Krishnamurti tal como le conocí






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Somos tan débiles que necesitamos líderes.

K: ¿Acaso no es la costumbre de seguir a otros lo que los hace débiles?

La prensa ha publicado que usted no lee. ¿Es cierto?

K: A veces leo la revista Time para mantenerme informado sobre los acontecimientos mundiales. También leo nove­las policiacas y de misterio. Es todo.

¿No le preocupa que un espíritu puro como el suyo se vea condi­cionado por las influencias corruptoras de la literatura esca­pista como son las novelas de misterio?

K: ¿Corromper el espíritu? (Risas.) ¡Santo Dios! ¡Nada corrompe! El espíritu permanece intacto, inocente, fres­co y joven.

¿Qué me dice de la literatura sagrada? ¿La estudia usted?

K: Los libros religiosos y filosóficos me resultan aburridos. No leo esas cosas.
VISIÓN SIN IMÁGENES
Durante la estancia de K en Colombo, pasé la mayor par­te del tiempo en la tranquilidad de la casa donde él vivía. Mi pequeño cuarto estaba en la planta baja, justo debajo de la habi­tación amplia y ventilada que K ocupaba en el primer piso. Todas las mañanas me dedicaba a limpiar la casa y decoraba el salón con flores de dulce perfume. A K le gustaban mucho las flores, sobre todo las de la familia del jazmín. Afortunada­mente, había abundancia de flores, porque los visitantes le lle­vaban siempre claveles y rosas en señal de respeto y afecto. En la planta baja, junto a la escalera, teníamos un jarrón enorme lleno de flores. Cada vez que K pasaba junto a él, se detenía un instante para admirar la belleza de las flores y aspirar su fra­gancia.

Cierta mañana, después del desayuno, mientras K nos expli­caba la naturaleza de la percepción pura, preguntó: «¿Alguna vez han contemplado ustedes una flor, pero no en forma parcial sino completa?» Al contestarle que no, K nos dijo: «Después de ver una flor, al espíritu le gusta interferir en la experiencia dándole un nombre. Si fueran ustedes botánicos, clasificarían la flor por su nombre en latín. Dirían ustedes que pertenece a este género o a aquella especie. Verbalizarían su experiencia diciendo “la flor es roja”, “la flor es bonita” y cosas por el esti­lo. Ahora bien, después de echarle una mirada a una flor, sigan viéndola no como el botánico, no la pasen por el filtro de las palabras ni de las imágenes. ¿Alguna vez han intentado mirar una flor en un estado de vacío total? ¿Alguna vez han inten­tado dejar al margen todas las imágenes para conseguir una per­cepción directa, no distorsionada?»

Las palabras de K nos cayeron como un jarro de agua fría porque nos demostraba hasta qué punto nuestros espíritus están condicionados. Esto no significa que seamos incapaces de alcan­zar la percepción pura. Al parecer, todos tenemos chispazos de percepción pura, momentos efímeros de extraordinaria clari­dad, pero la dificultad radica en que el mecanismo de inter­pretación del espíritu se impone de inmediato.
SERENA RECLUSIÓN
Aunque K y yo vivíamos en la misma casa, rara vez me encontraba próximo a él. Esto se debía a que K desayunaba, almorzaba y cenaba en la serena reclusión de su cuarto, salvo en las contadas ocasiones en que lo invitaban a comer fuera. Todas las mañanas, a las once, le servían un vaso de suero de leche; a las tres de la tarde, le ofrecían zumo de fruta. Cuando yo le llevaba estas bebidas a su habitación, lo encontraba o bien escribiendo con un lápiz, muy concentrado, o tumbado en la cama. Dedicaba mucho tiempo a la relajación. Le gustaba estar acostado en posición horizontal y permanecer inmóvil duran­te mucho tiempo en la savasana o postura del muerto. Al hacer esta asana, su rostro se veía particularmente sereno.

