Recobrando la Victoria y la Vida Abundante






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desierto

Recobrando la Victoria y la Vida Abundante

Míchael Wells

Contenido

Prólogo

Capítulo 1. La experiencia cristiana

Capítulo 2.

Perdido, hallado, y perdido nuevamente..... 15

Capítulo 3.

El convencimiento de lo que no funciona..... 21

Capítulo 4. Creyentes incrédulos......... 41

Capítulos. Fe................... 73

Capítulo 6. Juicio y condena del yo........ 83

Capítulo 7. La muerte del yo........... 113

Capítulo 8. Viviendo momento a momento .... 149

Capítulo 9. Libertad para fracasar........ 193

Capítulo 10.

El trabajo profundo que realiza el enemigo .... 197 Introducción de Libros Compartir

Libros Compartir es un ministerio de la Asociación Misión Acción Internacional, cuyo propósito es apoyar a los pastores, líderes y estudiantes de la Biblia a través de la literatura cristiana y ayudarles en el desarrollo de sus ministerios.

"Perdidos y Hallados en el Desierto", describe nues­tro transitar por la vida. Tal como el pueblo de Israel anduvo extraviado en el desierto buscando la tierra prometida, nosotros podemos encontrarnos en una si­tuación similar, pero a diferencia del pueblo de Israel nosotros conocemos el camino hacia el Padre Celestial: Jesucristo.

Michael Wells, en un estilo muy agradable presenta casos de su propia vida que pueden ^identificarte, y a la luz de la Biblia presenta soluciones que te ayudarán a mantener una vida de victoria y a disfrutar la vida abundante que Cristo ofrece. Te animamos a leer esta maravillosa obra y nos agrada presentarte este libro a través de Libros Compartir.

Para Adquirir este libro o recibir información de nuestro ministerio

escriba a: Libros Compartir

A.A. 051910,114 Santafé de Bogotá 2

Colombia

Prólogo

¿Por qué será que a la experiencia cristiana tan a menudo la encontramos caracterizada por un abruma­dor dominio del pecado, por fracaso, soledad, relaciones tensas y depresión? ¿Por qué es que tantos cristianos viven sumidos en el desaliento y la desesperanza? ¡Áni­mo! Porque hasta el más débil puede apropiarse confia­damente de las sencillas soluciones de Dios; aquí el triunfo no depende del talento, capacidad, o inteligencia del necesitado, sino fundamentalmente de quien hace el ofrecimiento.

Este libro ha sido escrito para aquellos que han sido erróneamente catalogados como "típicos creyentes", o "creyentes comunes", pero que en realidad constituyen el pulso mismo del reino. No está escrito para ofender sino para bendecir, no para arrancar sino para plantar. A este libro es necesario leerlo completo; si así no se hiciere, me temo que surgirán demasiadas preguntas que, en caso de quedar sin responder, colocarían un poderoso arsenal en manos del enemigo. Confío en que a través de la lectura de este libro que nuestro bendito Salvador ha permitido escribir, los fracasados y los de­rrotados sean estimulados a la esperanza y a la victoria, y a la vez resulten capacitados para encaminar a otros a la fe. Dejo pues este libro en las manos de Dios, para que sea usado como él considere mejor. Capítulo 1

La experiencia cristiana

Recuerdo con toda claridad el momento en que llegué a conocer a Jesucristo como mi Salvador personal: ¡Ese sí que fue un día maravilloso! Verdaderamente, la experiencia fue un salir de las tinieblas para pasar a la luz. ¿Quién puede describir el misterio de Dios viviendo dentro de uno y el encanto resultante del compañerismo y la comunión con él? Recuerdo que me acostaba tan feliz y sonriente, y al otro día despertaba todavía sonriendo. Mi alegría y mi paz eran inmensas. Mi semblante había cambiado -yo lo sabía- y, además, todos los que me conocían lo habían advertido. Memorizar las Escrituras era un deleite que no demandaba ningún esfuerzo; la oración, algo incesante; y una permanente alabanza a Dios por la maravilla de su creación marcaban el compás del día. Ansiedad, pesimismo, temor... eran cosas de un pasado que de pronto parecía muy lejano, apenas si un vago recuerdo. Para decirlo brevemente: Dios me amaba y yo lo sabía, me complacía en ello y "permanecía"1 en ello. ¡Qué maravilla ser un hijo de Dios!

