Lección inaugural del curso académico 2002/03 en la Universidad de Navarra






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"La universidad, ante lo nuevo", X.021

Alejandro Llano,

Lección inaugural del curso académico 2002/03 en la Universidad de Navarra.
Pensar la Universidad en el tiempo es el propósito de este discurso, que está marcado por la temporalidad de doble manera. Por una parte, como toda lección inaugural, se sitúa al comienzo de un Curso Académico nuevo e irrepetible, que hoy lleva estampada la serie numérica 2002/2003. De otro lado, el carácter simbólico que conferimos a los números en nuestra cultura nos lleva a celebrar de modo especial el hecho de que nuestra Universidad empieza hoy a cumplir su primer medio siglo. Como los libros, también las escuelas superiores tienen su destino, 'habent sua fata', responden incluso a un designio que en nuestro caso presenta perfiles y proyecciones particularmente entrañables e incluso trascendentes.
El tiempo configura las Universidades, pero siempre se corre el riesgo de que las erosione. La cuestión decisiva es si una institución universitaria sabe cómo suscitar y gestionar 'lo nuevo': si lo inédito se inscribe en su interno proyecto o es algo que le sobreviene por sorpresa y casi a traición. Reflexionemos por un momento sobre este tema, como inicio de una serie de consideraciones que se van a centrar en la actitud que la Universidad ha de adoptar ante las nuevas realidades.
AUTOCONSERVACIÓN Y NOVEDAD
Más difícil que inaugurar una institución y lograr que alcance su normal funcionamiento es conseguir que mantenga su altura y vitalidad a lo largo de muchos años. Porque parece inevitable la tendencia al cansancio y al decaimiento de casi todos los empeños humanos. El inicio de los proyectos comunes va acompañado por la ilusión de los ideales recién estrenados. Y ese mismo impulso inaugural puede empujar a que ganen su sazón e incluso un estado de plenitud. Pero casi siempre llega un momento histórico en que todas las posibilidades interesantes se manifiestan como ensayadas y la única perspectiva posible es la repetición y la rutina, la resistencia ante un implacable desmoronamiento que veladamente acecha.
El inevitable temple de melancolía que conlleva esta visión cíclica de la historia es característico de la concepción clásica, de matriz griega, que impera en el paganismo precristiano. En el otro extremo parece encontrarse la modernidad europea, con su fe en un progreso lineal e indefinido. Ahora bien, hay algo de engañoso en esta interpretación de los tiempos modernos como la época de un optimismo inquebrantable. Hans Blumemberg ha mostrado que el concepto de 'autoconservación (Selbsterhaltung)' es una de las claves de la conciencia moderna. En la medida en que el hombre ya no se percibe a sí mismo como radicalmente originado por un Dios providente que vela por cada persona, se da cuenta de que la tarea primordial es asegurar su propio mantenimiento en el ser y salvaguardar su identidad, en un contexto material y social que -al no entenderse como teleológicamente orientado, como encaminado hacia una finalidad- pierde lo que antes tenía de ordenado y definido. El objetivo de nuestra existencia ya no es entonces el "vivir bien" de la ética tradicional, sino el "sobrevivir" de la concepción mecanicista del mundo.
La autoconservación es la autoafirmación del hombre contra el "absolutismo" del Dios de los nominalistas bajomedievales: un Dios cuya absoluta omnipotencia se aproxima a la arbitrariedad y que podría cambiar de un día para otro las leyes cósmicas e incluso las normas éticas. La desaparición del orden y de la finalidad conduce a la pérdida de la confianza, así como a la autoafirmación inmanente de la razón a través del dominio y alteración de la realidad a que aspiran las ideologías modernas. Ya no hay correlación entre la estructura permanente del mundo y las capacidades humanas de conocimiento y acción, precisamente porque se comienza a dejar de pensar en términos de armonía entre el hombre y Dios, para empezar a acusar a éste de ser un decisivo factor de perturbación. El horizonte trascendente se esfuma de manera lenta pero implacable.
