Irvin d. Yalom






descargar 0.86 Mb.
títuloIrvin d. Yalom
página1/21
fecha de publicación31.05.2015
tamaño0.86 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Documentos > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   21

Irvin D. Yalom Psicología y Literatura






IRVIN D.YALOM

Psicología y literatura
El viaje de la psicoterapia a la ficción


PAIDÓS


INTRODUCCIÓN


Sentí un estremecimiento cuando Basic Books, mi editorial durante las tres décadas pasadas, me propuso por primera vez este libro. Siempre había pensado en una antología como en una colección póstuma de la obra de un escritor. O bien, si no póstuma, como una colección retrospectiva recopilada ya al final de la carrera como escritor. De modo que me pareció que la propuesta era justamente un jalón más, una etapa de la vida, otro triste recuerdo de la edad: como cuando me jubilé en la universidad de Stanford; desarrollé el sarro senil, los achaques en la rodilla; o dije adiós al tenis; o veía cómo mis hijos se iban casando, cómo se establecían en sus profesiones o tenían sus propios hijos.

No obstante, de forma gradual, me fui haciendo a la idea de combinar un libro de lectura y una exposición retrospectiva porque creía que ofrecía una llamada a escena para muchos trabajos queridos y largamente olvidados. Con ilusión desempolvé viejos archivos y releí mis queridos artículos que concernían a cosas tales como el tratamiento hipnótico en la erradicación de verrugas, los hematomas postparto, la agresión en el voyeurismo, el LSD, Hemingway, las enfermedades orgánicas del cerebro en la senectud, la terapia familiar para la colitis ulcerosa. Pero no me llevó mucho tiempo darme cuenta de que podía ser el único lector interesado en tal misteriosa, inconexa y, a menudo, obsoleta colección. Por consiguiente, los devolví a su lugar (excepto el artículo de Hemingway, que se salvó) y vi el acierto del punto de vista del editor de que la lógica razón de ser de tal libro estaría en mostrar la trayectoria de mi carrera como escritor en el progreso, durante treinta años, desde el informe de investigación en las revistas profesionales hacia los escritos de ficción.

Mis primeros libros fueron textos de psicoterapia. Mis trabajos más recientes son novelas de psicoterapia. Por lo tanto tengo dos grupos de lectores: los psicoterapeutas, a los que han sido destinados mis libros de texto durante su preparación académica, y los lectores profanos en la materia, informalmente interesados en la psicoterapia, quienes han sido atraídos por el formato de relato de mi obra más reciente. Espero introducir en estas páginas a cada uno de estos públicos hacia el otro polo de mi trabajo para descubrir de un modo suave al lector lego en la materia una psicoterapia más teórica, desde una perspectiva basada empíricamente y, por otra parte, inculcar en los terapeutas practicantes una mayor consideración del aspecto clave que la narrativa juega en el proceso de psicoterapia.

Este volumen refleja uno de mis intereses principales: la escritura. Desde el principio, en mi esfuerzo por comprender, iluminar y enseñar la psicoterapia, he estado fascinado con dos de las principales aproximaciones a la terapia: la terapia de grupo y la terapia existencial. Fui primeramente formado para pensar como un científico de la medicina y mis textos de terapia de grupo recogían, siempre que fuera posible, la investigación empírica. Más tarde, a medida que exploraba el campo de la terapia existencial, me pareció evidente que la investigación empírica tenía menos que ofrecer: las preguntas que están en torno a las respuestas profundamente subjetivas de la condición humana no se prestan a la investigación empírica. Por consiguiente, la mayor parte de mi trabajo en terapia existencial se basa, primordialmente, en la investigación filosófica: la mía propia y la de otros.

Este volumen da cuenta del poderoso interés en la narrativa que ha estado escondido en todos mis escritos profesionales, se ha insertado de vez en cuando en mis textos y, últimamente, en los últimos años, lo ha asumido todo.

Aunque puedo situar mi atracción por la literatura ya en mis primeros años de vida, hubo un momento concreto en mi educación que supuso para mí un punto de partida en lo relativo al poder de la narrativa. En mis dos primeros años en la facultad de medicina tuve un rendimiento suficientemente bueno en mis clases de ciencia básica. Como un estudiante diligente, siempre estaba entre los primeros de mi clase, pero actuaba mecánicamente, sin pasión por ninguna de las partes del currículo científico médico. Como estudiante de tercer año trabajé como administrativo en psiquiatría y me fue asignada mi primera paciente. Aunque hace mucho tiempo que olvidé su nombre, la recuerdo muy bien: una joven, deprimida y pecosa lesbiana con unas largas y rojas trenzas limitadas por unas espesas bandas de goma.