1 Cada vez que se utilicen las expresiones "permanecer" o "la vida permanece", se referirán al concepto expresado en Juan 15:4-7. 8

Perdidos y hallados en el Desierto

Así sucedió:. Estando en la facultad, una mañana de primavera en mi primer año de universidad, un amigo me planteó una pregunta muy sencilla: "Miguel, ¿crees que el Señor te está llamando a hacer algo?"

Hasta aquel momento jamás había pensado en el tema, en absoluto, pero para mi propia sorpresa me encontré respondiendo: "Dios me está llamando a servir a los cristianos derrotados". Fue en ese instante que entendí cuál era el plan de Dios para mi vida. No le di muchas vueltas al asunto, aunque sí me sorprendía un tanto el pensar que podían existir "cristianos derrota­dos". A menudo he pensado que de haber sabido lo que tal llamado implicaba, habría negociado con el Señor pidiéndole un ministerio diferente, porque en ese mo­mento no sabía que a fin de ministrar a cristianos en esas condiciones, debía primeramente experimentar la derrota y el fracaso en mi propia persona.

La transición a la vida de fracaso y derrota que me acompañó durante los siguientes nueve años, se produjo en un tiempo relativamente corto. ¡Al cabo de pocos meses la oración había llegado a ser un esfuerzo, las Escrituras habían perdido su atractivo, pecados imposi­bles de vencer me asediaban por todos los flancos y la conciencia emocional de la presencia de Dios en mi vida ¡había desaparecido!

Traté de hacer frente a mis fracasos y derrotas de diferentes maneras. Por ejemplo, leí una cantidad de libros sobre autoayuda y de técnicas, que me ofrecían liberación instantánea. Toda esa literatura describía elocuentemente mi situación, pero no obstante me deja­ba tan impotente como antes para escapar de ella. Cuan­to más leía, mayores eran mi frustración, ira y depre­sión.

Allí se me contaba del grandioso ejemplo de Jesús, de cómo él oraba, ayunaba, ayudaba a los demás, adora­ba, era una persona consagrada, alimentaba a los ham­brientos y, además, de su manera de amar a la gente. ¡Y

La experiencia cristiana 9

después se me ordenaba hacer lo mismo! ¿No se daban cuenta esos autores que yo no necesitaba motivación, que yo quería ser como Jesús, que yo quería agradar a Dios, pero que simplemente no podía? ¿No comprendían que si yo pudiese hacer lo que hizo Jesús, él no habría necesitado venir?

Todavía sufriendo bajo el engaño de que en el cono­cimiento está la respuesta, y esperanzado por la velada promesa que cuando uno se muda deja todos los proble­mas atrás y puede comenzar de cero, decidí ingresar al seminario y luego seguir estudios superiores, donde el énfasis estaba muy claro: las alternativas para el éxito residían en mi intelecto, mi talento y hasta en mi apa­riencia física. Si en alguna medida yo llegase a perfec­cionar estos aspectos, entonces estaría realizado, sería una persona aceptable a Dios y a su pueblo. ¡Cuánto envidiaba al profesor o al estudiante que predicaba directamente del texto griego! ¡Si yo tuviese esa capaci­dad natural para la oratoria, si fuese ocurrente, inteli­gente; si al menos pudiera cantar o tocar un instrumen­to, entonces sí yo viviría la vida abundante! O quizá si pudiera memorizar la Biblia completa como otros han hecho y pedir a la audiencia que elija un versículo para yo dar el anterior y el siguiente, con eso ya me sentiría realizado.

Allí se promovía también toda una variedad de programas. Muchos oradores de renombre venían a com­partir sus recetas para el éxito. Todos tomábamos nota ávidamente, ante la certeza de que —a su turno— cada uno estaría presentando la técnica que tanto necesitá­bamos. Yo sabía que no iba a ser posible aplicar el programa a mi propia vida, pero al menos podría desca­lificar a quienes no lo lograran y culparlos a ellos mismos por su fracaso. Después de todo, si fuesen cristianos verdaderamente consagrados tendrían que desempe­ñarse mejor. Mal podía yo saber que estaba buscando para mí algo visible, algo de este mundo, algo que no 10

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demandara fe; alguna clase de fórmula mágica que me librara a mí y a otros de la misma situación de fracaso.

