Krishnamurti tal como le conocí






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Historia de los inicios del budismo en Ceilán o estado del budismo en Ceilán tal como la revelan los comentarios en pali del siglo V d.C. Había sido teósofo y seguidor del Mahatma Gandhi, pero el principal factor de formación en su vida fueron las enseñanzas de K. La interpretación krishnamurtiana de la filoso­fía budista reflejada en sus controvertidos libros y artículos molestó mucho a los sectores ortodoxos del clero budista de Sri Lanka.

En su época de estudiante en Londres, asistió a los Campamentos de la Estrella en Ommen, Holanda, donde escuchó las inspiradas visiones de K, que por entonces se encon­traba en el esplendor de su juventud. Me contó que para muchos constituía una conmovedora experiencia espiritual asistir a aque­llas reuniones, poder sentarse y contemplar la belleza física de K, aunque no lograran entender nada de lo que decía.

Después de trabajar diez años como director de Ananda Sastralaya en Kotte, Adikaram renunció al puesto, se despren­dió de sus escasas pertenencias y vivió como sannyasin el res­to de su vida. No contaba con ahorros ni tenía derecho a reci­bir una pensión estatal. Le gustaba citar la sentencia de K que dice que la seguridad no existe. Que la inteligencia, si se posee, es la única seguridad. En el ocaso de su vida, desempeñó el ele­vado cargo, esencialmente honorífico, de canciller de la Universidad de Sri Jayawardhanapura. En esta misma insti­tución, K dio una conferencia a los estudiantes en el año 1980.

Hacia el final de su vida, Adikaram reconoció que la edu­cación no era la panacea de todos los males sociales tal como había pensado. La educación hace de nosotros personas bien informadas, no sabias. Cuando un delincuente es instruido, ¿acaso se convierte automáticamente en mejor ser humano? Esto no significa que los delincuentes no deban ser educados, pero lo que suele ocurrir es que la educación les permite con­tinuar con sus acciones criminales de una forma más astuta y elaborada. La naturaleza humana no puede cambiar con la edu­cación; sólo se consigue cuando la psiquis se desprende del egoísmo y de rasgos antisociales como la violencia, la ambición, el odio y la envidia. Sólo una revolución psicológica interior es capaz de transformar la naturaleza animal innata del hombre. Esta visión fue algo que había aprendido de su gran mentor, K. Las enseñanzas de K moldearon profundamente el espíritu de Adikaram y de la mayoría de sus compañeros. Yo mismo esta­ba bastante familiarizado con estas enseñanzas antes de conocer a Adikaram. Por entonces, yo estudiaba en la Escuela Universitaria de Ananda, en Colombo, y recuerdo como si fue­ra hoy que le escribí una larga misiva para preguntarle si había oído hablar de Krishnamurti. ¿Qué fue lo que me impulsó a escribir semejante carta? Había leído una serie de artículos filo­sóficos de Adikaram que se publicaban en el periódico cinga­lés Lanhadeepa. Me llamaba mucho la atención el hecho de que aunque sus escritos expresaban puntos de vista parecidos a los de K, apenas mencionaba su nombre. Días más tarde, me vi gratamente sorprendido al recibir una respuesta suya en la que reconocía su deuda para con K. Aquel fue el comienzo de una amistad que duraría unos treinta años y terminaría al morir él. A veces nos pasábamos el día entero discutiendo sutilezas filo­sóficas. Discrepábamos con frecuencia pero jamás me falló como amigo. Siempre fue fiel y afectuoso.

Adikaram y yo viajamos mucho por la India, no sólo con el fin de escuchar los discursos de K en Bombay y Poona, sino también porque disfrutábamos visitando las ashrams, los anti­guos templos y los lugares de gran interés cultural como Ajanta y Ellora. Le gustaba emprender peregrinajes budistas; en el lugar donde murió Buda se conmovió hasta las lágrimas al sen­tirse abrumado por una extraña presencia. Debo mencionar también algo que me contó en relación con una visita que le hiciera a Ramana Maharsi en Tiruvannamalai. Había ido a ver al sabio solo y se sentó a su lado. En cuanto se encontró ante Shri Rumana se sintió inmerso en un estado de éxtasis.

