Krishnamurti tal como le conocí






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KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ

(Página 2)
Susanaga Weeraperuma na­ció en Sri Lanka donde estu­dió budismo y filosofía hindú. Prosiguió sus estudios en Inglaterra y se licenció en ciencias económicas en la universi­dad de Londres. Posterior­mente obtuvo el doctorado en letras por la universidad de Somerset. Ha trabajado en la British Library de Londres y en la biblioteca del parlamento australiano en Adelaida. Es autor de varios li­bros de narraciones, de un estudio sobre las religiones de la India y de diversas obras sobre Krishnamurti.

Dedicado afectuosamente a Claudia

Susanaga Weeraperuma

KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ


Traducción

de

Celia Filipetto

Titulo J. Krishnamurti as I Knew Him

© 1988 Susanaga Weeraperuma

© 1995, de la presente edición: Editorial Thassàlia, S.A.

(Oficina Técnica) Iradier, 19 21, 08017 Barcelona

Tel: (93) 211 46 12   Fax (93) 417 91 73

© 1995 de la traducción: Celia Filipetto
Disseny Counterfort
Primera edición: junio, 1995
ISBN: 84 8237 013 8

Diposit legal: B. 27.671   1995

Impreso por Romanyà/Valls, S.A.

Verdaguer, 1 08786 Capellades (Barcelona)

Printed in Spain
Derechos reservados. Está prohibida la reproducción toral o parcial de esta obra, sea por medios mecánicos o electrónicos sin el debido permiso escrito del editor.
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
Prefacio 11

La morada de la sabiduría 15

¿Qué hay en un nombre? 16

Primeras impresiones de Krishnamurti 16

Objeción monacal 17

¿Un arhat? 18

Actitud digna 18

Universidad de Ceilán 19

Jawaharlal Nehru 20

El inmenso cielo 21

El doctor E.W. Adikaram 22

Personificación de metta 28

El señor C. Jinarajadasa 29

Mi primer encuentro con Krishnamurti 30

El sabio que habla por experiencia personal 36

No está en los libros 37

El mundo del no «yo» 38

Sencillez infantil 40

Conferencia de prensa en Colombo 42

Visión sin imágenes 46

Serena reclusión 47

La verdadera renunciación 48

La inteligencia es la única seguridad 49

El nacionalismo es un veneno 51

Comportamiento majestuoso 51

Desinterés 52

El gran silencio 53

El infinito 54

Devoción sin reservas 55

¿Es necesaria la Fundación Krishnamurti? 57

La personalidad de Krishnamurti 59

Su sutil sentido del humor 63

Consejos sobre la salud 75

Hatha yoga 76

Alimentarse sin crueldad 79

La nutrición correcta 81

Entender la naturaleza de la enfermedad 82

El arte de la relajación 83

La curación de los enfermos 84

Receta para acabar con el racismo 93

¿Cuántos fueron completamente transformados? 94

¿Por qué se escribieron las bibliografías de Krishnamurti? 99

Contribuciones del señor Sudhakar S. Dikshit a las ense­ñanzas de Krishnamurti 105

Citas de J. Krishnamurti 106

Comentarios sobre las enseñanzas 109

Su última visita a Sri Lanka 111

La muerte de Krishnamurti 117
SEGUNDA PARTE
Apreciación de la música devocional 127

Permanecer toda la vida en el anonimato 130

La paz en un país diezmado por los conflictos 132

Sólo la paz interior asegurará la paz exterior 137

La acción sin el pensamiento 143

La naturaleza de la memoria 146

¿Qué es la clarividencia? 153

El misterio de la muerte 156

¿Qué es la cordura? 161

Energía para autoexaminarse 164

La toma de conciencia es un juego 168
PREFACIO
Estuve estrechamente relacionado con Sri J. Krishnamurti y participé con entusiasmo en su trabajo durante unos treinta años.

La mayoría de los pasajes de este libro provienen de mis cuadernos de apuntes. Por desgracia, nunca logré decidirme a llevar un diario, pero he dejado constancia escrita de mis muchas y muy interesantes entrevistas y encuentros con Krishnaji y otras relevantes personalidades.

Esta obra no es una biografía de Krishnaji; sin embargo, como cabría esperarse, en ella abundan los datos biográficos así como sus observaciones sobre asuntos de gran interés espiri­tual.

