Elvira Altés Rufias ¿CÓmo funcionan y para qué sirven los estereotipos en los medios de comunicacióN?






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Elvira Altés Rufias

¿CÓMO FUNCIONAN Y PARA QUÉ SIRVEN LOS ESTEREOTIPOS EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN?



En los últimos treinta años se han llevado a cabo en toda Europa1 innumerables estudios para conocer cómo los medios de comunicación representan a las mujeres en sus distintos roles y ámbitos de acción. Un elemento que caracteriza a todos ellos es la escasa presencia que se les adjudica como protagonistas de la información y la forma estereotipada en la que aparecen. Parece como si la progresiva incorporación de la mujer a la esfera pública y los cambios producidos en la gestión de la vida privada no hubieran encontrado en los medios imágenes para representarse y un espacio equiparable a su presencia real en la sociedad. Por ende, en la actualidad, el número de mujeres en las redacciones de los diarios y en las emisoras de radio y televisión ha crecido notablemente y, aunque sin duda las imágenes que ofrecen estos medios son diferentes de las que ofrecían hace treinta años, perviven la infrarepresentación y la estereotipificación. A partir de esta constatación, podríamos pensar que los medios muestran poca cintura ante cambios de naturaleza estructural como el protagonizado por el colectivo femenino, pero, es realmente tan sencillo?



Huyamos de ecuaciones simples, de causa y efecto, o de adjudicar la culpa a una conspiración mediática en contra de las mujeres, los motivos que explican porqué la representación femenina en los medios bascula entre la ausencia y el estereotipo son múltiples, tanto como complejas son las razones de su resistencia al cambio. Algunos de estos motivos están imbricados en la construcción informativa: las propias prácticas periodísticas propician una mirada a unos determinados escenarios (los de poder), y ceden la palabra y el protagonismo a quienes están en las cúpulas jerárquicas, en las que las mujeres aún están infrarepresentadas, mientras dejan para las páginas de Sociedad la sobrerepresentación de las mujeres como víctimas, enfocando escenarios domésticos y mostrando el papel que ejercen en su vida privada. Pero ¿cómo es posible que estas prácticas o cultura periodística se mantenga inalterable a pesar de los cambios? No podemos olvidar que la mirada periodística se asienta sobre una cosmovisión social compartida que sigue siendo marcadamente patriarcal, una cultura occidental heredera de la ilustración y del positivismo, en algunos aspectos, pero que incorpora también elementos míticos, mucho más remotos en el tiempo. Así, el periodismo, que nace en Europa con la ilustración puede construir un discurso androcéntrico como si fuera universal, practicar una mirada masculina a su alrededor con la pretensión de abarcarnos a todos y a todas, y a partir de una serie de prácticas y de mecanismos, ofrecer unos significados y explicaciones de los hechos como si estuvieran sustentadas por un sujeto neutro, sin sexo ni género, un narrador omnisciente y objetivo.
En ese caldo de cultivo de la cultura compartida, en esa cosmovisión que en mayor o menor medida hemos asimilado a través de la socialización, es donde se encuentran los estereotipos, unos excelentes aliados para la acción de comunicar. Y aunque todo el mundo habla ahora de estereotipos, intentaremos explicar qué son, cómo funcionan y para qué sirven.
¿QUÉ ES UN ESTEREOTIPO?
Un estereotipo es un enunciado sencillo, una especie de prefabricado mental, un cliché del que se han obtenido un sinfín de copias, un artefacto simbólico que propone explicaciones y creencias, un falso axioma que asegura, por ejemplo, que las mujeres han de ser guapas y los hombres inteligentes, “de los hombres la mente y de las mujeres el cuerpo”, según uno de los modelos que encontró Martín Serrano en un estudio de los estereotipos en la televisión2. Así, mientras los arquetipos son modelos ideales, históricos, cuyas características devienen esenciales e inmutables, y por eso mismo forman parte del inconsciente colectivo, el estereotipo es una reproducción desvirtuada, una propuesta de significado vacía de contenido. El estereotipo simula poseer las cualidades del arquetipo y por ello disfruta de sus dos características: parece inalterable y encuentra fácilmente el consenso social, pero en realidad, los estereotipos son históricos, se adaptan a cada época y no recogen en absoluto ni una mínima parte de la complejidad que cualquier situación y cualquier persona presenta.
El periodismo, como todos los discursos que pretenden ser comprendidos por un amplio número de individuos, tiende a simplificar sus explicaciones y a proponer imágenes y metáforas plenamente asimiladas por la audiencia. De ahí que el uso de estereotipos constituya un recurso frecuente para los medios que, en lugar de mostrar la complejidad de motivaciones que se esconden tras los acontecimientos y sus protagonistas, se inclinarán por las versiones ya consensuadas. Por ejemplo, ante los casos de violencia en la pareja, que como todo el mundo sabe es una situación compleja atravesada por infinidad de factores, se ha acuñado un estereotipo que parece imposible de erradicar, un binomio terrible y bastante falaz: la víctima y el verdugo.
Pero si la información usa y abusa de los estereotipos, es en la publicidad donde podemos percatarnos con mucha mayor facilidad de su presencia y efectividad. El lenguaje publicitario tiene una característica que lo diferencia de otros lenguajes: mientras la ciencia apela a la razón y utiliza para ello instrumentos como la lógica y la razón, la publicidad apela al sentimiento y lo hace desde un registro mítico, mucho más primitivo y antiguo. Utilizaré el ejemplo de los mensajes publicitarios para explicar la fascinación y la seguridad que nos trasmiten estas construcciones arquetípicas.