Adikaram consideraba que la llegada de K a este mundo no era un hecho cualquiera, porque K era un Sabio Iluminado, el tipo de Maestro que rara vez suele encontrarse en la tierra. A K se lo comparaba con una flor que se abre una vez cada mile­nio. Por ello nunca nos perdíamos la oportunidad de escucharlo en distintos puntos de la India; era como si hubiésemos retro­cedido dos mil quinientos años para cubrir la larga distancia que nos separaba de Benarés con el fin de escuchar las ense­ñanzas de Buda.

Cuando Adikaram consiguió su primera audiencia con K en la intimidad de un cuarto, las lágrimas bañaron las mejillas del insigne médico. Lloró largo rato y K se limitó a seguir sen­tado y a observarlo en silencio sin decir palabra. Adikaram dejó de llorar de repente al advertir que se había comportado como un niño y lo invadió una enorme timidez por haber llorado en presencia de K. Fue entonces cuando K cogió la mano de Adikaram para consolarlo y le dijo: «Muchos de los que vienen a visitarme lloran en mi presencia. Es una especie de sensibili­dad. ¿Acaso no siente ganas de llorar cuando ve algo muy her­moso o bien cuando oye un canto melodioso?»

Adikaram sentía por K un enorme respeto y siempre se diri­gía a él con gran deferencia. A veces le temblaban los labios de emoción o se le quebraba la voz cuando tenía que conversar con K. En cierta ocasión K lo llevó aparte y le preguntó: «¿Por qué se comporta así?» Adikaram le contestó: «Perdóneme por lo que voy a decirle, pero para mí usted es el Buda».

K replicó: «Señor, es posible que sea el Buda pero ¿por qué me teme usted?»

El pueblo de Sri Lanka debería mostrarse especialmente agradecido con Adikaram porque fue él quien invitó a K a Colombo y organizó sus incontables charlas y conferencias en 1949, 1957 y 1980, cuando K visitó el país por última vez. Por lo tanto, fueron miles de hombres, mujeres y niños de Sri Lanka los que llegaron a conocer las enseñanzas de este revo­lucionario maestro religioso.

Dada su educación budista y su marcado interés por la lite­ratura pali, Adikaram sentía una natural curiosidad por el tema de la reencarnación. Uno de los libros más valiosos de su biblio­teca personal era The lives of Alcyone, de Annie Besant y C.W. Leadbeater. Esta obra investiga las vidas anteriores de K. Un buen día se armó de valor y le preguntó a K si eran exactas esas descripciones de sus vidas anteriores. K le respondió: «Eso no le ayudará». Esta reacción cortante desconcertó a Adikaram que había esperado una respuesta en la que quedara claro si la información del libro era cierta o falsa. Con frecuencia, K se mos­traba reacio a tratar cuestiones relacionadas con sus primeros años, y mucho más con sus vidas anteriores, porque las consi­deraba intrascendentes. Estas cuestiones lo aburrían. El pasa­do está muerto, no se puede cambiar ni revivir; en cualquier caso, le resultaba muy difícil recordar nada que superara los límites del pasado inmediato. Nunca se le dio bien recordar.

Adikaram dedicó sus energías a difundir las enseñanzas de K a lo largo y a lo ancho de Sri Lanka a través de infinidad de artículos, transmisiones y conferencias. Fue el impulsor de la fundación del Centro Krishnamurti de Sri Lanka, que adqui­rió validez legal cuando el Parlamento de la República Socialista Democrática de Sri Lanka aprobó la ley 70/1981 mediante la cual se creaba el Centro Krishnamurti de Sri Lanka (Asociación). En una carta dirigida a mí y fechada el 23 de octubre de 1981, me decía: «Ceilán será la futura depositaria de las enseñanzas de Krishnaji y todos nosotros debemos esforzarnos y trabajar mucho para que así sea». Tenía la profunda convicción de que en el futuro, el destino de Sri Lanka sería el de proteger y sal­vaguardar las enseñanzas de K, de la misma manera que esa isla había atesorado las enseñanzas de Buda en el momento en que ­el budismo sufrió duros reveses en su tierra de origen.