Estuve sumamente incómodo en nuestro primer encuentro. Era obvio para ambos que yo no sabía casi nada de psiquiatría. Quizás eso supuso una ayuda; estaba sumamente recelosa de mi especialidad (para ser precisos aquellos eran tiempos en los que los actos homosexuales eran considerados ilegales, y ella podía haber sido diagnosticada oficialmente como una desviada sexual). Y no es sólo que yo fuera un ignorante en psicoterapia: tampoco sabía nada en absoluto sobre lesbianas, aparte de un estimulante pasaje de Proust en el que Swann espiaba a dos mujeres haciendo el amor.

¿Qué podía ofrecerle? Todo lo que podía hacer, decidí finalmente, era permitirle ser mi guía y explorar su mundo tan bien como pudiera. Su experiencia previa con hombres había sido horrenda, y yo fui el primero de mi sexo que la escuchó respetuosa y atentamente. Su historia me conmovió. Pensaba en ella a menudo entre encuentro y encuentro, y después de unas semanas desarrollamos una tierna, e incluso, amorosa relación. Parecía progresar rápidamente. ¿En qué medida su progreso era real? ¿Hasta qué punto era ello una recompensa por escucharla e interesarme por ella? Nunca lo supe.

A todos los estudiantes de psiquiatría se nos pedía que presentáramos un caso en las conferencias semanales sobre casos. Cuando llegó mi turno, observé en la sala con terror a mi auditorio de la facultad de psiquiatría, al igual que a algunas lumbreras del Instituto Psicoanalítico de Boston. Finalmente, los borré de mi mente, tragué saliva y empecé. Eso fue hace cuarenta años. Recuerdo poco de la conferencia, aparte de la quietud y el profundo silencio en la sala de conferencias cuando les expliqué los encuentros con mi paciente y el desarrollo de nuestros mutuos sentimientos amorosos. Nadie se movía ni tomaba notas y, al llegar el momento del debate, parecía extrañamente que todos los psiquiatras habían olvidado hacer uso de las palabras. Para mi asombro, muchos hicieron una generosa alabanza, incluso embarazosa, de mi presentación; otros comentaron simplemente que mi intervención hablaba por sí misma y no era necesario decir nada más.

Mi experiencia en aquella conferencia fue una revelación, un momento de repentina, profunda y clarificadora comprensión. ¿Cómo había yo producido tal interés en aquel público tan distinguido? Ciertamente no por la exposición de alguna teoría clarificadora. Ni por la descripción de una línea de terapia sistemática y efectiva. No, lo que yo había hecho era algo bastante diferente: yo había transmitido la esencia de mi paciente y de nuestra relación en la forma de una historia interesante. Siempre había sabido cómo contar historias y ahora creía haber encontrado una vía para poner esa habilidad al servicio de un buen uso. Salí de aquella conferencia, hace ahora cuarenta años, sabiendo que la psiquiatría era mi vocación. Y ciertamente, sabiendo también que, de alguna manera, todavía sin saber cómo, mi particular contribución a la psiquiatría sería como narrador.

Además de las muchas introducciones de sección y de tres nuevos ensayos sobre narrativa, el texto de este volumen es un extracto de mis libros y artículos publicados y está editado con concisión, amenidad y continuidad. He sido agraciado con la oportunidad de trabajar con mi hijo, Ben Yalom, en este proyecto, un escritor y editor extraordinario. Él ha editado este volumen desde el principio hasta el final, y estoy profundamente en deuda con él por sus expertos consejos en la organización de este volumen, por el contenido de las introducciones, y por la selección y edición de los extractos. También estoy agradecido a mis editores de Basic Books: Joann Miller, por proponer este volumen, y Gail Winston y John Donatich por apoyar el proyecto hasta el final.

