Capítulo VI: Los primeros maestros del pensamiento cristiano






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Los primeros maestros del pensamiento cristiano



CAPÍTULO VI: Los primeros maestros del pensamiento cristiano

1. Introducción

Custodiar y defender la tradición de los apóstoles, «la gloriosa y venerada norma de nuestra tradición», dice san Clemente (1 Carta de Clemente, 7,2): esta fue la preocupación de la Iglesia naciente y el compromiso que se fijaron los escritores del segundo siglo.

En los primeros decenios del siglo siguiente, Orígenes afirmará el deber de la fidelidad a la Tradición, pero al mismo tiempo la necesidad de una indagación más «científica» a propósito de esa misma tradición. Él se expresa de este modo en el libro del Perì Archôn:

«Se debe recibir como artículo de fe únicamente lo que no se ha alejado nada de la tradición eclesiástica y apostólica. Sin embargo, es necesario saber que los santos Apóstoles, predicando la fe en Cristo, manifestaron claramente a todos, también a los más flojos en la búsqueda de la ciencia divina, los artículos que retenían necesarios, dejando la tarea de buscar las causas profundas a aquellos que hubiesen recibido por el Espíritu Santo, los dones excelentes de la palabra, de la sabiduría y de la ciencia. Esos (los Apóstoles), se contentaron de anunciar lo recibido, sin explicar a cerca de ello ni su causa ni el modo, para dejar a los que habrían de venir, apasionados por el estudio y amantes de la sabiduría, una materia en la cual podrían ejercitar con fruto, su ingenio»1.

Orígenes continúa el elenco de las verdades que deben ser creídas, para distinguirlas netamente de las cuestiones no definidas, que pueden ser objeto de estudio y discusión, y en este su tratado ofrece la primera explicación científica del cristianismo, antes que las Sumas teológicas. Él fue el primer gran maestro de la especulación teológica, el fundador de las ciencias bíblicas y de la teología ascética. Muy por de bajo de él se encuentra su predecesor en la «Escuela alejandrina»: Clemente, poeta y filósofo, educador y moralista, más que un genio especulativo.

También el Occidente y África tienen sus maestros: pero la teología de los occidentales, más positivos y más cautos, a la cual Tertuliano ofrecerá un lenguaje más técnico, tiene el carácter de ciencia eminentemente tradicional, no de indagación especulativa.

El primero en orden del tiempo es Ireneo, eslabón de unión entre los escritores del siglo II y los del III, último hombre apostólico y primer teólogo. La teología de Ireneo no es especulación, sino exposición, explicación y defensa de la doctrina tradicional. Sus escritos ofrecen un ensayo de método que seguirán los autores del tercer siglo. Su obra mayor, Adversus Haereses, tiene como objetivo rebatir el gnosticismo y exponer la doctrina de la Iglesia; la obra menor, Exposición de la predicación apostólica, es una síntesis de la doctrina cristiana.

El objetivo apologético y polémico está todavía presente en los escritores del III siglo, Hipólito, Minucio, Tertuliano, Novaciano, Lactancio; sin embargo, resalta y prevalece en ellos el intento de exponer y explicar las verdades de la fe: ellos son los primeros maestros del pensamiento cristiano. De este modo, se tienen los primeros tratados, en los cuales viene expuesta la doctrina cristiana en general o hay el desarrollo de un punto particular, los primeros ensayos de exégesis bíblica, de crónica y de historia, pero siempre en el ambiente de la tradición oral y escrita de la Iglesia.

Con Orígenes la teología, asociándose con la filosofía, se volverá ciencia especulativa y dará un primer grande paso; vendrá después su pleno desarrollo y su organización estructural en los grandes teólogos del siglo IV, alcanzando su cumbre con san Agustín.

2. Ireneo de Lión

2.1. Vida

Las pocas e inciertas noticias biográficas de Ireneo provienen de su mismo testimonio, que son también señaladas en la Historia eclesiástica de Eusebio.