Adikaram declaró que después de estudiar a K comprobó que entendía con más claridad las enseñanzas de Buda. Debo reconocer que a mí me ocurrió igual. El hecho de que las enseñanzas de K se hicieran tan populares en Sri Lanka no debe atri­buirse únicamente a los esfuerzos de Adikaram por difundir­las; en mi opinión, los cingaleses se habrían sentido de todos modos atraídos por ellas porque desde el punto de vista de la doctrina tienen mucho en común con las enseñanzas de Buda. Ambos sabios destacaron la importancia del conocimiento  analizar el proceso del pensamiento sin distorsión alguna  como el único medio para alcanzar la liberación. Ambos ense­ñaban que no existe un Salvador (nadie puede salvar a nadie más que a sí mismo). Ambos cuestionaban la existencia de algo que pudiera ser considerado como un alma o atman; por enci­ma de todo, ambos Maestros enseñaban que sólo la compa­sión resolvería todos los problemas de la humanidad.

Era tal la intensidad con la que Adikaram se analizaba a sí mismo que se veía en la necesidad de tomarse largos períodos de descanso para reponerse de la tensión nerviosa. El 19 de ene­ro de 1981 me escribió lo siguiente: «Las conversaciones de Krishnaji exigen de mí tanta energía que me siento exhausto y llego incluso a ponerme enfermo. Por eso comprendo su can­sancio. Espero que se haya usted recuperado».

Adikaram deseaba fervientemente morir antes que K por­que se sentía incapaz de soportar el dolor de vivir en un mun­do oscuro que ya no contaría más con la bendita presencia de K. Llegó incluso a identificarse con los dos grandes discípu­los de Buda, Sariputta y Mogallana, fallecidos antes que su maestro. Adikaram murió pacíficamente mientras dormía, el 28 de diciembre de 1985. Semanas más tarde, el 17 de febre­ro de 1986, falleció K. Un inexplicable giro de los aconteci­mientos permitió que se hiciera realidad su deseo de desapare­cer antes que K.

La incineración de Adikaram tuvo lugar en el marco de una solemne ceremonia en la que participaron el Primer Ministro de Sri Lanka, quien rezó la plegaria funeraria. Uno de los ora­dores fue el doctor Anandatissa de Alwis, Ministro de Estado, quien manifestó que Adikaram había comprendido claramen­te la filosofía de K. Fue aclamado como el más grande pensa­dor de Sri Lanka del siglo XX. La muerte lo sorprendió cuan­do se disponía a asistir a las últimas conferencias de K en Madrás.

Adikaram nos legó su activo interés por las enseñanzas de K. Por ello, me referiré a él en varias ocasiones más en el cur­so de este libro sobre mis recuerdos de K.
PERSONIFICACIÓN DE METTA
En 1953 Adikaram me recalcó una y otra vez que en la vida no hay nada más importante que estudiar los libros de K, y que no hay nada más agradable que discutir las enseñanzas de K con amigos que se interesan en el tema y que se sienten atra­ídos por ellas. No obstante, insistía en que a menos que uno lograra relacionarse con K, no era posible llegar a hacerse una idea plena de él como hombre. Hacía hincapié en lo peligroso que era alcanzar únicamente una comprensión intelectual y aca­démica de esas enseñanzas. No basta con apreciar el espíritu infinito de K, porque es igualmente necesario conocerlo en per­sona, comprobar por uno mismo que K es «la más gentil de las criaturas, con un corazón que rebosa compasión». Decía que K es la personificación de metta. Este término budista significa amorosa bondad. Adikaram observó que a quienes sólo leían sus libros o se limitaban a asistir a sus conferencias, invaria­blemente se les escapaba el lado tierno de la personalidad de K. «Por lo tanto, no tarde usted en viajar a la India. Le pre­sentaré a K, a quien conozco bien. Le conseguiré una entrevis­ta con él». Le manifesté entonces que aunque su propuesta me resultaba de lo más tentadora, me veía en la triste necesidad de rechazarla, porque como estudiante no tenía dinero para un via­je tan largo. «No es ningún problema  me dijo , porque yo correré con todos los gastos». Su generosa oferta me conmovió.
EL SEÑOR C. JINARAJADASA
En nuestros viajes por la India conocimos a diversas per­sonalidades que, en distintos momentos, habían estado estre­chamente relacionadas con K. Una de estas personalidades fue el señor C. Jinarajadasa, por entonces presidente de la Sociedad Teosófica. Jinarajadasa, cariñosamente apodado Hermano Raja, había desempeñado un papel importante en los primeros años de formación de K, porque había sido su tutor. Acompañamos a Jinarajadasa en uno de sus paseos vespertinos por los hermosos jardines de la Sociedad Teosófica de Madrás. Andaba con extraordinaria lentitud porque era un hombre débil y padecía de artritis. Se granjeó nuestro cariño porque hablaba de K con gran afecto y preguntó por la salud y el paradero de K.