Capítulo 1

La literatura informa a la psicología

Estampas literarias
Introducción
Las historias de la psicología a menudo empiezan con el advenimiento del método científico y los psicólogos experimentales pioneros como Wundt y Pavlov. Yo siempre he considerado esto una visión histórica corta de miras: la disciplina de la psicología empezó mucho antes, en las obras de los grandes pensadores psicológicos que escribieron sobre las más íntimas motivaciones humanas: Sófocles, Esquilo, Eurípides, Epicuro, Lucrecio, Shakespeare, y, especialmente para mí, los grandes novelistas psicológicos Dostoievski, Tolstoi, y, posteriormente, Mann, Sartre y Camus. Freud se identificaba como un científico, aunque ni una sola de sus grandes intuiciones naciera de la ciencia: de forma invariable surgieron de su propia intuición, su imaginación artística y su profundo conocimiento de la literatura y la filosofía.

Muchas veces me vuelvo hacia un gran escritor en busca de una frase o de un recurso literario que me hagan darme cuenta cabal de algo de una forma contundente y clara. Siguen algunos ejemplos de ello.

Aislamiento. Hay muchas formas de aislamiento. El aislamiento interpersonal se refiere a la brecha existente entre uno mismo y los demás. Es experimentado como soledad y puede mejorarse con una mayor capacidad para desarrollar y mantener la intimidad con los otros. El aislamiento intrapersonal se refiere a la falta de integración personal, a la existencia de partes escindidas de uno mismo. El aislamiento existencial escinde de un modo más profundo: se refiere a un abismo insalvable no sólo entre uno mismo y cualquier otro ser, sino entre uno mismo y el mundo. En su mayor parte, el aislamiento existencial se oculta de nosotros, pero, como ilustra este pasaje de Psicoterapia existencial, se nos revela por lo general con la inminencia de la muerte.

Nadie puede quitarle a otro su propia muerte.1 Aunque podemos estar rodeados de amigos, aunque otros pueden morir por la misma causa, incluso aunque otros mueran al mismo tiempo (como en la práctica del antiguo Egipto de matar y enterrar a los sirvientes con el faraón, o en los pactos de suicidio), en el nivel más fundamental, morir sigue siendo todavía la experiencia humana más solitaria.

Todohombre, la moralidad medieval mejor conocida, retrata de una forma poderosa y simple la soledad del hombre que se encuentra con la muerte.2 Todohombre es visitado por la muerte, la cual le informa que debe iniciar su última peregrinación hacia Dios. Todohombre le suplica misericordia, pero en vano. La muerte le informa de que debe prepararse para el día del que «ningún hombre vivo puede escapar». En su desesperación, Todohombre trata apresuradamente de encontrar ayuda. Asustado y, por encima de todo, aislado, ruega a los demás que le acompañen en su viaje. El personaje Familiares rechaza el ir con él:
Sé un hombre alegre

tómatelo con la moral alta y no gimas

pero de una cosa te quiero avisar por santa Ana

como ha de pasar conmigo, irás solo.
Como hace la prima de Todohombre que alega estar indispuesta:
¡No, por nuestra Señora! Tengo calambre en la punta del pie

no confíes en mí. Puesto que así, Dios me asista

te engañaré cuando más lo necesitas.
Es abandonado del mismo modo por cada uno de los demás personajes alegóricos de la obra: Fraternidad, Bienes Mundanos y Conocimiento. Incluso sus atributos le abandonan:
Belleza, fuerza y criterio.

Cuando la muerte exhala su aliento

todo se aleja de mí con gran celeridad.
Todohombre finalmente se salva de su aislamiento existencial porque una figura, Buenas Obras, desea ir con él incluso hasta la muerte. Y, en efecto, ésta es la moral cristiana de la obra: las buenas obras, dentro del contexto de la religión, proporcionan un apoyo contra el supremo aislamiento. El hombre secular de hoy en día, que no puede o ni quiere aceptar la fe religiosa, debe igualmente hacer el viaje en solitario.

Aislamiento. Si no aceptamos el aislamiento existencial, tendemos a buscar consuelo en nuestras relaciones interpersonales. Más que relacionarnos auténticamente, generosamente, utilizamos al otro para una función. En este pasaje de Psicología existencialesta, recurro a la obra de Lewis Carroll en mi discusión sobre sobre una de tales funciones: utilizar al otro para confirmar nuestra existencia.

