Liliana Díaz Mindurry obtuvo el 1º Premio Municipal de Buenos Aires en cuentos editados, el 1ºPremio Municipal de Córdoba, el 1ºPremio Fondo Nacional de las






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fecha de publicación09.03.2016
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Liliana Díaz Mindurry obtuvo el 1º Premio Municipal de Buenos Aires en cuentos editados, el 1ºPremio Municipal de Córdoba, el 1ºPremio Fondo Nacional de las Artes (Lo extraño novela), Premio Centro Cultural de México, Premio El Espectador de Bogotá (concurso Juan Rulfo de París), el 1º Premio Jiménez Campaña de Granada, Premio Municipalidad de Puebla, y otros premios en el exterior. Logró el Premio Planeta 1998 por la novela Pequeña música nocturna. Tiene 16 libros publicados. En poesía: Premio Fondo Nacional de las Artes, el Premio de Antorchas, el 1ºPremio Embajada de Grecia, el 1ºPremio First, etc.

……………………………………………………………..

Juego de medianoche
De un principio el asunto no me gustó aunque tengo sentido del humor y bastaba escuchar a Elisa Klaus o el relato que el lunes a la mañana nos hacía Guzmán, las chispas de placer que se le enredaban entre las pestañas, para tener ganas de hacerlo. Fue idea de Guzmán y mientras lo proponía se le achicaban los ojitos de gozo, nos contagiaba. Todo coincidía con el cumpleaños de Luis Berardi, festejado en la estancia «El Descanso», a treinta kilómetros de un pueblito que no quiero nombrar.

El sábado a la mañana, como decía, nos contó el comienzo, la parte donde sólo actuaba él.

En el relato había que imaginar a Guzmán bajando en la estación, consultando el papel, yendo a la dirección apuntada por Elisa Klaus, con esa letra pareja y uniforme de Elisa Klaus donde en algún lado decía la sin boca y después decía Benedicta López Castillo y el domicilio de la Unión de Escritores Argentinos. Era entretenido imaginar a Guzmán irreconocible con unos anteojos negros y un ridículo sombrerito esperando ver salir a la sin boca como Elisa Klaus la llamaba y como ya todos la llamábamos, verla salir a saltitos de una casa a punto del derrumbe. Eran las doce de la noche, ya habían terminado las sesiones de la Comisión Directiva a las ocho en punto, había terminado también el Café Literario y las conferencias sobre la luna de Lugones, el mar de Alfonsina Storni o el urutaú de Guido Spano. Ya salía la vicepresidente, quién no conocía la vicepresidente, por lo menos en el pueblito, Benedicta López Castillo, la sin boca, diría Elisa Klaus. No necesitaba ni cerciorarse: Elisa Klaus la había descripto a la perfección.

— Está enamorada de tu literatura o a lo mejor de vos, Alfonso— se burlaba Elisa Klaus­—. Yo no sabría decir que es más grave, pobre Alfonso. Te dedica todos los libros y después me los envía por correo. No sé qué mal parido le habrá dado mi dirección. Me encantan las dedicatorias: «Al admirable maestro, al escritor incomparable, Alfonso Guzmán», «Para Alfonso Guzmán, el mejor escritor argentino viviente». Dedicatorias impresas. Después a mí me escribe con letra de colegiala: «A Elisa Klaus, como ofrenda a su buena literatura», así en tono menor. Yo que vos me asustaría.

­Y reíamos sin compasión.

Luis Berardi no se privaba de agregar a lo dicho:

—Que semejante poetisa diga eso de Alfonso Guzmán es un orgullo.

Y volvían las risas.