Gracias al interés de Jinarajadasa por preservar objetos de gran valor histórico y sentimental, la Sociedad Teosófica alber­gaba una fascinante colección de artículos que habían pertene­cido a K cuando era niño: sus cuadernos de ejercicios, sus libros de texto, unas cuantas prendas de vestir y algunos zapatos. Tenían incluso mechones de su negro cabello. Años más tarde quise fotografiar esta colección. Los empleados administrati­vos de la sociedad me dijeron que desconocían su existencia. ¿Acaso habría desaparecido misteriosamente?
MÍ PRIMER ENCUENTRO CON KRISHNAMURTI
El día de nuestra cita con K, Adikaram cerró los ojos y medi­tó durante una hora. Me dijo que antes de ver a K, necesitaba limpiar su espíritu y liberar su conciencia de pensamientos egoís­tas. Me aconsejó que limpiara mi espíritu antes de ver a K. Me eché a reír y repuse: «¡No tiene importancia si K ve el desor­den de mi espíritu!»

Hacía una tarde luminosa y soleada cuando llegamos a la espaciosa casa del señor Patwardhan en Poona. Nos recibió el señor D. Rajagopal. Nos pidió que le enviáramos recortes de prensa, artículos de revistas y libros relacionados con K, por­que los necesitaba para sus archivos de Ojai, en California. Debo mencionar que estos archivos se encuentran ahora bajo la cus­todia de la Fundación Krishnamurti de los Estados Unidos.

Nos condujeron a la alcoba de K y nos pidieron que lo espe­rásemos. En un rincón de aquel cuarto de techo alto se encon­traba su cama antigua, cubierta por una mosquitera blanca. Sobre la mullida alfombra habían esparcido flores de jazmín. Su suave fragancia flotaba en el aire. K apareció de repente, inmaculadamente vestido con una kurta color crema y panta­lones blancos. Entró en la habitación y sonriendo abrazó a Adikaram. Fue agradable presenciar el encuentro caluroso de dos antiguos compañeros.

Adikaram me presentó a K. «Este es mi amigo Susanaga Weeraperuma de Colombo». Hice una respetuosa reverencia y K me estrechó ambas manos. Luego, sin pronunciar palabra, los tres nos sentamos en la alfombra y nos cruzamos de piernas.

K se sentó justo frente a mí. Se movió ligeramente hacia adelante hasta que sus rodillas casi rozaron las mías. Su rostro estaba muy próximo al mío y me miró fijamente a los ojos. Centró su atención en ellos durante un buen rato. Fue como quedar expuesto al potente haz luminoso de un reflector. Al principio me invadió una cierta incomodidad. Luego me sen­tí débil y algo mareado. Aparté la vista y miré hacia la galería y el jardín. En cuanto hube apartado de él la mirada me vi en la necesidad de volver a posarla en sus ojos porque ejercían en mí una atracción magnética. Advertí que no había logrado dis­traerme mirando hacia otra parte. De manera que me concentré en su cara. Noté entonces que sus ojos penetrantes seguían observándome, analizando cada uno de mis movimientos y gestos, como si toda mi mente entera se viera sometida a una exploración con rayos X. Empecé a sudar. Fui vagamente cons­ciente de que algo que había estado profundamente arraigado dentro de mi psiquis comenzaba a diluirse. El espíritu parecía haberse liberado de la carga que limitaba su capacidad de per­cepción. Continuamos así sentados unos veinte minutos que me parecieron veinte horas interminables. En todo ese tiem­po K no apartó sus ojos de mí.

Había tenido suficientes escarceos con el hipnotismo como para saber que K no me estaba hipnotizando. Me pregunté si K no estaría tratando de juzgar mi carácter. ¿Acaso años más tarde no dijo que jamás indagaría en la mente de las personas porque sería como leer la correspondencia ajena? ¿Acaso K tra­taba de transmitir un mensaje sin utilizar la palabra? Adikaram me comentó que él también se sentía intrigado porque desde que lo había conocido nunca antes lo había visto concentrar su atención en una persona durante tanto tiempo.