Como dice Nietzsche, sobre la base de estos presupuestos toda forma de teleología es sólo un derivado de la teología. Y la cancelación de las dimensiones metafísicas de la persona que se emprende en la concepción mecanicista del mundo aboca al nihilismo:

"¿No se encuentra en un indetenible avance, a partir de Copérnico, precisamente el autoempequeñecimiento del hombre, su voluntad de autoempequeñecimiento? Ay, ha desaparecido la fe en la dignidad, singularidad, insustituibilidad humanas dentro de la escala jerárquica de los seres, -el hombre se ha convertido en un animal, animal sin metáforas, restricciones ni reservas, él, que en su fe anterior era casi Dios ('hijo de Dios', 'hombre de Dios')... A partir de Copérnico, el hombre parece haber caído en un plano inclinado -rueda cada vez más rápido alejándose del punto central-, ¿hacia dónde?, ¿hacia la nada?, ¿hacia el 'horadante sentimiento de su nada'?...".
La manera en que la modernidad se sitúa ante lo nuevo está cruzada por la paradoja que ya se apunta en lo dicho hasta aquí. Según ha señalado Boris Groys, la peculiaridad de la interpretación moderna de la innovación estriba en la expectativa de haber alcanzado lo definitivamente nuevo, que elimine la posibilidad de que se genere algo ulteriormente nuevo, y que asegure el dominio de la novedad encontrada a lo largo del futuro. Tal es la actitud de la Ilustración, propugnadora de la irrupción de una nueva época caracterizada por el crecimiento ininterrumpido y el dominio de las ciencias positivas de la naturaleza. En cambio, el romanticismo consideró la fe en la racionalidad científica como algo definitivamente perdido. El marxismo, por su parte, estableció la esperanza en un interminable futuro socialista o comunista. El nacionalsocialismo confiaba en un ilimitado dominio de la raza aria. Mientras que en las artes plásticas cada corriente moderna -desde el arte abstracto hasta el surrealismo- se consideró a sí misma como la última y definitiva clave estética. La representación postmoderna del fin de la historia se distingue de la postura moderna -concluye Groys- solamente por la convicción de que ya no cabe esperar el definitivo advenimiento de lo nuevo, sencillamente porque ya esta aquí.
Lo que ha salvado a la Universidad de esta cadencia inercial y conservadora -con el nihilismo como último horizonte- viene dado precisamente por el hecho histórico decisivo de que hunde sus raíces institucionales en la mentalidad cristiana premoderna, de manera que no se encuentra atrapada ni en el mitológico eterno retorno de lo mismo, ni en la utopía de una novedad que se mantendrá inalterable en el futuro, ni en el imperativo de la autoconservación a ultranza. Justo porque puede inspirarse a un tiempo en la metafísica del surgimiento originario, típicamente creacionista, y en la articulación entre tradición y progreso característica de la mejor modernidad, la idea de Universidad debe entenderse como esencialmente ligada a la emergencia de lo nuevo. Constituye, en consecuencia, una institución que se puede hurtar al ritmo fatal de ascenso, plenitud y decadencia que acompaña tanto a las corporaciones clásicas como a las contemporáneas y que, por cierto, encontró en el barroco hispano una de sus versiones más características.
EL SIGNIFICADO COMÚN DE DOS ANIVERSARIOS
Tal es la índole de algunas reflexiones personales que deseo exponer ante ustedes -sin ninguna pretensión sistemática- en este comienzo de un Curso Académico que presenta una significación excepcional para la Universidad de Navarra.
Como todos ustedes saben, en el año 2002 venimos celebrando de manera gozosa y serena el Centenario del nacimiento del Fundador de esta Universidad, Josemaría Escrivá de Balaguer, que, si Dios quiere, será canonizado por el Papa Juan Pablo II dentro de quince días.
En feliz coincidencia con este jubileo, honrado por un acontecimiento tan excepcional, la Universidad de Navarra celebra -según recordé al principio- su quincuagésimo aniversario, ya que inició sus actividades en el Curso Académico 1952-53.
