Krishnamurti tal como le conocí






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The Ceylon Observer y The Ceylon Daily News publicaron mi artículo sobre K. He aquí una versión ligeramente modificada de ese artículo:
KRISHNAMURTI: UN SABIO QUE HABLA POR EXPERIENCIA PROPIA
Jiddu Krishnamurti es una personalidad única. No es un filósofo, porque no ha creado una escuela de pensamiento; no es un poeta, aunque ha escrito exquisitos poemas; no es un gran escritor de libros, ni es el fundador de una nueva religión, aun­que los hombres como él han dado origen a algunas religiones. La verdad es que Krishnamurti es tan universal que escapa a toda clasificación.

Sin una organización que lo apoye y sin «seguidores», ha viajado durante más de veinte años a lo largo y a lo ancho de Europa, India, Australia y Estados Unidos, donde ha dado con­ferencias y conocido a personas de todo tipo de extracciones sociales. Son pocos los que no han sacado agua de su pozo. ¿Qué es lo que nos asombra de Krishnamurti y cuál es su extraña misión?

Debemos rendir homenaje a la grandeza de la doctora Annie Besant por haber previsto el genio espiritual de un descono­cido niño indio de doce años. Proclamó al mundo entero que Krishnamurti sería el Mesías. Sus admiradores fundaron en Oriente la Orden Internacional de la Estrella para saludar la llegada del Maestro del Mundo. La asombrosa individualidad de Krishnamurti se puso de manifiesto cuando renunció al papel que le había sido preparado y al resistir con éxito a las influen­cias de poderosas personalidades como el señor Leadbeater y la señora Besant, de la Sociedad Teosófica. No se puede orga­nizar la verdad; fue Krishnamurti mismo quien señaló la inu­tilidad de las organizaciones espirituales, porque a la larga, la gente acaba interesándose en las organizaciones más que en las ideas que intentan propagar.
NO ESTÁ EN LOS LIBROS
La fuente de la profunda comprensión de Krishnamurti no se encuentra en la erudición de los libros. Cierta vez, Krishnamurti habló de sus tristes días de escolar, y de las difi­cultades con las que tropezaba por su incapacidad de acordar­se de cuanto había aprendido. Comentó que las explicaciones de los maestros le entraban por un oído y le salían por el otro. No se le daba bien aprobar los exámenes. Cada vez que entra­ba en el aula para examinarse, le sobrecogía un pánico tal que se olvidaba de cuanto había estudiado. Hasta una edad bastante tardía se limitó a obedecer órdenes. Lo hacía todo como sumi­do en un sueño. Procuró no «contaminar» su espíritu con las ideas de otros filósofos.

Si las enseñanzas de Krishnamurti han sido propagadas por otros sabios, místicos y maestros, ha sido accidental, porque él habla por experiencia propia, de primera mano. Además, es imposible enfrentarse a la realidad siempre nueva con las expe­riencias o ideas ajenas. La religión organizada, dice, es «el pen­samiento congelado del hombre», el material con el que se cons­truyen los templos y las iglesias, se ha convertido en solaz para aquellos que son presa del miedo y en el opio de los que están sumidos en la pena. Pero Dios o la verdad, insiste K, escapan a las exigencias del pensamiento y la emoción.

Resulta revelador que la mayoría de sus charlas comiendo con unos comentarios introductorios sobre el arte de escu­char. De inmediato va al meollo de todos los problemas. No se comprende si no se escucha. Escuchar sin aceptar ni rechazar, escuchar sin creer ni descreer es una ardua tarea, porque se reac­ciona a una situación según los condicionamientos pasados, según el bagaje de creencias, filosofías, convenciones sociales, prejuicios y demás. ¿Se escucha alguna vez sin interpretar? Mientras se reaccione a los condicionamientos pasados, ¿pue­de haber un momento de experiencia pura?
EL MUNDO DEL NO «YO»
El inconsciente es la reserva de nuestros impulsos, espe­ranzas, temores, ansiedades, prejuicios raciales y demás. El hecho de pensar está dirigido, voluntaria o involuntariamente, por este amplio trasfondo. El espíritu sigue unos derroteros y todo es interpretado según este trasfondo. Si se experimenta algo nuevo, se le da un nombre, y esta experiencia que era nueva pasa a incorporarse al pensamiento acumulado, a lo conocido. Por tanto, la realidad, lo desconocido, no es conocible a través del espíritu que se compone de pensamientos, de lo conocido. «El pensamiento sólo puede pensar en lo que es; jamás puede saber». Por tanto, la realidad se encuentra en el intervalo que media entre dos pensamientos.

