De aquella Aldeíta fui trasladado a un Pueblo de Jaén, donde estuve poco tiempo, y más tarde, definitivamente a Villa del Río. Os he hablado poco de nuestro






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títuloDe aquella Aldeíta fui trasladado a un Pueblo de Jaén, donde estuve poco tiempo, y más tarde, definitivamente a Villa del Río. Os he hablado poco de nuestro
fecha de publicación25.06.2016
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XV
De aquella Aldeíta fui trasladado a un Pueblo de Jaén, donde estuve poco tiempo, y más tarde, definitivamente a Villa del Río. Os he hablado poco de nuestro Pueblo porque vosotros lo conocéis como yo; sin embargo en mis años de niño y de joven no era como ahora, aunque siga sonando el mismo reloj de la Plaza, aunque siga estallando el trueno gordo el día de la Estrella, aunque los bancos de la Plaza sigan en el mismo sitio y mi Grupo Escolar “Poeta Molleja” se siga manteniendo en pie, y mi casita, algo reformada recientemente, conserve su torrecilla, y mi parra, como testimonio de mi eternidad, siga dando sombra a los nuevos moradores, que, me consta, la recibieron con alegría.

La Televisión, el cine, el progreso que se propaga con velocidad electrizante y es stres en que vive la gente, han cambiado la panorámica ambiental de la vida de los Pueblos.

En aquellos tiempos, la vida giraba en torno a la Iglesia, la casa y el Paseo del Lirio. Durante el día, la gente se mantenía cada cual en su trabajo, pero un trabajo sosegado, silencioso, sin más interrupción que algún que otro pregonero callejero. Por las tardes, la gente acudía al rosario con sus mantos y sus velos, clavados en la cabeza o en el pecho, y el cura, Don Miguel, rezaba el rosario desde el púlpito, y las mujeres le seguían, unas de rodillas y otras con los brazos en cruz. Los hombres se quedaban atrás, mascullando las Avemarías, que alternaban con algún comentario picaresco, con la consiguiente sonrisita que se cundía fulminante y socarrona.

A la salida del rosario, se formaban corrillos en el atrio, amenizados por la presencia de Don Miguel, guapo, alto, enjuto..., que con cierta altivez se entrometía en autoritario y dogmático, y la gente le escuchaba con fervor y devoción.

Después venía el paseo por la Plaza, una Plaza de naranjos y poyotes, con un edificio legendario del tiempo de los moros, y el Ayuntamiento con su torre y el reloj que marcaba, se oía, y se sigue oyendo, por todo el Pueblo, los cuartos, las medias y las enteras.

Los paseos eran cortos, pero sustanciosos. Era el momento de los coqueteos femeninos y de las persecuciones masculinas, y en el momento de las miradas largas de los enamorados, y del “chachareo” diario de la vida del pueblo.

Los domingos el paseo se alargaba, a la ida hasta el Puente Romano, y a la vuelta, los paseantes se concentraban en el Paseo del Lirio, un paseo de jardines, desde los que se ve el río Guadalquivir y las puestas de sol detrás del viejo molino, proyectando sus sombras espesas sobre el agua, y se ve la alameda, y se oyen los cantos del ruiseñor y de millares de pájaros más que anidan en los plateados y encumbrados álamos que van marcando sus orillas.

La nota más destacada de los domingos era la intervención de la Banda Municipal. Interpretaba alegres y populares pasodobles que la gente tarareaba y medio bailaba alrededor del tablao, donde Don Andrés, bajito, con sus ojos achinados y larga barba gesticulaba con todo su cuerpo, elevando y arrastrando la batuta. Se sentía mirado por gran número de paisanos que se eclipsaban contemplando, más que oyendo, los soniquetes de bombo y platillo.

Villa del Río es un pueblo de Olivares. Por eso, en los inviernos, la gente, enfundada en trapos, se veía en pandillas camino del tajo, tempranito, cuando en la calle había todavía escarcha y toque lentos y monótonos de Misa avisando a devotas madrugadoras que acudía a la Iglesia liadas en mantos y tocas, y se acurrucaban en los reclinatorios como bultos negros que emitían sonoros suspiros, con el rosario colgado de la muñeca, ojeando los misales, mal leyendo los latines de la Misa, pero sin perderse palabra.