Algunas personas se sintieron decepcionadas al negárseles la oportunidad de conocer a K. El señor R. Madhavachari, por entonces secretario de K, procuraba reducirle al máximo el número de visitas. Su argumento era que K tenía que recupe­rarse de la enfermedad que había padecido en Madrás. Pero mucho antes de que se nos informara del estado de salud de K, algunos de nosotros, incluido yo mismo, habíamos ido rechazando las invitaciones que le llegaban porque nos dábamos cuen­ta de que necesitaba un largo período de convalecencia.

K tenía la costumbre de correr las cortinas de sus venta­nas y quedarse completamente a oscuras. Casi todos los días pasaba varias horas sumido en una oscuridad total, quizás como una forma de proteger sus ojos hipersensibles de la luz direc­ta del sol. Pero es posible que hubieran otros motivos. He leí­do que la oscuridad completa invita a sondear las profundida­des de nuestro ser.
LA VERDADERA RENUNCIACIÓN
Hacía una tarde preciosa y K subió al coche porque iban a llevarlo a visitar el paseo marítimo. Cuando el vehículo se puso en marcha, desde la calle lo llamó un swami alemán, calvo y bien afeitado, que lucía un dhooti. Su conversación fue breve, pero merece la pena reproducirla aquí:

Swami: Perdone que lo moleste. ¿Puedo hablar con usted un momento?

K: Por supuesto.

Swami: Hace años que es usted sannyasin. Yo vivo ahora en una ashram en la zona de Jaffna. Antes de venir a esta isla, practiqué meditación en un monasterio tibetano. He buscado sinceramente la liberación. Pero no he logrado encontrarla. Abandoné mi país. Abandoné a mi fami­lia y a mis amigos. Regalé todas mis pertenencias. No poseo nada. Renuncié incluso a mi nombre. Ya no me queda nada a lo cual renunciar.

K: ¿Ha renunciado usted a ser virtuoso?

El swami se mostró completamente asombrado; K acababa de hacerle ver la desagradable verdad sobre sí mismo.

Esa noche, antes de irnos a dormir, pensé mucho en las pala­bras de K y después anoté unas cuantas observaciones en mi libreta. Es el ego el que espera alcanzar la gloria espiritual con la moneda de la virtud. Es el ego el que desea «renunciar» en su interminable búsqueda de la grandeza. Cuando los mon­jes «renuncian», ¿no esperan acaso una recompensa espiritual a cambio? Pero aquel que no está apegado a nada, aquel que renuncia verdaderamente sin motivos, renuncia alegremente al mundo sin luchar.
LA INTELIGENCIA ES LA UNICA SEGURIDAD
Una noche advertimos la presencia de un visitante inespe­rado en la entrada de la casa. Era un mendigo harapiento que llevaba un tambor y un instrumento de cuerda. Le di unas cuan­tas rupias y le pedí que nos cantara unas canciones del folklo­re cingalés. Se puso a cantar alegremente y con fuerza. K abrió entonces la ventana de su habitación y se asomó para escuchar su melodioso canto. K escuchó con embelesada atención duran­te media hora. Nos quedamos sorprendidos cuando vimos que había bajado para abrazar afectuosamente al mendigo. Le dio las gracias al pobre hombre y le regaló una toalla blanca y un par de sus pantalones de pijama. No era la primera vez que había presenciado estas demostraciones espontáneas de gene­rosidad por parte de K. Cuando el mendigo se hubo marcha­do, mi amigo, el señor Abeysekara, tuvo con K la siguiente conversación en la sala de la planta baja:

A: Si hemos entendido bien sus enseñanzas, ¿no deberíamos acabar todos como mendigos?

K: No debe confundirse la seguridad física con la psicológica. Todos necesitamos ropa decente, comida adecuada y un techo bajo el cual cobijarnos, ¿no? Ese tipo de seguridad es esencial para mantener el cuerpo sano. Pero, ¿nece­sitamos la satisfacción de contar con tantos dioses, ídolos y creencias? Cuando se busca la seguridad psicológica de este modo, se persigue una ilusión, ¿no es así?