Las anécdotas de la vida de Krishnaji que aquí se ofrecen poseen un significado filosófico profundo y oculto y nos ayu­dan a comprender su personalidad enigmática. Incluso sus chis­tes y sus comentarios ocasionales deberían tomarse con serie­dad porque emanaban aparentemente de ese silencio interior creativo que él denominaba «la otredad».
Susanaga Weeraperuma
PRIMERA PARTE


K

LA MORADA DE LA SABIDURÍA
En mi época de colegial me pasaba las tardes en la Biblioteca Pública de Colombo, donde transcurrieron algunos de los días más felices de mi vida. Allí me perdía en un mundo misteriosamente encantado, lleno de libros, revistas y periódicos de diferentes países. La consideraba una forma mucho más interesante de emplear mis horas libres que malgastarlas en juegos o deportes tontos. Un día, mientras curioseaba entre los estantes en busca de algo nuevo para leer, me encontré con un pequeño volumen titulado El sendero. En su cubierta aparecía una foto en blanco y negro de una magnífica cabeza esculpida por Antoine Bourdelle. Me quedé unos instantes maravillado por la belleza de aquella obra maestra de la escultura. Las facciones del rostro aparecían armoniosamente plasmadas. Como amante de la belleza no pude sustraerme al sutil magnetismo y a la nobleza de aquella cara. Al principio pensé que se trataba de una escultura de los clásicos griegos, pero después me enteré de que era nada más ni nada menos que la cabeza de J. Krishnamurti. Así fue como descubrí a Krishnaji, cuyas enseñanzas han sido la influencia más importante y formativa de mi vida. Fue aquella reacción puramente estética a su aspecto exterior lo que me impulsó a interesarme por sus enseñanzas.

Años más tarde resultó para mí una dichosa experiencia visitar el Museo Bourdelle en París, donde vi el original de la citada escultura. Bourdelle esculpió varias cabezas de Krishnamurti, exhibidas de forma permanente en este museo. Merece la pena notar que este gran escultor tenía en gran estima a Krishnamurti. Bourdelle sostenía que para Krishnamurti «las cosas eternas son las únicas que importan».

Como es natural, y debido a mi educación budista, El sendero (1924) me absorbió por completo. Este largo ensayo es una descripción poética de las luchas y los pesares experimentados por Krishnamurti en su búsqueda de la iluminación. Sentí que aquel libro reflejaba la desdicha del samsara con su ciclo de nacimientos y muertes y la libertad que de él resulta. La esen­cia de esta obra se resume en esta frase: «Vosotros, los que sufrís, acompañadme y entrad conmigo en la morada de la sabiduría y las sombras de la inmortalidad».
¿QUÉ HAY EN UN NOMBRE?
Para muchas personas el nombre «Krishnamurti» es sinó­nimo de «sabiduría». «Krishnamurti» significa «a semejanza de Dios». Un nombre bien elegido. A diferencia de tantos esnobs, Krishnamurti no sentía apego por su nombre y nunca le dio importancia. Un nombre no es más que una etiqueta y una manera de identificar a las personas. Con frecuencia, K se refería a sí mismo como «el orador» o sencillamente como «K». Por ello, yo también lo llamaré así en lugar de utilizar su nom­bre completo, aunque reconozco que «K» no sustituye a «Krishnaji», como lo llamábamos en señal de respeto y cariño.

No hay nombre capaz de describir adecuadamente al hom­bre que representaba lo innombrable.
PRIMERAS IMPRESIONES DE KRISHNAMURTI
Era muy joven la primera vez que vi a K en persona, el día de navidad del año 1949. Estos recuerdos aparecen descri­tos en mi libro Living and dying from moment to moment (Bombay: Chetana, 1978).

«Me interesé por primera vez en Krishnamurti en mi épo­ca de escolar, allá por el año 1949, cuando oí hablar de él en Colombo. Recuerdo como si fuera hoy que me encontraba entre una gran multitud que esperaba impaciente a que un hombre santo llamado Krishnamurti llegara al Ayuntamiento de Colombo. Por fin apareció el coche oficial y ahí estaba, un hombre delgado que se sentó nervioso al lado del enton­ces alcalde, el desaparecido doctor Kumaran Rutuam, un conocido político comunista de la ciudad. Krishnamurti todavía conservaba el pelo negro con canas en las sienes. Se bajó de un salto de la limusina y corrió escaleras arriba en un intento por evitar las curiosas miradas de sus numerosos seguidores. Vestía un elegante dhooti de seda blanca. Jamás se me borró de la memoria aquella primera impresión de él, sobre todo por­ que de pequeño no estaba acostumbrado a ver hombres san­tos vestidos con tanta opulencia. Estaba condicionado por el ejemplo del Mahatma Gandhi que sólo llevaba un taparra­bos».