En aquellos tiempos, las mujeres se ponían ramos estrellados de jazmines en la cabeza y en el pecho. Yo, a propósito de este delicado detalle, el único que ornaba a las mujeres de mi tiempo, escribí esta bonita poesía, que quizás, vosotros, hijos míos, encontréis macarrónica y centenaria:

Es pálido y redondo

con la forma de una estrella

y un clavel rojo en el centro

con doradas lentejuelas.

Tiene por tallo una aguja

que fue horquilla de la niña que,

regando del jardín la escalera

y llegando hasta las ramas más altas,

les arrancó del rodete al caer las cabezuelas.

Huele a patios y a rejas,

a mañanas de San Juan,

aguas de las chorreras.

¡Oh jazmines de mi tierra,

que del Corpus a la puerta

clavados en una silla

os vais pasando la siesta!

¡Oh que feliz yo fuera

si al morir pudiera

besar un ramo puesto

en los rizos de una mujer villarrensa!.
Esta Poesía se la dediqué a Blanca, que, cada tarde, aparecía fresca y graciosa con su ramillete, redondo de jazmines, clavados en el pelo; y olía a eso: a patios, a rejas, a mañanas de San Juan... Noches de Primavera.

Y ahora, me he desviado mucho del tema, seguiré con la trayectoria de mi vida. Perdonad, hijos, que divague y me vaya de una cosa a otra. Es así como escribo cómodo, sin tener que esforzarme en una correlación perfecta de los acontecimientos.

Mi último y definitivo traslado, ya os lo he dicho, fue Villa del Río. La verdad, hijos, es que aquello me produjo una sensación extraña, a pesar de que había ido por expreso deseo mío. Era lógico que así lo hiciera, pero no puedo deciros si me causó tristeza o alegría. El conseguir mi pueblo me parecía que era lograr la meta deseada por todos los profesionales, que soñaban con verse un día destinados a sus respectivos pueblos. Sin embargo, para mí, que me había sentido como otra persona trabajando lejos del control autoritario de mi padre, volver suponía como un retroceder de mi personalidad, pues, aunque yo la sabía consolidada, temía el empequeñecimiento que suponía exponer mi trabajo ante aquella gente que me había visto nacer, crecer y para los cuales simplemente seguiría siendo el hijo de Don Benito.

Efectivamente. No tardé en comprobar las dudas que asaltaban a mi padre acerca de mi madurez profesional, que podía comprometer su prestigio y buen nombre. Continuamente me repetía: “Ponte en tu sitio desde el primer día. Que nadie tenga que decir que mi hijos es incompetente. Sé amable con la gente, pero haciéndole ver que eres un señor maestro del cual nadie puede ni debe abusar”.

Yo escuchaba a mi padre con la consiguiente humillación que conllevaban sus palabras, carentes de seguridad en mis propios valores, consolidados ya por el ejercicio, durante los cursos pasados, de mi profesión y por el bagaje de mi trato con la gente.

No obstante, me emocioné, ya os lo conté al principio cuando Don Mauricio, el alcalde, me entregó las llaves de aquella casita inolvidable.

Desde el primer momento , mis intenciones fueron independizarme de mi familia y vivir en mi propia casa, aquella casita soleada, rodeada de naranjos, con su torrecilla de ladrillos colorados y su pequeña veleta en el tejado, allí, un poco aislada del Pueblo, pegada al Grupo Escolar, comida de jardines por dónde se podía pasear, lejos del ruido de las calles, y disfrutar del ambiente cálido y fresco al mismo tiempo, de los canalillos que regaban los arriates y que emanaban un refrescante y nostálgico olor a tierra mojada.

Mis padres se opusieron al principio, por considerar que era equivocada mi decisión de vivir solo e innecesarios los sacrificios a que me exponía al no tener quién se ocupara expresamente de mis necesidades primordiales, ya que, de lleno, me había negado a su intervención, sobre todo a la de mi hermana Catalina, que se ofreció a atenderme en lo más necesario.

Y sembré mi parra, que creció desesperadamente, cubriendo el pequeño patio y enrollándose en la alambrada que colocó Sebastián, el jardinero del Grupo, por encima de aquel bellísimo pozo.

Mi árbol estaba sembrado, y su sombra refrescaba mi casa en las tardes ardientes de verano, y acudían las avispas, que hacían un ruido ensordecedor en las tardes de siesta, y los pájaros, que piaban en un mágica comunicación, provocando en mí una torpe e ingenua necesidad de entenderlos; y acudían las golondrinas, que anidaban en la torrecilla, debajo de la veleta, y me despertaban en las mañanas de Primavera con sus nostálgicos gorjeos.