«Lo peor de estar solo, la idea que me saca de quicio, es que en un momento como éste, puede que nadie en el mundo esté pensando en mí». Así se expresaba un paciente en una sesión de grupo, un paciente que había sido hospitalizado debido a un ataque de pánico cuando se encontraba solo. Hubo un acuerdo instantáneo con respecto a esta experiencia entre los demás miembros de este grupo de terapia con pacientes hospitalizados. Uno de diecinueve años de edad, que había sido hospitalizado por haberse cortado las venas después de la ruptura de una relación romántica, dijo simplemente: «¡Preferiría estar muerto a estar solo!». Otro dijo, «Cuando estoy solo, es cuando oigo voces. ¡Quizá las voces que oigo son un modo de no estar solo!», (una fascinante explicación fenomenológica de la alucinación). Otra paciente que, en varias ocasiones, se había mutilado, afirmaba que lo había hecho debido a su desesperación por la relación tan insatisfactoria que mantenía con un hombre. Sin embargo, no podía dejarlo porque sentía terror a estar sola. Cuando le pregunté qué es lo que le aterrorizaba de la soledad, dijo con una cruda y directa lucidez psicótica: «Cuando estoy sola no existo».

La misma dinámica habla por boca de los niños con sus incesantes peticiones, «Mira, mira», «Mírame»: se requiere la presencia del otro para hacer real la realidad. (Aquí, como en otro lugar, cito la experiencia del niño como una manifestación anterior, no como causa, de un conflicto subyacente.) Lewis Carroll expresó maravillosamente en A través del espejo la cruda creencia, mantenida por muchos pacientes, de que «Existo tan sólo en la medida en que soy pensado». Alicia, Tweedledee, y Tweedledum se encuentran durmiendo al Rey Rojo:
—Ahora está soñando —dijo Tweedledee—, ¿y en qué pensáis que está soñando?

—Nadie puede adivinar eso —dijo Alicia.

—¡Vaya!, ¡en ti! —exclamó Tweedledee, dando palmadas triunfalmente—. Y si él dejara de soñar contigo, ¿dónde supones que estarías?

—Donde estoy ahora, desde luego —dijo Alicia.

—¡Tú no! —replicó Tweedledee despectivamente—. No estarías en ninguna parte. ¡Vaya!, ¡tú eres sólo una cosa en este sueño!

—Si ese rey que hay ahí se despertara —añadió Tweedledum—, te apagarías, ¡bang!, ¡justo igual que una vela!

—¡No lo haría! —exclamó Alicia con indignación—. Además, si yo soy sólo una cosa en su sueño, ¿qué eres tú, me gustaría saberlo?

—Ídem —dijo Tweedledum.

—¡Ídem de ídem! —gritó Tweedledee.

Gritó esto tan alto que Alicia no pudo ayudar diciendo:

—¡Shh! Lo vas a despertar, me temo, si haces tanto ruido.

—Bien, de nada sirve tu charla sobre despertarle —dijo Tweedledum—cuando tú eres tan sólo una de las cosas de su sueño. Tú sabes muy bien que no eres real.

—¡Yo soy real! —dijo Alicia, y empezó a llorar.

—No te harás un poco más real a base de llorar —subrayó Tweedledee—. No hay nada por lo que llorar.

—Si no fuera real —dijo Alicia riendo a través de sus lágrimas, tan ridículo como parecía todo— No sería capaz de llorar.

—¿No creerás que ésas son lágrimas reales? —interrumpió Tweedledum con un tono de gran desprecio.3
Amor y libertad. La subagrupación en los grupos de psicoterapia, especialmente el emparejamiento romántico, resulta por lo general destructivo para el grupo. Pero en ocasiones, si dos pacientes involucrados románticamente están altamente comprometidos con su trabajo en la terapia y desean analizar su relación, puede extraerse un beneficio considerable de ello. En una extensa viñeta de The Theory and Practice of Group Psychotherapy, describo la historia de Jan y Bill, miembros de un grupo de terapia a largo plazo con pacientes no hospitalizados, quienes durante un breve período de tiempo, se comprometieron sexualmente y permanecieron en el grupo para analizar lo que la relación podía enseñarles respecto a ellos mismos. En el extracto siguiente se dicute el uso que hace Bill de varias ideas sobre el amor y la libertad de la novela de Camus La caída.
Durante muchas sesiones, el grupo se enfrascaba en temas tales como, el amor, la libertad y la responsabilidad. Jan, cada vez con mayor franqueza, se enfrentaba a Bill. Ella le empujó levemente preguntándole exactamente en qué medida se sentía atraído por ella. Él se sintió violento y aludió tanto a su amor por ella como a su falta de inclinación por establecer una relación duradera con una mujer. En realidad, él se encontraba «desconectado» ante toda mujer que quisiera una relación a largo plazo.

