Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte






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fecha de publicación06.07.2015
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Centro de Estudios e Investigación de Medicina y Arte

Pensar y poetizar la salud
Rosario - Argentina



EL INTERCAMBIO SIMBOLICO Y LA MUERTE

Jean Baudrillard LA METAFISICA DEL CODIGO


«Leibniz, ese espíritu matemático, veía en la elegancia mística del sistema bina­rio, que no cuenta más que el cero y el uno, la imagen misma de la creación. La unidad del Ser supremo, operando por fun­ción binaria en la nada habría bastado, según él, para sacar de ella a todos los seres.»

(MacLuhan)
Los grandes simulacros construidos por el hombre pasan de un uni­verso de leyes naturales a un universo de fuerzas y de tensiones de fuerzas, hoy a un universo de estructuras y de oposiciones binarias. Después de la metafísica del ser y de las apariencias, después de la de la energía y de la determinación; la del indeterminismo y del código. Control ciber­nético, generación por modelos, modulación diferencial, feed-back, pre­gunta/respuesta, etc.: tal es la nueva configuración operacional (los si­mulacros industriales no son más que operatorios). La digitalidad es su principio metafísico (el Dios de Leibniz), y el A.D.N. es su profeta. Es efectivamente en el código genético donde la «génesis de los simulacros» encuentra hoy su forma consumada. En el límite de una exterminación siempre en aumento de las referencias y de las finalidades, de una pérdida de las semejanzas y de las designaciones, encontramos el signo digital y programático, cuyo «valor» es puramente táctico, en la intersección de otras señales (corpúsculos de información/ test), y cuya estructura es la de un código micromolecular de mando y de control.

A este nivel, la cuestión de los signos, de su misión racional, de su real y su imaginario, de su rechazo, de su desvío, de la ilusión que trazan, de lo que callan o de sus significaciones paralelas; todo eso queda borra­do. Habíamos visto ya los signos de primer orden, signos complejos y ricos en ilusión, transformarse, con las máquinas, en signos burdos, opacos, in­dustriales, repetitivos, sin eco, operatorios y eficaces. ¡Qué mutación aún más radical con las señales del código, ilegibles, sin interpretación posi­ble, enterradas como las matrices programáticas a años-luz en el fondo del cuerpo «biológico»; cajas negras donde se fomentan todas las órdenes, todas las respuestas!
Se acabó el teatro de la representación, el espacio de los signos, de su conflicto, de su silencio; sólo la caja negra del código, la molécula emisora de señales que nos irradian, nos atraviesan con pre­guntas/respuestas como con radiaciones signalíticas, nos someten a test ininterrumpidamente mediante nuestro propio programa inscrito en las células. Células carcelarias, células electrónicas, células del partido, células microbiológicas: es siempre la búsqueda de mínimo elemento indivisible, cuya síntesis orgánica se hará según los datos del código. Pero el código mismo no es más que una célula genética, generadora, donde miríadas de intersecciones producen todas las preguntas y las soluciones posibles, a condición (¿para quién?) de elegir. Ninguna finalidad para estas «preguntas» (impulsos informáticos y signalíticos) más que la respuesta, genéti­camente inmutable, o desviada por diferencias ínfimas y aleatorias. Espacio ni siquiera ya lineal o unidimensional: espacio celular de generación inde­finida de las mismas señales, que son como los tics de un preso loco de soledad y de repetición. Tal es el código genético: un disco rayado, inmu­table, del cual no somos más que las células de lectura. Todo le vendrá del signo, la significación misma está resuelta junto con la determinación: todo está resuelto en la inscripción y la interpretación del código.

Tal es el simulacro de tercer orden, el nuestro, tal es la «elegancia mís­tica del sistema binario, del cero y el uno», del cual proceden todos los seres, tal es el estatuto del signo que es también el fin de la significa­ción: el A.D.N. o la simulación operacional.

Todo esto está perfectamente resumido por Sebeok («Genética y Se­miótica», en Versus):

«Innumerables observaciones confirman la hipótesis de que el mundo orgánico interno desciende en línea recta de las formas primordiales de vida». El hecho más notable es la omnipresencia de la molécula A.D.N. El material genético de todos los organismos conocidos en la tierra está com­puesto en gran parte por los ácidos nucleicos A.D.N. y A.R.N., que con­tienen en su estructura la información, transmitida por reproducción de una generación a otra, y dotada además de la capacidad de autoreprodu­cirse e imitar. En resumen, el código genético es universal o casi. Su desciframiento fue un descubrimiento trascendental, en la medida en que demostró que «los dos lenguajes de los grandes polímeros, el lenguaje del ácido nucleico y el de la proteína, están estrechamente correlacionados» Crick, 1966, Clarck/Narcker, 1968). El matemático soviético Liapunov demostró en 1963 que todos los sistemas vivos transmiten por canales pres­critos con precisión, una pequeña cantidad de energía o de materia que contiene un gran volumen de información, y que es responsable del control ulterior de una gran cantidad de energía y de materia. En esta perspectiva, numerosos fenómenos tanto biológicos como culturales (stockage, feedback, canalización de mensajes y otros) pueden ser considerados como aspectos del tratamiento de la información. En un último análisis, la información aparece en gran parte como repetición de información, o incluso como otro tipo de información, una especie de control que parece ser una propiedad universal de la vida terrestre, independientemente de la forma o de la sustancia.