MITO, ARQUETIPO Y ESTEREOTIPO
Si observamos las pequeñas narraciones de un espot, sus imágenes, sus representaciones, los y las protagonistas de esa pequeña unidad de sentido que es un anuncio, veremos que detrás de una apariencia contemporánea se nos está hablando del mito. Roland Barthes3 lo dijo mucho mejor: “El buen mensaje publicitario es el que condensa en sí mismo la retórica más rica y alcanza con precisión los grandes temas oníricos de la humanidad”. Para Barthes, los criterios que usa el lenguaje publicitario son los mismos que los de la poesía: figuras retóricas, metáforas, juegos de palabras, todos esos signos atávicos que amplían el significado aparente hacia significados latentes. De hecho, cuando el lenguaje publicitario está logrado nos abre a una representación hablada del mundo que el mundo practica desde hace mucho tiempo y que no es otra que el relato, el cuento, porque toda publicidad dice su producto pero cuenta otra cosa.
Cada mensaje publicitario está connotado, nos dice: compre, pero también está denotado, de forma que al desarrollar argumentos y persuadir con imágenes, arrebata al anuncio su finalidad interesada y reemplaza la invitación a comprar por un mundo donde lo natural es comprar para poder alcanzar los sueños. Y es en ese mundo mítico de los sueños donde viven los arquetipos, esos modelos o tipos ideales que reúnen unas condiciones esenciales y unas características únicas.
Nuestros referentes arquetípicos pueden ser los mitológicos, los dioses y las diosas griegas y romanas, o incluso de civilizaciones anteriores, prototipos casi humanos que luego se han ido transformando y recreando en las leyendas, en los cuentos infantiles, en la poesía épica, en las canciones populares, etc. Estos arquetipos se constituyen en una especie de dispositivo de extraordinaria plasticidad, cuya capacidad lábil y gran ductilidad les permite recrearse y transformarse constantemente para adaptarse a cada momento histórico. Son imágenes de gran potencia que apelan al imaginario colectivo de una sociedad y que se encargan de añadir significados ocultos al mensaje explícito.
La publicidad trabaja en este registro porque es muy efectivo, es como tocar un timbre con la seguridad que siempre va a sonar: el del miedo, el de la ilusión, la fantasía, la envidia, el deseo, los celos, la pasión... El registro mítico se convierte en una especie de reserva de emociones que, si bien, nos tranquilizan, por conocidas y reconocidas (todo está donde debe estar), al mismo tiempo, nos abren a nuevas interpretaciones, proponiendo otras posibles identidades, (las cosas podrían ser distintas si tuviera... ­y ahí pongan el coche, el viaje, la bebida, el electrodoméstico, el objeto a vender).
Así, encontramos arquetipos femeninos y masculinos con nombres y genealogía en las mitologías griega y romana, donde la mujer es la virgen, la amazona, la madre, la esposa, la mujer sabia; y donde el hombre es el héroe, el padre, el guerrero, el amante, el viajero, puede tener la belleza de Apolo o el descontrol orgiástico de Dionisos o de Baco. Pero para que cada arquetipo pueda atraernos hacia el significado que tiene adjudicado y sugerirnos ese mundo imaginario donde los deseos se cumplen, deberá contar con un requisito: cada época y cada sociedad ha de proponer sus propias versiones de los arquetipos.
Esos arquetipos, vestidos con los elementos históricos y sociales del momento, tienen una función sancionadora: designan las cualidades deseables y las que deben repudiarse de los individuos. Y ahí entra en juego una característica de los arquetipos que debemos tener muy en cuenta: su dualidad. Los arquetipos presentan una dicotomía, incorporan un contramodelo, una sombra que se desdobla en negativo para su interpretación. Si pensamos en la virgen nos alcanza su otra polaridad: la puta. Detrás de la madre, amantísima, surge la figura ridícula o amenazadora de la suegra y, al lado de la esposa sumisa, aparece la viuda negra, la perversa asesina del marido.
Las sucesivas reformulaciones de los arquetipos que cada sociedad presenta y actualiza se van fraguando, a base de simplificarlos, en los estereotipos, excelentes aliados que se encargan de repetir sin apenas variación aquellas imágenes y significados que atribuyen unos comportamientos y unas actitudes para cada modelo y los contrarios para su reverso.
¿CÓMO FUNCIONAN LOS ESTEREOTIPOS?
Los estereotipos y los prejuicios son procesos psicológicos afines que sustentan la discriminación, el racismo o el sexismo. Son sesgos, actitudes o tendencias específicas que utilizamos cuando evaluamos a un grupo social o a uno de sus miembros. Para entender mejor cómo funcionan los estereotipos nos fijaremos en las características de su primo hermano: el prejuicio, ese pensamiento que antecede al juicio. Ante la necesidad de comprender una situación, se deduce una opinión y se actúa contra algo o alguien tan sólo a partir de un breve análisis. Una actitud que no se sostiene cuando ese mismo objeto, situación o persona se somete a un escrutinio racional.
Aunque el prejuicio suele considerarse propio de unos pocos individuos, son procesos mentales corrientes y universales de los que no está exento casi nadie. Se basan en estrategias mentales más simples, atajos cognitivos, automáticos, difícilmente detectados conscientemente, con una base innata pero fraguados a lo largo de la experiencia.4 Pretenden facilitar la adaptación social, aun a costa de errar, porque son útiles para:


  1. detectar con rapidez objetivos en ambientes inciertos y variables;

  2. planear y decidir a corto plazo;

  3. clasificar o crear categorías, y

  4. motivar e insistir en la exploración y la solución de una tarea que de no ser así se dejaría demasiado pronto.


Vale la pena retener que la economía mental juega un papel determinante en el uso de estereotipos. Algunos autores consideran que estos sesgos sociales se deben al funcionamiento de los sistemas neurocognitivos dedicados a percibir y categorizar de manera automática las señales básicas procedentes de la interacción social.
En las relaciones interpersonales solemos atender a aspectos sobresalientes de la persona que tenemos delante, percibimos y descartamos información, comparamos, evaluamos y, finalmente, elegimos unos atributos. Cuando no se dispone de otros datos, ahorramos tiempo computando automáticamente los aspectos destacados del perfil de la gente: talla, peso, silueta, color de la piel, mirada, expresión facial, movimiento, voz, señales de dominio social... Con toda esa información construimos los mapas de las categorías sociales como el sexo, la edad, el origen, el estatus o la profesión, unos mapas que luego nos servirán para orientarnos en nuestras relaciones, contribuirán a formar nuestra identidad personal y a delimitar los grupos sociales a los que pertenecemos (por ejemplo, amigos/ familiares versus enemigos/ no familiares). Los prejuicios, como los estereotipos, no son innatos pero sí que forman parte del proceso de socialización porque permiten la adscripción al grupo y, como consecuencia, facilitan la cohesión social y el grupo cohesionado beneficia al individuo y al grupo al que pertenece. Por ello, los estereotipos y las actitudes prejuiciosas son evidentes ya en la infancia.
Sin embargo, a nadie se le escapa que dar crédito a esos mapas de orientación o llegar a conclusiones basándonos en la aprehensión rápida de estas señales conduce fácilmente a distorsiones y errores de percepción. El propio funcionamiento inflexible y sesgado de estas redes neuronales impone la tendencia casi inevitable a descuidar la ecuanimidad y, por tanto, contribuye a desarrollar estereotipos, prejuicios y, quizás, conflicto social. Una vez fijadas, estas estrategias mentales son muy resistentes al cambio, aunque hay que insistir en que no son inmutables. Para modificarlas, hay que conocer en primer lugar los procesos que las regulan, de forma que nos permitan establecer tácticas educativas, políticas y sociales que limiten sus extensiones inevitables. Es decir, hay que aprender a practicar el desprejuicio, tenemos que desconfiar de todo aquello que se nos aparezca de forma unívoca.
¿PARA QUÉ SIRVEN LOS ESTEREOTIPOS?
En ese proceso en el que la economía mental juega un papel importante, hay que cuestionar la base sobre la que se asientan dichos prejuicios. Una cultura patriarcal que destila sexismo a través de manifestaciones más o menos sutiles, como las definiciones del diccionario de la RAE, que define masculino en su 3ª acepción como varonil y enérgico; y femenino, en su 6ª acepción, como débil y endeble, por ejemplo. El sexismo que impregna la mentalidad patriarcal se encarga de otorgar significado jerárquico a las diferencias entre hombres y mujeres, perpetuando así prejuicios y normas de comportamiento que legitiman la desigualdad.
Por otra parte, y desde hace unos cuantos años, las teorías de género han señalado la importancia en la construcción de la identidad de los individuos de los procesos en los que hombres y mujeres nos convertimos en masculinos y femeninas. A partir de ese conjunto de prácticas y creencias que llamamos cultura, y que practican los individuos que la comparten, la socialización otorga unas propiedades y desarrolla unas expectativas distintas para cada sexo. Precisamente, es ahí, en esa adjudicación de capacidades y carencias, donde entran en juego los arquetipos. Cada sociedad confiere unas características y obliga a unos comportamientos distintos para hombres y mujeres. Varían según cada cultura y cada momento histórico pero siempre señalan la diferencia entre los sexos. Ni que decir tiene que esta diferencia se confunde a menudo con la desigualdad.