Me acordé de una actitud comparable hacia el amor en la novela La caída, donde Camus expresa la paradoja de Bill con una claridad aplastante:
No es cierto, después de todo, que nunca haya amado. Al menos concebí un gran amor en mi vida, del cual siempre fui el objeto […] únicamente la sensualidad dominaba mi vida amorosa […] En todo caso, mi sensualidad (para limitarme a ello) era tan real que incluso por una aventura de diez minutos habría renegado de padre y madre, incluso aunque fuera a arrepentirme amargamente de ello. En efecto, especialmente por una aventura de diez minutos, e incluso más, de estar seguro que no dejaría secuelas.4
El terapeuta de grupo, si estaba para ayudar a Bill, tendría que asegurar que había de haber una secuela.

Bill no quería cargar con la depresión de Jan. Habría mujeres por todo el país que le amarían (y cuyo amor le haría sentirse vivo), aunque para él estas mujeres no tenían una existencia independiente. Prefería pensar que sus mujeres cobraban vida cuando él aparecía para ellas. Una vez más, Camus hablaba por él:
Podría vivir felizmente sólo con la condición de que todos los individuos sobre la tierra, o el número más grande posible de ellos, se volvieran hacia mí, eternamente en suspenso, desprovistos de una vida independiente y preparados para responder a mi llamada en todo momento, condenados, en resumen, a la esterilidad hasta el día en que me dignara favorecerlos. En resumidas cuentas, para que yo viva felizmente sería esencial que las criaturas elegidas por mí no vivieran en absoluto. Deberían recibir su vida, esporádicamente, solamente por mandato mío.5
Jan presionaba implacablemente a Bill. Le dijo que había otro hombre que estaba seriamente interesado por ella, y le rogaba a Bill que fuera franco con ella, que fuera sincero sobre sus sentimientos hacia ella, que la dejara libre. Por ahora Bill estaba bastante seguro de que ya no deseaba a Jan. (En realidad, como tuvimos que saber más tarde, había ido creciendo su compromiso de forma gradual con la mujer con la que vivía.) Sin embargo, no podía permitir que las palabras pasaran a sus labios; un tipo extraño de libertad, que el mismo Bill iba comprendiendo cada vez más: la libertad de tomar pero no de renunciar. (Camus otra vez: «Creedme, para ciertos hombres al menos, ¡no tomar aquello que no desean es lo más duro del mundo!»)6 Insistía en que se le había concedido la libertad de elegir sus placeres, aunque, como llegó a vislumbrar, no tenía la libertad de elegir por sí mismo. Casi invariablemente, su elección tenía como resultado un concepto menos bueno de sí mismo. Cuanto mayor era el odio hacia sí mismo, más compulsiva, menos libre, era su ciega persecución de las conquistas sexuales que le ofrecían solamente un bálsamo fugaz.
La transferencia —esto es, nuestra proclividad a experimentar a otro de un modo irracional— es particularmente compleja en los grupos de terapia donde los pacientes deben relacionarse no sólo con el terapeuta, que ostenta una posición de gran autoridad en elgrupo, sino con los demás miembros. En esta selección perteneciente a The Theory and Practice of Group Psychotherapy, me baso en Guerra y Paz de Tolstoi para esclarecer la naturaleza de la transferencia.
Freud era muy sensible al poderoso e irracional modo en que los miembros de un grupo ven a su líder, e hizo una importante contribución analizando sistemáticamente este fenómeno y aplicándolo a la psicoterapia. No obstante, obviamente, la psicología del miembro del grupo y del líder ha existido desde las más tempranas agrupaciones humanas y Freud no fue el primero en darse cuenta de ello. Para citar solamente un ejemplo, en el siglo XIX, Tolstoi fue profundamente conciente de las sutiles complejidades de la relación miembro-líder en los dos grupos más importantes de su tiempo: la iglesia y el ejército. Su comprensión de la sobrevaloración del líder proporciona a Guerra y paz la mayor parte de su patetismo y riqueza. Consideremos la opinión de Rostov sobre el zar:
Se encontraba completamente entregado a un sentimiento de felicidad cuando el zar se encontraba cerca. Solamente su proximidad, por sí misma, le compensaba para el resto del día. Era feliz, como un amante es feliz cuando ha llegado el momento de un encuentro largamente esperado. No sentía su proximidad mirando atrevido en torno a sí desde la primera fila, sino por un instante de éxtasis en el que no miraba a ninguna parte. Y lo sentía no sólo por el sonido de las pisadas de los cascos en la cabalgata que se aproximaba, lo sentía porque a medida que el zar estaba más cerca todo se hacía más brillante, más alegre e importante y más festivo. Cada vez más y más cerca se desplazaba este sol, tal y como le parecía a Rostov, derramando en torno a él rayos de una suave y majestuosa luz, hasta que se sentía envuelto en ese, oía su voz, esa voz acariciadora, tranquila, majestuosa, y, aún así, sencilla […] Y Rostov despertó y salió a deambular por entre las hogueras, soñando en la felicidad de morir, no salvando la vida del emperador, (en la que no osaba soñar) sino sencillamente morir ante los ojos del emperador. Realmente sentía amor por el zar y la gloria de las fuerzas armadas rusas, y la esperanza de la victoria que habría de venir. Y él no era el único hombre que se sentía así en aquellos días memorables de la batalla de Austerlitz: nueve de cada diez hombres del ejército ruso estaban en aquel momento enamorados, aunque menos extasiadamente, con su zar y con la gloria de las fuerzas armadas rusas.7
En efecto, parecería que la inmersión en el amor de un líder es un prerrequisito para la guerra. ¡Cuan irónico resulta que, probablemente, haya habido más muertes bajo los auspicios del amor que del odio!