Hasta el día de hoy no he logrado entender muy bien el sig­nificado, si es que lo tuvo, de cuanto ocurrió durante aquel hechizante y mudo encuentro con K. Comenté la cuestión con un eminente teósofo que opinó que «fue una iniciación». Yo le espeté: «¡Tonterías! Es una idea absolutamente fuera de lugar. ¿Acaso no insistía él en la independencia absoluta y rechazaba la posibilidad de todo tipo de ayuda externa en cuestiones espirituales?»

Nuestra cita debía ser una entrevista pero nos comporta­mos como monjes que han hecho votos de silencio. Se me ocu­rrió entonces que debía hablar con K.

SW: ¿Me permite que le haga una pregunta?

K: Sí.

SW: Le escribí una carta para plantearle un problema. ¿La reci­bió?

K: No lo recuerdo. ¿Cuál es su problema?

SW: No sé a ciencia cierta si está bien que lo considere un pro­blema. En realidad se trata de una indecisión. Después de leer sus libros me encuentro ante un dilema.

K: ¿Lo ha comentado con el doctor Adikaram?

SW: Sí. Pero sigo confundido. Acabo de terminar mis estudios secundarios. He sido un estudiante bastante bueno. Saqué buenas notas y aprobé los exámenes. Lo que debo decidir ahora es si ingresar en la universidad o abandonar los estu­dios. Estoy convencido de que tendré pocas posibilidades de encontrar empleo sin un título universitario. Pero si continúo estudiando con la intención de conseguir un título, ¿no corro el riesgo de que mi espíritu se vuelva menos sensible? Deseo poseer un espíritu sensible pero el saber aumentará mi insensibilidad y hará que mi espíri­tu sea menos maleable. He leído con mucho provecho sus libros en los que explica que el saber es un estorbo. Yo mismo he descubierto que el saber entorpece el espíritu.

K: ¡Al contrario! El saber lo aguza.

SW: Me he dado cuenta de que a medida que aprendo cosas me va cambiando el carácter. Mis gustos cambian, igual que mi punto de vista. La frescura inocente de la niñez se pierde por culpa de ese continuo cambio. ¿No es una pena?

K: No merece la pena conservar algo cambiante.

SW: No acabo de comprenderlo. ¿Qué me aconseja?

K: Verá. ¿Tiene usted cuencos y cuencos de oro?

SW: No, en absoluto.

K: Entonces debe usted terminar sus estudios y buscar un trabajo. Instrúyase usted en la medida en que le haga fal­ta para conseguir empleo. Supongamos que es usted estu­diante de ingeniería. No sea ambicioso y diga, «Seré el más grande de los ingenieros». Limítese a ser un buen ingeniero, un ingeniero eficiente, es todo. Hay que huir del deseo de brillar en sociedad. Es vulgar. El saber en sí mismo es inocuo pero utilizar el saber como un medio para conseguir la propia realización es lo que entorpece el espíritu.

SW: ¿Entonces no está usted en contra del saber?

K: ¿Por qué iba a estarlo, acaso no necesitamos saber más y mejor? El verdadero científico intenta siempre ampliar las fronteras de su saber. Pero cuando un científico se esfuerza con la intención de ganar el premio Nobel, ¿no está acaso persiguiendo la propia gloria?

SW: Sigo sin comprender cuándo el saber es peligroso y cuán­do es útil.

K: Utilizar el saber con fines psicológicos es dañino.

SW: En sus charlas distingue usted entre «la memoria fácti­ca» y «la memoria psicológica». Resulta fácil comprender lo que significa fáctico. Pero le ruego que me expli­que el término «memoria psicológica».

K: Es un hecho que el doctor Adikaram es doctor en filoso­fía. Eso es memoria fáctica. Pero en cuanto lo considere como persona socialmente útil porque tiene un título aca­démico, ha creado usted una memoria psicológica, ¿no es así? Veamos, ¿es usted capaz de ver a su amigo directa­mente, sin mirarlo a través de la pantalla de su título y su reputación?

SW: Sigo preocupado porque mi sensibilidad disminuya a medida que me hago mayor.

K: Tenga cuidado y trate de que no le ocurra. Me veo en la obligación de conocer gente pero trato de no volverme insensible.