Si se puede comprender este hecho  la incapacidad del espíritu de experimentar lo nuevo  por chocante que resulte, se producirá una transformación fundamental, el rechazo total de la memoria, de todo el proceso del pensamiento. Habrá quien se pregunte: «¿Puede el pensador disociarse del pensamiento?» La pregunta no surge porque el proceso del pensamiento cree de hecho la ilusión de un «pensador» o de un «yo». Puesto que el proceso del pensamiento crea el «yo», la disolución de ese proceso provocará a la larga la desaparición del «yo» ilusorio. Krishnamurti pertenece a un mundo que ha derribado los muros de la cárcel del «yo», por lo tanto, se encuentra en un estado de creatividad permanente. No se puede hacer más que medi­tar sobre este estado; Krishnamurti lo describió de diferentes maneras: realidad, amor, dios, verdad, etc.

La verdad no se puede buscar puesto que lo conocido es inca­paz de comprender lo desconocido. Pero el rechazo de lo cono­cido nos hace receptivos a lo desconocido, que vendrá sin bus­carlo. El pensamiento creativo sugerirá, a la larga, el camino de la acción creadora: el espíritu creativo e inteligente se iden­tificará espontáneamente con la recta vía, porque sólo el espí­ritu no creativo y no inteligente tendrá la ocasión de elegir y, por tanto, libre albedrío.
SENCILLEZ INFANTIL
En tanto y en cuanto el hombre se obsesione con la ilu­sión del «yo», buscará la realización personal y la seguridad psicológica y se volverá ávido y posesivo. El verdadero amor desinteresado sólo se da con la ausencia de pensamiento que crea el yo. Cierta vez, Krishnamurti contemplaba el paso de un tren con el genuino deleite de la experiencia nueva. Ver una rama marchita lo emocionaba hasta las lágrimas. Esta sencillez infantil sugiere una extraordinaria sensibilidad y una actitud abierta hacia todo, ya sea la belleza de una puesta de sol o la miseria de un mendigo, en cada momento de su existencia. Un hombre así, con la capacidad del poeta para captar hasta los últimos matices de la experiencia no experimenta la monoto­nía ni el aburrimiento de la vida moderna. Un hombre así ten­drá la capacidad infinita de sentir y amar y una inteligencia sumamente aguzada.

Krishnamurti continuará siendo un enigma mientras sus enseñanzas se midan con el metro del condicionamiento del hombre. En cuanto el espíritu condicionado se enfrenta al hecho de estar condicionado se libera instantáneamente. Del mismo modo, si aceptamos el hecho de que hacemos una interpreta­ción de las enseñanzas de Krishnamurti según nuestras simpa­tías y antipatías, en ese mismo instante, seremos capaces de captar su maravilloso mensaje.

El doctor Adikaram apreció mucho mi artículo. «Me gus­ta mucho, pero ha creado un problema. Después de su publi­cación, ha aumentado increíblemente la demanda de entradas para las conferencias del Ayuntamiento de Colombo. Las hemos agotado y en el salón no queda espacio para dar cabida a todos aquellos que desean escuchar a Krishnaji». Con su caracterís­tica eficacia logró resolver este problema. Como eminente per­sonalidad pública, el doctor Adikaram utilizó sus influencias en el gobierno cingalés y, con ayuda del señor I.M.R.A. Iriyagolle, parlamentario y ferviente admirador de K, logró que Radio Ceilán transmitiera las conferencias de K para que llegaran a toda Sri Lanka y la India.