Napoleón, ese consumado líder de los hombres, según Tolstoi, no ignoraba de la transferencia, ni dudó en utilizarla al servicio de la victoria. En Guerra y paz, le hizo pronunciar este despacho a sus tropas en la víspera de la batalla:
¡Soldados! Yo mismo dirigiré vuestros batallones. Me protegeré del fuego, si vosotros, con vuestra habitual bravura, lleváis la derrota y el desorden a las filas del enemigo. Pero si por un momento la victoria resulta dudosa, veréis a vuestro emperador expuesto al ataque más encarnizado del enemigo, porque ahí no puede darse incertidumbre alguna sobre la victoria, especialmente en este día, cuando es una cuestión de honor de la infantería de Francia, sobre la que descansa el honor de nuestra nación.8
Una de las fuentes fundamentales de la ansiedad, desde un marco de referencia existencial, es el sinsentido. Parecemos ser criaturas en busca de significado que son lanzadas a un universo y un mundo que carece intrínsecamente de significado. En la siguiente selección de Psicoterapia Existencial extraigo pasajes de la obra de Sartre Las moscas para ilustrar varios modos posibles de crear la sensación del significado de la vida. Más que ningún otro filósofo de este siglo, Sartre ha sido inflexible en su visión de un mundo carente de sentido. Su posición sobre el significado de la vida es lacónica y despiadada: «Todas las cosas existentes nacen sin razón alguna, continúan en la precariedad y mueren por accidente. [...] Es un sinsentido que hayamos nacido; es un sinsentido que muramos».9 La visión de Sartre sobre la libertad le deja a uno sin la sensación del sentido personal y sin directrices para la conducta; en efecto, muchos filósofos han sido sumamente críticos con el sistema filosófico sartreano precisamente debido a la carencia de un componente ético. La muerte de Sartre en 1980 puso fin a una carrera prodigiosamente productiva, y su tratado sobre ética, largamente prometido nunca fue escrito.

