Krishnamurti tal como le conocí






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: Estoy bastante familiarizado con sus escritos sobre ese tema tan importante que es la muerte. Ha dicho usted que la muerte psi­cológica debería preceder a la muerte física.

K: Así es. ¿Puede el «yo» morir antes que usted muera?

SW: Antes de que sobrevenga la muerte física, espero haber muerto para todas mis simpatías, antipatías, preocupaciones, temores y demás. ¡Qué bonito sería si pudiera morir para todo mi pa­sado!

K: Cuando haya muerto para todo su pasado, descubrirá un nuevo inicio.

SW: ¿Eso es todo?

K: Cuando el espíritu quede limpio del pasado, cuando se libere del tiempo, uno se encontrará con algo indestructible.

SW: ¿Está preparado para prescindir de su cuerpo?

K: Cuando me llegue la hora de irme, entraré en la casa de la muerte con una sonrisa.
¿QUÉ ES LA CORDURA?
SW: Ayer fui a visitar a una persona que está ingresada en un hos­pital psiquiátrico. Me deprimió ver a tantos hombres y mujeres dementes. ¿Alguna vez intentó ayudar a una persona interna­da en un hospital de este tipo?

K: En cierta ocasión fui a un manicomio para ver a un pacien­te al que había conocido. Y me di cuenta de que los «locos» que vivían en el manicomio no se diferenciaban fundamentalmente de los «cuerdos» que estaban fuera.

SW: He oído decir que la frontera que separa la cordura de la locura es muy endeble.

K: No es esa la cuestión. Quizás no exista esa frontera. ¿Acaso los llamados cuerdos son más claros que los llamados locos? En los hospitales psiquiátricos hay hombres que se creen que son reyes o dictadores y mujeres que se creen que son reinas o princesas. Se considera loca a toda persona que cree en cosas que no guardan ninguna relación con la rea­lidad. ¿Acaso no es una locura creer en la existencia de dioses imaginarios con infinidad de brazos y piernas?

SW: Los filósofos indios han considerado el hecho de confundir una soga con una serpiente como un ejemplo de percepción distorsio­nada.

K: En estos momentos, nuestra percepción está cubierta por un velo de imágenes. Tenemos imágenes de las personas que conocemos. Los padres tienen imágenes de sus hijos y los hijos tienen imágenes de sus padres. Muchas per­sonas que asisten a mis charlas tienen una cierta imagen de mí. Es una lástima que tenga reputación de ser un maestro espiritual. Por eso ven en mis palabras más de lo que es mi intención. Por eso interpretan mal las verdades simples y obvias de las que hablo. Esta imagen de mí impi­de la correcta comprensión de mis charlas. Una mente cuerda no tiene imágenes.

SW: ¿Entonces retener imágenes es un síntoma de locura?

K: Claro que sí.

SW: ¿Pero no hay grados de locura?

K: No existe una diferencia cualitativa entre una mente que tiene pocas imágenes y otra que tiene muchas. ¿No ha notado usted de qué manera un solo prejuicio hace que la mente se vuelva tortuosa? La imagen de que las perso­nas que pertenecen a una determinada raza o religión son malvadas y de inferior calidad produce sentimientos de odio hacia ellas. A la larga, el odio conduce a la intole­rancia, al terrorismo y a la guerra. Las imágenes que tene­mos de los demás quizás no se correspondan con lo que realmente son. Estas imágenes están muy alejadas de la realidad. Pero sentimos apego por nuestras imágenes, he ahí una de nuestras dificultades.

SW: ¿Cree usted que el psicoanálisis es útil para ciertos desórdenes mentales?

K: ¿Los psicoanalistas han liberado sus mentes de imágenes? Si no lo han hecho, ¿acaso no estarían imponiendo a sus pobres pacientes sus propias imágenes? Probablemente los psicoanalistas consigan que sus pacientes se convier­tan en miembros disciplinados y obedientes de esta socie­dad. Pero deberían cuestionar las bases mismas de la socie­dad. ¿De qué sirve hacer que los pacientes se conformen a las reglas de la sociedad para que se conviertan en ciu­dadanos respetables? El corazón mismo de la sociedad está corrupto. ¿Acaso esta sociedad no se basa en la compe­tencia, la ambición y el egoísmo? ¿Y quién es el «ana­lista» que lleva a cabo el análisis? ¿Acaso el «analista» es distinto del analizado? El «analista» es un producto de la confusión de la mente. Por lo tanto, todo lo que haga el «analista» producirá mayor confusión. Como he dicho en otras ocasiones, el análisis es parálisis. ¿Por qué depender de nadie para indagar en uno mismo? ¿Acaso no debe ser uno su propia luz? Una persona que explora constante­mente el espíritu, que siempre está atenta a sus movi­mientos y se fía de sí misma, no iría a un psicoanalista ni en sueños.