En ciudades densamente pobladas como Colombo, donde existe una acuciante escasez de viviendas, es prácticamente imposible encontrar un propietario dispuesto a alquilar por un mes una casa espaciosa con un bonito jardín. Los organizado­res insistimos en que la casa debía estar situada en un barrio tranquilo y arbolado. Teníamos la idea de que una vivienda de estas características sería lo bastante cómoda para K. Apenas había comenzado la búsqueda, cuando encontré un propietario que me ofrecía una casa que reunía todos los requisitos. Me sen­tí sorprendido. Se trataba de un chalé de reciente construcción, que se encontraba junto a un cementerio umbrío, cerca de la carretera flanqueada de árboles de Jawatta. El propietario me dijo: «Será para mí un honor que viva aquí aunque sólo sea un día para santificarla». K pasó allí varias semanas. A lo lar­go de mi vida, siempre que quise algo tuve que luchar con ahín­co para conseguirlo. Pero cada vez que debía atender a las pocas necesidades físicas de K, lo que hacía falta para cubrirlas apa­recía como por encanto. En el aeropuerto de Colombo, la mul­titud llevaba varias horas esperando bajo un sol de justicia para poder dar la bienvenida a K. Cuando el avión aterrizó, la gen­te se lanzó en tropel sobre la pista para verlo. K recibió una cálida bienvenida. Cuando K se nos acercó, una voz estriden­te exclamó: «¡Qué cara divina!» K escuchó el comentario y, de inmediato, ocultó la cara tras su amplio paraguas, con lo cual, muchos de los allí presentes no lograron verlo.

Un fotógrafo de prensa solicitó a K que posara para una foto. «Lo siento» dijo K con tono de disculpa. Y añadió: «En Nueva York y en Londres tampoco me he dejado foto­grafiar».

El fotógrafo le imploró que accediera a su petición: «Por favor, déjeme que le saque sólo una».

«¿Por qué no fotografía usted un árbol o una montaña?», le contestó K y se alejó rápidamente.

En el aeropuerto, K tuvo que rellenar un impreso oficial. Después de contestar cuidadosamente a todas las preguntas, se encontró con un problema. Se quedó mirando con aire ausen­te la línea de puntos donde debía firmar. Daba la impresión de no saber qué hacer. Lo que ocurrió fue que K se había olvida­do de su propio nombre. Fue entonces cuando un miembro de su séquito le susurró al oído: «Tiene que escribir J. Krishnamurti».

«Ah sí, gracias», dijo K agradecido, y firmó el documento.

Su nombre gozaba de gran prestigio en el mundo, pero para él no era más que una palabra con la que la sociedad lo había etiquetado. En este aspecto se diferenciaba enormemente del resto de nosotros, que estamos encadenados a nuestros nom­bres. ¿A quién le gusta dejar de lado su nombre, sobre todo si va asociado a la gloria y al éxito? En mi espíritu, mi nombre es virtualmente sinónimo de mi ego, de ahí que siempre vaya a recordarlo.
CONFERENCIA DE PRENSA EN COLOMBO
A las pocas horas de su llegada a Colombo, cuando el inten­so calor tropical había dejado paso a las frescas brisas vesper­tinas, K ofreció una conferencia de prensa al aire libre, en el jardín de la terraza de su casa, donde se había reunido gran número de periodistas locales y extranjeros. Habían ocupado las sillas y los bancos y algunos se habían sentado en el para­peto. Todos esperaban ansiosamente la llegada de K, al que le habían preparado una silla majestuosa, con aspecto de trono. Cuando K apareció, con aspecto frágil y cansado, los allí pre­sentes se pusieron respetuosamente en pie.

«Por favor, no se levanten. Por favor, sigan sentados», pidió K a los periodistas. Siempre se ponía incómodo ante las mues­tras de respeto. No fomentaba las manifestaciones de deferen­cia hacia su persona. Alguien le indicó a K la imponente silla, especialmente preparada para la ocasión.

«No, gracias», dijo austero. Después de negarse a sentarse en aquella silla, miró a su alrededor y eligió un taburete de madera. Aquella simple demostración de humildad nos habla­ba claramente sobre el carácter de aquel hombre y la calidad de sus enseñanzas.