A: Ha dicho usted que la inteligencia es la única seguri­dad.

K: Efectivamente. Intente entonces desprenderse de todas sus ataduras.

A: Ser mendigo y recorrer las calles no resulta nada fácil. Ninguna persona orgullosa está preparada para mendigar. Me gustaría convertirme en mendigo porque el tener que pedir para satisfacer mis necesidades me enseñaría a ser humilde.

K: La humildad no se adquiere comportándose como un men­digo. La humildad no se cultiva con un intelecto astuto. Acepte simplemente que es su orgullo el que dice, «Quiero ser humilde». La humildad cuidadosamente cultivada de los religiosos es en realidad una forma disfrazada de orgu­llo. Lo importante es que uno se vea a sí mismo tal como es, en este momento, que uno acepte el hecho de lo que es, sin preocuparse por lo que debería ser.
EL NACIONALISMO ES UN VENENO
En una reunión informal a la que asistieron unos cuantos nacionalistas fervientes, K nos demostró claramente cómo el espíritu del nacionalismo de nuestras mentes era el responsa­ble de la desintegración de la humanidad.

«Los problemas del mundo se resolverán sólo si se los abor­da con una visión global. Al venerar una bandera, ¿no esta­mos separando a una serie de personas que, de otro modo, serían amigas? El sentimiento primitivo de que “mi país es superior al tuyo” se remonta al pasado tribal del hombre, cuando su comportamiento se regía por las lealtades de la tri­bu. El nacionalismo es una de las causas principales de las guerras. ¿Ven ustedes entonces que el nacionalismo es un veneno?»

Poco después de esta reunión, se celebró un recital de músi­ca cingalesa organizado por el señor Abeysekara con la colabo­ración de artistas de Radio Ceilán. K fue el invitado de honor en ese concierto gratuito, abierto al público. El concierto comen­zó con las notas del conocido himno nacional de Sri Lanka, cuyas primeros versos dicen, Namo, Namo Matha. K sonrió y preguntó irónicamente: «Señoras y señores, ¿no deberíamos ponernos en pie cuando tocan el himno nacional?»
COMPORTAMIENTO MAJESTUOSO
El señor Dudley Senanayake, un distinguido político y ex primer ministro de Sri Lanka, visitó a K una mañana. Era un hombre corpulento, vestido con un elegante traje; llegó en una lujosa limusina y estuvo siempre rodeado por los miembros de su séquito. Llevaba su famosa pipa y disfrutaba del hecho de seguir siendo el centro de atención. ¡Qué diferencia con el del­gado y tímido K, que vestía con ropa de lo más simple!

DS: Esta mañana dispongo de poco tiempo. Por lo tanto, le haré una sola pregunta. ¿Cree usted aconsejable que reto­me la política y aspire al más alto cargo del país?

K: ¿Ha intentado averiguar por qué le atrae la política? ¿Desea sinceramente mejorar las condiciones de vida del pueblo o lo que desea es mejorar sus propias condiciones? ¿Qué fuerzas desconocidas lo impulsan? ¿Acaso la ambición per­sonal y el deseo de prestigio? ¿No se siente usted terri­blemente importante al ocupar un puesto que le da poder?

DS: ¡Ya basta! Adiós.