«Hace cinco años, llamé la atención sobre la convergencia de la gené­tica y la lingüística; disciplinas autónomas, pero paralelas en el campo más vasto de la ciencia de la comunicación (del cual forma parte también la zoosemiótica). La terminología de la genética está llena de expresiones tomadas de la lingüística y de la teoría de la comunicación (Jacobson, 1968), que ha subrayado también, bien las semejanzas principales, bien las dife­rencias importantes de estructura y de funcionamiento de los códigos ge­nético, y verbal... Hoy es evidente que el código genético debe ser con­siderado como la más fundamental de todas las redes semióticas y, por tanto, como el prototipo de todos los demás sistemas de señalización que usan los animales, incluido el hombre. Desde este punto de vista, las moléculas, que son sistemas de quanta y se comportan como vehículos estables de información física, los sistemas zoosemióticos y los sistemas culturales, incluido el lenguaje, constituyen una cadena continua de es­tadios, con niveles energéticos cada vez más complejos, dentro del marco de una evolución universal única. Es por lo tanto posible describir tanto el lenguaje como los sistemas vivientes desde un punto de vista ciber­nético unitario. Por el momento no es más que una analogía útil, o una previsión... Un acercamiento recíproco entre genética, comunicación ani­mal y lingüística, puede conducir a un conocimiento completo de la di­námica de la semiosis, y tal conocimiento puede resultar, en un último análisis, ser nada menos que una definición de la vida.»
Así se delinea el modelo estratégico actual, que en todas partes re­leva al gran modelo ideológico que fue en su tiempo la economía po­lítica.

Lo volveremos a encontrar, bajo el signo riguroso de la «ciencia» en El Azar y la Necesidad, de Jacques Monod. Se acabó la evolución dia­léctica, es el indeterminismo discontinuo del código genético lo que rige la vida; el principio teleonómico: la finalidad ya no está al término, no hay más término ni determinación, la finalidad está ahí de antemano, inscrita en el código. Vemos que nada ha cambiado; simplemente el orden de los fines es inferior al juego de las moléculas, y el orden de los significados, al juego de los significantes infinitesimales, reducidos a su conmutación aleatoria. Todas las finalidades trascendentes reducidas a un cuadro de mandos. Es, sin embargo, siempre el recurso a una naturaleza, a la inscripción en una naturaleza «biológica»: en realidad, una naturaleza imaginaria como lo ha sido siempre, santuario metafísico no ya del origen y de las sustancias, sino esta vez del código. Es necesario que el código tenga una base «objetiva». ¿Qué mejor para ello que la molécula y la genética? De esta trascendencia molecular, Monod es el teólogo severo, Edgar Morin, el partidario extasiado (A.D.N. = ¡Adonaï!). Pero tanto en el uno como en el otro, el fantasma del código, que equivale a la realidad del poder, se confunde con el idealismo de la molécula.

Volvemos a encontrar la ilusión delirante de reunificar el mundo bajo un solo principio; el de una sustancia homogénea en los jesuitas de la Contra-Reforma, el del código genético en los tecnócratas de la ciencia biológica (pero también lingüística), von Leibniz y su divinidad binaria, como precursor. Porque el programa que se tiene en mira aquí no tiene nada de genético, es un programa social e histórico. Lo que es hiposta­siado en la bioquímica es el ideal de un orden social regido por una es­pecie de código genético, de cálculo macromolecular, de P.P.B.S. (Plan­ning Programming Budgeting System) que irradia al cuerpo social con sus circuitos operacionales. La tecno-cibernética encuentra aquí su «filosofía natural», como dice Monod. La fascinación de lo biológico, de lo bioquí­mico, ha estado siempre presente desde los inicios de la ciencia. Inter­venía en el organicismo, espenceríano (biosociologismo) a nivel de las es­tructuras de segundo y tercer orden (clasificación de Jacob, en La lógica de lo Viviente, actúa hoy con la bioquímica moderna, a nivel de las estructuras de cuarto orden).

Similitudes y desemejanzas codificadas: esta es la imagen del intercam­bio social cibernetizado. No queda sino añadir un «complejo estereoespe­cífico» para reinyectar un poco de comunicación intracelular, que Morin va a transfigurar en Eros molecular.