Recapitulemos: La publicidad, como los medios de comunicación (cuando no se plantean los elementos constitutivos de su mensaje), utiliza un lenguaje mítico, a través del relato de unas historias, protagonizadas por arquetipos, que se presentan como modelos referenciales, y, gracias a la economía mental que usan nuestras redes neuronales, los estereotipos reproducen esas imágenes sin cuestionarlas. Si los medios emplean este reservorio de imágenes estereotipadas es porque una gran parte de la audiencia (por no decir toda) comparte la misma cosmovisión patriarcal de la sociedad y, por tanto, va a reconocerlas y aceptarlas.
Los medios utilizan un repertorio de estereotipos que contemplan los modelos tradicionales de las mujeres, como esposa, madre, ama de casa, cuerpo, objeto de deseo, pero también incorpora y reviste de novedad otros arquetipos, como el que ha aparecido hace poco tiempo: la amazona, esa mujer exigente, autosuficiente, que dirige una empresa con la misma energía y eficacia que lleva su casa, que sabe lo que quiere (hasta el punto que prefiere cambiar al compañero antes que a la lavadora), y que parece haber conseguido reunir en sí misma las capacidades del varón y de la mujer. Esa mujer poderosa que evalúa al hombre, mostrándole lo que no sabe, esa mujer que no le corrobora en su papel de héroe o de príncipe azul. O bien, sus correlatos en versión masculina, ese hombre feminizado que cuida de los bebés y va a la compra, o ese otro, convertido en objeto de deseo, mediante una propuesta simple de inversión: “Si a los hombres nos gustan las mujeres desnudas y las mujeres quieren ser iguales a los hombres, ellas también van a interesarse por los cuerpos masculinos desnudos”. Y no olvidemos al hombre centollo, tan apetecible, porque es duro por fuera y tierno por dentro, y aquella otra imagen masculina mucho más preocupante, el hombre que recurre a la violencia para resolver los conflictos.
La ficción publicitaria, los dibujos animados, el cine y también las noticias, nos muestran esos hombres fuertes en acción y resulta casi inevitable relacionar esta violencia como la representación del último reducto de la virilidad y una respuesta a la figura de la amazona poderosa. Este número creciente de casos de violencia de género parece una respuesta masculina al desconcierto en el que se han sumido los hombres al haber perdido el papel predominante en la Historia y en sus historias. Y deberíamos reflexionar sobre aquellas prácticas mediáticas que contribuyen a alimentar este nuevo malentendido entre los sexos.
Los medios nos presentan todas esas figuras de mujeres que estudian, trabajan, dirigen empresas, triunfan en el deporte o en la política mediante recursos que cuestionan su papel en la sociedad, nos muestran mujeres fraccionadas, estereotipadas, ridículas o ignoradas, o bien en su intimidante papel de amazona, con una velada advertencia que nos dice a las mujeres: ¡cuidado!, vais a convertiros en hombres, perderéis la feminidad y, de paso, el atractivo. Al mismo tiempo se avisa al sector masculino: ¡cuidado!, estas nuevas mujeres son ambiciosas y os van a ganar. Estudian más, trabajan de otra forma y ahora ya no se conforman con los papeles secundarios.
La capacidad sancionadora de los medios se manifiesta en muchas de las prácticas periodísticas, en los criterios de importancia, de orden y de jerarquía que se adjudica a los hechos y a los personajes cuando se construyen las noticias, pero también los medios nos indican qué es lo correcto y qué no lo es, cuáles son las personas idóneas y cuando están en los escenarios adecuados. Esta propuesta ideológica de los medios se produce a través de las imágenes, del lenguaje, de las metáforas, de los espacios en los que aparecen o en los que están ausentes y de las formas de representación. De ese modo puede construirse información, entretenimiento y publicidad mostrando que las mujeres están fuera de lugar en los espacios públicos, por ejemplo, o tratando al grupo de forma paternalista, mediante páginas y suplementos exclusivos para mujeres.