Parece que Guzmán la siguió desde alguna distancia y la observó, supongo, en la plenitud, en el extremo gozo de la diversión. Recordaría, pienso, las anécdotas de Elisa Klaus, las carcajadas de Elisa Klaus en La Biela, los comentarios sobre la vida literaria del pueblito, las envidias, los narradores de undécima categoría, ésos que llenaban los cuentos de signos de admiración y puntos suspensivos, los poetastros colmados de eternidades infinitas, atardeceres, insomnios, pájaros, metafísicas axiales y melancolías ardidas en los orgasmos del alma. Las anécdotas de la sin boca, de la soberbia de la sin boca, de sus pretensiones, de sus peleas por figurar en las gacetillas del periódico «El Redactor», capaz de masacrarse porque su nombre apareciera primero en las letras de molde y, sobre todo, que no faltara ni una coma del curriculum lleno de premios en Juegos Florales. Del pelo teñido que le caía a los lados de la cara, esa mezcla de infierno, de olor rancio que no se percibe, pero que está en algún lugar de la cara, dibujado como posibilidad entre las arrugas mal disimuladas por el maquillaje, los huecos de un azul más o menos disperso e idiota que tenía en el lugar de los ojos, los labios tan finos, no tenía boca la sin boca. El nombre de la sin boca provenía no sólo de su carencia de labios sino de un espantoso libro llamado «La sin boca» con un no menos espantoso poema dedicado a la muerte que decía: «La Parca, oh Dios / la sin boca / ha venido a buscarte». Salió borracha, como siempre o casi siempre después del Café Literario, los discursos, las tertulias y conferencias. Guzmán escuchando a Elisa Klaus con las cejas levantadas y bosques de estupor adentro de las pupilas, ladeando la cabeza y finalmente arrojando la carcajada incontenible. Después de las tertulias, según Elisa Klaus, la sin boca insistía en los mecanismos de la vida corriente, insistía en volver a su casa tambaleante de vino, insistía en abrir aunque la llave no alcanzaba nunca la cerradura y tenía que venir alguien para ayudarla, permítame señorita López Castillo, mientras la sin boca corregía con voz vinosa: poetisa López Castillo, joven.

Parece que antes de que la sin boca entrara en la casa, casi derribándose sobre la puerta, Guzmán se le puso adelante, sin el sombrerito ni los anteojos negros. De repente, uno de los huecos azules advirtió una figura ya vista en los suplementos literarios de los periódicos y para ella inalcanzable.

— ¡Alfonso Guzmán!— balbuceó la sin boca. Era una voz que se parecía a la tristeza de un ladrido y eso debió asustar un poco a Guzmán— ¿A qué se debe el honor...?

— He venido a felicitarla, poetisa López Castillo. Hemos sabido que ha ganado cierto premio y queremos invitarla a una fiesta en su honor que desarrollará mañana a la noche en casa de unos amigos, a unos treinta kilómetros de aquí.

Lo había dicho: ya no era posible volver atrás.

— ¿Cierto premio? ¿Qué premio?— el ladrido debió ser agudo y hubo alarma.

— Mañana lo sabrá. Permita esa sorpresa y esa fiesta en su honor. La vendré a buscar mañana a las veinte.

La sin boca agitó los brazos en un gesto incomprensible, como si en un momento hubiera querido aplaudir y la vergüenza la hubiera detenido. Parecía fuera de sí. Se le veían los dientes entre el agujero de la boca. Debajo de la blusa o en la solapa del traje sastre brillante de grasa se adivinaban las palpitaciones. Todo resplandecía: la grasa, la saliva en la comisura de la franja ínfima que intentaba ser labio, los huecos debajo de las cejas.

— Hágame el favor de pasar, señor Guzmán. Estoy aturdida por sus palabras. No sé qué decir, no sé qué decir.

Guzmán entró. Una casa vieja con un patio y olor a humedad. La sin boca ofrecía esto y lo otro, borracha y emocionada. Guzmán comió y bebió mientras sentía el goteo interminable de una canilla. De repente, Guzmán empezó a hablar como un guión televisivo y a declararle su amor a la sin boca que tragaba aire y lo arrojaba, ya sin aliento, en la cúspide. La imaginé abriendo esos huecos de un azul más o menos disperso e idiota que tenía por encima de la nariz y debajo de las cejas, y después el agujero de la boca para engullir el último aire y caer desnuda en ángulo obtuso bajo la fría piel de lagarto de Guzmán.