¿Por qué sería que la experiencia cristiana se me hacía tan difícil? ¿Y por qué será que muchos de nosotros luchamos durante años por alcanzar la espiritualidad a través de toda una serie de metodologías, programas y técnicas, y cuando esas cosas nos defraudan (es decir, cuando los resultados no responden a las expectativas) renunciamos y nos resignamos a una vida de mediocri­dad, frustración y regresión? ¿Es ésta la vida abundante acerca de la cual habló el Señor? ¿Habló él de una vida derrotada, turbulenta, esforzada? ¿De una vida de per­manente súplica por un gozo que no se experimenta y de esclavitud a emociones, pensamientos y conductas peca­minosas para todos aquellos que osaran clamar a su nombre? La vida que él vino a traer, ¿estaría caracteri­zada por conflictos en el seno de las familias, por inter­minables visitas a los consejeros o psicoanalistas, y por una depresión tan profunda que muchos desearían no seguir viviendo con tal de lograr un poco de paz? Me temo que sea ésta la típica vida cristiana para muchos, a quienes en su mayoría el mensaje del evangelio les llegó más o menos de esta manera: "Acepte a Jesús hoy, para no ir al infierno cuando muera". Sin embargo, a poco de haberlo aceptado se les dijo: "Jesús murió por sus peca­dos, ahora usted debe esforzarse por agradarle y ser acepto a él".

Y, consecuentemente, el clamor de muchos es: "No puedo agradar a Dios; no puedo cambiar. ¿Cómo me libro de este infierno que vivo diariamente?" ¡Cuántas vidas agobiadas por un sentido de culpabilidad ante las evi­dencias de la propia insuficiencia humana! Es que aque­llo que a la mayoría de los cristianos se nos ha enseñado y lo que la experiencia confirma que hemos hecho, es precisamente aquello que no funciona.

Un término que describe a la comunidad de los creyentes en todo el mundo es cambio. Las denomina-

La experiencia cristiana

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ciones tradicionales están experimentando cambios a veces hasta traumáticos en el seno de sus iglesias loca­les. Individualmente, los creyentes queremos cambiarlo que somos, lo que hacemos y nuestras circunstancias; algunos, de modo de serles agradables a Dios, y otros, con el propósito de ser más espontáneos, estar más actualizados con las dinámicas del mundo en que se vive, dar lugar a nuevas corrientes doctrinales y un sinfín de razones más. Sin embargo, después de cumplir con todos los pasos recomendados por un determinado método o programa, o de habernos apartado totalmente de cual­quier esquema típico, el cambio no se ha producido, y nuestro fracaso e insuficiencia se nos hace aun más profundo y doloroso.

Si es cierto entonces que vivir una vida derrotada resulta relativamente tan sencillo, ¿no sería una buena noticia el saber que es igual de fácil vivir la vida victo­riosa? ¿Cuál es, entonces, la respuesta?

Esta ha de hallarse en la sencillez del evangelio; una sencillez que se ha perdido en medio de la puja por imponer nuevos programas, métodos y técnicas, todos síntomas de la incredulidad. La respuesta no es algo que nosotros debamos hacer sino algo que debemos creer. Ese gran secreto, que ha permanecido oculto por demasiado tiempo ya, es éste: ¡el crecimiento cristiano es sencilla­mente aceptar lo que siempre hemos tenido desde el principio, desde el día en que le entregamos nuestra vida a Cristo! Y esta vida sencilla -la vida cristiana victorio­sa- solamente puede experimentarse permaneciendo en él.

La vida abundante no es una meta por la cual esforzarse, sino algo otorgado y a partir de lo cual la experiencia cristiana toma sentido y adquiere coheren­cia. Mi aceptación no está fundamentada en lo que hago sino en lo que soy. Para experimentar la vida abundante no es necesario que yo imite a Jesús sino que participe de su vida; no es necesario que trabaje y me esfuerce por 12

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creer sino que trabaje porque creo. De esto podemos estar plenamente seguros: si la vida cristiana abundan­te requiere de gran determinación personal, fuerzn do voluntad, inteligencia, talento y capacidad, entonces todos nosotros somos demasiado débiles, ciegos y necios como para alguna vez alcanzarla.

¿Cómo, entonces, puedo experimentar esta vida abundante? ¿Cómo descubro la manera de vivir una vida libre del pecado? ¿Cómo puedo hacerla propia sin nece­sidad de esforzarme? La respuesta de Dios está prepa­rada para caer dentro del alcance del débil, del fracasa­do, del despreciado, del ignorante, del frustrado y del desesperanzado. La respuesta está en la sencillez de la vida que permanece en él. "Cristo en vosotros, la espe­ranza de gloria" (Colosenses 1:27).