En las siguientes apariciones en público tuve la oportuni­dad de observarlo más de cerca. Aquellos ojos tiernos y ausen­tes fueron para mí una sorpresa porque yo esperaba ver los ojos ardientes y luminosos de un yogui. Por aquella época había vis­to algunos destacados yoguis indios, incluido Swami Sivananda que me había invitado a su ashram de Rishikesh, en el Himalaya. Los ojos luminosos generalmente van asociados a la brillantez intelectual mientras que los ojos tiernos indican serenidad y compasión.
OBJECIÓN MONACAL
Tenía por costumbre estudiar el budismo en el templo Vajirarama de Colombo. Uno de los bhikkus (monjes budistas) de este monasterio hizo lo imposible por convencerme para que no asistiera a las charlas de K. Me decía que nadie podía superar a Buda y que Krishnamurti no hacía otra cosa que pre­dicar una forma refinada de budismo.

Le contesté que si era budismo refinado por qué se oponía tanto a él.
¿UN ARHAT?
Después de asistir a un debate, este monje murmuró con­tra K: «¿Por qué es Krishnamurti un hombre tan nervioso? Si es un arhat, ¿no debería ser más apacible?» Le respondí: «Venerable señor, el problema radica en que tiene usted una idea preconcebida sobre cómo debería comportarse un arhat. ¿Alguna vez ha conocido a algún arhat? Tal como yo lo veo, un arhat piensa y siente como todos. Es inevitable que las perso­nas inteligentes y sensibles tengan fuertes sentimientos. Como es natural, a pesar de que un arhat experimente pensamientos y emociones éstas no llegan a fijarse de modo estable en su espí­ritu. Un arhat es libre sólo en el sentido de que no posee un sustrato de pensamientos y emociones, no tiene antecedentes».
ACTITUD DIGNA
Un destacado político asistió a uno de los debates. Se expre­só en un tono abusivo e insultante e incluso llegó a llamar impos­tor a K. K no se inmutó y continuó la discusión como si nada hubiera pasado. En otra ocasión, un hombre censuró a K valién­dose de un lenguaje soez. K le contestó: «¿Cuál es su proble­ma, señor?»

Este hombre no tardó en convertirse en el hazmerreír de los allí presentes, porque era obvio que había recurrido a pala­bras ofensivas por la simple razón de que sentía una profunda turbación interior. A lo largo de los años comprobé en diver­sas ocasiones que K nunca se sentía halagado por los elogios ni herido por las críticas y los insultos. K era como un árbol pode­roso que permanece impávido ante el azote de la tormenta. Los árboles más débiles se agitan desesperadamente al viento, pero el árbol fuerte nunca pierde la compostura, ni siquiera en las situaciones más difíciles.
UNIVERSIDAD DE CEILÁN
Los estudiantes de la Universidad de Ceilán (como se la lla­maba entonces) en Colombo se mostraron asombrosamente hos­tiles cuando K fue invitado a darles una charla. Todos los asien­tos del salón de actos estaban ocupados, hecho nada sorpren­dente pues las personalidades atraían multitudes. En muchas ocasiones, en ese mismo salón de actos he visto a los estudian­tes reírse de famosos estadistas, de eminentes políticos y hom­bres de letras. Imagino que será la manera grosera que tienen de manifestar su desafío a la autoridad. Es probable que algunos de ellos dieran rienda suelta a la frustración, la agresividad y la violencia contenidas.

Al entrar en el salón de actos, K se encontró con un recibi­miento nada unánime: algunos lo aplaudieron, otros lo abu­chearon abiertamente. Interrumpieron varias veces su discur­so. Lo importunaron con preguntas que no venían al caso. Entonces, K les preguntó por qué se comportaban de aquella manera, teniendo en cuenta que al fin y al cabo había sido especialmente invitado para darles esa charla. K prosiguió hablan­do a pesar de las interrupciones y en su actitud no hubo el menor asomo de resentimiento hacia los estudiantes. Algunas veces, llegó incluso a reírse con ellos. Su discurso de aquel día fue par­ticularmente elocuente y emotivo. Algunos estudiantes que al principio se habían mostrado díscolos, se acercaron luego para disculparse.