Cincuenta años, lo sabemos bien, son poco para una institución que ha de medir su vida por siglos. Pero en el caso de la Universidad de Navarra, además de cumplirse en ella esta regla general que vale para todas las corporaciones del máximo grado académico, concurren dos circunstancias que prestan a esta conmemoración un especial relieve. Por una parte, y a pesar de su juventud, nuestra Universidad es actualmente una de las más antiguas de España, ya que la reciente proliferación de los establecimientos de estudios superiores sitúa a nuestra corporación entre el cuarto de cabeza de las instituciones más antiguas. De otro lado, es de justicia reconocer, en honor de los que nos han precedido, que la Universidad de Navarra llega a su medio siglo de existencia con un prestigio internacional ampliamente reconocido y una madurez que ordinariamente sólo se adquiere cuando han pasado muchas más décadas de las que nuestra 'alma mater' cuenta en su haber.
Por lo que respecta a esta acelerada maduración, tengo para mí que tal vez se deba en buena parte a los obstáculos y dificultades que esta Universidad ha tenido que superar en sus cinco décadas de existencia. No hay nada que temple más el ánimo que el sufrimiento serenamente asumido, junto con el ejercicio de las energías que implica la superación de retos desproporcionados. Aunque nuestra Universidad ha encontrado generosidad y ayuda por parte de personas e instituciones que han sabido entender que aquí no se buscan intereses de parte y se respira un clima de libertad que ha atraído a profesores y profesionales de las más variadas procedencias intelectuales, la novedad de su proyecto no siempre ha hallado la comprensión que merecía, y hasta ha sido objeto de malquerencias que han encontrado como respuesta constante el perdón y la altura de miras. En definitiva, estoy seguro de que la conclusión más neta al cabo de estos diez lustros es un cordial y sincero agradecimiento, muy especialmente a las instituciones que están al frente de la Comunidad Foral de Navarra y a tantos miles de personas, miembros de la Asociación de Amigos de la Universidad y de la Agrupación de Graduados, que nos ayudan día a día con su apoyo y su aliento.
De todo lo que acabo de decir sabe mucho más que yo nuestro querido colega y ex-Rector, el Profesor Alfonso Nieto quien, antes de ser distinguido formalmente con la tan merecida Medalla de Oro de la Universidad de Navarra, ya recibía el silencioso y entrañable homenaje de todos los que hemos disfrutado de su sabiduría y su fortaleza.
Por lo que concierne al prestigio de la Universidad, basado en una notoria calidad investigadora y docente, no me cabe duda de que la buena fama que la Universidad de Navarra goza en países de todo el mundo se debe muy principalmente a la clarividencia y originalidad de su proyecto fundacional. Josemaría Escrivá de Balaguer, además de sacerdote santo, fue un preclaro universitario, un lúcido intelectual, que captó la esencia de la Universidad y las exigencias de su realización contemporánea con una hondura y una magnanimidad que yo no sería capaz de ponderar. Si tantas personas que se acercan a este campus de Pamplona, o a los de San Sebastián, Barcelona y Madrid, advierten que en ellos se detecta algo especialmente interesante y valioso, tan neto y sencillo como arduo de definir, tal impresión se debe al resello indeleble que nuestro sabio Fundador ha dejado como huella viva en nuestras costumbres y en nuestras mentes, con su marca inconfundible de una valoración de la apertura intelectual y de una capacidad de universal acogida nada fácil de encontrar en los anales universitarios. La fidelidad a ese espíritu fundacional es la mejor garantía de que la Universidad de Navarra, con la ayuda de Dios, no se verá sometida a las alternativas de plenitud y decadencia a las que antes me refería.