De siempre me han gustado los animales, pero en casa de mis padres nunca se me permitió tenerlos. Por eso, en cuanto fui dueño de aquella casita, me hice una gran jaula para canarios donde pudieran revolotear y anidar. Y gozaba de ver los guacharillos, desnudos de plumas, que abrían sus blancos y rasgados picos, cuando les daba, cada día, su ración de huevo cocido. Después empezaban sus primeros dorados y pequeñitos. Me gustaba cogerlos y sentir, entre mis manos, palpitar aquel corazoncito asustado.

También me hice de un perro. Me lo regaló Jesús el gitano. Era un pastor alemán, dócil, cariñoso, fuerte, valiente, inteligente... ¡Por fin era realidad el perro de aquel cuento de mi niñez! No se separaba de mí; unas veces, sentado, mirándome fijamente a los ojos como si quisiera adivinar mis pensamientos o transmitirme los suyos. Otras, dormía junto a mis pies, tan cerca de mí, que podía percibir el aliento cálido de sus suspiros.

Mi vida transcurría feliz. La escuela lo era todo para mí. ¡Nunca sabréis hasta que extremo he vivido enamorado de mi profesión!

Si en algo quiero recrearme, es en hablaros de la enseñanza, de mi único trabajo de toda la vida, en el cual, cada logro alcanzado justificaba los sinsabores que, al igual que en cualquier trabajo, quizás más en éste, pueden acarrear la ingratitud y falta de reconocimiento de los demás.

Pero a vosotros, hijos, que dedico este libro, y que además habéis elegido voluntariamente esta profesión, aunque Belén esté excedente y Ramón en estudios, quisiera, si fuera posible, haceros depositarios de mis experiencias. Siento un ardiente deseo de transmitíroslas como si fueran un valioso tesoro que yo quisiera pasar a otras manos antes de marcharnos egoístamente con él.

En los últimos años, se hablaba ya, y ahora por las revista profesionales que me trae Isa, veo que es el plato de cada día, del fracaso escolar, cosa que sin carisma de snobismo ha existido siempre. Ahora se le echa la culpa al sistema, a los programas, a los libros, a los niños de esta época, obligados a vivir reprimidos en pisos que más bien son competiciones de vecinos, que lugares de convivencia relajada y cordial con la familia. Estoy de acuerdo, hijos, en que todo eso son condicionamientos que, con otro talante menos estereotipado , ha existido siempre, porque, ¿qué me decís de aquellos años cuando, a mitad de curso, los niños eran arrebatados de la escuela para la recogida de la aceituna o del algodón? ¿Qué me decís de las escuelas unitarias, cargadas de niños apelotonados en míseros banquillos, adosados a tableros indigentes donde los alumnos difícilmente podían moverse? ¿Qué me decís del material? El único, una mala pizarra y tiza, que, a veces, escaseaba. Y para qué hablaros de aquellas enciclopedias frías y memorísticas donde los alumno9s se cebaban sin gozar de una buena imagen, de una buena letra; de un rico y fluido vocabulario.

La enseñanza de ahora, con todos sus defectos, es mucho más humanizada, práctica y adecuada a los intereses de los niños.

Para mí, en contra de las opiniones de los sabios especialistas y estudiosos del tema, del fracaso escolar, salvando pequeños detalles, no es ni más ni menos que el fracaso del maestro, porque en sus manos tiene poderes mágicos para transformarlo todo.

Creedme, hijos, que no es soberbia, sino la sana conciencia de muchos años de experiencia, que de ninguno de los miles de alumnos que pasaron por mis escuelas, puedo recordar, por más memoria que haga, ningún fracaso escolar. ¿Qué cómo lo conseguí? En primer lugar, amando a los niños, y amándolos tanto, que eran lo primero y exclusivo de mi trabajo y de casi mi vida. Me he pasado horas buscando soluciones para niños difíciles y con problemas. Soluciones que siempre venían a parar en los mismo: estímulo y cariño. Bastaba a veces con sentar a un niño en mi mesa, junto a mí, tan junto que podíamos rozarnos, para que se hiciera el milagro. El contacto humano, del que ya os he hablado, para el niño es tan esencial, que este acercamiento físico provoca su interés y estímulo.