No recuerdo haber oído al representante estudiantil hacién­dole este cumplido a K pero me baso en la descripción que G. Venkarachalam hace de esta memorable reunión en su libro My contemporaries. El representante estudiantil había denun­ciado a K al inicio de la conferencia, pero al terminar ésta, llegó al extremo de calificarlo de Sócrates moderno y de cata­logarlo como el más grande maestro después de Buda.
JAWAHARLAL NEHRU
La visita de K a Colombo coincidió con la Conferencia de Primeros Ministros de la Commonwealth celebrada en esa ciu­dad. A Colombo se desplazaron famosos estadistas como el pan­dit Jawaharlal Nehru y Ernest Bevin y, lamentablemente, los periódicos dedicaron demasiado espacio a informar sobre las actividades de estos estadistas, por lo que no promocionaron lo suficiente la presencia de K en nuestro país. Quienes tenían un serio interés en las enseñanzas de K se mostraron compren­siblemente molestos de que los políticos y estadistas hubieran hecho sombra a K. Un importante periódico informó entonces de un incidente que sirvió de sutil contrapeso para equilibrar esta desigualdad en el tratamiento publicitario.

El pandit Nehru, en su calidad de invitado, residía en el Palacio de la Reina, la mansión del gobernador general. Una mañana, los guardias de seguridad se llevaron un susto de muer­te al comprobar que el primer ministro indio había desapare­cido. Nadie tenía idea de dónde podía encontrarse. ¿Lo habrían secuestrado, quizás? Y entonces, el pandit Nehru apareció de repente en un coche. Resulta interesante cómo justificaron su desaparición. Al enterarse de que K estaba en la ciudad, Nehru decidió visitar en secreto al sabio para presentarle sus respetos extraoficialmente.
EL INMENSO CIELO
En las cercanías de la Isla de los Esclavos, un ajetreado subur­bio de Colombo, hay un bonito lago. A K le gustaba pasearse junto a este lago poco después de la puesta de sol, cuando refres­ca. Algunas veces, caminaba tan deprisa por el estrecho sende­ro que bordea el lago que temíamos que tropezara con un pie­dra y fuera a caer en las aguas lodosas plagadas de serpientes. No se trataba de un temor infundado sino del todo razonable, especialmente porque una tarde se paseó como sumido en un trance, con la cabeza bien erguido. Miraba fijamente el cielo rojo y parecía no percatarse del estrecho sendero y del lago, que estaba a dos pasos. Nos dio la impresión de que podía tener un accidente de un momento a otro. Mi amigo se adelantó de un salto para proteger a K. K le sujetó la mano y le dijo: «Mire usted el cielo. El cielo abre el espíritu». Regresamos a casa sin dejar de pensar si debíamos tomarnos en serio la observa­ción de K. ¿Nos sugería acaso que mirar fijamente el cielo era una actividad que expendía el espíritu? ¿Pero acaso no se había K manifestado en contra de las técnicas para alcanzar el conocimiento? Discutimos a fondo la cuestión, pero por desgracia, quedamos sumidos en un estado de confusión.

Años más tarde, volví a encontrarme con este amigo y recor­damos el incidente del lago. Me comentó que contemplaba con frecuencia el cielo y que disfrutaba mucho haciéndolo; también me dijo que no observaba los cielos como los astrónomos, con un objetivo predeterminado. Los dos convinimos en que por importante que sea contemplar el cielo, las montañas y los mares y comulgar así con la naturaleza, esto no debería considerarse como una práctica espiritual o sadhana. Es inevitable que una persona alerta y sensible comulgue con la naturaleza; se trata de un acto puro sin motivaciones ocultas, algo que se hace por puro gusto.
EL DOCTOR E.W. ADIKARAM
Es preciso escribir a fondo sobre la vida y actividades de Adikaram, uno de los amigos y admiradores más próximos a K. Cuando yo era adolescente, mi reacción ante la personali­dad y enseñanzas de K se vio muy influida por los puntos de vista de este notable filósofo llamado Adikaram.

Eminente pedagogo de Sri Lanka, escritor prolífico, estu­dioso del pali y autor de libros científicos en cingalés, Adikaram se doctoró en filosofía por la Universidad de Londres con una tesis titulada
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