La figura de María Santísima, Madre de Dios, Virgen inmaculada, elegida, es decisiva en el mensaje cristiano. Por voluntad divina ha sido la asociada a la obra redentora de su Hijo, desde el momento de su encarnación y nacimiento hasta después de su resurrección






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37. María Santísima y catequesis

       La figura de María Santísima, Madre de Dios, Virgen inmaculada, elegida, es decisiva en el mensaje cristiano. Por voluntad divina ha sido la asociada a la obra redentora de su Hijo, desde el momento de su encarnación y nacimiento hasta después de su resurrección.


   La mejor visión histórica de María es la que recoge su presencia discreta y silenciosa en los textos evangélicos. En ellos aparece en el momento oportuno y siempre en referencia a su divino Hijo. Sólo en función de ellos hay que situar su figura y su misión eclesial.




  1. Seguidora de Jesús


   A partir del momento de su maternidad virginal, María se hace compañera de su hijo. Antes ha sido la elegida, la predestinada, la llena de gracia en función de la misión que Dios le asigna. Mientras duró su vida terrena, se comportó como la madre amorosa que cumple su misión de compañía y asistencia.


  María aparece al principio, al medio y al final de la trayectoria profética de Jesús de forma suave y sólo referente a Jesús. Y, en el momento de su pasión y muerte, ella se halló presente para unirse a su labor redentora, incluso con su presencia física y con sus sufrimientos maternales.


 

Los hechos evangélicos son los que definen, con objetividad religiosa más que rigurosamente histórica, la trayectoria terrena de María Santísima
En la infancia de Jesús
- Aparece como la elegida de Dios en el momento de la anunciación (Lc. 1. 26-38) y la paralela concepción virginal del Señor. (Mt. 1. 18-25). Acude a visitar a su prima Isabel, ya que el ángel ha informado en su visita sobre la concepción natural y el próximo nacimiento de Juan, el precursor del Mesías. (Lc. 1. 39-56)
- Se muestra fiel cumplidora de la voluntad de Dios cuando tiene que ponerse en camino hacía Belén, con motivo de un empadronamiento (Lc 2. 1-7). Intuye que así se cumplirá el plan divino de que "será en Belén de Judá, la aldea de David, donde acontecerá el nacimiento del Salvador, en la cueva de pastores, pues "no hubo lugar para ellos en la posada". Jesús nacerá y los cielos y la tierra se llenarán de gozo.


   - El acontecimiento tan esperado por todos los siglos, fue anunciado sólo a los pastores, emblema en Israel de los pobres y marginados, será para María el inicio de su nueva misión. (Lc. 2.22-38).



  - Con todo María también estará en la casa con el niño, cuando otros visitantes más socialmente cotizados, los Magos, acudan preguntando: “¿Dónde está el nacido Rey de los judíos?" (Mt. 2.1-12)



  - A los ocho días, con su esposo José, ofrecerá a su hijo para el rito religioso de la circuncisión. Luego, a los cuarenta días, le llevará al Templo, según la ley del rescate, pues Jesús es hijo primogénito. Luego ella, en esa ceremonia, recibirá la purificación (Lc. 2. 22-38).



    En el Templo escuchará los anuncios y los presagios de Ana, la profetisa, y de Simeón, el venerable visionario de la esperanza. Ella "conservará todas las cosas en su corazón". (Lc. 2. 22-38).



  - Tendrá que huir con su hijo a Egipto, para cumplir con el plan divino de "llamar de Egipto a su Hijo", y de salvar al niño Rey, de los reyes de la tierra que quiere su muerte. (Mt. 2.13-18)



  - Hará de maestra, y será sobre todo madre, a lo largo de la infancia. (Mt. 2.19-23). Incluso, cuando a los 12 años se pierda en Jerusalén con motivo de la visita al Templo, será ella la que le aleccione y la que "no entienda del todo" su profética respuesta. Con todo Jesús le estará sometido durante sus años de niño, adolescente y joven en Nazareth. (Mt. 2. 19-23)

En la predicación de Jesús
   Jesús saldrá a predicar por las aldeas de Galilea, Samaria y Palestina entera y llegará ocasionalmente a Jerusalén. En ese tiempo, la figura de la madre se mantendrá silenciosamente oculta, pero no distante.


   - La hallaremos en el primer milagro de Jesús (Jn. 2.1-12), siendo ella la que indique a los criados lo que deben hacer, aun cuando Jesús la haya reconvenido: ¿Qué nos va a ti y a mí?  Aun no es llegada mi hora".



   - Le buscará en alguna ocasión, junto con otros parientes. (Mt. 12. 46-50; Mc. 3. 32-34; Lc. 8.19)



   - Se la recuerda cuando los paisanos de Nazareth queden desconcertados y agresivos ante los hechos de Jesús en la sinagoga. (Mt. 13. 55; Mc. 6. 3)



   - Se la alude como bienaventurada por haber "llevado en su vientre, y luego amamantado, a tal profeta" (Lc. 11.27)


   Los años en que Jesús vivió en la tierra fueron intensamente vividos por la Madre del Señor. Al margen de los de los datos literales evangélicos, existen otras referencias en el corazón.