¡Cuántos niños he salvado de un fracaso seguro, con sólo echarle un brazo por encima, reteniéndolos junto a mí!

Podría contaros centenares de casos, pero me alargaría mucho, y mi propósito era daros unas ideas generales que, una vez escritas, tengo que reconocer que nada tienen de originales.

No vayáis a confundir este comportamiento mío de captación y cariño con la blandura y la sensiblería. A los niños les agrada someterse a la seguridad que, como amigo mayor, le inspira el maestro. Hay que tener cierta habilidad para combinar confianza, cariño..., con respeto y aceptación. No humilléis jamás a un niño. Interesaos por sus familia, por sus juegos, sus diversiones, sus problemas... sus intereses. No perdáis la ocasión para valorar sus incipientes cualidades, ni aprovechéis los desórdenes lógicos de su personalidad en formación, para acentuarlos como defectos consolidados. Es natural que los niños tengan defectos -¡Tenemos tantos los mayores!- Son seres primitivos que hay que ir tallando y, tan grabadas quedan en ellos nuestras torpes acusaciones, que acabarán aceptando los defectos que les achacamos y que pueden condicionar el comportamiento de toda su vida.

Interesadlos por la limpieza, el orden, el buen trato, los buenos modales...; por la búsqueda de la belleza, la bondad...Aficionadlos a la lectura, música, pintura... Mostradles las maravillas de la Naturaleza y enseñadles a respetarla: un árbol, un pájaro, un río... Que reconozcan el mundo que les rodea y se enamoren de los hombres, sus hermanos.

No olvidéis que la mayor riqueza es su corazón, y que solo lo tendréis cuando luchéis con todas vuestras fuerzas para conseguirlo.

Todo esto, hijos, está en los libros y soy consciente de que nada nuevo puedo aportaros. Sólo, y eso es importante, que son experiencias vividas por mí y que salen de mi corazón y no de una pluma fría y teórica.

Los compañeros me han saludado como si volviera de una largo viaje. En realidad sólo ha sido un fin de semana, pero aquí estamos hechos los unos a los otros de otro modo que se nota mucho la falta del que sale, y se siente como malestar hasta que vuelve a ocupar su sitio. Los sé por experiencia porque, a mi lado en el salón se sienta Hilario, un hombre nervioso, que su mayor distracción es jugar al ajedrez con Mari Paz, una señora redonda como si estuviera hecha de balones, con el pelo rubiazco, crispado, y unas gafas redondas en la punta de la nariz. Los dos se pasan las horas en silencio, uno frente al otro, con el tablero de ajedrez por medio. Y a mí me hace gracia el que Hilario, cuando está sólo, juega también y habla preparando las jugadas que le hará después a Mari Paz.

Bueno, pues Hilario se fue a pasar unos días a casa de su hijo, y yo le echaba mucho de menos, y cuando regresó y volvió a ocupar de sitio con el tablero de ajedrez por delante, me sentí contento como si aquellos días me hubiera faltado algo.

Isa se empeñó en que fuéramos al Pueblo a dar una vuelta. No he querido oponerme porque todavía, y mientras viva, no habrá lugar más agradable para mí, pero la verdad es que ya me he acostumbrado a estar aquí y me encuentro bien, lejos de esta familia, y de mi habitación donde escribo, sigo leyendo y respirando el aire de la Sierra.

Los pueblos, hijos, se van quedando solos, porque la gente en un éxodo delirante cierran las puertas de sus casas, de las casas donde nacieron, y buscan el vértigo de la ciudad, pero yo os aseguro que volverán a abrirse, porque las ciudades se deshumanizan a pasos gigantes y el hombre, oler tierra, ver el cielo y contar las estrellas, despertar al pitido de un tren, al piar de un pájaro, o al canto de un gallo, necesita conocer a su vecino, saber por quién doblan las campanas, necesita escuchar la gotera de un tejado viejo, y oler a leños quemados y a pan caliente.

Nostalgias: Recuerdos de sentires que dejaron huellas en mi alma. Mi pueblo, Villa del Río, su remanso de paz, un lugar para vivir y una tumba para descansar. Allí, entre cipreses, pájaros, silencios y olvidos, quiero que dejéis mi cuerpo, cuando mi alma me abandone. Quiero volver a la tierra donde sali.

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