FIDELIDAD E INNOVACIÓN
En contra de lo que una superficial dialéctica podría llevar a suponer, innovación y fidelidad no son actitudes contrapuestas, como el propio Josemaría Escrivá subraya en una de las entrevistas contenidas en el volumen de sus 'Conversaciones'. La libertad humana no es utópica sino tópica, nunca se presenta como temporalmente exenta sino como históricamente encarnada. Por eso no cabe desplegarla plenamente por la simple aplicación de un esquema abstracto y estererotipado, sino que la fidelidad a la misión recibida requiere imaginación, espontaneidad, iniciativa, agilidad de decisión, juventud interior. No hay prontuarios ni recetas para enfrentarse a coyunturas que, por definición, siempre son inéditas.
Si esto es válido para cualquier territorio vital, resulta de especial vigencia en el ámbito universitario. Porque la Universidad guarda una relación esencial con ese tipo de realidades que una y otra vez recaban el calificativo de nuevas. La historia intelectual de Occidente nos enseña que, cuando las universidades se han olvidado de que la innovación es su más característica seña de identidad, han caído en un academicismo rancio, en una prepotencia orgullosa y hueca que las ha vaciado de contenido y ha oscurecido su misión, hasta el punto de que han llegado a ser socialmente irrelevantes. En cambio, cuando han sabido estar "en el mismo origen de rectos cambios que se dan en la vida de la sociedad" -según la expresión del propio Josemaría Escrivá-, se han situado en la vanguardia de la historia, han estado en la rompiente del conocimiento nuevo, y se han ganado el reconocimiento del liderazgo que les corresponde en el terreno de la auctoritas, del saber públicamente reconocido, como dice el maestro Álvaro d'Ors.
El amor por la tradición no es en modo alguno incompatible con el afán de progreso. Porque una tradición que no se renovara mostraría a las claras que está muerta, y sería entonces una carga mostrenca que hubiera que arrastrar sin saber por qué. De otra parte, el progreso es imposible si no surge de una historia pujante que florece en brotes nuevos como muestra de una vitalidad incontenible. Según señaló Hannah Arendt en su obra 'La vida del espíritu', si la idea de progreso pretende implicar algo más que un cambio de las relaciones y un mejoramiento de la realidad, contradice el concepto kantiano de dignidad de la persona humana (porque intentaría conducirnos más allá de lo humano, es decir, hacia lo inhumano). La paradoja de lo nuevo, que para serlo realmente no puede ser del todo nuevo, podría quedar expresada por la concatenación de tres sentencias de pensadores románticos alemanes. Schiller advertía: "Vive tu siglo, pero no dejes que te convierta en su criatura". Mientras que Goethe apuntaba: "El siglo está avanzado, mas cada uno debe empezar de nuevo". Y, finalmente, Schleiermacher escribió: "Comenzar por el medio es inevitable" (Anfangen in der Mitte, ist unvermeidlich).
Las vicisitudes de la cultura contemporánea nos han llevado a redescubrir el papel central del concepto de tradición. Baste recordar al recientemente fallecido Hans Georg Gadamer. Bien entendido que la relevancia de la tradición sólo es viable si logramos liberarla de su cárcel tradicionalista. Como han advertido entre otros Robert Spaemann y Alasdair MacIntyre, el tradicionalismo conservador no es sino una imagen especular del progresismo liberal. Ambas líneas de pensamiento son deudoras de un malentendido acerca de la índole de la historia humana. En cambio, la genuina idea de tradición está arraigada en la compleja y plural realidad de los caminos que llevan a los hombres a perfeccionarse a sí mismos, al tiempo que perfeccionan las obras de su mente y de sus manos.
La tradición es el lugar natural de la palabra cargada de sentido, esa difícil palabra verdadera que la Universidad busca con denuedo y cultiva amorosamente. Fuera de un ambiente fértil, en la intemperie cosmopolita y atemporal de la neutralidad racionalista, la palabra se desangra, palidece y acaba por perder su vida propia. Ya no es vehículo del pensamiento e instrumento de comunicación, ya no es signo vivo de "presencias reales"; se reduce a su funcionalidad informativa, pierde su dimensión subjetiva y su significado histórico.
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