Estimulado por las sabias palabras de K, Adikaram rompió su silencio y decidió participar en la discusión.

A: Mi dificultad radica en el hecho de que para ganarme la vida escribo artículos científicos y tiendo a volverme insen­sible. Desearía no tener que trabajar para que el espíritu estuviera libre de encontrarse siempre en un estado de conocimiento supremo. Si no tuviera que malgastar mis energías con fines materialistas, tendría más energía para dedicarla a alcanzar el conocimiento.

K: ¿Por qué separa usted el llamado mundo material del espiritual? ¿Ha tratado de traducir su interés espiritual en forma material para que las dos esferas no estén en conflicto? El trabajo de un verdadero científico no se detiene en el análisis del mundo exterior. También debe­ría analizar su mundo interior. Puede reflejar en sus artí­culos científicos lo que descubra sobre sí mismo. Si sigue usted paso a paso cada movimiento de su espíritu en su vida diaria, notará una diferencia en la calidad de sus escritos. Será usted un escritor más eficaz. Su estilo pue­de mejorar.

Aquel año disfrutamos mucho con las animadas conversa­ciones de K en Poona y Bombay. Una tarde, inmediatamente después de una charla en Poona, se produjo un incidente inol­vidable. Un grupo de admiradores y devotos rodearon a K y una joven le colgó del cuello una preciosa guirnalda de flores. En un gesto de adoración se postró ante K y le besó los pies. Se trataba de una manera de expresar reverencia, humildad y sumi­sión. «¡Por favor, no haga eso!», exclamó K elevando el tono de voz. La aferró del brazo y la ayudó a ponerse de pie. Poco después, se retiró a un rincón apartado del jardín y se quedó solo debajo de un árbol. La multitud lo siguió rápidamente y volvió a rodearlo. Sus ojos lacrimosos y compasivos se clavaron en los rostros desdichados. Una expresión de intensa ternura le transfiguró la cara. Parecía dolorosamente consciente del tre­mendo abismo que lo separaba de aquella gente corriente, que soportaba no sólo la carga de la pena sino de la pobreza. El dolor de aquellas personas contrastaba enormemente con el afortu­nado grupo de K, que disfrutaba de todas las comodidades de este mundo así como de sus riquezas espirituales.

Un cierto sannyasin llamado Vaisnavite, que se mostró azo­rado cuando K le dijo en público que era una tontería frotarse el cuerpo con cenizas sagradas, no volvió a aparecer por sus con­ferencias. Sentí mucha pena por aquel asceta al que, evidente­mente, había molestado el cáustico comentario de K. Ocurría a menudo que las denuncias abiertas que K hacía de las tradi­ciones y creencias religiosas desconcertaban a las personas que asistían a sus charlas. Había quienes se abstenían de hacerle preguntas porque temían la posibilidad de ser humillados en público. Las que salían perdiendo eran estas personas. En pri­mer lugar, porque no se daban cuenta de que K no era nada malicioso; en segundo lugar, porque no entendían que las pala­bras de K debían equipararse a la lanceta del cirujano que hace daño al paciente y a la vez lo cura.

En Bombay, nos despedimos rápidamente porque había mucha gente que esperaba con impaciencia su turno para hablar con K. Adikaram lo invitó a visitar Colombo para dar otra serie de conferencias. K nos abrazó y nos dijo: «Vuelvan a casa y des­cansen bien. Han escuchado las charlas. Caballeros, propáguenlas a gritos desde los tejados».
EL SABIO QUE HABLA POR EXPERIENCIA PERSONAL
En 1957, el Comité de Recepción de Krishnamurti se encar­gó de invitarlo a Sri Lanka. Yo formé parte activa del mismo. Sus principales funciones consistían en organizar las reuniones de K en Colombo y cuidar de él mientras fuera nuestro invi­tado. La primera reunión del comité fue presidida por el doc­tor Adikaram, quien nos dio un discurso conmovedor. «En las próximas semanas  dijo , seremos los guardianes de Krishnaji, el tesoro más grandioso de este mundo». Se repar­tieron las distintas tareas entre los miembros del comité. A mí me encargaron buscar lo antes posible una casa en la ciudad de Colombo en la que K pudiera alojarse, atender a sus necesida­des personales y dar la más amplia publicidad a su visita median­te artículos publicados en la prensa local.

El 31 de diciembre de 1956 los diarios
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