— Se me tiró encima con toda la poesía— rió Guzmán—. Tuve que desinfectarme de adjetivos. Su lugar común era insaciable.

Estábamos en el comedor de la estancia mirándolo hablar desde la cabecera. Se nos arrugaban las frases entre los dientes de tanto reír.

El sábado a las veintiuna con puntualidad británica, Guzmán apareció con la sin boca en la entrada de «El Descanso». Esperábamos: Elisa Klaus, Luis Berardi y su mujer Silvana, seis o siete amigos más. Yo estaba en la puerta. La sin boca venía vestida de gala. Los huecos azules brillaban dispuestas a despintar la noche, a llenarla de las luces del vestido.

Luis dijo:

—Vamos a aplaudir a nuestra reciente ganadora del Primer Premio Nacional de Poesía, Benedicta López Castillo. El gobierno provincial quiere ofrecerle esta pequeña fiesta por ser usted una poetisa emérita de esta provincia.

Nos cansamos de aplaudir. Anunciamos que a las doce llegaría el gobernador a visitarla: nosotros lo habíamos invitado. La sin boca tenía la cara mojada y se agitaba tanto que parecía cercana al infarto. Hablaba sin parar: desde el agujero sin labios, el ladrido triste se había vuelto un ladrido ronco interminable, agitaba los bracitos de plástico, se le despeinaban las mechas lacias y teñidas; de los huecos surgía un agua incontenible de canilla que no se puede cerrar.

—Tiene fiesta hasta las doce, Benedicta— decía Guzmán, ladino, sin evitar la cortesía lejana del «usted» y yo no podía dejar de pensar en las doce de Cenicienta. Y ante la pregunta de la sin boca aclaraba—: después viene lo mejor de la fiesta. Me refiero a la hora en que llegue el gobernador a rendirle honores.

La sin boca levitaba. El falso premio le brillaba entre las manos y creía que un pedazo de vidrio era un diamante de Asia. Pidió el teléfono para llamar a la Unión de Escritores Argentinos. El ladrido temblaba: «Acabo de obtener el Primer Premio Nacional de Poesía...no, no lo puedo creer...han hecho una fiesta...vendrá el gobernador...están Alfonso Guzmán, Axel Denot, Elisa Klaus, Luis Berardi, jurados del Premio Nacional...»

Algo en ese ladrido me sobresaltó de repente. Me parecía demasiado. Que todo el mundo se enterara, como si la sin boca hubiese tenido un acceso de demencia, me parecía demasiado. Pero ya no se podía volver hacía atrás. Y cada pedazo de ladrido me resultaba un hedor, un hedor envuelto en un embudo que giraba, y las frases salían entre el embudo y el aire circular. Vi a Guzmán que se anudaba la corbata y sentí asco. Las paredes, el techo y los pisos me parecieron lluviosos, raquíticos, pese al barroquismo de los decorados, alfombras y arañas con caireles: todos los presentes una colección de hijos de puta, donde forzosamente debía incluirme.

En algún momento alguien (Luis, Elsa, Silvana, Guzmán), mientras devoraba sandwiches o no sé qué basura expandida en la mesa, le pidió que leyera poemas. Empezó a leer con ladrido monocorde: las palabras se movían en el aire, vacías, artificiosas, entre el ruido de la masticación de los presentes. Un silencio, una palabra. Una palabra, un silencio. El silencio y la palabra, tiesos, cadavéricos. Como si cada verso lograse un movimiento de cucaracha veloz: el olor nauseabundo de lo muerto, lo repetido mil veces, lo retórico. El precio de estar ahí, de burlarse, era escuchar esos disparates ornamentales. El tiempo transcurría torpe como ella, cayendo de a poco entre migajas, desperdicios.