Prácticamente e históricamente, esto significa la sustitución del control social al fin (y la providencia más o menos dialéctica que vela por el cumplimiento de este fin), de un control social mediante la previsión, la si­mulación, la anticipación programadora, la mutación indeterminada pero regida por el código. En lugar de un proceso finalizado según su desarrollo ideal, estamos ante una generación por el modelo. En lugar de una profecía, tenemos derecho a una «inscripción». No hay diferencia radical entre las dos. Sólo cambian y, hay que confesarlo, se perfeccionan fantásticamente, los esquemas de control. De una sociedad capitalista productivista a un orden neocapitalista cibernético, que apunta esta vez al control absoluto: tal es la mutación a la que la teorización biológica del código aporta sus armas. Esta mutación no tiene nada de «indeterminado»; es el resultado de toda una historia en la que Dios, el Hombre, el Progreso, la Historia misma, mueren sucesivamente en beneficio del código, en la que la trascendencia muere en beneficio de la inmanencia, la cual corresponde a una fase mucho más avanzada en la manipulación vertiginosa de la relación social.
*
En su reproducción indefinida, el sistema pone fin a su mito de ori­gen y a todos los valores referenciales que él mismo ha segregado a través de su proceso. Al poner fin a su mito de origen, pone fin a sus contradicciones internas (no más real ni referencial a que confrontarlo), y pone fin asimismo al mito de su fin: la propia revolución. Lo que se per­filaba con la revolución, era la victoria de la referencia humana y gené­tica del potencial original del hombre. Pero si el capital borra del mapa al propio hombre genérico (¿en provecho del hombre genético?). La edad de oro de la revolución fue la del capital, donde los mitos de origen y de fin todavía circulaban. Una vez corto-circuitados los mitos (y el único peligro que haya corrido el capital provino de esta exigencia mítica de racionalidad que le traspasó desde el comienzo) en una operacionalidad de hecho, una operacionalidad sin discurso, una vez convertido en su propio mito, o más bien en una máquina indeterminada, aleatoria, algo así como un código genético social, el capital no deja ninguna oportunidad de un vuelco determinado. Esta es su verdadera violencia. Falta por saber si esta operacionalidad no es ella misma un mito, si el A.D.N. mismo no es un mito.

De una vez por todas se plantea, efectivamente, el problema del es­tatuto de la ciencia como discurso. Buena ocasión para plantearlo aquí, donde ese discurso se absolutiza con tal candor. «Platón, Heráclito, Hegel, Marx: esos edificios ideológicos, presentados como a priori, eran en realidad construcciones a posteriori, destinadas a justificar una teoría ético-política preconcebida... El único a priori para la ciencia es el postulado de objetividad que le prohíbe tomar parte en este debate» (Monod). Pero ese postulado resulta de una decisión nunca inocente de objetivación del mundo y de lo «real». De hecho, es el de la coherencia de un cierto dis­curso, y toda la cientificidad no es, desde luego, más que el espacio de ese discurso, que no se da jamás como tal, y cuyo simulacro «objetivo» cubre la palabra política, estratégica. Un poco más adelante, Monod, por otra parte, expresa claramente lo que hay de arbitrario en ello: «Podemos preguntarnos si todas las invariaciones, conservaciones y simetrías que cons­tituyen la trama del discurso científico no son ficciones que sustituyen a la realidad para dar de ella una imagen operacional... Lógica fundada en un principio de identidad puramente abstracto, quizá convencional. Con­vención, sin embargo, de la cual la razón humana parece incapaz de abstenerse». No se podría decir mejor que la ciencia decide por sí misma como fórmula generadora, como discurso modelo, sobre la fe en un orden convencional (pero no cualquiera, por lo demás: el de una sumisión total). Pero Monod resbala rápidamente por esta hipótesis peligrosa de un prin­cipio de identidad «convencional». Más vale fundar la ciencia en firme en una realidad «objetiva». La física está ahí para atestiguar que la iden­tidad no es sólo un postulado; está en las cosas, puesto que hay «identidad absoluta de dos átomos que se encuentran en el mismo estado quántico». ¿Entonces? ¿Convención o realidad objetiva? La verdad es que la ciencia se organiza como cualquier discurso, con una lógica convencional, pero exige para su justificación, como cualquier discurso ideológico, una refe­rencia real, «objetiva», en un proceso de sustancia. Sí el principio de identidad es «verdadero» en alguna parte, aunque sea al nivel infinitesimal de dos átomos, entonces todo el edificio convencional de la ciencia que se inspira en él es «verdadero» también. La hipótesis del código genético, el A.D.N. es verdadero también, insuperable. Así va la metafísica. La ciencia da cuenta de las cosas previamente acotadas y formalizadas para obedecerle; la «objetividad» no es más que eso, y lo ético que sanciona este conocimiento objetivo no es más que el sistema de defensa y de desconociemiento que quiere preservar ese círculo vicioso.i

«Abajo todas las hipótesis que han permitido la creencia en un mundo verdadero», decía Nietzsche



i Hay además en el libro de Monod una flagrante contradicción que refleja la ambigüedad de toda la ciencia actual: su discurso apunta al código, es decir, a los simulacros de tercer orden, pero lo hace con esquemas «científicos» del segundo orden; objetivismo, ética «científica» del saber, principio de verdad y de trascendencia de la ciencia, etc. Cosas todas ellas incompatibles con los modelos de indeterminación del tercer orden.

Stella Maris Angel Villegas. Campus Virtual de Medicina y Arte www.medicinayarte.com. Tel: 0341 4111858.

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