   En la hora dolorosa

  

- En las horas de la pasión y muerte María se hace más presente ante el testimonio de los evangelistas (Jn. 19. 25-27) que recuerdan su presencia ante la cruz y la entrega de la madre al "discípulo amado" por parte del moribundo Jesús.
Después de la Ascensión

  

- María se halló presente en la primitiva comunidad cristiana, a la espera del Espíritu Santo prometido por Jesús. El texto de Lucas insiste con claridad en que se mantenían "orando con algunas mujeres y con María, la Madre del Señor." (Hech. 1. 14)
   2. María, unida a Jesús.
   La figura de María no tiene sentido si queda separada del recuerdo, de la misión y del misterio de Jesús. Ella fue, ante todo, la Madre del Señor. Así la vieron los testigos evangélicos y así la contempló la Iglesia siempre.



   A veces, los pensadores psicoanalíticos, han juzgado la devoción a María como compensación afectiva de feminidad en la religión cristiana. Centrado el mensaje cristiano en el sobrio modelo del hombre Jesús, ella sería el elemento compensador de la ternura que demanda todo ego humano inmadura. Al margen de los resabios naturalistas y reduccionistas que esta visión mariana significa, no cabe duda de que María es alguien muy diferente.



  - Ella es la primera seguidora de Jesús, ya que lo aceptó libremente antes de su nacimiento. Para entender su misión y su significado hay que acudir a la Palabra de Dios. Ello supone profundidad, serenidad, exigencia, fortaleza.



  - Los testimonios evangélicos son la primera fuente para comprender y valorar su persona y su misión. En ellos aparece diversas veces y en variadas formas: 6 en Mateo, 1 en Marcos, 13 en Lucas y 3 en Juan. Hay otras 3 referencias en los Hechos de los Apóstoles. El común denominador de esos textos es la fidelidad, la presencia, la energía, la firmeza de la fe y del amor.



   Lo importante para valorar el significado de la figura de María es la certeza de que los primeros seguidores de Jesús la vieron como el modelo de creyente fiel y el prototipo de amante fuerte. La doctrina primitiva en torno a María fue rigurosamente teológica y cristocéntrica, con pocas concesiones a evasiones literarias o míticas. Fue la Madre el Señor y como tal fue venerada.



   Los pensamientos y los sentimientos en torno a la Virgen María se fueron arraigando y desarrollando a lo largo de los siglos, en función de la acción inspiradora del Espíritu Santo en la mente y en corazón de los fieles.

   Por eso hoy contamos con ideas claras y en toda la Iglesia Universal se vive y se aprecia la figura de María como la Mediadora ante su Hijo Jesús y como Protectora del pueblo cristiano. No es una figura más de la iconografía cristiana.



   Han sido los santos, los devotos, los escritores piadosos, los predicadores, los que han promovido la piedad cristiana y quienes han desarrollado la gran devoción que ha brillado en Oriente y en Occidente. Si en algunos ámbitos su figura se ha racionalizado más por efecto de las influencias luteranas y reformistas del siglo XVI, no quiere ello decir que el reconocimiento de su dignidad singular haya sido escasa en el orden bíblico, si bien en las manifestaciones de la piedad respecto a ella se hayan diversificado las actitudes según las diferentes culturas y ámbitos sociales.


   En el desarrollo de la piedad mariana ha sido siempre decisiva la acción del Magisterio de la Iglesia. Todos los Papas, Obispos y santos influyentes han fomentado el respeto y amor en torno a María y han fortalecido la fe de los creyentes presentándola siempre como mo­delo permanente de los cristianos.



  En algunos ámbitos culturales, como los latinos, esa devoción ha revestido especialidades tonalidades de afecto y ternura. Por ejemplo, los Obispos suramericanos, en su Asamblea de Puebla, declaraban sus sentimientos y los de sus pueblos con las palabras siguientes: "El pueblo creyente reconoce en la Iglesia la familia que tiene por Madre a la Madre de Dios. En la Iglesia confirma su sentido evangélico, según el cual María es modelo perfecto de cristiano e imagen ideal de la Iglesia. Porque María no sólo vela por la Iglesia.

  Ella tiene un corazón tan amplio como el mundo e implora, ante el Señor de la Historia, por todos los pueblos. Y ella, María, que es la educadora de la fe, cuida que el Evangelio nos penetre e ilumine en nuestra vida diaria".  (Documento de Puebla. 283-289)

 


Mito e ideal

 

  Tenemos que diferenciar entre lo que son los mitos, que se alimentan de la fantasía, y lo que significan los ideales de vida, que comprometen los juicios y los comportamientos. Hemos de distinguir, cuando hablamos de María, entre lo que ella significa como ideal y lo que puede representar como mito.