Le contaré una anécdota. A un interno de un hospital psi­quiátrico le gustaba pasarse las horas pescando truchas en su taza de café. Usaba un cigarrillo de anzuelo. Divertido, un psicoanalista le preguntó al paciente: «¿Qué tal, ha cogido usted muchos peces?»

El paciente le contestó: «¿Está usted loco? ¿No ve que esto no es más que una taza de café?»
ENERGÍA PARA AUTOEXAMINARSE
SW: Aconsejo a un colega que tiene un problema sexual. Me ha pedi­do que se lo comente.

K: ¿Por qué no ha venido con usted?

SW: Se muestra renuente a conocerlo porque le parece que se pondría nervioso en su presencia.

K: ¡No voy a morderlo! Dígale que será bien recibido. ¿Qué problema tiene?

SW: Está tratando de superar su homosexualidad.

K: La palabra homosexualidad es un tanto peyorativa. ¿Por qué no intenta dejar de usarla?

SW: Pero se trata de un término científico neutral.

K: Es posible, pero hoy en día son muchos los que tienen una actitud de condena con respecto a la homosexualidad. El mismo hecho de que desee superar su homosexualidad demuestra que está predispuesto en contra. No digo que la homosexualidad sea deseable o indeseable. Si se quiere entender un problema hay que empezar por no condenarlo de ningún modo. No habrá frescura en su forma de enfo­car el problema si se muestra usted hostil a él. Las acti­tudes de censura impiden que lo analicemos desde el ini­cio. Hay que encarar el problema tal como es, sin querer alterarlo en modo alguno. Las palabras tienen diversas aso­ciaciones. Evocan el pasado, son el pasado. ¿Es posible analizar el problema directamente, sin verlo a través del filtro de las palabras?

SW: Si no debo usar la palabra homosexualidad, ¿cómo debo refe­rirme a ella?

K: ¿Es preciso que le ponga un nombre?

SW: ¿Quiere que la llame X?

K: ¿Se da usted cuenta de que la solución de un problema está en el problema mismo? Las palabras distraen su aten­ción del problema.

SW: Krishnaji, por favor, déme usted unas pautas para ayudar a alguien que está desesperado.

K: Me temo que ése no es el método. El arte de entender correctamente resolverá todos los problemas. No es que usted entienda primero y actúe después porque entender es en realidad hacer.

SW: Le he sugerido que debería enfocar el problema sin condenarlo ni justificarlo.

K: En primer lugar es preciso despojar su mente de todo sen­timiento de pecado. No logrará abordar este asunto hones­tamente mientras su espíritu esté atormentado por el temor o por la culpa. Cuando el espíritu se libera de tales cargas, ya es inteligente.

SW: Esta persona es poeta y novelista. Es muy inteligente y sensible.

K: El acto sexual es momentáneo. Es una experiencia efíme­ra pero, ¿por qué a la gente le preocupa tanto? El sexo no es puro ni impuro pero el pensamiento lo magnifica más allá de toda proporción. La mente le da una importancia desmesurada. Se disfruta pensando en un acto sexual que ha concluido hace rato o se fantasea sobre las experiencias sexuales futuras.

SW: La mente es la culpable. Una persona ocurrente observó que la sexualidad no está en los genitales sino en la mente. La obsesión del hombre con el sexo es el precio que debe pagar por poseer una imaginación sumamente desarrollada.

K: A los intelectuales es a quienes preocupa el sexo. Para las personas cariñosas, de buen corazón, cuyas vidas no están dominadas por el intelecto, el sexo casi nunca es un pro­blema.