La breve entrevista terminó abruptamente porque el esta­dista se marchó malhumorado.
DESINTERÉS
Los monjes budistas y los swamis hindúes han sentido siem­pre una gran afinidad con las enseñanzas de K pero los rabinos y los sacerdotes cristianos rara vez les han prestado atención. Por eso fue una alegría ver a un barbudo sacerdote cristiano visitar a K. Después de una reunión en privado, el sacerdote informó de cuanto sigue: «Krishnamurti es una persona encan­tadora. Me hizo ver el símbolo de la cruz desde una perspec­tiva completamente diferente. El crucifijo que llevo colgado del cuello no es un adorno sino un signo de mi fe cristiana. Como ya sabrán ustedes, nuestro Señor Jesucristo fue crucifi­cado. Lo condenaron a morir clavado en la cruz. Creemos que la muerte de Cristo fue el acto supremo que salvó al mundo. La santa cruz nos liberó de las fauces de la muerte. Pero Krishnamurti me enseñó el significado oculto de la cruz. Dijo que la cruz simbolizaba la destrucción del “yo”. Cuando se tra­za una raya horizontal sobre la palabra “I”1 obtenemos una cruz».
EL GRAN SILENCIO
Cada vez que salía a pasear por las ajetreadas calles de Colombo o por el campo, K iba siempre acompañado de algu­nos de sus amigos. Esto se debía a que no tenía un gran senti­do de la orientación. Se olvidaba del camino para volver a casa si se aventuraba a salir sin guía. Con frecuencia, durante sus paseos, se detenía largo rato en distintos lugares para dedicar­se a observar tranquilamente las cosas que le llamaban la aten­ción y se olvidaba de que transcurría el tiempo.

K andaba con paso largo y brioso y la cabeza erguida y tenía por costumbre balancear los largos brazos. Siempre se hacía notar por su porte solemne y distinguido. No dejaba de sor­prenderme la forma en que los desconocidos reaccionaban ante la presencia de K en las calles. Incluso las personas que nada sabían de él sentían la necesidad de mirarlo. Hombres, muje­res y niños interrumpían lo que estaban haciendo y sin que­rerlo fijaban la atención en K. Tal vez aquel comportamiento fuera provocado por la atracción inconsciente hacia la pureza y lo extraordinario de K.

K no dejaba nunca de señalar las faltas de cuantos lo rodea­ban. Por ejemplo, cierto joven tenía la costumbre de arrancar hojas y flores para aplastarlas. Un día, mientras paseábamos por un bosque tropical y disfrutábamos de sus flores y pájaros mul­ticolores, este hombre se puso a arrancar arbustos. K le dijo que estuviera alerta, sobre todo cuando sintiera el impulso de des­truir plantas. Y le comentó: «¿Se da usted cuenta de que da rienda suelta a su rabia y su frustración?»

En nuestros paseos, apenas teníamos ocasión de preguntar­le nada porque casi siempre era él quien hacía las preguntas. Sentía gran curiosidad y unas ganas inmensas por aprender de los demás. Sabía mucho de jardinería y coches pero desco­nocía otros temas. No obstante, todos los campos del conoci­miento le inspiraban el mismo interés, no tenía preferencia por ninguno. Su espíritu era tan universal que tenía la capacidad de concentrar toda su atención en cualquier tema o problema. La misteriosa belleza de los cielos fascinaba a K. Sabía bastan­te de astronomía; por las noches, desde el balcón de su cuar­to, le encantaba mirar las estrellas. Nos preguntó acerca de algu­nas estrellas, pero desgraciadamente, no supimos responderle. He aquí una de las cosas que nos pidió K: «Miren ustedes el lucero de la mañana antes del amanecer. Mediten en soledad y adquieran conciencia del enorme silencio y de la belleza que recorre el universo entero».
EL INFINITO
K comprendía que era inútil tratar de describir lo indes­criptible. Su principal preocupación era eliminar los obstácu­los, quitarle condicionamientos al espíritu, para que éste se transformara en un receptáculo purificado, en condiciones de recibir la visita del Infinito. En este sentido, K se parecía mucho a Buda, que también se había negado a manifestar su opinión positiva sobre el Infinito, y prefería referirse a su naturaleza valiéndose de una serie de declaraciones negativas. De este modo, siguiendo esta vía indirecta, el Nirvana recibía el nom­bre de lo no creado, lo no originado, lo no formado. Según K, el espíritu condicionado es incapaz de comunicarse con el esta­do no condicionado o la otredad. Entre lo condicionado y lo no condicionado no puede darse absolutamente ninguna relación.