Ireneo nació con toda probabilidad en Esmirna o en torno a esta ciudad de la antigüedad, hacia el 135-140, donde todavía joven fue a la escuela Policarpo, el cual a su vez fue discípulo de los apóstoles (HE, 3, 39,4). Ese mismo testimonio lo presenta Ireneo en el Adversus Haereses: «Nosotros lo hemos visto (a Policarpo) en nuestra primera edad: él, en efecto, tuvo una vida longeva y era muy viejo cuando dejó esta vida con un glorioso y noble martirio» (A.H. 3, 3, 4)2.

Bajo la enseñanza de Policarpo, tuvo como condiscípulo a Florino, que llegó a ser presbítero en Roma y después apostató abrazando la herejía de Montano (H.E., 5,15). Eusebio también señala una carta de Ireneo a Florino, y después dice: «En la carta a Florino, que hemos recordado, Ireneo llama nuevamente a la memoria de Florino el tiempo en el cual eran discípulos de Policarpo y le dice:

«estas enseñanzas tuyas, o Florino, para decirlo con pocas palabras, no son doctrinalmente sanas; descuerdan con la Iglesia y lanzan a la impiedad más profunda a los miserables que las abrazan; son enseñanzas que ni siquiera los heréticos, que están fuera de la Iglesia, han osado jamás decir. Son enseñanzas que ciertamente no te dieron los presbíteros que vivieron primero que nosotros y que estuvieron en íntima unidad con los Apóstoles. Yo te conocí cuando eras joven (…). Yo te podría decir todavía el lugar donde el beato Policarpo acostumbraba sentarse para hablar, y como entraba en argumento; cual vida conducía, cual era el aspecto de su persona, los discursos que tenía con el pueblo; como discurría de la amistad tenida con Juan y con los otros que habían visto al Señor, sus milagros y su doctrina. Todo esto Policarpo lo había tomado justamente de los testigos oculares del Verbo de la vida, y lo anunciaba en plena armonía con las Sagradas Escrituras»3.

No se sabe con exactitud cuando Ireneo se trasladó del Asia Menor a la Galia Lugdunense, después de una probable estadía en Roma; pero esta ida debió coincidir con los primeros desarrollos de la importante comunidad cristiana de Lión, donde en el 177 encontramos al obispo Potino de noventa años y, entre sus presbíteros, a Ireneo.

Justo en aquel año la comunidad de Lión envió a Roma al papa Eleuterio, a Ireneo, portador de una carta comendaticia a favor de los montanistas4, un grupo de carismáticos de la Frigia que andaban fomentando entusiasmo entre los cristianos, porque se decían portadores de una nueva profecía, difundiendo ideas apocalípticas5. Eusebio así describe esta cuestión:

«Los discípulos de Montano, de Alcibíades y Teodoto, comenzaron por entonces a gozar rápidamente de la fama de profetas en la región de Frigia. Las maravillas de los carismas divinos, muchos y de variados géneros, que también en aquel tiempo sucedían en diversas iglesias, inducían a creer que esos tuviesen el don de la profecía. Por que habían surgido descontentos respecto a estos profetas, los hermanos de la Galia (Lión)…, mientras estaban encadenados, enviaron cartas a los hermanos del Asia y de la Frigia, y a Eleuterio, obispo de Roma, con la misión específica de devolver la paz a las iglesias» (H.E., 5, 3, 4).

Después de esta presentación, Eusebio nos cuenta también el tenor de la carta, por la cual Ireneo fue presentado como «celoso del Testamento de Cristo y como sacerdote de la Iglesia». Así lo cuenta Eusebio: «Estos mártires recomendaron a Ireneo al obispo de Roma y lo elogiaron diciendo de él: “Nuevamente te deseamos toda felicidad en Dios y que ella sea sin fin, padre Eleuterio. Hemos dado el encargo a Ireneo, hermano nuestro y compañero, que lleve estas cartas; tu dígnate acogerlo como celoso del testamento de Cristo. Si pensásemos que la posición de uno es aquella que lo hace justo, te lo hubiéramos presentado rápidamente como sacerdote de la Iglesia, como en efecto es él”» (H.E., 5, 4, 1-2).