  Los ideales se nutren de razones y de criterios. Construyen y configuran los proyectos de vida que formulan los hombres desde la inteligencia.
Los mitos son los sueños y las utopías, los hitos sutiles e inalcanzables que todo hombre necesita, unas veces como evasión y otras como compensación, para vivir en apariencia lo que no alcanzan en la realidad.


   La figura de María Santísima ha constituido con frecuencia un mito en la imaginación de los poetas y de los pintores, de los escultores y de los trovadores, en los himnos musicales y en el cincel de los orfebres. Por eso, ha sido muchas veces mito y sueño para los cristianos más sensibles y centro de inspiración para los que se sintieron creadores.



   Pero María debe ser, ante todo y sobre todo, un ideal. Al decir ideal se alude al sólido mosaico de criterios, valores y argumentos, que dan sentido real a la vida concreta de los hombres. Ser ideal es mucho más humano:



  - María es ideal del creyente, por ser modelo de la fe firme y de la esperanza sólida que constituyen la esencia del cristianismo como estilo y vida.

  - Ha de ser modelo de persona humana, con todo lo que tiene de grandeza creacional: de corazón, de inteligencia, de libertad y de elección divina.
  - Es también el ser humano más representativo de mujer, pues se alza como persona original por su sexo y por su destino natural. Es, por su irrenunciable dignidad, fuente de amor: amor de madre, amor de esposa, amor de entrega a la causa que su Hijo, amor a la Palabra divina, amor a la salvación de todos los hombres para los que vino Jesús.


   En María, la humanidad queda ensalzada más que en los héroes o en los genios. Su identidad femenina llega a su máxima realización. Su originalidad, su singularidad, su fecundidad, su maternidad, además de irrepetibles, son cautivadoras.  No es extraño que no podamos hablar de María, sino refiriéndonos al misterio que Dios quiso encerrar en su espíritu, pues en ella lo divino se hace humano y lo humano se hace divino. En ella, la humanidad se eleva a la perfección. Por eso es más ideal que mito, más fuente de vida que centro de ensueños, más estímulo para el bien que expresión romántica de la belleza. Por eso, porque María es verdad hecha mujer para dar paso a la Verdad hecha hombre, María está siempre en la Iglesia.



   El espíritu sutil de S. Agustín decía, en su libro de Soliloquios (1.29), algo que se puede aplicar a María: "Sólo las cosas verdaderas son inmortales. El árbol falso no es árbol y el leño falso no es leño y la plata falsa no es plata.
   Nada de ello dura si es falso. De ninguna cosa puede decirse que es verdad, si no es inmortal. Quien sabe buscar lo inmortal, encuentra la verdad".


  3. Maria. Mujer bíblica
   María, la mujer de Nazareth, madre de Jesús y esposa de José, el artesano, no puede ser entendida del todo, desde la perspectiva cristiana, si no la comparamos con las figuras femeninas que surcan las páginas del Antiguo Testamento.
  1. Revisión eclesial
   Así lo ha hecho la Iglesia a lo largo de los siglos y así lo entendieron los escritores cristianos de todos los tiempos.


   El Concilio Vaticano II, al tratar de María, se sitúa en esta pista al decir: "Bajo la luz de madre del Redentor, aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en el pecado (Gen. 3. 15). Es la virgen que concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel (Is. 7.14). Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, los cuales esperan confiadamente y reciben de El la salvación". (Lum. Gent. 55)



   María es figura singular, que la piedad cristiana ha ido perfilando con rasgos de ternura y de piedad profunda. No podía ser de otra manera, al tratarse nada menos que de la Madre de Jesús.


    - Tuvo misión de especial resonancia en la primera comunidad de los seguidores de Jesús, como nos consta en las alusiones del Nuevo Testamento. Con los primeros discípulos se mantuvo en oración y esperanza. Con ellos vivió las primeras experiencias después de la Resurrección. Con ellos padeció las inquietudes apostólicas después de la Ascensión.



    - Incrementó su valor como modelo y apoyo de la Iglesia de los tiempos antiguos, como consta en los escritos patrísticos de los siglos II al V. Su veneración aumentó desde que se dio la más significativa definición a su respecto en el Concilio en Efeso, el año 431. Allí se proclamó su carácter de Madre de Dios, contra Nestorio que sólo la reconocía como madre del hombre Jesús.

     - Se desarrolló la piedad mariana a lo largo de los siglos, sobre todo a partir de los estudios teológicos de los grandes escritores medievales y renacentistas. Se la hizo objeto de arte y de literatura, pero también de la teología y de la liturgia. Se perfiló una verdadera Mariología, expre­sada en multitud de testimonios, santuarios, plegarias y devociones.


    Desde el Concilio Vaticano II (1963-1965), la explosión de la devoción mariana en los últimos siglos inició un proceso de revisión y maduración del pueblo cristiano. Se la miró siempre como la Madre del Señor, y también como modelo de la imitación de Jesús.
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