El recuerdo más grato que guardo de él es el de la noche en que habló con gran sentimiento del Infinito. «Créanme, sólo veo un fragmento del Infinito», dijo. Después de secarse las lágrimas del rostro extasiado, añadió: «No se lo puede ver todo. Así de inmenso es».
DEVOCIÓN SIN RESERVAS
A lo largo de los años que duró mi relación con K tuve oca­sión de conocer a algunos de sus ardientes seguidores. La mayo­ría eran de origen indio, pero había una persona que sentía por K una devoción sin reservas absolutamente incomparable. Se trataba de una notable dama inglesa, lady Emily Lutyens, espo­sa de sir Edwin Lutyens, uno de los arquitectos más destacados de este siglo. Lady Emily sentía una preocupación maternal por el bienestar de K. Su autobiografía titulada Candles in the sun (Londres: Rupert Hart Davis, 1957), es más que una mera narra­ción de su vida, porque en ella nos ofrece una conmovedora des­cripción de los primeros años de K, que con quince años había viajado a Inglaterra, ocasión en la que se relaciono con lady Emily. En este libro se cuenta por qué la autora se unió a la Sociedad Teosófica en 1910 y por qué la abandonó veinte años más tarde. Lady Emily escribió, «para mí, el único pensamiento de vital importancia en esta vida es la venida del Gran Maestro»; consideraba a K «la flor perfecta de la humanidad».

Lady Emily y yo nos hicimos amigos en mi época de estu­diante en Leeds y Londres. ¡Cuánto admiraba su ardiente pasión por la personalidad y las enseñanzas de K! Recibí una carta suya en la que se refería a K de forma conmovedora:
Hyde Park Street,

Londres W2

7 de octubre de 1960
Apreciado Sr. Weeraperuma:

Fue para mí un placer recibir su encantadora carta. Me alegro de su interés por mi libro sobre Krishnaji. Creo que también podría interesarle el libro que escribió mi hija menor, Mary Lutyens (señora de J.G. Links). Habla de Krishnaji y de su hermano Nitya, que murió de tubercu­losis.

Sentí una gran devoción por Krishnaji desde el primer momento en que vino a Inglaterra y siempre lo he considerado como un hijo mío, tanto es así que me llama «mamá». Es un hombre con muchas facetas, mejor dicho, con muchas personalidades dentro de un mismo marco.

La primavera pasada, cuando estuvo en Londres de cami­no a Ojai, venía a verme diariamente. En la India había esta­do enfermo y en el viaje hacia aquí había pasado por un hos­pital vegetariano de Suiza. Me comentó que volvería en agosto. Tenía que dar seis u ocho conferencias en Ojai pero se vio en la necesidad de cancelar las últimas por motivos de salud. Marchó entonces a las montañas con el señor Rajagopal. Me han dicho que ha mejorado bastante pero no he vuelto a tener carta de él ni noticias directas, de modo que ignoro por qué ha cambiado de planes.

Efectivamente, como usted menciona, padecí durante años una fuerte depresión, porque todas las cosas en las que creía y esperaba parecían haberse derrumbado a mí alrededor, y tenía la sensación de encontrarme en un túnel oscu­ro. Pero ahora he vuelto a salir al sol. Me temo que el moti­vo no es que sé más sino que no sé absolutamente nada de nada. El mundo está patas arribas, todos los países están desunidos. Y yo me siento como el espectador de un circo.

Tengo ochenta y seis años y no soy muy fuerte, por lo que espero marcharme pronto de este mundo... ¿hacia dón­de? No lo sé.

Y con esta nota alegre será mejor que me despida y vuel­va a agradecerle su amable carta. Si tuviera alguna buena nueva sobre Krishnaji y sus próximos movimientos, lo mantendré al tanto.
Atentamente,

Emily Lutyens
¿ES NECESARÍA LA FUNDACIÓN KRISHNAMURTI?
Siempre he sostenido que la creación de la Fundación Krishnamurti era un craso error.