No obstante, en su obra de ficción, Sartre a menudo retrataba individuos que descubren algo por lo que vivir y algo con lo que vivir. La descripción de Sartre sobre Orestes, el héroe de su obra Las moscas (Les Mouches) es particularmente ilustrativa.10 Orestes, criado fuera de Argos, viaja a casa para encontrar a su hermana Electra y juntos vengan la muerte de su padre (Agamenón) matando a los asesinos: su madre, Clitemnestra y su marido, Egisto. A pesar de las afirmaciones explícitas de Sartre sobre la falta de sentido de la vida, su obra puede leerse como un viaje hacia el significado. Seguiré a Orestes cuando busca valores en los que basar su vida. Orestes primero busca significado y un propósito en su vuelta a casa, raíces y camaradería:
Trata de comprender que quiero ser un hombre que pertenece a alguna parte, un hombre entre camarada. Tan sólo considéralo. Incluso el esclavo doblado bajo su carga, que cae por la fatiga y mira sin ánimo el terreno y el pie hay frente a él, incluso el pobre esclavo puede decir que está en su ciudad, como un árbol está en un bosque o una hoja sobre el árbol. Argos le rodea por completo, cálido, compacto y confortable. Sí, Electra, sería felizmente ese esclavo y gozaría de ese sentimiento de percibir la ciudad en torno a mí como un manto y acurrucarme en él.11
Más tarde cuestiona su propia conducta en la vida y se da cuenta de que siempre ha hecho lo que ellos (los dioses) deseaban para poder encontrar la paz dentro del poder establecido.
De manera que esa es la razón de las cosas. Vivir en paz: siempre una paz perfecta. Ya veo. Siempre diciendo «perdón» y «gracias». Eso es lo que se quiere, ¿eh? La razón de las cosas. Su Razón de las Cosas.12
En este momento de la obra Orestes se desprende de golpe de su anterior sistema de significado y entra en la crisis de la falta de sentido:
Qué cambio se ha operado en todas las cosas […] hasta ahora yo sentía algo cálido y viviente en torno a mí, como una presencia amigable. Ese algo acaba de morir. Qué vacío. Qué vacío sin fin.13
Orestes, en ese momento, da el salto que Sartre dio en su vida personal: no un salto a la fe (aunque ello descanse sobre un argumento no más sólido que un salto de fe) sino un salto al «compromiso», a la acción, a un proyecto. Dice adiós a los ideales de la comodidad y la seguridad y persigue, con la ferocidad del cruzado, su propósito recién descubierto:
Yo digo que hay otro camino: mi camino. Que no puedes verlo. Empieza aquí y desciende hasta la ciudad. Debo bajar a las profundidades que te secundan. Porque vives enteramente en la base de un abismo. [...] Espera. Dame tiempo para decirle adiós a todas las claridades, las etéreas claridades que fueron mías. [...] Ven, Electra, mira nuestra ciudad. [...] Me rechaza con sus altos muros, sus rojos tejados, sus puertas cerradas. Y, aún así, es mía si la quiero. Me convertiré en un hacha y abriré esos muros por la mitad.14
El nuevo propósito de Orestes evoluciona rápidamente, y asume una carga similar a la de Cristo:
Escucha, todas esas gentes temblando de miedo en sus oscuras habitaciones, suponiendo que yo me hago cargo de todos sus crímenes. Suponiendo que me propongo ganar el nombre de «escamoteador-de-culpas» y que acumularé sobre mí todos sus remordimientos.15
Más tarde, Orestes, desafiando a Zeus, decide asesinar a Egisto. Su declaración en ese momento indica un claro sentido de su determinación: escoge la justicia, la libertad y la dignidad, e indica que él sabe lo que es «justo» en la vida.
No me importa Zeus. La justicia es un asunto entre hombres y yo no tengo un Dios que me instruya. Es justo aplastarte como la bestia inmunda que eres, y liberar a las gentes de tu maligna influencia. Es justo devolverles su sentido de la dignidad humana.16
Y está feliz de haber encontrado su libertad, su misión y su camino. Aunque Orestes debe llevar la carga de ser el asesino de su madre, es mejor así que no tener misión alguna, sentido alguno, que deambular sin rumbo fijo por la vida.

Cuanto más pesada sea la carga, más complacido estaré; porque esa carga es mi libertad. Tan sólo ayer caminaba por la tierra al azar; miles de caminos recorrí que no llevaron a ninguna parte, porque eran otros los caminos de los hombres. [...] Hoy tengo tan sólo una senda y el cielo sabe adonde conduce. Pero es mi camino.17
Entonces Orestes encuentra otro sentido, y para Sartre, un importante sentido: que no hay un sentido absoluto, que está solo y debe crear su propio sentido. Le dice a Zeus:
De pronto, cuando menos te lo esperabas, la libertad cayó sobre mí con gran estrépito y me enamoró perdidamente. Mi juventud la trajo el viento, y sé que estoy solo [...] y que no quedó nada en el cielo, justo o equivocado, ni nadie para darme órdenes. [...] Estoy condenado a no tener otra ley que la mía propia. [...] Cada hombre debe encontrar su propio camino.18
Cuando propone abrir los ojos de las gentes de la ciudad, Zeus declara enérgicamente que, si Orestes arranca los velos de sus ojos «verán sus vidas como son: abyectas y fútiles». Pero Orestes mantiene que ellos son libres, que es justo que afronten su desesperación y pronuncia su famoso manifiesto existencial: «La vida humana empieza más allá de la desesperación».19