No creí que terminara nunca de leer páginas y páginas de metafísica para suplementos literarios, después los huecos azules me miraron, nos miraron, miraron a Guzmán, me miraron. Hubo elogios sincopados que surgían a derecha e izquierda. Yo, una cuerda tirante, irritada. Los huecos volvieron a mí:

—Usted no opinó, Axel. Me hace falta la opinión de un crítico de su talla.

Me miró, entregada como miran las mujeres después del orgasmo. «Yo no opino», dije, pero insistió con propiedades de tábano:

—No es un buen poema.

A Guzmán se le agrandaron los ojos, hubo murmullos. El ladrido se encrespó, se le metió el humo del cigarrillo o de la ofensa, o quizás del viejo resentimiento en cada hueco azul.

—¿Qué es lo que está mal?

Recordé algo parecido a «enigma del ser desorbitado de la noche caminando por pedazos de nada, meteoritos de nada, triunfantes nadas en el vacío universal», dicho en ladrido solemne y con voz que trataba de ser misteriosa como para encantar a viejas de sombrero del Museo del Escritor.

—Es realmente el triunfo de la nada como usted dice, Benedicta.

Entonces Guzmán inició una defensa alegando no sé qué argumentos descabellados, citas apócrifas de Eliot y Rimbaud, Rilke y Pound, unidas a Pessoa, García Lorca y Novalis. De no sentirme como me sentía, me hubiera reído. La sin boca se irguió, elástica, desafiante, alentada por los absurdos de Guzmán y de los otros, afiló sus dientes de pobre perra, el agujero pronto a la réplica. Habló el Primer Premio Nacional; ya no era la cosa mustia y borracha que retrocedió al ver a Guzmán en la puerta de su casa. Se le endurecieron las articulaciones y los huecos se volvieron rígidos, feroces.

— Lamento decirle que usted no entiende nada, señor Axel Denot. Que usted tiene una pobre sensibilidad y mucha envidia, mucha, muchísima, envidia muy propia del crítico ante el poeta. Porque un crítico nunca será creador ni logrará entender las cumbres de la poesía. Y será eso por ser homosexual, señor Denot. Espero que algún día, con suerte, le den una mención en el Premio Nacional en crítica literaria, porque en poesía nunca logrará, no digo ganar una mención, ni siquiera escribir un poema, un verdadero poema.

Hubo risas, comentarios e invectivas burlonas contra mí. Guzmán me guiñaba un ojo mientras apoyaba las palabras de la sin boca, al punto que ella tomaba cada vez más aires de triunfo y desprecio. Los zapatos de la sin boca se deslizaban victoriosos, taconeando su importancia, reafirmando el Primer Premio Nacional, tomando las mentiras que le lanzaban, apiladitas en los brazos. Ya la pobre no conocía ninguna salvación que no fuera ese mundo de moscas, ese bostezo de mundo que jugaba con palabras. La realidad me resultaba una cosa infame, el desamparo de esa infeliz, que creía en esa farsa. «Qué te pasa», me dijo Elisa Klaus casi al oído, «no nos vas a arruinar la broma, Axel». Le dije que no, que no pensaba hacerlo, pero que deseaba estar solo y no participar.

Ya era cerca de las once y media cuando me retiré solo a un cuarto de huéspedes con un libro. No podía leer porque imaginaba la escena que formaba parte del minucioso plan. Silvana debía decir a su marido delante de la sin boca y refiriéndose a ella algo como:

—¿Quién es esta señora, Luis? No la conozco.

Y ante el previsible asombro de la sin boca con ese aspecto desvariado de los enfermos terminales. Que no entendía lo que estaban diciendo, que ella era Benedicta López Castillo, ganadora del Primer Premio Nacional de Poesía y la fiesta se hacía en su honor.

—¿Qué fiesta, señora? No le entiendo- diría Silvana o Luis.

— Esta fiesta— contestaría Benedicta, vacilando a medias, con el ojo hueco, claro y firme pero con algo ya rampante en la pupila.