Un joven y atrevido periodista le lanzó la siguiente pre­gunta personal: «¿Se considera usted un ser completamente ilu­minado?» K sonrió y repuso: «No tiene ninguna importancia el hecho de que yo sea o no iluminado. Lo importante es si se ha preocupado usted por analizar todo aquello de lo que hablo y si considera ciertas mis aseveraciones a la luz de su propio entendimiento. Me lo pregunta usted porque en el fondo busca una certeza. Ese deseo de certeza demuestra que a usted le interesa la seguridad. El espíritu busca perpetuamente la seguridad a través de teorías y explicaciones. Ahora bien, si yo digo, “Soy un iluminado” usted me tomará en serio y rápidamente aceptará cuanto diga. Pero la verdad es que debe averiguar por sí mismo si lo que digo es sensato o no. Nadie puede ayudar­lo en eso. Tiene que hacerlo usted solo. Quien habla carece de autoridad. Si usted ha entendido algo profundamente, enton­ces, la verdad de lo que ha entendido actuará en su vida. La ver­dad posee su propia autoridad».

Entusiasmados, los periodistas bombardearon a K con infi­nidad de preguntas. He aquí algunas de ellas con sus corres­pondientes respuestas.

Dice usted que una persona debe ser independiente en cuestiones espirituales. Si lo cree de veras, ¿por qué pierde el tiempo dan­do sus charlas?

K: ¿Por qué perfuman las flores? A las flores les es imposi­ble dejar de perfumar el aire. Cuando ve usted algo con claridad, ¿no desea acaso compartir esa claridad con otras personas? Doy mis charlas porque no puedo evitarlo. No las doy con la intención de ayudar a los demás. Sería dema­siado paternalista. Hablo de estas cosas porque llevo una canción en el corazón. Y cantaré independientemente de que me escuchen o no. Las flores florecen porque en ello radica su gloria, su papel, su dharma. A las flores no les preocupa el que cuantos pasan delante de ellas dis­fruten de su perfume o hagan caso omiso de él.

¿Sus enseñanzas son para unos cuantos elegidos o para todos? ¿Cree usted que su filosofía elitista se popularizará entre las masas?

K: ¿Por qué se separa usted de las masas? Usted es el mun­do y el mundo es usted. Quizás tenga usted la suerte de vivir en un palacio, rodeado de sirvientes, pero ¿es usted psicológicamente distinto de las llamadas masas? Seamos ricos o pobres, vivamos en Oriente u Occidente, en Ceilán o Siberia, ¿en qué diferencia eso nuestro espíritu del de los demás? Vivamos donde vivamos, sea cual sea nuestra situación en la vida, todos sufrimos y morimos, ¿no es así? Es importante que nos demos cuenta de que nuestros espí­ritus son iguales. El espíritu es su conciencia y nada más. ¿Qué es su espíritu más que una colección de sus temo­res, esperanzas, ambiciones, creencias y dolores?

Me ha preguntado si mis enseñanzas son susceptibles de atraer a la gente corriente. ¿Acaso quiere decirme que un campesino no es capaz de entenderme? ¿Acaso un cam­pesino es psicológicamente distinto de usted? La inteli­gencia no es un don, porque cada individuo lleva dentro de sí la capacidad de comprender.

Lleva usted años hablando, pero el mundo sigue sin cambiar. Le agradecería que me diera sí opinión al respecto.

K: La gente va al río y toma lo que quiere. Algunos van con una jarra. Otros sólo beben unos sorbos. De modo que la cuestión no radica tanto en lo que se ofrece sino en lo que se toma. El río tiene mucha agua pero sólo se apro­vecha un poco para satisfacer temporalmente las necesi­dades inmediatas. La gente se satisface con facilidad. No está profundamente descontenta. Tampoco tiene sed sufi­ciente como para beber el agua clara en grandes canti­dades.

¿Por qué no cuenta usted con un grupo reconocido de seguidores como hacen otros gurús?

K: ¿No sabía usted que son los seguidores los que destruyen a su gurú? Los seguidores explotan a su gurú y éste, a su vez, explota a sus seguidores, de modo que su relación se convierte en explotación mutua. Gracias a Dios, no tengo seguidores. En primer lugar, averigüe por qué quiere seguir a otro. Entonces descubrirá algo sobre sí mismo. ¿Por qué seguir a nadie, incluido el orador? Se desea seguir a otro porque se está en la oscuridad. Y cuando se convierte usted en seguidor, ¿no sigue estando en la oscuridad? Por tanto, ¿no debería ser usted una luz para usted mismo?

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