Esta misión romana sustrajo a Ireneo de la persecución de Marco Aurelio que tuvo cuarenta y ocho víctimas, entre las cuales se encontraba el obispo Potino, muerto por los maltratos sufridos en la prisión6. A su regreso a Lión, él fue elegido obispo de la ciudad y de sus entornos: el nuevo pastor buscó realizar un trabajo apostólico verdaderamente comprometido en una triple dirección: a) comprometerse en la difusión del cristianismo a lo largo del río Rin; b) oponerse con la predicación y con los escritos a los gnósticos de Valentín, que se andaba difundiendo en el sur de la Galia; c) resolver las cuestiones pascuales con el papa Víctor (189-198), para poder favorecer la paz entre los obispos orientales y el papa.

Este triple trabajo lo tuvo ocupado por todo el resto de la vida, que se concluyó entre el 202-203, quizás con el martirio, según lo que cuenta Jerónimo7 y Gregorio de Tours8. La liturgia lo venera como mártir el 28 de junio. Sus reliquias fueron profanadas por parte de los Ugonotes en el 1562.

2.2. Personalidad

Ireneo no es un catedrático, sino que es el hombre de la fe, de la Iglesia: es un obispo-pastor; que posee el sentido de la medida, la riqueza de la doctrina, el ardor misionero. Es el último hombre apostólico, en cuanto que vivió en el ambiente de los apóstoles; dio inicio a la teología en cuanto hombre de la Tradición y de la Escritura. Su objetivo no es científico, sino más bien práctico, es decir: defender la verdadera doctrina contra los heréticos (gnósticos) y exponer con claridad las verdades de la fe; por esto, fue escrito de él: «ha acabado con el gnosticismo y ha fundado la teología cristiana»9.

Espíritu imparcial y equilibrado, tuvo como finalidad ayudar a todos para que se encontraran con Cristo, y no combatir y humillar al adversario, porque la unidad no es uniformidad, y la paz y la concordia imponen a todos el que den concesiones que no tocan lo esencial. Por ello, está dispuesto a tender la mano a cualquier hombre con todas sus fuerzas, sin jamar cansarse; a tender la mano a cualquier hombre de buena voluntad, porque «el hombre viviente es la gloria de Dios» (A.H., 4, 20, 7), y está destinado a la visión beatífica.

Eusebio lo presenta sobre todo como un auténtico Ireneo, es decir, «obrero de paz», describiendo las controversias para la celebración de la Pascua, surgida entre los obispos de Asia menor y el papa Víctor (en el 190-191), que le trajo la amenaza de la excomunión. En tales circunstancias, Ireneo a nombre de las iglesias de la Galia, escribió al pontífice una larga carta en donde respetuosamente lo exhortaba a no excomulgar enteras iglesias de Dios, porque ellas eran fieles a antiguas tradiciones. Su intervención, que invitaba a la indulgencia y a la misericordia, restableció la armonía entre los varios contendientes.

2.3. Escritos

Según Eusebio (H.E., 5) y Jerónimo (Vir. Ill., 35), Ireneo escribió numerosas obras, que pueden ser divididas en mayores y menores. Las mayores son representadas por las dos obras:

  • De detectione et eversione falso cognominatae agnitionis, es decir, Desenmascaremos y rebatiremos la falsa gnosis. Habitualmente es llamada Adversus Haereses, en cinco libros.

  • Demonstratio apostolicae predicationis, es decir, Exposición de la predicación apostólica, en cien breves capítulos.

Ambas obras fueron escritas en griego, pero ambos textos se perdieron. De la primera obra queda la traducción en latín, muy literal, anterior al tiempo de san Agustín, y que probablemente fue conocida por Tertuliano (hacia el 240): probablemente fue hecha en Lión. Del texto griego poseemos citaciones amplias en las obra de Hipólito, de Eusebio y especialmente de Epifanio en su Panarion (Caja de medicación), en el que da razón de casi todo el primer libro del Adversus Haereses. De la segunda obra, sólo hasta el 1904 fue descubierta una traducción armena, que fue publicada por primera vez en el año de 1907 en alemán. El Adversus Haereses fue compuesto en los años posteriores al 180: los primeros tres libros en el pontificado de Eleuterio (175-189), y los otros dos bajo Victorio (189-198). La Demostración fue escrita después de la obra mayor.