— Esta fiesta es en honor al cumpleaños de mi marido— diría Silvana tal vez casi a punto de explotar de risa.

La realidad se atascaría en una vena de la sien de la sin boca que, tal vez, empezara a latir, a bramar. Y en ese momento o después, a partir de los urgentes reclamos de la sin boca, los otros, Guzmán, Elisa, los invitados, empezarían a decir, quién es esta mujer, de dónde ha salido, por qué dice que ha ganado el Primer Premio Nacional, debe tener alucinaciones, quién la invitó, cómo llegó aquí, pero usted me trajo, Guzmán, que yo la traje, si yo traje a Gracielita Parisi, ¿no es así, Gracielita? Y Gracielita estaría muy de acuerdo, llamaría al mucamo, cómo ha entrado esta mujer, y el mucamo, no sé señor, únicamente por la ventana, pero Elisa Klaus, usted sabe quién soy yo, y ella, sí Benedicta, pero a esta fiesta nadie la ha invitado y usted está diciendo disparates como eso de que ha ganado el Primer Premio Nacional, hágame el favor, Benedicta, seamos adultos.

Ahora la sin boca, mutilado el orgullo, empobrecida de golpe, caminaría a saltitos por el aire, ladeando la cabeza, completamente borracha, la boca espantada, crepuscular. En la estampida ya no le quedaría nada, ni el menor silencio. Ya no sería una persona, ni un animal, ni una planta: simularía existir.

No pude más. De algún lado (de mi ropa o de otra parte), tomé un revólver, fui al cuarto donde estaba la sin boca; me miraba desde su rincón, la cara tiesa de gato con alambres adentro del ojo. Las cosas transpiraban, enrojecían y este rojo podía ser el comienzo de una lastimadura general. Guzmán se atrevió a quebrar la pausa:

—¿Te volviste loco, Axel?

Era lo previsible, la frase astillada de Guzmán.

—Si te gusta llamar de esa forma a un comportamiento que no entra en tu esquema, sí, está bien.

Oía el ruido de la canilla, el goteo, tal vez el mismo de la casa de la sin boca, en el relato de Guzmán. O tal vez era un ruido inventado por Guzmán, pero ese ruido era verdadero, el de ese momento era verdadero, sucedía. Marcaba un silencio casi completo, una espera. Había poca luz en el lugar donde estaban y un olor pegajoso a humedad, a cajón despanzurrado, a miseria, no de objetos sino de personas. Miré a la sin boca, a sus bracitos de plástico degradado, a los huecos untuosos que, por momentos, tomaban el brillo tornasolado del aceite.

—¿Para qué escribís?—le dije de golpe a la sin boca—¿Para ganar premios?¿Para ser famosa?¿Para que te lustren el orgullo? ¿Para que digan allí va la poetisa Benedicta López Castillo, Primer Premio Nacional de Poesía?

Estaba ahí raspada, manipulada, roída, maloliente, rota. Sin frases, sin perros en la garganta. Una cuerda extrema donde era posible oír el vacío.

—¿Y vos, Alfonso Guzmán, verdadero Primer Premio Nacional de Poesía y Prosa? ¿Te creés mejor? ¿La conciencia de la sociedad? ¿Creés que tu carrera vale algo? ¿No se la debés a tus relaciones públicas, para llamar de alguna manera a la mierda que trenzás y destrenzás? ¿Suponés que te permite pisotear a esa infeliz, como si vos no fueras infeliz? Y aún en el caso de que debas tu carrera a esa cosa no mensurable que se llama talento o por lo menos destreza técnica, como la que tiene una puta en la cama con un cliente, ¿suponés que eso vale algo, le sirve a alguien? Cuando te acostás con Gracielita, ¿creés que le entregás el bálsamo del Espíritu Santo, lo indecible, la Palabra trascendente, el Verbo por fin rescatado después de la oscuridad de la caída?