Más adelante, en este libro, me referiré a mi decepción por la falta de respeto de la Fundación Krishnamurti hacia los deseos de K. Véase el capítulo titulado Citas de J. Krishnamurti (página 89).

Expuse mis puntos de vista sobre la Fundación en una comu­nicación confidencial que envié a K desde Londres en 1968.

Mí querido Krishnaji:

Algunos de sus amigos, entre los que me incluyo, se muestran asombrados y alarmados por su reciente decisión de crear un nuevo centro llamado Fundación Krishnamurti. Dudo sinceramente que desee usted que se forme un orga­nismo de este tipo. Es probable que algunas personas lo pre­sionen para que acepte esta institución. ¿Estoy en lo cierto?

Toda su vida nos previno usted contra las organizacio­nes espirituales. Nos pedía que no nos perdiéramos, que no nos confundiésemos con ellas, sino que permaneciéramos enteramente solos y simples. La disolución por su parte de la Orden de la Estrella coincidía con el espíritu de sus nobles enseñanzas.

Es verdad que ha restringido usted las actividades de la Fundación que, según creo, no será más que una especie de secretaría y un cuerpo administrativo. Ha dejado usted muy claro que la Fundación no es una organización espiritual. ¿Pero qué nos garantiza que sus administradores no vayan un día a traspasar los límites y a comportarse como sacer­dotes con poder y arrogancia? Es muy probable que eso ocu­rra. Todos los grandes maestros religiosos fueron traiciona­dos por quienes se erigieron en guardianes de sus doctrinas.

Sus enseñanzas tienen la virtud de la inmortalidad. Su mérito intrínseco asegurará su perpetuación. Sus enseñan­zas serán siempre valoradas no por la existencia de la Fundación, sino a pesar de ella. Una de las cosas que he aprendido de usted es que la verdad no necesita un pro­tector porque es capaz de protegerse sola.

¿Acaso hubo necesidad de nombrar fiduciarios que se ocuparan de las obras de genios como Shakespeare, Goethe o Kalidasa? ¿Acaso los vedas y los upanishads no lograron ilu­minar durante siglos al género humano sin necesidad de fun­dación alguna? ¡Sería ridículo que se tuviera que solicitar permiso a una fundación para citar estas obras maestras de la literatura hindú! Por suerte, gracias a que no existieron estas atroces restricciones, la civilización india podo florecer.

¿Qué ocurre a partir del momento en que cuente usted con fiduciarios que tengan intereses económicos en sus ense­ñanzas? ¿No abusarán de sus poderes para conseguir sus fines egoístas?

¿La Fundación será dirigida por santos o por simples mortales con todas sus debilidades humanas?

Si tiene pensado reclutar ángeles para dirigirla, enton­ces que haya más Fundaciones Krishnamurti. Pero si no se consiguen empleados celestiales, ¿no sería mejor disol­ver la Fundación Krishnamurti?

Con afecto,

Weeraperuma
K no contestó a mi carta y sentí curiosidad por saber qué había ocurrido con ella. Meses más tarde nos encontramos por casualidad cuando él daba un paseo a orillas del Támesis. Después de intercambiar las cortesías de rigor, le pregunté si había recibido mi carta.

K me contestó: «Sí, la he recibido. Es muy sensata».
LA PERSONALIDAD DE KRISHNAMURTI
En los primeros años de mi relación con K, recuerdo que me parecía un enigma a causa de sus muchas facetas. Era como si llevara dentro a varios individuos. Me preguntaba cómo era posible que unas cualidades en apariencia tan contradictorias pudieran coexistir en un mismo ser. Más tarde, a medida que fui comprendiéndolo mejor, me di cuenta de que los distintos elementos de su carácter estaban perfectamente fusionados, por lo que su personalidad formaba un todo armonioso. Consideraremos a continuación ciertos aspectos destacados de su personalidad.