Entre las obras menores, de las cuales sólo se conservan algunos fragmentos, se pueden recordar:

  • La carta dirigida a Florino, Sobre la monarquía, o llamada también: Que Dios no es el autor del mal (Cf. A.H., 5, 20, 4-8).

  • El tratado Sobre la Ogdoade, dirigido al apóstata Florido (A.H., 5, 20, 2).

  • La carta a Blasto Sobre el cisma (Cf. H.E., 5, 20, 1).

  • Fragmentos de un carta dirigida al papa Víctor sobre la fecha de la pascua (Cf. H.E., 5, 24, 17).

  • Eusebio conocía, además, su tratado Sobre la conciencia y «un librito de diversos discursos, en el cual menciona la carta a los Hebreos y la Sabiduría de Salomón, y cita diversos pasajes» (H.E., 5, 26). Quizás se trata de una colección de diversas predicaciones.

2.4. Esquema y contenido de las dos obras mayores

2.4.1. La Adversus Haereses

Ireneo ha escrito esta obra para responder al deseo de un amigo, quizás un obispo, que le había solicitado información sobre los errores de los heréticos que no eran bien conocidos. En la concepción del autor, la obra debía ser breve, pero poco a poco el material se fue acumulando y ampliando, llegando a asumir las proporciones que en la actualidad presenta. El título y los diversos acentos del texto dan la estructura:

a) Detectio falsae agnitionis: desenmascarar (1º Libro). El primer libro tiene como finalidad desenmascarar «el deforme y mísero cuerpo de esta falsa loba» (A.H., 1, 31, 4), es decir la falsa gnosis, partiendo del principio que basta develar sus teorías para refutarlas. Por eso Ireneo, iniciando con el sistema de Tolomeo, combatido de modo particular, pasa a desenmascarar las varias formas gnósticas de los valentinianos y prosigue después con las otras concepciones gnósticas: respecto de cada una de ellas se muestra sincero y bien informado, aun cuando no tenga un conocimiento preciso de sus diversos documentos.

b) Eversio falsae cognitionis: refutar (2º-5º Libros). Con el segundo libro inicia la refutación de las herejías, acudiendo a la dialéctica y las pruebas de la razón, con las cuales se muestra lo absurdo de las concepciones gnósticas y la inanidad de los argumentos de sus «corifei»10. En el tercero, que constituye la parte más importante, Ireneo presenta sus argumentos que fundamenta en la Tradición. La regla de fe se encuentra en la enseñanza de los Apóstoles que fue conservada sin alteraciones por la Iglesia, mediante la sucesión de los obispos de las principales sedes apostólicas. Y esta enseñanza de los Apóstoles está en contradicción con la de los gnósticos. La refutación continúa también en el libro cuarto, donde los argumentos vienen tomados de las palabras de Jesucristo; pero en las «palabras de Jesucristo» Ireneo comprende también las enseñanza del AT, porque era siempre el Verbo el que se expresaba por medio de los autores sacros. Prácticamente en este libro Ireneo quiso dejar en claro la unidad de origen de los dos testamentos, negada por los marcionistas y otros gnósticos. También en el libro quinto continúa con la presentación de argumentos a partir del NT y trata también la cuestión del fin último, donde comparte las ideas milenaristas.

El tratado de A.H., desde el punto de vista teológico, es una obra capital, por lo que su importancia sobrepasa la cuestión del gnosticismo. Se puede decir que, por los principios que Ireneo establece sobre la autoridad doctrinal de la Iglesia y, en particular, «de la grandísima y antigüísima y conocida por todos, fundada y establecida en Roma por los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo» (A.H., 3, 3, 2.), el autor busca rechazar las herejías también del tiempo futuro.
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