Un propósito final, la autorrealización, surge cuando Orestes coge la mano de su hermana para iniciar su viaje. Electra pregunta, «¿A dónde?» y Orestes responde:
Hacia nosotros mismos. Más allá del río y las montañas están un Orestes y una Electra esperándonos y debemos recorrer nuestro paciente camino hacia ellos.20
Y así, Sartre —el mismo Sartre que dijo que «el hombre es una pasión fútil», y que «es un sinsentido el haber nacido; es un sinsentido que muramos»— llegó a una posición en la ficción valora claramente la búsqueda de significado, e incluso sugiere los caminos que hay que seguir en esa búsqueda. Estos incluyen encontrar un «hogar» y compañerismo en el mundo, acción, libertad, rebelión contra la opresión, ocuparse de los demás, tolerancia, autorrealización, y compromiso, siempre y por encima de todo, compromiso.

¿Y por qué hay significados que alcanzar? Sobre esa cuestión Sartre guarda el más absoluto silencio. Ciertamente, los significados no son establecidos por orden divina; no existen «ahí fuera», porque no hay Dios, y nada existe «ahí fuera» al margen del hombre. Orestes simplemente dice, «Yo quiero pertenecer», o «Es justo» servir a los demás, devolver la dignidad al hombre, o abrazar la libertad; o cada hombre «debe» encontrar su propio camino, debe viajar hacia el Orestes plenamente realizado que le espera. Los términos «querer» o «es justo» o «debe» son puramente arbitrarios y no constituyen una base firme para la conducta humana; aunque parecen ser los mejores argumentos que Sartre pudo reunir. Parece estar de acuerdo con la posición pragmática de Thomas Mann: «Ya sea así o no lo sea, sería bueno para el hombre comportarse como si así fuera».

Lo que es importante tanto para Sartre como para Camus es que los seres humanos reconozcan que uno debe inventar los propios significados (más que descubrir el significado de Dios o la naturaleza) y entonces implicarse plenamente en alcanzar ese significado. Esto requiere que uno esté, como ha sostenido Gordon Allport, «medio seguro y entusiasta»,21 una proeza nada fácil. La ética de Sartre exige un salto hacia el compromiso. En este único punto están de acuerdo la mayor parte de los sistemas de la teología occidental y el existencialismo ateo: es bueno y justo que uno se sumerja en la corriente de la vida.

Las actividades seculares que proporcionan a los seres humanos el sentido de un propósito en la vida están apoyadas por los mismos argumentos que Sartre avanzó para Orestes: parecen justas; parecen buenas; son intrínsecamente satisfactorias y no necesitan ser justificadas sobre la base de otra motivación.
Decisiones. Todo terapeuta trata frecuentemente con pacientes que se sienten atormentados ante una decisión. En mi discusión sobre la preocupación suprema de la libertad en Psicoterapia existencial trato ampliamente de los impedimentos que hay para el deseo, la disposición y la decisión. John Gardner fue un maravilloso novelista filosófico y en esta breve selección utilizo un pasaje de su novela Grendel para clarificar un aspecto de la toma de decisiones.
Hay algo sumamente doloroso en las decisiones sin tomar. Al examinar a mis pacientes e intentar analizar el significado (y la amenaza) que la decisión tiene para ellos, lo que primero me llama la atención es la diversidad de la respuesta. Las decisiones por muchas razones: algunas son obvias, otras son inconcientes y otras, como veremos, llegan hasta las más profundas raíces del ser.

Las alternativas excluyen. El protagonista de la novela Grendel, de John Gardner, hace una peregrinación para ver a un anciano sacerdote y poder aprender sobre los misterios de la vida. El sabio hombre dijo: «El supremo mal es que el Tiempo es perpetuamente perecedero y siendo real implica eliminación». Sintetizó sus meditaciones sobre la vida en dos simples pero terribles proposiciones, de seis devastadoras palabras: «Las cosas pasan, las alternativas excluyen».22 Considero que el mensaje del sacerdote está profundamente inspirado. «Las cosas pasan» se refiere a la omnipresencia de la ansiedad de la muerte, y «las alternativas excluyen» es una de las razones fundamentales de que las decisiones sean difíciles.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   21

Añadir el documento a tu blog o sitio web





© 2015
contactos
l.exam-10.com