Uno de los rasgos más entrañables del carácter de K era la gran atención que prestaba al escuchar a la gente que buscaba su ayuda para discutir con él sus problemas personales. K los escuchaba con sincero interés y comprensión, como si los pro­blemas personales de su interlocutor fueran los únicos del mun­do, como si todo lo demás no tuviera ninguna importancia. A veces se tenía la impresión de que ponía más interés en com­prender y resolver los problemas que se le exponían que el pro­pio interesado. Le encantaba analizar a fondo una cuestión y descubrir sus muchas facetas. Las manos le temblaban de emo­ción cuando hablaba de un problema que estaba analizando. ¿Cómo no sentirse honrado de convertirse en objeto de seme­jante interés? Así trataba a todo el mundo, con respeto y cari­ño, independientemente de que quien lo visitara fuera el pri­mer ministro, un sabio pandit o un pobre paria.

Merece la pena que consideremos un ejemplo típico de los sinceros consejos que daba K en sus entrevistas. Mi amigo nor­teamericano David Rodríguez, que llevaba años escuchando a K en Saanen y otros lugares, describió así su entrevista con K: «“¡Aprenda a comprender cómo influyen en usted el dine­ro, el sexo, las ansias de poder, seguridad, fama y todas las estu­pideces de este pequeño cerebro!”, exclamó con fuerza mien­tras me daba golpecitos en la cabeza. “Entre a fondo en ella y analice detenidamente cuanto encuentre. Es usted el único capaz de hacerlo. Ni yo ni nadie podrá hacerlo por usted. ¡Cuando lo haya hecho, misión cumplida!” Dijo todo esto con mucha fuer­za, sentado muy cerca de mí, sin dejar de mirarme a los ojos, me sacudía el brazo y me empujaba de vez en cuando como si intentara despertarme».

Al final de una acalorada reunión que había durado más de dos horas, K aparecía exhausto. Quiso marcharse, pero algunas personas del público seguían haciéndole preguntas. Él con­testaba con paciencia, pero la gente no daba muestras de enten­der lo que les decía. K decidió entonces utilizar un lenguaje más simple, pero todos seguían sin entender. Un hombre lan­zó un suspiro y dirigiéndose a K, le preguntó: «¿Qué hace usted cuando una persona es incapaz de comprenderlo?»

K le contestó: «Tomo a esa persona de la mano».

Fue una respuesta conmovedora. Cuando le fallaban todos los intentos por comunicarse con las personas, nunca dejaba de manifestar su afecto. K no se descorazonaba nunca a pesar de las múltiples barreras psicológicas que impiden la compren­sión.

Una mendiga pálida y demacrada de los barrios bajos de Adyar se acercó una tarde a K. La niña apenas tenía doce años. Sin poder contener el llanto, le contó que llevaba dos días sin comer. Tendió las manos huesudas y oscuras para pedirle dine­ro. K metió rápidamente las manos en los bolsillos y descubrió que estaban vacíos. No era de extrañar, porque K rara vez lle­vaba dinero. Lo único que tenía en ese momento era un pañue­lo blanco de algodón. K se lo entregó a la niña. Le dio una afec­tuosa palmada y se alejó.

Nos encontrábamos un grupo de amigos descansando des­pués de disfrutar de la comida en compañía de K. Él se dis­culpó, se levantó y fue a la cocina. Volvió al cabo de un rato con una bandeja llena de tazas con una sabrosa bebida de cereales. La había preparado especialmente para nosotros. Como un anti­cuado camarero de un restaurante de primera categoría, K hizo una amable reverencia ante cada invitado y le sirvió una taza. Cuando hubo terminado, volvió a hacer una reverencia. K no consideraba que estuviera rebajándose al servirnos. Para él no había trabajos degradantes. Nos asombró su total falta de pre­sunción. No se veía como un gran hombre, ni como un gran sabio. En realidad, no tenía ninguna imagen de sí mismo.