SW: Existe otra categoría de personas que han hecho del sexo un problema. Pienso en los hombres y mujeres puritanos, edificados para luchar contra el sexo como si se tratara de una especie de mons­truo.

K: Conocí a un sannyasin en la India que luchaba contra sus apetencias sexuales. Cuanto más intentaba reprimirlas, más incontrolables se volvían. No se daba cuenta de que el reprimir su instinto sexual era el modo más seguro de reforzarlo. En lugar de tratar de entender este poderoso impulso humano observándolo atentamente, intentaba con todas sus fuerzas de sojuzgarlo, pero no lo logró. Cometió entonces la tontería de someterse a una opera­ción en la que le extirparon los órganos sexuales. Un día fue a verme con lágrimas en los ojos y me contó que a raíz de la operación le estaban saliendo pechos y otras carac­terísticas femeninas.

SW: Las tradiciones religiosas de la India dan mucha importancia a conservar las propias energías como condición sine qua non para conseguir la iluminación espiritual.

K: La indulgencia sexual produce una dispersión de energías. La represión sexual también produce una dispersión de energías porque lleva a la mente a un estado de con­flicto. Y el conflicto, esta batalla entre el deseo podero­so de entregarse al sexo y el pensamiento opuesto que dice «no debes entregarte al sexo», produce una pérdida de energías. Se necesita una gran cantidad de energía para proceder al autoexamen, pero esta energía no se puede acumular a través de la represión sexual. Sólo habrá abun­dancia de energía cuando el espíritu esté libre de conflic­tos. Cuando se entiende que el «yo», la entidad que hasta ese momento intentaba por todos los medios controlar los movimientos del pensamiento, es en sí misma producto del pensamiento, entonces el conflicto entre «pensador» y pensamiento termina de inmediato. Observe la naturaleza ilusoria del «controlador» del pensamiento, e inme­diatamente, todo conflicto tocará a su fin y una nueva energía revitalizará el espíritu.

SW: En algunos templos del sur de la India, se adora al linga, o falo de Siva. ¿Cuál es el significado esotérico de este culto, si es que lo tiene?

K: El hombre primitivo no entendía el funcionamiento del instinto de procreación. Era un misterio que lo dejaba per­plejo. Por lo tanto, le tenía miedo. Y así comenzó a ado­rarlo de la misma manera que adoraba a los elementos. El espíritu teme aquello que no logra comprender. Y enton­ces reprime o adora aquello que teme. Todas las formas de adoración y plegaria se originan en el miedo.

SW: Cierta vez usted dijo que las ansias de actividad sexual existen porque son un medio para olvidarse de sí mismo.

K: Nuestras vidas se centran alrededor del yo. Casi todo lo que hacemos, pensamos o sentimos está en cierto modo directa o indirectamente relacionado con el yo. El sexo permite una liberación inmediata del mundo miserable y limitado del yo. Es por eso que nuestra cultura le da tan­ta importancia al sexo.

SW: Supongo que una persona liberada queda absolutamente libre del sexo de palabra, pensamiento y obra.

K: A una persona así no la angustian ni los problemas sexua­les ni ningún otro problema psicológico. Cuando el yo deja de existir, sobreviene la dicha.
LA TOMA DE CONCIENCIA ES UN JUEGO
SW: Después de tantos años de autoobservación, ¿no es una lástima que el proceso de formación de imágenes continúe en mi espíritu? La lluvia torrencial del pensamiento no deja de caer. Me depri­me esta derrota.

K: ¿Por qué se juzga? De niño jugaba usted. La toma de con­ciencia también es un juego. Si sólo juego por el placer de hacerlo, ¿tiene alguna importancia el que gane o pier­da?

SW: He comprobado que la toma de conciencia no es continua. Hay como chispazos de conciencia. Cuando cesan, siguen momentos de oscuridad. Y a continuación, se vuelve a tomar conciencia. El problema radica en esta intermitencia de la conciencia.

K: La toma de conciencia no tiene que ser continua, rara vez lo es. Cuando se critica diciendo que la toma de concien­cia no es continua, demuestra que se ha formado una idea de ella, un ideal, un patrón. Entonces, intenta conformarse a ese patrón que usted mismo establece. Señor, la toma de conciencia no es una práctica autoimpuesta. No se pue­de practicar. Cuando tiene una visión de cómo funciona su mente, no sea usted codicioso y pida más diciendo que su mente debería estar consciente todo el tiempo.