La respuesta de Dios para la vida abundante será siempre increíblemente sencilla; el cristiano debe aprender a creer en esta sencillez y recibirla. Sus res­puestas requieren no un gran talento, habilidad o inte­ligencia, sino fe, fe que quizá no sepamos que tenemos. El problema no reside en que Dios nos ponga por delante una tarea grande y difícil para llevar a cabo, a fin de experimentar su gozo, descanso y paz. Por el contrario, el problema radica en que nosotros nos asignamos estas grandes demandas y nos fijamos un patrón de acepta­ción mucho más alto que el de Dios. Por tanto, todo aquel que quiera entrar a la vida de fe y descanso deberá experimentar primero la lucha y el fracaso que deviene de su propio esfuerzo por cambiar. Solamente llegamos al punto de renunciar al esfuerzo propio y prestar aten­ción a la respuesta sencilla de Dios, después de haber agotado toda alternativa o recurso concebible. Dicho de otra manera, ¡es como si antes de descansar, insistiése­mos en trabajar hasta agotarnos! La respuesta de Dios es simple, pero para que él pueda llevarnos al punto de aceptarla, primero debe guiarnos a través de experien­cias de vida (una serie de pasos o cursos, si quisiéramos llamarlas así), que nos dejarán exhaustos, ya sin espe-

La experiencia cristiana

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ranzas en nosotros mismos y en los demás, y, con un corazón dispuesto a creer, preparados para escuchar lo que Dios dice. No es sino hasta que el hombre se niegue a confiar en sí mismo que ha de comenzar a confiar en Dios. Muchos cristianos derrotados están simplemente en el proceso de aprender a renunciar a sí mismos.

Mi vida cristiana comenzó con una sencilla expe­riencia de fe, al pie de la cruz. No obstante, a través de la incredulidad abandoné esa posición, buscando recur­sos interiores y confiando en mí mismo, de manera muy similar a Israel en el desierto. Cuanto más me alejaba de la cruz en mi deambular, mayor era mi confusión y desencuentro, hasta que decidí volver al punto donde había comenzado; ¡allí encontré la sencillez perdida! Tengamos ánimo, porque el propósito de Dios es llevar­nos a todos a una vida de paz y de gozo. "Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Romanos 8:31).

En mis viajes alrededor del mundo he encontrado a un gran número de cristianos piadosos viviendo una vida que todos anhelaríamos. Cada vez que estoy frente a uno de ellos inmediatamente le pregunto: "¿Cómo llegó usted a ser una persona tan espiritual?" La respuesta es siempre la misma: "No lo sé, Dios lo hizo". ¡No hubo una sola oportunidad en que alguno me haya dicho que era porque pertenecía a una determinada denominación o porque sostenía ¡cierta doctrina! Era porque Dios le había llevado a ese punto; de modo que nos desespere­mos. Dios no tiene favoritos, por tanto, él lo llevará también a usted al punto donde necesita estar.

Los capítulos que siguen no contienen técnicas ni fórmulas; tampoco revelarán métodos que uno pueda seguir para asegurarse la victoria. Es más, no le indica­rán nada para hacer, ya que están escritos para mani­festar lo que Dios ha hecho, y contienen el itinerario de los pasos que este hijo de Dios debió completar en su marcha, antes de que estuviera dispuesto a aceptar la respuesta sencilla de Dios y a comenzar a caminar por 14

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fe. A través de estos pasos Dios me llevó al final de mi confiar en mí mismo y al inicio de mi confiar en él; de este modo llegué a reconquistar la perdida sencillez de la fe y a reposeer el gozo que es mío en Cristo Jesús (Juan 17:13).

De manera que ahora entregúese también usted a los brazos del Padre; permita que él lo lleve a través de los pasos que él ha diagramado. Todo lo que usted está sufriendo tiene un propósito, y aunque usted no vea en el momento la mano de Dios en ello ¡no le quepan dudas que la verá! Y cuando usted llegue a ver de dónde él lo ha sacado, entonces estallará en alabanza. "Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas" (Eclesiastés 11:5). "Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo" (2 Corintios 11:3).

Padre, confiamos en ti para que nos lleves de regre­so a la sencillez de la fe; la sencillez que hizo que Abraham te fuera de tal manera agradable; la sencillez que colmó de gozo, paz y abundancia inefables la vida de tu Hijo.

Notas al pie de pág. para el cap. 1

1. Cada vez que utilice las expresiones "permanecer" o "la vida que permanece", se referirán al concepto expresado en Juan 15:4-7.

2. Al decir "cristiano", siempre nos referimos al creyente en Cristo, o sea, aquella persona que ha experimen­tado el encuentro personal y salvador con Dios a través de su Hijo, encuentro de confesión de pecado, de arrepentimiento, y de nuevo nacimiento en virtud de la sangre de Cristo derramada en la cruz.

Capítulo 2
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