hijo asistieron a todas las charlas y se sentaban en el suelo, justo delante de K. Finalizado el ciclo de conferencias, el hombre volvió a presentarse en Ackland House con una cesta de los mejores mangos de Jaffna. Era un regalo para K. El hombre estaba muy alegre y tranquilo. Me contó que su hijo, que había asistido a las charlas de K pero que no pudo entenderlas porque no sabía inglés, ya no padecía de epilepsia. En cuanto al defecto que le impedía hablar, tam­bién había desaparecido.

Desde tiempo inmemorial se cree que la eficacia de la cura­ción depende del toque mágico de las manos del sanador. En el ejemplo que acabamos de referir, K no tocó ni acarició al enfermo. Es más, ni siquiera sabía que estaba participando en una curación. Es preciso reiterar que las pruebas de los actos de curación de K sugieren que la fuente u origen último de sus poderes no estaban en él. K no era más que el medio por el cual una fuerza extraordinaria se transmitía a otros para beneficiar­los. Probablemente escapaba al control consciente de K, en el sentido de que no podía utilizarla a su antojo.

K le restaba importancia a estas curaciones. En una reunión, refirió una experiencia que había tenido de joven. Iba dando un paseo por una ciudad medieval holandesa cuando un lepro­so, que lo había estado esperando en una estrecha calle, avan­zó hacia él y lo tocó. Como resultado del contacto físico, el leproso se curó. Días después, esa persona hizo algo malo (K no especificó qué) por lo que acabó en la cárcel. K nos preguntó entonces: «¿Ayudé de verdad a ese hombre? Cualquiera pue­de curar
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