A nadie se le escapa que los medios de comunicación se han convertido en instrumentos socializadores de segunda instancia, que son aquellos que siguen operando durante la vida adulta, y desde esa omnipresencia, influyen a través de sus mensajes en los procesos individuales y colectivos de formación de las identidades. No debemos olvidar tampoco, que además de su capacidad sancionadora, parecen tener facultad para otorgar categoría de existencia real a lo que no es más que una construcción discursiva. De ahí que sólo desde una actitud vigilante, que practique la lectura crítica de los medios, podamos descodificar el mensaje oculto y, por tanto, desactivar la potencia de esas representaciones estereotipadas de los géneros.

Joana Gallego Ayala

DE LAS RECOMENDACIONES A LOS MECANISMOS: ROLES DE GÉNERO Y PRODUCCIÓN INFORMATIVA

PERMANENCIA DE LOS ROLES DE GÉNERO EN LA ACTUALIDAD

No voy a profundizar excesivamente en la definición de la palabra rol, puesto que es un concepto de amplio uso sociológico que quien más quien menos sabe interpretar. Daré, sin embargo algunas definiciones para no olvidar de qué estamos hablando cuando nos referimos a los roles sociales. Al hablar de “roles” se seguida nos viene a la cabeza la noción de actor, pues al igual que éstos, los roles se refieren a las diferentes “interpretaciones” que los seres humanos podemos desempeñar en la sociedad. En su ya clásico libro La construcción social de la realidad (1968), Berger y Luckmann dedican un importante espacio a analizar los roles, que consideran responden a las tipificaciones de los quehaceres propios y de los otros y que sustentan el orden institucional. Los “roles”, pues, son tipos de actores en un contexto social determinado. Una definición muy clarificadora es la aportada por Adolfo Perinat y M. Isabel Marrades en su obra Mujer, prensa y sociedad en España. 1800-1939 (1980), quienes dicen que “el rol podría ser definido operativamente como un comportamiento modal, es decir, como un conjunto de pautas observables, compartidas por una mayoría de individuos en situaciones típicas, pero dando entrada a fluctuaciones”. Efectivamente, es el orden social institucionalizado el que establece los límites entre lo aceptado, lo prohibido, lo prescrito, lo tolerado y lo reprobado en torno a un rol. Al desempeñar roles, los individuos participan en un mundo social. Pero no sólo se trata de una representación teatral de la que los participantes tengan plena conciencia; los individuos internalizan en cierta manera esas pautas de comportamiento adjudicados a los diferentes roles, de tal manera que al adoptar las actitudes correspondientes a un rol, ese mismo mundo cobra realidad para los individuos implicados: viven el rol y el rol es, por tanto, la realidad. Todos los estudiosos coinciden en señalar que al asumir los roles existe un margen de actuación para cada persona, de tal manera que incluso asumiendo el rol de madre, cada mujer tiene una manera específica de ser madre, aunque todas se incluyan dentro de la tipificación del “rol materno”.
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