Algo se le metió a Guzmán entre el ojo y la mirada, algo sospechoso entre la garganta y la voz. Se había vuelto intocable en su dureza, encorvado y miserable en su intocabilidad.

— ¿Y por tu casa como andamos, Axel Denot, insigne crítico?

Los otros no abrían la boca. Le contesté:

— Igual que vos, verdadero Primer Premio. Sólo que ahora, no con el poder de unas cuantas palabrejas impresas en papeles para la basura, sino con el poder de este revólver que puede volver todo esta alta poesía en un revoltijo de suciedad para la morgue.

Disparé hacía ella y hacia él. Ella murió enseguida, él estuvo un rato boqueando, su literatura estuvo un rato boqueando a la espera de las moscas hasta ser él mismo una mosca patas arriba, su sangre premiada, mezclada con la poeta de undécima categoría hasta formar una cosa idéntica.

Saber la verdad siempre es una infección porque esto que acabo de relatar, me refiero a lo último, nunca sucedió, fue imaginación pura, fantasía pura, mi fantasía, el proyecto de un cuento. No fui yo el que entré como héroe del absurdo, pero al fin y al cabo héroe, con un revólver tomado de algún lado (de mi ropa o de otra parte). Fueron cuatro sujetos que se hicieron pasar por invitados, los que con armas sacaron relojes y billeteras de la concurrencia que quedaba a esa hora (algo antes de las doce), compuesta por Luis, Silvana, Elsa, la sin boca, Guzmán, yo mismo y tal vez(inexplicablemente no me acuerdo), Gracielita Parisi, alumna modelo del taller y la cama de Guzmán, triunfante en varios concursos por esa razón. La sin boca aún no sabía (ni llegaría a saber) de nuestro juego de medianoche. Imbécil como era, le centelleó cada uno de los tristes huecos que tenía bajo las cejas, se puso melodromática por la pérdida del reloj y la billetera o porque ofendieran a su reciente premio y honor, empezó a gritar, tal vez con el ímpetu del Primer Premio Nacional de Poesía, y los perros se le salieron de la voz. Un punto sucio en las baldosas, su recuerdo. Guzmán se movió un poco, no sé, o estaban muy nerviosos, la cuestión es que le tocó el mismo destino, aunque es cierto, su literatura estuvo boqueando a la espera de las moscas, hasta ser él mismo una mosca patas arriba; su sangre premiada, mezclada con la poeta de undécima categoría hasta formar una cosa idéntica.

El epílogo que empieza aquí es realmente absurdo: el tiempo ha transcurrido, torpe como la sin boca, cursi como ella. Cuando a veces nos juntamos Luis, Elisa y Silvana preferimos otro tema. Nunca decimos: ¿te acordás de la sin boca? Menos que menos de Guzmán, para qué. Por miedo, piedad, culpa, vergüenza, cinismo, o porque sí, o porque nunca se sabe, hemos decidido darle a Benedicta López Castillo el Primer Premio Nacional. Han agregado a uno de mis amigos como quinto miembro en reemplazo de Guzmán. No ha dicho una palabra, sabe que me debe muchos favores. En cuanto a la que iba a ganar, Graciela Parisi, está plenamente conforme con el Segundo Premio, que no es gran cosa, pero tampoco es gran cosa su literatura, corregida y guiada en la alcoba del pobre Guzmán, que descanse en paz.

Oigo un goteo de canilla. Voy a cerrarla. Leo en un periódico: «La Parca, oh Dios, la sin boca ha venido a buscarte», junto a una fotografía con huecos debajo de las cejas y un agujero entre los labios que sonríe. Pienso en ella: La sin boca o con boca de triste, boca de tiza anulada por el borrador, la sin boca, la deteriorada, la ajena, la filosa, la torcida, la terca, la que no existe. Desde hace tiempo, el poema se ha hecho célebre y no es difícil oírlo en los pasillos de más de una prestigiosa universidad.

Primer Premio Latinocracia

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