SW: Me siento fatigado después de tratar de permanecer consciente todo el rato.

K: Descanse si se siente fatigado. Una vez que se haya recu­perado, estará en condiciones de seguir trabajando. La observación de uno mismo es un trabajo agotador. Sin energías no se puede trabajar y cuando el trabajo agota sus energías, entonces, tiene que volver a descansar.

SW: Tengo la impresión de que consumo más energía cuando la men­te pugna por permanecer alerta.

K: Pugnar por permanecer alerta es malgastar energías, mien­tras que estar alerta genera energía. ¿No ha notado que se produce un aumento de energías cuando se acepta a sí mis­mo? Consideremos el miedo. Al espíritu le gusta huir del miedo justificando su existencia o pasándolo por alto. No se elimina el miedo huyendo de él. Pero en el instan­te en que se acepta y se aborda plenamente el hecho del miedo, sin huir de él, entonces, desaparece y surge una energía nueva.

SW: Se repiten los recuerdos de ciertas experiencias agradables y desa­gradables. Ciertos pensamientos están tan profundamente arrai­gados en la conciencia que parecen residir permanentemente en ella.

K: Cuando tenga un pensamiento recurrente, debe verlo des­de el principio. Un pensamiento desagradable o agrada­ble que surge una y otra vez indica que tiene algo que contarnos. ¿Por qué no dejarle al pobre que nos cuente su historia? Cada vez que surja, podrá usted saber algo más sobre él.

SW: Mi otra dificultad es la rapidez del proceso del pensamiento. Se mueve tan deprisa que no logro seguirle el ritmo.

K: Se calmará a medida que descubra las capas profundas del inconsciente. Debe usted desnudar el inconsciente para que en él no queden rincones oscuros.

SW: Cuando el pensamiento se suspende temporalmente, paso por períodos de tranquilidad. Es una lástima que estos períodos no duren más.

K: ¿Para qué pedir más? Sin duda es el pensamiento el que reclama tranquilidad. Mientras el pensamiento esté activo, no habrá tranquilidad. En cierta ocasión un amigo mío muy docto comentó que como tenía que leer mucho, en la mente no le quedaba más espacio. ¿Puede una mente muy activa y llena de su propio ruido gozar del silencio necesario para recibir algo que no haya sido tocado por el pensamiento? Si me permite sugerírselo, intente estar sólo al menos una hora al día. En esa hora no deberá leer, ni trabajar, ni disfrutar de la compañía de sus amigos. Puede aprovechar para dar un paseo en solitario o bien observar la naturaleza. Es una delicia contemplar el vuelo de los pájaros, el verde de los árboles, la vastedad de los cielos. El espíritu pierde sensibilidad cuando no existe una comunión con la naturaleza. Viva cerca de la naturaleza.

SW: ¿Es necesario conocer cada pensamiento?

K: Es imposible conocer cada pensamiento. Son demasiados. La corriente del pensamiento es enorme y poderosa. Sólo comprendiendo las limitaciones del pensamiento podremos transcenderlos. Por el mero hecho de comprender, ya estamos cruzando esa corriente. Tiene que salir de ella, señor, ahora mismo.

(Página externa última)
Susanaga Weeraperuma estuvo estrechamente relacionado con la vida y el trabajo de Krishnamurti durante treinta años. Esta intimidad le ha permitido esbozar  a través de numerosas entrevistas y encuentros privados  un penetrante retrato del gran filósofo indio. La obra está plagada de declaraciones inéditas de Krishnamurti sobre diversas cuestiones de interés espiritual: la naturaleza de la memoria, la clarividencia, el misterio de la muerte, la toma de la conciencia como un juego, etc... Más aún, el libro nos descubre el lado humano y anecdótico de la personalidad del maestro, no exenta de un fino humor. Escrito en un estilo claro, el autor capta tanto la quintaesencia de una gran alma como la esencia de sus enseñanzas.
ISBN 84 8237 013 8
9 788482 370132

1 I, en inglés, yo. (N. de la T.)

1 A los pies del maestro, Edaf, 1993.
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