Esta total carencia de una imagen de sí mismo resultó par­ticularmente evidente en la hora memorable que pasé junto a K en una tranquila casa de Wimbledon a principios de 1960. En aquella ocasión yo había llevado a mi amigo holandés el doctor Robert Powell, escritor de libros sobre temas científi­cos y espirituales, así como sobre las enseñanzas de K. Al ter­minar nuestra entrevista, Robert me hizo esta profunda obser­vación: «Cuando hablaba con Krishnamurti tuve la impresión de que dentro de él no había una persona psicológica. Todo lo que presentí fue un estado de vacío. Como si se pudiera cami­nar a través de él».

Es indudable que K era un maestro espiritual de primera magnitud, pero veía los temas mundanos con una simplicidad inocente, casi infantil. Noté, por ejemplo, que comprendía ape­nas o no comprendía en absoluto los problemas económicos complejos.

Si una persona quisiera engañarme para quitarme mi dine­ro o me mintiera, como es natural, me formaría una opinión desfavorable sobre ella. La imagen mental que tengo de esa per­sona influirá en mi actitud hacia ella. Probablemente no me caería bien y en lo sucesivo tendría más cuidado al tratarla. De este modo, mi imagen mental impedirá que vuelva a ser vícti­ma de su deshonestidad. A pesar de que las imágenes le quitan brillo al espíritu y producen sentimientos amargos, constitu­yen una advertencia que nos protege en un mundo repleto de gente mentirosa y malintencionada. Pero K no se formaba una imagen favorable ni desfavorable de las personas que se rela­cionaban con él. Se olvidaba de sus traiciones y defectos hasta tal punto que a veces había quienes lo engañaban. Unos cuan­tos se aprovecharon de la prestigiosa reputación de K para con­seguir ventajas económicas y personales. Un día me sentí tan disgustado por ciertas decisiones de K que fui y le expuse mis puntos de vista: «¿Por qué elige mal a las personas que dirigen sus escuelas y organizaciones? ¿Por qué escoge usted a perso­nas que, a pesar de mostrar un cierto interés en sus enseñanzas, están completamente decididas a conseguir sus ambiciones per­sonales?»

Como tenía por costumbre, K escuchó tranquilamente mis acusaciones sin que por ello estuviera o no de acuerdo con ellas.

Es probable que unos cuantos de los que escuchaban a K en serio y experimentaban sinceramente sus enseñanzas se sin­tieran animados por lo que podríamos describir como esa pasión, ese fuego o esa intensidad que constituían el sello de K. Sin embargo, comprobé que nuestro fuego era efímero mientras que el de K era eterno. Su fuego surgía de una fuente invisible y desconocida y nunca le abandonaba. ¡Cómo dependíamos de K para que avivara en nosotros esa intensidad! Jamás olvi­daré lo que me dijo cuando nos encontramos por casualidad en un parque público: «Señor, no titubee. No vacile usted. Acométalo todo con furia».
SU SUTIL SENTIDO DEL HUMOR
«Krishnamurti es un orador riguroso, falto de humor, muy dado a soltar desagradables diatribas», se quejaba un misione­ro cristiano después de haber escuchado uno de los discursos de K en la Sociedad de Amigos de Euston. Este sacerdote de Londres había asistido a la conferencia porque yo lo había con­vencido de que lo hiciera. Lamentó haber perdido la tarde en aquella reunión y añadió: «¿Por qué se muestra Krishnamurti tan airado? Un hombre santo debería emplear un lenguaje dul­ce, ¿no le parece?»

«Un hombre que habla y actúa con pasión» le expliqué, «no es necesariamente un hombre airado. La ira surge del odio, la violencia y la maldad, pero las duras palabras de K surgen de su amorosa preocupación por el sufrimiento humano. ¿Acaso Jesús actuaba con ira cuando entró en el templo y echó a quie­nes lo profanaban utilizándolo como si fuera un mercado? ¿Acaso no empleó Jesús entonces un lenguaje condenatorio acusándo­los de utilizar el templo como “una cueva de ladrones?”» No volví a ver a este sacerdote. Por navidades le envié por correo un ejemplar de
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